sábado, 3 de octubre de 2026

Cuando guardar el celular también puede ser una forma de volver a encontrarnos


¿Cuántas veces hemos mirado el celular sin saber realmente qué estábamos buscando?

No porque hubiera llegado un mensaje importante. No porque estuviéramos esperando una llamada. Ni siquiera porque necesitáramos consultar algo. Simplemente lo sacamos del bolsillo, desbloqueamos la pantalla, abrimos una aplicación, pasamos algunos videos, revisamos una conversación que ya habíamos leído y, unos minutos después, volvemos a guardarlo.

A veces ni recordamos qué vimos.

Ese gesto se ha vuelto tan normal que casi ha desaparecido de nuestra conciencia. Lo hacemos en una fila, mientras comemos, antes de dormir, apenas despertamos, cuando alguien tarda unos segundos en responder, cuando una conversación se pone incómoda y, por supuesto, también cuando estamos estudiando.

Por eso me llamó la atención la decisión que tomó Bogotá sobre el uso de celulares en los colegios.

El 7 de septiembre de 2026, la ciudad presentó una regulación para los colegios públicos y privados que establece que, como regla general, los teléfonos deberán permanecer guardados, en silencio y fuera de la vista durante la jornada escolar, incluso durante los descansos. La medida contempla excepciones por salud, emergencias, accesibilidad y algunas actividades pedagógicas, y los colegios tendrán un periodo para incorporarla a sus dinámicas y manuales de convivencia.

A primera vista, la discusión parece sencilla.

¿Celulares sí o celulares no?

Pero creo que la pregunta realmente importante es otra:

¿En qué momento dejamos de decidir cuándo usamos el celular y empezamos a permitir que el celular decidiera cuándo usamos nuestra atención?

Porque ahí está el verdadero problema.

No en el aparato.

En nuestra atención.

Un teléfono puede servir para estudiar, investigar, comunicarnos, ubicarnos, tomar fotografías, aprender un idioma, leer un libro, escuchar una clase o incluso resolver una emergencia. Sería absurdo pensar que la tecnología, por sí sola, es enemiga de la educación.

Yo pertenezco a una generación que difícilmente puede imaginar su vida completamente desconectada.

Para nosotros internet no es solamente una herramienta que apareció después. Es parte del ambiente en el que crecimos. Muchas amistades continúan por WhatsApp, muchas tareas empiezan en Google, muchas preguntas terminan en YouTube y muchas conversaciones importantes ocurren detrás de una pantalla.

Y precisamente por eso creo que vale la pena cuestionarnos.

Porque cuando algo está demasiado presente en nuestra vida, dejamos de preguntarnos qué lugar debería ocupar.

El celular comenzó siendo una herramienta que llevábamos con nosotros.

Ahora, muchas veces, parece que somos nosotros quienes vivimos alrededor de él.

Imagino una escena bastante común en cualquier colegio.

Suena el timbre del descanso.

Salen treinta estudiantes de un salón.

Hace unos años probablemente algunos correrían hacia la cancha, otros conversarían en un corredor, alguien buscaría a la persona que le gusta, dos amigos discutirían por alguna bobada y algún estudiante se quedaría sentado mirando a los demás porque no sabía cómo acercarse.

Nada perfecto.

Nada extraordinario.

Simplemente humanidad.

Ahora imaginemos el mismo descanso con veinte o treinta pantallas encendidas.

Alguien revisando TikTok.

Otro respondiendo mensajes.

Otro mirando quién vio su historia.

Alguien jugando.

Dos amigos sentados juntos enviándose videos que podrían ver estando cada uno en su casa.

Puede parecer exagerado, pero ahí aparece una contradicción interesante: nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos y, al mismo tiempo, nunca había sido tan fácil evitar una conversación.

Y quizá por eso limitar el celular durante el colegio no solamente tiene que ver con mejorar las notas.

Puede tener que ver con recuperar algo mucho más básico: aprender a estar con otros.

En el colegio no aprendemos únicamente matemáticas, ciencias, historia o lenguaje.

También aprendemos cosas que nunca aparecen en un boletín.

Aprendemos a tolerar a alguien que piensa distinto.

A perder.

A esperar nuestro turno.

A soportar un momento incómodo.

A interpretar una mirada.

A pedir disculpas.

A defender una idea.

A sentir vergüenza y sobrevivir a ella.

A conversar con alguien que no conocemos demasiado.

Incluso aprendemos a aburrirnos.

Y esto último me parece más importante de lo que parece.

El aburrimiento tiene muy mala fama.

Cuando no ocurre nada durante algunos segundos sentimos que debemos llenar inmediatamente ese espacio. Sacamos el celular porque el silencio parece desperdicio.

Pero muchas ideas empiezan justamente ahí.

Cuando caminamos sin mirar una pantalla.

Cuando esperamos.

Cuando observamos.

Cuando la mente no recibe estímulos nuevos cada cinco segundos y comienza, por fin, a fabricar los suyos.

No creo que un adolescente tenga que vivir desconectado para convertirse en una persona reflexiva. Tampoco creo que todos los problemas de concentración desaparezcan guardando los celulares en una caja.

Sería demasiado fácil.

La atención también se pierde por cansancio, estrés, problemas familiares, dificultades emocionales, falta de motivación, clases poco interesantes y muchas otras razones.

El propio debate alrededor de la medida reconoce algo importante: algunos estudios recientes han encontrado asociaciones entre un mayor uso del teléfono durante la jornada escolar y dificultades relacionadas con el control de la atención, pero una asociación no significa automáticamente que el teléfono sea la única causa.

Esa diferencia importa.

Porque convertir al celular en el culpable de todo sería simplemente buscar un enemigo cómodo.

Y los problemas humanos casi nunca son tan cómodos.

Podríamos prohibir todos los teléfonos durante seis horas y aun así tener estudiantes ansiosos, distraídos, aburridos o desconectados de lo que están aprendiendo.

Pero también sería ingenuo ignorar algo evidente: concentrarse es mucho más difícil cuando llevamos en el bolsillo un dispositivo construido para ofrecernos permanentemente algo más interesante que aquello que tenemos enfrente.

Una notificación.

Un mensaje.

Un video.

Otro video.

Un comentario.

Una noticia.

Una fotografía.

Un “me gusta”.

Una conversación.

Siempre existe otra cosa esperando.

Y el cerebro sabe que está ahí.

Quizás ese sea uno de los grandes retos de nuestra época.

Antes, para distraernos, teníamos que encontrar una distracción.

Ahora la distracción nos encuentra a nosotros.

Entonces aparece otra pregunta.

¿Poner límites enseña realmente a usar mejor la tecnología?

Depende.

Una prohibición sin conversación puede funcionar durante unas horas y fracasar cuando termina la jornada.

Un estudiante puede guardar el teléfono desde las siete de la mañana hasta las dos de la tarde y después pasar siete horas seguidas frente a la pantalla en su casa.

En ese caso habremos controlado una conducta, pero posiblemente no habremos desarrollado ningún criterio.

Por eso me parece interesante que la regulación de Bogotá no plantee simplemente desaparecer la tecnología de los colegios. A partir de octavo grado, por ejemplo, podrá utilizarse el celular con objetivos pedagógicos definidos y bajo orientación docente; además, ningún estudiante deberá estar obligado a tener un dispositivo propio para participar en actividades académicas.

Ese detalle cambia bastante la conversación.

No se trata de regresar a un mundo anterior a internet.

Ese mundo ya no existe.

Se trata de aprender que una herramienta también necesita límites.

Y los límites no siempre son castigos.

A veces son espacios que protegemos.

Dormimos mejor cuando dejamos de mirar una pantalla antes de dormir, aunque nadie nos esté castigando.

Escuchamos mejor cuando guardamos el teléfono mientras alguien nos cuenta algo importante.

Disfrutamos diferente una comida cuando no sentimos la necesidad de fotografiar cada momento.

Estudiamos distinto cuando durante veinte minutos no existe ninguna notificación compitiendo con el ejercicio que intentamos resolver.

Quizás el colegio pueda convertirse también en uno de esos espacios.

Pero hay algo que me produciría cierta incoherencia: exigirles a los estudiantes una relación saludable con la tecnología mientras los adultos somos incapaces de construirla.

Porque resulta muy sencillo decirle a un joven:

“Guarde el celular”.

Lo difícil es preguntarnos cuántas veces un padre mira WhatsApp mientras su hijo intenta contarle algo.

Cuántas reuniones familiares terminan con cinco personas mirando cinco pantallas diferentes.

Cuántas conversaciones interrumpimos porque vibró el teléfono.

Cuántas veces respondemos un mensaje laboral durante la cena.

Cuántas mañanas empiezan revisando notificaciones antes incluso de decir buenos días.

Los jóvenes aprenden de las reglas, sí.

Pero también aprenden muchísimo de lo que observan.

Tal vez por eso esta discusión no debería quedarse dentro de los colegios.

Es una conversación familiar.

Social.

Incluso personal.

¿Qué relación tenemos nosotros con nuestra propia atención?

Porque pedirle autocontrol a un adolescente mientras todos los adultos viven pendientes de una pantalla sería como pedir silencio gritando.

También pienso en algo que a veces olvidamos cuando hablamos de celulares entre jóvenes: detrás de muchas horas de pantalla no necesariamente existe solamente “adicción” o falta de disciplina.

A veces existe soledad.

Inseguridad.

Necesidad de pertenecer.

Miedo a quedarse por fuera.

El teléfono también es una puerta hacia el grupo.

Allí están los amigos.

Los chistes.

Los planes.

Los secretos.

Las tendencias.

Las conversaciones que parece obligatorio conocer para no sentirse desconectado al día siguiente.

Por eso guardar el celular puede ser más difícil para algunos estudiantes de lo que los adultos imaginamos.

No están guardando solamente un dispositivo.

En algunos casos sienten que están guardando temporalmente una parte de su mundo social.

Y eso merece comprensión.

No significa que no deban existir límites.

Significa que un límite funciona mejor cuando entendemos aquello que estamos limitando.

Quizás también aparezcan cosas interesantes durante los descansos.

Tal vez al comienzo haya incomodidad.

Personas que no sepan qué hacer con las manos.

Estudiantes mirando el reloj.

Conversaciones torpes.

Silencios.

Aburrimiento.

Y sinceramente, no me parece necesariamente malo.

Tal vez hemos llegado a un punto en el que necesitamos reaprender algunas cosas que antes ocurrían espontáneamente.

Mirarnos.

Hablar.

Caminar.

Jugar.

Quedarnos quietos.

Estar presentes sin sentir que cada segundo debe producir entretenimiento.

Sería curioso que una de las innovaciones educativas más importantes de estos años terminara siendo recuperar algo tan antiguo como una conversación durante el recreo.

Pero tampoco deberíamos romantizar el pasado.

La tecnología ha abierto oportunidades enormes.

Un estudiante puede acceder hoy desde un teléfono a bibliotecas, cursos, documentales, herramientas de inteligencia artificial, idiomas, simuladores y conocimientos que hace apenas unas décadas eran difíciles o costosos de conseguir.

El objetivo no debería ser formar jóvenes que le tengan miedo a la tecnología.

Necesitamos exactamente lo contrario.

Personas que sepan utilizarla sin convertirse en personas utilizadas por ella.

Y esa diferencia es enorme.

La inteligencia artificial hará todavía más necesaria esa conversación.

Cada vez tendremos herramientas capaces de escribir, resumir, explicar, traducir, calcular, investigar y producir contenido en segundos.

Entonces la educación no podrá limitarse a enseñarnos cómo usar herramientas.

Tendrá que enseñarnos cuándo usarlas.

Para qué.

Con qué criterio.

Y también cuándo es mejor no utilizarlas.

Quizá la verdadera alfabetización digital del futuro no consista solamente en saber hacer muchas cosas con una pantalla.

También consistirá en saber apagarla.

Eso requiere algo mucho más complicado que una resolución.

Requiere conciencia.

Porque algún día esos estudiantes saldrán del colegio.

Ya nadie les dirá que guarden el teléfono.

Estarán en una universidad, en un trabajo, con su pareja, cenando con sus padres, criando a sus propios hijos o tomando decisiones importantes.

Entonces el límite tendrá que venir desde adentro.

Y quizás ese sea el punto más valioso de toda esta discusión.

No preguntarnos solamente si Bogotá hizo bien o mal en restringir los celulares.

Preguntarnos qué estamos haciendo nosotros con nuestra atención.

Porque nuestra atención parece algo pequeño, pero en realidad nuestra vida está hecha de aquello a lo que decidimos prestarle atención.

Las personas que escuchamos.

Las conversaciones que recordamos.

Los libros que terminamos.

Los momentos que vivimos completamente.

Las ideas que dejamos crecer.

Las personas que tenemos enfrente.

Tal vez dentro de algunos años descubramos que limitar los celulares en los colegios mejoró ciertos indicadores académicos. Tal vez los resultados sean más modestos de lo esperado. Habrá que observarlo, medirlo y corregir lo que sea necesario.

Pero incluso antes de conocer esas respuestas, esta decisión ya nos deja una pregunta que vale la pena llevar más allá de las aulas.

Si sentimos tanta incomodidad cuando nos piden guardar el celular durante algunas horas, quizá el problema nunca fue solamente dónde estaba permitido utilizarlo.

Quizá también deberíamos preguntarnos cuánto espacio le hemos permitido ocupar dentro de nosotros.

Y puede que recuperar nuestra atención no signifique rechazar la tecnología.

Puede signific algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil:

volver a decidir nosotros cuándo mirar la pantalla y cuándo levantar la mirada.

Facebook:

Twitter:

Comunidad de WhatsApp:

Grupo de WhatsApp:

Comunidad de Telegram:

Grupo de Telegram:

👉 ¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp.

— Juan Manuel Moreno Ocampo

A veces recuperar nuestra atención empieza con un gesto tan pequeño como guardar el celular y descubrir quién estaba frente a nosotros.

viernes, 2 de octubre de 2026

¿Y si no estamos envejeciendo por los años, sino por la forma en que estamos viviendo?

Hay personas de treinta años que sienten que llevan cincuenta viviendo.

No necesariamente porque estén enfermas, ni porque hayan tenido una vida extraordinariamente difícil. A veces simplemente están cansadas. Cansadas de correr, de cumplir, de compararse, de producir, de responder mensajes, de pagar cuentas, de intentar construir un futuro mientras sienten que el presente se les escapa entre las manos.

Y quizás ahí empieza una conversación incómoda sobre nuestra generación.

Durante mucho tiempo pensamos el envejecimiento como algo sencillo: pasan los años, aparecen las canas, llegan algunas arrugas y el cuerpo empieza lentamente a cambiar. Era casi una línea recta entre la fecha de nacimiento y el deterioro físico.

Pero la ciencia lleva tiempo mostrando algo más complejo: cumplir años y envejecer biológicamente no son exactamente la misma cosa.

Dos personas pueden tener la misma edad y, sin embargo, sus organismos pueden estar recorriendo caminos muy distintos.

Investigaciones recientes han vuelto a poner sobre la mesa una posibilidad inquietante: algunas generaciones más jóvenes podrían estar mostrando señales de envejecimiento biológico acelerado en comparación con generaciones anteriores. Algunos estudios incluso han encontrado asociaciones entre ese envejecimiento adelantado y determinados problemas de salud que están apareciendo antes de lo esperado.

Pero más allá del titular, hay una pregunta mucho más cercana.

¿Qué estamos haciendo con nuestra vida para sentirnos tan agotados siendo todavía jóvenes?

Porque quizás el verdadero problema no sea que los millennials estén envejeciendo más rápido.

Tal vez el problema sea que muchas personas llevan años viviendo como si su cuerpo tuviera que soportarlo todo.

Trabajamos sentados durante horas frente a una pantalla.

Descansamos mirando otra pantalla.

Nos despertamos revisando notificaciones.

Comemos algunas veces con prisa.

Dormimos pensando en lo que quedó pendiente.

Intentamos relajarnos mientras seguimos respondiendo mensajes.

Salimos con amigos, pero miramos el celular varias veces durante la conversación.

Terminamos una jornada laboral y la oficina continúa dentro del bolsillo.

Y cuando finalmente llega el silencio, muchas veces no sabemos qué hacer con él.

Entonces buscamos otro video.

Otro mensaje.

Otra serie.

Otra distracción.

Otra cosa que impida quedarnos unos minutos solos con nuestros propios pensamientos.

Quizás nunca habíamos tenido tantas herramientas para ahorrar tiempo y, paradójicamente, nunca habíamos sentido tanta falta de tiempo.

Esa contradicción me parece profundamente generacional.

La tecnología prometió simplificarnos muchas cosas, y efectivamente lo hizo. Podemos trabajar desde cualquier lugar, hablar con alguien al otro lado del mundo, aprender prácticamente cualquier tema, organizar nuestra vida, hacer pagos, comprar, estudiar y resolver problemas desde un dispositivo que cabe en la mano.

Pero también apareció otra realidad.

Si podemos hacer todo desde cualquier lugar, entonces pareciera que tenemos que estar disponibles en todos los lugares.

El trabajo entra en la casa.

Las noticias entran en la cama.

Las comparaciones entran en nuestras relaciones.

Las preocupaciones del mundo entero entran en nuestra cabeza antes siquiera de levantarnos.

Y el cuerpo, mientras tanto, intenta adaptarse.

Tal vez una de las cosas que menos entendemos sobre nosotros mismos es que el cuerpo no distingue perfectamente entre un peligro físico real y una preocupación permanente.

Una notificación urgente.

Una deuda.

Un problema laboral.

Una discusión.

La sensación de estar quedándonos atrás.

La incertidumbre económica.

La necesidad constante de demostrar que estamos progresando.

Una relación complicada.

La ansiedad por el futuro.

Ninguna de esas cosas nos está persiguiendo físicamente por la calle, pero nuestro organismo puede permanecer durante horas en un estado de alerta silenciosa.

Y vivir demasiado tiempo en alerta tiene consecuencias.

El estrés ocasional forma parte de la vida. Incluso puede ayudarnos a reaccionar, concentrarnos o resolver situaciones difíciles. El problema aparece cuando esa alarma prácticamente nunca se apaga. La investigación actual relaciona el estrés psicológico sostenido con procesos vinculados al envejecimiento biológico acelerado.

Quizás por eso hay cansancios que no se arreglan durmiendo un domingo.

Porque no siempre estamos cansados solamente de trabajar.

Estamos cansados de pensar.

De anticipar.

De compararnos.

De intentar controlar cosas que todavía no han ocurrido.

También hemos convertido el sueño en una especie de cuenta bancaria de la que retiramos horas esperando devolverlas después.

“Esta semana duermo poco, el fin de semana recupero.”

“Cuando termine este proyecto descanso.”

“Cuando pase este semestre duermo mejor.”

“Cuando consiga ese trabajo tendré más tranquilidad.”

Pero siempre aparece algo después.

Dormir termina siendo lo primero que sacrificamos cuando creemos que necesitamos producir más.

Y quizás ahí haya otra contradicción extraña de nuestra época: admiramos a quien se mantiene ocupado permanentemente.

Decir “estoy lleno de trabajo” algunas veces suena casi como una medalla.

Dormir ocho horas puede parecer pereza.

Desconectarse parece falta de ambición.

No responder inmediatamente puede interpretarse como desinterés.

Descansar todavía produce culpa en muchas personas.

Sin embargo, mientras nosotros tratamos el sueño como tiempo perdido, nuestro organismo lo utiliza para realizar tareas fundamentales.

La ciencia sigue encontrando relaciones entre patrones de sueño inadecuados y procesos asociados con el envejecimiento de distintos sistemas del cuerpo. Incluso investigaciones recientes han observado que tanto dormir demasiado poco como mantener duraciones extremas de sueño pueden relacionarse con señales de envejecimiento biológico más acelerado.

Pero quizás el sueño sea solamente una parte del problema.

También está el movimiento.

Muchas personas jóvenes vivimos una paradoja bastante curiosa.

Nuestros antepasados necesitaban moverse para sobrevivir.

Nosotros necesitamos hacer ejercicio porque hemos construido una vida en la que casi no necesitamos movernos.

Podemos pedir comida sin levantarnos del sofá.

Trabajar sin caminar.

Estudiar sin salir de una habitación.

Hablar con nuestros amigos sin encontrarnos físicamente.

Comprar sin recorrer una tienda.

Entretenernos durante horas sin desplazarnos más de algunos metros.

Nunca había sido tan fácil vivir sin movimiento.

Y posiblemente tampoco había sido tan necesario decidir conscientemente movernos.

Nuestro cuerpo sigue siendo un organismo diseñado para caminar, cargar, estirarse, desplazarse y utilizar sus músculos.

La tecnología evolucionó mucho más rápido que nuestra biología.

Tal vez por eso muchas de las recomendaciones relacionadas con longevidad resultan sorprendentemente sencillas: movernos, alimentarnos razonablemente bien, dormir, reducir el estrés y mantener vínculos humanos significativos siguen apareciendo una y otra vez entre los factores asociados con un envejecimiento más saludable.

Lo interesante es que ninguna de esas cosas parece extraordinaria.

No requieren necesariamente dispositivos costosos.

Ni tratamientos futuristas.

Ni fórmulas secretas.

Son cosas profundamente humanas.

Mover el cuerpo.

Dormir.

Comer.

Respirar.

Conversar.

Sentir que pertenecemos a algún lugar.

Quizás precisamente por ser tan básicas las subestimamos.

Porque vivimos en una época fascinada por las soluciones complejas.

Queremos aplicaciones que midan el sueño antes de aprender a apagar el celular.

Queremos relojes que cuenten nuestros pasos antes de preguntarnos por qué casi nunca caminamos.

Queremos suplementos para sentir energía mientras seguimos durmiendo cinco horas.

Queremos técnicas para controlar el estrés mientras mantenemos una vida diseñada alrededor de la urgencia.

No digo esto como crítica hacia quien utiliza tecnología para cuidar su salud. Puede ser extraordinariamente útil.

La contradicción aparece cuando medimos absolutamente todo, excepto cómo nos estamos sintiendo.

También existe otro factor que me parece todavía más profundo: la soledad.

Porque podemos estar permanentemente conectados y, aun así, sentirnos tremendamente solos.

Tenemos seguidores.

Contactos.

Grupos.

Chats.

Historias.

Videollamadas.

Comunidades digitales.

Pero ninguna cantidad de notificaciones garantiza una relación humana profunda.

Y posiblemente una de las cosas más difíciles de reconocer en nuestra generación sea esta: sabemos comunicarnos constantemente, pero no siempre sabemos acompañarnos.

Podemos saber qué desayunó alguien que vive a miles de kilómetros y no tener idea de cómo se siente la persona que vive con nosotros.

Podemos tener conversaciones todos los días y aun así sentir que nadie nos conoce realmente.

Podemos recibir cien reacciones a una fotografía y terminar la noche sintiéndonos vacíos.

La soledad no siempre significa estar físicamente solo.

A veces significa no tener dónde poner lo que uno siente.

Y eso también parece tener consecuencias más allá de lo emocional. Investigaciones recientes han encontrado asociaciones entre aislamiento social, soledad y marcadores de envejecimiento biológico.

Eso debería hacernos pensar.

Quizás cuidar nuestra salud también significa conservar amistades.

Visitar a nuestros padres.

Llamar a nuestros abuelos.

Sentarnos a comer sin celulares.

Preguntar cómo está alguien y esperar realmente la respuesta.

Aceptar que necesitamos a otras personas.

Durante años se nos ha vendido la idea de independencia como sinónimo de madurez.

Tener nuestro dinero.

Nuestro apartamento.

Nuestros proyectos.

Nuestra estabilidad.

Nuestra vida.

Pero quizá hemos llevado esa idea demasiado lejos.

El ser humano nunca fue completamente independiente.

Necesitamos comunidad.

Necesitamos afecto.

Necesitamos conversación.

Necesitamos sentir que somos importantes para alguien más allá de nuestra productividad.

Y ahí aparece quizá otro de los grandes desgastes de nuestra generación: convertir la vida en una competencia permanente.

Estudiar rápido.

Graduarse rápido.

Conseguir trabajo rápido.

Ascender rápido.

Comprar vivienda rápido.

Viajar.

Emprender.

Invertir.

Casarse.

Tener hijos.

Encontrar propósito.

Ser saludable.

Verse bien.

Tener estabilidad emocional.

Ahorrar.

Disfrutar.

Y, además, publicar pruebas de que todo está funcionando.

Es agotador incluso escribirlo.

Las redes sociales amplificaron una sensación que probablemente siempre existió: mirar la vida ajena y preguntarnos si estamos atrasados.

Pero antes comparábamos nuestra vida con algunas personas cercanas.

Ahora podemos compararla con millones.

Siempre habrá alguien más joven ganando más dinero.

Alguien viajando más.

Alguien aparentemente más feliz.

Alguien con mejor cuerpo.

Alguien con una relación más bonita.

Alguien comprando su primera casa mientras nosotros seguimos intentando entender cómo pagar el próximo mes.

El problema es que casi nunca estamos comparando realidades completas.

Comparamos nuestro detrás de cámaras con el mejor momento seleccionado por otra persona.

Y después nos preguntamos por qué sentimos que estamos perdiendo.

Quizás esa sensación permanente de insuficiencia también envejece.

No solamente el cuerpo.

También la manera de mirar la vida.

Porque existe gente joven que dejó de sorprenderse.

Personas que viven esperando el viernes.

Esperando vacaciones.

Esperando diciembre.

Esperando que termine el año.

Esperando otra etapa.

Y una vida vivida siempre esperando puede pasar extraordinariamente rápido.

Ahí encuentro una diferencia importante entre vivir muchos años y sentirse vivo durante esos años.

La longevidad no debería convertirse únicamente en una obsesión por extender nuestra existencia.

¿Qué sentido tendría llegar a los noventa si pasamos sesenta años agotados intentando alcanzar una vida que nunca disfrutamos?

Quizás la pregunta no sea solamente cuánto vamos a vivir.

También cómo estamos viviendo ahora.

Porque hay hábitos que pueden deteriorarnos físicamente, pero también existen formas de vida que nos desgastan emocionalmente.

Guardar resentimientos durante años.

Vivir permanentemente preocupados por la opinión de otros.

Mantener relaciones que nos destruyen.

Trabajar únicamente para demostrar nuestro valor.

Negarnos cualquier descanso.

Sentir culpa cuando no estamos produciendo.

Creer que nuestra identidad depende completamente de nuestros resultados.

Quizás el cuerpo también termina contando historias que nunca nos atrevimos a contar con palabras.

Por supuesto, nada de esto significa que todos los millennials estén destinados a envejecer prematuramente.

Sería absurdo convertir una investigación científica en una sentencia generacional.

El envejecimiento es complejo.

Intervienen genética, ambiente, alimentación, actividad física, sueño, estrés, condiciones sociales, acceso a salud y muchos otros elementos.

Pero precisamente por eso el tema resulta interesante.

Porque nos recuerda que nuestra edad no es simplemente un número que aumenta cada cumpleaños.

También es una conversación diaria entre nuestro cuerpo y la vida que estamos construyendo.

Y algunas cosas no podemos controlarlas.

No elegimos nuestra genética.

No controlamos todas las enfermedades.

No decidimos completamente las circunstancias económicas, sociales o ambientales en las que vivimos.

Pero existen pequeñas decisiones sobre las que sí tenemos algo de influencia.

Dormir un poco mejor.

Caminar más.

Comer con menos prisa.

Buscar ayuda cuando algo emocionalmente nos supera.

Alejarnos algunas horas de las pantallas.

Conservar amistades.

Sentarnos con nuestra familia.

Aprender a estar solos sin sentirnos abandonados.

Decir que no.

Descansar sin sentir culpa.

Tal vez incluso recuperar alguna forma de espiritualidad, entendida no necesariamente como pertenecer a una religión específica, sino como recordar que nuestra existencia es más grande que las tareas que tenemos pendientes.

Hay momentos en los que necesitamos reconocer que no somos solamente trabajadores, estudiantes, clientes, usuarios, seguidores o productores.

Somos personas.

Con límites.

Con miedo.

Con sueños.

Con contradicciones.

Con necesidad de afecto.

Y quizás cuidar la salud comienza precisamente ahí: dejando de tratar nuestro cuerpo como una máquina que siempre puede producir un poco más.

No sé si nuestra generación realmente terminará envejeciendo más rápido que todas las anteriores.

La ciencia tendrá que seguir respondiendo esa pregunta.

Pero hay algo que sí podemos observar sin necesidad de un laboratorio.

Estamos cansados.

Y quizá el cansancio colectivo está intentando decirnos algo.

Tal vez no necesitamos obsesionarnos con permanecer jóvenes.

Quizás necesitamos aprender a vivir de una manera que no nos haga sentir viejos antes de tiempo.

Porque cumplir años nunca ha sido el verdadero problema.

El problema sería llegar al futuro y descubrir que pasamos demasiado tiempo intentando construir una buena vida mientras olvidábamos vivirla.

Facebook:

Twitter:

Comunidad de WhatsApp:

Grupo de WhatsApp:

Comunidad de Telegram:

Grupo de Telegram:

👉 ¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp.

— Juan Manuel Moreno Ocampo

Tal vez envejecer bien no empiece intentando detener el tiempo, sino aprendiendo a habitarlo mejor.

jueves, 1 de octubre de 2026

Cardio o fuerza: quizá la pregunta no es cuál elegir, sino qué clase de vida queremos sostener


Hay decisiones que parecen simples hasta que uno intenta tomarlas en serio. ¿Corro o levanto pesas? ¿Quiero resistencia o quiero fuerza? ¿Debo cuidar el corazón o construir músculo? Como si nuestro cuerpo fuera una aplicación con dos botones y hubiera que escoger uno para que el otro dejara de funcionar.

Durante mucho tiempo, alrededor del ejercicio se han creado bandos. Está quien ama correr y siente que un gimnasio es una especie de castigo encerrado entre máquinas. Está quien disfruta levantar peso y considera que pasar cuarenta minutos sobre una caminadora sin llegar a ningún lugar es una forma bastante extraña de invertir la vida. También estamos quienes atravesamos etapas: semanas en las que queremos movernos, otras en las que queremos sentirnos fuertes y algunas en las que simplemente conseguir levantarnos del sofá ya parece un pequeño triunfo.

Y ahí aparece una pregunta que, aunque habla de ejercicio, termina hablando de muchas otras cosas: ¿por qué sentimos tanta necesidad de escoger entre dos cosas que pueden complementarse?

La discusión entre cardio y fuerza me parece interesante porque refleja una forma bastante común de relacionarnos con la vida. Nos gustan las respuestas definitivas. Queremos saber cuál dieta es mejor, cuál rutina funciona más rápido, cuántas horas debemos dormir, cuántos pasos tenemos que caminar, cuánto tiempo necesitamos entrenar y qué ejercicio ofrece mayores beneficios.

Tal vez buscamos números porque los números tranquilizan.

Si alguien nos dice “haz esto tres veces por semana”, sentimos que existe una especie de mapa. El problema aparece cuando convertimos ese mapa en una sentencia.

Porque el cuerpo no funciona exactamente como una hoja de cálculo.

Hay días en los que podemos correr varios kilómetros y otros en los que subir unas escaleras se siente diferente. Hay momentos de nuestra vida en los que tenemos tiempo para entrenar una hora y otros en los que veinte minutos parecen un lujo. Cambian nuestros horarios, nuestro trabajo, nuestras responsabilidades, nuestra edad, nuestro descanso, nuestra alimentación y hasta nuestra relación emocional con el ejercicio.

Sin embargo, seguimos buscando la rutina perfecta.

Y quizá esa rutina perfecta no existe.

La evidencia actual sobre actividad física apunta precisamente hacia algo menos espectacular, pero probablemente más útil: combinar el trabajo cardiovascular con ejercicios de fortalecimiento muscular aporta beneficios distintos y complementarios. Las recomendaciones internacionales para adultos incluyen actividad aeróbica regular y también ejercicios de fuerza que involucren los principales grupos musculares al menos dos días por semana.

Eso podría responder la pregunta rápidamente: sí, tiene sentido hacer los dos.

Pero si la conversación terminara ahí, perderíamos lo más interesante.

Porque saber lo que conviene no significa necesariamente hacerlo.

Todos sabemos muchas cosas que nos hacen bien.

Sabemos que dormir importa. Sabemos que movernos importa. Sabemos que comer relativamente bien importa. Sabemos que pasar demasiadas horas frente a una pantalla probablemente no es maravilloso. Sabemos que nuestras relaciones necesitan tiempo. Sabemos que vivir permanentemente estresados tiene consecuencias.

El conocimiento rara vez es el único problema.

A veces el problema es que convertimos el cuidado personal en otra obligación imposible de cumplir.

Entonces aparece una paradoja: queremos hacer ejercicio para sentirnos mejor, pero terminamos sintiéndonos culpables porque no hacemos suficiente ejercicio.

Nos compramos un reloj que mide pasos, frecuencia cardiaca, calorías, sueño, recuperación y seguramente dentro de poco también nuestras dudas existenciales. Miramos los números al final del día y dejamos que una pantalla nos informe si fuimos suficientemente activos.

Diez mil pasos: bien.

Cuatro mil: fracaso.

Entrenamiento registrado: bien.

Día de descanso: sospechoso.

La tecnología puede ayudarnos muchísimo, pero también puede convertir una relación natural con nuestro cuerpo en una auditoría permanente.

Y ahí creo que vale la pena detenerse.

Moverse debería ayudarnos a habitar mejor nuestro cuerpo, no a vivir peleando con él.

El cardio tiene algo que muchas personas conocen bien: esa sensación de que el cuerpo empieza a encontrar un ritmo. Caminar rápido, correr, montar bicicleta, nadar, bailar o cualquier actividad que eleve el esfuerzo cardiovascular puede producir una experiencia curiosa. Al principio está el cansancio. Después aparece cierta negociación interna.

“Cinco minutos más.”

“Hasta aquella esquina.”

“Una vuelta adicional.”

El cuerpo protesta un poco y la mente empieza a participar.

La fuerza tiene otra conversación.

Un peso que ayer parecía imposible un día deja de parecerlo. Una repetición que antes costaba demasiado comienza a sentirse manejable. No necesariamente porque el mundo se haya vuelto más ligero, sino porque nosotros cambiamos.

Eso me parece poderoso.

Hay pocas experiencias tan concretas como descubrir que podemos cargar algo que hace unos meses no podíamos cargar.

Y quizás por eso la fuerza tiene también una dimensión simbólica.

Nos recuerda que muchas capacidades se construyen lentamente.

Nadie entra por primera vez a un gimnasio levantando el peso que levantará después de un año. Nadie desarrolla resistencia cardiovascular en una sola carrera. El cuerpo necesita repetición, descanso y tiempo.

La vida también.

Queremos resultados rápidos porque vivimos rodeados de velocidad. Pedimos comida desde el celular, recibimos respuestas en segundos, vemos series completas durante un fin de semana y hablamos con personas que están al otro lado del mundo sin esperar una carta durante semanas.

Entonces llegamos al ejercicio esperando que funcione bajo la misma lógica.

Treinta días para transformar el cuerpo.

Doce semanas para cambiar la vida.

Una rutina definitiva.

Un suplemento milagroso.

Un desafío viral.

Antes y después.

Pero nuestro cuerpo tiene una paciencia que muchas veces nosotros no tenemos.

Los músculos necesitan tiempo.

La resistencia necesita tiempo.

La coordinación necesita tiempo.

Los hábitos necesitan tiempo.

Y, curiosamente, la ciencia reciente sobre entrenamiento de fuerza está poniendo el énfasis precisamente en algo poco llamativo para las redes sociales: la constancia importa más que construir programas excesivamente complicados. Una actualización del American College of Sports Medicine publicada en 2026 destaca que, para muchas personas, pasar de no realizar entrenamiento de resistencia a realizarlo regularmente produce una parte fundamental de los beneficios, y que un programa sostenible puede ser más valioso que uno sofisticado que abandonamos.

Me gusta esa idea porque puede aplicarse mucho más allá del gimnasio.

Quizá hemos sobrevalorado la intensidad y subestimado la continuidad.

Queremos conversaciones profundas, pero no siempre cultivamos relaciones.

Queremos estabilidad económica, pero nos cuesta sostener pequeñas decisiones financieras.

Queremos aprender algo nuevo, pero abandonamos cuando dejamos de sentir progreso inmediato.

Queremos estar saludables, pero imaginamos la salud como una transformación heroica en lugar de verla como una acumulación de decisiones normales.

Tal vez entrenar puede enseñarnos justamente eso.

No siempre necesitamos hacer algo extraordinario.

A veces necesitamos volver.

Volver a caminar.

Volver a entrenar.

Volver a intentarlo.

Volver después de una semana complicada.

Volver sin castigarnos por haber parado.

Eso último me parece especialmente importante.

Existe una mentalidad bastante cruel alrededor del ejercicio. Después de varios días sin entrenar aparecen expresiones como “perdí todo”, “dañé el progreso” o “tengo que compensar”.

Compensar.

Como si descansar fuera una deuda.

Como si comer fuera un pecado.

Como si el cuerpo llevara un sistema contable en el que cada comida debe pagarse con kilómetros.

No me gusta esa forma de pensar.

El ejercicio puede ser disciplina sin convertirse en castigo.

Puede exigirnos sin hacernos enemigos de nosotros mismos.

Incluso combinar cardio y fuerza puede ayudarnos a escapar un poco de esa obsesión por una única medida del progreso.

Cuando solamente perseguimos cambios estéticos, cualquier entrenamiento termina juzgado por el espejo. Pero cuando empezamos a valorar otras capacidades, aparecen preguntas diferentes.

¿Me canso menos caminando?

¿Tengo más energía?

¿Puedo cargar algo pesado sin sentir que mi espalda va a presentar una carta de renuncia?

¿Duermo mejor?

¿Me siento más estable?

¿Tengo más movilidad?

¿Disfruto lo que hago?

Esas preguntas quizá no produzcan fotografías espectaculares para publicar, pero hablan de algo más profundo: funcionalidad.

Al final queremos un cuerpo que pueda acompañarnos.

No solamente hoy.

También dentro de veinte, treinta o cincuenta años.

Y ahí la conversación cambia.

La fuerza deja de ser únicamente construir músculos para verse de cierta manera. El cardio deja de ser únicamente quemar calorías. Ambos comienzan a parecer inversiones en autonomía.

Poder caminar.

Poder levantarnos.

Poder cargar.

Poder movernos.

Poder jugar.

Poder viajar.

Poder acompañar a otras personas.

Poder mantener cierta independencia cuando lleguen etapas distintas de la vida.

Cuando uno es joven, pensar en eso puede sentirse lejano. A los veinte años es fácil creer que el cuerpo será eternamente capaz de responder. Nos recuperamos relativamente rápido, improvisamos horarios, dormimos poco alguna noche y seguimos funcionando.

Pero juventud no significa invulnerabilidad.

También es una etapa en la que construimos hábitos que probablemente nos acompañarán después.

Eso no quiere decir que tengamos que vivir preocupados por envejecer.

Sería absurdo desperdiciar la juventud pensando solamente en conservarla.

Quizá se trata de algo más sencillo: aprovechar el presente para construir una relación decente con nuestro cuerpo.

No perfecta.

Decente.

Una relación en la que podamos exigirle sin despreciarlo.

Una relación en la que podamos descansar sin culpa.

Una relación en la que la alimentación no sea una guerra.

Una relación en la que entrenar sea una posibilidad y no solamente una obligación estética.

Porque hay algo que me inquieta de muchas conversaciones actuales sobre bienestar: podemos convertir incluso la salud en una competencia.

Quién corre más.

Quién levanta más.

Quién tiene menor porcentaje de grasa.

Quién completa más pasos.

Quién se despierta más temprano.

Quién toma el suplemento de moda.

Quién tiene la rutina más disciplinada.

Y sin darnos cuenta terminamos comparando algo profundamente personal.

Nuestro cuerpo.

No todos partimos del mismo lugar. No todos tenemos el mismo tiempo, dinero, genética, salud, experiencia, entorno o energía.

Por eso quizá la pregunta “¿cardio o fuerza?” necesita una segunda pregunta:

¿Qué puedo sostener?

Porque una rutina científicamente impecable que abandonamos después de dos semanas probablemente será menos útil que una rutina sencilla que logra acompañarnos durante años.

Para alguien, empezar puede ser caminar treinta minutos.

Para otra persona puede ser entrenar fuerza dos veces por semana.

Para alguien más puede ser montar bicicleta los domingos, hacer algunos ejercicios en casa y subir las escaleras en lugar del ascensor.

No todo movimiento necesita convertirse en deporte competitivo.

No todo entrenamiento necesita ocurrir dentro de un gimnasio.

La actualización de 2026 del ACSM también señala que el entrenamiento con bandas, peso corporal y rutinas realizadas en casa puede producir mejoras relevantes; las máquinas y las pesas tradicionales son herramientas, no requisitos absolutos.

Eso reduce una barrera importante.

A veces imaginamos que cuidarnos requiere demasiadas cosas.

Ropa especial.

Reloj inteligente.

Gimnasio costoso.

Suplementos.

Entrenador.

Aplicaciones.

Equipamiento.

Y aunque algunas de esas herramientas pueden ser útiles, ninguna reemplaza la decisión elemental de movernos.

Nuestro cuerpo entiende bastante poco de marcas.

Entiende esfuerzo.

Entiende descanso.

Entiende repetición.

Entiende movimiento.

Y probablemente también entiende cuando pasamos doce horas sentados prometiéndole que el lunes sí comenzamos.

Quizá por eso la respuesta que más me interesa no es “haz cardio y fuerza”.

Es otra.

No obligues a tu cuerpo a escoger entre capacidades que puede desarrollar juntas.

Necesitamos resistencia para continuar.

Necesitamos fuerza para sostener.

Y esa combinación también describe bastante bien la vida.

Hay momentos en los que avanzar depende de resistir un poco más. Etapas largas, problemas que no podemos solucionar inmediatamente, procesos que necesitan paciencia.

Pero también hay momentos que exigen fuerza: poner un límite, tomar una decisión, cargar una responsabilidad, defender algo importante o soltar aquello que ya pesa demasiado.

Resistencia y fuerza.

Continuar y sostener.

Tal vez por eso esta discusión aparentemente deportiva termina tocando algo humano.

Nuestro cuerpo no necesita convertirse en una máquina perfecta.

Necesita acompañarnos mientras vivimos.

Habrá semanas buenas y malas. Habrá días en los que correr será liberador y otros en los que caminar diez minutos será suficiente. Habrá períodos en los que levantaremos más peso y otros en los que tendremos que comenzar nuevamente con menos.

Eso también es progreso.

Aprender a volver.

Quizá dentro de unos años no recordemos cuántas calorías decía nuestro reloj que quemamos un jueves cualquiera. Probablemente tampoco recordaremos exactamente cuánto levantábamos en determinada máquina.

Pero sí podremos sentir las consecuencias de haber cuidado —o ignorado— nuestra capacidad de movernos.

Y tal vez esa sea una razón suficientemente buena para dejar de preguntar cuál entrenamiento gana.

El cardio no tiene que derrotar a la fuerza.

La fuerza no tiene que reemplazar al cardio.

Nuestro cuerpo tampoco tiene que convertirse en un proyecto interminable de optimización.

Puede ser simplemente nuestra casa.

Una casa que necesita movimiento, descanso, alimento, paciencia y cuidado.

Y si podemos aprender a habitarla un poco mejor, quizá el verdadero ejercicio no consista solamente en correr más lejos o levantar más peso.

Quizá consista en construir una vida que todavía podamos disfrutar mientras nuestro cuerpo nos lleva por ella.

Facebook:

Twitter:

Comunidad de WhatsApp:

Grupo de WhatsApp:

Comunidad de Telegram:

Grupo de Telegram:

👉 ¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp.

— Juan Manuel Moreno Ocampo

Tal vez estar en forma no sea ganar una batalla contra nuestro cuerpo, sino aprender a llegar más lejos sin dejar de escucharlo.