Hay conversaciones que no se dicen en voz alta, pero se sienten en el aire. Se quedan suspendidas entre miradas, silencios largos y frases que nunca terminan de salir. Creo que una de esas conversaciones es la que viven muchos padres cuando descubren —o empiezan a sospechar— que su hijo no encaja en las categorías que siempre dieron por sentadas.
No es solo una cuestión de orientación sexual. Es algo más profundo. Es como si de repente se moviera el piso de todo lo que creían entender sobre el amor, la identidad y el futuro.
Hace poco leí una reflexión que hablaba sobre lo que significa ser bisexual en un mundo que todavía insiste en dividirlo todo en dos: o eres esto o eres aquello. Y mientras leía, no pude evitar pensar en algo que casi nunca se dice… lo difícil que también puede ser para una familia entender esa realidad, no desde el rechazo necesariamente, sino desde la confusión.
Porque sí, hay rechazo. Hay dolor. Hay historias duras. Pero también hay algo más silencioso: el no saber cómo reaccionar.
Imagínate crecer creyendo que tu hijo tendrá una vida “como la tuviste tú”, o como te enseñaron que debía ser. Que se enamorará de cierta forma, que construirá una familia bajo ciertos esquemas, que su camino será predecible. Y de repente, un día, te das cuenta de que su historia no cabe ahí. No porque esté mal… sino porque es distinta.
Y lo distinto, cuando no se entiende, asusta.
Yo no hablo desde la experiencia de ser padre. Hablo desde ser hijo. Desde haber crecido viendo cómo muchas conversaciones importantes se evitan por miedo a incomodar. Desde entender que a veces no es falta de amor… es falta de herramientas.
Y eso cambia todo.
Porque el dilema del hijo bisexual no es solo suyo. También es, en muchos casos, el dilema silencioso de los padres: ¿cómo acompañar algo que no comprendo del todo?
Vivimos en una época en la que parece que todo está “más aceptado”, pero eso no siempre es verdad en la vida cotidiana. En redes sociales todo suena fácil: sé tú mismo, ámate, exprésate. Pero en la mesa de la casa, en una conversación con mamá o papá, la realidad puede ser muy distinta.
Hay preguntas que no se hacen por miedo a herir. Hay respuestas que no se dan por miedo a decepcionar.
Y en medio de eso, se va construyendo una distancia que nadie quiso crear.
Lo que más me ha llamado la atención de todo este tema es que la bisexualidad, en particular, genera una especie de incomodidad doble. No encaja del todo en lo que muchos entienden como heterosexualidad, pero tampoco siempre es aceptada dentro de lo que otros consideran una identidad “definida”. Es como vivir en un punto intermedio que el mundo no termina de comprender.
Y eso, para quien lo vive, puede ser profundamente solitario.
Pero también lo es para quien intenta entenderlo desde afuera.
Porque aceptar no siempre es inmediato. A veces es un proceso. A veces implica romper creencias que llevas toda la vida sosteniendo. A veces duele porque sientes que pierdes una idea que tenías del futuro… aunque en realidad lo que estás haciendo es abrirte a uno nuevo.
Y ahí es donde creo que está el verdadero punto de quiebre: entender que el amor no debería depender de que el otro encaje en lo que esperábamos.
Suena obvio. Pero no lo es.
Nos enseñaron a amar con condiciones disfrazadas de normalidad. Nos enseñaron que ciertas cosas eran “correctas” y otras “desviaciones”. Y aunque muchos creemos haber superado eso, en el fondo esas ideas siguen ahí, escondidas, esperando a salir cuando algo nos confronta de verdad.
Este tema también me hizo pensar en algo que he leído varias veces en textos de crecimiento personal y espiritualidad, como los que se comparten en espacios tipo <a href="https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/" target="_blank">Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías</a>. Y es que, al final, muchas de las crisis que vivimos no tienen que ver con el otro… sino con nosotros mismos enfrentando lo que no entendemos.
Porque aceptar al otro implica, muchas veces, cuestionarte a ti.
Y eso no siempre es cómodo.
Hay algo profundamente humano en querer que las cosas sean claras, definidas, simples. Pero la vida no funciona así. La vida es ambigua, cambiante, llena de matices. Y las personas también lo somos.
Tal vez el problema no es que alguien sea bisexual. Tal vez el problema es que nos cuesta aceptar que la identidad no siempre es rígida.
Y aquí es donde entra algo que me parece clave: la conversación.
No la conversación perfecta, ni la políticamente correcta. La conversación real. La que se equivoca, la que pregunta, la que duda. La que a veces dice cosas torpes, pero lo intenta.
Porque el silencio es mucho más peligroso.
El silencio crea distancia. El silencio hace que el otro se sienta solo. El silencio convierte lo que podría ser un proceso compartido en una experiencia aislada.
Y eso aplica para ambos lados.
He visto casos en los que los hijos no dicen nada por miedo a perder el amor de sus padres. Y también casos en los que los padres no preguntan nada por miedo a decir algo incorrecto.
Y así, sin darse cuenta, se van alejando.
A veces creemos que amar es entender completamente al otro. Pero no siempre es así. A veces amar es acompañar incluso cuando no entiendes del todo. Es quedarte, escuchar, aprender.
Es decir: “no lo tengo claro, pero estoy contigo”.
Eso vale más de lo que creemos.
También hay algo importante que no podemos ignorar: el contexto cultural. No es lo mismo vivir este proceso en un entorno donde hay apertura, que en uno donde todavía existen prejuicios fuertes. En muchos lugares —incluido nuestro contexto colombiano— todavía hay miedo al qué dirán, al rechazo social, a la mirada del vecino.
Y eso pesa.
Pesa en los padres. Pesa en los hijos. Pesa en las decisiones que se toman y en las palabras que se callan.
Por eso creo que este tema no se puede simplificar en “acepta y ya”. Es más complejo. Es más humano. Es un proceso que necesita tiempo, empatía y, sobre todo, honestidad.
Honestidad para reconocer lo que sentimos, incluso cuando no es lo que “deberíamos” sentir.
Honestidad para decir: “esto me cuesta”.
Y desde ahí, empezar a construir.
Si algo me queda claro después de leer, pensar y sentir todo esto, es que el verdadero reto no es definir etiquetas… es aprender a relacionarnos mejor desde la diferencia.
Porque al final, más allá de si alguien es heterosexual, homosexual o bisexual, hay algo que es común a todos: el deseo de ser aceptado, de ser amado sin tener que esconder partes de sí mismo.
Y eso no debería ser un lujo. Debería ser lo mínimo.
Tal vez este no es un tema que se resuelva con una sola conversación. Tal vez no hay respuestas definitivas. Pero sí creo que hay algo que podemos hacer desde ya: dejar de evitar lo incómodo.
Porque a veces, lo incómodo es justo lo que necesitamos para crecer.
Y no solo como individuos… sino como familias.
Y como sociedad.
—
La imagen que acompaña este texto podría ser la de un joven sentado en una habitación con luz tenue, mirando hacia una ventana abierta. Afuera, el cielo cambia de colores entre el atardecer y la noche, simbolizando esa transición, esa mezcla de identidades y emociones. Dentro de la habitación, se percibe calma, pero también introspección. No hay tristeza absoluta, ni felicidad total… hay proceso. Hay verdad.
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