sábado, 24 de enero de 2026

Cuando amar también implica decir no: lo que la obesidad en mascotas nos está queriendo mostrar


Hay temas que uno no busca, sino que lo encuentran. A mí este me llegó una tarde cualquiera, viendo a un perro del barrio acostado en la acera, respirando con dificultad, mientras su dueño —con la mejor intención del mundo— le ofrecía otra galleta “porque pobrecito, se ve triste”. Nadie quería hacerle daño. Nadie pensaba que estaba enfermándolo. Y ahí entendí algo que se repite mucho en la vida: el amor sin conciencia también puede lastimar.

Hablar de obesidad en mascotas no es solo hablar de kilos de más. Es hablar de cómo nos relacionamos con quienes dependen completamente de nosotros. Es hablar de hábitos heredados, de culpas humanas, de rutinas aceleradas, de soledades compartidas y, sobre todo, de una idea equivocada de cuidado. Porque muchas veces creemos que amar es dar sin límites, cuando en realidad amar también es ponerlos.

Vivimos en una época donde todo tiende al exceso. Exceso de comida, de estímulos, de pantallas, de ansiedad. Y nuestras mascotas no están por fuera de ese mundo: lo habitan con nosotros. Si nosotros comemos mal, nos movemos poco y vivimos estresados, ellos lo sienten, lo absorben y lo reflejan en su cuerpo. La obesidad en perros y gatos no aparece de la nada; es el resultado de una suma silenciosa de decisiones cotidianas.

Durante años se pensó que un animal “gordito” era sinónimo de salud, de buena vida, incluso de ternura. Hoy sabemos que no es así. La obesidad en mascotas es una enfermedad crónica y multifactorial, reconocida por la medicina veterinaria, que aumenta el riesgo de problemas articulares, cardiovasculares, respiratorios, metabólicos y reduce significativamente la esperanza y calidad de vida. No es estética. Es salud. Es bienestar. Es dignidad.

Uno de los factores más comunes es la sobrealimentación. No solo en cantidad, sino en calidad. Muchos animales consumen alimentos ultra procesados, premios constantes, restos de comida humana cargados de sal, grasa y azúcar. Todo eso se acumula en un cuerpo que no está diseñado para manejar esos excesos. A eso se suma el sedentarismo: mascotas que pasan horas solas en apartamentos pequeños, con paseos cortos, sin estimulación física ni mental suficiente. El resultado es predecible, pero pocas veces asumido con responsabilidad.

También hay factores genéticos, hormonales y de edad. Algunas razas tienen mayor predisposición al aumento de peso. Animales esterilizados pueden requerir ajustes específicos en su dieta. Mascotas mayores se mueven menos y queman menos energía. Nada de esto es una condena, pero sí una invitación a observar, informarse y actuar con criterio. Aquí es donde el acompañamiento veterinario deja de ser opcional y se vuelve esencial.

Lo que más me impacta es cómo, muchas veces, la obesidad en mascotas refleja emociones humanas no resueltas. Personas que compensan su ausencia con comida. Familias que expresan afecto solo a través de premios. Dueños que proyectan su propia ansiedad o culpa en el plato del animal. No lo digo desde el juicio, sino desde la empatía. Porque somos humanos, y amar también nos confronta con nuestras propias carencias.

En uno de los artículos que he leído sobre responsabilidad y conciencia cotidiana, publicado en https://juliocmd.blogspot.com/, se habla de cómo el cuidado real implica informarse y hacerse cargo, incluso cuando incomoda. Esa idea aplica perfectamente aquí. Cuidar a una mascota no es solo acariciarla y decirle que es hermosa; es tomar decisiones difíciles por su bien, aunque no siempre las entienda.

El tratamiento de la obesidad en mascotas no es mágico ni inmediato. Requiere tiempo, constancia y un cambio de mentalidad. Empieza por una evaluación veterinaria completa: peso ideal, estado de salud, posibles enfermedades asociadas. Continúa con un plan nutricional personalizado y una rutina de actividad adaptada a la edad y condición del animal. Y, quizás lo más importante, exige coherencia del humano que acompaña el proceso.

No sirve de nada comprar el mejor alimento si seguimos dando “un poquito de esto” o “solo hoy”. Las mascotas no negocian con lógica; responden a patrones. Y los patrones los creamos nosotros. Así como en las empresas se habla de procesos claros para evitar errores —algo que he visto bien explicado en reflexiones de https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/— en la vida cotidiana también necesitamos estructura, límites y seguimiento. La improvisación constante, incluso desde el cariño, suele tener consecuencias.

Hay algo profundamente espiritual en cuidar bien a un animal. No desde lo religioso, sino desde la conciencia de interdependencia. Ellos no eligieron su entorno, ni su comida, ni su nivel de actividad. Confían. Y esa confianza nos obliga éticamente. En https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/ se reflexiona mucho sobre el cuidado como acto de coherencia entre lo que sentimos y lo que hacemos. Creo que pocas experiencias lo ponen tan a prueba como la relación con una mascota.

También es importante hablar de prevención. Educar desde temprano, medir porciones, establecer rutinas de juego, enriquecer el ambiente, observar cambios de comportamiento. Todo eso reduce enormemente el riesgo de obesidad. Y no requiere grandes recursos, sino atención y compromiso. A veces creemos que cuidar bien es costoso, cuando en realidad lo costoso es reparar lo que pudo evitarse.

En el fondo, este tema no va solo de mascotas. Va de cómo entendemos la responsabilidad afectiva. De cómo aprendemos a amar sin dañar. De cómo dejamos de confundir indulgencia con cuidado. Si somos capaces de revisar esto con quienes dependen de nosotros sin condiciones, quizás también podamos hacerlo en otros vínculos: con personas, con el entorno, con nosotros mismos.

Yo no escribo esto desde la perfección. También he cometido errores. También he dado premios de más, he pospuesto caminatas, he dicho “mañana empezamos”. Pero escribir, reflexionar y aprender me ha enseñado que siempre estamos a tiempo de hacerlo mejor. Que la conciencia no llega para culpar, sino para transformar.

La obesidad en mascotas es un llamado silencioso a vivir con más presencia. A mirar de verdad. A preguntarnos si lo que hacemos nace del amor consciente o de la comodidad emocional. Y a entender que cuidar es una acción diaria, no una intención abstracta.

Descripción de imagen para el blog:
Una imagen realista de un joven sentado en el suelo de un parque al atardecer, junto a su perro, ambos mirándose a los ojos. El perro tiene una expresión tranquila y confiada. Al fondo, árboles y luz cálida filtrándose entre las hojas. La escena transmite introspección, vínculo, responsabilidad y conexión auténtica entre humano y animal. Sin texto, con énfasis en emociones y cercanía.

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Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

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