miércoles, 9 de septiembre de 2026

¿Un gato necesita la calle para ser feliz o necesita que entendamos mejor su mundo?



A veces confundimos libertad con una puerta abierta.

Lo hacemos con nosotros mismos y, quizá sin darnos cuenta, también con los animales que viven a nuestro lado. Pensamos que un gato que mira por la ventana está deseando escapar, que uno que se acerca a la puerta está pidiendo una vida diferente o que mantenerlo dentro de un apartamento es obligarlo a renunciar a algo esencial de su naturaleza.

La imagen parece lógica: afuera están los árboles, los olores, otros animales, el viento, los sonidos, la tierra, el movimiento. Adentro están las mismas paredes, los mismos muebles y, muchas veces, las mismas personas haciendo las mismas cosas todos los días.

Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿puede realmente un gato ser feliz viviendo toda su vida dentro de un apartamento?

La respuesta resulta bastante más interesante que un simple sí o no.

Una investigación sobre gatos que anteriormente tenían acceso al exterior y posteriormente pasaron a permanecer dentro de casa encontró que muchos lograron adaptarse durante las primeras semanas. El estudio fue pequeño —participaron 16 gatos—, por lo que sus resultados no deberían convertirse en una regla universal. Aun así, encontró algo que me parece mucho más interesante que decidir quién tiene razón en la eterna discusión entre “gato de casa” y “gato que sale”: los animales no reaccionaron todos de la misma manera. Algunos parecieron ajustarse con facilidad, mientras otros mostraron comportamientos asociados con estrés o dificultades durante la transición.

Y tal vez ahí está la verdadera conversación.

No en preguntarnos únicamente si los gatos pueden vivir encerrados, sino en preguntarnos qué clase de vida les estamos ofreciendo dentro de esas paredes.

Porque estar protegido no siempre significa estar bien.

Pero estar afuera tampoco significa necesariamente ser libre.

Pensaba en lo curioso que resulta que muchas discusiones sobre animales terminan reflejando nuestra propia manera de entender la vida. Nos encantan las respuestas absolutas porque nos dan tranquilidad. Queremos saber cuál alimento es el correcto, cuál rutina es perfecta, si debe dormir aquí o allá, si tiene que salir o no salir.

Nos gustaría encontrar una fórmula que dijera:

“Haz esto y tu gato será feliz”.

Pero la vida casi nunca funciona así.

Ni siquiera entre nosotros.

Hay personas que necesitan salir todos los fines de semana para sentirse vivas y otras que encuentran tranquilidad pasando una tarde entera en casa. Hay quienes disfrutan una ciudad llena de ruido y quienes sueñan con desaparecer durante unos días en algún lugar donde apenas exista señal de celular.

Compartimos especie y seguimos siendo diferentes.

¿Por qué esperaríamos que todos los gatos fueran iguales?

Ese quizá sea uno de nuestros errores más frecuentes al convivir con animales: queremos mucho al individuo, pero pensamos demasiado en la especie.

Decimos “los gatos son independientes”.

“Los gatos odian el agua”.

“Los gatos necesitan salir”.

“Los gatos están mejor adentro”.

Y detrás de esas frases puede existir algo de verdad, pero también desaparece el animal concreto que tenemos delante.

Ese que tiene su propia historia.

Su propia edad.

Sus miedos.

Sus costumbres.

Su relación con las personas.

Su manera particular de reaccionar ante los cambios.

Incluso investigaciones recientes sobre enriquecimiento ambiental han encontrado relaciones entre las características individuales de los gatos, las condiciones de la vivienda y los recursos que reciben dentro del hogar. En un estudio con más de 3.000 respuestas de cuidadores aparecían con frecuencia elementos aparentemente sencillos: interacción mediante juego, acceso seguro a balcones o ventanas, escondites y juguetes.

Eso cambia bastante la pregunta.

Quizá no deberíamos preguntarnos solamente:

“¿Mi gato sale a la calle?”

Tal vez deberíamos preguntarnos:

“¿Qué puede hacer mi gato cuando está despierto?”

Parece una diferencia pequeña, pero no lo es.

Imaginemos por un momento un apartamento desde la perspectiva de un gato.

Nosotros vemos una sala.

Él puede ver un territorio.

Nosotros vemos una biblioteca.

Él puede ver alturas que podría explorar.

Nosotros vemos una ventana.

Él puede encontrar allí horas de observación: pájaros, personas, carros, sombras, hojas moviéndose, sonidos que aparecen y desaparecen.

Nosotros vemos una caja vacía que deberíamos botar.

Él probablemente ha descubierto una propiedad inmobiliaria de enorme valor.

Y nosotros vemos un juguete que compramos hace seis meses.

Él quizá ya decidió hace cinco meses y veintinueve días que dejó de ser interesante.

Ahí comienza un problema que no es exclusivo de los gatos.

La rutina.

Hay algo profundamente humano en querer proteger aquello que amamos. Cerramos ventanas, evitamos peligros, vigilamos puertas y tratamos de construir espacios seguros.

Pero proteger también puede convertirse en controlar demasiado.

Y esto no significa que debamos abrir la puerta y permitir que un gato salga sin ninguna consideración. El exterior tiene riesgos reales: vehículos, peleas, enfermedades, sustancias tóxicas, pérdidas y otros peligros; además, los gatos que deambulan libremente pueden afectar a la fauna silvestre. Precisamente esas preocupaciones han impulsado investigaciones sobre alternativas de vida interior y formas de transición hacia ellas.

La cuestión es otra.

Cuando eliminamos un riesgo, aparece una responsabilidad.

Si decidimos que el mundo del gato terminará en la puerta de nuestro apartamento, entonces nosotros participamos directamente en la construcción de casi todo su mundo.

Y esa idea pesa.

Porque significa que un apartamento puede ser un refugio extraordinario o convertirse en un lugar tremendamente aburrido.

Las paredes son las mismas.

Lo que cambia es la vida que ocurre entre ellas.

Un gato puede tener alimento, agua, techo y atención veterinaria y, aun así, pasar demasiadas horas sin nada verdaderamente interesante que hacer.

También puede vivir en cincuenta metros cuadrados donde existan alturas, escondites, zonas tranquilas, momentos de juego, oportunidades para rascar, explorar, observar y elegir cuándo acercarse o alejarse de las personas.

El tamaño importa, claro.

Pero la calidad del espacio también.

Me parece interesante porque algo parecido nos ocurre a nosotros.

Durante años hemos avanzado en la construcción de vidas cada vez más cómodas.

Podemos pedir comida desde una pantalla.

Trabajar desde una habitación.

Hablar con alguien al otro lado del mundo sin levantarnos de una silla.

Comprar casi cualquier cosa sin salir.

Ver películas durante horas.

Recibir entretenimiento infinito deslizando un dedo.

Nunca habíamos tenido tantas posibilidades sin necesidad de movernos.

Y, paradójicamente, muchas veces sentimos que nos falta mundo.

Tal vez por eso mirar a un gato encerrado frente a una ventana nos produce cierta inquietud.

Quizá vemos algo nuestro ahí.

Un ser vivo contemplando desde adentro algo que parece estar ocurriendo afuera.

Pero existe una diferencia importante.

Nosotros podemos decidir abrir la puerta.

Él depende de nosotros.

Por eso me parece especialmente llamativo otro elemento encontrado por los investigadores que estudiaron la transición de gatos acostumbrados a salir: algunos de los obstáculos más grandes no parecieron estar únicamente en los animales, sino también en las personas. Los cuidadores hablaron de dificultades prácticas para controlar puertas y ventanas, pero también de culpa por mantener al gato dentro. Meses después, solo una parte de los participantes había conservado el régimen exclusivamente interior.

La culpa es interesante.

Porque puede aparecer incluso cuando creemos estar tomando una decisión responsable.

Vemos al gato junto a la puerta.

Maúlla.

Nos mira.

Y nuestra cabeza traduce inmediatamente:

“Quiere salir”.

Después añadimos otra frase:

“Está sufriendo”.

Y después otra:

“Yo lo estoy haciendo sufrir”.

Tres pensamientos construidos en segundos.

Pero interpretar a otro ser vivo siempre tiene algo de incertidumbre.

Un comportamiento puede tener varias explicaciones. Puede existir frustración, curiosidad, una costumbre adquirida, búsqueda de estímulos o simplemente una conducta que aprendió porque en algún momento obtuvo una respuesta.

Eso no significa ignorar las señales del animal.

Al contrario.

Significa observarlas mejor.

Porque cuidar no consiste únicamente en sentir mucho.

También consiste en aprender a mirar.

Hay gatos que pueden experimentar cambios de comportamiento cuando su ambiente no responde adecuadamente a sus necesidades. Algunas señales pueden manifestarse en modificaciones del uso del arenero, vocalizaciones, conductas repetitivas, cambios en la interacción o dificultades relacionadas con el estrés. Pero nuevamente aparece la individualidad: una conducta aislada no permite diagnosticar automáticamente qué está ocurriendo. Incluso la literatura científica advierte que la interpretación de los cuidadores puede ser imperfecta y que factores como el número de gatos en casa, el ambiente y las condiciones de vida influyen en los comportamientos observados.

Eso exige algo que a veces cuesta bastante:

prestar atención sin inventar respuestas demasiado rápido.

También hay una cuestión que solemos olvidar.

El gato no eligió nuestro apartamento.

Nosotros elegimos al gato.

Puede sonar evidente, pero cambia la perspectiva.

Cuando adoptamos un animal, no estamos comprando compañía.

Estamos aceptando la existencia de otro ser vivo dentro de nuestras decisiones.

Sus horarios comenzarán a cruzarse con los nuestros.

Sus necesidades ocuparán espacio.

Habrá pelos donde no queríamos pelos.

Algún sofá descubrirá demasiado tarde que también funciona como rascador.

Habrá gastos.

Habrá enfermedades.

Habrá noches incómodas.

Habrá viajes que tendremos que organizar pensando en alguien que no puede hacer una reserva de hotel por su cuenta.

El cariño tiene consecuencias prácticas.

Y quizá una de ellas sea comprender que mantener un gato dentro de casa no consiste simplemente en impedirle salir.

Consiste en darle razones para habitar ese lugar.

Un lugar donde pueda observar.

Subir.

Esconderse.

Rascar.

Jugar.

Dormir sin ser molestado.

Investigar algún objeto nuevo.

Alejarse cuando quiera estar solo.

Acercarse cuando quiera compañía.

Incluso aburrirse un poco.

Porque tampoco necesitamos convertir la casa en un parque temático felino que cambie cada veinticuatro horas.

Existe cierta tendencia contemporánea a convertir el cuidado en perfeccionismo.

Compramos cosas.

Más juguetes.

Más accesorios.

Más dispositivos inteligentes.

Cámaras para observar al gato desde el trabajo.

Comederos automáticos.

Fuentes conectadas.

Juguetes electrónicos.

Y muchas de esas herramientas pueden ser útiles.

Pero también podemos terminar creyendo que la tecnología reemplaza nuestra presencia.

Un objeto puede moverse por el piso.

No necesariamente reemplaza la interacción.

Un dispensador puede entregar alimento a determinada hora.

No reemplaza conocer las costumbres del animal.

Una cámara puede permitirnos verlo.

No significa que sepamos comprenderlo.

Quizá cuidar bien sigue siendo algo menos espectacular.

Observar.

Aprender.

Modificar.

Volver a observar.

Entender cuándo algo funciona y cuándo no.

Y aceptar que nuestro gato puede no comportarse como aquel que vimos en un video de treinta segundos.

También importa cómo llegó ese animal a nuestra vida.

Un gato criado desde pequeño dentro de un hogar no necesariamente experimentará el interior de la misma forma que uno acostumbrado durante años a recorrer patios, tejados o jardines.

Cambiar una costumbre construida durante mucho tiempo puede requerir paciencia.

De hecho, el estudio sobre transición hacia la vida interior encontró respuestas distintas entre individuos y sus propios autores señalaron que, por el pequeño tamaño de la muestra, los resultados deben interpretarse como una aproximación inicial y no como una sentencia definitiva sobre todos los gatos.

Me gusta esa cautela de la ciencia.

A veces nosotros queremos conclusiones más contundentes que los propios investigadores.

Leemos “estudio revela” y esperamos recibir una verdad que cierre la conversación.

Pero los buenos estudios muchas veces hacen exactamente lo contrario.

Abren mejores preguntas.

¿Se adapta un gato?

Probablemente muchos sí.

¿Todos?

No podemos asumirlo.

¿La adaptación significa necesariamente bienestar perfecto?

Tampoco.

¿Salir significa automáticamente tener una vida mejor?

No.

¿Quedarse dentro significa automáticamente sufrir?

Tampoco.

Entonces desaparece la comodidad de escoger un bando.

Y aparece la responsabilidad de mirar al animal concreto.

Quizá eso es madurar también como cuidadores.

Dejar de preguntarnos si estamos cumpliendo una regla universal y empezar a preguntarnos si estamos comprendiendo al ser que depende de nosotros.

Hay algo más que me deja pensando.

Muchas veces medimos el bienestar desde nuestra propia idea de felicidad.

Creemos que más espacio significa más felicidad.

Más libertad significa más felicidad.

Más estímulos significan más felicidad.

Pero incluso nosotros sabemos que no siempre funciona así.

Podemos estar en una ciudad enorme y sentirnos atrapados.

Podemos viajar mucho y querer volver a casa.

Podemos tener cientos de personas alrededor y sentir soledad.

Podemos vivir en un espacio pequeño y sentir paz.

El bienestar no depende únicamente de cuánto territorio podemos recorrer.

También depende de qué ocurre dentro de ese territorio.

De la seguridad.

De los vínculos.

De la posibilidad de elegir.

Del descanso.

De los estímulos.

De sentir que el ambiente responde, en alguna medida, a lo que necesitamos.

Tal vez para un gato una casa enriquecida, predecible y segura pueda convertirse realmente en su territorio completo.

No en una prisión.

En su mundo.

Pero para que eso ocurra tenemos que dejar de imaginar que cuatro paredes, comida servida y una caja de arena bastan automáticamente.

Amar a un animal no nos convierte de inmediato en expertos en ese animal.

El amor puede ser el comienzo.

Después viene aprender.

Y eso me parece una reflexión útil más allá de los gatos.

Con las personas hacemos algo parecido.

A veces creemos que querer mucho a alguien significa saber exactamente qué necesita.

Una pareja.

Un amigo.

Un hijo.

Un padre.

Un hermano.

Pero querer no elimina la necesidad de observar, escuchar y permitir diferencias.

Podemos tener buenas intenciones y equivocarnos.

Podemos proteger demasiado.

Podemos interpretar silencio como tristeza.

Distancia como rechazo.

Independencia como falta de cariño.

Incluso podemos ofrecer lo que nosotros necesitaríamos y sorprendernos cuando la otra persona no lo recibe como esperábamos.

Convivir es aprender que el otro sigue siendo otro.

Tal vez esa sea una de las cosas más bonitas que enseñan los animales.

No hablan nuestro idioma y, precisamente por eso, nos obligan a prestar atención de otra manera.

Un gato no puede sentarse frente a nosotros y decir:

“Mira, el problema no es que viva dentro del apartamento. El problema es que llevo tres semanas sin una actividad que me interese”.

Tampoco puede explicarnos:

“Estoy tranquilo. No necesito salir. Solo me gusta mirar esa puerta porque detrás pasan cosas”.

Tenemos que aprender a leer señales imperfectas.

Y aceptar que algunas veces no sabremos exactamente qué significan.

Por eso quizás la pregunta inicial estaba incompleta.

No es únicamente si los gatos pueden adaptarse a vivir en un apartamento sin salir a la calle.

La pregunta más importante podría ser:

¿Somos nosotros capaces de adaptar también nuestra casa y nuestras rutinas para que ese gato pueda vivir bien dentro de ellas?

Porque si esperamos que toda la adaptación venga del animal, algo estamos entendiendo mal.

Él aprende nuestros horarios.

Nosotros podemos aprender sus necesidades.

Él descubre dónde puede dormir sin que lo molestemos.

Nosotros podemos descubrir qué espacios prefiere.

Él entiende qué puertas no se abren.

Nosotros podemos entender qué estímulos le hacen falta.

La convivencia siempre debería transformar un poco a quienes participan en ella.

Quizá un gato pueda vivir toda su vida sin pisar una calle y tener una existencia tranquila, segura y suficientemente rica.

Quizá otro necesite una transición mucho más cuidadosa.

Quizá algunos hogares requieran balcones protegidos, espacios verticales, juegos distintos o incluso alternativas controladas y seguras para ampliar experiencias.

No existe una respuesta idéntica para cada animal.

Y eso, lejos de complicar el asunto, puede hacerlo más humano.

Nos obliga a dejar de buscar una regla fácil y comenzar a mirar.

A ese gato.

No al gato de Internet.

No al del vecino.

No al que protagoniza el estudio.

Al que se duerme ahora mismo en nuestra cama, persigue una sombra por el pasillo o permanece durante veinte minutos observando algo misterioso detrás de una ventana.

Puede que nunca sepamos exactamente qué está pensando.

Pero sí podemos preguntarnos qué clase de mundo hemos construido para él.

Y quizá esa pregunta sea más importante que decidir si la verdadera libertad empieza o termina en la puerta de un apartamento.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

A veces cuidar no es abrir todas las puertas ni cerrarlas todas; es aprender qué necesita quien confía en nosotros.

martes, 8 de septiembre de 2026

El problema no es solo dónde hacer fracking, sino qué estamos dispuestos a arriesgar



Hay decisiones que parecen técnicas hasta que uno se pregunta quién tendría que vivir con las consecuencias.

El fracking es una de ellas.

Desde Bogotá puede sonar como una discusión sobre reservas de gas, seguridad energética, licencias ambientales, tecnología, porcentajes del territorio o estándares internacionales. Pero cuando uno baja esa conversación del escritorio al territorio, aparecen otras palabras: agua, miedo, empleo, confianza, futuro, comunidad.

Y ahí la discusión cambia.

El nuevo ministro de Ambiente de Colombia, Fabio Arjona, ha planteado una política ambiental que busca concentrarse en tres grandes frentes: agua, biodiversidad y comunidades. También ha dicho que el fracking no se realizaría en todas partes, que existirían zonas excluidas, que las áreas protegidas no deberían tocarse y que, si esta técnica llega a desarrollarse, tendría que hacerse bajo estándares ambientales exigentes.

Sobre el papel, suena razonable.

El problema es que casi todas las grandes discusiones ambientales suenan razonables sobre el papel.

Nadie anuncia que va a contaminar un río.

Nadie presenta un proyecto diciendo que acepta destruir un ecosistema.

Nadie llega a una comunidad prometiendo dejarla peor de como estaba.

Las palabras siempre son responsabilidad, mitigación, compensación, tecnología, monitoreo, desarrollo sostenible.

Y probablemente muchas personas que participan en esos proyectos creen de verdad en esas palabras.

Pero la pregunta difícil comienza después: ¿qué pasa cuando algo falla?

Porque vivimos en un país donde aprendimos, a veces de manera dolorosa, que entre una norma escrita y lo que ocurre en la realidad puede existir una distancia enorme.

Por eso me llama la atención una frase como “el fracking no será en todos los sitios”.

Puede parecer tranquilizadora.

También puede esconder una pregunta mucho más incómoda:

¿en cuáles sitios sí?

Y, sobre todo, ¿quién decide que esos sitios son los adecuados?

Es fácil aceptar un riesgo cuando quien lo asume vive lejos.

Eso pasa en muchas cosas de la vida.

Podemos defender una obra mientras no pase frente a nuestra casa. Podemos apoyar una actividad económica mientras no afecte el agua que toman nuestros hijos. Podemos hablar de sacrificios necesarios cuando el sacrificio lo hará otro.

Ahí aparece una contradicción profundamente humana.

Queremos energía barata.

Queremos empleo.

Queremos crecimiento económico.

Queremos carreteras, hospitales, universidades y oportunidades.

Pero también queremos ríos limpios, aire respirable, comida segura y territorios que puedan seguir habitándose dentro de veinte, treinta o cincuenta años.

Queremos ambas cosas.

Y quizás el error comienza cuando alguien intenta convencernos de que necesariamente tenemos que escoger una sola.

Colombia tiene un reto especialmente difícil porque posee una enorme riqueza natural y, al mismo tiempo, necesita recursos económicos para responder a problemas sociales urgentes.

No somos un país que pueda discutir el medioambiente como un lujo.

Pero tampoco podemos discutir la economía como si la naturaleza fuera infinita.

Fabio Arjona ha defendido justamente la idea de que ambiente y desarrollo no deberían plantearse como enemigos y ha insistido en que la política ambiental debe producir resultados concretos. También ha señalado que la seguridad energética seguirá siendo importante y que actividades como el fracking, de realizarse, deberían estar sometidas a controles estrictos.

Esa tensión me parece más interesante que los extremos del debate.

Porque probablemente resulta cómodo decir simplemente “todo está prohibido”.

Y también resulta cómodo decir “la tecnología lo resuelve todo”.

Las dos posiciones pueden evitarnos una conversación mucho más compleja.

La tecnología puede disminuir riesgos.

Las regulaciones pueden establecer límites.

Las licencias ambientales pueden exigir condiciones.

El monitoreo puede detectar problemas.

Pero ninguna herramienta convierte una actividad humana en riesgo cero.

Y creo que ahí aparece algo que muchas veces olvidamos cuando hablamos del medioambiente: proteger la naturaleza también implica aprender a convivir con incertidumbres.

El fracking consiste, de manera muy simplificada, en fracturar formaciones rocosas mediante la inyección de fluidos para liberar hidrocarburos atrapados en ellas. Una de las preocupaciones alrededor de esta técnica ha sido precisamente su relación con el uso del agua, el manejo de los fluidos, los posibles impactos sobre acuíferos y otros efectos ambientales.

Arjona ha reconocido que se trata de una actividad que utiliza cantidades importantes de agua y ha mencionado mecanismos de reciclaje, mitigación y compensación como parte de las condiciones que deberían acompañar cualquier eventual desarrollo.

Pero hay una palabra en ese lenguaje que siempre me hace pensar.

Compensación.

Compensar significa aceptar que algo ocurrió.

Uno puede compensar económicamente una afectación.

Puede restaurar otra zona.

Puede construir infraestructura.

Puede financiar proyectos comunitarios.

Pero no todo tiene un equivalente.

¿Cuánto vale un río para la persona que creció junto a él?

¿Cuánto vale un nacimiento de agua?

¿Cuánto cuesta recuperar la confianza de una comunidad que siente que nadie la escuchó?

¿Cuál es el precio correcto de un daño que quizá no se verá inmediatamente sino dentro de varios años?

Hay cosas que pueden contabilizarse.

Y hay otras que, aunque intentemos convertirlas en cifras, siguen escapándose de las hojas de cálculo.

Por eso creo que el debate ambiental necesita algo que rara vez aparece en las grandes declaraciones políticas: humildad.

Humildad para reconocer que no sabemos todo.

Humildad para aceptar que una tecnología puede funcionar bien en un lugar y generar problemas en otro.

Humildad para escuchar a quienes viven en los territorios incluso cuando sus preocupaciones parecen poco técnicas.

Y también humildad para reconocer que la transición energética no ocurre simplemente porque decidamos desearla.

Seguimos dependiendo enormemente de los combustibles fósiles.

Nuestros vehículos, industrias, exportaciones, sistemas de transporte y parte importante de nuestra economía todavía están conectados con ellos.

Cambiar ese modelo requiere tiempo, inversión, infraestructura y decisiones difíciles.

No basta con apagar una fuente energética y esperar que mágicamente aparezca otra.

Pero tampoco deberíamos usar esa dependencia como excusa para aplazar eternamente la transformación.

Quizás ahí está una de las preguntas más importantes para nuestra generación.

Nosotros probablemente veremos buena parte de esa transición.

Crecimos escuchando hablar del calentamiento global como un problema futuro y estamos llegando a la adultez viendo cómo ese futuro se convierte poco a poco en presente.

Temperaturas más extremas.

Sequías.

Incendios.

Lluvias intensas.

Problemas de abastecimiento.

Conflictos alrededor del agua.

Ya no estamos discutiendo solamente lo que heredarán nuestros nietos.

Estamos discutiendo el país en el que nosotros mismos vamos a envejecer.

Eso cambia la conversación.

Durante años hemos vivido bajo una idea peligrosa: que el desarrollo consiste principalmente en extraer más, producir más y consumir más.

Quizás funcionó durante una etapa de la historia.

Pero un planeta limitado no puede sostener indefinidamente una lógica ilimitada.

Eso no significa renunciar al progreso.

Significa preguntarnos qué entendemos por progreso.

Porque una ciudad puede tener edificios modernos y quedarse sin agua.

Un municipio puede recibir regalías y perder sus ecosistemas.

Una región puede producir millones y seguir teniendo comunidades pobres.

Una economía puede crecer mientras destruye aquello que la mantiene viva.

Entonces quizás el verdadero indicador de desarrollo no debería ser solamente cuánto logramos sacar del territorio, sino cuánto somos capaces de producir sin destruir la posibilidad de seguir viviendo en él.

También me preocupa otra cosa.

En Colombia muchos debates terminan convertidos rápidamente en discusiones políticas.

Si alguien cuestiona un proyecto extractivo, inmediatamente puede ser señalado de oponerse al desarrollo.

Si alguien defiende la necesidad de mantener ciertas actividades económicas, puede ser acusado de despreciar el medioambiente.

Y cuando todo se convierte en una batalla entre bandos, dejamos de escuchar.

La naturaleza no pertenece a una ideología.

Un río no sabe quién ganó las elecciones.

Un bosque no distingue entre izquierda y derecha.

Un acuífero no revisa nuestras opiniones políticas antes de contaminarse o conservarse.

Quizás por eso necesitamos conversaciones ambientales menos apasionadas por derrotar al contrario y más interesadas en entender las consecuencias reales.

El Gobierno ha planteado que el eventual fracking se limitaría a áreas específicas, principalmente en zonas de los valles interandinos y del Magdalena Medio, y que no debería desarrollarse en parques naturales ni otras áreas protegidas.

Ese límite geográfico puede ser importante.

Pero para mí hay un límite todavía más importante: la confianza.

Las instituciones necesitan demostrar que pueden vigilar.

Las empresas necesitan demostrar que pueden cumplir.

Las comunidades necesitan tener mecanismos reales para participar.

Y el Estado necesita demostrar que puede detener un proyecto cuando los riesgos superan los beneficios.

Porque una licencia ambiental no debería ser simplemente un permiso para comenzar.

También debería ser la capacidad de decir “hasta aquí” cuando las condiciones cambian.

Eso exige instituciones fuertes.

Y quizá esa sea una discusión mucho más profunda que el fracking.

Podemos tener las mejores normas ambientales del mundo.

Pero si quienes deben vigilarlas no cuentan con recursos, independencia, tecnología o presencia territorial, las normas terminan siendo promesas.

Podemos instalar sensores.

Podemos utilizar satélites.

Podemos diseñar sistemas de monitoreo sofisticados.

Pero al final alguien debe revisar los datos.

Alguien debe investigar cuando aparecen irregularidades.

Alguien debe aplicar sanciones.

Alguien debe responderle a la comunidad.

La tecnología ayuda.

La responsabilidad no puede delegarse a la tecnología.

También pienso en algo que solemos olvidar: las comunidades que viven cerca de proyectos extractivos no son un obstáculo administrativo.

Son personas.

Personas que quieren empleo.

Personas que quieren que sus hijos estudien.

Personas que necesitan carreteras.

Personas que temen perder el agua.

Personas que pueden estar de acuerdo entre ellas o completamente divididas.

Porque tampoco existe algo llamado “la comunidad” como si todos pensaran igual.

En un mismo pueblo puede haber alguien que vea una oportunidad económica y otro que vea una amenaza ambiental.

Los dos pueden tener razones válidas.

Eso hace que la conversación sea mucho más difícil, pero también más humana.

La política ambiental del nuevo Gobierno parece querer moverse justamente dentro de esa tensión entre conservación, economía y presencia estatal. Arjona ha hablado de combatir la deforestación y la minería ilegal, fortalecer el biocomercio, proteger ecosistemas y relacionar la biodiversidad con oportunidades económicas.

Me parece una discusión necesaria.

Porque conservar tampoco puede significar abandonar a quienes viven en territorios ambientalmente estratégicos.

No podemos pedirle a una familia campesina que proteja un bosque mientras vive en pobreza extrema y después sorprendernos cuando encuentra otra actividad para sobrevivir.

La conservación necesita opciones económicas.

Necesita educación.

Necesita mercados.

Necesita infraestructura.

Necesita presencia estatal.

Y necesita que cuidar la naturaleza también pueda convertirse en una forma digna de vivir.

Tal vez ahí está el verdadero desafío.

No se trata solamente de decidir si habrá o no habrá fracking.

Se trata de decidir qué relación queremos tener con nuestros recursos naturales.

Durante mucho tiempo actuamos como si Colombia fuera una bodega llena de cosas valiosas esperando ser extraídas.

Petróleo.

Carbón.

Oro.

Gas.

Madera.

Agua.

Pero Colombia también es algo distinto.

Es un territorio vivo.

Y un territorio vivo no puede administrarse únicamente como inventario.

Quizás podremos extraer algunos recursos de manera responsable.

Quizás habrá lugares donde los riesgos sean demasiado altos.

Quizás algunas actividades tendrán que desaparecer gradualmente.

Quizás aparecerán nuevas tecnologías que hoy todavía no conocemos.

No tengo una respuesta definitiva.

Y sospecho que nadie debería tenerla demasiado rápido.

Lo que sí creo es que cada vez que escuchemos una frase como “no será en todos los sitios”, deberíamos hacer algunas preguntas más.

¿Dónde sí?

¿Por qué ahí?

¿Quién lo decidió?

¿Cómo se medirá el impacto?

¿Qué ocurre si algo sale mal?

¿Quién responde?

¿Puede detenerse el proyecto?

¿La comunidad participó realmente?

¿Estamos resolviendo una necesidad presente o simplemente aplazando una transformación inevitable?

Tal vez una sociedad madura no es aquella que evita todos los riesgos.

Eso sería imposible.

Es aquella que aprende a reconocerlos, discutirlos con transparencia y decidir cuáles está dispuesta a asumir.

Porque al final el medioambiente no es simplemente un tema que pertenece al Ministerio de Ambiente.

Es el lugar donde ocurre todo lo demás.

La economía.

La política.

La familia.

El trabajo.

La comida.

La salud.

La vida.

Y quizá por eso la discusión sobre el fracking debería importarnos incluso a quienes nunca hemos vivido cerca de un pozo.

No porque tengamos que estar automáticamente a favor o en contra.

Sino porque detrás de esa discusión existe una pregunta que tendremos que responder muchas veces durante los próximos años:

¿hasta dónde estamos dispuestos a transformar la naturaleza para sostener nuestra manera de vivir?

Tal vez la respuesta no está solamente en prohibir o permitir.

Tal vez está en aprender algo mucho más difícil: reconocer que cada decisión de desarrollo también es una decisión sobre el futuro que estamos dejando disponible.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

A veces cuidar el futuro empieza simplemente preguntándonos quién pagará mañana por las decisiones que tomamos hoy.

lunes, 7 de septiembre de 2026

Lo que desaparece de nuestra vista no siempre deja de existir


Hay cosas que creemos perdidas solo porque dejamos de verlas.

A veces pasa con una ciudad. A veces con una amistad. A veces con una versión de nosotros mismos que jurábamos haber superado. Y otras veces pasa con preguntas que creíamos resueltas, hasta que algo —una conversación, una canción, una noticia, una noche demasiado silenciosa— vuelve a mover el fondo.

Hace unos meses, arqueólogos volvieron a poner los ojos sobre una historia que parece sacada de una película: bajo las aguas del lago Issyk-Kul, en Kirguistán, encontraron vestigios de un antiguo asentamiento medieval relacionado con la Ruta de la Seda. Allí aparecieron estructuras de ladrillo, madera, cerámicas, objetos cotidianos y una necrópolis musulmana. Las investigaciones apuntan a que los cambios producidos por un fuerte terremoto a comienzos del siglo XV terminaron transformando el paisaje y dejando parte del asentamiento bajo el agua.

Más de seiscientos años después, parte de aquel mundo sigue ahí.

Eso es lo que me dejó pensando.

No tanto la ciudad hundida, aunque resulta impresionante imaginarla, sino la facilidad con la que nosotros asociamos desaparecer con dejar de existir.

Durante siglos, alguien pudo mirar ese lago y ver únicamente agua.

Agua tranquila, montañas alrededor, reflejos del cielo.

Debajo había otra cosa.

Había rastros de personas que trabajaron, comerciaron, rezaron, cocinaron, enterraron a sus muertos, tomaron decisiones y seguramente se preocuparon por problemas que en su momento parecían enormes.

Algún comerciante probablemente pensó que había tenido un mal día.

Alguna familia quizás discutió.

Alguien tuvo miedo.

Alguien esperaba que algo mejor ocurriera la semana siguiente.

Y después pasó el tiempo.

Muchísimo tiempo.

Nosotros aparecimos siglos después intentando reconstruir sus vidas a partir de una vasija, una piedra de molino, un muro y unas piezas de cerámica.

Hay algo profundamente extraño en eso.

Nos recuerda que vivimos como si el presente fuera permanente, aunque prácticamente todo lo que conocemos está cambiando mientras lo estamos mirando.

Uno de los detalles más interesantes del hallazgo es que todavía existe incertidumbre sobre la relación exacta entre la población y el terremoto. Los investigadores contemplan incluso la posibilidad de que los habitantes hubieran abandonado el lugar antes de que el paisaje terminara transformándose definitivamente.

Y esa posibilidad cambia completamente la imagen.

Porque nuestra imaginación suele preferir las tragedias instantáneas.

Una ciudad llena de gente.

Un terremoto.

El suelo moviéndose.

El agua avanzando.

Todo desapareciendo.

Es una historia poderosa.

Pero quizá ocurrió algo menos cinematográfico y mucho más humano: las personas entendieron que aquel lugar ya no podía seguir siendo su hogar y se fueron.

Dejaron espacios.

Dejaron estructuras.

Dejaron objetos.

Dejaron atrás una parte de su historia.

Y continuaron viviendo en otro lugar.

Pensándolo desde nuestra época, eso se parece bastante a muchas despedidas.

No todas las cosas importantes terminan con una escena dramática.

Algunas simplemente dejan de funcionar.

Una amistad comienza a tener silencios más largos.

Una relación pierde cercanía.

Una casa deja de sentirse como casa.

Un proyecto que parecía representar nuestro futuro empieza a sentirse ajeno.

Una idea que defendíamos con seguridad ya no nos convence tanto.

Incluso algunas versiones de nosotros mismos van desapareciendo lentamente.

Y normalmente queremos identificar un momento exacto.

¿Cuándo cambió todo?

¿Cuál fue el día?

¿Quién tuvo la culpa?

¿Qué ocurrió?

Buscamos nuestro propio terremoto.

Pero muchas veces no existe un instante perfectamente identificable.

Hay procesos.

Pequeños movimientos.

Señales que no comprendemos mientras ocurren.

Cambios internos que solo resultan evidentes cuando ya estamos lejos.

Tal vez por eso cuesta tanto aceptar ciertas transformaciones.

Porque quisiéramos que la vida nos notificara.

“Esta será la última vez que hablarás con esta persona”.

“Esta será la última noche en esta casa”.

“Este será el último día en que pensarás de esta manera”.

“Esta decisión cambiará completamente tu vida”.

Pero casi nunca sucede así.

Vivimos momentos definitivos sin saber que son definitivos.

Y después aparece la memoria.

Nuestra arqueología personal.

Volvemos mentalmente a conversaciones antiguas intentando encontrar pistas.

Recordamos mensajes.

Frases.

Gestos.

Silencios.

Hay personas capaces de leer chats de hace años buscando el momento exacto en el que algo comenzó a romperse.

Eso también me parece curioso.

Nunca habíamos tenido una generación con tanta capacidad para conservar su pasado.

Tenemos fotografías de desayunos que ni siquiera recordamos.

Conversaciones almacenadas durante años.

Audios.

Videos.

Historias archivadas.

Correos.

Ubicaciones.

Capturas de pantalla.

Publicaciones.

Nuestros teléfonos se han convertido en pequeños museos personales.

Y, sin embargo, conservar información no significa necesariamente comprenderla.

Podemos tener diez mil fotografías y seguir sin entender qué significó realmente una etapa de nuestra vida.

Podemos conservar una conversación completa y todavía no saber qué sentía la otra persona.

Podemos revisar exactamente qué dijimos y continuar preguntándonos qué habría pasado si hubiéramos respondido distinto.

La tecnología puede guardar el registro.

No siempre puede guardar el significado.

Quizá dentro de cientos de años alguien encuentre nuestros discos duros y descubra una civilización obsesionada con fotografar platos de comida, mascotas y su propia cara.

Será interesante escuchar sus teorías.

Pero probablemente tampoco podrán reconstruir completamente lo que sentíamos.

Porque una vida siempre es mucho más grande que los objetos que deja.

Eso también ocurre con aquella ciudad bajo el lago.

Los arqueólogos encuentran estructuras, cerámicas, tumbas, herramientas.

Cada objeto responde algunas preguntas.

Y al mismo tiempo crea otras.

¿Quién vivió exactamente allí?

¿Qué soñaban esas personas?

¿Qué conversaciones tuvieron?

¿Qué temían?

¿Cómo era despedirse?

¿Qué significaba para ellas aquella ciudad?

Sabemos que el asentamiento estuvo conectado con una región atravesada por importantes intercambios comerciales entre Oriente y Occidente.

Pero ningún mapa comercial puede explicar completamente una vida.

Porque nosotros hacemos algo parecido cuando conocemos a alguien.

Tenemos datos.

Edad.

Trabajo.

Ciudad.

Familia.

Fotografías.

Opiniones.

Gustos.

Y creemos que conocemos a esa persona.

Hasta que un día cuenta una experiencia que jamás habíamos imaginado.

Entonces descubrimos que todos llevamos ciudades sumergidas.

Hay partes nuestras visibles.

Y otras que permanecen debajo.

Miedos que no contamos.

Duelo que aprendimos a disimular.

Preguntas espirituales que todavía no sabemos responder.

Cosas que nos dolieron y que nadie sospechó.

Sueños que abandonamos sin hacer demasiado ruido.

Errores que todavía recordamos cuando nadie está mirando.

No significa que vivamos escondiendo quiénes somos.

Simplemente significa que una persona nunca cabe completamente en aquello que muestra.

Ni siquiera nosotros conocemos todas nuestras profundidades.

Hay situaciones que revelan cosas que estaban ahí sin que lo supiéramos.

Una pérdida puede mostrarnos cuánto dependíamos emocionalmente de alguien.

Una responsabilidad puede descubrir una fortaleza que no conocíamos.

Una decepción puede revelar expectativas que nunca habíamos reconocido.

El enamoramiento puede enseñarnos cuánto miedo tenemos a ser rechazados.

La soledad puede mostrar cuánto ruido utilizábamos para evitar escucharnos.

La vida tiene una forma extraña de hacer arqueología con nosotros mismos.

Va quitando capas.

Algunas veces lentamente.

Otras mediante terremotos.

Y ahí aparece otra idea difícil.

No todo lo que permanece intacto debe ser recuperado.

Cuando encontramos algo del pasado solemos pensar que conservarlo es automáticamente bueno.

Pero emocionalmente no siempre funciona así.

Hay recuerdos que merecen cariño.

Otros merecen comprensión.

Y algunos simplemente necesitan permanecer donde están.

No todo vínculo antiguo debe retomarse.

No toda oportunidad perdida debe perseguirse años después.

No toda versión anterior de nosotros merece regresar.

Recordar no significa regresar.

Tal vez esa diferencia sea una de las cosas más difíciles de aprender mientras uno crece.

Podemos valorar aquello que fuimos sin querer volver a serlo.

Podemos agradecer una relación aunque haya terminado.

Podemos reconocer que una decisión fue importante aunque hoy elegiríamos algo distinto.

Podemos conservar un recuerdo sin convertirlo en una dirección.

Porque existe una nostalgia peligrosa: la que confunde familiaridad con destino.

Miramos atrás y pensamos que antes todo era más sencillo.

La infancia.

El colegio.

Una amistad.

Una relación.

Una época.

Pero la memoria edita.

Recorta.

Selecciona.

Suaviza algunas cosas y exagera otras.

Muchas veces no extrañamos realmente un momento.

Extrañamos quiénes éramos cuando todavía no sabíamos lo que iba a pasar.

Y eso no puede recuperarse.

Podríamos volver al mismo lugar, escuchar la misma música, reunirnos con las mismas personas y repetir algunas costumbres.

Pero nosotros ya llegaríamos diferentes.

El tiempo también ocurre dentro de nosotros.

Quizá por eso la imagen de una ciudad bajo el agua resulta tan poderosa.

La ciudad está ahí.

Pero el mundo que le daba sentido ya no está.

Las paredes pueden permanecer.

La vida que ocurrió entre ellas no.

Nosotros hacemos algo similar cuando intentamos volver a ciertos momentos.

Podemos regresar físicamente.

Pero nunca regresamos temporalmente.

Y posiblemente eso no sea una tragedia.

Estamos demasiado acostumbrados a interpretar el cambio como pérdida.

Queremos conservarlo todo.

Las personas.

Las relaciones.

Las etapas.

Las certezas.

Pero quizá vivir también consiste en permitir que algunas cosas cambien de forma.

No desaparecer.

Cambiar de lugar dentro de nosotros.

Una persona puede dejar de estar presente y seguir formando parte de nuestra manera de comprender el afecto.

Un fracaso puede dejar de doler y permanecer convertido en criterio.

Una conversación puede olvidarse casi por completo y todavía haber cambiado una decisión.

Un consejo familiar puede acompañarnos años después, incluso cuando ya no recordamos exactamente cuándo fue pronunciado.

La memoria humana funciona de una manera extraña.

Hay cosas importantes que olvidamos.

Y cosas aparentemente pequeñas que permanecen toda la vida.

Tal vez nuestra historia no está organizada según la importancia objetiva de los acontecimientos, sino según la profundidad con la que nos atravesaron.

Por eso también vale la pena preguntarnos qué estamos dejando bajo el agua.

Vivimos rápido.

Demasiado rápido algunas veces.

Respondemos mensajes mientras caminamos.

Comemos mirando pantallas.

Escuchamos a alguien mientras pensamos en otra cosa.

Grabamos conciertos que casi no miramos directamente.

Tomamos fotografías para recordar momentos que no terminamos de vivir.

Tenemos acceso permanente a información y, paradójicamente, cada vez resulta más difícil permanecer completamente presentes en algo.

No creo que la tecnología sea el enemigo.

Sería demasiado fácil decirlo.

La tecnología nos conecta, nos enseña, nos permite guardar recuerdos, trabajar, crear y conocer mundos que antes estaban demasiado lejos.

El problema aparece cuando confundimos registrar una experiencia con experimentarla.

Una fotografía puede conservar la imagen de una cena.

No puede cenar por nosotros.

Un video puede guardar una risa.

No puede reemplazar la conversación que la produjo.

Un mensaje puede permanecer años almacenado.

La persona que lo escribió puede cambiar completamente.

Por eso quizá exista algo profundamente actual en una ciudad medieval descubierta bajo un lago.

Nos obliga a enfrentarnos a nuestra obsesión por dejar huella.

Publicamos.

Guardamos.

Archivamos.

Compartimos.

Queremos que algo permanezca.

Pero dentro de seiscientos años probablemente casi nada de lo que hoy consideramos urgente tendrá importancia.

Y eso, lejos de hacer insignificante nuestra vida, podría hacerla más valiosa.

Porque si todo es temporal, entonces prestar atención importa.

Decir ciertas cosas importa.

Acompañar importa.

Pedir perdón importa.

Escuchar importa.

También irnos cuando debemos irnos importa.

No sabemos qué permanecerá de nosotros.

Tal vez algunos archivos.

Algunas fotografías.

Una cuenta olvidada en alguna plataforma.

Quizá nada.

Pero también dejamos huellas menos visibles.

La manera en que tratamos a alguien puede permanecer en esa persona.

Una conversación puede cambiar una decisión.

Un gesto puede convertirse en un recuerdo.

Una enseñanza familiar puede viajar durante generaciones sin que nadie recuerde quién la pronunció primero.

Hay legados que no necesitan monumentos.

Y quizá la parte más interesante de aquella ciudad no sea que haya sobrevivido debajo del agua durante seis siglos.

Quizá sea pensar que durante todo ese tiempo existió aunque nadie estuviera mirándola.

Eso también ocurre dentro de nosotros.

Hay preguntas que creemos enterradas.

Sueños que creemos olvidados.

Dolores que pensamos resueltos.

Capacidades que todavía no hemos necesitado.

Ideas que algún día volverán a aparecer.

No tenemos que desenterrarlo todo.

Pero sí podemos aceptar que somos más profundos de lo que mostramos y más cambiantes de lo que nos gustaría admitir.

Tal vez crecer tenga menos que ver con construir una versión definitiva de nosotros mismos y más con aprender a reconocer las distintas ciudades que hemos habitado.

Algunas siguen en pie.

Otras fueron abandonadas.

Otras quedaron debajo del agua.

Y algunas apenas están comenzando a construirse.

Lo importante quizá no sea rescatar cada cosa que quedó atrás.

Tal vez sea mirar nuestra historia con suficiente honestidad para entender qué merece acompañarnos y qué puede permanecer tranquilamente en el fondo.

Porque desaparecer de nuestra vista no siempre significa dejar de existir.

Y recordar algo tampoco significa que tengamos que volver.

A veces basta con reconocer que estuvo ahí, que fue real, que nos cambió de alguna manera y que ahora forma parte silenciosa del paisaje sobre el que seguimos construyendo nuestra vida.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

Quizá madurar también sea aprender que algunas cosas pueden permanecer en nuestra historia sin tener que regresar a nuestra vida.