miércoles, 5 de agosto de 2026

Los mosquitos no te eligen al azar: tu piel cuenta una historia que ellos pueden oler



¿Alguna vez has estado sentado junto a varias personas y, al terminar la noche, descubres que tú pareces haber servido de cena mientras los demás apenas recibieron una picadura?

A mí me ha pasado. Uno empieza a rascarse, a mirar los brazos y a preguntarse, medio en broma y medio en serio, qué hizo para merecer semejante persecución. Alguien siempre dice que es por la “sangre dulce”. Otro culpa al perfume, al color de la ropa o al calor. Y aunque algunas de esas explicaciones tienen una parte de verdad, la realidad es mucho más extraña, profunda y fascinante: los mosquitos no actúan completamente al azar. Nos detectan, nos comparan y, de alguna manera, nos seleccionan.

Lo más sorprendente es que una parte de esa elección puede estar relacionada con los millones de microorganismos que viven sobre nuestra piel.

Decirlo así puede sonar incómodo. Nos enseñaron a imaginar las bacterias como enemigas, como algo sucio que hay que eliminar. Desde pequeños escuchamos frases como “lávate las manos porque tienes bacterias” o “no toques eso que está contaminado”. Sin embargo, nuestro cuerpo no es una superficie vacía ni una fortaleza aislada. Somos una especie de ecosistema ambulante. Sobre la piel viven comunidades microscópicas que participan en procesos cotidianos y que, entre muchas otras cosas, transforman sustancias del sudor y contribuyen a producir nuestro olor corporal.

Ese olor no es solamente el que nosotros alcanzamos a notar después de hacer ejercicio o pasar varias horas bajo el sol. Es una nube química mucho más compleja, formada por compuestos que quizá no percibimos conscientemente, pero que un mosquito puede detectar con una precisión impresionante.

Los mosquitos combinan varias señales para encontrarnos: el dióxido de carbono que expulsamos al respirar, el calor corporal, la humedad, el movimiento y los compuestos que salen de nuestra piel. Entre esas señales se encuentra el olor generado por la interacción entre nuestro sudor y las bacterias que habitan en el cuerpo.

Esto significa que el mosquito no piensa como nosotros, pero sí responde a un conjunto de señales biológicas. Para él, cada persona parece emitir una firma invisible. Una especie de perfil aromático que le indica: aquí hay calor, aquí hay respiración, aquí hay piel y posiblemente aquí hay alimento.

La fuente que inspiró esta reflexión explicaba algo todavía más inquietante. Algunos estudios observaron que virus como el dengue y el zika podrían modificar el olor de los huéspedes infectados al alterar ciertos procesos relacionados con los microorganismos de la piel. En los experimentos aumentaba la presencia de un compuesto llamado acetofenona, lo que hacía que los huéspedes resultaran más atractivos para los mosquitos.

Es difícil no quedarse pensando en la inteligencia silenciosa de la naturaleza.

Un virus no tiene conciencia ni un plan escrito. Sin embargo, mediante procesos evolutivos, puede terminar beneficiándose de cambios que aumentan la posibilidad de pasar de un huésped a otro. El mosquito pica a un ser infectado, adquiere el virus y después puede transmitirlo a otra persona. Si la infección hace que el huésped resulte más atractivo para nuevos mosquitos, el ciclo encuentra una manera de impulsarse.

La naturaleza no es cruel en el sentido humano, porque la crueldad necesita intención. Pero sí puede ser indiferente. No siempre funciona pensando en nuestro bienestar. Funciona mediante relaciones, adaptaciones, competencia y supervivencia. Nosotros estamos dentro de esa red, aunque a veces vivamos como si estuviéramos por encima de ella.

Ese es uno de los aprendizajes que más me deja este tema: el cuerpo habla incluso cuando nosotros guardamos silencio.

Habla mediante la temperatura, el sudor, la respiración, las hormonas, los microorganismos y los olores. Cuenta cosas que no vemos. Revela cambios internos mucho antes de que tengamos palabras para describirlos. A veces creemos que somos únicamente nuestros pensamientos, nuestras decisiones y la imagen que mostramos frente a los demás. Pero también somos procesos invisibles que siguen ocurriendo mientras estudiamos, trabajamos, dormimos, discutimos o miramos el celular.

Hay algo de humildad en reconocerlo.

En una época en la que intentamos controlar casi todo, resulta extraño aceptar que una bacteria microscópica puede influir en la forma en que olemos y que ese olor puede cambiar el comportamiento de otro ser vivo. Nos preocupamos por controlar nuestra fotografía de perfil, las palabras que publicamos, la ropa que usamos y la impresión que dejamos. Mientras tanto, nuestro organismo mantiene una conversación química con el ambiente sin pedirnos permiso.

Y no, esto no significa que debamos obsesionarnos con limpiar la piel hasta eliminar cualquier microorganismo. Esa sería una conclusión apresurada. La piel necesita conservar su equilibrio y no todas las bacterias son dañinas. Muchas forman parte natural de nuestro cuerpo.

Tampoco significa que exista una manera sencilla de cambiar nuestras bacterias para volvernos invisibles ante los mosquitos. Los descubrimientos científicos deben tratarse con cuidado. Una investigación prometedora no se convierte automáticamente en un remedio casero ni en una solución que podamos aplicar sin orientación.

Aquí aparece un problema muy actual: cada descubrimiento corre el riesgo de transformarse rápidamente en un titular simplificado.

“Descubren por qué te pican los mosquitos”.

“Tus bacterias tienen la culpa”.

“Elimina este olor y nunca volverán a picarte”.

La realidad casi nunca cabe en una frase tan cómoda. No existe un único factor que explique por qué algunas personas reciben más picaduras. Los mosquitos responden a diferentes combinaciones de señales, y no todas las especies se comportan exactamente igual. La química de la piel, las bacterias, el dióxido de carbono, la temperatura, la ropa y el entorno pueden influir al mismo tiempo.

Tal vez el verdadero valor de la ciencia no esté en entregarnos respuestas absolutas, sino en enseñarnos a desconfiar de las respuestas demasiado fáciles.

Cuando era más pequeño, muchas explicaciones familiares me parecían suficientes. Si alguien decía que los mosquitos preferían cierto tipo de sangre, uno lo repetía y seguía adelante. Con los años he entendido que madurar también consiste en revisar esas certezas heredadas. No para burlarnos de quienes nos las enseñaron, sino para reconocer que todos interpretamos el mundo con la información que tenemos disponible.

Nuestros padres y abuelos aprendieron a protegerse del mosquito tapando depósitos de agua, usando toldillos, cerrando ventanas o aplicando productos para espantarlo. Muchas de esas prácticas surgieron de la experiencia antes de que nosotros conociéramos palabras como microbioma, compuestos volátiles o acetofenona.

La ciencia no siempre reemplaza la sabiduría cotidiana. A veces la explica, la corrige o la completa.

En Colombia, hablar de mosquitos tampoco es una curiosidad lejana. El dengue forma parte de la realidad de muchas regiones, especialmente en zonas cálidas donde el mosquito encuentra condiciones favorables para reproducirse.

Por eso, un descubrimiento fascinante sobre bacterias y olores no debe distraernos de lo básico.

Podemos maravillarnos con la complejidad de la piel, pero el balde olvidado en el patio sigue acumulando agua. Podemos compartir una noticia científica en redes sociales, pero quizá no hemos revisado el florero, la canaleta, la llanta vieja o el recipiente destapado. A veces buscamos soluciones futuristas para problemas que también necesitan acciones sencillas y colectivas.

El mosquito puede sentirse atraído por señales individuales, pero su proliferación depende en gran parte del ambiente que construimos entre todos.

Ahí encuentro una metáfora difícil de ignorar. En la vida también solemos concentrarnos únicamente en aquello que nos molesta cuando ya nos ha alcanzado. Nos rascamos después de la picadura, pero pocas veces observamos el agua estancada.

Nos quejamos de una relación cuando el conflicto explotó, pero no atendimos los silencios que se fueron acumulando. Nos preocupamos por nuestra salud cuando el cuerpo grita, aunque llevaba tiempo hablando en voz baja. Criticamos los grandes problemas sociales, pero olvidamos los pequeños hábitos que los alimentan.

Quizá crecer sea aprender a mirar los criaderos antes que las picaduras.

No siempre podremos controlar lo que nos ocurre. No podemos escoger completamente nuestro olor corporal, nuestra genética, el clima de la ciudad o todos los microorganismos que viven en la piel. Pero sí podemos decidir qué hacemos con la información.

Podemos protegernos sin caer en la paranoia. Podemos cuidar la casa sin creer que todo depende de un producto milagroso. Podemos compartir conocimiento sin deformarlo. Y podemos comprender que la salud no es solamente un asunto individual.

Una persona elimina los recipientes con agua de su patio y protege a su familia, pero también reduce un riesgo para sus vecinos. Una comunidad que actúa de manera coordinada puede lograr mucho más que alguien encerrado en su preocupación personal.

Esto me lleva a pensar que incluso algo tan pequeño como un mosquito nos recuerda lo conectados que estamos.

Estamos conectados con las bacterias de la piel, con el aire que exhalamos, con el agua almacenada en una vivienda, con las condiciones del barrio y con las decisiones de personas que quizá ni conocemos. La idea de que cada quien vive completamente separado de los demás es cómoda, pero falsa.

Nuestro cuerpo es comunidad.

Nuestra salud también.

Y tal vez nuestra conciencia debería empezar a serlo.

La próxima vez que un mosquito parezca escogerte entre varias personas, posiblemente seguirás sintiendo la misma molestia. Yo también me quejaría. Pero detrás de ese pequeño instante existe un mundo invisible: moléculas flotando, bacterias transformando sustancias, diminutos sensores detectando calor y olor, y una historia evolutiva que lleva millones de años escribiéndose.

No somos víctimas de una lotería absurda ni poseedores de una misteriosa “sangre dulce”. Somos organismos vivos emitiendo señales en un planeta lleno de otros organismos capaces de interpretarlas.

Esa idea puede incomodar, pero también maravillar.

Nos recuerda que todavía conocemos muy poco de nosotros mismos. Bajo la apariencia cotidiana de la piel existe un universo. Y quizá la ciencia, cuando se cuenta con humanidad, no sirve únicamente para explicar por qué nos pica un mosquito. También sirve para enseñarnos a mirar con más atención aquello que siempre estuvo allí, viviendo con nosotros y hablando en silencio.

En https://juanmamoreno03.blogspot.com suelo regresar a estas preguntas sobre la tecnología, la ciencia, la espiritualidad y la vida diaria, porque siento que comprender el mundo exterior también es una forma de comprendernos por dentro.

Cuidarnos no consiste en tenerle miedo a todo lo invisible, sino en aprender a respetar lo que no vemos y actuar responsablemente frente a lo que sí podemos cambiar.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

A veces, lo más pequeño que nos incomoda termina revelándonos lo inmenso que todavía nos falta comprender.

martes, 4 de agosto de 2026

Los niños arrastradores: cuando la confianza de un menor se convierte en el anzuelo de una red de trata



¿Qué tan desconfiado puede ser un niño frente a otro niño?

La pregunta parece sencilla, pero me dejó pensando durante varios días. A los adultos nos enseñaron a desconfiar del carro que se detiene demasiado cerca, de la persona extraña que ofrece un regalo o de quien hace preguntas incómodas en la calle. Crecimos escuchando frases como “no reciba nada de desconocidos” o “no se vaya con nadie”. Sin embargo, casi nunca nos advirtieron que el peligro también podría tener nuestra edad, hablar como nosotros, conocer nuestras canciones, compartir nuestros problemas y presentarse como alguien que simplemente quiere ayudarnos.

Eso es lo más inquietante de los llamados “niños arrastradores”: no son necesariamente el rostro principal del delito, pero pueden convertirse en el puente que las redes criminales utilizan para acercarse a otros menores. Son niños y adolescentes que, por engaño, presión, miedo, necesidad o manipulación, terminan atrayendo a otros hacia situaciones de explotación. La investigación que dio origen a esta reflexión contó casos de menores migrantes venezolanos utilizados para convencer a otros niños de viajar hacia la frontera colombiana mediante promesas falsas. No quiero repetir esa historia como una crónica policial ni convertir el dolor ajeno en espectáculo. Prefiero detenerme en lo que revela sobre nosotros: una sociedad en la que la infancia puede ser herida hasta el punto de ser usada para herir a otra infancia.

Cuando escuché por primera vez la palabra “arrastrador”, sentí rechazo. Suena como si toda la responsabilidad estuviera en el menor que convence, como si fuera simplemente un pequeño delincuente que decidió arruinar la vida de alguien. Pero la realidad puede ser mucho más difícil. Algunos de estos niños también han sido captados, amenazados o explotados. Otros quizá obedecen porque tienen hambre, porque están solos, porque sienten que no existe una salida o porque alguien les hizo creer que pertenecer a una red era mejor que seguir siendo invisibles.

Y ahí aparece una contradicción que me cuesta aceptar: una víctima puede ser obligada a participar en la victimización de alguien más.

Esto no significa justificar el daño. Significa entenderlo para no quedarnos con una respuesta cómoda. Es fácil señalar a un menor y llamarlo culpable. Es mucho más incómodo preguntarnos quién lo convirtió en herramienta, qué adultos se enriquecieron detrás de él, qué instituciones no llegaron a tiempo y cuántas señales ignoramos antes de que aprendiera a sobrevivir de esa manera.

A veces pensamos que la trata de personas empieza con un secuestro violento. Imaginamos una camioneta oscura, una frontera clandestina o una amenaza directa. Pero muchas veces comienza con algo menos visible: una conversación, una promesa, una supuesta oportunidad laboral, una amistad repentina, un favor que después se convierte en deuda o una invitación a salir de un lugar donde la vida parece no ofrecer nada.

La trata se alimenta de las necesidades humanas. No solamente roba cuerpos; primero estudia vacíos.

Descubre quién necesita dinero, quién quiere escapar de su casa, quién se siente solo, quién sueña con ayudar a su familia, quién quiere un celular, quién busca reconocimiento, quién necesita que alguien le diga “usted sí vale”. Después convierte ese deseo legítimo en una trampa. Por eso no basta con repetirles a los jóvenes que no hablen con extraños. A veces el captador no parece extraño. Puede ser un amigo virtual, una pareja, un conocido del barrio o incluso otro menor que ya fue atrapado por la red.

En el mundo digital, además, la confianza se fabrica con una facilidad impresionante. Un perfil puede parecer auténtico porque tiene fotos, comentarios, seguidores y amigos en común. Una persona puede estudiar durante semanas lo que publicamos, descubrir qué nos duele y aparecer con la frase exacta que queríamos escuchar. Los algoritmos conocen nuestros gustos; los delincuentes también aprenden a observarlos.

No digo esto para presentar internet como un enemigo. Sería hipócrita hacerlo. Mi generación ha aprendido, trabajado, creado amistades y encontrado oportunidades reales gracias a la tecnología. Yo mismo veo en ella una herramienta poderosa para conectar y construir. Pero también he entendido que cada tecnología amplifica lo humano: puede ampliar la solidaridad, pero también la manipulación; puede acercar familias, pero también facilitar que alguien entre silenciosamente en la vida de una persona vulnerable.

En 2025, Naciones Unidas volvió a alertar sobre el uso de redes sociales para atraer menores hacia grupos armados y actividades ilegales. Ya no se trata únicamente de mensajes amenazantes. También se emplean imágenes de poder, dinero, armas, motos, ropa costosa o una vida aparentemente emocionante. Se vende una fantasía antes de mostrar la violencia que la sostiene.

Esa estética me preocupa porque compite con una realidad en la que muchos jóvenes sienten que avanzar de manera honesta es demasiado lento. Cuando una familia vive con necesidades urgentes, decirle a un adolescente que estudie durante años para quizá encontrar una oportunidad puede sonar menos convincente que alguien que le promete dinero inmediato, pertenencia y respeto. La red criminal no siempre aparece como una organización oscura. A veces se presenta como la única puerta abierta.

Por eso la prevención no puede reducirse a una charla de una hora en el colegio. No sirve decir “cuídese” y después devolver al joven a la misma soledad, al mismo abandono y a la misma falta de posibilidades. La protección también se construye con educación de calidad, presencia familiar, salud mental, empleo digno para los adultos del hogar, espacios culturales, deporte, comunidades solidarias y personas que escuchen sin juzgar.

Un niño que se siente visto no es invulnerable, pero tiene más posibilidades de pedir ayuda.

Y escuchar es más difícil de lo que parece. Muchas veces los adultos responden con regaños antes de comprender. Si un adolescente cuenta que conoció a alguien por internet, la primera reacción puede ser quitarle el celular, castigarlo o decirle que fue ingenuo. Entonces aprende a callar. El captador, en cambio, puede mostrarse paciente, comprensivo y atento. Así se produce una injusticia silenciosa: quien quiere proteger se vuelve inaccesible, mientras quien quiere hacer daño se presenta como refugio.

En mi familia he aprendido que acompañar no significa vigilar cada segundo. Significa construir una confianza en la que uno pueda admitir un error sin sentir que perderá el amor de los suyos. Un joven debe saber que, si cayó en una mentira, puede volver a casa; que si compartió información personal, puede pedir ayuda; que si alguien lo está presionando, no tendrá que enfrentarlo solo.

La vergüenza es una gran aliada de los criminales.

Cuando una víctima cree que “se lo buscó”, que nadie le creerá o que su familia la rechazará, la red gana poder. Por eso debemos cambiar la pregunta. En lugar de decir “¿por qué aceptó?”, tal vez deberíamos preguntar “¿qué hicieron para engañarlo?”; en lugar de “¿por qué no escapó?”, preguntar “¿qué amenazas le impedían salir?”; en lugar de “¿cómo fue tan confiado?”, preguntarnos por qué un adulto decidió aprovecharse de esa confianza.

El ICBF informó que durante el primer semestre de 2025 atendió 69 casos de niñas, niños y adolescentes víctimas de trata de personas. Cada cifra representa una vida, una familia y una historia que no debería reducirse a una estadística. También es importante recordar que muchos casos pueden permanecer ocultos porque las víctimas no se reconocen como tales, sienten miedo o no encuentran una ruta segura para denunciar.

Cuando leo cifras así, me pregunto cuántas veces hemos pasado al lado de una señal sin reconocerla. Un cambio repentino de comportamiento. Regalos que nadie sabe de dónde salieron. Viajes inesperados. Un adulto controlador. Una relación virtual mantenida en secreto. Ausencias frecuentes. Dinero inexplicable. Miedo al revisar el teléfono. Ninguna señal aislada demuestra por sí sola que exista trata, pero varias juntas deberían movernos a conversar y buscar orientación profesional, no a acusar ni a exponer públicamente al menor.

También debemos cuidar la forma en que contamos estas historias. Publicar el nombre, la fotografía o detalles que permitan identificar a una víctima puede causarle otro daño. En redes sociales solemos compartir contenido impulsados por la indignación, pero no toda difusión protege. A veces convierte el dolor en entretenimiento, alimenta rumores o facilita que una red sepa quién habló.

Proteger también es guardar silencio cuando la intimidad de un niño está en juego y hablar con firmeza ante las autoridades correctas.

En Colombia, la Línea 141 del ICBF funciona las 24 horas para protección, emergencia y orientación. Ante un peligro inmediato también se puede acudir a la línea 123. No se necesita tener resuelto todo el caso para pedir orientación; basta con una preocupación seria.

Sin embargo, denunciar no debería ser el único momento en que la sociedad aparece. Llegar después del daño es necesario, pero llegar antes es mejor. Necesitamos comunidades donde los niños tengan adultos confiables cerca: docentes formados, vecinos atentos, entrenadores responsables, líderes comunitarios, familiares que sepan conversar y autoridades que no minimicen las alertas.

A veces hablamos de “cuidar a nuestros niños” como si solamente fueran nuestros hijos, hermanos o sobrinos. Pero una sociedad se mide por la forma en que cuida también al niño desconocido, al migrante, al que vende algo en una calle, al que dejó el colegio, al que parece rebelde, al que vive en una zona que casi nunca aparece en las noticias.

La historia de los niños arrastradores también está atravesada por la migración. Las personas que abandonan su país por violencia, hambre, persecución o falta de oportunidades suelen quedar expuestas a rutas inseguras, empleos informales y promesas engañosas. ACNUR advierte que quienes se desplazan por vías irregulares pueden quedar especialmente vulnerables a la trata y a otras violaciones de derechos humanos.

Pero sería injusto convertir al migrante en sinónimo de víctima o delincuente. La vulnerabilidad no está en la nacionalidad; está en las condiciones de abandono, desprotección y desigualdad. Cuando una persona carece de documentos, redes de apoyo o ingresos estables, alguien puede usar esa fragilidad en su contra. Y cuando la sociedad responde con xenofobia, la empuja todavía más hacia la clandestinidad que aprovechan los explotadores.

Creo que una de las formas más profundas de enfrentar la trata es recuperar el sentido de comunidad. Vivimos conectados con cientos de personas, pero a veces no conocemos el nombre del vecino. Tenemos grupos, plataformas y notificaciones, pero nos cuesta preguntar sinceramente: “¿Está bien?”. La protección de la infancia no depende únicamente de sistemas tecnológicos sofisticados. También necesita ojos humanos, conversaciones lentas y vínculos reales.

Desde la espiritualidad, este tema me confronta de una manera particular. Hablar de fe mientras un niño es tratado como mercancía debería incomodarnos. No basta con pedir protección en una oración si después somos indiferentes frente al sufrimiento que podemos prevenir. Creer en un ser supremo, sea cual sea la manera en que cada persona lo nombre, también debería traducirse en defender la dignidad del más vulnerable.

La fe sin cuidado puede quedarse en palabras bonitas.

Tal vez no podamos desmantelar una red criminal desde nuestra casa, pero sí podemos transformar la forma en que acompañamos a los niños que tenemos cerca. Podemos enseñarles que ninguna oportunidad legítima exige secreto absoluto, amenazas, fotografías íntimas, documentos personales o alejarse sin informar a alguien de confianza. Podemos revisar juntos la privacidad de sus cuentas sin convertir la conversación en interrogatorio. Podemos conocer a sus amigos, incluso a los virtuales. Podemos explicarles que pedir ayuda no es traicionar a nadie.

También podemos enseñar algo que a veces olvidamos: ser amable no significa obedecer. Confiar no significa entregar toda la información. Ayudar a un amigo no significa seguirlo a cualquier lugar. Un menor tiene derecho a detenerse, preguntar, verificar, llamar a su familia y retirarse de una situación que le produce miedo, incluso cuando quien lo invita sea otro menor.

Y cuando pensemos en los niños que fueron usados para arrastrar a otros, recordemos que algunos también necesitan ser rescatados. La justicia debe perseguir con toda su fuerza a los adultos y organizaciones que diseñan estas redes, se enriquecen y controlan a las víctimas. Pero frente a un menor instrumentalizado necesitamos una respuesta que combine responsabilidad, protección, verdad y restauración. Castigarlo sin comprender la estructura que lo domina puede dejar intactos a los verdaderos responsables.

No quiero terminar esta reflexión sembrando solamente miedo. El miedo paraliza; la conciencia puede movernos. Hay familias que escuchan, docentes que detectan señales, investigadores que exponen estas redes, funcionarios que acompañan a las víctimas y comunidades que se organizan. También existen jóvenes capaces de cuidarse entre sí, rechazar promesas peligrosas y alertar cuando algo no está bien.

Quizá la respuesta a la pregunta inicial sea esta: un niño no debería tener que desconfiar de todos los demás niños. Lo que debemos construir es un mundo donde ninguna red criminal pueda convertir la amistad, la necesidad o la inocencia en un anzuelo.

Que nuestros niños aprendan a cuidarse, sí, pero que nosotros aprendamos primero a no dejarlos solos.

Fuente que inspiró esta reflexión:

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

A veces proteger una infancia empieza con algo tan sencillo y tan difícil como escuchar antes de que el silencio se convierta en una jaula.

lunes, 3 de agosto de 2026

¿Los millennials aprendieron a ahorrar mejor o aprendieron a tenerle miedo al futuro?



¿En qué momento ahorrar dejó de ser guardar unas monedas en una alcancía y se convirtió en una forma de sentir que todavía tenemos algo de control sobre nuestra vida?

La pregunta parece sencilla, pero detrás de ella hay muchas cosas que no caben en una hoja de cálculo. Hay recuerdos familiares, crisis económicas, empleos que no siempre son estables, sueños que cuestan más de lo que imaginábamos y una sensación compartida por muchas personas jóvenes: el futuro existe, sí, pero ya no viene acompañado de tantas garantías.

Durante años, los millennials fueron descritos como una generación irresponsable con el dinero. Se decía que gastaban demasiado, que preferían viajar en lugar de comprar vivienda, que vivían pendientes de las experiencias, los cafés costosos y las compras por internet. Era fácil convertirlos en un chiste. Mucho más difícil era preguntarse por qué tomaban esas decisiones y qué mundo habían recibido al llegar a la adultez.

Por eso resulta interesante encontrar una idea completamente distinta: que los millennials podrían tener una mejor cultura del ahorro que las generaciones anteriores.

Un artículo publicado por La República en mayo de 2022 presentó datos según los cuales el 35 % de los millennials consultados afirmó haber aumentado sus ahorros, frente al 25 % de la generación X y el 22 % de los baby boomers. La nota también señaló que el 59 % de los millennials considerados tenía asesor financiero y que, en promedio, reservaban el 17 % de sus ingresos para la jubilación.

Fuente: https://www.larepublica.co/finanzas/los-millennials-tienen-una-mejor-cultura-de-ahorro-que-las-generaciones-antecesoras-3363856

Uno podría leer esas cifras y concluir rápidamente que los millennials son mejores ahorradores. Sin embargo, siento que la historia es más humana y también más complicada.

Las generaciones no reciben el mismo mundo.

Nuestros abuelos crecieron en una realidad donde ahorrar podía significar comprar un terreno, levantar una casa poco a poco, guardar efectivo en un lugar seguro o adquirir herramientas que sirvieran para trabajar durante muchos años. Algunos no utilizaron cuentas digitales ni hablaron de portafolios de inversión, pero sabían reparar, reutilizar y esperar. Compraban con la intención de que las cosas duraran. Pensaban en la familia y en lo que podrían dejar después.

Nuestros padres también desarrollaron sus propios métodos. Para muchos de ellos, ahorrar fue pagar una vivienda durante décadas, sostener un pequeño negocio o invertir casi todo lo que tenían en la educación de sus hijos. Quizás no guardaron un porcentaje fijo cada mes, pero transformaron su dinero en oportunidades para la siguiente generación.

Eso también es ahorro, aunque no siempre aparezca en una encuesta.

Por eso no me parece justo convertir esta conversación en una competencia. No se trata de decidir cuál generación fue más responsable. Se trata de reconocer que cada una enfrentó riesgos distintos y aprendió a protegerse de una manera diferente.

Lo que sí creo es que los millennials tuvieron que cuestionar muchas promesas.

Crecieron escuchando que estudiar, conseguir un empleo y trabajar duro era el camino seguro hacia la estabilidad. Sin embargo, muchos llegaron a la vida adulta y encontraron empleos temporales, salarios que no siempre crecían al ritmo de los gastos, viviendas difíciles de comprar y una economía capaz de cambiar de dirección con una rapidez impresionante.

Siguieron las instrucciones, pero el resultado no siempre fue el prometido.

Entonces comenzaron a buscar otras respuestas. Hablaron de fondos de emergencia, ingresos adicionales, inversión, presupuesto, independencia financiera y jubilación. Usaron internet para acercarse a conocimientos que antes parecían reservados para bancos, economistas o personas con grandes patrimonios.

Eso representa un cambio importante. Hablar de dinero dejó de ser completamente prohibido.

En muchas familias, el dinero solo aparecía en la conversación cuando faltaba. Se hablaba de deudas, problemas y cuentas pendientes, pero pocas veces se enseñaba con calma cómo organizarlo. Algunos crecimos escuchando frases como “la plata no alcanza”, “hay que guardar para tiempos difíciles” o “uno nunca sabe qué puede pasar”.

Esas frases pueden enseñarnos prudencia, pero también pueden sembrarnos miedo.

Porque el dinero no es solamente una cifra. También es una emoción.

A veces gastamos para sentir que pertenecemos. Compramos algo porque lo vimos en redes sociales, porque nuestros amigos lo tienen o porque queremos demostrar que estamos avanzando. En otros momentos ahorramos con angustia, como si cualquier gusto pudiera destruir nuestro futuro.

Hay quienes sienten culpa después de comprar algo innecesario. Pero también existen personas que sienten culpa incluso cuando gastan en algo que necesitan o disfrutan honestamente.

Entre gastar sin pensar y vivir con miedo a gastar existe un equilibrio que no siempre sabemos construir.

Por eso me llamó la atención una reflexión publicada en BIENVENIDO A MI BLOG sobre la psicología del dinero. Allí se plantea que nuestra manera de administrar los recursos depende de elementos como la infancia, la época económica en la que crecimos, nuestra definición del éxito, las aspiraciones y la forma de manejar las emociones. También recuerda algo esencial: las finanzas son personales y una decisión solo tiene sentido cuando está alineada con nuestros objetivos y nos permite conservar la tranquilidad.

https://juliocmd.blogspot.com/2022/04/los-13-principios-de-la-psicologia-del.html

Esa idea cambia la conversación.

Ahorrar bien no significa necesariamente guardar la mayor cantidad posible. Significa comprender qué queremos proteger.

Puede ser nuestra tranquilidad. Puede ser la posibilidad de estudiar, iniciar un proyecto, acompañar a nuestros padres, enfrentar una enfermedad, cambiar de trabajo o simplemente tener tiempo para tomar una decisión sin actuar desde la desesperación.

Cuando el ahorro tiene propósito, deja de parecer un castigo.

Guardar dinero puede ser una manera de decirle a nuestro yo del futuro: “No sé qué te va a pasar, pero quiero dejarte algunas opciones”. Esa frase, aunque no la pronunciemos, está detrás de cada pequeña decisión consciente.

Sin embargo, tampoco podemos romantizar los datos.

La nota de La República explica que uno de los estudios citados consultó a cerca de 2.500 inversionistas millennials que tenían un patrimonio mínimo invertible de US$100.000. Esa muestra puede decir mucho sobre un grupo específico, pero no representa por sí sola a toda una generación. No es lo mismo hablar de una persona con un capital considerable que de alguien cuyo ingreso apenas alcanza para alimentación, vivienda, transporte y servicios.

Esta diferencia es importante porque, a veces, la educación financiera se vuelve injusta.

Se repiten reglas como ahorrar el 10 %, el 20 % o incluso más, como si todas las personas comenzaran desde el mismo punto. Pero hay hogares donde separar una pequeña cantidad exige un esfuerzo enorme. Hay personas que no pueden ahorrar porque una emergencia familiar, una deuda, el desempleo o el costo de vida consume casi todos sus ingresos.

No toda persona que no ahorra es irresponsable.

A veces sobrevivir sin adquirir una nueva deuda ya es una victoria. A veces pagar todas las obligaciones del mes requiere una disciplina que nadie reconoce. A veces guardar cinco mil pesos tiene más mérito que ahorrar una suma grande cuando todas las necesidades básicas están cubiertas.

La cultura del ahorro necesita empatía.

También necesita honestidad. No podemos culpar únicamente a la economía por todas nuestras decisiones. Aunque el contexto pesa, nosotros también tenemos hábitos que revisar.

Vivimos en una época donde comprar es demasiado fácil. El dinero digital casi no se siente. Tomamos el celular, tocamos una pantalla y el pago está hecho. No vemos los billetes salir de nuestras manos. Solo recibimos una notificación y seguimos con el día.

Además, las redes sociales nos muestran una vitrina permanente. Vemos viajes, restaurantes, ropa, vehículos, teléfonos nuevos y habitaciones perfectas. Parece que todo el mundo está progresando menos nosotros. Entonces aparece la presión de comprar algo para sentir que también estamos avanzando.

En ese contexto, ahorrar se convierte en una decisión profundamente personal.

Es aprender a decir: no necesito demostrar que estoy bien mediante todo lo que compro.

Eso no significa dejar de disfrutar. No significa convertir cada gusto en un pecado ni vivir contando monedas con ansiedad. Se trata de gastar con intención, no por impulso. De reconocer cuándo algo aporta a nuestra vida y cuándo solo intenta llenar una inseguridad durante unos minutos.

Quizás ahí los millennials sí hicieron una contribución valiosa. Ayudaron a popularizar la idea de que el dinero debe servir para construir libertad, no solamente apariencia.

Tener ahorros puede dar algo que pocas veces aparece en las fotografías: margen.

Margen para enfrentar una emergencia. Margen para buscar otro empleo. Margen para aprender algo nuevo. Margen para abandonar un espacio que nos hace daño. Margen para ayudar a nuestra familia sin quedar completamente desprotegidos.

El dinero no resuelve todas las cosas importantes de la vida, pero puede ofrecernos tiempo. Y tener tiempo para pensar antes de tomar una decisión desesperada vale muchísimo.

Mi generación, la generación Z, tiene mucho que aprender de esto.

Nosotros contamos con más herramientas digitales que cualquier generación anterior. Podemos abrir cuentas, separar dinero, hacer presupuestos o conocer alternativas de inversión desde un teléfono. Pero también estamos expuestos a más publicidad, más comparaciones y más promesas de riqueza inmediata.

Tenemos acceso a información financiera, pero eso no significa que tengamos paciencia.

Y quizá la paciencia sea una de las formas más profundas del ahorro.

Ahorrar implica aceptar que no todo tiene que ocurrir hoy. Que podemos esperar antes de comprar. Que podemos construir algo poco a poco. Que el progreso silencioso también cuenta, aunque nadie lo vea.

No existe una fórmula perfecta, pero sí algunas preguntas que pueden ayudarnos: ¿Estoy comprando esto porque lo necesito o porque quiero demostrar algo? ¿Este gasto me dará tranquilidad o preocupación? ¿Conozco realmente el producto financiero en el que quiero poner mi dinero? ¿Estoy siguiendo una recomendación porque se adapta a mi vida o porque todos parecen hacerlo?

Son preguntas sencillas, pero pueden evitar decisiones tomadas desde el ego, la presión o el miedo.

También deberíamos conversar más con nuestras familias.

A veces creemos que nuestros padres y abuelos no saben de finanzas porque no utilizan las mismas palabras que nosotros. Pero muchos de ellos entienden la paciencia, la prudencia y el sacrificio de una manera que no se aprende en una aplicación.

Podemos preguntarles qué hicieron cuando el dinero faltó, qué decisiones lamentan, qué les permitió salir adelante y qué habrían querido aprender antes. Es posible que descubramos que la educación financiera no comienza en un curso, sino en una conversación sincera alrededor de la mesa.

Cada generación puede enseñarle algo a la siguiente.

Los mayores pueden enseñarnos a construir a largo plazo. Los millennials pueden mostrarnos el valor de buscar información y cuestionar las promesas tradicionales. La generación Z puede usar la tecnología para hacer el conocimiento más accesible, pero necesita aprender a no confundirse entre información y sabiduría.

La sabiduría financiera no consiste en saber todos los términos. Consiste en tomar decisiones que respeten nuestra realidad.

También consiste en comprender que el dinero tiene un límite. Podemos ahorrar para una emergencia, pero no controlar todo lo que sucederá. Podemos planear el futuro, pero no garantizarlo. Podemos organizar nuestras cuentas, pero no reemplazar con números la paz interior, los vínculos, la salud o la fe.

Para mí, el ahorro tiene incluso una dimensión espiritual.

Ahorrar es confiar en que habrá un mañana y prepararnos responsablemente para él. Pero también es aceptar que no controlamos la vida por completo. Guardamos una parte, hacemos lo que está en nuestras manos y seguimos caminando.

El problema aparece cuando el miedo ocupa todo el espacio.

No deberíamos sacrificar cada alegría presente para construir una seguridad futura que tal vez nunca se sienta suficiente. Ahorrar tendría que ayudarnos a vivir con más calma, no a convertirnos en prisioneros de nuestra propia preocupación.

Por eso, cuando alguien dice que los millennials tienen una mejor cultura del ahorro, yo no pienso solamente en porcentajes. Pienso en una generación que vio cómo la estabilidad podía romperse. Una generación que aprendió a buscar herramientas porque las respuestas tradicionales ya no parecían suficientes.

Quizás ahorran mejor. Quizás simplemente tienen más conciencia de la incertidumbre.

Pero cualquiera que sea la respuesta, el aprendizaje no debería servir para señalar a nuestros padres ni para sentirnos superiores. Debería ayudarnos a construir una relación más sana con el dinero.

Una relación en la que ahorrar no sea acumular por miedo, sino preparar posibilidades.

Una relación en la que gastar no sea demostrar, sino elegir.

Una relación en la que podamos disfrutar el presente sin abandonar por completo a la persona que seremos mañana.

Al final, la mejor cultura del ahorro no pertenece a una generación. Aparece cuando una familia deja de heredar silencios y comienza a compartir aprendizajes. Cuando una persona reconoce sus errores sin destruirse por ellos. Cuando entendemos que nuestro valor no depende del saldo de una cuenta.

Tal vez esa sea la verdadera riqueza: tener suficiente conciencia para que el dinero sea una herramienta y no el dueño de nuestras decisiones.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

Ahorrar no es esconderse del futuro, sino llegar a él con la libertad de no haber entregado todas nuestras decisiones al miedo.

domingo, 2 de agosto de 2026

¿Y si los millennials nunca fueron inestables, sino que simplemente aprendieron a no quedarse donde ya no podían crecer?


Durante años se ha repetido una idea con tanta seguridad que terminó convirtiéndose en una especie de verdad colectiva: los millennials no duran en los trabajos. Se dice que se aburren rápido, que no soportan la presión, que quieren ascender sin esperar y que renuncian ante la primera dificultad. La frase aparece en conversaciones familiares, reuniones empresariales y publicaciones donde se compara a “los jóvenes de ahora” con generaciones que, supuestamente, permanecían toda la vida en una misma compañía.

Pero cada vez que escucho esa comparación me queda una sensación extraña. No porque crea que los millennials siempre tienen la razón, sino porque siento que estamos intentando explicar una realidad nueva con las reglas de un mundo que ya cambió.

La publicación de La República que inspiró esta reflexión presentaba algunos estudios según los cuales los millennials no eran tan inestables laboralmente como se acostumbraba afirmar. Una de las claves estaba en comparar a las generaciones cuando tenían edades similares, y no enfrentar la trayectoria de una persona de treinta años con la de alguien que ya ha pasado varias décadas dentro del mercado laboral.

Parece lógico, pero muchas veces se nos olvida.

Una persona de cincuenta años ha tenido más tiempo para consolidar su profesión, encontrar una empresa compatible con sus necesidades y asumir compromisos económicos o familiares que pueden hacer más difícil cualquier cambio. En cambio, alguien que apenas está comenzando su carrera probablemente sigue descubriendo qué quiere, qué sabe hacer y qué tipo de vida desea construir.

Compararlos sin considerar esas diferencias es como medir dos recorridos cuando uno de los viajeros comenzó veinte años antes.

Tal vez el problema nunca fue únicamente cuánto tiempo permanece alguien en una empresa. Tal vez el verdadero problema está en la facilidad con la que convertimos una diferencia generacional en un defecto moral.

Cuando una persona joven cambia de empleo, con frecuencia se dice que es impaciente. Cuando alguien con mayor experiencia toma la misma decisión, se habla de estrategia, crecimiento o búsqueda de oportunidades. Cuando un millennial quiere mejores condiciones, algunos lo llaman desleal. Cuando una compañía reemplaza trabajadores para disminuir costos, se presenta como una reorganización necesaria.

La lealtad parece exigirse con mucha fuerza hacia un solo lado.

Yo sí creo en el compromiso. Hay aprendizajes que únicamente aparecen cuando uno decide permanecer, atravesar momentos difíciles y aceptar que ningún proceso será emocionante todos los días. No podemos abandonar cada proyecto cuando desaparece la motivación. Ninguna profesión se construye solo con inspiración, ningún equipo está libre de conflictos y ningún trabajo nos hará sentir realizados durante todas las horas de cada semana.

También necesitamos disciplina.

Necesitamos aprender a escuchar, aceptar correcciones, cumplir responsabilidades y entender que crecer exige paciencia. Algunas veces podemos confundir una incomodidad temporal con una señal de que debemos marcharnos. Otras veces queremos resultados inmediatos sin haber construido todavía la experiencia necesaria.

Ser joven no nos vuelve automáticamente conscientes. También podemos equivocarnos.

Sin embargo, permanecer durante muchos años tampoco debería convertirse en una prueba automática de madurez.

Una persona puede llevar quince años en una organización porque ama su trabajo, se siente respetada y todavía encuentra oportunidades para desarrollarse. Pero también puede quedarse porque tiene miedo de comenzar de nuevo, porque depende completamente de ese ingreso o porque siente que ya es demasiado tarde para cambiar.

Desde afuera, ambas historias pueden parecer estabilidad. Por dentro, son completamente diferentes.

Lo mismo sucede con una renuncia.

Irse puede ser una reacción impulsiva, pero también puede ser el resultado de meses de reflexión. Puede ser una huida o un acto de dignidad. Puede demostrar falta de paciencia, pero también la valentía de reconocer que un lugar ya no permite avanzar.

El número de empleos que aparece en una hoja de vida nunca cuenta toda la historia de una persona.

En Colombia, además, hablar de estabilidad laboral sin hablar de las condiciones reales sería injusto. Muchos jóvenes terminan sus estudios y descubren que para obtener su primer empleo les exigen una experiencia que todavía no han tenido la oportunidad de adquirir. Otros aceptan trabajos que no se relacionan con su carrera, salarios que apenas cubren los gastos o contratos que les piden comportarse como empleados sin brindarles la misma seguridad.

¿Cómo se construye una relación laboral estable cuando desde el principio todo parece provisional?

También está el costo de vida. Una persona puede sentirse agradecida por su empleo y, al mismo tiempo, reconocer que el salario ya no alcanza. Puede apreciar a sus compañeros, pero no encontrar oportunidades de crecimiento. Puede disfrutar lo que hace y aun así necesitar mejores ingresos para ayudar a su familia, pagar una vivienda o construir un proyecto personal.

No todos los cambios nacen de una ambición exagerada. Algunos nacen de la necesidad.

A veces se critica a los millennials por cambiar de empleo, pero se admira a las empresas cuando modifican su estrategia, abandonan modelos antiguos y se adaptan al mercado. En los negocios, cambiar se considera innovación. En la vida laboral de una persona joven, muchas veces se considera inestabilidad.

Esa contradicción debería hacernos pensar.

La tecnología también transformó nuestra manera de comprender el trabajo. Antes, la carrera profesional se imaginaba como una escalera: entrar a una empresa, ascender poco a poco y permanecer allí hasta la jubilación. Hoy se parece más a una red de caminos.

Una persona puede trabajar en una compañía, aprender una habilidad digital, crear un proyecto independiente, estudiar otra carrera o colaborar con personas ubicadas en diferentes lugares del mundo. Las profesiones cambian, aparecen nuevas herramientas y algunas habilidades que parecían seguras dejan de ser suficientes.

Eso abre oportunidades, pero también genera ansiedad.

Tener muchas opciones no siempre nos hace sentir libres. En ocasiones nos hace creer que estamos tomando la decisión equivocada. Abrimos las redes sociales y vemos a alguien que recibió un ascenso, otra persona que trabaja desde otro país, alguien que comenzó un emprendimiento y otro que aparentemente ya descubrió su propósito.

Entonces comenzamos a dudar de nuestro propio proceso.

Como joven, reconozco esa contradicción. Queremos estabilidad, pero no queremos sentirnos atrapados. Deseamos crecer, aunque no siempre sabemos hacia dónde. Buscamos un trabajo con sentido, pero entendemos que las cuentas no se pagan únicamente con pasión. Queremos tiempo para la familia, los amigos, la espiritualidad y nosotros mismos, mientras el mundo nos exige producir cada vez más.

Nos dicen que no tengamos afán, pero todos los días parece que alguien intenta convencernos de que vamos tarde.

Por eso, antes de cambiar de empleo, también debemos aprender a hacernos preguntas honestas.

¿Quiero irme porque este lugar realmente impide mi crecimiento o porque estoy atravesando una etapa difícil? ¿Estoy protegiendo mi dignidad o evitando una conversación necesaria? ¿Tengo un plan o estoy reaccionando al cansancio? ¿Mi decisión nace de una convicción personal o de compararme con la vida de los demás?

No existe una respuesta universal.

En algunos momentos, lo más valiente será permanecer, dialogar y terminar lo que comenzamos. En otros, será necesario cerrar una etapa, agradecer lo aprendido y avanzar.

La madurez no consiste en quedarse siempre ni en cambiar constantemente. Consiste en decidir con conciencia y aceptar la responsabilidad de cada decisión.

Las empresas también tienen una responsabilidad importante. Retener talento no significa instalar una mesa de juegos, organizar una celebración ocasional o llenar las paredes con frases motivacionales. Significa ofrecer razones reales para que las personas quieran quedarse.

Significa pagar de manera justa, respetar el tiempo, escuchar ideas, reconocer el esfuerzo y ofrecer posibilidades de aprendizaje. Significa entender que detrás de cada indicador hay una persona con familia, sueños, preocupaciones y límites.

La cultura de una compañía no se demuestra durante el discurso de bienvenida. Se demuestra cuando alguien comete un error, necesita apoyo, propone un cambio o expresa que está agotado.

Los estudios recientes sobre el trabajo de las nuevas generaciones también muestran que los millennials y la generación Z no buscan únicamente un salario. El dinero sigue siendo indispensable, por supuesto, pero se combina con otras necesidades: propósito, bienestar, aprendizaje y equilibrio.

Eso no significa que todos esperen trabajar en una organización que transforme el mundo. A veces el propósito es más sencillo. Puede ser sentir que el trabajo sirve, que el esfuerzo es reconocido y que existe coherencia entre lo que una empresa dice y lo que realmente hace.

También puede ser llegar a casa sin sentir que el trabajo consumió toda la energía necesaria para vivir.

Cambiar de rumbo tampoco significa fracasar. Los planes que hacemos a los diecisiete o veinte años no siempre coinciden con la persona que llegamos a ser. Cambian nuestras prioridades, aparecen nuevas responsabilidades y descubrimos capacidades que antes desconocíamos.

Insistir en un plan únicamente para demostrar constancia puede alejarnos de nuestra verdadera vocación.

Hay procesos que desde afuera parecen retrocesos, pero por dentro están reorganizando nuestra vida. Un empleo que termina, una profesión que cambia o un proyecto que no funciona puede enseñarnos mucho más de lo que imaginábamos.

En https://juanmamoreno03.blogspot.com he comprendido que escribir es también una manera de detenerse y observar los procesos con más calma. Algunas experiencias solo empiezan a tener sentido cuando dejamos de correr y tratamos de ponerlas en palabras.

El trabajo ocupa una parte importante de nuestra identidad, pero no debería convertirse en toda nuestra identidad.

Somos más que el cargo que aparece debajo de nuestro nombre. Somos más que la empresa donde trabajamos, el salario que recibimos y la cantidad de años que permanecemos en una organización.

Sin embargo, no siempre resulta fácil recordar esto.

Cuando perdemos un empleo o decidimos renunciar, podemos sentir que nuestro valor también se reduce. Nos preguntamos qué pensarán los demás, si tomamos la decisión correcta o si volveremos a encontrar una oportunidad. El miedo aumenta cuando tenemos obligaciones económicas y personas que dependen de nosotros.

En esos momentos también aparece la espiritualidad.

No como una promesa de que todo saldrá exactamente como deseamos, sino como una manera de recordar que ninguna situación laboral define por completo nuestra existencia. Creer y confiar en ese ser supremo en el cual cada persona deposita su esperanza puede darnos serenidad para tomar decisiones sin permitir que el miedo sea nuestro único consejero.

En https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com, esa confianza se relaciona con la posibilidad de caminar con sentido, incluso cuando todavía no podemos ver con claridad todo el camino.

La fe no siempre elimina la incertidumbre. Algunas veces simplemente nos enseña a atravesarla.

Tal vez los millennials no son una generación incapaz de comprometerse. Tal vez son una generación que comenzó a preguntar si el compromiso debía ser recíproco.

Una generación que vio a muchas personas entregar décadas a una compañía y descubrió que esa misma organización podía despedirlas en cualquier momento. Una generación que comprendió que trabajar es necesario y digno, pero que el agotamiento permanente no debería presentarse como una medalla.

Esto no quiere decir que los millennials tengan todas las respuestas.

También podemos confundir libertad con falta de disciplina. Podemos querer crecer sin atravesar los procesos necesarios. Podemos exigir reconocimiento inmediato y olvidar que la confianza se construye con tiempo, constancia y buenos resultados.

Cuestionar el mundo laboral no nos libera de revisar nuestras propias actitudes.

La generación Z recibirá críticas similares. Se dirá que quiere demasiada flexibilidad, que cuestiona las jerarquías o que no respeta las formas tradicionales. Probablemente cometerá sus propios errores, como todas las generaciones, pero también traerá preguntas necesarias sobre la inteligencia artificial, la salud mental, la inclusión y el futuro del empleo.

Cada generación suele mirar a la siguiente con preocupación.

Quizá porque los cambios de los más jóvenes también obligan a los mayores a revisar decisiones que durante mucho tiempo parecieron normales.

Al final, la estabilidad laboral no debería medirse únicamente por la cantidad de años que una persona ocupa la misma silla. También debería medirse por su capacidad de aprender, aportar, construir un proyecto de vida, cuidar sus vínculos y conservar la tranquilidad de no estar abandonándose a sí misma.

Permanecer puede ser una decisión valiente.

Irse también.

Lo importante es no convertir ninguna de las dos opciones en una respuesta automática. Quedarse por miedo no es verdadera estabilidad. Irse por impulso no siempre es libertad.

La madurez aparece cuando aprendemos a reconocer qué merece nuestra paciencia, qué necesita nuestro esfuerzo y qué ha llegado el momento de soltar.

Quizá los millennials nunca fueron tan inestables como se dijo.

Quizá simplemente dejaron de creer que durar muchos años en un mismo lugar era la única forma válida de construir una vida.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

A veces la verdadera estabilidad no consiste en permanecer en el mismo lugar, sino en seguir siendo fieles a quienes estamos aprendiendo a ser.

sábado, 1 de agosto de 2026

Viajar antes que tener casa: ¿irresponsabilidad o una nueva manera de entender la vida?



¿Y si no estamos viajando para escapar de la vida, sino porque tenemos miedo de que la vida pase mientras seguimos esperando el momento perfecto?

Durante muchos años nos enseñaron que crecer significaba cumplir una serie de pasos en un orden casi obligatorio: estudiar, conseguir un empleo estable, comprar una casa, tener un carro, formar una familia y, después de haber resuelto todo lo importante, comenzar a disfrutar.

Viajar quedaba para más adelante.

Era el premio que llegaría después de décadas de trabajo, sacrificio y disciplina. Primero había que construir seguridad. Luego, cuando ya no existieran deudas, preocupaciones ni responsabilidades, uno podría conocer el mundo.

El problema es que la vida nunca queda completamente resuelta.

Siempre aparece una nueva cuenta, una necesidad familiar, una preocupación, una meta más grande o una razón para seguir aplazando aquello que nos hace ilusión. El supuesto momento perfecto se mueve cada vez que creemos que estamos cerca.

Por eso no me sorprende que viajar se haya convertido en una prioridad para muchas personas de la generación millennial. Una publicación de La República, basada en la encuesta Millennial Survey 2019 de Deloitte, señalaba que conocer el mundo estaba por encima de algunos símbolos tradicionales del éxito, como comprar vivienda o tener hijos. En Colombia, además, recorrer el mundo y generar un impacto positivo en la comunidad aparecían entre las principales aspiraciones de los participantes.

Fuente base: https://www.larepublica.co/consumo/los-millennials-consumen-pensando-a-corto-plazo-y-su-prioridad-es-viajar-2905837

La noticia fue publicada en 2019. Desde entonces, han ocurrido tantas cosas que leerla ahora produce una sensación extraña. Vivimos una pandemia, vimos empresas cerrar, aprendimos a trabajar y estudiar desde una pantalla, presenciamos el crecimiento acelerado de la inteligencia artificial y comprobamos que incluso los planes aparentemente más seguros pueden cambiar de un día para otro.

Por eso creo que decir que los millennials “solo piensan a corto plazo” puede ser una explicación demasiado sencilla.

A veces pensar en el presente no nace de la irresponsabilidad.

A veces nace de haber comprendido que el futuro no viene firmado.

Quienes hemos crecido observando crisis económicas, cambios tecnológicos permanentes, empleos inestables y noticias difíciles tenemos una relación contradictoria con el mañana. Queremos construir una vida estable, claro que sí. Queremos tranquilidad económica, una vivienda, un proyecto propio y la posibilidad de ayudar a nuestras familias.

Pero también sabemos que la estabilidad puede romperse.

Nos piden que planeemos nuestra vida para los próximos treinta años cuando muchas veces ni siquiera sabemos cómo será el trabajo dentro de cinco. Nos dicen que ahorremos para el futuro mientras el costo de la vivienda aumenta, los salarios parecen quedarse atrás y la idea de tener un empleo para toda la vida se vuelve cada vez más lejana.

En medio de esa incertidumbre aparece el viaje.

Viajar se convierte en una manera de sentir que nuestro esfuerzo tiene un rostro, una historia y un destino. Ya no se trata únicamente de comprar un tiquete o tomarse una fotografía frente a un paisaje bonito. Se trata de salir de la rutina, escuchar otros acentos, conocer maneras diferentes de vivir, equivocarse de camino y descubrir que el mundo es mucho más amplio que nuestros problemas cotidianos.

Yo entiendo esa necesidad.

Hay días en los que uno siente que está viviendo dentro de una repetición: despertarse, mirar el celular, cumplir pendientes, responder mensajes, pensar en dinero, preocuparse por lo que falta, dormir y comenzar nuevamente.

Desde afuera parece que todo funciona.

Por dentro, sin embargo, aparece una pregunta difícil: ¿esto es vivir o solamente mantenerse ocupado?

Tal vez por eso viajar tiene tanta fuerza emocional. Durante unos días sentimos que el tiempo vuelve a pertenecernos. Dejamos de ser únicamente trabajadores, estudiantes, clientes o usuarios. Volvemos a ser personas capaces de sorprenderse.

Sin embargo, tampoco quiero idealizar los viajes.

No todas las personas que viajan se encuentran a sí mismas. A veces uno puede visitar el lugar más hermoso del mundo y continuar completamente ausente. Puede cruzar un océano sin acercarse un solo centímetro a su interior.

Un viaje también puede convertirse en consumo vacío.

Puede hacerse solamente para publicar fotografías, recibir aprobación, competir con otros o construir en redes sociales la imagen de una vida perfecta. Antes algunas personas presumían la casa, el carro o el cargo profesional. Ahora también podemos presumir los sellos del pasaporte, los aeropuertos visitados y los destinos de moda.

Cambian los objetos, pero la necesidad de comparación sigue siendo la misma.

Decimos que no queremos vivir como las generaciones anteriores, pero podemos terminar repitiendo sus errores con símbolos diferentes. Ellos quizá medían el éxito por las propiedades acumuladas. Nosotros podemos medirlo por la cantidad de experiencias publicadas.

Y la vida no debería convertirse en una competencia para demostrar quién ha vivido más.

Viajar tiene sentido cuando nos transforma, no cuando nos sirve de vitrina.

También necesitamos hablar de dinero con sinceridad. La frase “la vida es una sola” puede inspirarnos, pero también puede convertirse en una excusa para gastar sin pensar. Disfrutar el presente no debería significar endeudarnos hasta perder la tranquilidad.

El futuro también merece cuidado.

No se trata de elegir entre ahorrar o viajar, como si fueran caminos completamente opuestos. El verdadero desafío consiste en aprender a darle una intención a cada peso que pasa por nuestras manos.

Hay gastos que desaparecen sin dejarnos nada: compras hechas por ansiedad, suscripciones que olvidamos cancelar, objetos que parecían indispensables durante unos minutos y luego quedaron guardados, comidas pedidas por impulso o pagos realizados solamente porque vimos a otra persona disfrutándolos.

No está mal darse gustos. Somos seres humanos, no máquinas diseñadas únicamente para producir y ahorrar.

Pero vale la pena preguntarnos qué estamos intentando llenar cuando consumimos.

A veces compramos porque estamos cansados.

A veces gastamos porque sentimos que lo merecemos después de una semana difícil.

A veces abrimos una aplicación y adquirimos algo para sentir una emoción rápida.

Y, siendo honestos, viajar también puede convertirse en una forma de anestesia.

Podemos irnos lejos tratando de escapar de problemas que, de alguna manera, terminan viajando con nosotros. Las preocupaciones también hacen maletas. Se sientan a nuestro lado en el avión y reaparecen cuando se acaba la emoción del destino nuevo.

Por eso no creo en esa idea romántica de que todos debemos abandonar nuestras responsabilidades y recorrer el mundo para encontrar la felicidad. Hay personas que encuentran sentido viajando. Otras lo encuentran construyendo un hogar, cuidando a sus familias, levantando un negocio, estudiando, cultivando la tierra o viviendo con tranquilidad en el lugar donde nacieron.

Ningún sueño debería considerarse inferior porque no se ve impresionante en una fotografía.

El problema no es querer una casa.

El problema es comprarla solamente porque la sociedad dice que ya deberíamos tenerla.

El problema no es querer formar una familia.

El problema es hacerlo por presión y no por convicción.

El problema tampoco es viajar.

El problema es sentir que necesitamos hacerlo para demostrar que nuestra vida tiene valor.

Creo que muchas personas jóvenes estamos tratando de negociar diariamente con dos voces. Una nos pide responsabilidad, ahorro y estabilidad. La otra nos recuerda que el tiempo pasa, que las personas que amamos no estarán para siempre y que algunas experiencias no pueden aplazarse indefinidamente.

Las dos voces tienen algo de razón.

Tal vez madurar consiste en aprender a escucharlas sin permitir que ninguna controle completamente nuestra vida.

La publicación de La República también mencionaba otro elemento importante: muchos millennials no se fijaban únicamente en el precio o la calidad de un producto. La ética de las empresas, el impacto ambiental y la manera como trataban a la sociedad influían en sus decisiones de consumo.

Esa preocupación sigue teniendo valor.

Actualmente podemos comprar algo en segundos sin pensar demasiado en quién lo produjo, cuánto tiempo durará o qué consecuencias dejó su fabricación. Tenemos acceso a más productos, más destinos y más experiencias, pero no necesariamente hemos aprendido a consumir con mayor conciencia.

Viajar también requiere esa conciencia.

No podemos hablar de amar el mundo mientras ignoramos la huella que dejamos sobre él. El turismo puede sostener a miles de familias, impulsar economías locales y permitir intercambios culturales valiosos. Pero también puede producir residuos, aumentar el costo de vida para los habitantes de ciertos lugares y convertir comunidades reales en escenarios diseñados únicamente para visitantes.

Un viajero consciente debe recordar que no llega a conquistar un territorio.

Llega como invitado.

Debe respetar a quienes viven allí, apoyar los negocios locales cuando sea posible, cuidar los espacios naturales y entender que una cultura no es una decoración para sus fotografías.

Viajar no debería consistir solamente en preguntarnos qué puede ofrecernos un lugar. También deberíamos pensar qué clase de presencia estamos llevando nosotros.

Hay otra realidad que no podemos ignorar: viajar continúa siendo un privilegio para muchas personas.

Mientras algunos discuten qué país conocerán en sus próximas vacaciones, otros están pensando cómo pagar el arriendo, la alimentación, la educación o una atención médica. Para muchas familias, comprar un tiquete no es una decisión sencilla, sino una posibilidad muy distante.

Por eso me incomoda cuando los viajes se convierten en una nueva obligación social.

En redes sociales parece que todos están recorriendo el mundo. Abrimos el celular y encontramos playas, montañas, hoteles y aeropuertos. Es fácil sentir que estamos quedándonos atrás, incluso cuando estamos esforzándonos por sostener nuestra vida.

Pero nadie debería sentirse fracasado por no tener un pasaporte lleno.

El valor de una vida no se mide en kilómetros recorridos.

Una persona puede conocer muchos países y no haber aprendido a escuchar. Otra puede vivir toda su vida en el mismo barrio y haber construido relaciones profundas, ayudado a su comunidad y dejado una huella enorme en quienes la rodean.

Conocer el mundo también puede significar mirar con atención el lugar que habitamos.

A veces soñamos con caminar por calles extranjeras, pero nunca hemos recorrido con curiosidad nuestra propia ciudad. Queremos descubrir culturas lejanas, pero no conocemos las historias de nuestros abuelos. Buscamos paisajes impresionantes mientras pasamos junto a pequeños momentos cotidianos sin prestarles atención.

Tal vez viajar no siempre requiere un avión.

Puede ser visitar un pueblo cercano, caminar por un barrio desconocido, sentarse a conversar con alguien mayor o regresar a un lugar familiar con una mirada distinta.

En mi familia he aprendido que algunas cosas materiales pueden perderse y recuperarse, pero el tiempo no funciona de la misma manera.

Una casa puede comprarse más adelante.

Un objeto puede reemplazarse.

Pero una conversación que aplazamos demasiado puede no volver a presentarse. Un viaje con nuestros padres puede sentirse diferente dentro de diez años. Una tarde con los abuelos puede parecer cotidiana hoy y convertirse en uno de nuestros recuerdos más valiosos mañana.

Esto no significa gastar todo ni vivir como si el futuro no existiera.

Significa comprender que guardar absolutamente todo para después también puede ser una forma de miedo.

Hay personas que pasan la vida preparándose para comenzar a vivir. Esperan terminar de pagar una deuda, conseguir un mejor empleo, jubilarse, tener más tiempo o sentirse completamente seguras.

Cuando finalmente llega ese momento, descubren que tienen dinero, pero no la misma energía; tienen libertad, pero algunas personas importantes ya no están; tienen tiempo, pero olvidaron cómo disfrutarlo.

Esa posibilidad me hace pensar mucho.

Uno quiere ser responsable, pero tampoco quiere llegar al futuro con las cuentas perfectamente organizadas y el corazón lleno de asuntos pendientes.

Quizá necesitamos una definición más humana de riqueza.

Una que no desprecie el dinero, porque el dinero importa. Su ausencia genera preocupaciones reales, limita oportunidades y puede afectar profundamente la tranquilidad de una familia.

Pero también necesitamos una definición que no convierta la acumulación en el único propósito.

Ser rico podría significar tener un fondo para emergencias y también disponer de tiempo para visitar a alguien. Poder pagar las cuentas sin perder la capacidad de sorprenderse. Ahorrar para mañana sin abandonar completamente el día de hoy.

La verdadera riqueza quizá sea poder tomar decisiones sin que todas estén gobernadas por el miedo.

Viajar, entonces, deja de ser únicamente una actividad de consumo y se convierte en una pregunta: ¿qué estoy haciendo con el tiempo que tengo?

Para algunas personas, la respuesta será tomar un avión.

Para otras será emprender un negocio.

Para algunas será comprar una casa.

Para otras será estudiar, cuidar a sus padres, recorrer Colombia, construir una comunidad o simplemente aprender a vivir con menos prisa.

Lo importante no es que todos elijamos el mismo camino.

Lo importante es saber por qué estamos eligiendo.

¿Por qué quiero comprar esto?

¿Por qué quiero viajar?

¿Por qué siento que necesito demostrar que estoy disfrutando?

¿Por qué estoy aplazando aquello que me importa?

Las respuestas no siempre serán agradables. Podemos descubrir que algunas decisiones nacen de la comparación, de la ansiedad o del miedo a quedarnos atrás. Pero reconocerlo ya es una forma de despertar.

Yo no quiero una vida diseñada solamente para verse bien desde afuera.

Quiero una vida que también se sienta verdadera cuando nadie esté mirando. Una vida en la que viajar sea una posibilidad y no una fuga; en la que ahorrar sea una forma de cuidado y no una obsesión; en la que el futuro pueda construirse sin destruir completamente el presente.

Quizá los millennials no decidieron simplemente consumir pensando a corto plazo. Tal vez comenzaron a cuestionar una antigua promesa: sacrificar los mejores años de la vida esperando una recompensa futura que nadie podía garantizar.

Esa ruptura tiene riesgos, pero también contiene una enseñanza.

No se trata de gastarlo todo porque la vida es corta.

Se trata de recordar que la vida también está ocurriendo mientras hacemos planes.

Podemos recorrer ciudades, mares y montañas, pero el viaje más difícil seguirá siendo aprender a vivir con intención. Aprender a disfrutar sin destruir, ahorrar sin obsesionarnos, trabajar sin olvidarnos de nosotros mismos y soñar sin convertir nuestros sueños en una competencia.

Que nuestros recuerdos no se conviertan en deudas.

Que nuestros ahorros no se conviertan en una cárcel.

Que nuestros viajes no sean una búsqueda desesperada de aprobación.

Y que cuando llegue el momento de mirar atrás podamos decir que cuidamos el mañana, pero que tampoco abandonamos el día que teníamos entre las manos.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

Quizá vivir bien no consiste en escoger entre el presente y el futuro, sino en aprender a no traicionar ninguno de los dos.