Hay sonidos que para nosotros son fiesta… pero para otros son miedo.
Lo entendí una noche de diciembre, de esas que parecen sacadas de una película: luces por todas partes, música en cada casa, familias reunidas… y pólvora explotando en el cielo como si el mundo estuviera celebrando algo enorme. Yo también estaba celebrando. Hasta que miré a mi perro.
Estaba escondido.
No debajo de una mesa por juego, ni buscando un rincón cómodo… estaba temblando. Su respiración era rápida, sus ojos estaban abiertos como si estuviera viendo algo que yo no podía ver. Y en ese momento entendí algo que nadie me había explicado con suficiente fuerza: no todos vivimos la misma realidad, aunque estemos en el mismo lugar.
Ese día me cambió la forma de ver diciembre.
Porque mientras nosotros hablamos de alegría, muchos animales viven esos días como una guerra.
Y no es exageración. Es biología. Es sensibilidad. Es percepción. Es una forma distinta de experimentar el mundo.
Cuando leí el artículo de Agronegocios sobre cómo proteger a las mascotas del ruido de la pólvora, confirmé algo que ya intuía: el problema no es solo el susto… es el impacto emocional y físico que puede dejar en ellos.
Hay mascotas que simplemente se incomodan. Pero hay otras que entran en pánico real. No es “que sea nervioso”. No es “que ya se le pasará”. Es una respuesta profunda que puede generar taquicardia, vómito, conductas agresivas o incluso intentos desesperados de escapar.
Y aquí viene algo que me golpeó fuerte: muchas veces los humanos reaccionamos tarde.
Esperamos a ver el problema para actuar… cuando ya el miedo está encima.
Eso también pasa en muchas áreas de la vida, no solo con las mascotas.
Esperamos a que algo se rompa para entender su valor.
Y diciembre, curiosamente, es una época donde eso se vuelve evidente.
Porque mientras celebramos, también ignoramos.
Ignoramos el ruido, ignoramos el miedo de otros, ignoramos que no todo el mundo está viviendo lo mismo que nosotros.
Y ahí es donde empieza la verdadera reflexión.
Proteger a una mascota del ruido de la pólvora no es solo una técnica… es una forma de empatía.
Es preguntarte: ¿cómo puedo hacer que otro ser, que depende de mí, se sienta seguro en un mundo que no entiende?
Porque ellos no entienden la pólvora.
No entienden que es “fiesta”.
No entienden que es “tradición”.
Solo sienten que algo explota… y que no tienen control.
Y cuando alguien no tiene control… aparece el miedo.
Hay algo que me parece muy poderoso: crear un espacio seguro.
No solo para ellos, también para nosotros.
Porque todos necesitamos un lugar donde podamos respirar sin sentirnos amenazados.
Un cuarto tranquilo, sin tanto ruido, con luces suaves, con su cama, con algo que huela a hogar… eso puede marcar la diferencia.
No es magia.
Pero es contención.
Y la contención, en cualquier relación —sea con animales o personas— es una de las formas más sinceras de amor.
También entendí algo que me pareció clave: no todo se soluciona con “dar cariño”.
A veces creemos que abrazar, consentir o hablarle fuerte es suficiente.
Pero no siempre es así.
Hay formas de acompañar que ayudan… y formas que, sin querer, empeoran la situación.
Por ejemplo, si tú entras en ansiedad, tu mascota lo siente.
Si tú te alteras, ellos lo amplifican.
Es como si fueran un espejo emocional.
Y eso me hizo pensar en algo más profundo: ¿cuántas veces nosotros también necesitamos a alguien que esté tranquilo cuando nosotros no lo estamos?
Porque la calma también se contagia.
Así como el miedo.
Otra cosa que me dejó pensando fue el tema de la anticipación.
No esperar a diciembre 24 o 31 para reaccionar.
Sino prepararse.
Eso aplica para todo en la vida.
Para las relaciones, para los negocios, para la salud mental… y sí, también para nuestras mascotas.
Si sabes que tu perro sufre con la pólvora, ¿por qué esperar a que vuelva a pasar?
¿Por qué no construir desde antes una forma de acompañarlo mejor?
Ahí es donde uno empieza a entender que cuidar no es reaccionar… es prevenir.
Y esa es una lección que, si la llevamos a la vida, cambia muchas cosas.
También me llamó la atención algo que muchas personas hacen sin saber: medicar por su cuenta.
Eso es delicado.
Porque no todo lo que “parece ayudar” realmente ayuda.
De hecho, puede empeorar la situación.
Y aquí vuelvo a algo que he aprendido leyendo y viviendo: no todo lo urgente debe resolverse rápido… algunas cosas deben resolverse bien.
Y resolver bien implica informarse, preguntar, buscar guía profesional cuando es necesario.
No improvisar.
No adivinar.
No asumir.
En uno de los artículos que leí hace tiempo en 👉 https://juliocmd.blogspot.com/, hablaban sobre cómo muchas decisiones importantes se toman desde la ignorancia disfrazada de seguridad.
Y creo que esto aplica perfectamente aquí.
Creemos que sabemos… hasta que entendemos que no.
Y ese momento, aunque incómodo, es necesario.
Porque ahí empieza el cambio.
También hay algo que me parece importante decir, aunque no siempre sea cómodo: el problema no es solo la pólvora… es la forma en que normalizamos ciertas cosas sin cuestionarlas.
Porque si algo genera sufrimiento, aunque sea “tradición”… ¿vale la pena mantenerlo igual?
No tengo una respuesta absoluta.
Pero sí tengo una invitación: cuestionar.
Porque cuestionar no es destruir… es evolucionar.
Y eso es algo que también se habla mucho en espacios como
👉 https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/, donde se conecta la conciencia con nuestras acciones cotidianas.
Porque al final, todo se conecta.
Cómo tratamos a los animales.
Cómo tratamos a las personas.
Cómo nos tratamos a nosotros mismos.
Todo habla de quiénes somos.
Y diciembre, con toda su intensidad, es un espejo de eso.
Por eso este tema no es solo sobre mascotas.
Es sobre sensibilidad.
Sobre responsabilidad.
Sobre conciencia.
Sobre entender que compartir el mundo implica respetar las formas en que otros lo viven.
Si tienes una mascota, no necesitas ser perfecto.
Pero sí presente.
Sí atento.
Sí dispuesto a aprender.
Porque al final, cuidar también es un proceso.
Y nadie nace sabiendo todo.
Yo tampoco.
Pero cada experiencia, cada error, cada aprendizaje… suma.
Y si algo me dejó ese momento con mi perro, es que a veces el amor no se demuestra con palabras… sino con decisiones.
Decisiones pequeñas, silenciosas, pero profundas.
Como cerrar una ventana.
Como bajar el volumen.
Como sentarte al lado de alguien que tiene miedo… y simplemente quedarte ahí.
Sin intentar arreglarlo todo.
Solo estando.
Porque a veces, eso es suficiente.
Y otras veces… es todo.
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