sábado, 17 de enero de 2026

Cuando el mar se queda sin colores: lo que los corales nos están intentando decir



Hay noticias que uno lee rápido, como quien pasa el dedo por la pantalla sin detenerse demasiado. Y hay otras que, aunque no lo parezca al principio, se quedan dando vueltas en la cabeza durante días. Esta fue una de esas. Leí que los científicos advierten que estamos a punto de vivir la mayor crisis mundial de blanqueamiento de corales registrada hasta ahora. No dentro de cien años. No “algún día”. En semanas. En este mismo tiempo que usamos para hacer scroll, trabajar, estudiar, discutir por cosas pequeñas o soñar con vacaciones frente al mar.

No soy biólogo marino. No vivo en una isla ni buceo todos los días. Soy un joven colombiano nacido en 2003, criado entre conversaciones familiares profundas, lecturas que me dejaron preguntas incómodas y una espiritualidad que no separa al ser humano de la naturaleza. Y quizá por eso, esta noticia no la sentí lejana. La sentí personal. Porque cuando algo tan silencioso como un coral empieza a morir masivamente, no es solo un problema ambiental: es un síntoma de algo mucho más grande que no estamos queriendo mirar de frente.

Los corales no son piedras. No son adornos del océano. Son organismos vivos, frágiles, complejos, que sostienen cerca del 25 % de la vida marina. Son hogar, refugio, alimento. Son como barrios completos bajo el agua. Cuando un coral se blanquea, no es que “pierda color” porque sí; es que expulsa las algas que le dan vida debido al estrés térmico. Es como si el océano estuviera teniendo fiebre… y muy alta. El calentamiento global ya no es una teoría ni un debate ideológico: es una experiencia medible, visible y, tristemente, irreversible en muchos casos.

Mientras leía sobre esto, pensaba en algo que he aprendido tanto en mi propio proceso como leyendo textos más reflexivos, por ejemplo en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/): las crisis nunca llegan de golpe. Siempre avisan. Siempre susurran antes de gritar. Y el blanqueamiento de los corales es uno de esos susurros que llevan décadas repitiéndose, pero que solo ahora parecen haber alcanzado un punto crítico.

Vivimos en una época extraña. Nunca habíamos tenido tanta información disponible y, al mismo tiempo, nunca habíamos estado tan desconectados emocionalmente de lo que ocurre. Sabemos que el planeta se calienta, que los ecosistemas colapsan, que las especies desaparecen… pero seguimos viviendo como si todo fuera una noticia más. Como si no nos tocara. Como si la Tierra fuera un recurso infinito y no un organismo vivo que también se cansa.

Hace poco leí una reflexión en Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/) que hablaba de la creación no como algo que nos pertenece, sino como algo que se nos confió. Y eso me hizo pensar en los corales desde otro lugar. No solo como “ecosistemas en riesgo”, sino como una especie de termómetro espiritual y colectivo. Si ellos mueren, algo en nuestra forma de vivir está profundamente desalineado.

Los científicos explican que este evento de blanqueamiento global está siendo impulsado por temperaturas oceánicas récord, relacionadas directamente con el cambio climático y fenómenos como El Niño, cada vez más intensos. Pero más allá del dato técnico, hay una pregunta que no me deja tranquilo: ¿por qué necesitamos que algo esté al borde del colapso para prestarle atención? ¿Por qué reaccionamos solo cuando el daño ya es casi irreversible?

Tal vez porque, como sociedad, nos acostumbramos a vivir desconectados de las consecuencias. Consumimos energía, comida, tecnología, viajes… pero pocas veces nos detenemos a pensar de dónde viene todo eso y a qué costo real. En Todo En Uno.NET (https://todoenunonet.blogspot.com/) se habla mucho de transformación digital y de cómo la tecnología puede ser una aliada poderosa. Y es verdad. Pero también me pregunto: ¿qué sentido tiene avanzar tecnológicamente si no evolucionamos en conciencia? ¿De qué sirve la innovación si no incluye responsabilidad ambiental y ética colectiva?

No quiero sonar apocalíptico. De verdad. Soy joven y creo en la esperanza. Pero una esperanza activa, no ingenua. Una esperanza que se incomoda, que hace preguntas, que cambia hábitos. Porque el problema no son solo los grandes gobiernos o las multinacionales. El problema también está en lo cotidiano, en lo pequeño, en lo que normalizamos. En la cantidad de plástico que usamos sin pensar, en la energía que desperdiciamos, en la indiferencia con la que pasamos frente a noticias como esta.

Pienso en mi generación. En los que nacimos después del 2000. Nos dijeron que éramos el futuro, pero muchas veces sentimos que heredamos un mundo agotado, lleno de deudas ambientales, sociales y emocionales. Y aun así, no todo está perdido. He visto jóvenes crear proyectos conscientes, empresas con propósito, comunidades que se organizan para cuidar lo que queda. En Organización Empresarial TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/) se insiste mucho en que las organizaciones del futuro serán las que entiendan su impacto más allá de lo económico. Eso también aplica para nosotros como individuos.

El colapso de los corales no es solo una tragedia marina. Tiene consecuencias directas en la pesca, en la seguridad alimentaria, en las economías costeras, en la protección natural contra tormentas y huracanes. Es decir, afecta a personas reales, a familias reales, a comunidades enteras. A veces hablamos del cambio climático como si fuera un concepto abstracto, pero en realidad tiene rostro humano. Y también rostro animal, vegetal y oceánico.

Hay algo profundamente simbólico en que los corales, organismos que tardan décadas o siglos en formarse, puedan morir en cuestión de semanas por el aumento de la temperatura. Es como si la naturaleza nos estuviera mostrando lo frágil que es todo aquello que damos por sentado. Y también lo lento que es reconstruir lo que destruimos rápido.

En mi propio blog, El Blog de Juan Manuel Moreno Ocampo (https://juanmamoreno03.blogspot.com/), he escrito antes sobre esa sensación de estar viviendo en un mundo acelerado que no sabe detenerse a escuchar. Esta crisis de los corales es una invitación urgente a bajar el ritmo, a mirar más allá del beneficio inmediato, a replantearnos qué entendemos por progreso. Porque crecer no siempre significa avanzar; a veces significa aprender a cuidar.

No se trata de que todos nos volvamos expertos en océanos o activistas a tiempo completo. Se trata de conciencia. De coherencia. De entender que cada decisión suma o resta. Que lo que compramos, lo que apoyamos, lo que ignoramos, tiene impacto. Y que el planeta no necesita discursos bonitos, sino cambios reales, aunque sean pequeños.

Tal vez los corales no pueden hablar con palabras, pero están comunicando algo muy claro. Nos están diciendo que el equilibrio se rompió. Que el límite se alcanzó. Que no hay más tiempo para la indiferencia cómoda. Y escuchar eso duele, sí. Pero también puede ser el inicio de una transformación más profunda, más humana, más consciente.

Quiero creer que aún estamos a tiempo de evitar lo peor. Que esta crisis sea un punto de inflexión y no una despedida silenciosa. Que aprendamos, por fin, que no estamos separados de la naturaleza, sino que somos parte de ella. Y que cuidarla no es un favor que le hacemos, sino una forma de cuidarnos a nosotros mismos.

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Juan Manuel Moreno Ocampo
A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.

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