Tal vez uno de los engaños más silenciosos de la vida sea creer que existe una edad para empezar a dejar de hacer planes.
No sé exactamente cuándo aprendimos esa idea. Quizá fue viendo películas donde los jóvenes descubrían el mundo mientras los mayores aparecían sentados en una sala dando consejos. Tal vez fue escuchando conversaciones familiares en las que jubilarse parecía casi sinónimo de retirarse no solamente del trabajo, sino también de muchas otras cosas. O simplemente crecimos dentro de una sociedad que durante años organizó la existencia como si fuera una escalera bastante predecible: estudiar, trabajar, formar una familia, criar hijos, pensionarse y después tratar de vivir con tranquilidad.
El problema es que la vida real pocas veces respeta esos cronogramas.
Hay personas que encuentran el amor cuando otros creen que ya deberían haberse resignado a la soledad. Hay quienes conocen otro país por primera vez después de los sesenta. Otros vuelven a estudiar. Algunos descubren un deporte, empiezan un emprendimiento, aprenden a usar una tecnología que antes les parecía imposible o simplemente comienzan a disfrutar algo tan sencillo como tener una mañana sin reloj.
Y quizá ahí aparece una pregunta que vale la pena hacernos, incluso quienes todavía somos jóvenes:
¿Por qué hemos relacionado durante tanto tiempo cumplir años con disminuir los deseos?
La idea me parece extraña cuando uno la mira con calma. Porque si algo debería crecer con los años no es solamente la edad. También crecen las historias, los recuerdos, la capacidad de reconocer lo que realmente importa, la experiencia para identificar qué personas queremos cerca y, muchas veces, el valor para decir que no a cosas que antes aceptábamos solamente por quedar bien.
Cuando somos jóvenes solemos pensar mucho en llegar.
Llegar a graduarnos.
Llegar a conseguir trabajo.
Llegar a ganar determinado salario.
Llegar a comprar algo.
Llegar a tener pareja.
Llegar a formar una familia.
Llegar a sentir que finalmente tenemos la vida organizada.
Y mientras corremos detrás de esas metas ocurre algo curioso: casi nunca sabemos exactamente qué significa haber llegado.
Siempre aparece otra meta unos metros más adelante.
Por eso me resulta interesante pensar en quienes entran en eso que ahora suele llamarse “la segunda mitad de la vida”. La expresión tiene algo poderoso porque cambia completamente la conversación.
No habla del final.
Habla de otra mitad.
Y una mitad puede ser enorme.
Si alguien llega a los cincuenta, sesenta o setenta años con salud, curiosidad y posibilidades, todavía puede tener por delante una cantidad de días que, vistos individualmente, serían imposibles de contar sin cansarse.
Entonces aparece otra pregunta incómoda: ¿qué se supone que debe hacer una persona con todos esos días?
Durante mucho tiempo la respuesta social parecía sencilla: descansar.
Pero descansar no significa dejar de tener curiosidad.
Descansar tampoco significa abandonar los sueños.
Mucho menos significa convertirse en espectador de la vida de los demás.
Por eso no me sorprende que muchas personas mayores quieran viajar, conocer lugares, vivir experiencias diferentes y descubrir cosas que durante décadas estuvieron aplazando.
Lo que me sorprende es que todavía nos sorprenda.
Pensemos en algo muy cotidiano.
Una persona puede pasar treinta o cuarenta años levantándose temprano para trabajar. En muchos casos debe sostener económicamente un hogar, responder por hijos, pagar créditos, solucionar problemas familiares, acompañar enfermedades, preocuparse por recibos, cumplir horarios y mantener responsabilidades que pocas veces permiten preguntarse con tranquilidad: “¿Qué quiero hacer yo?”.
Hay sueños que no desaparecen durante ese tiempo.
Simplemente esperan.
El viaje que nunca se hizo.
La ciudad que siempre se quiso conocer.
El curso que parecía innecesario.
El instrumento que nunca se aprendió.
La amistad que se descuidó.
La caminata que se fue posponiendo.
La conversación que nunca tuvo espacio.
Incluso el derecho de no hacer absolutamente nada durante una tarde puede convertirse en algo nuevo para alguien que pasó buena parte de su vida viviendo alrededor de responsabilidades.
Desde nuestra juventud a veces cometemos un error bastante injusto: pensamos que nuestros padres, tíos o abuelos siempre fueron adultos.
Los conocimos así y nuestra mente parece congelarlos en ese personaje.
Pero antes de nosotros hubo otras versiones de ellos.
También tuvieron veinte años.
También sintieron miedo.
También quisieron irse de viaje.
También se enamoraron.
También tomaron decisiones equivocadas.
También imaginaron futuros que probablemente nunca ocurrieron.
También tuvieron canciones favoritas, planes absurdos, amistades intensas y preguntas sobre qué iban a hacer con su vida.
La diferencia es que nosotros conocimos el capítulo cuando la historia ya llevaba muchas páginas.
Pensar en eso cambia bastante la forma de mirar la edad.
Porque entonces uno entiende que cumplir setenta años no borra a la persona que tuvo treinta.
La transforma, seguramente, pero no necesariamente elimina sus ganas de vivir.
Tal vez por eso viajar adquiere un significado particular en ciertas etapas.
Cuando uno tiene veinte años puede viajar buscando aventura, fotografías, fiestas o historias para contar.
Años después quizá el mismo lugar se mira de otra manera.
Puede que importe menos tomarse veinte fotos y más quedarse diez minutos mirando un paisaje.
Tal vez una comida se disfruta sin necesidad de publicarla.
Quizá una conversación con un desconocido pesa más que recorrer cinco atracciones en un día.
No porque una forma sea mejor que la otra.
Simplemente porque nosotros tampoco observamos el mundo de la misma manera durante toda la vida.
Las experiencias cambian cuando cambia quien las vive.
Y ahí está probablemente una de las cosas más bonitas de seguir teniendo planes: volver a mirar el mundo desde una versión diferente de nosotros mismos.
Pero existe otro lado de esta conversación que sería fácil ignorar.
Viajar, descansar o disfrutar nuevas experiencias requiere tiempo, salud y, muchas veces, dinero.
Y no todas las personas llegan a la segunda mitad de su vida con esas tres cosas.
Hay quienes continúan trabajando porque necesitan hacerlo. Personas que llegan a cierta edad sin pensión suficiente, con familiares económicamente dependientes, atravesando enfermedades o enfrentando una soledad que nadie ve.
Por eso romantizar la vejez también sería injusto.
No basta con repetir que “la edad es solo un número”.
La edad también trae cambios físicos, pérdidas, despedidas y limitaciones reales.
Lo interesante no está en negar esas dificultades.
Está en preguntarnos por qué agregamos además limitaciones imaginarias.
Una cosa es que alguien no pueda hacer determinada actividad.
Otra muy diferente es asumir que no debería querer hacerla simplemente por su edad.
Ahí entran nuestros prejuicios.
Decimos frases aparentemente inocentes:
“Ya está muy grande para eso”.
“¿Para qué va a gastar plata viajando?”
“Debería quedarse tranquilo”.
“Eso es para jóvenes”.
Y quizá pocas veces nos preguntamos quién decidió exactamente qué cosas pertenecen a cada edad.
La tecnología también ha dejado al descubierto muchos de esos prejuicios.
Durante años escuchamos que los adultos mayores “no entienden la tecnología”.
Pero basta mirar alrededor.
Hay personas mayores haciendo videollamadas con familiares que viven lejos, viendo tutoriales, aprendiendo idiomas desde aplicaciones, pagando servicios digitalmente, buscando vuelos, compartiendo fotografías y descubriendo lugares gracias a internet.
Claro que existen dificultades.
Pero muchas veces el problema no es incapacidad.
Es acompañamiento.
Nosotros crecimos tocando pantallas casi intuitivamente. Una persona que pasó décadas resolviendo su vida sin internet tuvo que aprender otro idioma tecnológico cuando ya dominaba completamente el anterior.
Eso debería producir admiración más que burla.
Además, existe algo interesante en esa relación entre tecnología y experiencias.
Antes, conocer el mundo podía parecer lejano.
Hoy una persona puede descubrir un destino desde el teléfono, comparar opciones, hablar con alguien que vive allí, reservar un alojamiento y organizar un viaje completo sin salir de casa.
La tecnología puede convertirse en una puerta.
Pero nunca debería reemplazar completamente el contacto humano.
Porque quizá una de las necesidades que menos cambia con la edad sea sentirnos acompañados.
Y ahí aparece algo todavía más profundo que viajar.
El propósito.
Durante buena parte de nuestra vida el propósito viene casi prediseñado.
Cuando estudiamos, tenemos que graduarnos.
Cuando trabajamos, debemos cumplir responsabilidades.
Cuando existen hijos pequeños, gran parte de la vida gira alrededor de cuidarlos.
Pero llega un momento en que algunas de esas obligaciones disminuyen.
Y entonces aparece una pregunta que puede ser liberadora o aterradora:
¿Ahora qué?
Tener tiempo no siempre significa saber qué hacer con él.
Podemos pasar años soñando con descansar y descubrir, cuando finalmente tenemos libertad, que también necesitamos sentir que nuestra presencia sirve para algo.
Tal vez por eso las experiencias nuevas son mucho más que entretenimiento.
Viajar puede convertirse en una excusa para volver a sorprenderse.
Aprender algo puede devolvernos la sensación de progreso.
Hacer amigos nuevos puede recordarnos que nuestra historia todavía está abierta.
Ayudar a alguien puede ofrecernos una razón para levantarnos.
Compartir lo aprendido puede convertir décadas de experiencia en algo que continúa circulando.
Eso también debería hacernos pensar a quienes todavía sentimos que tenemos “toda la vida por delante”.
Porque solemos comportarnos como si la juventud fuera una cuenta bancaria infinita.
Aplazamos llamadas.
Aplazamos viajes.
Aplazamos tiempo con nuestros padres.
Aplazamos conversaciones.
Aplazamos visitar a alguien.
Aplazamos aprender eso que nos interesa.
Aplazamos incluso descansar.
Siempre parece existir un momento mejor.
Cuando terminemos la universidad.
Cuando tengamos más dinero.
Cuando consigamos otro empleo.
Cuando pasen estas semanas complicadas.
Cuando se estabilice todo.
Pero la vida rara vez se estabiliza completamente.
Siempre habrá algo pendiente.
Quizá una de las enseñanzas más interesantes de observar a quienes quieren seguir viviendo experiencias en la segunda mitad de su vida sea precisamente esa: los deseos pueden esperar, pero el tiempo no hace acuerdos con nosotros.
Esto tampoco significa que debamos gastarnos todo mañana y salir corriendo al aeropuerto.
Sería otra versión del mismo extremo.
Preparar el futuro también es una forma de querernos.
Ahorrar, cuidar la salud, construir relaciones, aprender y organizar nuestras finanzas puede parecer poco emocionante cuando tenemos veinte o treinta años, pero probablemente determina buena parte de la libertad que tendremos después.
Tal vez ese sea el verdadero encuentro entre las dos mitades de la vida.
La primera no existe solamente para producir.
La segunda no existe solamente para descansar.
Ambas necesitan momentos para trabajar, disfrutar, aprender, cuidar y relacionarnos.
Quizá hemos dividido demasiado una vida que en realidad sucede de forma continua.
También hay algo profundamente humano en imaginar una sociedad donde las generaciones no vivan encerradas en mundos separados.
Los jóvenes tenemos cosas que enseñar.
Los mayores también.
Pero todos tenemos cosas que aprender.
Una persona joven puede ayudar a otra a utilizar una aplicación.
Y unos minutos después esa persona mayor puede explicarle algo sobre paciencia, relaciones, dinero, pérdidas o decisiones que ningún tutorial puede enseñar de la misma manera.
Eso solamente ocurre cuando dejamos de mirarnos desde arriba o desde abajo.
Cuando existe conversación.
Personalmente, creo que una de las preguntas que esta transformación debería dejarnos no es simplemente qué productos necesitan las personas mayores o qué destinos prefieren visitar.
La pregunta más importante puede ser otra:
¿Qué clase de vida estamos construyendo para la persona que seremos dentro de treinta o cuarenta años?
Porque nosotros también vamos hacia allá.
Cada cumpleaños que celebramos es un pequeño recordatorio.
Algún día probablemente miraremos fotografías actuales y veremos a alguien increíblemente joven.
Quizá recordemos problemas que hoy nos parecen gigantes y nos preguntemos por qué nos preocupaban tanto.
Tal vez también pensemos en cosas que podríamos haber hecho diferente.
Pero espero que exista algo que no desaparezca: la curiosidad.
Las ganas de aprender.
Las ganas de conocer.
Las ganas de sentarnos frente a un paisaje nuevo.
Las ganas de llamar a alguien.
Las ganas de comenzar algo aunque nadie entienda por qué.
Porque quizá envejecer no consiste únicamente en acumular años.
También consiste en aprender qué merece quedarse con nosotros mientras pasan.
Y si algún día llegamos a esa segunda mitad de la vida, ojalá nadie tenga que darnos permiso para seguir teniendo planes.
Pero más importante todavía: ojalá nosotros mismos nunca lleguemos a pensar que necesitamos ese permiso.
Puede que entonces viajar no sea simplemente cambiar de ciudad o de país.
Puede ser una manera de decirnos que todavía existe algo por descubrir.
Y quizá vivir experiencias nuevas sea justamente eso: recordar, a cualquier edad, que mientras sigamos aquí la historia no está terminada.
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— Juan Manuel Moreno Ocampo
Quizá crecer no debería significar aprender a despedirse de los sueños, sino descubrir cuáles todavía merecen acompañarnos.


