viernes, 30 de enero de 2026

Cuando el perro no cura: nos recuerda cómo estar presentes

 A veces creemos que entendemos el mundo porque lo hemos estudiado, leído o explicado muchas veces. Pero hay experiencias que no se comprenden desde la cabeza, sino desde la presencia. La terapia asistida con animales, y en particular la perspectiva del perro dentro de la TAA, es una de esas realidades que me ha obligado a frenar, a observar distinto y a cuestionar la manera en que los humanos solemos mirarlo todo desde nuestro propio centro.

Cuando pensamos en terapia asistida con animales, la mayoría imagina al perro como una herramienta: “el perro que ayuda”, “el perro que acompaña”, “el perro que sirve para que el humano mejore”. Y aunque esa idea no es del todo falsa, es profundamente incompleta. Porque reduce al perro a un medio, cuando en realidad es un ser con una forma de estar en el mundo que, si la miramos con honestidad, tiene mucho más que enseñarnos de lo que creemos.

El perro no llega a la terapia preguntándose qué va a obtener a cambio. No evalúa resultados, no anticipa diagnósticos, no carga expectativas de éxito o fracaso. El perro llega siendo. Presente. Disponible. Abierto. Su forma de participar en la TAA no nace de una intención racional, sino de algo más profundo: una conexión directa con el momento y con el otro. Y eso, en un mundo saturado de ruido mental, es revolucionario.

He pensado mucho en esto desde mi propia experiencia de vida. Crecí rodeado de conversaciones largas, silencios que decían más que las palabras, preguntas sin respuesta inmediata. En casa aprendí que escuchar no siempre implica hablar, y que acompañar no significa resolver. Cuando observo al perro en un contexto terapéutico, veo esa misma sabiduría aplicada sin discursos: el perro no intenta cambiar al otro, simplemente permanece. Y en esa permanencia, algo se acomoda.

Desde la perspectiva del perro, la terapia no es un espacio clínico ni un protocolo. Es un encuentro. El perro percibe estados emocionales antes de que se verbalicen. No necesita que alguien diga “estoy triste” para acercarse; lo siente en el cuerpo del otro, en su respiración, en su energía. Y esa sensibilidad no es magia ni misticismo: es atención plena en estado puro. Algo que los humanos hemos ido perdiendo a fuerza de vivir en piloto automático.

Vivimos en una época en la que se habla mucho de salud mental, pero se vive poco la presencia real. Estamos hiperconectados tecnológicamente y, al mismo tiempo, profundamente desconectados del cuerpo, de la emoción y del ahora. En ese contexto, la TAA no solo ayuda a quienes reciben la terapia; también desnuda nuestras carencias como sociedad. El perro nos muestra, sin juzgar, lo lejos que estamos de nuestra propia naturaleza.

Hay algo que me impacta especialmente: el perro no distingue etiquetas. No sabe si la persona frente a él tiene un diagnóstico, un trauma, una historia compleja o un título universitario. No le importa si alguien es exitoso o está roto por dentro. El perro responde a lo que es, no a lo que aparenta. Y eso, para muchos humanos, es profundamente sanador, porque por primera vez en mucho tiempo no necesitan sostener una máscara.

He leído y reflexionado sobre estos temas también desde otros espacios que me han marcado. En escritos que he compartido en mi propio blog, en reflexiones que aparecen en textos más espirituales como los de Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías, o en mensajes que invitan a detenerse y mirar hacia adentro, como los de Mensajes Sabatinos. Todo converge en la misma idea: sanar no siempre es arreglar algo, a veces es volver a habitarse.

El perro, desde su perspectiva, no “hace terapia”. Vive la relación. Y esa relación, cuando es respetuosa y ética, se convierte en un puente. Pero aquí hay algo clave que no siempre se dice: la TAA también implica una enorme responsabilidad humana. Porque el perro no es un recurso infinito. Tiene límites, emociones, cansancio. Pensar la terapia desde la mirada del perro también nos obliga a preguntarnos si estamos cuidando al cuidador, si respetamos sus tiempos, su bienestar y su dignidad.

En un mundo empresarial y organizacional, algo similar ocurre. Muchas veces hablamos de personas como “recursos humanos”, olvidando que son seres vivos, sensibles, complejos. Esta reflexión la he visto desarrollarse desde otros ángulos en espacios como Organización Empresarial TodoEnUno.NET, donde se insiste en poner al ser humano en el centro, no solo al resultado. Curiosamente, el perro parece haber entendido eso mucho antes que nosotros.

Desde la tecnología también hay un paralelo interesante. La inteligencia artificial avanza, los algoritmos optimizan procesos, pero ninguna máquina puede reemplazar la presencia auténtica. En TODO EN UNO.NET se habla mucho de transformación digital con criterio humano, y creo que la TAA nos recuerda exactamente eso: que no todo se automatiza, que hay dimensiones de la experiencia humana —y animal— que solo existen en el encuentro real.

Mirar la TAA desde la perspectiva del perro también cambia la manera en que entendemos el poder. El perro no domina, no controla, no impone. Su influencia es silenciosa. Y tal vez por eso es tan efectiva. En una sociedad acostumbrada al ruido, al discurso constante y a la sobreexplicación, el silencio atento del perro se vuelve un acto terapéutico en sí mismo.

Personalmente, esta reflexión me ha llevado a revisar mis propias relaciones. ¿Cuántas veces estoy con alguien pensando en lo siguiente que voy a decir, en lugar de estar realmente ahí? ¿Cuántas veces acompaño desde la prisa y no desde la presencia? El perro no tiene ese problema. Su mundo ocurre ahora. Y eso, aunque parezca simple, es profundamente transformador.

También hay una dimensión espiritual que no puedo ignorar. Independientemente de las creencias de cada quien, hay algo sagrado en la capacidad de estar con el otro sin condiciones. Algo que conecta con lo que muchas tradiciones llaman amor, compasión o consciencia. En ese sentido, el perro se convierte en un maestro silencioso, uno que no necesita palabras para enseñar.

La terapia asistida con animales, vista desde la perspectiva del perro, no es solo una técnica terapéutica. Es una invitación a replantear nuestra forma de vivir, de vincularnos y de sanar. Nos recuerda que no todo pasa por entender, explicar o controlar. Que a veces basta con estar, con sentir y con permitir que el otro sea.

Y quizá esa sea la lección más grande que el perro nos deja: que la verdadera ayuda no siempre viene de hacer más, sino de estar mejor. De volver a lo esencial. De recuperar la presencia que hemos ido perdiendo entre pantallas, agendas y exigencias.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

No hay comentarios.:

Publicar un comentario