Desde hace un tiempo vengo pensando que nos enseñaron muchas cosas importantes… pero nos dejaron solas otras igual de esenciales. Nos enseñaron a memorizar fechas, a resolver ecuaciones, a escribir ensayos, a cumplir horarios. Nos enseñaron qué responder en un examen, pero casi nunca qué hacer cuando el pecho se aprieta sin razón aparente, cuando la ansiedad aparece antes de dormir o cuando una emoción se vuelve demasiado grande para un cuerpo que todavía está aprendiendo a habitarse.
Por eso, cuando leí que las instituciones educativas deberán implementar una cátedra de educación emocional, sentí algo parecido a alivio. No porque crea que una asignatura vaya a resolverlo todo, sino porque al menos estamos empezando a aceptar una verdad incómoda: formar personas no es solo formar cerebros.
Yo nací en 2003. Crecí en una generación que tuvo acceso temprano a la tecnología, a la información inmediata, a redes sociales que conectan y desconectan al mismo tiempo. Una generación que aprendió a expresarse con emojis, pero que muchas veces no sabe ponerle nombre a lo que siente. Y no es culpa nuestra. Nadie nos enseñó. Nos adaptamos como pudimos.
En el colegio nos hablaban de convivencia, de valores, incluso de ética. Pero hablar de emociones era otra cosa. Eso quedaba para la casa… y en muchas casas tampoco se hablaba. No porque no hubiera amor, sino porque también veníamos de adultos que crecieron sin ese lenguaje emocional. Heredamos silencios, no herramientas.
Hoy las cifras de ansiedad, depresión, ideación suicida, burnout académico y desconexión emocional en jóvenes no son una exageración ni una moda. Son una realidad documentada, visible en aulas, universidades, hogares y redes. Y no, no se trata de “generaciones débiles”. Se trata de generaciones más conscientes que ya no quieren seguir funcionando en automático.
La educación emocional no es enseñar a “portarse bien” ni a reprimir lo que sentimos. Es justo lo contrario. Es aprender a reconocer, nombrar, entender y gestionar lo que pasa dentro de nosotros antes de que explote por otro lado. Es entender que sentir rabia no te hace malo, pero no saber qué hacer con ella sí puede hacer daño. Es comprender que la tristeza no siempre es un problema a resolver, sino un mensaje que pide escucha.
Me parece importante decir algo: educación emocional no es terapia, pero sí puede prevenir que muchas personas lleguen a necesitarla tarde y a la fuerza. Es alfabetización interna. Así como aprendemos a leer palabras, necesitamos aprender a leer estados emocionales, propios y ajenos.
En este punto, la escuela tiene una responsabilidad enorme, pero también una oportunidad histórica. Porque no se trata solo de agregar una materia más al horario, sino de cambiar la forma en que entendemos el aprendizaje. Un niño que no se siente seguro emocionalmente no aprende igual. Un adolescente que vive en constante ansiedad no procesa igual la información. Un joven que no sabe poner límites emocionales se quema rápido, aunque sea brillante.
He visto esto no solo en mi experiencia personal, sino en conversaciones, en historias cercanas, en lo que se escribe y se reflexiona desde distintos espacios. En Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/) se habla mucho de la vida interior, de detenerse, de escucharse, de no vivir solo desde la prisa. En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/) aparece constantemente la idea de una espiritualidad cotidiana, aterrizada, que no huye del mundo emocional sino que lo abraza. Todo eso también es educación emocional, aunque no esté en un pensum oficial.
Ahora bien, implementar una cátedra no es sencillo. Requiere docentes formados, enfoques claros, continuidad y coherencia. No sirve de nada hablar de emociones una hora a la semana si el resto del tiempo el sistema educativo sigue funcionando desde el miedo, la humillación, la competencia extrema o la deshumanización. La educación emocional no puede ser un discurso bonito encima de una estructura que no cambia.
También hay que decirlo con honestidad: no todas las emociones son cómodas. Educar emocionalmente implica aceptar el conflicto, la incomodidad, la diferencia. Implica enseñar a disentir sin destruir, a expresar sin violentar, a escuchar sin anularse. Y eso es profundamente político, social y cultural, aunque no se quiera admitir.
En un mundo atravesado por algoritmos, inteligencia artificial y automatización, paradójicamente lo más humano se vuelve lo más valioso. La empatía, la conciencia emocional, la capacidad de autorregulación y de conexión auténtica no se pueden programar tan fácil. Por eso no es casual que desde espacios como TODO EN UNO.NET (https://todoenunonet.blogspot.com/) se reflexione cada vez más sobre la relación entre tecnología, humanidad y responsabilidad. La educación emocional no va en contra del progreso; lo hace sostenible.
Algo similar pasa en el mundo organizacional. Empresas que ignoran lo emocional terminan pagando costos altísimos en rotación, conflictos internos, ausentismo y desgaste. En Organización Empresarial TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/) se ha insistido en que la gestión moderna no puede separarse de lo humano. ¿Por qué entonces esperar a que alguien llegue al mundo laboral roto emocionalmente para recién ahí hablar del tema?
Incluso en ámbitos que muchos consideran “fríos”, como la contabilidad, el cumplimiento o la gestión de datos, hay una dimensión emocional profunda. El estrés financiero, el miedo a equivocarse, la presión normativa también afectan la salud mental. En Mi Contabilidad (https://micontabilidadcom.blogspot.com/) se percibe ese esfuerzo por humanizar lo técnico, por acompañar y no solo exigir. Todo está conectado, aunque a veces no lo queramos ver.
Volviendo a la escuela, creo que esta cátedra puede ser un primer paso para algo más grande: reconciliarnos con nuestra vida interior. Para que un niño no crezca creyendo que sentir es un estorbo. Para que un adolescente no piense que tiene que poder con todo solo. Para que un joven no se sienta débil por pedir ayuda.
Yo no creo que la educación emocional nos haga la vida más fácil. Creo que la hace más honesta. Y la honestidad, aunque incomoda, libera. Nos permite vivir con menos máscaras, con menos culpa por sentir, con más responsabilidad afectiva.
Tal vez si a muchos adultos de hoy les hubieran enseñado esto antes, se habrían ahorrado relaciones rotas, decisiones impulsivas, silencios prolongados consigo mismos. Pero no se trata de culpar el pasado. Se trata de no repetirlo sin cuestionarlo.
Desde mi lugar, como joven, como aprendiz constante, como alguien que escribe para entenderse y para acompañar a otros, celebro que este tema entre al aula. Y al mismo tiempo, espero que no se quede en el papel. Que no sea solo una norma más. Que se convierta en una práctica viva.
Porque al final, educar emocionalmente no es preparar para el examen de la vida. Es preparar para vivirla con más conciencia, con más cuidado y con más verdad.
Agendamiento: Whatsapp +57 310 450
7737
Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo
Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo
Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros
grupos
Grupo de WhatsApp: Unete a nuestro
Grupo
Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal
Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo
👉 “¿Quieres más tips como
este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario