Es curioso cómo a veces una noticia aparentemente ligera —una nueva montaña rusa en un parque temático— puede convertirse en un espejo inesperado de la vida. La leí sin prisa: la montaña rusa más larga de Florida está en el parque de Harry Potter. Y mientras avanzaba en el texto, algo dentro de mí empezó a moverse. No por la velocidad, ni por los giros, ni siquiera por la tecnología que la hace posible, sino por lo que simboliza: una experiencia diseñada para perder el control durante unos minutos… y confiar.
Yo nací en 2003. Crecí en una generación que aprendió muy pronto que el mundo no es lineal. Nos prometieron caminos claros, fórmulas seguras, finales previsibles, pero lo que recibimos fue algo mucho más parecido a una montaña rusa: subidas rápidas, caídas sin aviso, curvas que marean, pausas breves donde uno cree que todo se estabilizó… hasta que vuelve a arrancar. Quizá por eso esta noticia me hizo tanto ruido por dentro.
La montaña rusa del mundo de Harry Potter no es solo la más larga de Florida; es una experiencia narrativa. No se trata únicamente de gritar o sentir adrenalina, sino de sumergirse en una historia. Y eso, si lo pensamos bien, es exactamente lo que hacemos todos los días: vivir dentro de un relato que no controlamos del todo, pero en el que seguimos avanzando. Nadie nos da el mapa completo. Solo sabemos que estamos sentados, que algo va a moverse, y que bajarse a mitad del recorrido no es una opción tan sencilla como parece.
Vivimos obsesionados con la estabilidad. Nos enseñaron a buscarla como si fuera el premio mayor: estabilidad emocional, económica, laboral, espiritual. Pero la vida real —la que no sale en frases motivacionales— se parece más a esa montaña rusa que a una línea recta. Hay momentos de euforia en los que sentimos que todo encaja, que estamos “en el lugar correcto”, y segundos después aparece una caída que nos deja sin aire. No porque hicimos algo mal, sino porque así funciona el movimiento.
Pienso mucho en esto cuando veo a personas de mi edad —y también mayores— agotadas por intentar controlar cada detalle. Nos cansamos no tanto por lo que vivimos, sino por la resistencia constante a aceptar que hay tramos que no se pueden manejar con lógica, Excel o planes a cinco años. En uno de los textos que leí hace tiempo en Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/) se hablaba, sin nombrarlo directamente, de esa tensión entre el deber ser y el simple estar. De cómo nos desgasta vivir más pendientes de cómo “deberían” verse las cosas que de cómo realmente se sienten.
La montaña rusa no te pregunta si estás listo. Arranca. Y en ese arranque hay algo profundamente honesto. No hay discursos previos ni promesas vacías. Solo una advertencia silenciosa: esto se va a mover, y no todo será cómodo. La vida funciona igual. Nadie nos prepara de verdad para las pérdidas, para los cambios internos, para las preguntas que no tienen respuesta inmediata. Aprendemos a los golpes, a las risas nerviosas, a los silencios largos.
También me llama la atención que esté ubicada en un universo como el de Harry Potter. No es casualidad. Esa saga marcó a toda una generación enseñándonos que la magia no elimina el dolor, que crecer duele, que incluso los héroes dudan, se equivocan y se rompen. No hay hechizo para evitar el miedo, solo formas de atravesarlo. Subirse a una montaña rusa es un acto de fe moderno: confías en que alguien diseñó bien la estructura, en que los rieles aguantan, en que el final llegará. En la vida, esa fe no siempre está puesta en algo tan visible.
En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/) he leído reflexiones que conectan mucho con esto: la idea de que creer no es tener certezas, sino seguir caminando incluso cuando no entiendes el trayecto. La espiritualidad, al menos como yo la vivo, no es calma permanente; es aprender a respirar incluso en la bajada más empinada.
Hay algo más que me parece importante actualizar frente a la noticia original. Hoy, en 2026, ya no hablamos solo de parques temáticos como entretenimiento. Hablamos de experiencias inmersivas, de narrativas diseñadas para tocar emociones profundas. Y eso dice mucho de nuestra época. Estamos hambrientos de sentir algo real, aunque sea fabricado. De desconectarnos del control absoluto que nos exige el mundo digital, las métricas, los likes, los resultados. Por unos minutos, queremos soltar el timón.
Esa necesidad de soltar también la veo reflejada en otros espacios, incluso en los más racionales. En Organización Empresarial TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/) se ha hablado varias veces de cómo las empresas y las personas colapsan cuando confunden control con salud. Cuando todo debe estar medido, previsto y asegurado, se pierde la capacidad de adaptarse. Y adaptarse, al final, es lo que permite seguir en el recorrido sin salir despedido.
Yo mismo he tenido que aprender eso a los 21 años. Aprender que no todo se resuelve rápido, que no todas las respuestas llegan cuando uno las quiere, que hay emociones que no se “arreglan” sino que se atraviesan. He sentido esa mezcla de miedo y emoción que imagino se siente al subir a la montaña rusa: sabes que algo va a pasar, no sabes exactamente qué, pero igual te quedas. No porque seas valiente todo el tiempo, sino porque no hay otra forma de vivir que quedándose.
También pienso en cómo esta metáfora aplica a temas que parecen lejanos, como la tecnología o incluso la contabilidad. En Tu Contabilidad Confiable y Rápido (https://micontabilidadcom.blogspot.com/) he visto cómo se insiste en la importancia de entender los procesos, no solo cumplirlos. Porque cuando uno no entiende, cualquier cambio se siente como una caída libre. Cuando entiendes, incluso el movimiento brusco tiene sentido. No elimina el vértigo, pero lo hace soportable.
La montaña rusa más larga de Florida no es solo un récord. Es un reflejo de una sociedad que, paradójicamente, busca emociones intensas en entornos controlados porque fuera de ellos todo parece demasiado incierto. Y ahí aparece una pregunta incómoda: ¿qué pasaría si aprendiéramos a vivir la vida real con un poco más de esa aceptación? No resignación, sino aceptación activa. Saber que habrá giros, que no todos los días son de subida, que a veces el estómago se encoge… y aun así seguir.
En Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/) hay textos que invitan a detenerse, a mirar hacia adentro, a no correr tanto. Y creo que eso es lo que equilibra la montaña rusa: los momentos en los que el carrito sube despacio, cuando parece que nada pasa, pero en realidad se está acumulando energía para el siguiente tramo. En la vida, esos momentos suelen ser invisibles, poco valorados, pero fundamentales.
Si algo me deja esta reflexión es una certeza sencilla: no estamos aquí para que todo sea plano. Estamos aquí para aprender a sostenernos en el movimiento. A veces gritando, a veces riendo, a veces en silencio. Y tal vez, solo tal vez, cuando aceptamos eso, la vida deja de sentirse como una amenaza constante y empieza a parecerse más a una experiencia intensa, imperfecta, pero profundamente viva.
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