A veces creemos que entendemos a quienes amamos solo porque conviven con nosotros todos los días. Pasa con las personas y pasa, quizás con más fuerza, con los animales que comparten nuestra casa. Yo crecí rodeado de conversaciones profundas, de lecturas tempranas, de silencios que enseñan más que los discursos largos. Y también crecí viendo gatos: cuerpos pequeños, miradas grandes, presencias silenciosas que parecen no pedir nada… hasta que uno se detiene de verdad a observar.
Durante años, la obesidad en los gatos se explicó de forma simple y casi cómoda: comen mucho, se mueven poco, los humanos los consienten demasiado. Y sí, algo de eso hay. Pero reducirlo todo a “come más de la cuenta” es una forma perezosa de mirar un problema mucho más profundo. En el fondo, es la misma lógica con la que muchas veces juzgamos a las personas: si algo no funciona, asumimos falta de voluntad, sin preguntarnos qué está pasando por dentro.
Cuando empecé a leer más sobre antrozoología —una disciplina que me parece fascinante porque conecta ciencia, ética y vínculo— entendí que el cuerpo nunca habla solo. El cuerpo siempre está respondiendo a algo. Y en el caso de los gatos, su intestino está empezando a decir cosas que durante años no quisimos escuchar.
El intestino no es solo un tubo por donde pasa la comida. Es un ecosistema vivo. Millones de bacterias conviven allí, regulan la digestión, influyen en el sistema inmunológico y, algo que todavía nos cuesta asimilar, afectan el comportamiento y el estado emocional. Esto no es misticismo ni exageración moderna: es biología. El llamado “eje intestino-cerebro” ya está ampliamente documentado en humanos, y cada vez hay más evidencia de que en los gatos ocurre algo muy parecido.
Un gato con un microbioma intestinal alterado puede sentir más hambre, procesar peor los nutrientes, almacenar más grasa y, además, vivir en un estado de inflamación constante. Desde afuera vemos un cuerpo que engorda. Desde adentro, lo que hay es un organismo intentando sobrevivir en desequilibrio. Y aquí es donde algo se mueve dentro de mí, porque esa imagen me resulta dolorosamente familiar cuando pienso en nuestra sociedad.
Vivimos rodeados de alimentos ultraprocesados, de ritmos acelerados, de estímulos constantes. A los gatos les pasa algo similar, aunque en otra escala. Alimentos industriales de baja calidad, cambios bruscos de dieta, estrés ambiental, sedentarismo forzado en apartamentos pequeños. Todo eso va alterando su equilibrio interno. No engordan porque sí. Engordan porque algo se rompió antes.
Esto me lleva inevitablemente a una reflexión más amplia. En mi casa siempre se habló de responsabilidad, de conciencia, de hacerse cargo sin culparse. Esa idea atraviesa muchos textos de Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com), donde se repite una y otra vez que comprender es el primer paso para transformar. Con los gatos ocurre lo mismo. No se trata de buscar culpables, sino de asumir que el bienestar de otro ser depende, en gran medida, de nuestras decisiones.
Cambiar la mirada implica cuestionar prácticas normalizadas. ¿Por qué aceptamos que un alimento sea “completo” solo porque lo dice un empaque? ¿Por qué damos premios cargados de carbohidratos a un animal que, biológicamente, es carnívoro estricto? ¿Por qué interpretamos la insistencia por comida como manipulación y no como una señal fisiológica real? Son preguntas incómodas, pero necesarias.
La ciencia actual sugiere que una dieta más adecuada a la naturaleza del gato, rica en proteínas de calidad, con menos aditivos y acompañada de probióticos cuando es necesario, puede ayudar a restaurar el equilibrio intestinal. Pero no es solo comida. Es rutina, es juego, es reducción de estrés. Es reconocer que un gato no es un objeto decorativo ni un peluche que se adapta a todo. Es un ser vivo con necesidades complejas.
Hay algo profundamente humano en todo esto. Cuando leo artículos sobre bienestar animal, no puedo evitar pensar en cómo tratamos también nuestra propia salud mental y física. A veces el cuerpo engorda porque el alma está cansada. A veces el intestino se inflama porque la vida perdió ritmo. En Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com) se habla mucho de detenerse, de escuchar, de volver a lo esencial. Creo que los gatos, sin proponérselo, nos están dando esa misma lección.
También está el tema de la información. Hoy sabemos más, pero también estamos más confundidos. Blogs, redes sociales, marcas, veterinarios, influencers… todos opinan. Por eso valoro tanto los espacios que intentan integrar conocimiento con ética, como lo hace la antrozoología. No es solo ciencia por la ciencia, es ciencia puesta al servicio del vínculo. En ese sentido, me parece clave que como cuidadores también seamos críticos, que leamos, que preguntemos, que no nos conformemos con la respuesta más fácil.
Este tema conecta incluso con algo que parece lejano, pero no lo es: la responsabilidad en el manejo de datos y decisiones. Así como debemos ser conscientes de lo que entra al cuerpo de un gato, también debemos serlo de lo que entra a los sistemas que gestionan nuestra vida. En Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales (https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com) se habla mucho de conciencia, de cuidado, de respeto por lo que parece invisible pero tiene impacto real. El intestino, los datos, las emociones: todo lo invisible termina manifestándose si se ignora.
Cuidar a un gato con obesidad no es imponerle una dieta estricta y ya. Es acompañarlo. Es observar su comportamiento, su energía, su ánimo. Es aceptar que tal vez, sin querer, contribuimos a su desequilibrio. Y esa aceptación no debería generar culpa, sino responsabilidad amorosa. La misma que necesitamos como sociedad cuando hablamos de salud, de bienestar, de futuro.
A mis 21 años no tengo todas las respuestas. Sería arrogante decirlo. Pero sí tengo preguntas que me acompañan todos los días. Y una de ellas es esta: ¿qué tanto estamos dispuestos a escuchar lo que no habla con palabras? Los gatos no pueden decir “me duele el intestino” o “mi cuerpo está inflamado”, pero su cuerpo lo grita. Solo hay que aprender a mirar distinto.
Tal vez por eso escribo. Porque escribir es una forma de escuchar. De conectar puntos que a primera vista no parecen relacionados. De entender que el problema de obesidad de los gatos no es solo veterinario, sino cultural, emocional y ético. Es un reflejo de cómo vivimos, de cómo alimentamos, de cómo entendemos el cuidado.
Si algo me han enseñado los textos de Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com) es que toda forma de vida merece respeto consciente. No desde la idealización, sino desde la coherencia diaria. Cuidar también es informarse. Amar también es cambiar hábitos.
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