¿Y si el problema no es que estés avanzando lento, sino que estás intentando subir una montaña que simplemente no permite ir en línea recta?
Leí sobre un tren que atraviesa los Andes peruanos, cruza decenas de túneles y puentes, y sube hasta una altura donde el aire empieza a escasear. El Ferrocarril Central del Perú, según la información difundida sobre esta ruta, atraviesa 69 túneles y 58 puentes, y llega hasta la estación Galera, ubicada alrededor de los 4.781 metros sobre el nivel del mar. Es una de esas obras que uno mira y piensa: ¿cómo se les ocurrió construir una vía por ahí? ¿Cómo alguien vio montaña, abismo, roca, frío, altura, dificultad, y aun así pensó: por aquí va a pasar un tren?
Pero mientras más lo pensaba, más dejaba de ver solamente un tren. Empecé a ver una imagen de la vida.
Porque a veces uno también siente que le tocó avanzar por una geografía imposible. No hablo solo de problemas gigantes o tragedias profundas. Hablo de esas pendientes pequeñas que se acumulan y cansan. De intentar estudiar mientras se trabaja. De querer ayudar en la casa y al mismo tiempo construir un futuro propio. De compararse con gente de la misma edad que parece tener la vida más clara. De sentir que uno debería estar más adelante, más seguro, más estable, más “resuelto”.
Nos vendieron la idea de que crecer era como tomar una avenida recta: sales de un punto, aceleras, pasas ciertas estaciones y llegas. Colegio, universidad, trabajo, independencia, éxito, amor, casa, familia, tranquilidad. Todo ordenado, todo lógico, todo limpio.
Pero la vida real casi nunca parece una avenida.
A veces parece una cordillera.
Y en la cordillera no se avanza como uno quiere, sino como el terreno lo permite.
Eso me impactó del tren: para ganar altura, no siempre puede ir de frente. En algunos tramos necesita hacer zigzags, avanzar hacia un lado, cambiar de dirección y seguir subiendo poco a poco. Visto desde lejos, alguien podría pensar que está retrocediendo. Pero no. Está encontrando la única manera posible de subir.
Qué duro es entender eso cuando se trata de uno mismo.
Porque cuando cambiamos de dirección, muchas veces nos sentimos fracasados. Si dejamos una carrera, pensamos que perdimos tiempo. Si salimos de una relación, sentimos que todo lo vivido se desperdició. Si renunciamos a un trabajo que nos estaba apagando, nos preguntamos si fuimos débiles. Si volvemos a empezar, creemos que estamos atrás de los demás.
Pero tal vez no siempre estamos retrocediendo.
Tal vez estamos haciendo un zigzag necesario.
A mí me cuesta aceptar eso. Soy joven, y aunque uno quiera mostrarse tranquilo, por dentro muchas veces hay ansiedad. Uno quiere que las cosas pasen ya. Quiere saber si va por buen camino. Quiere recibir una señal clara, una respuesta, una confirmación de que no está perdiendo la vida. Y cuando las cosas no salen como uno imaginaba, aparece esa voz fastidiosa que pregunta: “¿Será que me equivoqué?”.
Pero la vida no siempre responde de inmediato.
A veces responde con curvas.
A veces responde con túneles.
A veces responde con silencios.
Un túnel, por ejemplo, me parece una metáfora muy fuerte. Entrar a un túnel es seguir avanzando sin ver demasiado. Tú sabes que hay una salida porque alguien construyó ese paso antes, pero mientras estás adentro, lo único que ves es oscuridad, paredes, ruido y un camino estrecho. Hay etapas así. Momentos en los que uno hace lo correcto, pero no ve resultados. Ora, trabaja, estudia, intenta mejorar, pide perdón, se levanta temprano, vuelve a intentar… y aun así siente que todo sigue oscuro.
Y uno se desespera.
Porque queremos luz permanente.
Pero hay tramos de la vida que se atraviesan sin paisaje.
No porque no haya destino, sino porque todavía estamos dentro del túnel.
También están los puentes. Un puente existe porque hay un vacío que no se puede ignorar. Une dos puntos separados por algo profundo. Y creo que todos, de alguna forma, vamos construyendo puentes: con la familia, con los amigos, con nosotros mismos, con Dios, con los sueños que alguna vez abandonamos por miedo.
Hay puentes que se construyen con conversaciones difíciles. Otros con perdón. Otros con disciplina. Otros con lágrimas que nadie vio. Otros con decisiones que al principio duelen, pero después salvan.
La gente suele ver solamente cuando llegamos al otro lado.
No ve el vértigo de cruzar.
Por eso me parece tan injusta esa costumbre de comparar vidas como si todos estuviéramos viajando por la misma ruta. Uno ve en redes sociales a alguien celebrando un logro y automáticamente siente que va tarde. Otro consiguió trabajo. Otro viajó. Otro compró algo. Otro se casó. Otro parece feliz. Y uno, desde su propio túnel, mira esa foto iluminada y se pregunta por qué su camino no se ve así.
Pero nadie sube la misma montaña.
Nadie carga exactamente el mismo peso.
Nadie tiene los mismos miedos, las mismas heridas, las mismas responsabilidades ni las mismas oportunidades.
A veces estamos comparando nuestra subida más empinada con el puente más bonito de otra persona.
Y eso no es justo para el alma.
El Ferrocarril Central del Perú no se volvió impresionante porque el camino fuera fácil. Se volvió impresionante porque el camino parecía imposible. Esa es la parte que a veces olvidamos: hay historias que valen precisamente por la dificultad del terreno que atravesaron.
Lo mismo pasa con las personas.
Hay gente que sonríe bonito, pero nadie sabe cuántos túneles ha cruzado. Hay jóvenes que parecen relajados, pero por dentro están luchando contra una ansiedad que no saben explicar. Hay padres que parecen fuertes, pero cargan cansancios antiguos. Hay familias que se ven normales, pero han tenido que construir puentes sobre heridas profundas. Hay personas que hoy inspiran paz porque primero tuvieron que sobrevivir a muchas tormentas internas.
Y tal vez tú también eres una de esas personas.
Tal vez hoy no te estás dando suficiente crédito.
Tal vez estás viendo todo lo que falta, pero no todo lo que ya has resistido.
Eso me pasa. A veces soy más duro conmigo mismo de lo que sería con cualquier amigo. A un amigo le diría: “Tranquilo, vas bien, estás aprendiendo”. Pero conmigo soy más exigente. Me pregunto por qué no he logrado más, por qué todavía dudo, por qué todavía hay cosas que me pesan, por qué no tengo ciertas respuestas claras.
Y después pienso: parce, también estoy aprendiendo a vivir.
Nadie nos entregó un manual.
Nadie nos dijo exactamente cómo tomar decisiones sin miedo, cómo soltar sin culpa, cómo confiar cuando no se ve nada, cómo seguir cuando uno está cansado. Vamos aprendiendo en movimiento. Como ese tren que no espera a que la montaña se vuelva fácil para avanzar.
Avanza con la montaña ahí.
Eso también es fe.
No una fe perfecta, no una fe de frases bonitas todo el tiempo. Hablo de una fe más humana, más real. Esa que a veces duda, pero sigue. Esa que pregunta, pero no se rinde. Esa que no siempre entiende a Dios, pero todavía le habla. Esa que no niega la montaña, pero tampoco acepta que la montaña sea el final.
A veces uno quisiera que ese Ser Supremo en quien cree quitara todos los obstáculos. Que abriera el camino completo. Que mostrara el mapa desde el principio hasta el final. Que dijera: “vas bien, sigue por aquí, esto va a doler tres meses, después mejora, luego llega esto, después aquello”.
Pero la vida no funciona así.
Muchas veces solo tenemos luz para el tramo siguiente.
Y eso desespera, sí.
Pero también nos enseña humildad.
Nos recuerda que no controlamos todo. Que somos más frágiles de lo que aparentamos. Que necesitamos compañía. Que pedir ayuda no nos hace menos capaces. Que detenernos un momento no significa abandonar. Que cambiar la ruta no siempre es traicionar el sueño, sino protegerlo.
Hay algo muy bonito en pensar que un tren no necesita ser más grande que los Andes para atravesarlos. No necesita pelear con la montaña ni humillarla. Solo necesita una vía, paciencia, ingeniería, dirección y movimiento.
Quizás nosotros tampoco necesitamos sentirnos gigantes para enfrentar lo que vivimos.
Podemos avanzar pequeños.
Podemos avanzar con miedo.
Podemos avanzar llorando.
Podemos avanzar sin tener todas las respuestas.
Podemos avanzar un tramo a la vez.
Y si hoy la vida te está pidiendo hacer zigzag, no te castigues tan rápido. Tal vez ese cambio de dirección no es una derrota. Tal vez es la forma exacta en la que tu historia está ganando altura.
Porque hay caminos que no se pueden subir corriendo.
Hay procesos que no se pueden acelerar sin romper algo por dentro.
Hay cumbres que solo se alcanzan aprendiendo a respirar distinto.
Y hay momentos en los que la verdadera valentía no es ir rápido, sino no bajarse del tren cuando el paisaje se vuelve difícil.
Yo no sé en qué parte del recorrido estás tú. Quizás estás cruzando un puente y por fin sientes algo de esperanza. Quizás estás dentro de un túnel y todo se ve oscuro. Quizás estás en un zigzag y parece que la vida te hizo devolverte. O quizás estás frente a una montaña enorme, preguntándote si de verdad vas a poder.
Solo quiero decirte algo, de joven a joven, de persona a persona: no midas tu vida únicamente por la velocidad. Hay avances lentos que son sagrados. Hay pasos pequeños que sostienen destinos enormes. Hay rutas raras que también llevan a lugares hermosos.
La vida no siempre nos da una vía recta.
A veces nos entrega una montaña.
Y quizá crecer consiste en descubrir que incluso una montaña puede atravesarse, si aprendemos a avanzar con paciencia, con fe y con el corazón despierto.
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— Juan Manuel Moreno Ocampo
No todo camino torcido es pérdida; a veces es la forma más sabia que encuentra la vida para llevarnos más alto.



