¿Cuántas veces hemos mirado el celular sin saber realmente qué estábamos buscando?
No porque hubiera llegado un mensaje importante. No porque estuviéramos esperando una llamada. Ni siquiera porque necesitáramos consultar algo. Simplemente lo sacamos del bolsillo, desbloqueamos la pantalla, abrimos una aplicación, pasamos algunos videos, revisamos una conversación que ya habíamos leído y, unos minutos después, volvemos a guardarlo.
A veces ni recordamos qué vimos.
Ese gesto se ha vuelto tan normal que casi ha desaparecido de nuestra conciencia. Lo hacemos en una fila, mientras comemos, antes de dormir, apenas despertamos, cuando alguien tarda unos segundos en responder, cuando una conversación se pone incómoda y, por supuesto, también cuando estamos estudiando.
Por eso me llamó la atención la decisión que tomó Bogotá sobre el uso de celulares en los colegios.
El 7 de septiembre de 2026, la ciudad presentó una regulación para los colegios públicos y privados que establece que, como regla general, los teléfonos deberán permanecer guardados, en silencio y fuera de la vista durante la jornada escolar, incluso durante los descansos. La medida contempla excepciones por salud, emergencias, accesibilidad y algunas actividades pedagógicas, y los colegios tendrán un periodo para incorporarla a sus dinámicas y manuales de convivencia.
A primera vista, la discusión parece sencilla.
¿Celulares sí o celulares no?
Pero creo que la pregunta realmente importante es otra:
¿En qué momento dejamos de decidir cuándo usamos el celular y empezamos a permitir que el celular decidiera cuándo usamos nuestra atención?
Porque ahí está el verdadero problema.
No en el aparato.
En nuestra atención.
Un teléfono puede servir para estudiar, investigar, comunicarnos, ubicarnos, tomar fotografías, aprender un idioma, leer un libro, escuchar una clase o incluso resolver una emergencia. Sería absurdo pensar que la tecnología, por sí sola, es enemiga de la educación.
Yo pertenezco a una generación que difícilmente puede imaginar su vida completamente desconectada.
Para nosotros internet no es solamente una herramienta que apareció después. Es parte del ambiente en el que crecimos. Muchas amistades continúan por WhatsApp, muchas tareas empiezan en Google, muchas preguntas terminan en YouTube y muchas conversaciones importantes ocurren detrás de una pantalla.
Y precisamente por eso creo que vale la pena cuestionarnos.
Porque cuando algo está demasiado presente en nuestra vida, dejamos de preguntarnos qué lugar debería ocupar.
El celular comenzó siendo una herramienta que llevábamos con nosotros.
Ahora, muchas veces, parece que somos nosotros quienes vivimos alrededor de él.
Imagino una escena bastante común en cualquier colegio.
Suena el timbre del descanso.
Salen treinta estudiantes de un salón.
Hace unos años probablemente algunos correrían hacia la cancha, otros conversarían en un corredor, alguien buscaría a la persona que le gusta, dos amigos discutirían por alguna bobada y algún estudiante se quedaría sentado mirando a los demás porque no sabía cómo acercarse.
Nada perfecto.
Nada extraordinario.
Simplemente humanidad.
Ahora imaginemos el mismo descanso con veinte o treinta pantallas encendidas.
Alguien revisando TikTok.
Otro respondiendo mensajes.
Otro mirando quién vio su historia.
Alguien jugando.
Dos amigos sentados juntos enviándose videos que podrían ver estando cada uno en su casa.
Puede parecer exagerado, pero ahí aparece una contradicción interesante: nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos y, al mismo tiempo, nunca había sido tan fácil evitar una conversación.
Y quizá por eso limitar el celular durante el colegio no solamente tiene que ver con mejorar las notas.
Puede tener que ver con recuperar algo mucho más básico: aprender a estar con otros.
En el colegio no aprendemos únicamente matemáticas, ciencias, historia o lenguaje.
También aprendemos cosas que nunca aparecen en un boletín.
Aprendemos a tolerar a alguien que piensa distinto.
A perder.
A esperar nuestro turno.
A soportar un momento incómodo.
A interpretar una mirada.
A pedir disculpas.
A defender una idea.
A sentir vergüenza y sobrevivir a ella.
A conversar con alguien que no conocemos demasiado.
Incluso aprendemos a aburrirnos.
Y esto último me parece más importante de lo que parece.
El aburrimiento tiene muy mala fama.
Cuando no ocurre nada durante algunos segundos sentimos que debemos llenar inmediatamente ese espacio. Sacamos el celular porque el silencio parece desperdicio.
Pero muchas ideas empiezan justamente ahí.
Cuando caminamos sin mirar una pantalla.
Cuando esperamos.
Cuando observamos.
Cuando la mente no recibe estímulos nuevos cada cinco segundos y comienza, por fin, a fabricar los suyos.
No creo que un adolescente tenga que vivir desconectado para convertirse en una persona reflexiva. Tampoco creo que todos los problemas de concentración desaparezcan guardando los celulares en una caja.
Sería demasiado fácil.
La atención también se pierde por cansancio, estrés, problemas familiares, dificultades emocionales, falta de motivación, clases poco interesantes y muchas otras razones.
El propio debate alrededor de la medida reconoce algo importante: algunos estudios recientes han encontrado asociaciones entre un mayor uso del teléfono durante la jornada escolar y dificultades relacionadas con el control de la atención, pero una asociación no significa automáticamente que el teléfono sea la única causa.
Esa diferencia importa.
Porque convertir al celular en el culpable de todo sería simplemente buscar un enemigo cómodo.
Y los problemas humanos casi nunca son tan cómodos.
Podríamos prohibir todos los teléfonos durante seis horas y aun así tener estudiantes ansiosos, distraídos, aburridos o desconectados de lo que están aprendiendo.
Pero también sería ingenuo ignorar algo evidente: concentrarse es mucho más difícil cuando llevamos en el bolsillo un dispositivo construido para ofrecernos permanentemente algo más interesante que aquello que tenemos enfrente.
Una notificación.
Un mensaje.
Un video.
Otro video.
Un comentario.
Una noticia.
Una fotografía.
Un “me gusta”.
Una conversación.
Siempre existe otra cosa esperando.
Y el cerebro sabe que está ahí.
Quizás ese sea uno de los grandes retos de nuestra época.
Antes, para distraernos, teníamos que encontrar una distracción.
Ahora la distracción nos encuentra a nosotros.
Entonces aparece otra pregunta.
¿Poner límites enseña realmente a usar mejor la tecnología?
Depende.
Una prohibición sin conversación puede funcionar durante unas horas y fracasar cuando termina la jornada.
Un estudiante puede guardar el teléfono desde las siete de la mañana hasta las dos de la tarde y después pasar siete horas seguidas frente a la pantalla en su casa.
En ese caso habremos controlado una conducta, pero posiblemente no habremos desarrollado ningún criterio.
Por eso me parece interesante que la regulación de Bogotá no plantee simplemente desaparecer la tecnología de los colegios. A partir de octavo grado, por ejemplo, podrá utilizarse el celular con objetivos pedagógicos definidos y bajo orientación docente; además, ningún estudiante deberá estar obligado a tener un dispositivo propio para participar en actividades académicas.
Ese detalle cambia bastante la conversación.
No se trata de regresar a un mundo anterior a internet.
Ese mundo ya no existe.
Se trata de aprender que una herramienta también necesita límites.
Y los límites no siempre son castigos.
A veces son espacios que protegemos.
Dormimos mejor cuando dejamos de mirar una pantalla antes de dormir, aunque nadie nos esté castigando.
Escuchamos mejor cuando guardamos el teléfono mientras alguien nos cuenta algo importante.
Disfrutamos diferente una comida cuando no sentimos la necesidad de fotografiar cada momento.
Estudiamos distinto cuando durante veinte minutos no existe ninguna notificación compitiendo con el ejercicio que intentamos resolver.
Quizás el colegio pueda convertirse también en uno de esos espacios.
Pero hay algo que me produciría cierta incoherencia: exigirles a los estudiantes una relación saludable con la tecnología mientras los adultos somos incapaces de construirla.
Porque resulta muy sencillo decirle a un joven:
“Guarde el celular”.
Lo difícil es preguntarnos cuántas veces un padre mira WhatsApp mientras su hijo intenta contarle algo.
Cuántas reuniones familiares terminan con cinco personas mirando cinco pantallas diferentes.
Cuántas conversaciones interrumpimos porque vibró el teléfono.
Cuántas veces respondemos un mensaje laboral durante la cena.
Cuántas mañanas empiezan revisando notificaciones antes incluso de decir buenos días.
Los jóvenes aprenden de las reglas, sí.
Pero también aprenden muchísimo de lo que observan.
Tal vez por eso esta discusión no debería quedarse dentro de los colegios.
Es una conversación familiar.
Social.
Incluso personal.
¿Qué relación tenemos nosotros con nuestra propia atención?
Porque pedirle autocontrol a un adolescente mientras todos los adultos viven pendientes de una pantalla sería como pedir silencio gritando.
También pienso en algo que a veces olvidamos cuando hablamos de celulares entre jóvenes: detrás de muchas horas de pantalla no necesariamente existe solamente “adicción” o falta de disciplina.
A veces existe soledad.
Inseguridad.
Necesidad de pertenecer.
Miedo a quedarse por fuera.
El teléfono también es una puerta hacia el grupo.
Allí están los amigos.
Los chistes.
Los planes.
Los secretos.
Las tendencias.
Las conversaciones que parece obligatorio conocer para no sentirse desconectado al día siguiente.
Por eso guardar el celular puede ser más difícil para algunos estudiantes de lo que los adultos imaginamos.
No están guardando solamente un dispositivo.
En algunos casos sienten que están guardando temporalmente una parte de su mundo social.
Y eso merece comprensión.
No significa que no deban existir límites.
Significa que un límite funciona mejor cuando entendemos aquello que estamos limitando.
Quizás también aparezcan cosas interesantes durante los descansos.
Tal vez al comienzo haya incomodidad.
Personas que no sepan qué hacer con las manos.
Estudiantes mirando el reloj.
Conversaciones torpes.
Silencios.
Aburrimiento.
Y sinceramente, no me parece necesariamente malo.
Tal vez hemos llegado a un punto en el que necesitamos reaprender algunas cosas que antes ocurrían espontáneamente.
Mirarnos.
Hablar.
Caminar.
Jugar.
Quedarnos quietos.
Estar presentes sin sentir que cada segundo debe producir entretenimiento.
Sería curioso que una de las innovaciones educativas más importantes de estos años terminara siendo recuperar algo tan antiguo como una conversación durante el recreo.
Pero tampoco deberíamos romantizar el pasado.
La tecnología ha abierto oportunidades enormes.
Un estudiante puede acceder hoy desde un teléfono a bibliotecas, cursos, documentales, herramientas de inteligencia artificial, idiomas, simuladores y conocimientos que hace apenas unas décadas eran difíciles o costosos de conseguir.
El objetivo no debería ser formar jóvenes que le tengan miedo a la tecnología.
Necesitamos exactamente lo contrario.
Personas que sepan utilizarla sin convertirse en personas utilizadas por ella.
Y esa diferencia es enorme.
La inteligencia artificial hará todavía más necesaria esa conversación.
Cada vez tendremos herramientas capaces de escribir, resumir, explicar, traducir, calcular, investigar y producir contenido en segundos.
Entonces la educación no podrá limitarse a enseñarnos cómo usar herramientas.
Tendrá que enseñarnos cuándo usarlas.
Para qué.
Con qué criterio.
Y también cuándo es mejor no utilizarlas.
Quizá la verdadera alfabetización digital del futuro no consista solamente en saber hacer muchas cosas con una pantalla.
También consistirá en saber apagarla.
Eso requiere algo mucho más complicado que una resolución.
Requiere conciencia.
Porque algún día esos estudiantes saldrán del colegio.
Ya nadie les dirá que guarden el teléfono.
Estarán en una universidad, en un trabajo, con su pareja, cenando con sus padres, criando a sus propios hijos o tomando decisiones importantes.
Entonces el límite tendrá que venir desde adentro.
Y quizás ese sea el punto más valioso de toda esta discusión.
No preguntarnos solamente si Bogotá hizo bien o mal en restringir los celulares.
Preguntarnos qué estamos haciendo nosotros con nuestra atención.
Porque nuestra atención parece algo pequeño, pero en realidad nuestra vida está hecha de aquello a lo que decidimos prestarle atención.
Las personas que escuchamos.
Las conversaciones que recordamos.
Los libros que terminamos.
Los momentos que vivimos completamente.
Las ideas que dejamos crecer.
Las personas que tenemos enfrente.
Tal vez dentro de algunos años descubramos que limitar los celulares en los colegios mejoró ciertos indicadores académicos. Tal vez los resultados sean más modestos de lo esperado. Habrá que observarlo, medirlo y corregir lo que sea necesario.
Pero incluso antes de conocer esas respuestas, esta decisión ya nos deja una pregunta que vale la pena llevar más allá de las aulas.
Si sentimos tanta incomodidad cuando nos piden guardar el celular durante algunas horas, quizá el problema nunca fue solamente dónde estaba permitido utilizarlo.
Quizá también deberíamos preguntarnos cuánto espacio le hemos permitido ocupar dentro de nosotros.
Y puede que recuperar nuestra atención no signifique rechazar la tecnología.
Puede signific algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil:
volver a decidir nosotros cuándo mirar la pantalla y cuándo levantar la mirada.
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— Juan Manuel Moreno Ocampo
A veces recuperar nuestra atención empieza con un gesto tan pequeño como guardar el celular y descubrir quién estaba frente a nosotros.


