miércoles, 21 de enero de 2026

Cuando el entretenimiento duele: lo que la muerte de los delfines nos obliga a mirar



Hay noticias que no se leen, se sienten. Que no pasan por la cabeza sino directo al pecho. Yo leí sobre la muerte de varios delfines en un parque acuático de Florida y no pude seguir como si nada. No porque me sorprenda —ya no sorprende tanto— sino porque duele reconocer lo normalizado que está el sufrimiento cuando viene envuelto en entretenimiento, turismo o “industria”. Y duele más cuando uno se da cuenta de que ese dolor no es aislado, sino parte de algo más grande que como sociedad seguimos evitando mirar de frente.

Tengo 21 años y crecí viendo documentales de animales, soñando con océanos limpios, creyendo que la inteligencia no solo era humana. Los delfines siempre me parecieron una especie de espejo: juegan, se comunican, reconocen rostros, crean vínculos, sienten pérdida. No son “atracciones”. Son seres vivos con una complejidad emocional que hoy la ciencia ya no discute. Entonces, cuando mueren en cautiverio y la reacción inicial es abrir una investigación solo porque hubo presión mediática, algo no está bien en el fondo del asunto.

Lo que pasó en ese parque no es un caso aislado ni un “accidente”. Es la consecuencia lógica de un modelo que insiste en domesticar lo que no nació para ser domesticado. Tanques que no replican el océano, rutinas impuestas, ruido constante, estrés crónico, contacto humano forzado. A veces se habla de “bienestar animal” como si bastara con cumplir un checklist mínimo. Pero el bienestar real no se mide solo en comida, agua y controles veterinarios. Se mide en libertad, estímulos naturales, elección. Y eso, en cautiverio, casi nunca existe.

Me pregunto mucho por qué necesitamos encerrar para admirar. Por qué no nos basta con saber que existen, con proteger su hábitat, con aprender desde el respeto. Tal vez porque nos cuesta aceptar que no todo gira alrededor de nosotros. Que hay formas de vida que no están aquí para servirnos ni entretenernos. Y eso, aunque suene duro, toca fibras profundas de cómo entendemos el poder, la posesión y el “derecho” que creemos tener sobre lo que consideramos inferior.

Este tema no es solo ambiental. Es ético. Es espiritual. Es profundamente humano. Porque la forma como tratamos a los animales dice mucho de cómo nos tratamos entre nosotros. No es casualidad que vivamos en una época donde se habla tanto de conciencia, pero se actúa tan poco desde ella. Donde compartimos frases sobre amor y respeto, pero seguimos pagando entradas para ver animales hacer trucos que no eligieron aprender.

He leído reflexiones similares en espacios que me han acompañado desde niño, como Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/), donde muchas veces se nos invita a detenernos, a mirar más allá de lo evidente, a cuestionar la comodidad de nuestras costumbres. Y también en Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/), donde se insiste en algo que parece simple pero no lo es: la coherencia entre lo que decimos creer y lo que hacemos todos los días.

Porque sí, es fácil indignarse cuando hay una noticia viral. Pero la verdadera pregunta es qué hacemos después. ¿Seguimos apoyando ese tipo de lugares? ¿Seguimos justificándolos con el argumento de la educación o la conservación, cuando muchas veces no cumplen ninguna de las dos? ¿Estamos dispuestos a renunciar a ciertas formas de entretenimiento si entendemos que generan sufrimiento?

También pienso en el papel de la tecnología y la información. Hoy no podemos decir “no sabíamos”. Hay estudios, investigaciones, imágenes, testimonios de exentrenadores, veterinarios y científicos marinos que llevan años alertando sobre el impacto del cautiverio en cetáceos. Plataformas digitales, realidad virtual, documentales inmersivos… existen alternativas para aprender sin dañar. Pero elegirlas implica un cambio de mentalidad, y eso siempre cuesta.

Desde otro ángulo, este tema también conecta con algo que he leído en TODO EN UNO.NET (https://todoenunonet.blogspot.com/) sobre responsabilidad, criterio y decisiones conscientes. Aunque ese blog suele abordar temas empresariales, tecnológicos y sociales, hay una idea transversal que se repite: no todo lo legal es necesariamente ético, y no todo lo rentable es necesariamente correcto. Esa lógica aplica perfectamente aquí. Un parque puede cumplir normativas mínimas y aun así estar fallando en lo esencial.

Me impacta pensar que muchas veces el sufrimiento animal se invisibiliza porque no “habla nuestro idioma”. Pero habla de otras formas: cambios de comportamiento, enfermedades, muertes tempranas. El problema es que hemos aprendido a no escuchar esos lenguajes. A mirar solo cuando el titular es lo suficientemente escandaloso. Y luego pasar a la siguiente noticia.

No escribo esto desde la superioridad moral. Yo también he ido a zoológicos cuando era niño. Yo también aplaudí sin cuestionar. Pero crecer, al menos para mí, ha significado revisar lo que antes daba por normal. Aceptar que algunas cosas que heredamos culturalmente necesitan ser transformadas. Y que la empatía no se limita a nuestra especie.

En Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/) hay una idea que se repite mucho y que me marcó desde pequeño: la vida no siempre nos pide respuestas rápidas, sino preguntas honestas. Y esta es una de ellas. ¿Qué tipo de humanidad queremos ser? ¿Una que investiga después de la muerte o una que previene el sufrimiento antes de que ocurra?

Tal vez el cambio no empiece cerrando todos los parques de un día para otro. Tal vez empiece por dejar de normalizarlos. Por educar desde la infancia en el respeto real por la vida. Por apoyar iniciativas de conservación en hábitats naturales, no en piscinas. Por usar nuestra voz —en redes, en conversaciones, en decisiones de consumo— para decir “esto ya no me parece bien”.

Los delfines que murieron no volverán. Pero su historia puede servir para algo más que un par de titulares. Puede ser una grieta en nuestra indiferencia. Una invitación incómoda a mirar cómo seguimos construyendo un mundo donde la diversión de unos se sostiene sobre el encierro de otros.

No creo que la conciencia llegue de golpe. Llega en fragmentos, en incomodidades, en textos como este que no buscan dar cátedra, sino compartir una inquietud. Yo sigo aprendiendo. Sigo contradiciéndome. Sigo preguntándome. Pero cada vez tengo más claro que la verdadera evolución no es tecnológica si no viene acompañada de compasión.

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Juan Manuel Moreno Ocampo
A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.

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