lunes, 5 de enero de 2026

Preferirían que no lo supiéramos: cuando la búsqueda espiritual olvida el respeto por la vida



Hay historias que parecen sacadas de un documental extraño, de esos que uno ve de madrugada y que lo dejan pensando más de la cuenta. Cuando leí por primera vez sobre estos sapos que producen sustancias psicodélicas, mi reacción no fue curiosidad morbosa ni ganas de “saber qué se siente”. Fue incomodidad. Una sensación rara, como cuando te das cuenta de que algo profundamente vivo está siendo reducido a un titular llamativo, a un objeto de consumo espiritual, a una moda más.

Vivimos en una época donde todo quiere ser experiencia. Todo quiere ser intenso, transformador, “expandir la conciencia”. Y no estoy en contra de eso. Al contrario, como joven nacido en 2003, he crecido rodeado de discursos sobre despertar, sanar, romper patrones, conectar con algo más grande. Pero también he aprendido, muchas veces por choque, que no todo lo profundo se puede forzar, ni todo lo sagrado se puede extraer, vender o viralizar sin consecuencias.

Estos sapos —que muchos conocen solo como “el sapo del 5-MeO-DMT”— no saben que son tendencia. No saben que hay personas viajando miles de kilómetros para ordeñarlos, secarlos, estresarlos, todo en nombre de una experiencia mística de quince minutos. Ellos solo existen. Respiran. Se defienden como pueden. Y preferirían, sinceramente, que nadie los estuviera persiguiendo por lo que producen en su piel.

Ahí es donde algo dentro de mí se activa. Porque esto no es solo una historia sobre psicodelia. Es una historia sobre cómo los humanos, incluso cuando hablamos de espiritualidad, seguimos repitiendo los mismos patrones de siempre: apropiarnos, explotar, romantizar, justificar. Cambian los discursos, pero no siempre cambia la conciencia.

Me pregunto mucho por qué sentimos tanta urgencia de alterar nuestra mente para sentir que estamos vivos. Tal vez porque nos cuesta habitar lo cotidiano. Tal vez porque el silencio asusta. Tal vez porque nos desconectamos tan profundamente de nosotros mismos que necesitamos un atajo químico para volver a sentir algo real. No juzgo. Yo también he sentido ese vacío. Esa sensación de que la vida va rápido, de que el mundo pesa, de que la mente no para.

Pero hay una diferencia enorme entre buscar profundidad y consumirla.

En mi casa siempre se habló mucho de responsabilidad. No solo legal, no solo empresarial, sino ética. Crecí escuchando conversaciones donde se cruzaban la tecnología, la psicología, la espiritualidad y el respeto por los procesos humanos. Eso me marcó. Me hizo entender que no todo lo posible es correcto, y que no todo lo “natural” es automáticamente bueno cuando se saca de su contexto.

En uno de los textos que más me han acompañado en momentos de preguntas profundas, publicado en Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/), se habla de algo que parece simple pero no lo es: la relación entre fe, respeto y coherencia. No se trata de dogmas, sino de conciencia. De entender que la vida no es un buffet espiritual donde tomamos lo que nos sirve y descartamos lo demás sin mirar el impacto.

Porque sí, estos sapos tienen compuestos poderosos. La ciencia lo ha estudiado. No es un mito urbano. Pero también la ciencia —la seria, la ética— advierte sobre los riesgos, tanto para las personas como para las especies. La extracción indiscriminada, el tráfico, el estrés extremo al que se somete a estos animales, está afectando ecosistemas completos. Y eso casi nunca aparece en los reels de Instagram ni en los testimonios épicos de “renací en 10 minutos”.

Hay algo profundamente contradictorio en decir que buscas expansión de conciencia mientras ignoras el sufrimiento que causas para obtenerla.

Esta historia me conecta con algo más grande: la forma en que tratamos todo lo que consideramos “recurso”. Datos, personas, animales, naturaleza, incluso nuestras propias emociones. Lo veo también en el mundo digital, en cómo se recolecta información personal sin pensar en la dignidad detrás de cada dato. En Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales (https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com/) hay reflexiones muy claras sobre cómo el respeto no es un trámite, sino una postura ética. Y aunque parezca que no tiene nada que ver con un sapo psicodélico, para mí está todo conectado.

Es la misma lógica extractiva, solo que con otro disfraz.

Me preocupa que mi generación, tan sedienta de sentido, caiga en la trampa de creer que la profundidad siempre viene de afuera. Que la conciencia se compra. Que el despertar es inmediato. Que no hay que hacerse cargo del proceso. Cuando en realidad, muchas de las experiencias más transformadoras que he vivido no han sido espectaculares ni “alucinantes”. Han sido silenciosas. Incómodas. Lentas.

Conversaciones difíciles. Duelos. Cambios de mirada. Preguntas que no se responden rápido.

En Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/) hay textos que hablan de ese ritmo distinto, de una espiritualidad que no grita, que no necesita demostrarse. Eso, para mí, es mucho más revolucionario que cualquier sustancia. Porque implica presencia. Responsabilidad. Y algo que no se puede fingir: coherencia entre lo que digo y lo que hago.

No escribo esto para señalar con el dedo a quien ha tenido una experiencia psicodélica o siente curiosidad. La curiosidad es humana. La búsqueda también. Escribo porque siento que necesitamos conversaciones más honestas, menos romantizadas. Porque hablar de estos sapos solo como “portales a otra dimensión” es borrar su existencia como seres vivos. Y eso dice más de nosotros que de ellos.

Tal vez el verdadero “poder psicodélico” no esté en la sustancia, sino en la pregunta que nos deja: ¿por qué creemos que necesitamos tanto estímulo para sentirnos conectados? ¿Qué nos está faltando en la vida cotidiana? ¿Qué heridas estamos intentando saltarnos en lugar de atravesar?

A veces pienso que preferiríamos que los sapos no hablaran, porque si pudieran hacerlo, probablemente nos dirían algo incómodo. Algo como: no todo es para ustedes. No todo es suyo. No todo necesita ser usado.

Y eso aplica para mucho más que un animal.

Aplica para el planeta. Para los vínculos. Para la tecnología. Para la espiritualidad. Para la vida misma.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

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