viernes, 9 de enero de 2026

Cuando inventamos nuevas razas de perros, ¿qué estamos buscando en realidad?


 

A veces siento que hablar de perros es hablar de nosotros mismos sin darnos cuenta. De nuestras búsquedas, de nuestras contradicciones, de esa necesidad casi ancestral de crear compañía, sentido y vínculo en un mundo que cada vez corre más rápido. Cuando leí sobre las “nuevas razas de perros” que están surgiendo en distintas partes del mundo, no pude quedarme solo con la curiosidad genética o con el dato curioso para redes sociales. Algo más profundo me hizo ruido por dentro. Porque detrás de cada nueva raza no hay solo ciencia, cruces o estándares… hay historias humanas, miedos, deseos, mercado, afecto y, muchas veces, soledad.

Crecí en una casa donde los animales no eran accesorios ni caprichos. Eran presencia. Eran parte del ritmo cotidiano. Un perro no era “la mascota”, era el que escuchaba sin juzgar, el que se quedaba cuando todos se iban, el que sentía antes de que uno hablara. Tal vez por eso, hoy, a mis 21 años, me cuesta mirar el tema de las nuevas razas sin preguntarme qué dice eso de nosotros como sociedad. ¿Estamos creando perros para acompañarnos mejor… o para llenarnos vacíos que no sabemos nombrar?

Las nuevas razas no aparecen de la nada. No es que un día el mundo amaneció con un tipo distinto de perro porque sí. Surgen de cruces intencionales, de laboratorio, de selección genética pensada para responder a estilos de vida muy concretos. Perros más pequeños para apartamentos diminutos. Perros hipoalergénicos para personas que aman la idea del vínculo pero no toleran el pelo. Perros con menos instinto, menos energía, menos “animalidad”, porque el mundo urbano ya no sabe qué hacer con lo salvaje.

Y ahí es donde me entra una sensación ambigua. Por un lado, admiro la capacidad humana de adaptación, de buscar soluciones, de usar la ciencia para convivir mejor. Pero, por otro, me pregunto si no estamos domesticando demasiado… incluso aquello que nos recordaba que no todo se puede controlar.

Algunas de estas nuevas razas vienen de mezclas entre perros muy populares. Otras nacen del cruce entre perros y lobos, buscando rasgos estéticos más “exóticos”. Hay razas creadas para ser más tranquilas, más obedientes, más “instagramables”. Y aunque no tiene nada de malo querer compartir la vida con un perro que se ajuste a tu entorno, la pregunta incómoda sigue ahí: ¿estamos pensando primero en el bienestar del animal o en nuestra comodidad?

En estos años, mientras escribo y reflexiono, he aprendido que casi todo lo que creamos dice algo de nuestras prioridades. Así como en el mundo empresarial muchas decisiones se toman pensando más en la rentabilidad que en el impacto humano —tema que he visto de cerca y que también se reflexiona desde espacios como https://organizaciontodoenuno.blogspot.com—, en el mundo animal pasa algo parecido. Hay criaderos responsables, conscientes, éticos. Pero también hay una industria que ve perros como productos, como tendencias pasajeras, como bienes de consumo.

Y no puedo evitar unir los puntos. Vivimos en una época donde todo parece diseñado para durar poco. Relaciones rápidas. Contenido efímero. Vínculos reemplazables. ¿Será que incluso el perro, ese símbolo ancestral de lealtad, está empezando a ser tratado con la misma lógica?

Al mismo tiempo, sería injusto quedarme solo en la crítica. También he visto historias hermosas detrás de nuevas razas. Personas que, desde el amor genuino, han buscado crear perros más sanos, con menos enfermedades hereditarias, con mejores condiciones de vida. Razas pensadas no para exhibirse, sino para acompañar terapias, apoyar personas con discapacidad, o simplemente ofrecer compañía real a quienes viven solos. Ahí la intención cambia todo.

Y es que la intención siempre lo cambia todo. No es lo mismo crear desde el vacío que desde la conciencia. No es lo mismo querer un perro para llenar un feed que querer un perro para compartir silencios.

En uno de mis escritos personales en https://juanmamoreno03.blogspot.com he hablado de cómo los vínculos verdaderos no se fuerzan, se cultivan. Con los perros pasa igual. No importa si es una raza ancestral o una mezcla reciente: lo que transforma la relación es el tiempo, la presencia, la coherencia entre lo que damos y lo que exigimos.

Hoy también hay un componente tecnológico inevitable en todo esto. Pruebas genéticas, selección avanzada, monitoreo de salud, control de linajes. La tecnología no es el problema en sí. El problema aparece cuando olvidamos que, detrás de cada algoritmo o cruce planificado, hay un ser vivo que siente, que se estresa, que necesita más que alimento y vacunas. Algo parecido a lo que pasa con los datos personales cuando se gestionan sin ética, tema que también he visto abordarse con profundidad en https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com. No todo lo técnicamente posible es moralmente correcto.

Me gusta pensar que los perros, incluso los “nuevos”, siguen siendo maestros silenciosos. Nos muestran lo que significa estar presentes. Nos enseñan a no complicar tanto las cosas. A celebrar lo simple. A esperar sin rencor. Tal vez por eso, en un mundo tan saturado de ruido, siguen siendo refugio.

También creo que estas nuevas razas nos obligan a hacernos preguntas incómodas pero necesarias. ¿Estamos preparados para asumir la responsabilidad completa de un ser que depende de nosotros? ¿O solo queremos la parte bonita del vínculo? ¿Entendemos que un perro no es un accesorio emocional sino una vida con necesidades propias?

En espacios más espirituales, como los que se comparten en https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com o en https://escritossabatinos.blogspot.com, se habla mucho de coherencia, de respeto por la creación, de cuidado mutuo. Y aunque a veces parezcan temas lejanos de algo tan “cotidiano” como un perro, para mí están profundamente conectados. Cómo tratamos a los animales dice mucho de cómo nos tratamos entre nosotros y de cómo entendemos nuestro lugar en el mundo.

No se trata de satanizar las nuevas razas ni de idealizar el pasado. Se trata de mirar con más conciencia. De informarnos. De elegir con responsabilidad. De preguntarnos si estamos listos para cuidar, no solo para poseer.

Tal vez el verdadero reto no sea de dónde vienen estas nuevas razas, sino hacia dónde vamos nosotros como humanidad. Si seguiremos creando desde la prisa o si aprenderemos a crear desde el cuidado. Si veremos a los perros como compañía viva o como soluciones a medida. Si entenderemos que el amor no se diseña, se practica.

Yo, por ahora, sigo aprendiendo. Observando. Preguntándome. Y agradeciendo cada vez que un perro —sin importar su raza— me recuerda que la vida no necesita tantas explicaciones para ser sentida.


¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

✒️ — Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

No hay comentarios.:

Publicar un comentario