martes, 17 de febrero de 2026



Es curioso cómo, a pesar de vivir rodeados de pantallas, titulares y métricas, muchas de las cosas que realmente importan siguen pasando en silencio. La ciencia es una de ellas. No hace ruido, no suele ser tendencia, no aparece en los reels virales del día, pero sostiene buena parte de lo que somos y de lo que seremos como sociedad. Y cuando pienso en las universidades colombianas con mayor producción de artículos científicos de impacto, no lo hago solo desde los rankings o los números, sino desde una pregunta más humana: ¿qué dice eso de nosotros como país, como jóvenes, como comunidad que intenta entenderse a sí misma?

Crecí escuchando conversaciones donde la universidad era sinónimo de “salir adelante”, de tener un título, de lograr estabilidad. Poco se hablaba de la universidad como espacio de pensamiento, de duda, de investigación profunda. Y sin embargo, con los años, he ido entendiendo que los artículos científicos no son simples documentos para académicos encerrados en bibliotecas. Son huellas. Son intentos honestos de responder preguntas que aún no tienen respuesta clara. Son personas sentándose frente a un problema y diciendo: “voy a intentar entender esto un poco mejor, aunque no lo logre del todo”.

En Colombia, algunas universidades han asumido ese compromiso con más fuerza. Instituciones como la Universidad Nacional de Colombia, la Universidad de los Andes, la Universidad de Antioquia, la Pontificia Universidad Javeriana o la Universidad del Valle aparecen con frecuencia en estudios sobre producción científica, citación internacional e impacto académico. Pero quedarse solo con esa lista sería superficial. Lo verdaderamente interesante es preguntarse por qué, qué hay detrás de esa producción y cómo se conecta con la realidad que vivimos.

La ciencia universitaria en Colombia no se desarrolla en el vacío. Se hace en medio de tensiones sociales, presupuestos limitados, conflictos históricos y una necesidad constante de demostrar “para qué sirve”. Muchos de los artículos de mayor impacto no nacen de laboratorios perfectos, sino de contextos complejos: estudios sobre biodiversidad en territorios amenazados, investigaciones en salud pública en regiones con acceso limitado, análisis sociales sobre desigualdad, violencia, educación o memoria. Hay algo profundamente humano en eso. Investigar aquí no es un lujo; muchas veces es una forma de resistencia.

Leyendo sobre la producción científica, recordé una reflexión que alguna vez encontré en Bienvenido a mi blog, donde se habla del conocimiento no como acumulación de datos, sino como responsabilidad ética frente a la realidad que habitamos. La ciencia, cuando se desconecta de la vida, se vuelve fría. Pero cuando se hace desde el territorio, desde el dolor y la esperanza, adquiere otro peso. Tal vez por eso muchos artículos colombianos logran impacto internacional: porque hablan de problemas reales, urgentes, universales, aunque nazcan en contextos locales.

También es importante reconocer que el impacto científico hoy no se mide igual que hace veinte años. Ya no basta con publicar. Importa dónde se publica, quién cita, cómo se comparte, si dialoga con otras disciplinas. La ciencia se ha vuelto más colaborativa, más interconectada, pero también más exigente. Y en ese escenario, las universidades colombianas que destacan no lo hacen solo por cantidad, sino por la capacidad de integrarse a redes globales sin perder su identidad.

Aquí entra un tema que me toca de cerca: la relación entre ciencia, tecnología y conciencia. No todo avance es neutro. No todo progreso es automáticamente bueno. En espacios como Todo En Uno.NET he leído reflexiones sobre cómo la tecnología y el conocimiento necesitan criterio, ética, sentido humano. Lo mismo aplica para la investigación científica. Un artículo puede tener cientos de citas, pero si no se pregunta por su impacto real en la vida de las personas, algo se queda incompleto.

Pienso mucho en los jóvenes que hoy están entrando a la universidad. Muchos sienten presión por “ser productivos”, por elegir carreras rentables, por responder rápido a un mercado cambiante. Y sin embargo, detrás de cada gran artículo científico hay tiempo lento, frustración, ensayo y error. Hay preguntas que no generan dinero inmediato, pero sí conciencia colectiva. Defender ese espacio de pensamiento profundo es, en cierto modo, un acto contracultural.

Las universidades con mayor impacto científico suelen compartir algo más allá de recursos o infraestructura: una cultura que valora la pregunta incómoda. Donde el estudiante no solo memoriza, sino que se pregunta por qué y para qué. Donde el profesor no solo enseña, sino que sigue aprendiendo. Esa lógica se conecta mucho con lo que he leído en Mensajes Sabatinos, donde se insiste en la importancia de detenernos, reflexionar y no vivir todo en automático. La ciencia también necesita ese silencio, esa pausa.

Ahora bien, no todo es ideal. Hay críticas válidas. A veces la producción científica se queda encerrada en circuitos académicos, lejos de la gente común. A veces se escribe para cumplir indicadores más que para transformar realidades. Y eso duele, porque el conocimiento pierde su sentido cuando no logra dialogar con la sociedad que lo financia y lo necesita. Ahí hay un reto enorme para las universidades colombianas: traducir, compartir, abrir la ciencia.

En ese punto, temas como el acceso a la información, la ética en el manejo de datos y la protección de la privacidad se vuelven centrales. No es casual que desde Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales se insista tanto en la responsabilidad que implica producir y usar información. La ciencia trabaja con datos, con personas, con historias reales. Cuidar eso también es parte del impacto.

A nivel personal, este tema me confronta. Me hace pensar en qué tipo de conocimiento quiero consumir y producir. No soy investigador de laboratorio, pero escribo, reflexiono, comparto. Y escribir también es una forma de investigar la vida. De observar patrones, contradicciones, aprendizajes. En El blog Juan Manuel Moreno Ocampo he intentado justamente eso: poner en palabras preguntas que no siempre tienen respuesta, pero que necesitan ser formuladas.

Las universidades colombianas con mayor impacto científico nos muestran que sí es posible hacer conocimiento relevante desde aquí. Que no todo lo valioso viene de afuera. Que nuestra biodiversidad, nuestra historia, nuestras tensiones sociales también generan preguntas que le importan al mundo. Pero también nos recuerdan que la ciencia no es solo para unos pocos. Nos interpela a todos.

Tal vez el verdadero impacto no esté solo en las citas académicas, sino en cómo esos artículos transforman decisiones públicas, prácticas educativas, políticas de salud, formas de relacionarnos con el entorno. Tal vez el mayor indicador sea si una investigación logra mejorar, aunque sea un poco, la vida de alguien que nunca leerá ese artículo completo.

Y aquí vuelvo a la espiritualidad, a esa dimensión que a veces parece ajena a la ciencia, pero que en realidad la atraviesa. En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías he leído muchas veces que buscar sentido también es una forma de conocimiento. Preguntarse por el para qué, no solo por el cómo. Cuando la ciencia y la espiritualidad se miran con respeto, ambas se enriquecen.

No sé si todos los jóvenes sienten esta inquietud, pero yo sí. Me pregunto constantemente cómo equilibrar velocidad y profundidad, tecnología y conciencia, éxito y sentido. Ver a universidades colombianas apostándole a la investigación me da esperanza, pero también me recuerda la responsabilidad que tenemos como generación: no consumir conocimiento de forma pasiva, sino cuestionarlo, aplicarlo, humanizarlo.

Porque al final, los artículos científicos no son solo PDFs en una base de datos. Son personas pensando. Son preguntas abiertas. Son intentos de comprender un poco mejor el mundo que habitamos. Y eso, en tiempos de ruido constante, ya es un acto profundamente valiente.

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lunes, 16 de febrero de 2026

Cuando la casa vuelve a respirar: la vivienda del futuro hecha en madera


 

A veces uno cree que hablar de vivienda del futuro es hablar de algo lejano, casi de ciencia ficción, como si fuera un tema reservado para arquitectos con cascos blancos o para países que siempre vemos en documentales. Pero la verdad es que el futuro no está tan lejos, y mucho menos cuando hablamos de cómo vamos a vivir, de qué vamos a tocar con las manos todos los días, de dónde vamos a dormir, discutir, amar, cansarnos y volver a empezar.

Hace un tiempo me encontré con una idea que, al principio, me sonó extraña: viviendas hechas 100 % en madera. No como las cabañas rústicas que uno imagina en la montaña, sino como edificios modernos, urbanos, eficientes, pensados para ciudades reales y personas reales. Y mientras más leía, más entendía que no se trata solo de arquitectura o de materiales, sino de una forma distinta de pensar la vida, el planeta y nuestra relación con ambos.

Crecí escuchando que la madera era frágil, que se quemaba fácil, que no duraba. En mi cabeza, una casa “de verdad” tenía que ser de concreto, de ladrillo, pesada, sólida, casi invencible. Tal vez porque nos enseñaron que lo fuerte es lo que resiste a la fuerza bruta, no lo que se adapta. Pero resulta que muchas de esas ideas están quedándose viejas, y no porque sean completamente falsas, sino porque el mundo cambió y nosotros seguimos mirando con los mismos lentes.

Hoy sabemos que la construcción tradicional es responsable de una parte enorme de las emisiones de CO₂ a nivel mundial. Cemento, acero, transporte, demolición… todo eso deja una huella profunda. Y en medio de una crisis climática que ya no es teoría sino experiencia diaria —olas de calor, lluvias absurdas, sequías que parten territorios— seguir construyendo como si nada pasara empieza a sentirse irresponsable, incluso injusto.

La madera, bien trabajada y bien pensada, aparece entonces no como una moda, sino como una respuesta. No cualquier madera, claro. Hablamos de madera estructural, proveniente de bosques gestionados de forma sostenible, tratada con tecnologías que la hacen resistente al fuego, a la humedad y al paso del tiempo. Hablamos de sistemas como el CLT (cross-laminated timber), que permiten levantar edificios de varios pisos con una precisión casi quirúrgica, reduciendo tiempos de obra, ruido, residuos y emisiones.

Pero más allá de los datos técnicos —que están ahí y son importantes— lo que más me mueve es lo simbólico. Construir en madera es, de alguna manera, volver a dialogar con la naturaleza en lugar de imponerle silencio. Es reconocer que no todo tiene que ser gris para ser serio, ni frío para ser duradero. La madera respira, envejece con dignidad, cuenta historias en sus vetas. No es perfecta, y tal vez por eso se parece más a nosotros.

Mientras leía sobre estos proyectos de vivienda del futuro, no podía evitar pensar en cómo habitamos hoy nuestros espacios. Vivimos rápido, conectados, pero muchas veces desconectados de lo esencial. Casas que se sienten como cajas, apartamentos donde entra poco sol, barrios donde nadie se conoce. Tal vez cambiar el material con el que construimos no resuelve todo, pero sí puede abrir preguntas distintas. ¿Qué pasa cuando tu casa te recuerda que vienes de la tierra y no solo del asfalto? ¿Qué pasa cuando el espacio en el que vives te invita a bajar el ritmo, a cuidar, a permanecer?

En varios países ya existen edificios completos en madera, incluso en ciudades densas. Y no es solo un tema ambiental, también es social y económico. Construir con madera puede ser más rápido y, en ciertos contextos, más accesible. Puede generar empleo local, incentivar cadenas productivas responsables y abrir oportunidades para regiones que históricamente han sido marginadas. Ahí es donde empiezo a ver conexiones con otras conversaciones que se dan en nuestro entorno.

Por ejemplo, cuando desde espacios como la Organización Empresarial TodoEnUno.NET se habla de modelos empresariales más conscientes y sostenibles (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/), no se está hablando solo de empresas, sino de la lógica con la que hacemos las cosas. Lo mismo pasa con la vivienda. No es solo un techo: es un sistema, una decisión ética, una forma de posicionarse frente al futuro.

También pienso en la responsabilidad que implica todo esto. Hablar de sostenibilidad no puede quedarse en el discurso bonito. Requiere normas claras, datos bien manejados, información transparente. En ese sentido, temas como el cumplimiento normativo y la protección de datos, que se abordan desde Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales (https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com/), aunque parezcan lejanos a la arquitectura, hacen parte del mismo tejido: confianza, cuidado, respeto por el otro. Una sociedad que no cuida la información difícilmente cuidará sus bosques.

Desde un lugar más íntimo, esta idea de la vivienda en madera me conecta mucho con lo espiritual. En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/) se repite una idea que siempre me acompaña: no somos dueños absolutos de nada, somos cuidadores temporales. La tierra no nos pertenece, la habitamos un rato. Y si eso es así, ¿qué sentido tiene dejarla peor de como la encontramos?

No se trata de romantizar la madera ni de decir que es la solución mágica. Hay retos reales: costos iniciales, regulación, desconocimiento, resistencia cultural. Pero también hay algo profundamente humano en atrevernos a cambiar. En aceptar que quizás lo que creíamos “definitivo” no lo era tanto. Que podemos aprender, corregir, evolucionar.

Como joven que vive en un país lleno de contrastes, pienso mucho en cómo se verá Colombia en veinte o treinta años. Qué tipo de ciudades vamos a dejar. Si seguiremos construyendo sin pensar o si, poco a poco, aprenderemos a escuchar más. Tal vez la vivienda del futuro no sea solo de madera, sino de conciencia. De decisiones pequeñas repetidas muchas veces. De coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos.

En Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/) hay una frase que siempre vuelve a mí: la vida no se cambia de un día para otro, pero sí se direcciona con actos constantes. Construir distinto es uno de esos actos. Elegir materiales que respeten la vida es una forma silenciosa, pero poderosa, de decir que nos importa el mañana.

Al final, cuando pienso en casas de madera elevándose en medio de ciudades modernas, no veo solo edificios. Veo una conversación entre generaciones. Veo a jóvenes que no quieren heredar ruinas, y a adultos que empiezan a soltar viejas certezas. Veo tecnología al servicio de la vida, no al revés. Y eso, para mí, ya es una señal de esperanza.

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domingo, 15 de febrero de 2026

El ronroneo no es solo ternura: es una forma de sobrevivir



Hay algo profundamente honesto en un gato cuando ronronea. No es un sonido fuerte, no busca imponerse, no exige atención inmediata. Está ahí, constante, vibrando bajito, como si le hablara primero a su propio cuerpo antes de llegar a quien lo escucha. Desde niño crecí rodeado de gatos. No como mascotas decorativas, sino como presencias reales, con carácter, silencios y formas muy particulares de estar en el mundo. Con el tiempo entendí que ese sonido que muchos interpretan solo como felicidad es, en realidad, una de las expresiones más complejas y profundas de la vida.

Durante años nos dijeron que los gatos ronronean porque están contentos. Y sí, muchas veces es cierto. Pero quedarse solo con esa explicación es como decir que una persona sonríe únicamente cuando está feliz. La vida no funciona así. Los gatos tampoco. Hoy, con más estudios, más observación y, sobre todo, más conciencia, sabemos que el ronroneo es una herramienta biológica, emocional y energética mucho más poderosa de lo que imaginábamos.

Los gatos ronronean cuando están tranquilos, cuando se sienten seguros, cuando reciben afecto… pero también cuando están heridos, cuando sienten dolor, cuando están asustados o incluso cuando están a punto de morir. Ese dato, que al principio puede parecer incómodo, cambia por completo la forma de verlos. El ronroneo no es solo una expresión de placer; es un mecanismo de autorregulación. Es el cuerpo diciéndose a sí mismo: “sigue”, “resiste”, “sana”.

La BBC lo explicaba hace algunos años desde la ciencia: las vibraciones del ronroneo se producen en frecuencias que favorecen la regeneración ósea, la cicatrización de tejidos y la reducción del dolor. Es decir, el gato no solo siente… se cuida. Se acompaña. Se sostiene. Y eso, para mí, es una lección brutalmente humana.

En un mundo que nos enseña a correr, a producir, a demostrar, los gatos nos muestran otra cosa: la importancia de escuchar el cuerpo. De no desconectarse del malestar. De no huir del silencio. Ellos no reprimen el dolor; lo atraviesan vibrando. No lo niegan, lo transforman.

Pienso mucho en esto cuando veo cómo vivimos hoy. Jóvenes, adultos, familias enteras cargando ansiedad, cansancio, miedo, frustración. Nos enseñaron a callar, a aguantar, a “ser fuertes”. Pero pocas veces nos enseñaron a autorregularnos, a sanar desde adentro. A vibrar distinto cuando algo duele.

Los gatos no piden permiso para descansar. No se disculpan por necesitar espacio. No se culpan por estar sensibles. Simplemente son. Y cuando algo no está bien, su cuerpo responde con una vibración constante que busca equilibrio. No es magia. Es biología. Pero también es conciencia.

En casa siempre se decía que los gatos sienten lo que no se ve. Que perciben tensiones, estados de ánimo, silencios pesados. Y con los años lo confirmé. Un gato se acerca cuando alguien está triste. Se acuesta cerca, no encima. Acompaña sin invadir. Ronronea, no para que lo escuches, sino para que lo sientas. Como si dijera: “no estás solo, aunque no sepas ponerlo en palabras”.

Esa forma de acompañar me recuerda mucho a lo que he leído y vivido desde la espiritualidad. No una espiritualidad dogmática, sino cotidiana. La que se vive en los gestos pequeños. En estar. En sostener. En vibrar con otro sin intentar arreglarlo todo. En ese sentido, muchas reflexiones que he encontrado en Amigo de. Ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/) conectan profundamente con esta idea de presencia silenciosa, de fe que no grita, de confianza que no necesita explicación.

También pienso en cómo, desde la ciencia y la organización humana, solemos olvidar la importancia del equilibrio. En Organización Empresarial TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/) se habla mucho de estructuras, procesos y decisiones conscientes. Y aunque parezca lejano, no lo es. Un sistema —sea una empresa o un cuerpo— que no se autorregula, colapsa. El gato lo entendió antes que nosotros. Vibra para no romperse.

Incluso en temas tan fríos como la contabilidad o la gestión, aparece el mismo principio. En Mi Contabilidad Confiable y Rápido (https://micontabilidadcom.blogspot.com/) se insiste en revisar, ajustar, corregir a tiempo. No esperar a que el daño sea irreversible. El ronroneo es eso: una auditoría interna constante del cuerpo felino.

Y si miro hacia lo personal, hacia lo que escribo y leo en Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/) y en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/), encuentro una idea que se repite: la vida no siempre se entiende, pero se siente. Y cuando se siente demasiado, hay que aprender a procesarla sin destruirse.

Los gatos, en su aparente indiferencia, son maestros de eso. No dramatizan. No explican. No buscan validación. Simplemente activan un mecanismo interno que les permite atravesar lo que sea que estén viviendo. Me pregunto cuántas veces nosotros, como humanos, ignoramos nuestras propias señales internas. Cuántas veces seguimos sin pausa, sin vibrar, sin sanar.

Quizá por eso tantas personas encuentran calma cuando un gato se acurruca cerca. No es solo ternura. Es resonancia. Es el cuerpo humano respondiendo a una frecuencia que invita al descanso, a la introspección, al silencio. En un mundo saturado de ruido, el ronroneo es una forma de resistencia.

No deja de parecerme poético que un animal tan pequeño tenga una herramienta tan poderosa. Y no deja de parecerme urgente que aprendamos de ellos. No para imitarlos literalmente, sino para recordar que el bienestar no siempre viene de afuera. Que muchas veces la sanación empieza cuando dejamos de pelear con lo que sentimos y aprendemos a acompañarnos mejor.

Tal vez la verdadera razón por la que los gatos ronronean no sea solo biológica. Tal vez sea existencial. Tal vez nos recuerdan, sin palabras, que estar vivos implica vibrar, incluso cuando duele. Que la calma no siempre es ausencia de conflicto, sino presencia consciente en medio de él.

Imagen sugerida para el blog:
Un joven sentado en el suelo de una habitación con luz suave entrando por una ventana. A su lado, un gato acostado, relajado, con los ojos semi cerrados. El ambiente transmite calma, introspección y conexión. Estilo realista-artístico, tonos cálidos, sin texto, con énfasis en la cercanía y la energía compartida entre humano y animal.

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sábado, 14 de febrero de 2026

Entre papers y preguntas: lo que la ciencia universitaria dice de nuestro futuro



Hay temas que, aunque suenan técnicos o lejanos, en realidad hablan directamente de quiénes somos y de hacia dónde estamos caminando como sociedad. Cuando pensé en escribir sobre las universidades colombianas con más artículos científicos de impacto, no lo hice desde la frialdad de los rankings ni desde la obsesión por los números. Lo hice desde una pregunta mucho más humana: ¿qué dice la producción científica de un país sobre su forma de pensar, de cuidarse, de proyectarse y de creer en el futuro?

Crecí escuchando conversaciones en casa donde el conocimiento no era solo información, sino responsabilidad. Aprendí muy joven que estudiar no es acumular títulos, sino desarrollar criterio. Y hoy, con 21 años, veo cómo la ciencia, la academia y la investigación se han convertido en un campo de tensión constante entre lo que debería ser y lo que muchas veces termina siendo. Por eso quise volver a mirar este tema con ojos jóvenes, pero con los pies en la tierra.

La fuente base de este texto, un artículo publicado por El Tiempo sobre el trabajo de las universidades en la producción de artículos científicos, nos muestra un panorama claro: Colombia sí produce conocimiento. Sí investiga. Sí escribe. Universidades como la Universidad Nacional de Colombia, la Universidad de Antioquia, la Universidad de los Andes, la Pontificia Universidad Javeriana y la Universidad del Valle lideran históricamente los rankings de publicaciones científicas indexadas y citadas. Pero la pregunta real no es cuántos artículos publican, sino qué impacto real tiene ese conocimiento en la vida cotidiana del país.

Porque seamos honestos: durante años, la ciencia en Colombia ha vivido encerrada en sus propios círculos. Papers escritos en inglés, leídos por otros académicos, citados por investigadores que nunca han pisado los barrios, los hospitales públicos, las escuelas rurales o las pequeñas empresas que sostienen el país. Y aun así, ese conocimiento existe, se produce y, en muchos casos, tiene un valor enorme. El reto está en romper la burbuja.

Hoy, en 2026, el escenario es distinto al de hace una década. La ciencia ya no puede darse el lujo de ser lenta, distante o desconectada. La inteligencia artificial, la crisis climática, la salud mental colectiva, la transformación digital, la protección de datos personales y la ética tecnológica están exigiendo respuestas rápidas, responsables y profundamente humanas. Y ahí es donde las universidades colombianas están siendo llamadas a algo más grande que publicar por publicar.

La Universidad Nacional, por ejemplo, sigue siendo el corazón académico del país. No solo por volumen de publicaciones, sino por la diversidad de temas que aborda: desde ciencias duras hasta estudios sociales, ambientales y culturales. La Universidad de Antioquia ha demostrado una capacidad impresionante para conectar investigación con territorio, especialmente en salud, biotecnología y ciencias sociales. Los Andes y la Javeriana han sabido posicionarse a nivel internacional, dialogando con centros de investigación globales, pero también enfrentan el desafío de no desconectarse de la realidad nacional.

Lo interesante es que, en los últimos años, ha comenzado a emerger una conversación distinta: ya no basta con publicar en revistas de alto impacto; ahora se habla de impacto social, de transferencia de conocimiento, de ciencia abierta y de responsabilidad ética. Esto conecta mucho con reflexiones que he leído y vivido en espacios como Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com), donde se insiste en que el conocimiento sin conciencia puede volverse peligroso. Y también con textos de Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com), que nos recuerdan que todo saber debe estar al servicio del ser humano, no al revés.

Además, hay un tema que atraviesa silenciosamente la producción científica actual: la gestión de los datos. La investigación moderna se sostiene sobre información masiva, bases de datos, historiales clínicos, registros sociales y patrones de comportamiento. Y aquí aparece una responsabilidad enorme que muchas veces se ignora. No todo lo que se puede investigar, se debe investigar sin límites. La protección de datos personales, el consentimiento informado y la ética digital son hoy inseparables de la ciencia. Este enfoque lo he visto trabajado con mucha claridad en espacios como Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales (https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com), donde se insiste en que el avance tecnológico sin protección de la dignidad humana es un retroceso disfrazado de progreso.

También me parece clave hablar de algo que rara vez aparece en los rankings: quiénes están produciendo ciencia. Aunque cada vez hay más jóvenes investigadores, muchos de ellos viven en condiciones de precariedad, contratos temporales, presión por publicar y poca estabilidad emocional. El famoso “publica o muere” no solo afecta la calidad del conocimiento, sino la salud mental de quienes investigan. Y esto no es un dato menor. La ciencia no debería construirse desde el agotamiento permanente, sino desde la curiosidad, el cuidado y el sentido.

En este punto, no puedo dejar de conectar esta reflexión con lo que se conversa en Organización Empresarial TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com), donde se plantea que tanto las empresas como las universidades necesitan estructuras más humanas, más conscientes y menos obsesionadas con el resultado inmediato. La academia no es una fábrica de papers; es un espacio vivo donde se forman personas que luego toman decisiones que afectan a millones.

Otro aspecto que ha cambiado el panorama es la tecnología. Hoy, un artículo científico ya no es solo un PDF estático. Puede convertirse en un repositorio abierto, en un video explicativo, en un modelo interactivo o en una conversación pública. Las universidades que están entendiendo esto no solo publican más, sino que comunican mejor. Y comunicar ciencia es, en sí mismo, un acto profundamente político y ético.

Me gusta pensar que estamos entrando en una etapa donde la ciencia colombiana puede reconciliarse con la sociedad. Donde los artículos no se escriban solo para sumar puntos en un escalafón, sino para responder preguntas reales: ¿cómo cuidamos mejor nuestra salud mental?, ¿cómo producimos sin destruir?, ¿cómo educamos en un mundo hiperconectado?, ¿cómo usamos la inteligencia artificial sin perder humanidad?

Desde mi propia experiencia, leyendo y escribiendo en El blog Juan Manuel Moreno Ocampo (https://juanmamoreno03.blogspot.com), he aprendido que el conocimiento más valioso no siempre es el más citado, sino el que transforma silenciosamente la forma en que alguien vive, decide o se relaciona con los demás. Y eso también es impacto, aunque no siempre aparezca en las métricas.

Finalmente, creo que hablar de las universidades con más artículos científicos de impacto es, en el fondo, hablar de qué tipo de país queremos ser. Un país que investiga solo para figurar, o uno que investiga para sanar, comprender y construir. Un país donde la ciencia esté desconectada de la espiritualidad y la ética, o uno donde ambas dialoguen sin miedo. En esto último he encontrado mucha inspiración en Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com), porque nos recuerda que la fe, la ciencia y la conciencia no tienen por qué ser enemigas.

No tengo respuestas definitivas. Solo certezas parciales y muchas preguntas. Pero sí creo algo con convicción: la ciencia que no se humaniza, se vacía; y la juventud que no se cuestiona, se adormece. Ojalá las universidades sigan produciendo conocimiento, pero sobre todo, ojalá sigan formando personas capaces de sostenerlo con ética, sensibilidad y responsabilidad.

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✒️ — Juan Manuel Moreno Ocampo

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viernes, 13 de febrero de 2026

Las misteriosas y trágicas muertes que le atribuyen a la tumba de Tutankamón



Hay historias que uno escucha desde niño y que se quedan ahí, flotando en algún rincón de la memoria, como un eco que no se va del todo. La maldición de la tumba de Tutankamón es una de esas. La recuerdo como un relato casi mítico, contado con voz baja, con ese tono que mezcla miedo y fascinación, como si hablar de ella fuera, de alguna manera, invocarla. Con los años, y con la costumbre de cuestionar lo que me contaron, volví a esta historia desde otro lugar: no solo el del misterio, sino también el de la conciencia, la ciencia, la historia y, por qué no decirlo, la espiritualidad.

En 1922, cuando Howard Carter y su equipo descubrieron la tumba casi intacta del joven faraón Tutankamón, el mundo quedó paralizado. No era solo un hallazgo arqueológico; era como si se hubiese abierto una puerta sellada por más de tres mil años. Oro, estatuas, sarcófagos, símbolos sagrados… todo parecía hablar desde otro tiempo. Pero junto con el asombro, comenzaron a llegar las noticias inquietantes. Muertes inesperadas, enfermedades fulminantes, accidentes extraños. Y así nació —o más bien se fortaleció— la idea de una maldición.

El caso más citado es el de Lord Carnarvon, el patrocinador de la expedición, quien murió pocos meses después del descubrimiento por una infección derivada de la picadura de un mosquito. Hasta ahí, podría parecer una coincidencia desafortunada. Pero cuando se sumaron otros nombres —arqueólogos, visitantes, incluso familiares— el relato tomó forma de tragedia encadenada. Los periódicos de la época hicieron su parte, exagerando detalles, conectando puntos que quizá no estaban tan relacionados, alimentando el miedo colectivo. Y el mito creció.

Hoy, más de cien años después, la pregunta sigue siendo válida: ¿hubo realmente una maldición o fue una mezcla de casualidades, condiciones sanitarias precarias y una narrativa demasiado atractiva para dejarla pasar? La ciencia moderna ha aportado explicaciones más racionales. Se habla de bacterias, hongos, mohos tóxicos acumulados durante siglos en espacios cerrados. Se habla de sistemas inmunológicos debilitados, de viajes largos, de estrés, de un contexto médico muy distinto al actual. Todo eso tiene sentido. Mucho sentido.

Pero, aun así, hay algo que no termina de cerrarse del todo. Y no lo digo desde el morbo, sino desde la reflexión. Porque incluso cuando entendemos las causas biológicas, queda la sensación de que hay límites que, al cruzarlos, nos exigen respeto. No solo respeto científico, sino humano y espiritual.

A mí me resuena esta historia como una metáfora poderosa de nuestra relación con el pasado, con lo sagrado y con lo que no entendemos del todo. No se trata de creer literalmente en una maldición, sino de preguntarnos qué pasa cuando entramos en espacios que no nos pertenecen del todo, cuando intervenimos sin conciencia, cuando el afán de descubrir o poseer va más rápido que la ética.

En otros escritos —como algunos que he leído en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/)— se habla mucho del respeto por los procesos, por los tiempos, por aquello que fue dejado en silencio por una razón. No todo lo oculto quiere ser revelado, y no todo lo revelado se puede tocar sin consecuencias. No necesariamente consecuencias mágicas, pero sí humanas: desequilibrios, conflictos, pérdidas de sentido.

También pienso en cómo esta historia refleja algo muy actual. Vivimos en una época donde todo se quiere abrir, mostrar, exponer. Datos, intimidades, historias personales. A veces olvidamos que hay límites sanos. Que no todo debe ser excavado sin consentimiento. Esto conecta mucho con lo que se reflexiona en espacios como Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales (https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com/), donde se insiste en el valor de la privacidad, del cuidado de la información, del respeto por lo que pertenece a otros, incluso cuando la curiosidad nos gana.

La tumba de Tutankamón también nos habla del miedo colectivo. De cómo una sociedad puede construir un relato que se vuelve más fuerte que los hechos. Y eso no es algo del pasado. Hoy pasa igual, solo que más rápido. Una noticia mal interpretada, una historia viral, una narrativa emocional… y de repente estamos reaccionando desde el miedo, no desde la conciencia. Tal vez por eso estas historias antiguas siguen vigentes: porque nos siguen mostrando quiénes somos.

Desde lo espiritual, me gusta pensar que no fue una maldición, sino un llamado. Un recordatorio de que la muerte, la vida y el tiempo merecen reverencia. En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/) se habla mucho de esa conexión invisible que no siempre entendemos, pero que sentimos. De cómo hay fuerzas que no son necesariamente castigos, sino equilibrios. Cuando algo se rompe, algo más intenta compensar.

Y desde lo humano, no puedo dejar de pensar en Tutankamón como persona. Más allá del mito, fue un joven, casi de mi edad cuando murió. Un ser humano con una vida corta, con un cuerpo frágil, con responsabilidades enormes. Su tumba no era un tesoro para ser explotado, sino un descanso. Y quizás ahí está el fondo de todo: confundimos valor con precio, historia con mercancía, memoria con espectáculo.

No digo que no debamos estudiar el pasado. Todo lo contrario. Gracias a la arqueología entendemos mejor quiénes somos. Pero estudiar no es lo mismo que invadir. Conocer no es lo mismo que dominar. Y esa diferencia, aunque parezca sutil, lo cambia todo.

En Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/) he leído reflexiones que invitan a mirar la vida con más pausa, con más profundidad. Esta historia me lleva justo ahí. A preguntarme cuántas veces, en lo cotidiano, cruzamos tumbas simbólicas: historias ajenas, dolores heredados, silencios familiares. Y luego nos preguntamos por qué algo se rompe dentro.

Tal vez la verdadera “maldición” no fue sobre quienes abrieron la tumba, sino sobre una humanidad que todavía lucha por entender que no todo se conquista, que no todo se explica, que no todo se toca. A veces, la mayor sabiduría está en saber hasta dónde llegar.

Hoy, cuando vuelvo a leer sobre Tutankamón, ya no siento miedo. Siento respeto. Y una invitación silenciosa a vivir con más conciencia, a mirar el misterio no como amenaza, sino como maestro. Porque la vida también tiene sus tumbas: espacios sagrados donde debemos entrar descalzos, con humildad, y con la certeza de que no todo nos pertenece.

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“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

jueves, 12 de febrero de 2026

Cuando el planeta deja de sentirse hogar



La primera vez que escuché la frase “la Tierra podría dejar de ser un lugar seguro para los humanos” sentí una incomodidad difícil de explicar. No fue miedo inmediato. Fue algo más silencioso. Una especie de golpe interno, como cuando uno se da cuenta de que algo que siempre creyó estable ya no lo es tanto.

Crecí escuchando que el planeta era resistente. Que siempre encontraba la forma de recuperarse. Que los humanos éramos pequeños frente a su inmensidad. Hoy, a mis 21 años, esa idea se siente incompleta. No falsa, pero sí peligrosa cuando se usa como excusa para no hacernos responsables.

No estamos hablando de un futuro lejano ni de ciencia ficción. Estamos hablando de señales que ya están aquí: temperaturas récord, fenómenos climáticos extremos, escasez de agua en regiones donde antes sobraba, ciudades que se vuelven inhabitables por el calor, por la contaminación o por la desigualdad que se intensifica cuando el entorno colapsa.

Y lo más inquietante no es solo lo que pasa afuera. Es lo que pasa adentro de nosotros mientras todo esto ocurre.

Vivimos hiperconectados, informados en tiempo real, pero emocionalmente desconectados. Sabemos que el planeta está en crisis, pero seguimos con la rutina como si fuera un problema ajeno, como si no nos atravesara directamente. Tal vez porque aceptar la gravedad real de la situación nos obligaría a cambiar. Y cambiar incomoda.

La fuente base de este tema, publicada en Portafolio, habla de límites planetarios que están siendo superados: clima, biodiversidad, ciclos del agua, uso del suelo, contaminación. No como una advertencia moral, sino como un diagnóstico científico. Lo que me impacta es que no se habla de “posibles riesgos”, sino de umbrales que, una vez cruzados, no garantizan retorno.

Y ahí aparece una pregunta que no me suelta:
¿Qué significa ser joven en un mundo que empieza a volverse inseguro no por falta de tecnología, sino por exceso de irresponsabilidad?

Nos dijeron que estudiáramos, que nos preparáramos para el futuro. Pero pocas veces nos hablaron de cuidar el suelo sobre el que ese futuro se construye. Nos enseñaron a competir, a producir, a crecer. Rara vez a detenernos, a escuchar, a reparar.

En mi entorno familiar aprendí algo distinto. Aprendí que todo sistema que ignora sus límites termina colapsando. Lo he visto en personas, en empresas, en relaciones. Y ahora lo vemos a escala planetaria.

El problema no es solo ambiental. Es cultural, espiritual, económico y ético.

Cuando una sociedad pone el crecimiento económico por encima de la vida, el resultado no es progreso, es desgaste. Cuando se explotan recursos sin pensar en las próximas generaciones, se rompe un pacto silencioso con quienes aún no han nacido. Y cuando normalizamos vivir en ciudades contaminadas, con estrés constante y desconexión emocional, empezamos a aceptar lo inaceptable.

En uno de los textos que he leído en Mensajes Sabatinos
se repite una idea que hoy cobra más sentido que nunca: no todo lo técnicamente posible es humanamente correcto. Esa frase, tan sencilla, parece haber sido olvidada por completo.

La Tierra no se está “vengando”. No es un castigo. Es una respuesta lógica. Un sistema presionado más allá de su capacidad de carga reacciona. Siempre lo hace.

Y sin embargo, hay algo que no aparece suficiente en los titulares: la capacidad humana de corregir el rumbo. No desde la culpa paralizante, sino desde la conciencia activa.

No todo está perdido. Pero nada se va a arreglar solo.

Mi generación vive una contradicción fuerte. Por un lado, heredamos un planeta golpeado. Por otro, tenemos herramientas que ninguna generación anterior tuvo: información, tecnología, capacidad de organización colectiva. El problema es que muchas veces usamos esas herramientas para distraernos, no para transformarnos.

Desde TODO EN UNO.NET
se habla mucho de transformación digital, de innovación, de futuro. Pero el verdadero futuro no se define solo por inteligencia artificial o automatización. Se define por criterio. Por decisiones responsables. Por ética aplicada.

La tecnología puede ayudarnos a mitigar el daño, sí. Pero no puede reemplazar la conciencia. No puede enseñarnos a cuidar si seguimos pensando que todo es descartable: objetos, personas, territorios.

Y aquí entra algo que pocas veces se menciona en estos debates: la espiritualidad. No como religión impuesta, sino como conexión profunda con algo más grande que uno mismo.

En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías
se habla de confianza, de propósito, de humildad frente a la vida. Tal vez eso es lo que más nos falta: humildad para aceptar que no somos dueños del planeta, sino huéspedes temporales.

Cuando uno entiende eso, muchas decisiones cambian. Cambia la forma de consumir. Cambia la forma de producir. Cambia incluso la forma de relacionarse con los demás.

Porque un planeta inseguro no solo genera crisis ambientales. Genera crisis sociales. Migraciones forzadas. Conflictos por recursos. Aumento de la desigualdad. Y, finalmente, más violencia.

No es casualidad que muchos jóvenes hoy se sientan ansiosos, cansados, desconectados. Vivimos con la sensación de que algo no cuadra. De que el modelo que nos vendieron no es sostenible ni afuera ni adentro.

En Bienvenido a mi blog
he encontrado reflexiones que conectan mucho con esto: la idea de vivir con más conciencia, con menos prisa, con más verdad. No como escapismo, sino como resistencia silenciosa frente a un sistema que empuja al desgaste.

Tal vez la pregunta no es solo si la Tierra dejará de ser un lugar seguro.
Tal vez la pregunta real es:
¿qué tipo de humanidad queremos ser mientras aún tenemos margen de decisión?

No necesitamos héroes perfectos. Necesitamos personas conscientes. Jóvenes y adultos que entiendan que cada elección suma o resta. Que el futuro no se delega. Se construye.

No escribo esto desde el miedo. Lo escribo desde la responsabilidad que siento como parte de una generación que no puede darse el lujo de mirar hacia otro lado. Desde la convicción de que aún podemos cambiar el rumbo, pero solo si dejamos de vivir en automático.

La Tierra no necesita que la salvemos. Necesita que dejemos de dañarla.
Y nosotros necesitamos recordar que cuidarla es, en el fondo, cuidarnos.

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miércoles, 11 de febrero de 2026

Con la cabeza inclinada: juventud, celulares y el cuerpo que aprende a adaptarse


Hay preguntas que parecen sacadas de un titular alarmista, pero que cuando uno se detiene a mirarlas con calma, resultan ser mucho más profundas de lo que aparentan. Hace poco volví a encontrarme con una de esas preguntas incómodas: ¿el celular está cambiando la forma del cráneo de los jóvenes? Y no lo leí como quien consume una noticia rápida, sino como alguien que se mira al espejo, que se reconoce en la postura encorvada, en el cuello inclinado, en las horas infinitas frente a una pantalla.

No escribo esto desde el miedo, ni desde el rechazo a la tecnología. Al contrario. Crecí con ella. Mi generación no recuerda un mundo sin internet, sin celulares, sin pantallas que acompañan casi cada momento del día. Para muchos de nosotros, el celular no es un lujo ni un accesorio: es una extensión de la vida cotidiana, del estudio, del trabajo, de los vínculos, de la espiritualidad incluso. Pero precisamente por eso, porque está tan integrado a nosotros, vale la pena preguntarnos qué está haciendo con nuestro cuerpo, con nuestra mente y con nuestra forma de habitar el mundo.

La noticia que dio origen a esta reflexión hablaba de estudios que observaban un crecimiento óseo inusual en la parte posterior del cráneo de algunos jóvenes, especialmente en la zona donde se insertan los músculos del cuello. Se sugería que la postura prolongada con la cabeza inclinada hacia adelante —típica cuando usamos el celular— podría estar generando adaptaciones físicas. El cuerpo, que siempre busca sobrevivir y sostenernos, se adapta a lo que le pedimos. Si le pedimos horas y horas de tensión en el cuello, responde. No con juicio, no con advertencias morales, sino con hueso, músculo y estructura.

Con el paso del tiempo, otros expertos matizaron el tema. Dijeron que no era tan simple, que no se podía afirmar de manera concluyente que el celular estuviera “deformando” cráneos, que también influyen factores genéticos, hábitos previos, estilos de vida. Y eso es importante aclararlo. No todo titular es una sentencia definitiva. Pero incluso cuando la ciencia se vuelve más prudente, la pregunta sigue ahí, latiendo: ¿qué le estamos haciendo a nuestro cuerpo sin darnos cuenta?

A veces siento que mi generación vive en una contradicción constante. Por un lado, somos conscientes, críticos, informados. Hablamos de salud mental, de autocuidado, de equilibrio. Por otro, normalizamos jornadas enteras frente a pantallas, dormimos con el celular al lado de la almohada, despertamos con notificaciones antes incluso de estirar el cuerpo. Sabemos que algo no está del todo bien, pero seguimos adelante porque “así es el mundo ahora”.

El cuerpo, sin embargo, no entiende de tendencias ni de discursos. El cuerpo siente. Se cansa. Se adapta. Se resiente. He visto amigos jóvenes con dolores crónicos de cuello, con migrañas constantes, con problemas de postura que antes se asociaban a edades mucho más avanzadas. Y no lo digo desde el juicio, porque yo mismo he sentido esa rigidez silenciosa, esa tensión acumulada que parece normal hasta que un día duele de verdad.

No se trata solo del cráneo. El tema del celular es una puerta para algo más grande: cómo la tecnología está reconfigurando nuestra forma de estar en el mundo. No solo físicamente, sino emocionalmente, socialmente, espiritualmente. Vivimos hacia adelante, literalmente inclinados, mirando una pantalla que nos promete conexión, pero que muchas veces nos desconecta del cuerpo, del presente, del otro que está al lado.

En conversaciones familiares, especialmente con quienes me preceden, aparece una mirada distinta. No necesariamente más sabia, pero sí más corporal. Hablan del cansancio como señal, del dolor como mensaje, del silencio como necesidad. En más de una ocasión he leído reflexiones similares en textos que me han acompañado desde niño, como los que aparecen en Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com) o en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com), donde la vida no se entiende solo desde la productividad, sino desde la coherencia entre lo que somos, lo que hacemos y lo que sentimos.

Tal vez el problema no sea el celular en sí, sino la falta de conciencia con la que lo usamos. La tecnología no es enemiga del cuerpo, pero sí puede convertirse en una fuerza que lo ignore. Y cuando ignoramos el cuerpo, tarde o temprano él se hace notar. A veces con dolor, a veces con adaptación silenciosa, a veces con cambios que solo se perciben años después.

También está la dimensión mental. Pasamos tanto tiempo mirando hacia abajo que olvidamos mirar hacia adentro. El celular nos ofrece estímulo constante, información infinita, comparación permanente. Y en medio de eso, ¿dónde queda el espacio para escucharnos? Para aburrirnos. Para sentir. Para simplemente estar. He pensado muchas veces que así como el cuerpo se adapta físicamente, la mente también se moldea según los estímulos que recibe. Y no siempre esos estímulos nos ayudan a crecer.

Desde otra perspectiva, incluso la protección de nuestros datos y nuestra identidad digital entra en juego. No es solo postura y huesos. Es cómo entregamos nuestra atención, nuestra información, nuestra intimidad. En ese sentido, reflexionar sobre el uso consciente de la tecnología también conecta con temas que se abordan desde espacios como Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales (https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com), donde se insiste en algo que parece obvio pero no siempre practicamos: cuidarnos en el mundo digital es una forma de autocuidado integral.

No quiero sonar apocalíptico. Amo la tecnología. Gracias a ella aprendo, escribo, me conecto, comparto. Gracias a ella puedo leer reflexiones profundas en Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com), donde se nos recuerda que la espiritualidad también puede dialogar con lo moderno, con lo digital, con lo cotidiano. Pero amar algo no significa usarlo sin límites. Amar algo también implica ponerle conciencia, ritmo, humanidad.

Quizás la verdadera pregunta no sea si el celular está cambiando la forma del cráneo, sino si está cambiando la forma en que habitamos nuestra vida. Si estamos más presentes o más dispersos. Más conectados o más solos. Más conscientes de nuestro cuerpo o más desconectados de él.

He llegado a pensar que nuestra generación tiene una oportunidad única. No somos los primeros en usar tecnología, pero sí somos los primeros en poder reflexionar sobre ella mientras aún estamos a tiempo de ajustar el rumbo. Podemos elegir levantar la cabeza, literal y simbólicamente. Estirar el cuello, respirar profundo, soltar el celular por un momento y preguntarnos cómo estamos de verdad.

Tal vez no se trate de dejar el celular, sino de usarlo con más verdad. De no vivir encorvados solo físicamente, sino también emocionalmente, adaptándonos a todo sin preguntarnos si eso nos hace bien. El cuerpo no es un accesorio. Es nuestra casa. Y ninguna casa debería ignorarse hasta que se empieza a caer.

Pienso mucho en esto cuando escribo, cuando observo a otros jóvenes, cuando me observo a mí. No desde la culpa, sino desde la responsabilidad amorosa. Porque cuidar el cuerpo también es un acto de conciencia colectiva. Y porque, al final, la tecnología debería servirnos para vivir mejor, no para olvidarnos de vivir.

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