viernes, 21 de agosto de 2026

¿Qué tan lejos tiene que estar un problema para que dejemos de sentir que también es nuestro?

 


A veces miro una imagen del planeta tomada desde un satélite y me pasa algo curioso: la Tierra parece inmensa, pero al mismo tiempo se ve pequeña. Desde arriba no aparecen las fronteras que aprendimos a dibujar en los mapas del colegio. El océano no sabe dónde termina un país y comienza otro. El viento tampoco pide permiso para atravesar una frontera. Las corrientes marinas, mucho menos.

Quizás por eso me llamó tanto la atención conocer la nueva alerta alrededor del Gran Cinturón de Sargazo del Atlántico. Al principio puede sonar como una de esas noticias ambientales que uno lee rápido, piensa “qué grave” durante unos segundos y después sigue deslizando la pantalla. Una masa gigantesca de algas flotando en el océano parece algo distante para quienes vivimos nuestras rutinas entre edificios, tráfico, celulares, trabajo, estudio y preocupaciones mucho más inmediatas.

Pero el problema deja de sentirse lejano cuando uno descubre que ese mismo océano termina tocando nuestras playas.

La NASA informó que en junio de 2026 la abundancia de sargazo en el Gran Cinturón de Sargazo del Atlántico alcanzó el segundo nivel anual más alto registrado mediante observaciones satelitales, apenas por debajo del récord de 2025. En el Caribe, además, las cantidades llegaron a máximos regionales históricos.

Y cuando uno escucha palabras como “récord”, “millones de toneladas” o “cinturón oceánico”, es fácil imaginar una especie de monstruo verde o marrón avanzando hacia nosotros.

Pero el sargazo no es un monstruo.

Eso es importante decirlo.

El sargazo es un alga parda flotante que forma parte naturalmente de los ecosistemas marinos. En cantidades normales puede ser refugio, alimento y espacio de reproducción para diferentes especies. Tortugas, peces, aves e invertebrados encuentran vida alrededor de estas masas flotantes. El problema aparece cuando la cantidad se vuelve extraordinaria y grandes acumulaciones llegan a las costas. Allí pueden reducir el oxígeno en el agua, cubrir corales y pastos marinos, enredar fauna y comenzar a descomponerse sobre las playas. NASA explica que, cuando esto ocurre, el sargazo puede liberar sulfuro de hidrógeno, el gas responsable de ese olor característico parecido al huevo podrido.

Eso me hizo pensar en algo que también ocurre muchas veces en nuestra propia vida: no todo lo que existe es malo por naturaleza. A veces el problema aparece cuando se rompe el equilibrio.

El agua nos da vida, pero una inundación destruye.

El sol sostiene los ecosistemas, pero una exposición extrema puede dañarnos.

La tecnología nos conecta, pero también puede consumir nuestra atención.

La ambición puede impulsarnos a construir algo grande, pero si no sabemos cuándo detenernos puede terminar destruyendo aquello que queríamos alcanzar.

La naturaleza parece insistir en enseñarnos una palabra que a los seres humanos nos cuesta mucho practicar: equilibrio.

Desde aproximadamente 2011, los científicos comenzaron a observar una expansión importante del sargazo en el Atlántico tropical. Ese fenómeno terminó siendo conocido como el Gran Cinturón de Sargazo del Atlántico, una enorme región donde las algas pueden distribuirse desde las costas de África occidental hasta el Caribe y el golfo de México. Las corrientes oceánicas y los vientos ayudan a determinar hacia dónde se desplazan esas masas.

Y aquí aparece una de las preguntas más incómodas: ¿por qué está ocurriendo?

Sería fácil señalar una única causa y sentir que ya entendimos todo.

Pero la ciencia rara vez funciona así.

Todavía se investigan los factores que explican completamente estas proliferaciones. Entre las hipótesis y elementos estudiados aparecen la disponibilidad de nutrientes, las temperaturas del océano, los patrones de viento, las corrientes y los aportes procedentes de tierra. Incluso las autoridades ambientales colombianas han advertido que existen evidencias que apuntan a una posible relación entre el exceso de nutrientes —como nitrógeno y fósforo provenientes de escorrentías agrícolas y aguas residuales— y el crecimiento de estas algas, aunque todavía se necesita más investigación para comprender el fenómeno en toda su complejidad.

Creo que reconocer que todavía no tenemos todas las respuestas también es una forma de madurez.

Vivimos en una época que nos acostumbró a respuestas instantáneas.

Preguntamos algo y un buscador responde.

Abrimos una aplicación y aparece una explicación.

Vemos un video de treinta segundos y sentimos que ya dominamos un tema.

Pero el océano no cabe en treinta segundos.

La naturaleza tiene procesos lentos, relaciones invisibles y consecuencias que pueden demorarse años en manifestarse. Muchas veces queremos encontrar un culpable rápidamente porque eso nos tranquiliza. Si encontramos a quién señalar, creemos que el problema está entendido.

Pero comprender de verdad exige algo más difícil: aceptar la complejidad.

¿Y Colombia dónde entra en todo esto?

Mucho más cerca de lo que podríamos pensar.

Nuestro país tiene costas sobre el mar Caribe y no está aislado de las dinámicas que ocurren en esa región. La llegada de sargazo depende de corrientes, vientos, localización y condiciones cambiantes, así que sería incorrecto afirmar que todo el sargazo observado en el Atlántico terminará llegando a Colombia. Sin embargo, tampoco podemos actuar como si fuera una posibilidad puramente teórica.

Colombia ya vivió una señal bastante seria.

El 5 de mayo de 2025, el Ministerio de Ambiente informó sobre una llegada masiva de aproximadamente 22.000 toneladas de sargazo al Caribe chocoano. Más de 12 kilómetros de playas resultaron cubiertos en sectores de Acandí, Unguía y el Santuario de Fauna Acandí, Playón y Playona. La alerta involucraba ecosistemas como playas, manglares, corales, pastos marinos y zonas fundamentales para la anidación de tortugas.

Veintidós mil toneladas.

Es una cifra tan grande que casi pierde significado.

Cuando los números crecen demasiado, nuestra mente deja de sentirlos.

Por eso prefiero imaginar lo que hay detrás.

Imagino a un pescador mirando el mar y preguntándose si podrá salir.

Imagino a una familia que vive del turismo viendo una playa cubierta por toneladas de algas.

Imagino a los trabajadores que deben retirar el material bajo el sol.

Imagino a una tortuga intentando llegar a un lugar donde durante miles de años su especie ha regresado para anidar.

Imagino a una comunidad que no provocó por sí sola el problema, pero tiene que enfrentarse directamente a sus consecuencias.

Ahí uno entiende que una crisis ambiental nunca es solamente ambiental.

También es económica.

También es social.

También es humana.

Cuando pensamos en el sargazo desde una ciudad, es fácil reducirlo a una preocupación turística: “qué feo se ve el mar”, “qué mal olor”, “se dañaron las vacaciones”.

Pero para quien vive en una zona costera, la historia puede ser completamente distinta.

Puede significar menos ingresos.

Menos pesca.

Más gastos de limpieza.

Problemas de salud.

Daño a ecosistemas que sostienen actividades económicas durante todo el año.

La NOAA reconoce precisamente que las acumulaciones masivas de sargazo pueden generar impactos ambientales, económicos y de salud pública, y actualmente mantiene herramientas que utilizan datos satelitales para estimar diariamente el riesgo de que estas masas alcancen diferentes zonas costeras del Caribe y del golfo.

Y aquí aparece algo que me parece impresionante.

Hoy tenemos satélites capaces de observar el océano desde el espacio.

Podemos detectar cambios de color.

Seguir enormes concentraciones de algas.

Estudiar corrientes.

Construir modelos.

Generar alertas.

Tenemos inteligencia artificial, sensores, imágenes satelitales y cantidades enormes de datos.

Nunca habíamos tenido tanta información.

Pero información no siempre significa preparación.

Esa contradicción me inquieta.

Podemos saber mucho y actuar poco.

Podemos compartir una noticia ambiental mientras dejamos una botella en la calle.

Podemos indignarnos por la contaminación del océano mientras consumimos sin preguntarnos a dónde terminan llegando nuestros residuos.

Podemos exigir soluciones a los gobiernos —y debemos hacerlo— mientras olvidamos que nuestra vida cotidiana también forma parte de un sistema mucho más grande.

No quiero caer en ese discurso simplista de decir que “todo depende de cada persona”, porque no es verdad.

Hay responsabilidades enormes de gobiernos, empresas, industrias, sistemas de saneamiento, sectores agrícolas y políticas públicas.

Los grandes problemas ambientales requieren decisiones colectivas y estructurales.

Pero tampoco quiero utilizar eso como una excusa para pensar que mis acciones no importan.

Creo que ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.

Necesitamos mejores políticas públicas y mejores hábitos personales.

Necesitamos inversión en ciencia y educación ambiental.

Necesitamos que las comunidades costeras sean escuchadas.

Necesitamos sistemas de monitoreo.

Necesitamos protocolos claros para recolectar el sargazo sin destruir todavía más las playas.

Necesitamos investigación para saber cuándo puede aprovecharse y cuándo debe manejarse como un material potencialmente riesgoso.

Y también necesitamos ciudadanos capaces de comprender que el mar no comienza en la playa.

El mar empieza mucho antes.

Empieza en el río.

En la alcantarilla.

En el plástico que dejamos tirado.

En los fertilizantes utilizados sin control.

En las aguas residuales que no tratamos correctamente.

En las decisiones económicas que parecen ocurrir lejos de la costa pero terminan viajando hasta ella.

Una de las cosas que más me ha enseñado mi familia es que cuidar algo significa asumir responsabilidad incluso cuando nadie está mirando.

Eso aplica para una casa.

Para una amistad.

Para una relación.

Para nuestro propio cuerpo.

Y creo que también aplica para el planeta.

Decimos que amamos Colombia.

Nos sentimos orgullosos cuando vemos una foto de San Andrés, del Tayrona, de Capurganá, de nuestras islas o del Caribe colombiano.

Compartimos esas imágenes porque nos recuerdan que vivimos en un país increíble.

Pero amar un lugar debería significar algo más que admirarlo.

También debería significar protegerlo.

A veces pienso en la espiritualidad desde ahí.

Para mí, creer en ese ser supremo en el cual cada persona deposita su confianza no debería limitarse a pedir que todo salga bien.

También debería hacernos preguntar qué estamos haciendo con aquello que recibimos.

Si consideramos la naturaleza un regalo, ¿cómo estamos tratando ese regalo?

Es fácil agradecer frente a un atardecer.

Es fácil sentir paz escuchando las olas.

Es fácil decir que el mar nos conecta con algo más grande.

Lo difícil es conservar esa misma conciencia cuando cuidar exige cambiar hábitos, renunciar a comodidades o asumir responsabilidades.

Quizás la fe también está en eso.

En entender que cuidar la creación no es solamente contemplarla.

Es participar.

Es respetar.

Es dejar algo digno para quienes vienen después.

También me parece importante evitar el otro extremo: el miedo.

Leer que existe un gigantesco cinturón de sargazo atravesando el Atlántico puede producir imágenes casi apocalípticas. Pero una alerta científica no significa que todo el sargazo vaya a llegar de golpe a Colombia ni que cada playa vaya a quedar cubierta.

Las masas son irregulares.

Se desplazan.

Cambian.

Las corrientes y los vientos determinan en gran medida su trayectoria. Incluso después del máximo registrado en junio de 2026, NASA señaló que durante julio se observó una disminución en la cantidad total.

Eso no significa ignorar el problema.

Significa entenderlo sin exagerarlo.

Y me parece que ahí está una de las grandes tareas de nuestra generación.

Aprender a vivir entre dos extremos.

Sin indiferencia, pero sin pánico.

Sin negar la ciencia, pero sin convertir cada titular en una sentencia del fin del mundo.

Sin pensar que la tecnología resolverá todo, pero tampoco rechazando las herramientas que pueden ayudarnos.

Sin culpar únicamente a los demás, pero sin cargar sobre una sola persona problemas que requieren soluciones colectivas.

Prepararnos.

Observar.

Escuchar.

Investigar.

Actuar.

Tal vez eso es realmente lo que debería provocar una alerta.

No miedo.

Conciencia.

Porque prevenir casi nunca genera tantos titulares como reaccionar después de una emergencia.

La prevención ocurre silenciosamente.

Está en un científico revisando datos.

En una comunidad aprendiendo cómo manejar el sargazo.

En una autoridad diseñando protocolos.

En una persona protegiendo un manglar.

En un pescador compartiendo lo que ha observado durante años.

En un estudiante que decide investigar.

En alguien que lee una noticia y, en lugar de olvidarla cinco minutos después, comienza a hacerse preguntas.

Quizás no podamos controlar el océano.

Tal vez nunca podamos determinar exactamente hacia dónde viajará cada masa de sargazo.

Pero sí podemos decidir cómo respondemos.

Podemos convertir estas señales en conocimiento.

Podemos prepararnos mejor.

Podemos exigir políticas responsables.

Podemos apoyar la ciencia.

Podemos escuchar a quienes viven frente al mar.

Y podemos recordar algo que muchas veces olvidamos mientras corremos detrás de nuestras preocupaciones diarias:

todo está conectado.

Lo que ocurre en medio del Atlántico puede terminar afectando una playa colombiana.

Lo que sucede en una playa puede afectar a una tortuga.

Lo que le ocurre a un ecosistema puede alterar el trabajo de una familia.

Y lo que parece ser solamente un problema ambiental termina convirtiéndose en una conversación sobre economía, salud, sociedad, tecnología, responsabilidad y futuro.

Quizás el sargazo sea una señal más de algo que la naturaleza lleva mucho tiempo intentando enseñarnos.

Las fronteras que nosotros dibujamos no existen para el océano.

Compartimos corrientes.

Compartimos aire.

Compartimos recursos.

Compartimos consecuencias.

Y, queramos reconocerlo o no, también compartimos la responsabilidad de cuidar esta casa.

Si algo me deja esta noticia no es la sensación de que debemos tenerle miedo al mar.

Todo lo contrario.

Me deja un respeto mucho más grande por él.

Y una pregunta que quisiera que no desapareciera cuando cerremos esta página:

¿vamos a esperar a que los problemas lleguen hasta nuestros pies para comenzar a sentir que también son nuestros?

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

El mar puede estar lejos de nuestra ventana, pero nunca está lejos de las consecuencias de nuestras decisiones.

jueves, 20 de agosto de 2026

La pregunta que un perro nunca podrá hacerse


¿Alguna vez has terminado un día completamente agotado y, aun así, has sentido que no sabes exactamente hacia dónde estás avanzando?

A mí me pasa.

Uno puede levantarse temprano, responder mensajes, estudiar, trabajar, resolver problemas, mirar correos, cumplir pendientes, hablar con personas, hacer llamadas, revisar redes sociales y llegar a la noche con la sensación de haber corrido una maratón. Pero si en ese momento alguien nos preguntara: “Bueno, ¿y hoy qué hiciste para acercarte a la vida que realmente quieres?”, probablemente la respuesta no sería tan inmediata.

Hace unos días me encontré con una reflexión de Fabián González H. que utilizaba una comparación sencilla: un perro vive reaccionando a lo que sucede en el momento, mientras nosotros, los seres humanos, tenemos la capacidad de imaginar un futuro que todavía no existe y comenzar a construirlo desde hoy. Su artículo llevaba un título que se me quedó dando vueltas en la cabeza: “La pregunta que un perro nunca podrá hacerse”.

Y aunque la reflexión original está enfocada principalmente en empresarios, planificación y dirección de negocios, sentí que la idea tenía muchísimo que decirnos sobre nuestra propia vida.

Porque un perro probablemente nunca podrá preguntarse:

“¿Hacia dónde estoy llevando mi vida?”

Y nosotros sí.

Ahí está el regalo.

Y también el problema.

Un perro no se levanta preocupado porque todavía no ha encontrado su propósito.

No mira a otro perro y piensa que a su edad ya debería tener casa propia.

No siente ansiedad porque el golden retriever de Instagram está viajando por Europa mientras él sigue jugando con la misma pelota de siempre.

No se pregunta si está desperdiciando su potencial.

No abre LinkedIn y descubre que otro perro de su camada ya fue ascendido tres veces.

Su mundo sucede frente a él.

Si alguien que quiere llega a casa, mueve la cola.

Si tiene sueño, duerme.

Si encuentra algo interesante, lo huele.

Si quiere cariño, se acerca.

Parece sencillo.

Nosotros tenemos la capacidad de hacer algo extraordinario: podemos vivir aquí mientras nuestra mente viaja diez años hacia adelante.

Podemos imaginar una profesión que todavía no tenemos.

Una familia que todavía no hemos construido.

Una casa que todavía no existe.

Un viaje que todavía no hemos hecho.

Una versión de nosotros mismos que todavía estamos intentando convertir en realidad.

Eso es poderosísimo.

Pero también significa que somos capaces de sufrir por cosas que nunca han sucedido.

Podemos fracasar cien veces dentro de nuestra cabeza antes de haberlo intentado una sola vez en la realidad.

Podemos imaginar conversaciones que jamás ocurrirán.

Podemos preocuparnos por problemas del próximo año mientras ignoramos la tarde que tenemos enfrente.

Podemos obsesionarnos con llegar a alguna parte y olvidar completamente cómo se siente estar aquí.

Y creo que nuestra generación tiene una dificultad adicional.

Vivimos rodeados de estímulos.

Todo quiere nuestra atención.

El celular vibra.

Miramos.

Llega un WhatsApp.

Respondemos.

Aparece un correo.

Lo abrimos.

Instagram nos muestra algo.

Entramos.

TikTok nos enseña otra cosa.

Seguimos deslizando.

Sale una noticia.

Comentamos.

Aparece una inteligencia artificial nueva.

La probamos.

Alguien publica que está triunfando.

Nos comparamos.

Surge un problema.

Lo atendemos.

Otro mensaje.

Otra llamada.

Otra notificación.

Otra cosa urgente.

Y así pasan las horas.

Muchas veces vivimos exactamente como ese perro de la comparación: reaccionando ante aquello que aparece frente a nosotros.

La diferencia es que nosotros sí tenemos la posibilidad de detenernos.

Pensar.

Elegir.

Fabián resume su reflexión original alrededor de tres acciones: pensar, planificar y ejecutar, en ese orden. Y plantea una pregunta que parece empresarial pero que, sinceramente, deberíamos llevar a nuestra vida personal: ¿sabemos dónde estamos y hacia dónde queremos ir?

Porque un mapa sirve de poco si no sabemos cuál es nuestro punto de partida.

Y ahí es donde la cosa se pone incómoda.

Preguntarse dónde estamos realmente requiere sinceridad.

No la versión que ponemos en redes.

No lo que respondemos cuando alguien pregunta “¿cómo vas?” y automáticamente decimos “bien”.

No la imagen que intentamos mantener para que los demás crean que tenemos todo bajo control.

¿Dónde estoy realmente?

¿Cómo está mi relación con mi familia?

¿Cómo estoy emocionalmente?

¿Cómo estoy utilizando mi tiempo?

¿Estoy cuidando mi cuerpo?

¿Estoy aprendiendo?

¿Estoy ahorrando?

¿Estoy viviendo de acuerdo con lo que digo que creo?

¿Estoy cerca de Dios solamente cuando necesito algo o realmente estoy construyendo una relación espiritual?

¿Estoy trabajando en algo que me importa?

¿Estoy tratando bien a las personas que quiero?

¿Estoy construyendo o simplemente sobreviviendo?

Son preguntas mucho más difíciles que revisar una lista de tareas.

A veces descubrimos que estamos llenos de actividades y vacíos de dirección.

Y creo que eso puede pasarle a cualquiera.

Nos han enseñado mucho sobre hacer.

Hacer más.

Estudiar más.

Trabajar más.

Producir más.

Conseguir más.

Publicar más.

Crecer más.

Ganar más.

Pero pocas veces alguien nos enseña a detenernos y preguntarnos si ese “más” todavía tiene sentido.

Hay personas que llevan años corriendo detrás de metas que alguna vez eligieron cuando eran completamente distintas.

Hay sueños que envejecen.

Hay objetivos que dejan de representarnos.

Hay caminos que funcionan para otros pero no necesariamente para nosotros.

Y reconocerlo no significa que hayamos fracasado.

Quizá significa que hemos cambiado.

Eso también es crecer.

Recuerdo que cuando uno es pequeño siempre aparece la clásica pregunta:

“¿Qué quieres ser cuando seas grande?”

Y solemos responder con una profesión.

Médico.

Ingeniero.

Futbolista.

Empresario.

Abogado.

Piloto.

Pero con el tiempo he pensado que quizá nos hicieron la pregunta incompleta.

No solamente deberíamos preguntarle a un niño qué quiere hacer.

También podríamos preguntarle:

“¿Qué clase de persona quieres ser?”

Porque puedes convertirte en un excelente profesional y ser una persona terrible.

Puedes ganar muchísimo dinero y sentirte completamente vacío.

Puedes tener reconocimiento y no tener paz.

Puedes acumular seguidores y sentir que nadie te conoce realmente.

Puedes conseguir aquello con lo que soñabas y descubrir que tampoco era suficiente.

Entonces aparece inevitablemente otra pregunta:

¿para qué?

Y aquí, para mí, entra la espiritualidad.

Hay momentos en los que la vida nos obliga a reconocer que no controlamos todo.

Podemos planificar.

Podemos organizar.

Podemos prepararnos.

Podemos trabajar.

Pero hay cosas que simplemente ocurren.

Una enfermedad.

Una despedida.

Una oportunidad inesperada.

Una persona que llega a nuestra vida.

Otra que se va.

Un cambio que no estaba previsto.

Una puerta que se cierra.

Otra que aparece donde jamás habíamos mirado.

Creo profundamente que planificar nuestro futuro no significa convertirnos en obsesionados del control.

También necesitamos aprender a confiar.

A hacer nuestra parte y entender que existe una parte que no nos corresponde manejar.

Para quienes creemos en ese ser supremo, llámalo Dios como yo lo llamo o como nazca desde tu propia fe, existe cierta tranquilidad en aceptar que nuestra visión siempre será limitada.

Nosotros vemos una parte de la historia.

Queremos entenderla completa.

Y muchas veces no podemos.

Tal vez por eso la pregunta por el futuro debería ir acompañada por otra:

“¿Qué puedo hacer hoy con aquello que sí está en mis manos?”

Porque pensar demasiado en dentro de cinco años también puede convertirse en una manera elegante de escapar del presente.

Podemos pasar años diciendo:

“Cuando termine de estudiar seré feliz”.

Luego:

“Cuando consiga trabajo”.

Después:

“Cuando gane más”.

Luego:

“Cuando compre mi casa”.

Después:

“Cuando tenga pareja”.

“Cuando tenga hijos”.

“Cuando pase esta época”.

“Cuando llegue diciembre”.

“Cuando tenga tiempo”.

Y un día descubrimos que hemos convertido la vida en una eterna sala de espera.

Siempre esperando el próximo capítulo para empezar a disfrutar el libro.

Ahí creo que el perro podría enseñarnos algo.

Aunque nunca podrá preguntarse hacia dónde quiere estar dentro de diez años, parece tener una capacidad que nosotros perdemos con facilidad:

estar presente.

Si llegas después de un día difícil, tu perro probablemente no necesita que le expliques demasiado.

Se acerca.

Se sienta.

Se queda.

Hay algo profundamente bonito en eso.

Nosotros, en cambio, podemos estar sentados en una cena familiar mientras nuestra mente está en otra parte.

Podemos hablar con nuestra mamá mientras revisamos el celular.

Podemos viajar pensando en la fotografía que vamos a subir.

Podemos estar con nuestros amigos mientras vemos qué están haciendo otras personas.

Podemos llegar a un lugar hermoso y observarlo primero a través de la cámara.

Como si vivirlo no fuera suficiente.

Creo que necesitamos recuperar algo del animal sin renunciar a aquello que nos hace humanos.

Planificar como humanos.

Vivir el presente un poco más como perros.

Pensar en mañana.

Pero abrazar hoy.

Ahorrar para el futuro.

Pero disfrutar un café con alguien que queremos.

Construir proyectos.

Pero llamar a nuestros padres.

Soñar grande.

Pero agradecer lo pequeño.

Trabajar duro.

Pero descansar sin sentir culpa.

Buscar propósito.

Pero entender que no toda experiencia necesita producir algo.

Esto último me parece especialmente importante.

Vivimos en una cultura que quiere convertir cualquier cosa en productividad.

Si te gusta pintar, te preguntan por qué no vendes cuadros.

Si cocinas bien, alguien te dice que abras un negocio.

Si haces ejercicio, deberías convertirlo en contenido.

Si escribes, deberías monetizar.

Si tienes una afición, parece que inmediatamente necesitamos transformarla en una fuente de ingresos.

Pero hay cosas que podemos hacer simplemente porque nos hacen bien.

Leer sin publicar una reseña.

Caminar sin contar los pasos.

Escuchar música sin estar haciendo otra cosa.

Hablar durante horas con alguien.

Jugar.

Orar.

Dormir.

Mirar el cielo.

Compartir.

Estar.

No todo necesita convertirse en rendimiento.

Tal vez ahí está una parte importante de la respuesta.

Un perro nunca podrá preguntarse qué quiere dejar en este mundo.

Nosotros sí.

Y no creo que el legado tenga necesariamente que ser gigantesco.

No todos necesitamos construir empresas enormes.

No todos escribiremos libros.

No todos tendremos miles de seguidores.

No todos cambiaremos millones de vidas.

Pero podemos transformar profundamente la vida de unas pocas personas.

La forma en que tratamos a nuestra familia también es legado.

La educación que damos a nuestros hijos algún día puede ser legado.

El consejo que ofrecemos a un amigo es legado.

La manera en que actuamos cuando nadie nos ve es legado.

Nuestra honestidad es legado.

Nuestra fe es legado.

Aquello que sembramos en otros, incluso sin saberlo, puede quedarse muchísimo después de nosotros.

Quizá ahí está la diferencia entre simplemente existir y vivir conscientemente.

No tener todas las respuestas.

Sino hacernos mejores preguntas.

¿Qué persona estoy construyendo con mis hábitos?

¿Qué estoy alimentando todos los días en mi mente?

¿A qué le estoy entregando mi atención?

¿Las personas que amo saben que las amo?

¿Estoy esperando demasiado para hacer algo importante?

¿Estoy siguiendo mis valores o mis impulsos?

¿Estoy persiguiendo una vida que quiero o una vida que se ve bien desde afuera?

¿Estoy actuando desde la fe o desde el miedo?

¿Estoy viviendo?

¿O solamente estoy reaccionando?

Tal vez hoy no necesitas diseñar un plan completo para los próximos diez años.

Quizá basta con reconocer dónde estás.

Aceptar ese punto.

Sin castigarte.

Sin compararte.

Sin pensar que deberías estar mucho más adelante.

Simplemente:

“Estoy aquí”.

Y después mirar hacia adelante.

“Quiero ir hacia allá”.

Entonces preguntarte cuál puede ser el próximo paso.

No veinte.

Uno.

Porque cambiar nuestra dirección no siempre requiere una transformación espectacular.

A veces empieza acostándonos treinta minutos antes.

Haciendo esa llamada pendiente.

Guardando un poco de dinero.

Volviendo a estudiar.

Pidiendo ayuda.

Pidiendo perdón.

Alejándonos de una relación que nos destruye.

Acercándonos a nuestra familia.

Regresando a Dios.

Apagando el celular durante una hora.

Empezando aquello que llevamos meses aplazando.

O simplemente reconociendo que necesitamos cambiar.

La reflexión original de Fabián González puede leerse aquí: https://www.linkedin.com/pulse/la-pregunta-que-un-perro-nunca-podr%C3%A1-hacerse-fabi%C3%A1n-gonz%C3%A1lez-h-yzqve/

Yo me quedo con algo más personal.

Un perro nunca podrá sentarse frente a su vida y preguntarse conscientemente:

“¿Hacia dónde estoy yendo?”

Nosotros sí.

Sería triste desperdiciar esa posibilidad.

Pero también sería triste utilizarla únicamente para preocuparnos por mañana.

Tal vez el verdadero equilibrio consiste en mirar hacia adelante sin dejar de mirar alrededor.

Construir futuro.

Disfrutar presente.

Preguntarnos hacia dónde vamos.

Y mientras encontramos la respuesta, no olvidar a las personas que están caminando al lado.

Porque quizá dentro de muchos años descubramos que algunas de las cosas que considerábamos pequeñas eran, en realidad, las importantes.

Una conversación.

Una cena.

Un abrazo.

Una tarde con los abuelos.

La llamada de nuestros padres.

Un perro que nos esperaba detrás de la puerta.

Una oración silenciosa.

Un “gracias”.

Un “te quiero”.

Una oportunidad de ayudar.

No sé exactamente dónde estaré dentro de diez años.

Y sería falso decir que tengo completamente claro hacia dónde va todo.

Tengo sueños.

Tengo proyectos.

Tengo preguntas.

También tengo dudas.

Supongo que eso hace parte de estar vivo.

Pero sí hay algo que quiero conservar: la capacidad de revisar mi rumbo.

De preguntarme si aquello que estoy construyendo todavía se parece a la persona que quiero ser.

De recalcular cuando sea necesario.

Y, al mismo tiempo, de aprender a disfrutar el camino.

Quizá esta noche, antes de dormir, podríamos hacernos esa pregunta que nuestro perro nunca podrá hacerse:

¿Hacia dónde estoy llevando mi vida?

Y después mirar alrededor y aprender de él otra cosa:

este momento también es vida.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

Quizá vivir con propósito no sea conocer perfectamente el destino, sino tener el valor de mirar nuestro camino, corregirlo cuando haga falta y agradecer que todavía estamos aquí para recorrerlo.

miércoles, 19 de agosto de 2026

Pantallas y salud mental: cómo construir una relación más consciente con la tecnología



¿Cuántas veces hemos desbloqueado el celular sin saber realmente para qué lo hicimos?

A mí me pasa.

Lo tomo para mirar la hora y termino respondiendo un mensaje. Después aparece una notificación, entro a una red social, veo un video, luego otro, alguien comparte una noticia, recuerdo algo que debía buscar y, cuando vuelvo a mirar el reloj, han pasado veinte o treinta minutos.

Lo más curioso es que muchas veces ni siquiera recuerdo qué vi.

Solo queda una sensación extraña. Como si la cabeza hubiera recorrido cien lugares sin haber estado realmente en ninguno.

Vivimos una época en la que estar conectados dejó de ser una actividad y se convirtió prácticamente en el escenario donde ocurre buena parte de nuestra vida. Estudiamos frente a una pantalla, trabajamos frente a otra, hablamos con nuestras familias por WhatsApp, nos enteramos de lo que ocurre en el mundo mediante redes sociales, escuchamos música desde el teléfono, vemos películas en plataformas digitales y hasta algunas de nuestras conversaciones más íntimas suceden mediante mensajes.

Por eso me parece demasiado fácil decir simplemente que “las pantallas son malas”.

No lo creo.

La tecnología me ha permitido aprender cosas que probablemente nunca habría conocido de otra manera. Me permite escribir estas palabras y compartirlas con personas que quizá están a cientos o miles de kilómetros. Nos permite mantener contacto con familiares, estudiar, trabajar, emprender, conocer perspectivas diferentes y encontrar comunidades cuando sentimos que en nuestro entorno inmediato nadie entiende exactamente lo que estamos viviendo.

El problema quizás no sea tener una pantalla frente a nosotros.

El problema comienza cuando ya no sabemos cuándo dejarla.

Una publicación de Portafolio sobre pantallas y salud mental plantea precisamente algo que me parece mucho más realista que declarar una guerra contra la tecnología: el reto no está necesariamente en desconectarnos por completo, sino en aprender a convivir de una manera más equilibrada con ella.

https://www.portafolio.co/contenido-patrocinado/pantallas-y-salud-mental-como-construir-una-relacion-mas-consciente-con-la-tecnologia-499122

Y esa idea me quedó dando vueltas porque, pensándolo bien, apagar todos nuestros dispositivos y desaparecer de internet tampoco parece una solución demasiado compatible con la vida que tenemos.

Yo no quiero vivir huyéndole a la tecnología.

Quiero aprender a usarla sin que ella termine usando cada minuto disponible de mi atención.

Ahí siento que está la verdadera conversación.

Porque hemos normalizado situaciones bastante extrañas.

Nos despertamos y muchas veces el celular es lo primero que vemos.

Todavía no hemos hablado con nadie en nuestra casa, no hemos abierto una ventana, no hemos tomado agua, no hemos pensado siquiera cómo nos sentimos, pero ya sabemos qué publicó alguien anoche, qué ocurrió mientras dormíamos y cuántos mensajes tenemos pendientes.

Antes de preguntarnos “¿cómo amanecí?”, muchas veces nuestra mente ya está respondiendo a “¿qué me perdí?”.

Y no sé si somos suficientemente conscientes de lo que eso significa.

Nuestra atención comienza el día ocupada por el mundo antes de que tengamos unos minutos para encontrarnos con nosotros mismos.

Después seguimos.

Desayunamos viendo videos.

Caminamos mirando mensajes.

Esperamos un ascensor y sacamos el teléfono.

Nos sentamos cinco minutos y buscamos algo que mirar.

Aparece un instante de aburrimiento y lo eliminamos inmediatamente.

Incluso ir al baño se convirtió para muchos en otro momento para consumir contenido.

Lo digo sin juzgar porque también lo hago.

Tal vez por eso este tema me toca.

Hay momentos en los que uno descubre que no controla tanto el hábito como pensaba. Basta intentar dejar el celular en otra habitación mientras estudia, come o conversa para sentir esa pequeña inquietud de querer revisar si llegó algo.

Y casi nunca llegó nada urgente.

Pero queremos comprobarlo.

Creo que una de las cosas más difíciles de nuestra generación es que llevamos el mundo entero dentro del bolsillo.

Y el mundo nunca se calla.

Siempre hay alguien publicando.

Siempre ocurre una noticia.

Siempre aparece un mensaje.

Siempre existe otro video.

Siempre hay una discusión.

Siempre encontramos una opinión nueva.

Siempre podemos desplazarnos un poco más.

No existe un verdadero final.

Un libro termina.

Una película termina.

Una conversación termina.

Pero podemos deslizar una pantalla durante horas y el contenido continúa apareciendo.

Eso cambia nuestra relación con la atención.

También cambia nuestra relación con nosotros mismos.

Porque las pantallas no solamente entretienen. También nos muestran constantemente la vida de otras personas.

Un amigo consiguió trabajo.

Alguien viajó.

Otro compró carro.

Una pareja se comprometió.

Una persona que tiene nuestra edad lanzó una empresa.

Otro está mostrando su transformación física.

Alguien publica fotografías desde Europa.

Otro habla de inversiones.

Otro asegura levantarse a las cuatro de la mañana, entrenar, meditar, estudiar tres idiomas, dirigir una empresa y todavía tener tiempo para preparar un desayuno perfecto.

Y uno está en la cama pensando:

“Yo hoy apenas pude organizar mi cuarto”.

Sabemos que las redes muestran fragmentos.

Lo sabemos intelectualmente.

Pero emocionalmente no siempre somos capaces de recordar que estamos comparando nuestra vida completa, con todas sus dudas y dificultades, contra los segundos que otra persona decidió enseñarnos.

Nunca vemos todo.

No vemos las discusiones antes de la fotografía.

No vemos las inseguridades detrás de algunos logros.

No vemos las deudas.

No vemos las noches difíciles.

No vemos las veces que alguien también sintió miedo.

Vemos resultados.

Y nuestra mente llena los espacios restantes imaginando vidas perfectas que probablemente no existen.

Eso pesa.

Hace unos días escribía precisamente sobre otra sensación muy ligada a esta época: sentirnos cansados incluso cuando aparentemente no hemos hecho demasiado físicamente. La hiperconectividad, la multitarea y esa necesidad de estar permanentemente pendientes de algo pueden hacer que nuestra mente nunca sienta que verdaderamente terminó el día.

https://juanmamoreno03.blogspot.com/2026/08/estamos-cansados-o-estamos-viviendo-de.html

Me parece que ambas conversaciones están profundamente conectadas.

Porque descansar no siempre significa acostarse con el celular durante tres horas.

Eso puede entretenernos.

Puede distraernos.

Puede incluso ayudarnos a desconectarnos momentáneamente de algunos problemas.

Pero no necesariamente significa que nuestra mente esté descansando.

A veces llegamos cansados de mirar una pantalla durante todo el día y nuestra forma de “descansar” consiste en mirar una pantalla diferente.

Cerramos el computador del trabajo y abrimos TikTok.

Terminamos una clase virtual y encendemos Netflix.

Guardamos el computador y tomamos el celular.

Pasamos de una pantalla a otra esperando que el cambio de contenido sea suficiente para sentir descanso.

Y algunas noches llegamos a la cama físicamente agotados, pero con la cabeza todavía acelerada.

Entonces aparece otra contradicción.

Queremos dormir, pero seguimos deslizando.

Decimos “cinco minutos más”.

Después otros cinco.

Después otro video.

Hasta que miramos la hora y pensamos en todo lo que vamos a sufrir cuando suene la alarma.

Al día siguiente nos despertamos cansados.

Y repetimos.

No creo que la respuesta sea convertir esto en otra fuente de culpa.

Ya tenemos suficientes motivos para sentir que estamos haciendo las cosas mal.

No necesitamos añadir: “también utilizo demasiado el celular, entonces soy un desastre”.

La culpa rara vez construye una relación saludable.

La conciencia sí puede hacerlo.

Para mí, comenzar a relacionarnos mejor con la tecnología implica primero observar nuestros hábitos sin inventarnos excusas.

Preguntarnos cosas incómodas.

¿Estoy entrando a esta aplicación porque quiero hacerlo o porque mi mano ya aprendió el movimiento?

¿Estoy viendo este contenido porque me aporta algo o porque necesito evitar cinco minutos de silencio?

¿Estoy respondiendo este mensaje porque es urgente o porque siento que debo estar disponible para todos permanentemente?

¿Realmente estoy descansando?

¿Esta cuenta que sigo me inspira o cada vez que la veo termino sintiéndome insuficiente?

¿El teléfono me está acercando a las personas que quiero o está interrumpiendo el tiempo que tengo con ellas?

No siempre me gustan las respuestas.

Pero quizá ese sea precisamente el punto.

Tenemos herramientas que permiten saber cuánto tiempo utilizamos determinadas aplicaciones. A veces mirar esos números sorprende.

Una hora diaria parece poco.

Pero una hora diaria son siete horas por semana.

Son más de treinta horas aproximadamente en un mes.

Y ahí cambia la perspectiva.

No se trata de convertir cada minuto liberado en productividad. Esa obsesión también nos está agotando.

No quiero dejar Instagram durante cuarenta minutos para inmediatamente preguntarme cómo puedo utilizar esos cuarenta minutos para producir más dinero, aprender otra habilidad o adelantar trabajo.

Tal vez durante esos cuarenta minutos simplemente puedo vivir.

Hablar con mi mamá.

Escuchar a mi papá.

Sentarme con mis abuelos si tengo la fortuna de tenerlos cerca.

Salir a caminar.

Mirar el cielo.

Escuchar una canción completa sin hacer simultáneamente otras cuatro cosas.

Orar.

Pensar.

Cocinar.

Aburrirme.

Sí, aburrirme.

Porque quizá hemos subestimado demasiado el aburrimiento.

Cuando era niño podía existir un rato sin tener algo estimulándome constantemente. Uno inventaba juegos, hablaba, pensaba tonterías, observaba cosas.

Ahora pareciera que cada segundo vacío necesita llenarse.

Esperamos tres minutos y abrimos una aplicación.

Hay una fila y sacamos el teléfono.

Estamos solos y buscamos ruido.

Quizá nos estamos volviendo expertos en evitar el silencio.

Y ahí entra una dimensión que para mí también es espiritual.

No importa exactamente cómo nombre cada persona a ese ser superior en quien cree y confía. Hay preguntas internas que necesitan silencio para aparecer.

Cuando todo el tiempo estamos recibiendo información, opiniones, tendencias y recomendaciones, puede volverse muy difícil escuchar nuestra propia voz.

¿Qué quiero realmente?

¿Qué me preocupa?

¿Qué estoy evitando?

¿Qué agradezco?

¿A quién necesito perdonar?

¿Qué conversación llevo meses aplazando?

¿Estoy viviendo como quiero o simplemente reaccionando a lo que aparece?

Esas respuestas difícilmente llegan entre una notificación y otra.

No creo que necesitemos desaparecer de internet para encontrarlas.

Necesitamos espacios.

Pequeñas fronteras.

Quizá comer algunas veces sin teléfono.

No llevarlo siempre hasta la cama.

Desactivar notificaciones que no necesitamos.

Dejar de seguir cuentas que constantemente nos hacen daño.

Evitar revisar mensajes apenas abrimos los ojos.

Caminar algún día sin audífonos.

Tener conversaciones en las que el celular permanezca boca abajo.

No porque exista una fórmula perfecta, sino porque necesitamos recuperar algo que las plataformas compiten permanentemente por obtener: nuestra atención.

Y nuestra atención es vida.

Eso me parece importante.

Donde ponemos nuestra atención estamos poniendo pedazos de nuestra existencia.

Si pasamos dos horas mirando la vida de desconocidos, esas dos horas fueron parte de nuestra vida.

No regresan.

Eso tampoco significa que debamos vivir midiendo obsesivamente cada segundo.

Yo puedo pasar una hora viendo videos y reírme muchísimo.

Puedo jugar.

Puedo ver una película.

Puedo conversar con amigos durante horas por internet.

También eso es vida.

La diferencia está, creo, en elegirlo conscientemente.

Hay una enorme diferencia entre decir “voy a ver esta serie porque quiero descansar” y despertarnos mentalmente una hora después preguntándonos por qué seguimos mirando contenido que ni siquiera disfrutamos.

Una cosa es usar.

Otra es funcionar en automático.

Quizás la relación saludable con la tecnología no se construye contando obsesivamente horas de pantalla, sino recuperando nuestra capacidad de decidir.

Decidir cuándo entrar.

Decidir cuándo salir.

Decidir qué merece nuestra atención.

Decidir qué conversaciones pueden esperar.

Decidir que no necesitamos conocer cada noticia inmediatamente.

Decidir que podemos estar fuera de línea sin desaparecer del mundo.

Y también comprender que las redes sociales y la tecnología tienen aspectos profundamente positivos.

He conocido ideas maravillosas por internet.

He aprendido.

He encontrado historias que me hicieron pensar.

He podido comunicarme con personas que jamás habría conocido geográficamente.

He visto movimientos de solidaridad organizarse mediante redes.

Familias separadas por países pueden verse mediante videollamadas.

Personas que se sentían solas encuentran comunidades.

Alguien que no puede desplazarse puede estudiar.

Un pequeño emprendedor puede mostrar su trabajo sin tener los recursos de una gran empresa.

Sería absurdo ignorar todo eso.

Por eso me gusta más hablar de conciencia que de prohibición.

La tecnología es una herramienta increíble.

Pero incluso las herramientas más útiles necesitan límites.

Un martillo sirve para construir una casa, pero nadie camina todo el día con un martillo en la mano por si acaso aparece un clavo.

Nosotros sí caminamos prácticamente todo el día sosteniendo una puerta abierta hacia millones de estímulos.

Quizá llegó el momento de aprender que también podemos cerrarla de vez en cuando.

Y hay algo todavía más importante.

Cuando sintamos que nuestra relación con la tecnología está afectando seriamente nuestro sueño, nuestras relaciones, nuestro estudio, nuestro trabajo, nuestro estado emocional o nuestra capacidad para desarrollar la vida cotidiana, pedir ayuda profesional no debería producir vergüenza.

No todo se arregla instalando una aplicación que limite otras aplicaciones.

A veces detrás de una pantalla también estamos buscando escapar de ansiedad, soledad, tristeza, inseguridad o problemas que necesitan algo más profundo que fuerza de voluntad.

Cada persona tiene una historia diferente.

Por eso tampoco funcionan las mismas reglas para todos.

Puede que alguien necesite reducir redes sociales.

Otro necesita dejar el celular fuera de la habitación durante la noche.

Otro simplemente debe recuperar algunas comidas en familia.

Otro necesita hablar con alguien.

Otro necesita dejar de compararse.

Y otro quizá tiene que reconocer que se siente solo y que utiliza internet para evitar enfrentarse a esa soledad.

Construir una relación consciente con la tecnología no significa conseguir una vida perfectamente equilibrada.

Eso tampoco existe.

Habrá días en los que pasaré demasiado tiempo mirando el celular.

Habrá otros en los que lo necesitaré durante horas para trabajar.

Habrá momentos en los que una serie me acompañará cuando no tenga ganas de pensar demasiado.

Habrá noches en las que volveré a decir “un video más” aunque sepa que debería dormir.

Somos humanos.

La meta no tiene que ser convertirnos en monjes digitales.

Tal vez basta con dejar de vivir completamente en automático.

Mirar nuestras manos alguna vez cuando abren una aplicación y preguntarnos:

“¿Qué estoy buscando aquí?”

A veces será entretenimiento.

Perfecto.

A veces será información.

Perfecto.

A veces será conversación.

Perfecto.

Pero otras veces descubriremos que no buscamos absolutamente nada.

Solo estamos huyendo del vacío de unos segundos.

Y quizás podamos quedarnos ahí.

Sin deslizar.

Sin reaccionar.

Sin responder inmediatamente.

Respirar.

Mirar alrededor.

Recordar que existe una vida fuera del rectángulo luminoso que sostenemos entre las manos.

Una vida imperfecta, lenta, desordenada y muchas veces aburrida.

Pero nuestra.

Tal vez no necesitamos menos tecnología.

Tal vez necesitamos más presencia.

Más conversaciones en las que realmente escuchemos.

Más noches en las que el último rostro que veamos sea el de alguien que queremos y no el de un desconocido en un video.

Más mañanas en las que podamos preguntarnos cómo estamos antes de preguntarnos qué ocurrió mientras dormíamos.

Más momentos que no necesitemos fotografiar para demostrar que sucedieron.

Más silencios.

Más familia.

Más oración, para quienes encuentran allí refugio.

Más conciencia.

Y también más libertad para reconocer que podemos dejar un mensaje sin responder durante algunos minutos y el mundo probablemente seguirá funcionando.

Yo quiero seguir utilizando la tecnología.

Quiero seguir escribiendo en internet.

Quiero seguir aprendiendo con ella.

Quiero seguir viendo videos, escuchando música, hablando con personas y descubriendo cosas nuevas.

Pero también quiero poder dejar el teléfono sobre una mesa y no sentir que estoy abandonando una parte de mí.

Quiero que la tecnología siga siendo una herramienta dentro de mi vida.

No quiero que mi vida termine convertida en un intervalo entre notificaciones.

Quizá esa sea una de las tareas silenciosas de nuestra generación: aprender a vivir conectados sin desconectarnos de nosotros mismos.

No será perfecto.

Habrá recaídas en el scroll infinito.

Habrá domingos perdidos entre videos.

Habrá noches en las que otra vez nos acostaremos más tarde de lo planeado.

Pero cada vez que recuperamos conscientemente unos minutos de atención también recuperamos un pequeño pedazo de nuestra vida.

Y eso ya vale la pena.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

Quizás la verdadera desconexión no sea apagar el celular, sino olvidar por un momento que existe mientras volvemos a mirar la vida que tenemos enfrente.