A veces uno cree que el cuerpo es algo que entiende, que responde, que obedece… como si fuera una máquina que solo hay que saber usar. Pero hay días, o mejor dicho, hay historias, que rompen esa idea por completo. Historias que te obligan a aceptar que el cuerpo también siente cosas que la mente no logra explicar… o peor, que la mente construye realidades que el cuerpo termina creyendo.
Hace poco me encontré con un tema que no me ha dejado tranquilo. Personas que sienten que tienen bichos dentro de su piel. No es metáfora. No es exageración. Lo sienten de verdad. Lo describen con detalles: que se mueven, que pican, que recorren el cuerpo. Y lo más fuerte no es eso… lo más duro es que, cuando van al médico, muchas veces no hay nada.
Nada.
Imagínate eso por un momento. Sentir algo tan real, tan invasivo, tan desesperante… y que nadie más pueda verlo. Que los exámenes salgan normales. Que los especialistas te digan que no hay evidencia. Que incluso lleguen a insinuar que está en tu cabeza.
Yo no sé tú, pero solo pensarlo me genera una mezcla rara entre angustia y empatía. Porque en el fondo no se trata de si hay o no hay bichos. Se trata de algo mucho más profundo: ¿qué pasa cuando lo que sentimos no coincide con lo que el mundo valida como real?
Y ahí es donde todo se vuelve más humano que médico.
Vivimos en una época donde todo tiene nombre, diagnóstico, etiqueta. Donde la tecnología avanza tan rápido que parece que ya nada se nos escapa. Pero aún así, hay experiencias humanas que siguen quedando en una especie de limbo… entre lo físico y lo mental, entre lo comprobable y lo vivido.
Porque claro, desde afuera es fácil decir: “eso es psicológico”. Pero desde adentro… desde la piel de quien lo vive… no es tan simple. No es una idea. No es una imaginación ligera. Es una sensación constante, incómoda, invasiva. Es no poder dormir bien. Es rascarse hasta lastimarse. Es sentirse incomprendido.
Y en ese punto, lo que más pesa no es el síntoma… es la soledad.
Esa soledad de no ser creído.
De sentir que lo que te pasa no tiene lugar en el mundo de los demás.
Y ahí es donde, personalmente, siento que nos falta algo como sociedad. Nos falta sensibilidad para lo que no entendemos. Nos falta espacio para lo que no encaja. Nos falta aprender a escuchar sin necesidad de tener siempre la respuesta.
Porque no todo en la vida se resuelve con un diagnóstico.
A veces lo que una persona necesita no es que le expliquen lo que tiene… sino que alguien le diga: “te creo”, “te escucho”, “no estás solo”.
Y esto no es solo un tema médico. Es un reflejo de cómo tratamos lo invisible en general. La ansiedad, la depresión, el vacío, las crisis existenciales… todo eso que no siempre se ve, pero que se siente profundamente.
Es curioso… porque estamos hiperconectados, pero cada vez hay más personas sintiéndose solas dentro de su propia mente.
Y no lo digo desde una teoría. Lo digo desde lo que uno vive, desde lo que ve en otros, desde lo que se siente en el ambiente.
A veces uno mismo ha sentido cosas que no sabe explicar. Tal vez no “bichos en la piel”, pero sí pensamientos que no paran, emociones que no encajan, sensaciones que no tienen nombre. Y en esos momentos, uno entiende un poquito más lo que significa estar atrapado en algo que los demás no ven.
Por eso este tema, más allá de lo médico, me parece profundamente humano.
Porque nos pone frente a una pregunta incómoda: ¿qué es real?
¿Lo que se puede medir… o lo que se puede sentir?
Y no tengo una respuesta clara. Pero sí tengo una intuición: que ambas cosas importan.
Que reducir todo a lo que se puede comprobar nos vuelve fríos. Pero ignorar la realidad también nos desconecta.
Tal vez el equilibrio está en algo más sencillo… más humano.
En acompañar.
En no invalidar de inmediato.
En aceptar que hay experiencias que todavía no entendemos del todo.
En tener la humildad de decir “no sé”, pero quedarnos igual.
Y si lo miramos más profundo… esto también habla de nosotros.
De cómo manejamos lo desconocido.
De cómo reaccionamos cuando alguien rompe nuestra lógica.
De si preferimos juzgar rápido o escuchar un poco más.
Yo creo que ahí es donde está el verdadero aprendizaje.
No en resolver el misterio de por qué alguien siente eso… sino en aprender a ser mejores humanos frente a lo que no entendemos.
Porque al final, todos tenemos algo que los demás no ven.
Todos cargamos con algo que no siempre sabemos explicar.
Todos, en algún momento, hemos sentido que nadie nos entiende del todo.
Y tal vez por eso este tema duele tanto… porque nos recuerda que esa frontera entre la mente y la realidad no es tan clara como creemos.
Que el cuerpo también habla en lenguajes que todavía no comprendemos.
Y que, en medio de todo, lo más importante sigue siendo lo mismo de siempre:
la conexión.
Esa capacidad de mirar al otro no como un caso, no como un diagnóstico, sino como una persona.
Con historia.
Con miedo.
Con lucha.
Con verdad… aunque no sepamos explicarla.
Tal vez no podamos resolver todo.
Tal vez no tengamos todas las respuestas.
Pero sí podemos hacer algo mucho más poderoso:
estar.
Escuchar.
Acompañar.
Y no soltar.
Porque hay dolores que no se curan con medicina… pero sí con presencia.
Y eso, aunque suene simple, en este mundo tan rápido y tan lleno de certezas falsas… es casi revolucionario.
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