Hay algo extraño en mirar dormir a un perro: por unos segundos deja de ser ese animal que corre hacia la puerta cuando llegas, que se emociona por un paseo o que aparece misteriosamente cada vez que alguien abre una bolsa en la cocina. Está ahí, completamente indefenso, respirando despacio, moviendo alguna pata, haciendo un pequeño sonido que parece venir de un lugar al que nosotros no podemos entrar.
Y entonces surge inevitablemente una pregunta:
¿Con qué estará soñando?
No sé si alguna vez podremos saber exactamente qué imágenes aparecen en la mente de un perro mientras duerme. Podemos estudiar su cerebro, observar sus fases de sueño y entender algunas similitudes con nosotros, pero hay una frontera que la ciencia todavía no puede cruzar: nadie puede preguntarle a un perro qué soñó cuando despertó.
Quizás por eso la idea resulta todavía más bonita.
Sabemos que los perros pasan por distintas etapas del sueño y que también presentan fases REM, esa etapa en la que en los seres humanos ocurren muchos de nuestros sueños más intensos. Durante esos momentos no resulta raro observar pequeños movimientos en las patas, cambios en la respiración, temblores leves o sonidos casi imperceptibles.
Pero una cosa es saber que probablemente sueñan y otra muy diferente afirmar exactamente qué ocurre dentro de esos sueños.
Ahí empieza una reflexión que, para mí, termina siendo incluso más interesante que imaginar que nuestro perro está soñando con nosotros.
Porque quizá la pregunta importante no sea si aparecemos en sus sueños.
Quizá sea cuánto aparecemos realmente en su vida.
Un perro conoce una versión nuestra que pocas personas conocen.
No conoce nuestro currículum.
No sabe cuánto dinero tenemos.
No entiende nuestros seguidores, nuestros títulos, nuestros problemas de reputación ni todas esas cosas que muchas veces parecen enormes cuando estamos entre otras personas.
Tampoco sabe si tuvimos un mal día porque perdimos una negociación, discutimos con alguien o sentimos que estamos quedándonos atrás respecto a los demás.
Pero reconoce perfectamente cómo abrimos la puerta.
Sabe distinguir nuestros pasos.
Reconoce el sonido de nuestras llaves.
Aprende nuestras rutinas.
Percibe cuándo estamos tranquilos y, muchas veces, también cuando algo parece diferente.
Para un perro, probablemente somos un conjunto de cosas mucho más sencillas: una voz, un olor, unas manos, una presencia, ciertos horarios, determinados lugares y cientos de pequeñas repeticiones que terminan construyendo algo parecido a la confianza.
Eso me hace pensar mucho en la manera en que nosotros mismos construimos nuestras relaciones.
Porque solemos creer que los grandes gestos son los que definen cuánto queremos a alguien.
Pensamos en cumpleaños, regalos, viajes, celebraciones, fotografías bonitas o declaraciones importantes.
Pero la mayoría de los vínculos no se construyen ahí.
Se construyen un martes cualquiera.
En abrir la puerta.
En preguntar cómo estuvo el día.
En sentarse juntos sin necesidad de hablar.
En recordar algo aparentemente insignificante.
En acompañar.
En volver.
Los perros, de alguna manera, parecen recordarnos constantemente esa dimensión de la vida.
Para ellos no existe el concepto de “momento extraordinario” como nosotros lo entendemos. Hay días en los que probablemente su mayor acontecimiento sea que regresaste a casa.
Piénsalo.
Tal vez para ti fue un día completamente normal.
Trabajaste.
Estudiaste.
Contestaste mensajes.
Viste videos.
Revisaste redes sociales.
Te preocupaste por algo.
Pensaste en el futuro.
Miraste el teléfono muchas más veces de las que recuerdas.
Pero para ese perro que estaba en casa, hubo un instante especialmente importante: escuchó algo detrás de la puerta y supo que eras tú.
Y corrió.
Quizá ahí hay algo que nosotros hemos ido perdiendo poco a poco.
La capacidad de emocionarnos por la presencia.
Vivimos rodeados de estímulos.
Cada minuto existe algo nuevo que mirar.
Un mensaje.
Una noticia.
Una publicación.
Un video.
Una discusión.
Una notificación.
Una persona mostrando un lugar que queremos conocer, una vida que parece más interesante o un éxito que sentimos que todavía no tenemos.
Y mientras tanto pueden existir seres vivos literalmente al lado nuestro esperando algo extremadamente sencillo: nuestra atención.
No digo esto como una crítica contra la tecnología. Sería contradictorio. La tecnología hace parte de nuestra vida y nos permite aprender, comunicarnos y mantener relaciones que antes habrían sido imposibles.
El problema aparece cuando empezamos a confundir conexión con presencia.
Podemos estar conectados con cientos de personas y completamente ausentes frente a quien tenemos al lado.
Un perro no entiende esa diferencia conceptualmente.
Pero probablemente la experimenta.
Puede estar sentado junto a nosotros mientras nuestra cabeza está a kilómetros de distancia.
Nos mira mientras nosotros miramos una pantalla.
Espera una caricia mientras respondemos un mensaje.
Trae un juguete y decimos “ahora”, aunque ese “ahora” algunas veces tarda bastante en llegar.
Y no creo que eso nos convierta en malas personas.
Creo que simplemente somos humanos intentando vivir en una época donde casi todo compite por nuestra atención.
Precisamente por eso mirar a un perro dormir puede convertirse en un pequeño recordatorio.
Ese animal no estará con nosotros para siempre.
Nosotros tampoco estaremos para siempre con las personas que queremos.
Suena obvio.
Pero muchas de las cosas más importantes de la vida tienen ese problema: las sabemos intelectualmente mucho antes de comprenderlas emocionalmente.
Sabemos que nuestros padres envejecen.
Sabemos que nuestros amigos pueden tomar caminos diferentes.
Sabemos que las etapas terminan.
Sabemos que los animales que llegan a nuestras vidas tienen un tiempo limitado.
Y aun así vivimos muchas veces como si todo pudiera repetirse indefinidamente.
Otro paseo.
Otro domingo.
Otra conversación.
Otra cena.
Otro regreso a casa.
Siempre creemos que habrá otro.
Hasta que alguna vez no lo hay.
Tal vez por eso me parece tan especial imaginar qué ocurre mientras un perro duerme.
No porque necesitemos demostrar científicamente que aparece nuestro rostro en sus sueños para sentirnos queridos.
En realidad, ya tenemos evidencias mucho más cercanas.
Está en cómo reacciona cuando llegamos.
En dónde decide acostarse.
En cómo busca nuestra presencia.
En la tranquilidad con la que puede dormirse cerca de nosotros.
Hay una confianza enorme escondida en algo tan simple como un animal durmiendo profundamente a nuestro lado.
Dormir significa bajar la guardia.
Y elegir hacerlo cerca de alguien también puede entenderse como una forma silenciosa de confianza.
Eso, por sí solo, ya me parece suficiente.
A veces buscamos demostraciones demasiado complicadas del cariño.
Queremos palabras perfectas.
Queremos seguridad absoluta.
Queremos saber exactamente lo que alguien siente.
Queremos garantías.
Pero hay afectos que no hablan nuestro idioma.
Un perro nunca podrá sentarse frente a nosotros y explicar qué significamos para él.
No puede escribir una carta.
No puede recordar una fecha especial de la manera en que nosotros la recordamos.
No puede decir “gracias por estar conmigo”.
Su lenguaje ocurre de otra forma.
Está en esperar detrás de una puerta.
En acomodarse cerca.
En seguirnos por la casa sin una razón aparente.
En levantar la cabeza apenas escucha nuestra voz.
En esa capacidad increíble de volver a recibirnos con entusiasmo aunque hayamos salido apenas unos minutos.
Y quizá nosotros también deberíamos aprender a observar mejor los lenguajes silenciosos de las personas.
No todo cariño llega convertido en palabras.
Hay padres que preguntan si ya comiste cuando en realidad quieren decir que les importas.
Hay abuelos que repiten historias porque compartirlas es una forma de seguir estando presentes.
Hay amigos que mandan un mensaje absurdo solamente para mantener vivo el vínculo.
Hay personas que acompañan sin saber exactamente qué decir.
A veces esperamos una demostración espectacular y dejamos pasar cientos de demostraciones pequeñas.
Quizá por eso convivir con animales puede enseñarnos mucho sobre nosotros mismos.
No porque los perros sean seres mágicos que vienen a explicarnos la vida.
Son animales, con sus comportamientos, necesidades y formas particulares de relacionarse.
Pero nuestra convivencia con ellos puede funcionar como un espejo.
Nos obliga a mirar cosas que normalmente ignoramos.
La paciencia.
La responsabilidad.
La rutina.
La pérdida.
La compañía.
La dependencia.
La ternura.
Incluso nuestra capacidad de cuidar de alguien que jamás podrá devolvernos exactamente lo mismo que nosotros le damos.
Y ahí aparece una pregunta que va mucho más allá de los perros:
¿Cuánto de nuestro cariño depende de recibir algo a cambio?
Con un animal esa negociación parece menos evidente.
Lo alimentamos.
Lo cuidamos.
Lo llevamos al veterinario.
Nos levantamos cuando necesita salir.
Organizamos parte de nuestra rutina alrededor suyo.
Y muchas veces sentimos que recibimos muchísimo, aunque aquello que recibimos no pueda medirse fácilmente.
Compañía.
Alegría.
Rutina.
Una presencia esperando cuando volvemos.
Tal vez amar tenga bastante de eso.
No solamente sentir.
También hacerse presente.
Hay días en los que uno puede querer muchísimo a alguien y aun así estar agotado.
Puede querer a su familia y necesitar espacio.
Puede amar a su perro y sentir pereza de salir a caminar.
Puede tener cariño y también frustración.
Las relaciones reales contienen contradicciones.
Y me parece importante reconocerlas porque a veces romantizamos demasiado incluso la relación con nuestros animales.
Tener un perro no es solamente fotografías bonitas y recibimientos felices.
También implica responsabilidad cuando llueve.
Gastos inesperados.
Preocupaciones.
Desorden.
Horarios.
Enfermedades.
Decisiones difíciles.
Pero quizá precisamente ahí aparece una forma más profunda del vínculo.
El cariño deja de ser únicamente una emoción agradable y empieza a convertirse en cuidado.
Eso sucede también entre personas.
Querer cuando todo está bien resulta relativamente fácil.
La verdadera complejidad aparece cuando amar implica paciencia, tiempo, atención o sacrificio.
Cuando no hay fotografía.
Cuando nadie está mirando.
Cuando no habrá aplausos.
Quizá un perro jamás entienda todas las cosas que hacemos por él.
Y nosotros jamás entenderemos por completo cómo nos percibe.
Existe algo hermoso en aceptar ese misterio.
No necesitamos conocer todos sus pensamientos.
No necesitamos confirmar si efectivamente soñó con nosotros anoche.
Podemos quedarnos con algo mucho más real:
durante una parte de su vida, nosotros somos su casa.
Y “casa” no necesariamente significa paredes.
Puede significar una voz familiar.
Un lugar seguro.
Una rutina conocida.
La sensación de que alguien regresará.
Eso me hace pensar en todas las personas que alguna vez han sido casa para nosotros.
Personas junto a las que pudimos bajar la guardia.
Con quienes no fue necesario aparentar.
Personas que asociamos con una época de tranquilidad o simplemente con la sensación de no estar solos.
Quizá algunos vínculos importantes funcionan exactamente así: se meten lentamente en nuestra memoria sin que nos demos cuenta.
Un olor.
Una canción.
Una comida.
Una calle.
Una frase.
Después pasan los años y basta cualquiera de esas cosas para que alguien vuelva a aparecer por unos segundos dentro de nosotros.
No sabemos si los perros recuerdan de esa manera.
No deberíamos convertir una idea bonita en una certeza científica que todavía no tenemos.
Pero sí sabemos que comparten experiencias con nosotros, que aprenden rutinas, reconocen personas y construyen asociaciones con aquello que forma parte de su vida cotidiana.
Y eso ya es extraordinario.
La próxima vez que veas a tu perro moviendo las patas mientras duerme, quizá puedas imaginarlo corriendo.
Tal vez persigue algo.
Tal vez revive alguna sensación del día.
Tal vez su sueño no tenga absolutamente nada que ver contigo.
También es posible.
Pero incluso entonces hay algo que no cambia.
Cuando despierte, tú seguirás formando parte de su realidad.
Y quizá eso sea más importante que cualquier sueño.
Porque nosotros también pasamos buena parte de la vida preguntándonos qué sienten los demás por nosotros cuando muchas respuestas están ocurriendo delante de nuestros ojos.
En quién se queda.
En quién llama.
En quién cuida.
En quién aparece.
En quién puede descansar a nuestro lado.
Tal vez no deberíamos obsesionarnos tanto con entrar en la mente de quienes queremos.
A veces basta observar cómo viven cuando están con nosotros.
Un perro dormido no puede contarnos qué está soñando.
Pero quizás su tranquilidad ya esté diciendo algo.
Y mientras lo miramos respirar, podría valer la pena recordar que amar a otro ser vivo no consiste únicamente en ocupar un lugar dentro de sus sueños.
Consiste, sobre todo, en procurar que su realidad sea un lugar donde pueda sentirse seguro.
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— Juan Manuel Moreno Ocampo
Quizá nunca sepamos qué sueña un perro, pero sí podemos elegir qué clase de recuerdos le ayudamos a construir mientras está despierto.



