Hay una idea que durante mucho tiempo nos vendieron como incuestionable: comer es una decisión personal. Algo íntimo, privado, casi moral. Si comes bien, es porque eres disciplinado. Si comes mal, es porque no te cuidas. Así de simple. O al menos eso parecía.
Pero hay momentos en la vida —y textos que uno lee en el momento justo— que te obligan a detenerte y a desmontar esas certezas que parecían tan sólidas. Hace poco me encontré con la historia y el pensamiento de una nutricionista que, sin necesidad de gritar ni señalar culpables, demostró algo profundamente incómodo: lo que comemos no depende solo de nosotros. Y cuando uno entiende eso, ya no vuelve a mirar su plato de la misma manera.
Yo tengo 21 años. Crecí en una generación que vive entre la hiperconexión y la ansiedad constante. Una generación a la que le dicen que todo es elección: qué comes, qué estudias, qué trabajas, qué sueñas, qué fallas. Y aunque hay algo de verdad en eso, también hay una carga muy pesada que nadie nos enseñó a cuestionar: la culpa. La culpa de no hacerlo “mejor”. La culpa de no ser “más saludable”. La culpa de no estar siempre a la altura de lo que Instagram, TikTok o los gurús del bienestar prometen.
Durante años pensé que comer bien era simplemente cuestión de voluntad. Si no lo hacía, era porque me faltaba disciplina. Porque no me organizaba. Porque no quería lo suficiente. Pero la vida real no funciona como los posts motivacionales. La vida tiene horarios rotos, trabajos mal pagos, estrés acumulado, mercados lejanos, alimentos caros y publicidad constante diciéndote qué “deberías” consumir para ser feliz.
Ahí es donde esta reflexión me golpeó fuerte. Porque cuando alguien se atreve a decir que la alimentación está atravesada por la industria, la política, el marketing, la desigualdad y la cultura, no te está quitando responsabilidad: te está devolviendo humanidad. Te está diciendo que no estás fallando tú; que hay un sistema entero empujándote en ciertas direcciones mientras te repite que todo es tu culpa.
Vivimos rodeados de decisiones que creemos libres, pero que están cuidadosamente guiadas. Desde pequeños nos acostumbraron a ver ciertos productos como normales, necesarios, incluso afectivos. Hay sabores que nos remiten a la infancia, a la comodidad, al premio después de un día difícil. Y detrás de eso no solo hay recuerdos familiares; hay estrategias, estudios, inversiones millonarias diseñadas para que asociemos comer con calmar, con anestesiar, con seguir sin parar.
Esto no es una teoría conspirativa. Es una realidad que se puede observar cuando uno empieza a mirar con más atención. Basta con entrar a un supermercado y ver qué es lo más barato, lo más accesible, lo más visible. Basta con comparar el precio de los alimentos frescos frente a los ultraprocesados. Basta con preguntarse por qué comer “saludable” parece un lujo y no un derecho básico.
Lo que más me impactó de esta mirada no fue la crítica a la industria, sino la invitación a cambiar el foco. A dejar de juzgarnos tan duro. A entender que comer mejor no empieza con prohibiciones, sino con conciencia. Con preguntas incómodas pero necesarias: ¿por qué como así?, ¿qué opciones reales tengo?, ¿qué me vendieron como normal?, ¿qué me gustaría cambiar si tuviera más tiempo, más información, más apoyo?
También me hizo pensar en mi generación. En cómo estamos cansados, saturados, sobreexigidos. En cómo buscamos soluciones rápidas porque no nos enseñaron a pausar. En cómo muchas veces comemos lo que sea porque estamos sobreviviendo, no porque no nos importe. Y ahí es donde el discurso simplista del “todo es tu responsabilidad” se vuelve cruel.
No se trata de renunciar a la responsabilidad personal. Se trata de ampliarla. De entender que cuidarnos también implica exigir mejores condiciones, mejor información, políticas más humanas, empresas más éticas. Implica dejar de romantizar la autoexigencia y empezar a hablar de cuidado colectivo.
Al final, esta nutricionista no solo habló de alimentos. Habló de poder. De quién decide qué comemos, qué se produce, qué se subsidia, qué se publicita. Y cuando uno ve eso, entiende que cada plato es también una historia social, económica y cultural.
Yo no tengo todas las respuestas. Y creo que eso también es parte de crecer. Pero sí tengo más preguntas que antes. Y eso, para mí, ya es un avance. Hoy intento comer con más conciencia, no desde la culpa, sino desde la comprensión. Entendiendo que cuidarme no es castigarme, sino escucharme. Y que cambiar hábitos no es un acto aislado, sino un proceso que se da mejor cuando se comparte, cuando se conversa, cuando se acompaña.
Si algo me dejó esta reflexión es esto: comer no es solo una decisión personal, pero tomar conciencia sí lo es. Y desde ahí, poco a poco, se puede empezar a vivir con más coherencia, más compasión y más verdad.
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