Escribo esto desde un lugar que no es cómodo. No porque sea ajeno, sino porque duele reconocerlo cuando uno empieza a unir los puntos. Durante mucho tiempo pensé que la violencia tenía compartimentos separados: una cosa era el maltrato hacia una mujer, otra muy distinta el abandono o la crueldad hacia un animal. Crecí escuchando frases como “eso no tiene nada que ver” o “no exageres, es solo un animal”. Pero con los años, con las conversaciones familiares, con la lectura silenciosa de lo que otros han vivido y con mis propias preguntas, empecé a entender que muchas violencias no caminan solas. Se acompañan. Se justifican entre sí. Se esconden bajo la misma lógica de poder y control.
Cuando uno es joven, pero no vive desconectado de la realidad, empieza a notar patrones. En noticias, en historias cercanas, incluso en comentarios cotidianos. El mismo perfil que grita, que humilla, que minimiza, suele ser el que patea al perro, el que encierra al gato, el que disfruta ejercer dominio sobre alguien que no puede defenderse. No es casualidad. Es estructura. Y reconocerlo no es acusar por acusar, es intentar comprender para poder romper el ciclo.
La fuente que inspira esta reflexión, publicada en Antrozoología, no es nueva, pero sí sigue siendo dolorosamente vigente. La relación entre la violencia de género y el maltrato animal ha sido documentada durante años por psicólogos, criminólogos y trabajadores sociales. Hoy, en 2026, con más datos, más denuncias y también más silencios, el vínculo es aún más evidente. No se trata solo de estadísticas, se trata de vidas compartiendo un mismo espacio de miedo. Mujeres que no se van de una relación violenta porque saben que su agresor podría vengarse con su mascota. Niños que normalizan la agresión porque la ven aplicada tanto a su madre como al animal de la casa. Animales usados como herramienta de control emocional. Todo eso pasa. Más de lo que queremos admitir.
A veces me pregunto en qué momento decidimos separar la empatía por especies. En qué punto justificamos que el sufrimiento de un ser vivo vale menos porque no habla nuestro idioma. Tal vez ahí empieza todo. Cuando alguien aprende que puede ejercer violencia sin consecuencias, que su fuerza le da derecho, que su frustración puede descargarse sobre otro cuerpo más vulnerable. Esa lógica no distingue género ni especie. Solo distingue poder.
He visto, y no exagero, cómo en hogares aparentemente “normales” se convive con pequeños actos de crueldad diaria. Un golpe “para que aprenda”. Un grito “porque se lo merece”. Un castigo desmedido “por el bien”. Y esas frases, repetidas, se vuelven cultura. Se heredan. Se justifican. Por eso me resuena tanto lo que he leído y reflexionado también en espacios como https://juliocmd.blogspot.com/, donde se habla del comportamiento humano desde una mirada más amplia, más honesta, sin maquillar lo incómodo. Porque la violencia no empieza con un golpe. Empieza con una idea.
En Colombia, y en muchos países de Latinoamérica, este tema sigue estando subestimado. Las leyes avanzan lentamente, las denuncias se diluyen, y la protección real muchas veces llega tarde. Pero algo ha cambiado: la conversación. Hoy se habla más de salud mental, de vínculos sanos, de responsabilidad emocional. Y también, poco a poco, se empieza a hablar de los animales no como objetos, sino como parte del sistema familiar. En ese cruce aparece una oportunidad enorme de conciencia.
No es casual que organizaciones que trabajan por la protección de datos, por ejemplo, también hablen de dignidad y respeto. Porque al final todo se conecta. El respeto por la información personal, por la intimidad, por la vida privada, nace del mismo principio que el respeto por un cuerpo ajeno, humano o no. En ese sentido, reflexiones que aparecen en https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com/ ayudan a entender que la ética no es un concepto técnico, es una forma de relacionarnos con el otro sin invadir, sin dominar, sin dañar.
La violencia de género y el maltrato animal comparten algo más que contexto: comparten silencio. Muchas víctimas no hablan por miedo, por dependencia económica, por vergüenza. Muchas personas no denuncian el maltrato animal porque creen que “no es tan grave”. Y ese silencio protege al agresor. Siempre. Por eso, visibilizar esta relación no es un acto académico, es un acto político y humano.
Desde mi experiencia, desde las conversaciones con mi familia, con personas mayores que han vivido otras épocas, entiendo que romper estos patrones implica incomodarnos. Implica revisar lo que normalizamos. Implica aceptar que tal vez crecimos viendo cosas que no estaban bien, aunque nadie nos lo explicara. Y ahí entra la responsabilidad generacional. No para culpar a los anteriores, sino para decidir hacerlo distinto.
En el blog https://escritossabatinos.blogspot.com/ he encontrado muchas veces reflexiones que invitan a detenerse, a mirar la vida con más profundidad, a entender que la espiritualidad no es desconectarse del mundo, sino comprometerse más con él. Desde esa mirada, cuidar a un animal, respetar a una mujer, proteger a un niño, no son actos aislados. Son expresiones de una misma conciencia despierta.
También es importante actualizar la conversación. Hoy sabemos que la violencia no siempre es física. Existe la violencia psicológica, económica, simbólica. Y en el caso de los animales, existe el abandono, la negligencia, la instrumentalización emocional. Todo eso deja huella. En estudios recientes se ha demostrado que los niños expuestos a maltrato animal tienen mayor probabilidad de reproducir conductas violentas en su adultez. No porque estén condenados, sino porque aprendieron que el dolor ajeno no importa. Y eso se aprende rápido cuando nadie lo cuestiona.
Por eso me parece clave que desde espacios empresariales, educativos y tecnológicos también se hable de esto. La cultura organizacional, la forma en que lideramos, la manera en que resolvemos conflictos, todo refleja nuestros valores. En https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/ se ha insistido mucho en la importancia de construir empresas más humanas, más conscientes. Y esa humanidad empieza en casa, en cómo tratamos a quienes no tienen poder frente a nosotros.
No escribo esto desde la superioridad moral. Escribo desde la pregunta constante. Desde reconocer que todos estamos aprendiendo. Que nadie nace sabiendo amar bien, respetar bien, convivir bien. Pero sí podemos decidir informarnos, escuchar, cambiar. La juventud no es solo energía, también es responsabilidad. Y si algo he aprendido en estos años es que no podemos seguir separando luchas que están profundamente conectadas.
La violencia de género no se erradica solo con leyes, ni el maltrato animal se soluciona solo con refugios. Se transforman cuando cambiamos la narrativa, cuando educamos desde la empatía, cuando dejamos de romantizar el control y empezamos a valorar el cuidado. Cuando entendemos que la fuerza real no está en dominar, sino en proteger.
Si este texto incomoda, está bien. A mí también me incomodó escribirlo. Pero creo que ahí empieza algo. En esa incomodidad honesta que nos obliga a mirarnos sin filtros. A preguntarnos qué tipo de personas queremos ser. Qué tipo de sociedad estamos construyendo, incluso en los detalles pequeños.
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