miércoles, 29 de julio de 2026

Los lobos se domesticaron a sí mismos (o eso dice la ciencia)


¿Y si muchas de las cosas que creemos sobre la vida no fueran exactamente como nos las contaron?

Durante años crecimos escuchando que el ser humano domesticó al lobo hasta convertirlo en el perro que hoy conocemos. Era una historia lógica: el humano dominaba, el animal obedecía. Pero la ciencia ha venido proponiendo una idea que cambia por completo esa narrativa. Según diversas investigaciones, es posible que algunos lobos no hayan sido obligados a acercarse a los humanos. Al contrario, fueron ellos quienes, poco a poco, decidieron hacerlo. Los menos agresivos, los más curiosos y tolerantes encontraron ventajas en vivir cerca de los campamentos humanos. Generación tras generación, esa decisión terminó transformando su comportamiento, su cuerpo y, finalmente, su historia.

La primera vez que leí esa teoría no pensé únicamente en los lobos. Pensé en nosotros.

Porque, si somos sinceros, muchas veces esperamos que alguien venga a cambiarnos la vida. Esperamos el trabajo perfecto, la oportunidad ideal, el momento indicado o la persona correcta. Vivimos creyendo que la transformación siempre depende de algo externo. Sin embargo, la historia de estos lobos parece recordarnos que algunos de los cambios más grandes empiezan con una decisión pequeña.

Acercarse.

Eso fue todo.

No conquistaron el mundo en un día. No dejaron de ser lobos de un momento para otro. Simplemente dieron un paso diferente al resto de la manada.

Y ese pequeño paso terminó cambiando miles de años de evolución.

Vivimos en una época donde todo parece inmediato. Queremos resultados rápidos, respuestas instantáneas y éxitos que puedan mostrarse en redes sociales. Nos desesperamos cuando las cosas no ocurren al ritmo que imaginamos. Pero la naturaleza nunca ha trabajado así. La evolución siempre ha sido paciente. Silenciosa. Constante.

Quizá por eso esta historia me gusta tanto.

No habla de fuerza.

Habla de adaptación.

No habla de imponer.

Habla de elegir.

Y esa diferencia cambia completamente la manera de entender nuestra propia vida.

Muchas veces confundimos cambiar con dejar de ser quienes somos. Pensamos que evolucionar significa perder nuestra esencia. Pero los lobos no dejaron de existir. Simplemente desarrollaron nuevas capacidades para sobrevivir en un entorno diferente.

Nosotros también podemos hacerlo.

Podemos aprender nuevas habilidades sin dejar de ser auténticos.

Podemos cambiar de opinión sin sentir que fracasamos.

Podemos crecer sin olvidar de dónde venimos.

Hay personas que creen que adaptarse es una señal de debilidad. Yo cada vez pienso lo contrario. Adaptarse requiere humildad. Significa reconocer que no lo sabemos todo y que siempre existe algo nuevo por aprender.

Eso también ocurre con la tecnología.

Hace apenas unos años la inteligencia artificial parecía una idea lejana. Hoy hace parte de conversaciones, trabajos, estudios y proyectos personales. Algunos la miran con miedo. Otros con curiosidad. Tal vez la diferencia entre unos y otros no esté en la tecnología misma, sino en la disposición para acercarse a ella.

Algo parecido sucedió con aquellos lobos.

Mientras unos permanecieron alejados, otros decidieron explorar.

No sabían exactamente qué encontrarían.

Solo dieron un paso.

Y pienso que esa es una de las lecciones más profundas que podemos aplicar en nuestra vida.

No siempre necesitamos tener todas las respuestas antes de comenzar.

A veces basta con dar el primer paso.

También me hace pensar en las relaciones humanas. Vivimos rodeados de personas, pero muchas veces levantamos barreras por miedo a ser rechazados, criticados o lastimados. Nos acostumbramos a protegernos tanto que terminamos aislándonos.

¿Y si acercarnos fuera precisamente lo que necesitamos?

No significa confiar ciegamente en todo el mundo.

Significa permitir que la vida nos sorprenda.

Las amistades más importantes de nuestra vida empezaron con una conversación sencilla. Los proyectos que más nos han marcado comenzaron con una idea pequeña. Incluso muchas oportunidades llegaron porque alguien decidió dar el primer paso.

La historia de los lobos también rompe otro mito: el cambio verdadero casi nunca ocurre por obligación. Cuando hacemos algo únicamente porque alguien nos presiona, el resultado suele durar poco. En cambio, cuando el cambio nace desde adentro, se convierte en parte de nuestra identidad.

Eso explica por qué las transformaciones más profundas no se pueden imponer.

Se inspiran.

Se construyen.

Se viven.

Mientras escribía estas líneas recordé varios artículos publicados en https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com, donde muchas reflexiones giran alrededor de la libertad interior y de cómo cada persona puede decidir el rumbo de su vida. Al final, esa decisión siempre termina siendo más poderosa que cualquier imposición externa.

Y creo que eso conecta perfectamente con esta historia.

Porque nadie obligó a esos lobos a cambiar.

Ellos encontraron razones para hacerlo.

Nosotros también necesitamos encontrar nuestras propias razones.

No las que otros esperan.

No las que las redes sociales nos venden.

No las que la sociedad considera exitosas.

Las nuestras.

Vivimos comparándonos constantemente. Queremos la vida del otro, el trabajo del otro, el cuerpo del otro o incluso la felicidad del otro. Pero cada proceso tiene su propio ritmo. La naturaleza nunca compara un árbol con otro. Cada uno florece cuando le corresponde.

Nosotros deberíamos aprender un poco más de eso.

Quizá hoy estés empezando una carrera.

Quizá estés emprendiendo.

Quizá estés reconstruyendo una relación.

Quizá simplemente estés intentando volver a creer en ti.

Sea cual sea tu situación, recuerda que ningún cambio importante sucede de un día para otro.

Todo comienza con pequeños actos repetidos.

Leer diez páginas.

Salir a caminar.

Pedir perdón.

Ahorrar un poco.

Aprender algo nuevo.

Escuchar más.

Quejarse menos.

Son acciones aparentemente insignificantes.

Pero también lo parecía aquel primer lobo que decidió acercarse a un campamento humano.

Nadie imaginaba que ese gesto terminaría dando origen a una de las relaciones más increíbles de la historia entre dos especies.

Tal vez nosotros tampoco imaginamos todo lo que puede cambiar una decisión tomada hoy.



En mi blog personal, https://juanmamoreno03.blogspot.com/, he compartido varias veces que las grandes transformaciones casi nunca llegan haciendo ruido. Llegan cuando decidimos mejorar un poco cada día, incluso cuando nadie nos está mirando.

Y esa idea sigue cobrando sentido cada vez que descubro historias como esta.

No sé si todos los detalles de la teoría científica terminarán confirmándose con absoluta certeza. La ciencia siempre sigue investigando, cuestionando y encontrando nuevas evidencias. Pero más allá del dato específico, la reflexión permanece.

La evolución no siempre ocurre porque alguien nos obliga.

Muchas veces ocurre porque decidimos acercarnos a una oportunidad diferente.

Quizá esa sea la invitación de este momento.

Acercarte a ese proyecto que has pospuesto.

Acercarte a esa persona con la que necesitas hablar.

Acercarte a ese sueño que llevas años aplazando.

Acercarte incluso a una mejor versión de ti mismo.

Porque la historia demuestra que un solo paso, repetido con paciencia durante el tiempo suficiente, puede cambiar completamente un destino.

Y tal vez, dentro de algunos años, mires hacia atrás y descubras que todo comenzó exactamente igual que con aquellos lobos.

Con una simple decisión de acercarte.

Gracias por llegar hasta aquí. Ojalá esta reflexión no se quede únicamente como una curiosidad científica, sino como un recordatorio de que los cambios más grandes empiezan cuando dejamos de esperar que el mundo cambie primero y nos atrevemos a dar nuestro propio paso.

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Juan Manuel Moreno Ocampo

"A veces la evolución no empieza cuando el mundo cambia, sino cuando tú decides dar el primer paso."

martes, 28 de julio de 2026

¿Cuánto vale un "acepto" cuando ya entregamos toda nuestra privacidad?


Hay una pregunta que me ronda la cabeza desde hace tiempo: ¿en qué momento dejamos de preocuparnos por quién sabe todo sobre nosotros? No hablo únicamente de los datos que escribimos al registrarnos en una aplicación. Hablo de nuestras rutinas, de los lugares que visitamos, de las personas con las que hablamos, de las horas en las que dormimos, de lo que compramos, de lo que pensamos y hasta de aquello que nos da miedo buscar en internet.

Lo más curioso es que muchas veces no sentimos que estamos perdiendo algo. Al contrario, creemos que estamos ganando comodidad. Un clic más rápido, una recomendación más precisa, un video que parece hecho para nosotros, una publicidad que casualmente muestra ese producto del que hablamos hace unas horas. Todo parece funcionar tan bien que olvidamos preguntarnos cuál fue el precio.

Hace unos días leía una reflexión sobre cómo muchos jóvenes no alcanzan a dimensionar que la pérdida de privacidad también significa perder libertad. Al principio pensé que era una afirmación exagerada. Después de todo, nacimos en una época donde compartir lo que hacemos parece completamente normal. Publicamos fotos, contamos dónde estamos, mostramos qué comemos, qué escuchamos y hasta cómo nos sentimos. Sin embargo, mientras más lo pensaba, más entendía que el problema no es compartir. El verdadero problema aparece cuando dejamos de ser conscientes de lo que estamos entregando.

Nuestra generación creció con internet en el bolsillo. Para muchos de nosotros, el celular fue casi una extensión de la mano desde muy pequeños. Aprendimos a hacer amigos en redes sociales, a estudiar mediante plataformas digitales y hasta a resolver problemas gracias a la inteligencia artificial. La tecnología ha abierto puertas increíbles y sería absurdo negar todo lo bueno que nos ha traído.

Pero también existe una realidad que pocas veces analizamos con calma.

Cada aplicación quiere conocer un poco más de nosotros. Cada plataforma busca que permanezcamos unos minutos adicionales. Cada algoritmo intenta descubrir qué nos emociona, qué nos hace enojar, qué nos mantiene atentos y qué puede convencernos de seguir deslizando el dedo por la pantalla.

Lo preocupante es que, cuando todo esto ocurre durante años, dejamos de notar que alguien está moldeando parte de nuestras decisiones.

No porque exista una conspiración, sino porque así funcionan muchos modelos digitales actuales.

A veces creemos que elegimos libremente el siguiente video, la siguiente noticia o el siguiente producto. Sin embargo, muchas de esas elecciones fueron preparadas por sistemas que ya conocen nuestros hábitos mejor de lo que nosotros mismos los conocemos.

Eso me hace pensar en algo que rara vez conversamos entre amigos.

¿Qué significa realmente ser libre?

Siempre imaginé la libertad como la posibilidad de decidir mi camino, expresar mis ideas y construir mi propio futuro. Pero hoy entiendo que también implica tener control sobre mi información, sobre mis datos y sobre la capacidad de decidir quién puede conocer aspectos de mi vida.

Porque cuando alguien sabe demasiado sobre nosotros, también puede influir demasiado sobre nosotros.

No hace falta llegar a escenarios extremos. Basta con observar cómo cambian nuestras emociones después de pasar horas consumiendo cierto tipo de contenido. Basta con notar cómo muchas opiniones parecen repetirse exactamente igual en miles de perfiles diferentes. Basta con ver cómo cada vez es más difícil desconectarnos sin sentir ansiedad.

Quizá la pérdida de privacidad no comienza cuando alguien roba nuestros datos.

Quizá empieza mucho antes.

Empieza cuando creemos que nada de eso importa.

Cuando pensamos: "yo no tengo nada que esconder".

Durante mucho tiempo esa frase me pareció lógica. Hoy ya no estoy tan seguro.

La privacidad nunca ha sido únicamente esconder secretos.

También significa conservar espacios donde podamos equivocarnos, cambiar de opinión, crecer y descubrir quiénes somos sin sentir que alguien está observando cada paso.

Todos necesitamos momentos donde simplemente podamos ser nosotros mismos.

Sin filtros.

Sin estadísticas.

Sin métricas.

Sin la presión constante de demostrar algo.

Y creo que eso se está volviendo cada vez más difícil.

No estoy diciendo que debamos abandonar las redes sociales ni regresar a una vida completamente desconectada. Sería poco realista. La tecnología seguirá formando parte de nuestro presente y de nuestro futuro.

Lo que sí creo es que necesitamos usarla con mayor conciencia.

Leer los permisos que aceptamos.

Pensar antes de compartir información personal.

Configurar adecuadamente nuestra privacidad.

Desconectarnos algunas horas del día.

Hablar más cara a cara.

Guardar ciertos momentos solo para nosotros.

Puede parecer insignificante, pero esas pequeñas decisiones siguen siendo una forma de ejercer nuestra libertad.

Mientras escribía esta reflexión recordé que muchas veces confundimos transparencia con exposición. No todo lo que vivimos necesita convertirse en contenido. No todo merece publicarse. Hay experiencias que adquieren más valor precisamente porque permanecen entre quienes las vivieron.

En un mundo donde todo parece medirse por visualizaciones, seguidores y reacciones, cuidar nuestra privacidad también puede convertirse en un acto de rebeldía.

No para escondernos.

Sino para recordar que nuestra identidad vale mucho más que los datos que generamos todos los días.

Quizá nunca podamos controlar por completo la información que circula sobre nosotros. Pero sí podemos decidir cuánto queremos entregar conscientemente.

Y esa diferencia cambia muchas cosas.

Porque la libertad no desaparece de un día para otro.

Se va perdiendo poco a poco, cada vez que dejamos de cuestionar aquello que aceptamos sin leer, compartimos sin pensar o normalizamos porque "todo el mundo lo hace".

Tal vez el verdadero reto para mi generación no sea aprender a usar más tecnología.

Tal vez el reto sea aprender a usarla sin permitir que ella termine decidiendo quiénes somos.

Si este tema despertó alguna reflexión en ti, también te recomiendo visitar https://juanmamoreno03.blogspot.com, donde encontrarás más artículos sobre tecnología, sociedad y crecimiento personal.

Al final, la privacidad no consiste en ocultar nuestra vida, sino en conservar el derecho de decidir qué parte de ella queremos compartir con el mundo.

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Juan Manuel Moreno Ocampo

"La libertad no siempre se pierde cuando alguien nos la quita; a veces comienza a desaparecer cuando dejamos de cuidar aquello que la protege."

lunes, 27 de julio de 2026

Jóvenes latinoamericanos: solidarios, escépticos y discriminados


¿Cómo se supone que debemos confiar en el futuro cuando muchas veces sentimos que quienes toman las decisiones ni siquiera comprenden el presente que estamos viviendo?

Ser joven en América Latina es cargar con una contradicción difícil de explicar. Por un lado, nos dicen que somos el futuro, que tenemos todas las herramientas para transformar el mundo y que nunca una generación había contado con tanto acceso a la información. Por otro lado, cuando opinamos, cuestionamos o proponemos algo diferente, muchas veces nos responden que todavía nos falta experiencia, que estamos exagerando o que no entendemos cómo funciona la vida real.

Entonces uno termina preguntándose: ¿en qué momento se supone que nuestra voz comienza a valer?

Hace algunos años encontré un artículo de EL TIEMPO titulado “Jóvenes latinoamericanos: solidarios, escépticos y discriminados”, basado en una encuesta realizada en once países de la región:

https://www.eltiempo.com/vida/educacion/los-jovenes-latinoamericanos-son-solidarios-escepticos-y-discriminados-357360

Aunque fue publicado en 2019, la descripción todavía resulta incómodamente cercana. Tal vez han cambiado las plataformas que usamos, las conversaciones que dominan las redes y algunas de nuestras preocupaciones, pero la sensación de fondo sigue presente: somos una generación que quiere ayudar, que duda de las instituciones y que, al mismo tiempo, se siente excluida por ellas.

Y no creo que eso sea una casualidad.

Los jóvenes latinoamericanos hemos crecido viendo promesas que se repiten y problemas que permanecen. Hemos escuchado discursos sobre igualdad mientras conocemos personas que deben abandonar sus estudios para trabajar. Hemos oído hablar de oportunidades mientras muchos envían hojas de vida durante meses sin recibir una respuesta. Nos hablan de participación, pero en ciertos espacios juveniles parece que solo somos invitados para completar una fotografía.

Nos piden que confiemos, aunque muchas veces las instituciones no hacen lo suficiente para merecer esa confianza.

Quizás por eso somos escépticos.

Pero ser escéptico no significa que no nos importe nada. Tampoco significa que todos los jóvenes seamos indiferentes, negativos o enemigos de la política. En muchos casos, significa que aprendimos a desconfiar de las palabras cuando no vienen acompañadas de acciones.

Una promesa ya no nos impresiona tanto. Un discurso perfectamente preparado tampoco. Queremos coherencia, resultados y personas capaces de reconocer sus errores. Queremos líderes que conozcan las calles que dicen representar, que escuchen antes de responder y que comprendan que gobernar no consiste únicamente en aparecer durante una campaña electoral.

Sin embargo, hay algo curioso: mientras disminuye nuestra confianza en numerosas instituciones, nuestra sensibilidad frente a los problemas de otras personas parece crecer.

Lo vemos cuando sucede una tragedia y cientos de jóvenes organizan donaciones. Lo vemos en quienes crean campañas para proteger animales, defender el medioambiente, acompañar comunidades o recoger alimentos. Lo vemos en estudiantes que prestan sus conocimientos, diseñadores que ofrecen su talento, programadores que desarrollan herramientas y personas que utilizan sus redes para amplificar voces que antes quedaban ocultas.

No siempre tenemos dinero, contactos o poder. Aun así, encontramos alguna manera de ayudar.

Tal vez esa solidaridad nace de saber lo que significa sentirse ignorado. Cuando una persona ha experimentado el rechazo, la falta de oportunidades o la sensación de no encajar, puede desarrollar una sensibilidad especial hacia el dolor de los demás. No ocurre automáticamente, claro. El sufrimiento también puede volvernos duros. Pero en muchos jóvenes despierta una pregunta sencilla: “¿Qué puedo hacer yo para que otra persona no tenga que pasar por esto sola?”.

Esa pregunta tiene una fuerza enorme.

A veces pensamos que cambiar el mundo exige hacer algo gigantesco. Imaginamos fundaciones, movimientos masivos o discursos frente a miles de personas. Pero la solidaridad suele comenzar en lugares mucho más pequeños: escuchar a un amigo, compartir una oportunidad laboral, explicarle una tarea a alguien, respetar a quien piensa distinto, acompañar a una persona que se siente excluida o dejar de participar en una burla para no quedar bien con el grupo.

Son gestos pequeños, pero no insignificantes.

El problema aparece cuando nuestra solidaridad se queda únicamente en internet.

Las redes sociales nos permiten conocer realidades que antes permanecían lejos de nuestra mirada. Podemos enterarnos de una injusticia en otro país, apoyar una causa o escuchar el testimonio de alguien con una vida completamente distinta a la nuestra. Eso ha ampliado nuestra conciencia y ha hecho que muchas conversaciones necesarias lleguen a millones de personas.

Pero también existe el riesgo de confundir compartir una publicación con transformar una realidad.

Es fácil indignarse durante treinta segundos, publicar una historia y continuar deslizando la pantalla. Es fácil defender el respeto en público mientras maltratamos a alguien en privado. Es fácil colocar una frase sobre empatía y después burlarnos de la apariencia, el acento, la orientación, la religión, el origen o la condición económica de otra persona.

Nuestra generación tiene un discurso muy fuerte sobre la igualdad, pero todavía debe aprender a vivir esa igualdad en los espacios cotidianos.

Porque la discriminación no siempre aparece como una agresión evidente. A veces se esconde detrás de un chiste. Otras veces toma la forma de una mirada, un comentario aparentemente inocente, una oportunidad que nunca llega o un grupo que decide quién merece ser escuchado.

Muchos jóvenes han sido discriminados dentro de los mismos lugares que deberían protegerlos: colegios, universidades, familias, empresas y comunidades religiosas. Algunos han sentido que su origen social los convierte en menos capaces. Otros han tenido que modificar su manera de hablar para ser aceptados. También están quienes sienten que su apariencia determina cómo los tratan antes de que puedan demostrar quiénes son.

En América Latina nos gusta hablar de nuestra alegría, nuestra diversidad y nuestra capacidad para recibir a los demás. Y sí, tenemos una cultura profundamente cálida. Pero no podemos usar esa imagen para negar nuestros prejuicios.

Seguimos clasificando a las personas.

Por el barrio donde viven. Por la ropa que utilizan. Por el color de su piel. Por el colegio en el que estudiaron. Por su apellido. Por su forma de hablar. Por tener demasiado o por no tener suficiente. Incluso discriminamos a quienes no cumplen con una idea determinada de éxito.

A un joven que no estudia una carrera universitaria se le puede tratar como si no tuviera ambiciones. A quien trabaja en un oficio manual se le mira algunas veces con injusta superioridad. A quien todavía no sabe qué hacer con su vida se le presiona como si estar confundido fuera una falla moral.

Y la verdad es que casi todos estamos confundidos en algún momento.

Tenemos acceso a una cantidad absurda de información, pero eso no significa que tengamos claridad. Podemos comparar carreras, empleos, estilos de vida y caminos profesionales durante horas, pero terminar más perdidos que antes. Vemos personas de nuestra edad aparentemente exitosas y sentimos que estamos llegando tarde a una meta que ni siquiera elegimos conscientemente.

Las redes nos muestran logros sin mostrarnos siempre los procesos. Nos enseñan viajes, títulos, emprendimientos y celebraciones, pero pocas veces vemos las dudas, las deudas, los rechazos, las discusiones familiares o las noches en las que alguien pensó que no era suficiente.

Entonces aparece otra forma de discriminación: la que ejercemos contra nosotros mismos.

Nos tratamos con una dureza que jamás utilizaríamos con alguien que amamos. Nos comparamos con personas que viven realidades completamente diferentes. Sentimos vergüenza de avanzar lentamente. Pensamos que pedir ayuda es demostrar debilidad y que descansar es desperdiciar el tiempo.

Tal vez por eso una parte de la juventud se siente agotada aun antes de comenzar plenamente su vida adulta.

No somos flojos por preocuparnos por nuestra salud emocional. Tampoco somos débiles por cuestionar modelos de vida que hicieron daño a generaciones anteriores. Sin embargo, debemos cuidar que la búsqueda de bienestar no se convierta en una excusa para evitar toda incomodidad. Crecer también exige responsabilidad, disciplina y la capacidad de mantener ciertos compromisos cuando desaparece la motivación.

Esa es otra de nuestras contradicciones: queremos cambiar el mundo, pero algunas veces nos cuesta ordenar nuestra propia habitación interior.

Nos indignamos por los grandes problemas sociales, pero podemos evitar una conversación incómoda con alguien cercano. Exigimos honestidad a los gobiernos, pero no siempre somos sinceros con nosotros mismos. Defendemos la inclusión, aunque a veces solo escuchamos a quienes piensan igual.

Reconocer estas contradicciones no significa atacar a la juventud. Significa tomarnos en serio.

No somos una generación perfecta, ni tenemos por qué serlo. Somos jóvenes intentando comprender una época acelerada, ruidosa y llena de incertidumbres. Una época en la que la inteligencia artificial transforma trabajos, la información falsa compite con los hechos y las redes convierten cualquier error en una sentencia pública.

También vivimos en una región donde el lugar de nacimiento todavía influye demasiado en las oportunidades. No empieza la misma carrera quien cuenta con estabilidad económica, conexiones y educación de calidad que quien debe trabajar, cuidar a su familia y estudiar al mismo tiempo.

Decir que todos podemos alcanzar lo que soñamos suena bonito, pero puede ser cruel cuando ignora las desigualdades reales.

El esfuerzo importa. La disciplina importa. Las decisiones personales importan. Sin embargo, las condiciones también importan. No todo resultado es únicamente mérito individual, así como no toda dificultad es culpa de quien la enfrenta.

Comprenderlo debería hacernos más humildes.

Quien ha tenido oportunidades puede utilizarlas para abrir puertas, no para mirar desde arriba. Y quien ha enfrentado obstáculos no debería sentirse menos valioso por avanzar a otro ritmo.

En esa conciencia puede encontrarse una de las mayores fortalezas de la juventud latinoamericana. Sabemos que el mundo no es justo, pero todavía conservamos el deseo de hacerlo un poco más justo. Dudamos de las instituciones, pero seguimos organizándonos. Hemos vivido discriminación, pero queremos construir espacios donde otras personas puedan sentirse reconocidas.

Incluso nuestra relación con la espiritualidad refleja esa búsqueda.

Muchos jóvenes ya no aceptan una creencia solamente porque fue heredada. Preguntan, dudan y se alejan de instituciones cuando encuentran incoherencia. Eso puede interpretarse como falta de fe, pero también puede ser una búsqueda más profunda.

La espiritualidad no debería limitarse a repetir palabras. Debe notarse en la forma en que tratamos a las personas, especialmente a aquellas que no pueden ofrecernos nada a cambio. Creer en ese ser supremo en el cual confiamos tendría que volvernos más compasivos, no más arrogantes; más dispuestos a escuchar, no más rápidos para condenar.

Una fe que no produce humanidad corre el riesgo de convertirse solamente en apariencia.

En https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com se encuentra precisamente esa invitación a pensar la relación con lo trascendente desde la vida diaria. No desde la perfección, sino desde las preguntas, los aprendizajes y la necesidad de confiar cuando no tenemos todas las respuestas.

Yo tampoco tengo todas las respuestas.

No sé si nuestra generación será capaz de cambiar verdaderamente América Latina. Tampoco sé si la tecnología nos acercará más o terminará encerrándonos en espacios donde únicamente escuchamos nuestra propia opinión. No sé si lograremos recuperar la confianza en la democracia, en la educación, en las empresas, en los medios o en las comunidades religiosas.

Pero sí creo que existe algo valioso en nuestra inconformidad.

La inconformidad puede convertirse en resentimiento, pero también puede transformarse en acción. El escepticismo puede llevarnos a pensar que nada tiene sentido, aunque también puede impulsarnos a investigar, cuestionar y exigir mejores respuestas. El dolor de la discriminación puede aislarnos, pero igualmente puede enseñarnos a reconocer a quienes han sido dejados a un lado.

Todo depende de lo que hagamos con lo vivido.

No basta con decir que somos solidarios. Debemos practicar la solidaridad cuando no hay cámaras ni publicaciones. No basta con desconfiar del poder. También tenemos que prepararnos para ejercerlo con responsabilidad cuando llegue nuestro turno. No basta con denunciar la discriminación. Necesitamos revisar los prejuicios que permanecen dentro de nosotros.

Quizás el gran reto de nuestra generación sea aprender a construir sin repetir aquello que criticamos.

Necesitamos convertir las conversaciones en proyectos, las quejas en propuestas y la sensibilidad en compromiso. También necesitamos recuperar el valor de encontrarnos cara a cara, de escuchar sin preparar inmediatamente una respuesta y de comprender que una persona no es nuestra enemiga solo porque piensa diferente.

El futuro de América Latina no se construirá únicamente desde un teléfono, pero tampoco puede construirse ignorando la tecnología. No surgirá solo de la política tradicional, aunque tampoco será posible sin participación política. No dependerá exclusivamente de los jóvenes, pero será imposible si nuestra voz continúa siendo utilizada como decoración.

Somos solidarios porque conocemos la necesidad.

Somos escépticos porque hemos visto demasiadas contradicciones.

Y muchas veces nos sentimos discriminados porque todavía existen estructuras que deciden quién merece una oportunidad antes de conocer su historia.

Pero ninguna de esas palabras tiene que definir nuestro destino para siempre.

Podemos convertir la solidaridad en comunidad, el escepticismo en pensamiento crítico y la experiencia de la discriminación en una defensa firme de la dignidad humana.

No será inmediato. No será perfecto. Seguramente cometeremos errores y en ocasiones terminaremos pareciéndonos a aquello que juramos cambiar. Por eso necesitamos mantener viva la capacidad de revisarnos, pedir perdón y volver a empezar.

Ser joven no significa tener todas las respuestas. Tal vez significa conservar el valor de hacer preguntas que otros dejaron de hacerse.

Y mientras sigamos preguntándonos cómo construir una sociedad en la que todos puedan vivir con dignidad, todavía habrá esperanza.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

Tal vez nuestra generación no recibió un mundo fácil, pero todavía puede decidir no entregarles a los que vienen uno más indiferente.

domingo, 26 de julio de 2026

¿Y si el mejor regalo que una sociedad puede dar a un joven no es un discurso motivacional, sino una verdadera oportunidad?


Hay ideas que, apenas las escuchamos, parecen imposibles. No porque sean absurdas, sino porque nos hemos acostumbrado tanto a la realidad que cualquier propuesta diferente nos parece una fantasía. Eso fue exactamente lo que sentí cuando leí que el economista francés Thomas Piketty propone que cada joven reciba alrededor de US$132.200 al cumplir los 25 años, financiados mediante impuestos a las grandes fortunas y a las herencias multimillonarias.

Mi primera reacción fue de sorpresa. La segunda, de curiosidad. Y la tercera fue hacerme una pregunta mucho más profunda: ¿qué haría yo si hubiera tenido ese respaldo económico al comenzar mi vida adulta?

No creo que la respuesta sea la misma para todos. Algunos invertirían en un negocio. Otros pagarían una carrera universitaria. Algunos viajarían para conocer el mundo. Otros ayudarían a sus padres a salir de las deudas. Incluso habría quienes simplemente buscarían comprar una vivienda o comenzar una nueva etapa sin el peso de las obligaciones financieras que hoy acompañan a millones de jóvenes.

Más allá de la cifra, la propuesta de Piketty pone sobre la mesa un debate que muchas veces evitamos: el punto de partida no es igual para todos.

Vivimos en una sociedad donde solemos repetir que cualquiera puede salir adelante con esfuerzo. Y sí, el esfuerzo importa. El trabajo constante, la disciplina y la perseverancia hacen la diferencia. Sin embargo, también sería ingenuo pensar que todos comenzamos la carrera desde la misma línea de salida.

Hay jóvenes que heredan empresas, propiedades y patrimonio. Otros heredan deudas, responsabilidades familiares y pocas oportunidades. Ninguno eligió dónde nacer. Ninguno decidió cuál sería la situación económica de su hogar. Sin embargo, esa diferencia termina marcando gran parte del camino.

Eso no significa que el destino esté escrito. Significa que algunos deben recorrer un trayecto mucho más largo para llegar al mismo lugar.

Piketty lleva años estudiando la desigualdad económica. Su propuesta no pretende regalar dinero por regalarlo. Lo que plantea es que exista un capital inicial que permita a las nuevas generaciones tomar decisiones con mayor libertad. Según su visión, muchas personas no fracasan por falta de talento, sino porque nunca tuvieron la oportunidad de desarrollar ese talento.

Y esa idea merece una reflexión.

¿Cuántos emprendedores nunca iniciaron su proyecto porque no consiguieron financiación?

¿Cuántos artistas abandonaron su sueño porque debían trabajar para sobrevivir?

¿Cuántos estudiantes dejaron la universidad porque el costo era demasiado alto?

¿Cuántos jóvenes aceptan empleos que no disfrutan únicamente porque no tienen otra alternativa?

No se trata únicamente de dinero. Se trata de posibilidades.

Claro que la propuesta genera preguntas importantes. ¿Cómo se financiaría? ¿Qué impacto tendría sobre la economía? ¿Sería sostenible? ¿Podría generar inflación? ¿Qué impediría que algunas personas gastaran esos recursos irresponsablemente?

Son cuestionamientos completamente válidos.

Pero también es cierto que muchas de las políticas públicas que hoy consideramos normales alguna vez parecieron imposibles. La educación pública, la seguridad social, la reducción de las jornadas laborales e incluso muchos derechos laborales fueron vistos, en su momento, como ideas demasiado ambiciosas.

Eso no significa que toda propuesta radical sea correcta. Significa que vale la pena discutirlas antes de descartarlas.

Personalmente, más que quedarme pensando en la cifra de US$132.200, prefiero concentrarme en el mensaje que hay detrás de ella.

¿Qué tipo de sociedad queremos construir?

Una donde el lugar de nacimiento determine casi por completo el futuro de una persona, o una donde existan herramientas reales para que cada individuo pueda desarrollar su potencial.

Vivimos una época donde se habla constantemente de meritocracia. Me gusta creer en el mérito. Creo en el trabajo bien hecho. Creo en levantarse después de caer. Creo en la disciplina. Pero también creo que el mérito necesita oportunidades para florecer.

Una semilla extraordinaria no crecerá si nunca encuentra tierra fértil.

Lo mismo ocurre con las personas.

Como joven colombiano, he conocido historias de personas que comenzaron prácticamente desde cero y lograron construir una vida admirable. También he conocido historias de jóvenes brillantes que jamás pudieron demostrar todo lo que eran capaces de hacer porque las circunstancias terminaron imponiéndose.

Eso duele.

Y debería hacernos reflexionar.

No porque debamos esperar que el Estado resuelva todos nuestros problemas, sino porque una sociedad inteligente entiende que invertir en las nuevas generaciones no es un gasto: es una apuesta por el futuro.

Cuando un joven estudia, emprende, crea empleo o desarrolla nuevas soluciones, el beneficio no termina en esa persona. Toda la comunidad recibe el impacto.

Quizá por eso debates como el que propone Thomas Piketty son tan importantes. No porque obligatoriamente deban convertirse en política pública, sino porque nos recuerdan que siempre existen alternativas para pensar un mundo diferente.

En varias ocasiones he compartido reflexiones sobre cómo las grandes transformaciones comienzan con preguntas incómodas. En ese sentido, algunos artículos publicados en https://escritossabatinos.blogspot.com y varias reflexiones de https://juanmamoreno03.blogspot.com muestran precisamente esa invitación permanente a cuestionar aquello que damos por sentado y a construir conversaciones que trasciendan las noticias del día.

Al final, quizá la verdadera riqueza de esta propuesta no esté en el dinero, sino en la conversación que provoca.

Nos obliga a preguntarnos qué significa realmente la igualdad de oportunidades.

Nos invita a pensar si estamos formando una sociedad donde el talento pueda desarrollarse sin importar el apellido, el barrio o la cuenta bancaria.

Y también nos recuerda que el progreso no consiste únicamente en hacer crecer la economía, sino en permitir que más personas puedan construir un proyecto de vida digno.

No tengo una respuesta definitiva sobre si la propuesta de Piketty funcionaría exactamente como él la plantea. Seguramente requeriría ajustes, análisis técnicos y un enorme consenso político.

Pero sí tengo una certeza.

Nunca deberíamos dejar de imaginar formas de construir un mundo más justo.

Porque las sociedades cambian cuando alguien se atreve a cuestionar lo que parecía imposible.

Y quizá ese sea el verdadero valor de esta discusión: recordarnos que el futuro todavía puede escribirse de una manera diferente.

Gracias por llegar hasta aquí. Si esta reflexión despertó nuevas preguntas en ti, ya habrá cumplido su propósito.

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Juan Manuel Moreno Ocampo

"Las oportunidades no reemplazan el esfuerzo, pero sí pueden cambiar el lugar desde donde comienza cada historia."

sábado, 25 de julio de 2026

¿Y si el mayor riesgo para el planeta no fuera el cambio climático, sino nuestra indiferencia?


Hay días en los que pareciera que el mundo se está acostumbrando a vivir con malas noticias. Encendemos el celular y encontramos una nueva guerra, una crisis económica, incendios forestales, avances de la inteligencia artificial que generan incertidumbre, enfermedades que vuelven a aparecer o fenómenos naturales cada vez más extremos. Lo vemos, hacemos un comentario, compartimos un meme y seguimos con nuestra rutina. Como si el futuro fuera un problema de alguien más.

Hace poco leí un análisis sobre los principales riesgos que enfrentará el planeta de aquí al año 2033. No fue una lectura que diera tranquilidad. Al contrario, me hizo pensar en algo que muchas veces olvidamos: el futuro no llega de un día para otro. El futuro se construye con las pequeñas decisiones que tomamos hoy.

Tengo apenas unos años recorriendo este mundo, pero he aprendido que las grandes transformaciones casi nunca comienzan con un estruendo. Empiezan en silencio. Así ocurrió con muchas crisis de la historia. Nadie creyó que crecerían tanto hasta que ya era demasiado tarde. Por eso me pregunto si hoy estaremos viviendo exactamente ese momento sin darnos cuenta.

Cuando se habla de cambio climático, muchas personas creen que el problema consiste únicamente en temperaturas más altas. Sin embargo, detrás de esa expresión existen millones de historias humanas. Agricultores que ya no pueden sembrar como antes. Familias que pierden sus hogares por inundaciones. Regiones enteras donde conseguir agua se convierte en un desafío diario.

Lo preocupante no es solamente que la naturaleza esté cambiando. Lo preocupante es que seguimos creyendo que siempre habrá tiempo para reaccionar.

Algo parecido ocurre con la economía mundial. Basta con observar cómo una decisión tomada en un país termina afectando el precio de los alimentos, el empleo o el costo de vida en lugares que parecen estar muy lejos. Vivimos en un planeta profundamente conectado. Ya no existen problemas completamente aislados.

Esa misma conexión también tiene otra cara. Nunca antes habíamos tenido tanta información disponible y, paradójicamente, nunca había sido tan fácil desinformar. La inteligencia artificial, las redes sociales y la automatización representan oportunidades extraordinarias para mejorar nuestra calidad de vida, pero también nos obligan a preguntarnos qué tipo de humanidad queremos construir.

La tecnología no es buena ni mala por sí sola. Todo depende de las manos que la utilicen.

A veces pienso que nuestra generación tiene un privilegio enorme y, al mismo tiempo, una responsabilidad gigantesca. Somos testigos del nacimiento de herramientas capaces de transformar la educación, la medicina, la ciencia y la productividad. Pero también somos responsables de impedir que esas mismas herramientas se conviertan en instrumentos para manipular, dividir o reemplazar aquello que nos hace verdaderamente humanos.

Otro de los riesgos que suele aparecer en los análisis internacionales es el aumento de los conflictos geopolíticos. Aunque muchas personas consideran que las guerras ocurren lejos de nosotros, la realidad demuestra que ningún país permanece completamente aislado de sus consecuencias. Los mercados cambian, las migraciones aumentan, la incertidumbre económica crece y la confianza entre las naciones disminuye.

Sin embargo, creo que el mayor peligro no está únicamente en los conflictos armados. Está en perder la capacidad de dialogar.

Vivimos en una época donde resulta más sencillo cancelar a alguien que escucharlo. Más fácil atacar que comprender. Más cómodo responder con rabia que con argumentos. Poco a poco vamos construyendo una sociedad donde todos quieren hablar, pero cada vez menos personas están dispuestas a escuchar.

Quizá por eso los riesgos del futuro no son únicamente ambientales, económicos o tecnológicos. También son profundamente humanos.

Otro aspecto que me hace reflexionar tiene que ver con la salud. La pandemia nos dejó muchas lecciones, aunque algunas parecen haberse olvidado demasiado rápido. Descubrimos que el planeta entero podía detenerse en cuestión de semanas. Aprendimos que la ciencia necesita apoyo constante y que la cooperación internacional puede salvar millones de vidas. Pero también vimos cómo el miedo, la desinformación y la polarización pueden expandirse tan rápido como cualquier virus.

¿Realmente aprendimos lo suficiente?

Me gustaría responder que sí. Pero cuando observo muchas discusiones actuales, siento que todavía tenemos un largo camino por recorrer.

También pienso en algo mucho más cotidiano: nuestra relación con el consumo. Nos acostumbramos a comprar más de lo que necesitamos, cambiar dispositivos que aún funcionan y producir residuos que alguien tendrá que gestionar durante décadas. Muchas veces culpamos exclusivamente a los gobiernos o a las grandes empresas, olvidando que nuestras decisiones diarias también tienen un impacto.

No se trata de vivir con culpa. Se trata de vivir con conciencia.

Mi familia siempre me enseñó que el respeto comienza por las pequeñas acciones. Saludar, cuidar lo que tenemos, cumplir la palabra, agradecer y pensar en los demás. Con el paso del tiempo entendí que esos principios también aplican para el planeta. Cuidar el agua, reducir el desperdicio, consumir responsablemente y apoyar iniciativas sostenibles no resolverán por sí solos los problemas globales, pero sí ayudan a construir una cultura diferente.

Y toda transformación cultural comienza con personas comunes.

Hay algo que también me preocupa profundamente: estamos perdiendo la capacidad de detenernos a reflexionar. Todo sucede demasiado rápido. Las tendencias duran horas. Las noticias cambian cada minuto. Las conversaciones son reemplazadas por notificaciones constantes. En medio de esa velocidad resulta difícil pensar con profundidad sobre el tipo de sociedad que queremos dejar a quienes vendrán después.

Quizá por eso valoro tanto los espacios donde todavía es posible escribir, leer y compartir ideas sin la presión de obtener miles de "me gusta". En mi propio proceso he descubierto que escribir no consiste únicamente en comunicar. También significa ordenar pensamientos, reconocer errores y encontrar nuevas preguntas.

En más de una ocasión he compartido reflexiones similares en https://juanmamoreno03.blogspot.com porque creo que detenernos unos minutos para pensar puede cambiar mucho más de lo que imaginamos. No siempre encontraremos respuestas definitivas, pero sí la oportunidad de comprender mejor nuestro papel en este mundo.

Tampoco podemos olvidar que la esperanza no es un sentimiento pasivo. Esperar no significa cruzarse de brazos mientras otros solucionan los problemas. Esperar significa trabajar para que las posibilidades de un futuro mejor aumenten.

Muchas personas ven los informes internacionales sobre riesgos globales como simples estadísticas. Yo prefiero verlos como advertencias. No porque el desastre sea inevitable, sino porque todavía existe margen para actuar.

Cada innovación responsable, cada decisión ética, cada proyecto ambiental, cada emprendimiento sostenible, cada profesor que inspira, cada padre que educa con valores y cada joven que decide involucrarse representan pequeñas victorias frente a esos riesgos que amenazan el futuro.

Quizá nunca podamos eliminar completamente la incertidumbre. La historia demuestra que siempre existirán nuevos desafíos. Pero sí podemos decidir cómo responder frente a ellos.

No quiero llegar al año 2033 pensando que todo estaba anunciado y que simplemente observamos cómo ocurría. Prefiero equivocarme intentando aportar algo, por pequeño que sea, antes que convertirme en un espectador permanente de los problemas del mundo.

Al final comprendí que los grandes riesgos del planeta no comienzan únicamente con fenómenos naturales o conflictos internacionales. Comienzan cuando dejamos de creer que nuestras acciones importan.

Y justamente ahí está la buena noticia.

Si las decisiones individuales pueden contribuir a empeorar el mundo, también pueden ayudar a transformarlo.

El futuro todavía no está escrito. Cada conversación responsable, cada acto de solidaridad, cada avance científico utilizado con ética y cada persona que decide actuar con conciencia representan una página nueva en esa historia que todos estamos escribiendo.

Ojalá dentro de algunos años podamos mirar atrás y decir que esta generación no fue recordada únicamente por las crisis que enfrentó, sino por el valor que tuvo para cambiar el rumbo cuando todavía era posible.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

"El futuro nunca pertenece a quienes esperan el momento perfecto, sino a quienes deciden empezar a construirlo desde hoy."

viernes, 24 de julio de 2026

El día en que Colombia mire sus montañas y ya no encuentre nieve

 


¿Qué se siente perder algo que siempre creímos eterno?

Pienso en esa pregunta cuando veo las fotografías antiguas de los nevados de Colombia. Montañas cubiertas por una cantidad de hielo que hoy parece imposible, casi como si esas imágenes pertenecieran a otro país o a otro planeta. Durante años crecimos escuchando nombres como el Nevado del Ruiz, la Sierra Nevada de Santa Marta, el Nevado del Tolima, el Santa Isabel o la Sierra Nevada del Cocuy. Los aprendimos en el colegio, los vimos dibujados en los mapas y los reconocimos como parte del paisaje nacional. Estaban ahí, elevados, blancos, silenciosos. Parecían invencibles.

Pero no lo eran.

Hoy el hielo que permanece en las montañas colombianas representa menos de una décima parte del que existía a mediados del siglo XIX. El Ideam calcula que el país pasó de aproximadamente 347,9 kilómetros cuadrados de superficie glaciar a solo 30,83 kilómetros cuadrados en 2024. Eso significa que Colombia ha perdido cerca del 91 % de sus glaciares. No es una posibilidad futura ni una amenaza lejana: es algo que ya ocurrió delante de nosotros, aunque muchas veces no lo hayamos visto.

Confieso que estas cifras me producen una mezcla extraña de tristeza, miedo y culpa. Tristeza porque estamos viendo desaparecer una parte de nuestra identidad. Miedo porque uno entiende que el planeta está cambiando más rápido de lo que nos gustaría aceptar. Y culpa porque, aunque no todos tengamos la misma responsabilidad, casi todos participamos de alguna manera en un estilo de vida que exige producir, comprar, transportar, desechar y consumir como si los recursos fueran infinitos.

A veces hablamos del cambio climático como si fuera un capítulo aburrido de un libro de ciencias. Escuchamos palabras como emisiones, calentamiento, variabilidad climática o pérdida de biodiversidad, y terminamos desconectándonos. Tal vez es una forma de protegernos. Las cifras pueden ser tan grandes que dejan de sentirse humanas. Sin embargo, detrás de cada número hay algo real: una corriente de agua que cambia, una especie que pierde su hogar, una comunidad que debe adaptarse, una montaña que deja de ser como la conocieron nuestros abuelos.

Los glaciares no son simples adornos blancos ubicados en la parte más alta del paisaje. Son archivos naturales que guardan información sobre el clima, regulan dinámicas de los ecosistemas de montaña y alimentan corrientes de agua, especialmente durante temporadas secas. Su desaparición altera relaciones construidas durante siglos entre el hielo, el páramo, los humedales, los ríos, los animales y las personas. El área glaciar del país continúa disminuyendo a un ritmo estimado de entre el 3 % y el 5 % anual, aunque la pérdida puede variar según cada montaña y las condiciones climáticas de cada periodo.

Quizás alguien pueda pensar: “Pero yo vivo lejos de un nevado, eso no me afecta”. Yo también he caído en esa forma de pensar. Nos acostumbramos a creer que un problema solo nos pertenece cuando llega hasta nuestra puerta. Si el río no se ha secado en nuestro municipio, si todavía sale agua de la llave o si el calor puede resolverse encendiendo un ventilador, sentimos que aún hay tiempo.

El problema es que la naturaleza no funciona según las divisiones que inventamos los seres humanos. A ella no le importan los límites entre departamentos, los periodos presidenciales, las discusiones en redes sociales ni nuestras excusas. Todo está conectado. Lo que ocurre en una montaña influye en los ecosistemas que la rodean. Lo que pasa en los páramos se refleja en el agua. Lo que sucede con los bosques afecta la temperatura, los suelos y las lluvias. Nosotros hacemos parte de esa red, aunque algunas veces vivamos como si estuviéramos por encima de ella.

Me cuesta aceptar la frase “los glaciares colombianos están condenados a desaparecer”. Suena definitiva. Suena como una sentencia frente a la cual no queda nada por hacer. Y en cierto sentido contiene una verdad dolorosa: una parte del daño acumulado ya no puede revertirse en escalas de tiempo humanas. Incluso si mañana redujéramos drásticamente las emisiones, el hielo no reaparecería de inmediato. Algunas transformaciones seguirían avanzando debido al calor acumulado y a la fragilidad actual de los pequeños cuerpos glaciares.

El Nevado Santa Isabel es uno de los ejemplos más dolorosos. Por su tamaño reducido, su altitud y otras condiciones ambientales, ha sido señalado durante años como el glaciar colombiano más próximo a desaparecer. Parques Nacionales lo describe como una señal contundente del cambio climático y como una oportunidad para crear conciencia sobre la importancia de los ecosistemas de alta montaña.

Sin embargo, que una pérdida sea irreversible no significa que todas las pérdidas futuras también lo sean.

Esa diferencia es fundamental.

No podemos recuperar con una frase motivacional el hielo que ya se derritió. Tampoco podemos fingir que separar residuos en casa resolverá por sí solo un problema global alimentado por sistemas económicos, energéticos y políticos enormes. Sería ingenuo. Pero también sería peligroso convertir la gravedad del problema en una excusa para la indiferencia.

Entre creer que una sola persona puede salvar el planeta y pensar que ninguna acción sirve existe un espacio más honesto: comprender que nuestras decisiones individuales importan, pero deben estar acompañadas por decisiones colectivas, empresariales y gubernamentales mucho más profundas.

Podemos revisar lo que consumimos, reducir el desperdicio, cuidar el agua, utilizar con mayor conciencia la energía y apoyar proyectos ambientales responsables. Pero también necesitamos exigir políticas públicas serias, vigilancia sobre la deforestación, protección real de los páramos, transición energética justa, investigación científica constante y educación ambiental que no se limite a una cartelera escolar realizada una vez al año.

Necesitamos dejar de tratar el medioambiente como un asunto secundario que se menciona durante las campañas y luego se olvida cuando aparecen otros intereses.

También debemos aprender a escuchar a quienes habitan los territorios. Las comunidades campesinas e indígenas no pueden ser vistas como obstáculos ni como elementos decorativos para fotografías institucionales. Muchas de ellas conocen los ciclos de las montañas, las fuentes de agua y las transformaciones del paisaje con una profundidad que no siempre cabe en una tabla estadística. Proteger un ecosistema sin respetar a las personas que históricamente han convivido con él es una contradicción.

Me pregunto cómo les explicaremos esta pérdida a quienes nazcan dentro de treinta o cuarenta años.

Tal vez mirarán las imágenes de nuestros nevados de la misma manera en que hoy observamos fotografías de animales extintos. Preguntarán si de verdad existieron montañas blancas en un país tropical. Nos preguntarán cuándo supimos que estaban desapareciendo.

Y tendremos que admitir que lo sabíamos.

Eso es lo que más pesa.

No podremos decir que ocurrió de repente. Los científicos llevan décadas midiendo el retroceso del hielo. Las fotografías comparativas lo muestran. Las expediciones lo confirman. Los informes lo repiten. En abril de 2025, el Ideam declaró extinto el glaciar Cerros de la Plaza, en la Sierra Nevada del Cocuy. Su desaparición no fue una metáfora: fue la constatación oficial de que una masa de hielo que había sobrevivido durante muchísimo tiempo dejó de cumplir las condiciones para ser considerada glaciar.

Una parte de la memoria natural del país se borró mientras nosotros continuábamos con nuestra rutina.

Tal vez por eso debemos aprender a mirar de nuevo. No únicamente mirar una montaña para tomarle una fotografía, sino entenderla. No visitar un parque natural como quien entra a un escenario construido para entretenernos, sino como quien llega a un territorio vivo que merece respeto. No pensar en el agua solamente cuando escasea, sino cada vez que abrimos la llave.

La conciencia ambiental no debería nacer exclusivamente del miedo. También puede nacer del amor. Uno cuida de verdad aquello con lo que siente una relación. Cuando comprendemos que el agua de un vaso tiene una historia, que un bosque sostiene vidas que ni siquiera conocemos y que una montaña influye en lugares ubicados a muchos kilómetros, dejamos de ver la naturaleza como una bodega de recursos.

Empezamos a verla como hogar.

En el fondo, esta crisis también es espiritual. No necesariamente porque pertenezca a una religión determinada, sino porque nos obliga a preguntarnos cuál creemos que es nuestro lugar en el mundo. ¿Somos dueños de todo lo que existe o somos responsables temporales de algo que también pertenece a quienes vendrán después? ¿La inteligencia humana consiste en producir cada vez más o en aprender cuándo es suficiente? ¿De qué sirve avanzar tecnológicamente si perdemos la capacidad de proteger las condiciones que hacen posible nuestra vida?

A veces confiamos demasiado en que una nueva tecnología aparecerá para resolverlo todo. Yo valoro profundamente la tecnología y creo que puede ayudarnos a monitorear ecosistemas, analizar cambios, mejorar la eficiencia energética y encontrar soluciones que hoy todavía parecen lejanas. Pero ninguna herramienta puede reemplazar la voluntad. Podemos tener satélites capaces de medir cada centímetro de hielo perdido y, aun así, seguir tomando las mismas decisiones que aceleran su desaparición.

Saber no siempre significa actuar.

Quizás el verdadero desafío de nuestra generación sea cerrar esa distancia entre la información y la conciencia. Tenemos datos, fotografías, documentales, sensores, modelos climáticos y acceso inmediato a investigaciones. Lo que nos falta muchas veces es permitir que esa información nos transforme.

No se trata de vivir paralizados ni de sentir vergüenza por cada cosa que hacemos. La culpa permanente tampoco construye. Se trata de vivir con más coherencia, entendiendo que nuestras comodidades tienen consecuencias y que nuestras decisiones también expresan el tipo de sociedad que queremos apoyar.

Podemos votar pensando en el ambiente y no solo en las promesas inmediatas. Podemos preguntar a las empresas de dónde vienen sus productos. Podemos respaldar a quienes protegen los ecosistemas. Podemos evitar compartir desinformación climática. Podemos hablar del tema con nuestras familias sin convertir la conversación en una pelea. Podemos enseñar a los niños que cuidar el agua no es una obligación molesta, sino una forma de agradecer.

Y, sobre todo, podemos dejar de creer que el deterioro ambiental es normal.

No es normal que un glaciar desaparezca durante el transcurso de una generación. No es normal acostumbrarnos a temperaturas cada vez más extremas. No es normal llamar desarrollo a cualquier actividad que produzca dinero, aunque destruya aquello que sostiene la vida. No es normal observar una pérdida del 91 % y continuar actuando como si todavía tuviéramos un margen infinito.

Nuestros nevados probablemente seguirán retrocediendo. Algunos desaparecerán aunque hagamos esfuerzos. Esa verdad duele y no debería maquillarse. Pero todavía podemos decidir qué otras cosas no estamos dispuestos a perder.

Podemos proteger los páramos que permanecen, restaurar bosques, cuidar las cuencas, disminuir emisiones, adaptar las ciudades y fortalecer a las comunidades que enfrentan directamente los efectos del cambio climático. Podemos lograr que la desaparición de los glaciares no sea simplemente otra noticia olvidada, sino un punto de quiebre en nuestra manera de relacionarnos con Colombia.

En https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com se ha insistido muchas veces, desde una mirada espiritual, en la importancia de reconocer que la vida no nos pertenece por completo y que cada día es también una oportunidad para actuar con gratitud. Esa idea adquiere un significado muy concreto cuando pensamos en el planeta: agradecer la creación sin protegerla sería una forma vacía de agradecimiento.

Tal vez no alcancemos a salvar todo el hielo de nuestras montañas. Pero aún podemos salvar nuestra capacidad de reaccionar, de cuidar, de exigir y de aprender. Podemos impedir que la indiferencia también se vuelva irreversible.

Los glaciares colombianos se están despidiendo. No lo hacen con palabras ni con grandes explosiones. Se retiran lentamente, metro a metro, año tras año. Su silencio podría hacernos creer que no ocurre nada.

Pero ocurre.

Y algún día, cuando levantemos la mirada y encontremos roca donde antes había hielo, entenderemos que una montaña también puede guardar la historia de nuestras decisiones.

Ojalá no esperemos hasta ese momento para cambiar.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

Hay pérdidas que no podemos deshacer, pero todavía estamos a tiempo de decidir qué clase de huella dejaremos cuando el hielo ya no esté.