Hay gestos tan pequeños que uno casi nunca se pregunta qué significan, hasta que descubre que detrás de ellos puede haber mucho más de lo que imaginaba.
Hablarle a un perro es una de esas cosas.
Uno sabe, racionalmente, que el perro no entiende el español como nosotros. No conoce la gramática, no sabe qué es un verbo y seguramente muchas de las frases larguísimas que le decimos son para él una combinación extraña de sonidos, tonos, movimientos y expresiones.
Pero aun así le hablamos.
Le contamos que vamos a salir. Le preguntamos dónde dejó algo como si pudiera respondernos. Le reclamamos por alguna travesura. Le decimos que espere. Le preguntamos si tiene hambre, aunque probablemente ya sabemos la respuesta. Incluso hay personas que terminan contándole a su perro cosas que quizá no se atreven a contarle a nadie.
Y entonces ocurre ese gesto.
El perro nos mira y ladea la cabeza.
Es imposible no sentir que, por un segundo, está intentando comprender absolutamente todo.
Tal vez por eso ese movimiento nos causa tanta ternura. Porque parece una pregunta silenciosa.
“¿Qué me estás diciendo?”
Durante mucho tiempo pensé que simplemente era uno de esos comportamientos curiosos de los animales que nosotros convertimos en algo gracioso. Una expresión perfecta para una fotografía, un video o uno de esos momentos que terminamos compartiendo porque parecen demasiado tiernos para dejarlos pasar.
Pero cuando uno empieza a mirar el gesto con un poco más de atención, la historia se vuelve mucho más interesante.
Porque posiblemente el perro no está tratando de verse adorable.
Está tratando de entender.
Y esa diferencia cambia completamente la manera de observarlo.
Una de las explicaciones más sencillas tiene que ver con algo que está literalmente frente a sus ojos: su propio hocico.
Nosotros podemos mirar el rostro de otra persona prácticamente sin obstáculos. Los perros, especialmente aquellos que tienen el hocico más largo, tienen una parte de su campo visual ocupada por esa estructura que sobresale frente a ellos.
Si alguna vez ponemos el puño delante de nuestra nariz podemos hacernos una idea bastante imperfecta de lo que significa tener algo permanentemente atravesado en una parte del campo visual.
Entonces ladear la cabeza podría ayudarles a obtener otra perspectiva.
Y aquí aparece algo que me parece mucho más importante que la explicación anatómica: lo que el perro intenta observar es nuestro rostro.
Eso significa que cuando hablamos con él no solamente existe nuestra voz.
También están nuestros ojos.
La boca.
Las cejas.
Los movimientos.
La postura.
La energía con la que decimos algo.
Probablemente nosotros hacemos exactamente lo mismo sin darnos cuenta.
No interpretamos igual un “estoy bien” pronunciado mientras alguien sonríe que el mismo “estoy bien” dicho mirando hacia el piso.
Las palabras pueden ser idénticas.
El significado no.
Los perros llevan miles de años viviendo cerca de los seres humanos y han desarrollado una capacidad extraordinaria para observarnos. Nosotros creemos que somos quienes los estudiamos, pero quizá ellos llevan muchísimo tiempo estudiándonos también.
Saben reconocer rutinas.
Identifican determinados tonos.
Relacionan movimientos con acontecimientos.
Aprenden que coger unas llaves puede significar una salida.
Que ponerse determinados zapatos puede anunciar un paseo.
Que abrir cierto cajón significa comida.
Que una voz más suave suele acompañar una caricia.
Y probablemente aprenden muchas cosas de nosotros que jamás les enseñamos conscientemente.
Eso me hace pensar en algo que va mucho más allá de los perros.
¿Cuántas veces creemos que la comunicación ocurre solamente a través de las palabras?
Nos preocupamos muchísimo por lo que decimos, pero bastante menos por cómo miramos, cómo reaccionamos, qué tono utilizamos o qué hacemos mientras estamos hablando.
Un perro quizá no pueda comprender una conversación completa, pero puede percibir elementos que nosotros mismos pasamos por alto.
Y después está el oído.
Cuando un perro inclina la cabeza también modifica ligeramente la posición desde la cual recibe el sonido.
Nosotros hacemos algo parecido.
Cuando escuchamos un ruido extraño en algún lugar, giramos la cabeza casi automáticamente. No pensamos: “Voy a modificar la posición de mis oídos para mejorar la localización acústica”.
Simplemente lo hacemos.
Nuestro cuerpo intenta conseguir más información.
El perro también puede estar haciendo eso cuando escucha nuestra voz.
Hay palabras que aparecen constantemente en su vida y terminan adquiriendo significado.
Su nombre.
“Comida”.
“Vamos”.
“Paseo”.
“Ven”.
“No”.
Y seguramente existen otras que cada perro aprende dependiendo de la familia con la que vive.
Eso me parece fascinante porque significa que entre una persona y un animal termina construyéndose una especie de idioma privado.
No es español.
Tampoco es lenguaje canino.
Es algo que aparece en la convivencia.
Una mezcla de sonidos, gestos, horarios, miradas, experiencias y repeticiones.
Dos seres completamente diferentes encontrando una manera de comprenderse.
Quizá por eso algunas personas dicen que su perro “sabe” cuándo están tristes.
No necesariamente porque comprenda el problema que tienen.
Puede que no sepa qué ocurrió en el trabajo, por qué terminó una relación, qué significa una deuda, qué preocupación existe en la familia o qué pensamiento lleva horas dando vueltas en nuestra cabeza.
Pero sí puede notar que algo cambió.
Nuestra forma de caminar.
Nuestra voz.
Nuestra postura.
El tiempo que permanecemos quietos.
La manera de tocarlo.
Tal vez incluso ciertos cambios físicos que nosotros ni siquiera advertimos.
Y entonces se acerca.
No soluciona nada.
Simplemente está.
A veces pienso que nosotros complicamos demasiado la idea de entender a alguien.
Creemos que comprender significa tener respuestas.
Dar consejos.
Explicar.
Resolver.
Decir algo inteligente.
Un perro no puede hacer ninguna de esas cosas.
Y aun así hay momentos en los que su compañía resulta profundamente reconfortante.
Quizá porque existe otra forma de comprensión que comienza simplemente prestando atención.
Por eso me gusta tanto pensar en ese pequeño movimiento de cabeza.
Un animal escucha un sonido que viene de una especie diferente.
Observa una cara que no funciona exactamente como la suya.
Intenta relacionar determinados sonidos con experiencias anteriores.
Ajusta su cuerpo.
Mueve la cabeza.
Mira otra vez.
Escucha otra vez.
Intenta comprender.
Y nosotros nos reímos porque se ve adorable.
Claro que podemos reírnos. También podemos tomarle la fotografía.
Pero tal vez vale la pena reconocer durante un instante lo extraordinario de la escena.
Dos especies intentando comunicarse.
Eso ocurre todos los días en millones de hogares y ya nos parece completamente normal.
Pero no debería dejar de parecernos increíble.
También hay algo especialmente bonito en la posibilidad de que algunos perros inclinen más la cabeza cuando escuchan palabras que reconocen.
Porque entonces el gesto podría estar relacionado no solamente con escuchar, sino con buscar significado.
Es como si algo dentro de ese sonido hubiera despertado una asociación.
“Yo conozco eso.”
Y probablemente todos hemos visto alguna versión de esa reacción.
Puedes estar hablando durante un minuto entero y el perro parece relativamente tranquilo.
Hasta que dices una palabra determinada.
“¿Vamos a…?”
Y antes de terminar la frase ya cambió completamente.
Las orejas.
Los ojos.
La postura.
La cola.
Todo el cuerpo parece haber entendido algo.
A veces incluso da la impresión de que tenemos que deletrear determinadas palabras para que no las reconozcan, lo cual resulta bastante gracioso porque terminamos modificando nuestro propio lenguaje para esconderle información a un animal.
Pero detrás de esa escena cotidiana existe una capacidad enorme de asociación y aprendizaje.
El perro no necesita comprender cada palabra.
Necesita encontrar patrones.
Y, pensándolo bien, nosotros aprendemos muchas cosas exactamente de la misma manera.
Antes de comprender completamente el mundo, observamos.
Repetimos.
Relacionamos.
Nos equivocamos.
Volvemos a intentar.
Un niño tampoco comienza su vida entendiendo cada palabra que escucha. Primero existen voces, rostros, tonos, sonidos repetidos y experiencias asociadas.
Después aparece el significado.
Tal vez por eso el gesto de un perro inclinando la cabeza resulta tan familiar.
Porque conocemos esa sensación.
La de intentar entender algo que todavía no comprendemos completamente.
Todos hemos ladeado metafóricamente la cabeza frente a la vida.
Cuando alguien nos explica algo nuevo.
Cuando conocemos una persona diferente.
Cuando escuchamos una opinión que contradice la nuestra.
Cuando intentamos comprender por qué alguien actuó de determinada manera.
Cuando entramos en un mundo que no conocemos.
La diferencia es que nosotros muchas veces dejamos de hacerlo.
En lugar de ajustar nuestra mirada para entender mejor, respondemos inmediatamente.
En lugar de escuchar otra vez, suponemos.
En lugar de observar, juzgamos.
En lugar de preguntarnos qué quiso decir la otra persona, decidimos qué quiso decir.
Tal vez por eso ese gesto tan sencillo de un perro puede terminar enseñándonos algo inesperado.
No porque los animales sean maestros espirituales ni porque tengamos que convertir cada comportamiento suyo en una gran lección de vida.
Simplemente porque observarlos también puede ayudarnos a observarnos.
Un perro inclina la cabeza porque algo merece un poco más de atención.
Y nosotros vivimos en una época en la que precisamente la atención se ha vuelto difícil.
Escuchamos mientras miramos el teléfono.
Respondemos mientras pensamos en otra cosa.
Leemos rápidamente.
Saltamos de una pantalla a otra.
Queremos entender titulares, personas, problemas y hasta relaciones completas en segundos.
Quizá hemos desarrollado herramientas extraordinarias para comunicarnos mientras perdemos lentamente la paciencia necesaria para comprendernos.
Y entonces aparece un perro.
Tú le dices algo.
Él se queda quieto.
Te mira.
Inclina la cabeza.
No sabe exactamente qué estás diciendo.
Pero parece dispuesto a intentarlo.
Hay algo profundamente humano en apreciar eso.
Porque todos, de alguna manera, queremos lo mismo.
Que alguien haga el esfuerzo de entendernos.
No necesariamente que esté de acuerdo.
No necesariamente que tenga una respuesta.
Solo que durante unos segundos deje todo lo demás y preste suficiente atención para intentar comprender qué estamos tratando de decir.
Quizá por eso nos conmueve tanto ese gesto.
Tal vez no estamos viendo solamente un perro curioso.
Estamos viendo algo que también necesitamos entre nosotros.
Atención.
Curiosidad.
Paciencia.
El esfuerzo sincero de comprender un mundo que no es exactamente el nuestro.
La próxima vez que un perro incline la cabeza mientras le hablas, seguramente seguirá siendo inevitable sonreír.
Hazlo.
Disfruta el momento.
Pero quizá también puedas quedarte unos segundos observándolo.
Porque mientras tú intentas explicarle algo utilizando un idioma que él nunca podrá hablar como tú, él está utilizando todo lo que tiene —sus ojos, sus oídos, su memoria y su experiencia contigo— para acercarse un poco a tu significado.
Y quizás comprender nunca ha sido entenderlo todo.
A veces comprender comienza simplemente con estar dispuesto a mirar desde otro ángulo.
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— Juan Manuel Moreno Ocampo
A veces entender al otro no comienza encontrando las palabras correctas, sino teniendo la paciencia suficiente para prestar atención.
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