viernes, 16 de enero de 2026

La isla que nadie pisa… y lo que dice de nosotros



Hay lugares en el mundo que parecen inventados para un mito, para una historia exagerada que uno escucha y piensa: “eso no puede ser real”. Una isla con más de dos millones de serpientes, de todos los tamaños, venenosas, silenciosas, donde prácticamente no vive ningún ser humano. Un lugar al que no se puede entrar, no porque esté lejos, sino porque hacerlo es una sentencia casi segura. Y sin embargo, existe. Está ahí. Y cuando leí sobre ella por primera vez, no sentí miedo. Sentí curiosidad. Y después algo más incómodo: una especie de espejo.

La noticia habla de una isla brasileña conocida como Ilha da Queimada Grande, apodada popularmente como la isla de las serpientes. Dicen que hay hasta cinco serpientes por metro cuadrado. Que se comen cualquier cosa que llegue allí. Que la evolución las volvió más venenosas porque no tenían otra opción para sobrevivir. Que el ser humano decidió, con buen criterio, no habitarla. Cerrarla. Dejarla en paz.
Pero mientras más leía, menos pensaba en las serpientes… y más pensaba en nosotros.

Desde pequeño he escuchado historias familiares sobre respeto, límites y consecuencias. Mi papá siempre decía que no todo lugar es para uno, y no todo espacio debe conquistarse. En una época donde nos enseñan que hay que “ir por todo”, que todo se puede, que todo se conquista, esta isla es una contradicción brutal. Hay un lugar donde la naturaleza dijo: hasta aquí. Y el ser humano, por una vez, escuchó.

Eso me hizo pensar en cuántas islas así llevamos por dentro.

Hay pensamientos que no visitamos porque sabemos que nos pueden hacer daño. Emociones que evitamos tocar porque están llenas de veneno acumulado. Recuerdos que, si los pisamos sin cuidado, nos muerden. A los 21 años uno aprende que crecer no es solo sumar experiencias, sino también aprender a no entrar en ciertos territorios sin preparación, sin conciencia, sin respeto.

Vivimos en una sociedad que quiere entrar en todo. Opinar de todo. Controlarlo todo. Exprimirlo todo. Incluso la información. Incluso los datos. Incluso la vida de los demás. Por eso no me parece casual que, mientras leía sobre esta isla, recordara muchos textos sobre privacidad, límites y cuidado que he leído en espacios como Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales (https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com). Así como no cualquiera puede entrar a esa isla, no cualquiera debería entrar en la vida, los datos o la intimidad de otra persona sin permiso. Cuando se ignoran los límites, el veneno aparece.

La isla de las serpientes no es malvada. Las serpientes no son demonios. Simplemente son lo que son, en el contexto que les tocó. Fueron aisladas por un cambio geográfico hace miles de años y tuvieron que adaptarse. Su veneno es más potente porque su entorno las obligó. Eso también pasa con las personas. Hay gente que se vuelve dura, fría o agresiva no porque quiera, sino porque sobrevivir fue su única opción. Y juzgarlas sin entender el contexto es tan absurdo como odiar a las serpientes por ser venenosas.

En Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com) he leído muchas veces reflexiones que me han ayudado a mirar la vida con más pausa. Allí aprendí que no todo lo peligroso es malo y no todo lo seguro es bueno. A veces lo más peligroso es ignorar lo que sentimos. A veces lo más seguro es quedarnos quietos y observar. La isla no corre detrás de nadie. Simplemente está ahí. Somos nosotros los que queremos ir.

También pensé en la tecnología. En cómo hoy entramos sin miedo a espacios que no entendemos del todo: redes sociales, inteligencia artificial, exposición constante, vidas públicas a los 15, 16, 17 años. Nadie nos explicó bien los riesgos. Nadie puso una cerca como en esa isla. Y luego nos preguntamos por qué hay ansiedad, comparación constante, vacío. En TODO EN UNO.NET (https://todoenunonet.blogspot.com) he leído análisis que aterrizan mucho esta idea: no todo avance es progreso si no va acompañado de conciencia. Entrar en territorios nuevos sin entenderlos puede ser igual de riesgoso que pisar una isla llena de serpientes creyendo que no pasa nada.

Esta isla también me habló de silencio. De un silencio incómodo pero necesario. No hay ruido humano allí. No hay edificios, ni likes, ni opiniones. Solo vida salvaje. A veces siento que necesitamos más islas así en nuestra rutina. Espacios donde no entremos con el celular, con la prisa, con la necesidad de mostrar. Espacios donde simplemente no estemos. En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com) he encontrado textos que me recuerdan eso: que el silencio también es una forma de oración, y el respeto una forma de amor.

No puedo evitar pensar que, si esta isla existiera en otro tiempo, alguien habría intentado colonizarla, venderla, explotarla. Hoy, por suerte, está protegida. No por romanticismo, sino por supervivencia. Y eso dice algo bueno de nosotros como especie: estamos empezando, lentamente, a entender que no todo nos pertenece.

En Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com) hay escritos que hablan mucho de límites, de carácter, de aprender a decir no. Crecí leyendo eso. Y hoy, con mis propias palabras, lo confirmo: saber hasta dónde llegar también es madurez. A veces la decisión más sabia no es avanzar, sino detenerse.

La isla de las serpientes no es una curiosidad morbosa. Es una lección. Nos recuerda que la naturaleza no necesita nuestra aprobación para existir. Que hay espacios que no se tocan. Que el peligro no siempre está afuera, sino en la arrogancia de creer que todo se puede dominar.

Y quizá por eso esta historia se me quedó dando vueltas. Porque en una época donde se nos empuja a exponernos, a mostrarnos, a entrar en todo, esta isla nos susurra lo contrario: cuídate. Respeta. Observa desde lejos. No todo es para ti. Y está bien.

Si algo he aprendido en estos años, escribiendo también en mi propio blog (https://juanmamoreno03.blogspot.com), es que la vida no siempre se trata de conquistar territorios nuevos, sino de entender los que ya habitamos por dentro. Hay emociones que necesitan tiempo. Pensamientos que necesitan silencio. Heridas que no se tocan sin conciencia.

Tal vez todos tengamos una isla así. Y tal vez crecer sea aprender a no entrar en ella sin estar listos.

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Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

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