En estos días he pensado mucho en cómo el mundo que habitamos nos atraviesa sin pedir permiso. No solo a nosotros, también a los seres que caminan a nuestro lado sin discursos, sin ideologías, sin redes sociales. Las mascotas. Los perros que nos esperan aunque lleguemos tarde, los gatos que parecen indiferentes pero saben exactamente cuándo algo no anda bien, las aves que dejan de cantar cuando el aire pesa más de la cuenta. No es una idea romántica ni una metáfora bonita: en un mundo cada vez más tóxico, nuestras mascotas se están convirtiendo en verdaderos centinelas silenciosos de nuestra salud.
Leí hace poco un análisis que hablaba de cómo los animales domésticos empiezan a mostrar síntomas de enfermedades respiratorias, dérmicas o neurológicas antes que nosotros, cuando hay contaminación del aire, del agua o del entorno químico del hogar. Y no pude evitar pensar que, otra vez, la vida nos está hablando en voz baja… y seguimos sin escuchar. Nos preocupa el último modelo de celular, el rendimiento del algoritmo, la productividad, el dinero, pero no el aire que respiran quienes duermen a nuestros pies.
Crecí viendo cómo un perro se enfermaba antes de que la familia entendiera que el agua del barrio estaba contaminada. En ese momento nadie habló de “centinelas biológicos”, ni de estudios científicos. Solo hubo una intuición: algo aquí no está bien. Hoy, años después, la ciencia confirma lo que la experiencia cotidiana ya nos había enseñado. Los cuerpos más sensibles reaccionan primero. Y las mascotas, por su tamaño, su metabolismo y su exposición constante al suelo, al aire y a los productos que usamos, se convierten en una especie de alarma viva.
Lo duro es que muchas veces esa alarma suena… y la apagamos. Cambiamos de veterinario, damos otro medicamento, culpamos a la edad o a la “mala suerte”. Pero rara vez nos preguntamos qué está pasando con el entorno que compartimos. Qué detergentes usamos. Qué pesticidas entran a la casa. Qué tan limpio está el aire de la ciudad que respiramos todos los días. En ese silencio incómodo hay una verdad que duele: si nuestras mascotas enferman, nosotros también estamos siendo afectados, solo que más lento.
Vivimos en una época obsesionada con el control. Controlar datos, controlar procesos, controlar personas. Pero hemos perdido el control de lo esencial: la relación con el entorno. Y aquí es donde todo se conecta. La salud no es solo ir al médico o al veterinario. Es un sistema completo que incluye decisiones cotidianas, políticas públicas, conciencia ambiental y responsabilidad colectiva. Algo que he leído muchas veces en espacios de reflexión más profundos, como los textos que encuentro en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com), donde se insiste en que la vida siempre nos habla primero desde lo simple, desde lo cotidiano.
Las mascotas no saben de contaminación industrial ni de microplásticos, pero sus cuerpos lo sienten. No saben de estrés crónico, pero lo absorben cuando el hogar está cargado de tensión. No entienden de economía, pero sufren cuando el barrio no tiene árboles, cuando el ruido es constante, cuando el agua sabe raro. Ellas no separan lo físico de lo emocional. Y tal vez ahí está la lección más grande: nosotros sí lo separamos… y por eso enfermamos más lento, pero más profundo.
También hay algo espiritual en todo esto. No en un sentido religioso rígido, sino en esa idea sencilla de interconexión. Nada vive aislado. Nada se enferma solo. En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com) se repite una idea que me acompaña mucho: cuando una parte del sistema se rompe, todo el sistema lo siente. Las mascotas no son “propiedad”. Son parte del sistema vivo que habitamos. Y cuando ellas caen, es una señal, no un accidente.
La tecnología, paradójicamente, puede ayudarnos a ver lo que estamos ignorando. Hoy existen sensores de calidad del aire, análisis de agua accesibles, estudios sobre químicos domésticos. Pero la tecnología sin conciencia es solo otro objeto más. Lo he leído también en reflexiones sobre transformación y responsabilidad que aparecen en TODO EN UNO.NET (https://todoenunonet.blogspot.com), donde se insiste en que el progreso real no es solo digital, sino humano y ético. No sirve de nada tener datos si no estamos dispuestos a cambiar hábitos.
A veces pienso que las mascotas nos conocen mejor que nosotros mismos. Saben cuándo estamos tristes, cuándo estamos ausentes, cuándo algo se está descomponiendo por dentro. Y ahora, además, nos están mostrando cuándo el mundo que construimos se vuelve inhabitable. Es fuerte aceptarlo, porque implica asumir responsabilidad. Implica dejar de mirar solo hacia afuera y empezar a preguntarnos qué estamos permitiendo en nuestros hogares, en nuestras ciudades, en nuestra forma de vivir.
No es casual que en muchos hogares las alergias, los problemas respiratorios o las enfermedades autoinmunes aparezcan primero en animales y luego en personas. No es casual que los veterinarios estén viendo patrones que antes no existían. No es casual que cada vez se hable más de “One Health”, esa idea de que la salud humana, animal y ambiental son una sola. Lo casual es que sigamos actuando como si no fuera con nosotros.
Este tema también toca algo generacional. Mi generación heredó un mundo más informado, pero también más contaminado. Sabemos más, pero respiramos peor. Tenemos más conciencia, pero menos tiempo para detenernos. Y en medio de todo eso, las mascotas se convierten en un espejo incómodo. Ellas no pueden irse a otra ciudad, no pueden filtrar su agua, no pueden elegir. Dependen de nosotros. Y eso, nos guste o no, nos convierte en responsables.
He aprendido, leyendo y viviendo, que la verdadera madurez no está en tener todas las respuestas, sino en hacerse las preguntas correctas. ¿Por qué mi mascota se enfermó? ¿Qué hay en mi entorno que no estoy viendo? ¿Qué decisiones pequeñas puedo cambiar hoy? Estas preguntas no son solo veterinarias, son humanas. Son sociales. Son espirituales. Son profundamente políticas, aunque no se mencionen en ningún debate.
También hay algo de esperanza en todo esto. Si las mascotas pueden ser centinelas de lo que está mal, también pueden ser guías hacia lo que podemos mejorar. Cambiar productos, ventilar mejor, informarnos, exigir entornos más sanos, reconectar con lo natural. Pequeños gestos que, sumados, transforman más de lo que creemos. Lo he visto reflejado en muchas reflexiones personales que encuentro en Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com), donde la vida se entiende como un proceso de ajustes constantes, no como una línea recta.
Tal vez el problema no es que el mundo sea tóxico. Es que normalizamos la toxicidad. Normalizamos el aire sucio, el estrés permanente, la desconexión con lo vivo. Y cuando alguien —o algo— se enferma, lo vemos como un fallo individual, no como una señal colectiva. Las mascotas nos están invitando a romper esa normalización. A escuchar antes de que el daño sea irreversible.
No escribo esto desde una postura de superioridad moral. También vivo en ciudades contaminadas. También uso productos cuestionables. También me distraigo. Pero cada vez me convenzo más de que la conciencia empieza por observar. Por no ignorar lo que duele. Por no callar lo que incomoda. Por entender que cuidar a una mascota no es solo alimentarla y llevarla al veterinario, sino preguntarse qué mundo le estamos ofreciendo para vivir.
Tal vez, al final, ellas no vinieron solo a acompañarnos. Vinieron a advertirnos. A mostrarnos que el cuerpo habla antes que la mente. Que la vida avisa antes de colapsar. Que aún estamos a tiempo de cambiar, si estamos dispuestos a escuchar a quienes no tienen voz, pero sí una presencia inmensa.
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