martes, 6 de enero de 2026

La clase que no nos enseñaron a tiempo (y que hoy Colombia necesita por ley)



En los últimos tiempos, cada vez más se habla sobre la necesidad de integrar ciertos contenidos dentro de la educación de los colegios colombianos, pero hoy quiero hablar de algo que, más que una discusión académica, debe ser un acto de justicia social y transformación real. Y es que, por ley, se debe incluir una clase fundamental en la que no solo se trate de la transmisión de conocimientos, sino de una verdadera conexión con la sociedad y el contexto que nos rodea: la clase de educación financiera.

El artículo 67 de nuestra Constitución, que establece que el Estado debe garantizar la educación básica y media, nos invita a reflexionar sobre cómo los avances sociales, económicos y tecnológicos que vivimos a diario requieren que el sistema educativo no solo se limite a enseñar ciencias, literatura o matemáticas, sino que también nos prepare para la vida. Y la vida, en gran parte, se desarrolla entre la economía, el dinero, la planificación y la administración personal. ¿Pero por qué es importante que los jóvenes se eduquen en estos temas desde el colegio?

Para empezar, la falta de educación financiera ha sido una de las causas principales de la desigualdad y las dificultades económicas de muchas familias en Colombia. La tasa de pobreza sigue siendo alarmante, y uno de los problemas recurrentes es la mala administración de los recursos. Si los jóvenes aprenden a manejar sus finanzas desde pequeños, pueden evitar los errores que a menudo se cometen cuando el acceso a créditos, inversiones y ahorros se presenta por primera vez, sin tener las herramientas adecuadas para enfrentarlos.

En mi experiencia, que como joven colombiano he visto cómo mis compañeros lidian con estas temáticas sin la menor preparación, me parece urgente que esta clase sea parte esencial del currículo escolar. No solo se trata de enseñar matemáticas aplicadas a las finanzas o conceptos económicos básicos, sino de generar conciencia sobre la importancia del ahorro, la inversión, la planificación financiera, e incluso la gestión de emociones que intervienen en las decisiones económicas. A mí me ha tocado ver cómo muchos de nosotros no entendemos cómo las pequeñas decisiones cotidianas tienen un impacto directo en nuestra estabilidad financiera.

Es curioso cómo nuestra sociedad parece dar por sentados muchos de estos aspectos. Nadie nos enseña cómo hacer un presupuesto personal, o cómo planificar nuestros gastos a largo plazo, o lo que significa realmente tener independencia financiera. Crecemos bajo la idea de que la educación es solo un espacio para adquirir conocimientos de ciencias exactas o humanísticas, pero en la práctica, la educación financiera se convierte en una habilidad crucial para vivir de forma plena y consciente.

Más allá de los beneficios inmediatos que tendría esta clase en los jóvenes, este conocimiento les brindaría una herramienta vital para tomar decisiones informadas, tanto a nivel personal como profesional. Les permitiría entender las implicaciones de un crédito, saber cómo calcular sus impuestos, comprender la inflación, la deuda y hasta cómo invertir de manera responsable en el mercado de valores. Esto no solo les proporcionaría estabilidad financiera, sino también les daría una mayor confianza y responsabilidad en su relación con el dinero.

En Colombia, la situación con las finanzas personales es crítica, pero las políticas públicas parecen no darle suficiente atención al tema. Por ejemplo, estudios recientes revelan que una gran parte de los colombianos no tienen ahorros ni están preparados para afrontar emergencias económicas, a pesar de que el país ha atravesado crisis sanitarias, políticas y económicas. En este sentido, es fundamental que desde la educación básica se empodere a los jóvenes con la capacidad de tomar decisiones económicas conscientes.

Al integrar la educación financiera en las aulas, no solo cambiaríamos la perspectiva que tienen los jóvenes sobre el dinero, sino que les estaríamos dando una herramienta de vida real, que les permitirá tomar mejores decisiones a lo largo de su existencia. Para mí, la clave está en conectar con la realidad del día a día. Es aprender a vivir el dinero como algo que no solo sirve para comprar cosas, sino que, bien administrado, puede ser una herramienta para alcanzar objetivos, mejorar la calidad de vida y contribuir al bienestar de la sociedad.

A veces siento que vivimos en una sociedad donde muchos estamos viviendo "en automático", sin reflexionar sobre el impacto de nuestras decisiones. Eso no quiere decir que no podamos cambiarlo, pero sí implica un proceso de transformación de pensamiento y acción. Si empezamos con una educación financiera desde el colegio, generaremos una generación más consciente, más responsable y más capaz de enfrentar los desafíos económicos, en lugar de caer en los ciclos de consumo desmedido que solo nos llevan a la pobreza.

Lo más hermoso de esto es que, como jóvenes, tenemos una oportunidad única de no repetir los errores de generaciones anteriores. Si estamos informados, si estamos conectados con los temas que realmente impactan nuestras vidas, podemos ser agentes de cambio no solo para nosotros, sino para toda nuestra sociedad. La educación financiera es mucho más que una clase obligatoria: es un acto de empoderamiento, una herramienta de transformación personal y social.

Si bien hoy esta materia parece ser aún una discusión en muchos sectores, yo creo firmemente que este tipo de educación debe ser no solo una opción, sino una obligación. No es posible que sigamos permitiendo que los jóvenes crezcan sin herramientas vitales para su desarrollo, como si el dinero fuera un tema tabú. La clase de educación financiera debe ser una oportunidad de crecimiento, de conciencia, y de conexión con el futuro que estamos construyendo.

La ley que promueve la educación financiera en los colegios es, sin duda, un paso fundamental. Pero no debemos conformarnos con ello; debemos exigir que, además de ser una obligación, sea impartida de manera dinámica, creativa y aplicable a la realidad de los estudiantes. Porque al final, las herramientas que nos dan para entender el mundo son las que realmente nos permiten cambiarlo.

A mí, personalmente, me ha tocado comprender estas cosas a través de la experiencia. Pero ¿qué tan diferente habría sido si, en lugar de aprender solo en la práctica, hubiera tenido esta educación desde joven? Con esta reflexión me quedo, invitándote a pensar si, en tu entorno, estás haciendo algo para promover estos cambios.

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