Desde que tengo memoria, los perros han estado ahí. No como “mascotas”, sino como presencias silenciosas que acompañan procesos humanos que muchas veces ni nosotros mismos entendemos. He visto perros crecer conmigo, en la casa, en la calle, en el barrio, en las historias que se cuentan en familia. Y también he visto cómo, con el paso del tiempo, los humanos hemos ido transformando incluso aquello que decimos amar.
Hace poco leí sobre las nuevas razas de perros que están surgiendo en el mundo. No hablo de razas ancestrales, de esas que vienen de siglos atrás y que se formaron por adaptación al clima, al trabajo o a la convivencia natural con el ser humano. Hablo de razas recientes, creadas en laboratorios, criaderos especializados o cruces planificados al detalle para responder a gustos, modas, tamaños, colores o “estilos de vida”. Y ahí fue donde algo dentro de mí se quedó pensando.
Porque detrás de cada nueva raza hay una pregunta incómoda: ¿estamos acompañando la evolución natural de los perros o estamos proyectando nuestras propias carencias, estéticas y necesidades sobre ellos?
Hoy existen perros diseñados para no soltar pelo, para ser más pequeños que un gato, para tener cara eternamente de cachorro, para “no molestar”, para adaptarse a apartamentos diminutos y rutinas humanas cada vez más aceleradas. Y aunque muchos de estos avances se presentan como mejoras, también cargan consigo consecuencias físicas, emocionales y éticas que pocas veces se discuten con honestidad.
No es casualidad que muchas de estas nuevas razas presenten problemas respiratorios, articulares, digestivos o de ansiedad. Tampoco es casualidad que cada vez haya más perros medicados, estresados o abandonados cuando dejan de cumplir la expectativa con la que fueron comprados. Porque sí, hay que decirlo sin miedo: cuando un ser vivo se convierte en producto, algo se rompe en la relación.
Crecí escuchando historias familiares donde los perros no tenían “raza”, pero sí nombre, carácter y lugar en la casa. Eran compañeros, no accesorios. No respondían a un estándar estético, sino a una relación real. Tal vez por eso me cuesta no cuestionar este auge de nuevas razas como si fueran lanzamientos de temporada, similares a un celular o una prenda de moda.
Y aquí es donde la conversación se vuelve más profunda. Porque este fenómeno no habla solo de perros. Habla de nosotros.
Vivimos en una sociedad que busca controlar, optimizar y personalizar absolutamente todo. La tecnología nos ha acostumbrado a elegir características, descartar fallas, exigir resultados inmediatos. Y sin darnos cuenta, trasladamos esa lógica a la vida, a las relaciones y también a los animales. Queremos perros que se adapten a nuestra vida, pero pocas veces nos preguntamos si estamos dispuestos a adaptarnos a la vida que ellos necesitan.
Porque si algo nos enseñan los perros —de raza nueva, antigua o ninguna— es presencia. Ellos no viven proyectados al futuro ni anclados al pasado. Están aquí. Ahora. Y nos leen emocionalmente con una precisión que muchas veces supera a la de cualquier humano. Entonces, ¿qué sentido tiene moldearlos sin pensar en su bienestar integral?
No se trata de satanizar las nuevas razas ni de juzgar a quien convive con una. Se trata de abrir la conversación. De preguntarnos si estamos eligiendo desde la conciencia o desde el impulso. Desde el amor o desde la moda. Desde la responsabilidad o desde la comodidad.
Hoy, con más información disponible que nunca, ya no podemos decir que “no sabíamos”. Sabemos que ciertos cruces afectan la salud de los animales. Sabemos que la crianza irresponsable existe. Sabemos que hay negocios que priorizan ganancias sobre bienestar. Y también sabemos que adoptar, cuidar y acompañar de forma ética sigue siendo una opción poderosa.
Tal vez el verdadero avance no esté en crear nuevas razas, sino en crear nuevas conciencias. En aprender a convivir sin imponer. En cuidar sin poseer. En amar sin moldear al otro para que encaje en nuestras expectativas.
Los perros no necesitan ser “mejorados” para enseñarnos algo. Somos nosotros los que necesitamos volver a mirar con más humildad, más calma y más verdad. Porque al final, cuando un perro te mira, no ve tu estatus, tu estilo de vida ni tus logros. Ve tu energía. Tu coherencia. Tu capacidad de estar presente.
Y quizás esa sea la lección más grande que nos siguen ofreciendo, incluso en medio de tanta intervención humana: la vida no necesita ser perfecta para ser valiosa.
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