lunes, 5 de octubre de 2026

Cuando intentamos provocar celos, quizá solo estamos pidiendo que nos elijan


A veces uno no quiere estar con otra persona: quiere que alguien específico tenga miedo de perderlo.

Y aunque las dos cosas pueden parecer iguales desde afuera, por dentro nacen de lugares completamente distintos.

Hay momentos en los que hacemos cosas que, vistas superficialmente, parecen seguridad. Salimos, conocemos gente, publicamos una fotografía, dejamos que alguien nos coquetee, respondemos con cierta indiferencia o contamos con detalle que otra persona estuvo interesada en nosotros. Incluso podemos convencernos de que simplemente estamos viviendo nuestra vida.

Pero muy adentro aparece una pregunta menos cómoda:

“¿Será que ahora sí le importo?”

Es extraño reconocerlo porque vivimos en una época que admira mucho la independencia emocional. Nos gusta decir que nadie necesita a nadie, que quien se va pierde, que hay que aprender a soltar, que debemos hacernos valer y que jamás debemos demostrar demasiado interés.

Hay algo saludable en aprender a no depender completamente de otra persona.

El problema empieza cuando confundimos independencia con indiferencia.

Porque no siempre somos tan indiferentes como intentamos parecer.

A veces el mensaje que dejamos sin responder no es desinterés, sino estrategia.

La fotografía que publicamos no siempre fue publicada solamente porque nos gustaba.

La conversación sobre aquella persona que nos invitó a salir quizá tenía un destinatario secreto.

Y ese “me da igual” que repetimos delante de nuestros amigos puede esconder horas preguntándonos por qué alguien no hizo lo que esperábamos.

Las relaciones humanas tienen estas contradicciones.

Queremos que alguien nos quiera espontáneamente, pero a veces intentamos fabricar las condiciones para comprobarlo.

Queremos sentirnos elegidos, pero nos da miedo preguntar directamente si realmente nos están eligiendo.

Entonces aparecen los celos.

No necesariamente como sentimiento, sino como herramienta.

Si logro que se ponga celoso, quizá descubra cuánto le importo.

Si me ve con alguien más, quizá reaccione.

Si nota que otros me valoran, quizá finalmente reconozca mi valor.

Y ahí hay una pregunta que me parece mucho más importante que juzgar si provocar celos está bien o mal:

¿Por qué necesitamos provocar una reacción para sentir que somos importantes?

Tal vez porque aceptar la ausencia de una reacción puede doler muchísimo.

Es más fácil pensar que todavía no hemos encontrado la manera correcta de llamar la atención de alguien que considerar una posibilidad mucho más incómoda: quizás esa persona simplemente no siente lo mismo.

Eso golpea el ego, pero también golpea algo más profundo.

La ilusión.

Porque mientras buscamos señales podemos seguir imaginando posibilidades.

“Quizá está confundido.”

“Seguramente tiene miedo.”

“Es que no demuestra mucho.”

“Debe estar ocupado.”

“Tal vez cuando me vea con alguien más entienda.”

Y podemos permanecer bastante tiempo construyendo explicaciones para evitar una respuesta que las acciones de la otra persona quizá ya estaban dando.

Uno de los aprendizajes más difíciles de cualquier relación es entender que las personas también responden cuando no responden.

No siempre existe una conversación definitiva.

No siempre alguien dice: “No estoy tan interesado en ti como tú en mí”.

Muchas veces la respuesta llega convertida en pequeñas ausencias.

No pregunta cómo estás.

No muestra curiosidad por tu mundo.

No encuentra tiempo.

No recuerda lo que para ti importa.

No intenta acercarse.

No quiere conocer a las personas importantes de tu vida.

Recibe tu cariño, pero rara vez lo devuelve con la misma profundidad.

Cada señal por separado podría significar cualquier cosa. Todos tenemos días malos, ocupaciones, miedos y maneras distintas de demostrar afecto. El problema aparece cuando convertimos las excepciones en explicación permanente.

Ahí empezamos a negociar con la realidad.

Y curiosamente, mientras intentamos llamar la atención de la otra persona, nuestra atención queda atrapada completamente en ella.

Publicamos pensando si verá.

Salimos preguntándonos si se enterará.

Nos arreglamos imaginando su reacción.

Conocemos a alguien nuevo y, en lugar de conocer realmente a esa persona, pensamos qué sentiría aquella otra si nos viera.

Eso tiene algo bastante triste: la persona que supuestamente estamos superando termina ocupando incluso los momentos en los que no está.

Y hoy es todavía más sencillo caer en ese juego.

Las redes sociales nos regalaron una especie de escenario permanente.

Antes, provocar celos probablemente requería coincidencias, conversaciones o amigos en común. Ahora basta una historia.

Una mesa bonita.

Dos copas.

Una mano que aparece casualmente al borde de una fotografía.

Una canción estratégicamente elegida.

Una ubicación.

Una sonrisa.

Una frase suficientemente ambigua para que quien queremos que la entienda crea que fue escrita para él.

Lo interesante es que podemos recibir cien reacciones y seguir esperando una sola.

Cien personas pueden decirnos que nos vemos bien y nosotros revisar la lista buscando determinado nombre.

Entonces uno entiende que aquello nunca fue realmente sobre aprobación pública.

Era sobre aprobación específica.

Queríamos ser vistos por alguien.

Y querer ser vistos no tiene nada de vergonzoso.

Somos seres humanos. Gran parte de nuestra vida emocional se construye alrededor de sentirnos reconocidos, escuchados, deseados, comprendidos y queridos.

Lo importante quizá sea preguntarnos qué hacemos con esa necesidad.

Porque existe una diferencia enorme entre desear amor y convertir nuestra vida en una audición permanente para conseguirlo.

Cuando uno empieza a actuar para obtener una reacción, corre el riesgo de alejarse de lo que realmente siente.

Nos volvemos personajes.

El despreocupado.

La inalcanzable.

El que tiene muchas opciones.

La que nunca se enamora.

El que siempre puede reemplazar a alguien.

La que “fluye”.

Y mantener un personaje emocional cansa.

Sobre todo porque detrás continúa estando la persona real, con miedo, expectativas, preguntas y ganas de escuchar algo tan sencillo como:

“Sí, me importas.”

Tal vez por eso algunas relaciones confunden tanto.

No porque sea imposible saber qué ocurre, sino porque estamos intentando interpretar la relación desde la versión que queremos que exista.

Nos enamoramos también de posibilidades.

De cómo sería si cambiara.

De cómo sería si madurara.

De cómo sería si finalmente se decidiera.

De cómo sería cuando terminara esta etapa complicada.

Y mientras esperamos esa versión futura, podemos pasar por alto a la persona que realmente tenemos delante.

Eso no significa que debamos abandonar una relación ante cualquier duda.

Amar también implica paciencia. Las personas tienen ritmos diferentes. Algunas comunican mejor que otras. Hay quienes necesitan tiempo para comprender lo que sienten.

Pero paciencia y autoengaño tampoco son lo mismo.

Quizá una manera de diferenciarlos sea observar si la relación está avanzando gracias al esfuerzo de ambos o solamente gracias a nuestra capacidad para justificarla.

Esa pregunta incomoda.

Porque a veces descubrimos que hemos trabajado muchísimo para sostener emocionalmente algo que la otra persona apenas estaba sosteniendo.

Y entonces aparece otra tentación: demostrarle lo que está perdiendo.

Queremos convertirnos en nuestra mejor versión para que se arrepienta.

Queremos que algún día vea nuestras fotografías, nuestros proyectos, nuestros viajes, nuestras nuevas relaciones y piense:

“Cometí un error.”

Puedo entender esa fantasía.

Pero hay una paradoja ahí.

Si construimos nuestra mejor vida esperando que alguien se arrepienta de habernos perdido, esa persona todavía ocupa un lugar demasiado importante en ella.

Seguimos girando alrededor de su mirada.

Incluso desde lejos.

Quizá la verdadera libertad no aparece cuando conseguimos despertar sus celos.

Aparece cuando dejamos de necesitar hacerlo.

Cuando conocemos a alguien nuevo sin usarlo como mensaje para alguien anterior.

Cuando publicamos una fotografía porque nos gusta y no porque queremos provocar una reacción.

Cuando podemos pasar una buena noche sin pensar quién debería estar viéndonos disfrutarla.

Cuando dejamos de preguntarnos cómo demostrar nuestro valor y empezamos a observar quién es capaz de reconocerlo sin necesidad de una campaña publicitaria.

Esto también cambia la manera en que vemos a terceros.

Porque cuando utilizamos a alguien para provocar celos, aunque parezca un juego inocente, esa persona puede terminar convertida en instrumento de una historia que ni siquiera conoce.

No la estamos mirando completamente.

Estamos mirando a través de ella hacia alguien más.

Y todos merecemos algo mejor que convertirnos en personajes secundarios dentro de una conversación emocional entre dos personas.

Tal vez crecer afectivamente tenga mucho que ver con aprender a mirar a las personas como personas y no como pruebas.

No usar a alguien para demostrar que somos deseables.

No convertir una relación en evidencia de que superamos otra.

No buscar pareja solamente para demostrar que no estamos solos.

No medir nuestro valor según cuánto miedo tenga alguien de perdernos.

Porque existe algo extraño en la idea de necesitar que alguien tema nuestra ausencia para confirmar que valora nuestra presencia.

El cariño más tranquilo probablemente funcione al revés.

No necesita amenazas constantes de pérdida.

No necesita competencia.

No necesita un catálogo de pretendientes esperando afuera.

Simplemente encuentra maneras de decir:

“Quiero estar aquí.”

Y quizá por eso las relaciones sanas pueden sentirse menos cinematográficas.

Hay menos persecución.

Menos misterio.

Menos pruebas.

Menos interpretación obsesiva.

Menos necesidad de preguntarle al grupo de amigos qué quiso decir exactamente con ese mensaje de tres palabras.

Eso no significa ausencia de emoción.

Puede significar presencia de claridad.

Durante mucho tiempo se ha romantizado la incertidumbre. Parece que cuanto más difícil resulta conseguir a alguien, más valioso debe ser ese vínculo.

Pero dificultad no siempre significa profundidad.

Ansiedad no siempre significa amor.

Celos no siempre significan interés.

Y obsesión no siempre significa conexión.

A veces solamente significan incertidumbre.

Lo complicado es que la incertidumbre puede ser adictiva. Cada pequeña señal positiva produce esperanza. Después llega una ausencia, luego otra señal, luego otra duda. Nos quedamos pendientes del próximo momento capaz de confirmar lo que queremos creer.

Y así podemos terminar agradeciendo mínimos que, en otra situación, consideraríamos insuficientes.

Por eso quizá convenga hacernos una pregunta diferente.

En lugar de:

“¿Cómo hago para que esta persona me valore?”

preguntarnos:

“¿Cómo me siento cuando estoy cerca de esta persona?”

¿Puedo ser espontáneo?

¿Estoy tranquilo?

¿Puedo decir lo que siento sin convertir cada conversación en una partida de ajedrez?

¿Tengo que calcular cuánto tardaré en responder para no parecer interesado?

¿Estoy conociendo a alguien o intentando convencerlo?

¿Me gusta esta relación o me gusta la posibilidad de finalmente ganarla?

No hay respuestas universales.

Cada historia tiene contextos que desde afuera no vemos.

Pero sí creo que hay algo profundamente humano en reconocer cuándo estamos buscando amor y cuándo estamos buscando validación.

Son necesidades parecidas, pero pueden llevarnos a lugares muy distintos.

El amor permite acercarse.

La necesidad desesperada de validación muchas veces nos obliga a actuar.

Nos hace exagerar nuestra indiferencia cuando queremos cercanía.

Nos hace fingir seguridad cuando sentimos miedo.

Nos hace alejarnos esperando que nos persigan.

Nos hace utilizar silencios cuando lo que necesitamos es una conversación.

Y quizá madurar no consista en dejar de tener esas contradicciones.

Tal vez consista simplemente en aprender a reconocerlas.

Poder admitir:

“Sí, quería que se pusiera celoso porque necesitaba saber si le importaba.”

Hay mucha más honestidad en esa frase que en fingir que nada nos afecta.

Después vendrá otra pregunta:

¿Realmente quiero una relación en la que necesito provocar miedo para obtener una muestra de cariño?

Y esa respuesta ya pertenece a cada persona.

Puede que descubrirla duela.

Puede que obligue a abandonar una ilusión.

También puede abrir espacio para relaciones diferentes: aquellas donde no tenemos que aparecer acompañados por alguien extraordinario para que otra persona recuerde nuestro valor.

Quizá algún día comprendamos que la pregunta nunca fue si éramos suficientemente interesantes, atractivos, exitosos o deseables para despertar celos.

Tal vez la pregunta era mucho más sencilla:

¿Estamos intentando ser elegidos por alguien que lleva tiempo demostrando que no sabe, no quiere o no puede elegirnos de la manera que necesitamos?

Hay preguntas cuya respuesta no llega cuando conseguimos llamar más la atención.

Llega cuando dejamos de perseguirla.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

A veces dejar de intentar que alguien tema perdernos es la primera forma de descubrir quién realmente desea quedarse.

domingo, 4 de octubre de 2026

Cuando una vaca de mantequilla pesa menos que una tradición

Hay cosas que, vistas desde lejos, parecen absurdas hasta que uno descubre por qué alguien decidió seguir haciéndolas durante más de cien años.

Una vaca hecha de mantequilla podría entrar perfectamente en esa categoría.

Uno escucha que en la Feria Estatal de Iowa existe una escultura de tamaño casi real construida con cientos de libras de mantequilla y la primera reacción probablemente sea una mezcla entre curiosidad y desconcierto. ¿Para qué gastar tanto tiempo moldeando algo que finalmente tendrá que mantenerse dentro de una cámara refrigerada? ¿Por qué tantas personas hacen fila para verla? ¿Qué puede tener de especial algo que, técnicamente, podría terminar sobre miles de tostadas?

Pero quizá la pregunta correcta no sea para qué sirve.

Quizá sea por qué sigue importando.

La Feria Estatal de Iowa mantiene esta tradición desde 1911. La vaca actual requiere alrededor de 600 libras de mantequilla y se construye sobre una estructura interna de madera, metal y malla. No es un bloque macizo, como uno podría imaginar. La mantequilla se va colocando poco a poco hasta darle forma al animal.

A lo largo de más de un siglo, además, solamente unas pocas personas han tenido la responsabilidad de crearla. Desde 2006, Sarah Pratt ocupa ese lugar después de haber aprendido durante años junto a Norma “Duffy” Lyon, quien dedicó décadas a esta particular forma de escultura.

En 2026, Pratt cumplió veinte años como escultora principal de una tradición que ya existía mucho antes de que ella naciera. La Feria Estatal de Iowa confirmó también que aquella edición volvió a exhibir una vaca realizada con unas 600 libras de mantequilla.

Todo esto puede resultar interesante como curiosidad.

Pero lo que más me llama la atención no es la mantequilla.

Es la continuidad.

Vivimos en una época donde pareciera que todo tiene que renovarse constantemente para seguir siendo relevante. Cambiamos de celular aunque el anterior todavía funcione. Una aplicación modifica su diseño y apenas alcanzamos a acostumbrarnos cuando aparece otra actualización. Las tendencias duran semanas. Los videos duran segundos. Algunas conversaciones incluso parecen tener fecha de vencimiento.

Nos acostumbramos tanto a buscar lo nuevo que fácilmente confundimos novedad con valor.

Por eso resulta extraño encontrarse con una comunidad que sigue reuniéndose alrededor de algo que comenzó hace más de cien años.

No porque sea tecnológicamente impresionante.

No porque tenga inteligencia artificial.

No porque resuelva algún problema urgente.

Simplemente porque se convirtió en parte de su historia.

Y eso me hace pensar en cuántas cosas importantes de nuestra vida funcionan exactamente de la misma manera.

En muchas familias existen pequeñas tradiciones que desde afuera parecen insignificantes.

Puede ser la comida que alguien prepara en diciembre.

La llamada de cumpleaños.

La visita de los domingos.

Una frase que repetía un abuelo.

El lugar donde siempre se sienta alguien durante una reunión.

Una receta que nunca queda exactamente igual cuando intenta hacerla otra persona.

Objetivamente, ninguna de esas cosas parece extraordinaria.

Pero cuando desaparecen entendemos que nunca fueron solamente actividades.

Eran puntos de encuentro.

Tal vez eso ocurre también con aquella vaca de mantequilla.

Una generación la vio siendo niña. Después regresó con sus hijos. Años más tarde puede terminar visitándola con sus nietos.

La escultura cambia.

La persona que la construye cambia.

La feria cambia.

Las personas envejecen.

Pero algo permanece.

Creo que ahí existe una diferencia importante entre conservar una tradición y quedarse atrapado en el pasado.

No todo lo antiguo merece continuar.

Hay costumbres familiares, sociales y culturales que tuvieron sentido en determinado momento y que después aprendimos que necesitaban cambiar. Tradición nunca debería convertirse en una excusa para evitar cuestionarnos.

Pero tampoco todo necesita desaparecer simplemente porque nació hace muchos años.

A veces avanzar también consiste en saber qué vale la pena llevar con nosotros.

Y eso parece cada vez más difícil.

Nuestra generación ha recibido una cantidad de información probablemente inimaginable para quienes nacieron hace un siglo. Podemos conocer en segundos lo que sucede al otro lado del planeta. Podemos trabajar, estudiar, comprar, conversar, enamorarnos, discutir y entretenernos desde una pantalla.

Tenemos posibilidades enormes.

Pero también enfrentamos una sensación extraña: todo se mueve demasiado rápido.

Cuando todo cambia permanentemente, encontrar algo que permanece puede producir una tranquilidad difícil de explicar.

Quizá por eso seguimos conservando fotografías.

Quizá por eso volvemos a escuchar canciones que ya conocemos.

Quizá por eso existen objetos que no queremos botar aunque no tengan ningún valor económico.

No guardamos únicamente cosas.

Guardamos conexiones.

Una fotografía puede ser solamente papel, pero también puede contener a una persona que ya no está.

Una canción dura algunos minutos, pero puede devolvernos instantáneamente a una etapa completa de nuestra vida.

Una receta es apenas una combinación de ingredientes hasta que descubrimos que sabe como la casa donde crecimos.

Y una vaca de mantequilla puede ser simplemente mantequilla hasta que una comunidad decide convertirla en memoria.

Eso cambia completamente la manera de verla.

También hay otra parte de esta historia que me parece interesante: aprender antes de reemplazar.

Sarah Pratt no apareció un día frente a cientos de libras de mantequilla diciendo que quería encargarse de la tradición. Durante aproximadamente quince años aprendió junto a Duffy Lyon antes de convertirse en la escultora principal.

Quince años.

Pensar en ese tiempo desde nuestra cultura actual resulta casi incómodo.

Estamos acostumbrados a los tutoriales rápidos, a los cursos intensivos, a las respuestas inmediatas y a sentir que deberíamos dominar algo después de unas pocas semanas.

Queremos resultados visibles rápidamente porque también sentimos que los demás están avanzando rápidamente.

Las redes sociales empeoran un poco esa percepción.

Uno ve el resultado terminado de otra persona, pero casi nunca observa los años anteriores.

Vemos al músico cuando llena un escenario, no cuando practicaba frente a pocas personas.

Vemos al emprendedor cuando su proyecto funciona, no necesariamente todas las decisiones equivocadas que tomó antes.

Vemos al profesional cuando parece seguro de lo que hace, pero no las veces que dudó.

Vemos la escultura terminada.

No vemos los años aprendiendo a construirla.

Y entonces aparece una pregunta incómoda: ¿en qué momento empezamos a sentir vergüenza de ser aprendices?

Hay algo profundamente humano en permitir que otra persona nos enseñe.

También hay humildad.

Aceptar que alguien sabe algo que nosotros todavía no sabemos obliga a reconocer nuestros límites.

En la familia ocurre constantemente.

Muchas cosas que aprendemos no llegan mediante grandes discursos. Llegan observando.

Cómo alguien trata a quien está pasando por un momento difícil.

Cómo administra el dinero.

Cómo pide perdón.

Cómo enfrenta una enfermedad.

Cómo trabaja.

Cómo mantiene una amistad.

Cómo responde cuando las cosas no salen como esperaba.

Hay aprendizajes que nadie escribe en un manual.

Simplemente se transmiten.

Por eso me parece poderosa la imagen de una tradición pasando literalmente de unas manos a otras.

Primero alguien aprende.

Después alguien confía.

Finalmente alguien continúa.

No significa hacerlo exactamente igual.

Significa entender primero qué se está recibiendo.

Ese detalle podría aplicarse incluso a nuestra relación con la tecnología.

Estamos entrando en una etapa en la que muchas tareas pueden acelerarse gracias a herramientas capaces de escribir, analizar información, generar imágenes, programar o ayudarnos a tomar decisiones.

Eso es impresionante.

Pero la velocidad también trae una tentación: empezar a considerar lento todo aquello que requiere paciencia.

Aprender lentamente.

Construir relaciones lentamente.

Escuchar lentamente.

Dominar un oficio lentamente.

Conocer verdaderamente a alguien lentamente.

Incluso comprendernos a nosotros mismos lentamente.

No todo debería optimizarse.

Hay procesos cuyo valor está precisamente en el tiempo que necesitan.

La confianza es uno de ellos.

La madurez también.

Uno puede recibir información rápidamente, pero no necesariamente convertirla en sabiduría rápidamente.

Podemos preguntarle a una máquina cómo resolver un conflicto, pero ninguna respuesta evita que después tengamos que sentarnos frente a otra persona y tener una conversación incómoda.

Podemos aprender teoría sobre relaciones humanas en cinco minutos, pero construir una amistad de verdad puede tomar años.

Podemos consumir contenido espiritual durante horas, pero encontrar silencio interior quizá requiera toda una vida.

La tecnología puede acelerar muchas cosas.

No todas necesitan acelerarse.

La vaca de mantequilla también me hace pensar en algo más: el valor de hacer cosas que aparentemente no son necesarias.

Nuestra época tiene una obsesión comprensible con la productividad.

¿Para qué sirve?

¿Qué produce?

¿Cuánto genera?

¿Qué resultado deja?

Son preguntas importantes, sobre todo cuando hablamos de empresas, proyectos o recursos limitados.

El problema comienza cuando usamos exactamente las mismas preguntas para medir toda nuestra existencia.

Una conversación larga con alguien que queremos quizá no produce dinero.

Una tarde con la familia puede no generar ningún resultado tangible.

Caminar sin destino puede parecer tiempo perdido.

Aprender a tocar un instrumento que nunca convertiremos en profesión puede considerarse poco práctico.

Crear una escultura de mantequilla podría parecer completamente innecesario.

Y probablemente lo sea.

Pero innecesario no significa inútil.

Necesitamos cosas que no sean necesarias.

Necesitamos celebrar.

Necesitamos crear.

Necesitamos jugar.

Necesitamos conservar símbolos.

Necesitamos espacios donde las personas se encuentren sin que todo tenga que convertirse en negocio, productividad o rendimiento.

Quizá una sociedad no se define solamente por aquello que necesita para sobrevivir, sino también por aquello que decide conservar porque le recuerda quién es.

Hay algo especialmente bonito en que esta tradición esté relacionada con el campo.

Para muchas personas que vivimos en ciudades, los alimentos aparecen casi mágicamente en un supermercado.

Leche.

Huevos.

Frutas.

Verduras.

Carne.

Pan.

Todo está organizado en pasillos, empacado, etiquetado y listo para comprar.

Es fácil olvidar la cantidad de trabajo, conocimiento, clima, tierra, animales, maquinaria, transporte y personas que existen detrás.

Una feria agrícola rompe por unos días esa distancia.

Hace visible algo que normalmente permanece escondido.

Y tal vez una escultura exagerada, curiosa y hasta divertida consiga algo que una conferencia técnica no lograría: hacer que alguien se acerque.

Primero por curiosidad.

Después quizá por preguntas.

¿Cómo la hicieron?

¿De dónde viene esa mantequilla?

¿Quién la esculpe?

¿Por qué lo hacen cada año?

Las buenas tradiciones tienen esa capacidad.

Abren conversaciones.

No necesitan obligarnos a pensar de determinada manera.

Simplemente dejan una puerta abierta.

También me parece interesante que buena parte de la mantequilla utilizada pueda conservarse y reutilizarse durante varios años. La escultura desaparece, pero el material puede volver a convertirse en otra figura.

Hay casi una metáfora allí.

Nada permanece exactamente igual, incluso cuando queremos conservarlo.

Las tradiciones también se reconstruyen.

Cada generación recibe algo, lo interpreta y vuelve a darle forma.

Eso ocurre dentro de las familias.

Recibimos ideas de nuestros padres.

Historias de nuestros abuelos.

Costumbres de nuestra cultura.

Creencias.

Miedos.

Esperanzas.

Formas de relacionarnos.

Después nos toca decidir qué hacemos con todo eso.

Hay cosas que conservaremos.

Otras tendremos que transformar.

Algunas quizá debamos dejar atrás.

Crecer no significa rechazar todo lo recibido.

Tampoco significa aceptarlo sin preguntas.

Tal vez crecer sea aprender a distinguir.

A veces observo cómo queremos construir nuestra identidad como si pudiéramos empezar completamente desde cero.

Pero nadie empieza desde cero.

Todos llegamos a una historia que ya había comenzado.

Nacemos dentro de una familia, una cultura, un idioma, un país, un momento histórico y una sociedad que ya existen.

Después aparece nuestra libertad.

Podemos cambiar.

Podemos cuestionar.

Podemos movernos.

Podemos crear cosas nuevas.

Pero incluso cuando transformamos nuestra historia, seguimos dialogando con ella.

Quizá por eso las tradiciones pueden ser importantes cuando no se convierten en cadenas.

Nos recuerdan de dónde venimos sin necesariamente decidir hacia dónde debemos ir.

Una vaca hecha de mantequilla probablemente no cambiará el mundo.

Pero tampoco necesita hacerlo.

Tal vez su valor está precisamente en otra parte.

En las personas que la recuerdan.

En quienes aprendieron a construirla.

En quienes hicieron fila para verla cuando eran niños.

En quienes regresaron décadas después.

En las conversaciones que surgieron alrededor de algo aparentemente absurdo.

Y quizá nosotros también deberíamos preguntarnos cuáles son esas pequeñas cosas que queremos conservar.

No necesariamente objetos.

Puede ser una forma de recibir a alguien en casa.

Una llamada.

Una oración.

Una comida.

Una historia familiar.

Una manera de agradecer.

Un espacio para conversar sin teléfonos sobre la mesa.

Algo que queremos que siga existiendo aunque el mundo alrededor cambie.

Porque el futuro probablemente traerá tecnologías que todavía no imaginamos, profesiones que hoy no existen y maneras completamente nuevas de relacionarnos.

Pero sospecho que, incluso entonces, seguiremos necesitando algunas cosas antiguas.

Sentir que pertenecemos.

Recordar de dónde venimos.

Aprender de alguien.

Enseñarle algo a otro.

Construir juntos.

Conservar historias.

Y saber que no todo aquello que tiene valor necesita ser eficiente.

Quizá dentro de cien años alguien siga entrando a una feria en Iowa, se acerque a una cámara fría y encuentre otra vaca hecha de mantequilla.

Tal vez se pregunte lo mismo que podríamos preguntarnos nosotros ahora:

¿Por qué siguen haciendo esto?

Y posiblemente la respuesta más interesante nunca esté dentro de la escultura.

Estará en todas las personas que decidieron no dejar morir la historia.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

Tal vez conservar una tradición no sea vivir mirando hacia atrás, sino decidir qué parte del pasado todavía merece acompañarnos hacia adelante.

sábado, 3 de octubre de 2026

Cuando guardar el celular también puede ser una forma de volver a encontrarnos


¿Cuántas veces hemos mirado el celular sin saber realmente qué estábamos buscando?

No porque hubiera llegado un mensaje importante. No porque estuviéramos esperando una llamada. Ni siquiera porque necesitáramos consultar algo. Simplemente lo sacamos del bolsillo, desbloqueamos la pantalla, abrimos una aplicación, pasamos algunos videos, revisamos una conversación que ya habíamos leído y, unos minutos después, volvemos a guardarlo.

A veces ni recordamos qué vimos.

Ese gesto se ha vuelto tan normal que casi ha desaparecido de nuestra conciencia. Lo hacemos en una fila, mientras comemos, antes de dormir, apenas despertamos, cuando alguien tarda unos segundos en responder, cuando una conversación se pone incómoda y, por supuesto, también cuando estamos estudiando.

Por eso me llamó la atención la decisión que tomó Bogotá sobre el uso de celulares en los colegios.

El 7 de septiembre de 2026, la ciudad presentó una regulación para los colegios públicos y privados que establece que, como regla general, los teléfonos deberán permanecer guardados, en silencio y fuera de la vista durante la jornada escolar, incluso durante los descansos. La medida contempla excepciones por salud, emergencias, accesibilidad y algunas actividades pedagógicas, y los colegios tendrán un periodo para incorporarla a sus dinámicas y manuales de convivencia.

A primera vista, la discusión parece sencilla.

¿Celulares sí o celulares no?

Pero creo que la pregunta realmente importante es otra:

¿En qué momento dejamos de decidir cuándo usamos el celular y empezamos a permitir que el celular decidiera cuándo usamos nuestra atención?

Porque ahí está el verdadero problema.

No en el aparato.

En nuestra atención.

Un teléfono puede servir para estudiar, investigar, comunicarnos, ubicarnos, tomar fotografías, aprender un idioma, leer un libro, escuchar una clase o incluso resolver una emergencia. Sería absurdo pensar que la tecnología, por sí sola, es enemiga de la educación.

Yo pertenezco a una generación que difícilmente puede imaginar su vida completamente desconectada.

Para nosotros internet no es solamente una herramienta que apareció después. Es parte del ambiente en el que crecimos. Muchas amistades continúan por WhatsApp, muchas tareas empiezan en Google, muchas preguntas terminan en YouTube y muchas conversaciones importantes ocurren detrás de una pantalla.

Y precisamente por eso creo que vale la pena cuestionarnos.

Porque cuando algo está demasiado presente en nuestra vida, dejamos de preguntarnos qué lugar debería ocupar.

El celular comenzó siendo una herramienta que llevábamos con nosotros.

Ahora, muchas veces, parece que somos nosotros quienes vivimos alrededor de él.

Imagino una escena bastante común en cualquier colegio.

Suena el timbre del descanso.

Salen treinta estudiantes de un salón.

Hace unos años probablemente algunos correrían hacia la cancha, otros conversarían en un corredor, alguien buscaría a la persona que le gusta, dos amigos discutirían por alguna bobada y algún estudiante se quedaría sentado mirando a los demás porque no sabía cómo acercarse.

Nada perfecto.

Nada extraordinario.

Simplemente humanidad.

Ahora imaginemos el mismo descanso con veinte o treinta pantallas encendidas.

Alguien revisando TikTok.

Otro respondiendo mensajes.

Otro mirando quién vio su historia.

Alguien jugando.

Dos amigos sentados juntos enviándose videos que podrían ver estando cada uno en su casa.

Puede parecer exagerado, pero ahí aparece una contradicción interesante: nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos y, al mismo tiempo, nunca había sido tan fácil evitar una conversación.

Y quizá por eso limitar el celular durante el colegio no solamente tiene que ver con mejorar las notas.

Puede tener que ver con recuperar algo mucho más básico: aprender a estar con otros.

En el colegio no aprendemos únicamente matemáticas, ciencias, historia o lenguaje.

También aprendemos cosas que nunca aparecen en un boletín.

Aprendemos a tolerar a alguien que piensa distinto.

A perder.

A esperar nuestro turno.

A soportar un momento incómodo.

A interpretar una mirada.

A pedir disculpas.

A defender una idea.

A sentir vergüenza y sobrevivir a ella.

A conversar con alguien que no conocemos demasiado.

Incluso aprendemos a aburrirnos.

Y esto último me parece más importante de lo que parece.

El aburrimiento tiene muy mala fama.

Cuando no ocurre nada durante algunos segundos sentimos que debemos llenar inmediatamente ese espacio. Sacamos el celular porque el silencio parece desperdicio.

Pero muchas ideas empiezan justamente ahí.

Cuando caminamos sin mirar una pantalla.

Cuando esperamos.

Cuando observamos.

Cuando la mente no recibe estímulos nuevos cada cinco segundos y comienza, por fin, a fabricar los suyos.

No creo que un adolescente tenga que vivir desconectado para convertirse en una persona reflexiva. Tampoco creo que todos los problemas de concentración desaparezcan guardando los celulares en una caja.

Sería demasiado fácil.

La atención también se pierde por cansancio, estrés, problemas familiares, dificultades emocionales, falta de motivación, clases poco interesantes y muchas otras razones.

El propio debate alrededor de la medida reconoce algo importante: algunos estudios recientes han encontrado asociaciones entre un mayor uso del teléfono durante la jornada escolar y dificultades relacionadas con el control de la atención, pero una asociación no significa automáticamente que el teléfono sea la única causa.

Esa diferencia importa.

Porque convertir al celular en el culpable de todo sería simplemente buscar un enemigo cómodo.

Y los problemas humanos casi nunca son tan cómodos.

Podríamos prohibir todos los teléfonos durante seis horas y aun así tener estudiantes ansiosos, distraídos, aburridos o desconectados de lo que están aprendiendo.

Pero también sería ingenuo ignorar algo evidente: concentrarse es mucho más difícil cuando llevamos en el bolsillo un dispositivo construido para ofrecernos permanentemente algo más interesante que aquello que tenemos enfrente.

Una notificación.

Un mensaje.

Un video.

Otro video.

Un comentario.

Una noticia.

Una fotografía.

Un “me gusta”.

Una conversación.

Siempre existe otra cosa esperando.

Y el cerebro sabe que está ahí.

Quizás ese sea uno de los grandes retos de nuestra época.

Antes, para distraernos, teníamos que encontrar una distracción.

Ahora la distracción nos encuentra a nosotros.

Entonces aparece otra pregunta.

¿Poner límites enseña realmente a usar mejor la tecnología?

Depende.

Una prohibición sin conversación puede funcionar durante unas horas y fracasar cuando termina la jornada.

Un estudiante puede guardar el teléfono desde las siete de la mañana hasta las dos de la tarde y después pasar siete horas seguidas frente a la pantalla en su casa.

En ese caso habremos controlado una conducta, pero posiblemente no habremos desarrollado ningún criterio.

Por eso me parece interesante que la regulación de Bogotá no plantee simplemente desaparecer la tecnología de los colegios. A partir de octavo grado, por ejemplo, podrá utilizarse el celular con objetivos pedagógicos definidos y bajo orientación docente; además, ningún estudiante deberá estar obligado a tener un dispositivo propio para participar en actividades académicas.

Ese detalle cambia bastante la conversación.

No se trata de regresar a un mundo anterior a internet.

Ese mundo ya no existe.

Se trata de aprender que una herramienta también necesita límites.

Y los límites no siempre son castigos.

A veces son espacios que protegemos.

Dormimos mejor cuando dejamos de mirar una pantalla antes de dormir, aunque nadie nos esté castigando.

Escuchamos mejor cuando guardamos el teléfono mientras alguien nos cuenta algo importante.

Disfrutamos diferente una comida cuando no sentimos la necesidad de fotografiar cada momento.

Estudiamos distinto cuando durante veinte minutos no existe ninguna notificación compitiendo con el ejercicio que intentamos resolver.

Quizás el colegio pueda convertirse también en uno de esos espacios.

Pero hay algo que me produciría cierta incoherencia: exigirles a los estudiantes una relación saludable con la tecnología mientras los adultos somos incapaces de construirla.

Porque resulta muy sencillo decirle a un joven:

“Guarde el celular”.

Lo difícil es preguntarnos cuántas veces un padre mira WhatsApp mientras su hijo intenta contarle algo.

Cuántas reuniones familiares terminan con cinco personas mirando cinco pantallas diferentes.

Cuántas conversaciones interrumpimos porque vibró el teléfono.

Cuántas veces respondemos un mensaje laboral durante la cena.

Cuántas mañanas empiezan revisando notificaciones antes incluso de decir buenos días.

Los jóvenes aprenden de las reglas, sí.

Pero también aprenden muchísimo de lo que observan.

Tal vez por eso esta discusión no debería quedarse dentro de los colegios.

Es una conversación familiar.

Social.

Incluso personal.

¿Qué relación tenemos nosotros con nuestra propia atención?

Porque pedirle autocontrol a un adolescente mientras todos los adultos viven pendientes de una pantalla sería como pedir silencio gritando.

También pienso en algo que a veces olvidamos cuando hablamos de celulares entre jóvenes: detrás de muchas horas de pantalla no necesariamente existe solamente “adicción” o falta de disciplina.

A veces existe soledad.

Inseguridad.

Necesidad de pertenecer.

Miedo a quedarse por fuera.

El teléfono también es una puerta hacia el grupo.

Allí están los amigos.

Los chistes.

Los planes.

Los secretos.

Las tendencias.

Las conversaciones que parece obligatorio conocer para no sentirse desconectado al día siguiente.

Por eso guardar el celular puede ser más difícil para algunos estudiantes de lo que los adultos imaginamos.

No están guardando solamente un dispositivo.

En algunos casos sienten que están guardando temporalmente una parte de su mundo social.

Y eso merece comprensión.

No significa que no deban existir límites.

Significa que un límite funciona mejor cuando entendemos aquello que estamos limitando.

Quizás también aparezcan cosas interesantes durante los descansos.

Tal vez al comienzo haya incomodidad.

Personas que no sepan qué hacer con las manos.

Estudiantes mirando el reloj.

Conversaciones torpes.

Silencios.

Aburrimiento.

Y sinceramente, no me parece necesariamente malo.

Tal vez hemos llegado a un punto en el que necesitamos reaprender algunas cosas que antes ocurrían espontáneamente.

Mirarnos.

Hablar.

Caminar.

Jugar.

Quedarnos quietos.

Estar presentes sin sentir que cada segundo debe producir entretenimiento.

Sería curioso que una de las innovaciones educativas más importantes de estos años terminara siendo recuperar algo tan antiguo como una conversación durante el recreo.

Pero tampoco deberíamos romantizar el pasado.

La tecnología ha abierto oportunidades enormes.

Un estudiante puede acceder hoy desde un teléfono a bibliotecas, cursos, documentales, herramientas de inteligencia artificial, idiomas, simuladores y conocimientos que hace apenas unas décadas eran difíciles o costosos de conseguir.

El objetivo no debería ser formar jóvenes que le tengan miedo a la tecnología.

Necesitamos exactamente lo contrario.

Personas que sepan utilizarla sin convertirse en personas utilizadas por ella.

Y esa diferencia es enorme.

La inteligencia artificial hará todavía más necesaria esa conversación.

Cada vez tendremos herramientas capaces de escribir, resumir, explicar, traducir, calcular, investigar y producir contenido en segundos.

Entonces la educación no podrá limitarse a enseñarnos cómo usar herramientas.

Tendrá que enseñarnos cuándo usarlas.

Para qué.

Con qué criterio.

Y también cuándo es mejor no utilizarlas.

Quizá la verdadera alfabetización digital del futuro no consista solamente en saber hacer muchas cosas con una pantalla.

También consistirá en saber apagarla.

Eso requiere algo mucho más complicado que una resolución.

Requiere conciencia.

Porque algún día esos estudiantes saldrán del colegio.

Ya nadie les dirá que guarden el teléfono.

Estarán en una universidad, en un trabajo, con su pareja, cenando con sus padres, criando a sus propios hijos o tomando decisiones importantes.

Entonces el límite tendrá que venir desde adentro.

Y quizás ese sea el punto más valioso de toda esta discusión.

No preguntarnos solamente si Bogotá hizo bien o mal en restringir los celulares.

Preguntarnos qué estamos haciendo nosotros con nuestra atención.

Porque nuestra atención parece algo pequeño, pero en realidad nuestra vida está hecha de aquello a lo que decidimos prestarle atención.

Las personas que escuchamos.

Las conversaciones que recordamos.

Los libros que terminamos.

Los momentos que vivimos completamente.

Las ideas que dejamos crecer.

Las personas que tenemos enfrente.

Tal vez dentro de algunos años descubramos que limitar los celulares en los colegios mejoró ciertos indicadores académicos. Tal vez los resultados sean más modestos de lo esperado. Habrá que observarlo, medirlo y corregir lo que sea necesario.

Pero incluso antes de conocer esas respuestas, esta decisión ya nos deja una pregunta que vale la pena llevar más allá de las aulas.

Si sentimos tanta incomodidad cuando nos piden guardar el celular durante algunas horas, quizá el problema nunca fue solamente dónde estaba permitido utilizarlo.

Quizá también deberíamos preguntarnos cuánto espacio le hemos permitido ocupar dentro de nosotros.

Y puede que recuperar nuestra atención no signifique rechazar la tecnología.

Puede signific algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil:

volver a decidir nosotros cuándo mirar la pantalla y cuándo levantar la mirada.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

A veces recuperar nuestra atención empieza con un gesto tan pequeño como guardar el celular y descubrir quién estaba frente a nosotros.

viernes, 2 de octubre de 2026

¿Y si no estamos envejeciendo por los años, sino por la forma en que estamos viviendo?

Hay personas de treinta años que sienten que llevan cincuenta viviendo.

No necesariamente porque estén enfermas, ni porque hayan tenido una vida extraordinariamente difícil. A veces simplemente están cansadas. Cansadas de correr, de cumplir, de compararse, de producir, de responder mensajes, de pagar cuentas, de intentar construir un futuro mientras sienten que el presente se les escapa entre las manos.

Y quizás ahí empieza una conversación incómoda sobre nuestra generación.

Durante mucho tiempo pensamos el envejecimiento como algo sencillo: pasan los años, aparecen las canas, llegan algunas arrugas y el cuerpo empieza lentamente a cambiar. Era casi una línea recta entre la fecha de nacimiento y el deterioro físico.

Pero la ciencia lleva tiempo mostrando algo más complejo: cumplir años y envejecer biológicamente no son exactamente la misma cosa.

Dos personas pueden tener la misma edad y, sin embargo, sus organismos pueden estar recorriendo caminos muy distintos.

Investigaciones recientes han vuelto a poner sobre la mesa una posibilidad inquietante: algunas generaciones más jóvenes podrían estar mostrando señales de envejecimiento biológico acelerado en comparación con generaciones anteriores. Algunos estudios incluso han encontrado asociaciones entre ese envejecimiento adelantado y determinados problemas de salud que están apareciendo antes de lo esperado.

Pero más allá del titular, hay una pregunta mucho más cercana.

¿Qué estamos haciendo con nuestra vida para sentirnos tan agotados siendo todavía jóvenes?

Porque quizás el verdadero problema no sea que los millennials estén envejeciendo más rápido.

Tal vez el problema sea que muchas personas llevan años viviendo como si su cuerpo tuviera que soportarlo todo.

Trabajamos sentados durante horas frente a una pantalla.

Descansamos mirando otra pantalla.

Nos despertamos revisando notificaciones.

Comemos algunas veces con prisa.

Dormimos pensando en lo que quedó pendiente.

Intentamos relajarnos mientras seguimos respondiendo mensajes.

Salimos con amigos, pero miramos el celular varias veces durante la conversación.

Terminamos una jornada laboral y la oficina continúa dentro del bolsillo.

Y cuando finalmente llega el silencio, muchas veces no sabemos qué hacer con él.

Entonces buscamos otro video.

Otro mensaje.

Otra serie.

Otra distracción.

Otra cosa que impida quedarnos unos minutos solos con nuestros propios pensamientos.

Quizás nunca habíamos tenido tantas herramientas para ahorrar tiempo y, paradójicamente, nunca habíamos sentido tanta falta de tiempo.

Esa contradicción me parece profundamente generacional.

La tecnología prometió simplificarnos muchas cosas, y efectivamente lo hizo. Podemos trabajar desde cualquier lugar, hablar con alguien al otro lado del mundo, aprender prácticamente cualquier tema, organizar nuestra vida, hacer pagos, comprar, estudiar y resolver problemas desde un dispositivo que cabe en la mano.

Pero también apareció otra realidad.

Si podemos hacer todo desde cualquier lugar, entonces pareciera que tenemos que estar disponibles en todos los lugares.

El trabajo entra en la casa.

Las noticias entran en la cama.

Las comparaciones entran en nuestras relaciones.

Las preocupaciones del mundo entero entran en nuestra cabeza antes siquiera de levantarnos.

Y el cuerpo, mientras tanto, intenta adaptarse.

Tal vez una de las cosas que menos entendemos sobre nosotros mismos es que el cuerpo no distingue perfectamente entre un peligro físico real y una preocupación permanente.

Una notificación urgente.

Una deuda.

Un problema laboral.

Una discusión.

La sensación de estar quedándonos atrás.

La incertidumbre económica.

La necesidad constante de demostrar que estamos progresando.

Una relación complicada.

La ansiedad por el futuro.

Ninguna de esas cosas nos está persiguiendo físicamente por la calle, pero nuestro organismo puede permanecer durante horas en un estado de alerta silenciosa.

Y vivir demasiado tiempo en alerta tiene consecuencias.

El estrés ocasional forma parte de la vida. Incluso puede ayudarnos a reaccionar, concentrarnos o resolver situaciones difíciles. El problema aparece cuando esa alarma prácticamente nunca se apaga. La investigación actual relaciona el estrés psicológico sostenido con procesos vinculados al envejecimiento biológico acelerado.

Quizás por eso hay cansancios que no se arreglan durmiendo un domingo.

Porque no siempre estamos cansados solamente de trabajar.

Estamos cansados de pensar.

De anticipar.

De compararnos.

De intentar controlar cosas que todavía no han ocurrido.

También hemos convertido el sueño en una especie de cuenta bancaria de la que retiramos horas esperando devolverlas después.

“Esta semana duermo poco, el fin de semana recupero.”

“Cuando termine este proyecto descanso.”

“Cuando pase este semestre duermo mejor.”

“Cuando consiga ese trabajo tendré más tranquilidad.”

Pero siempre aparece algo después.

Dormir termina siendo lo primero que sacrificamos cuando creemos que necesitamos producir más.

Y quizás ahí haya otra contradicción extraña de nuestra época: admiramos a quien se mantiene ocupado permanentemente.

Decir “estoy lleno de trabajo” algunas veces suena casi como una medalla.

Dormir ocho horas puede parecer pereza.

Desconectarse parece falta de ambición.

No responder inmediatamente puede interpretarse como desinterés.

Descansar todavía produce culpa en muchas personas.

Sin embargo, mientras nosotros tratamos el sueño como tiempo perdido, nuestro organismo lo utiliza para realizar tareas fundamentales.

La ciencia sigue encontrando relaciones entre patrones de sueño inadecuados y procesos asociados con el envejecimiento de distintos sistemas del cuerpo. Incluso investigaciones recientes han observado que tanto dormir demasiado poco como mantener duraciones extremas de sueño pueden relacionarse con señales de envejecimiento biológico más acelerado.

Pero quizás el sueño sea solamente una parte del problema.

También está el movimiento.

Muchas personas jóvenes vivimos una paradoja bastante curiosa.

Nuestros antepasados necesitaban moverse para sobrevivir.

Nosotros necesitamos hacer ejercicio porque hemos construido una vida en la que casi no necesitamos movernos.

Podemos pedir comida sin levantarnos del sofá.

Trabajar sin caminar.

Estudiar sin salir de una habitación.

Hablar con nuestros amigos sin encontrarnos físicamente.

Comprar sin recorrer una tienda.

Entretenernos durante horas sin desplazarnos más de algunos metros.

Nunca había sido tan fácil vivir sin movimiento.

Y posiblemente tampoco había sido tan necesario decidir conscientemente movernos.

Nuestro cuerpo sigue siendo un organismo diseñado para caminar, cargar, estirarse, desplazarse y utilizar sus músculos.

La tecnología evolucionó mucho más rápido que nuestra biología.

Tal vez por eso muchas de las recomendaciones relacionadas con longevidad resultan sorprendentemente sencillas: movernos, alimentarnos razonablemente bien, dormir, reducir el estrés y mantener vínculos humanos significativos siguen apareciendo una y otra vez entre los factores asociados con un envejecimiento más saludable.

Lo interesante es que ninguna de esas cosas parece extraordinaria.

No requieren necesariamente dispositivos costosos.

Ni tratamientos futuristas.

Ni fórmulas secretas.

Son cosas profundamente humanas.

Mover el cuerpo.

Dormir.

Comer.

Respirar.

Conversar.

Sentir que pertenecemos a algún lugar.

Quizás precisamente por ser tan básicas las subestimamos.

Porque vivimos en una época fascinada por las soluciones complejas.

Queremos aplicaciones que midan el sueño antes de aprender a apagar el celular.

Queremos relojes que cuenten nuestros pasos antes de preguntarnos por qué casi nunca caminamos.

Queremos suplementos para sentir energía mientras seguimos durmiendo cinco horas.

Queremos técnicas para controlar el estrés mientras mantenemos una vida diseñada alrededor de la urgencia.

No digo esto como crítica hacia quien utiliza tecnología para cuidar su salud. Puede ser extraordinariamente útil.

La contradicción aparece cuando medimos absolutamente todo, excepto cómo nos estamos sintiendo.

También existe otro factor que me parece todavía más profundo: la soledad.

Porque podemos estar permanentemente conectados y, aun así, sentirnos tremendamente solos.

Tenemos seguidores.

Contactos.

Grupos.

Chats.

Historias.

Videollamadas.

Comunidades digitales.

Pero ninguna cantidad de notificaciones garantiza una relación humana profunda.

Y posiblemente una de las cosas más difíciles de reconocer en nuestra generación sea esta: sabemos comunicarnos constantemente, pero no siempre sabemos acompañarnos.

Podemos saber qué desayunó alguien que vive a miles de kilómetros y no tener idea de cómo se siente la persona que vive con nosotros.

Podemos tener conversaciones todos los días y aun así sentir que nadie nos conoce realmente.

Podemos recibir cien reacciones a una fotografía y terminar la noche sintiéndonos vacíos.

La soledad no siempre significa estar físicamente solo.

A veces significa no tener dónde poner lo que uno siente.

Y eso también parece tener consecuencias más allá de lo emocional. Investigaciones recientes han encontrado asociaciones entre aislamiento social, soledad y marcadores de envejecimiento biológico.

Eso debería hacernos pensar.

Quizás cuidar nuestra salud también significa conservar amistades.

Visitar a nuestros padres.

Llamar a nuestros abuelos.

Sentarnos a comer sin celulares.

Preguntar cómo está alguien y esperar realmente la respuesta.

Aceptar que necesitamos a otras personas.

Durante años se nos ha vendido la idea de independencia como sinónimo de madurez.

Tener nuestro dinero.

Nuestro apartamento.

Nuestros proyectos.

Nuestra estabilidad.

Nuestra vida.

Pero quizá hemos llevado esa idea demasiado lejos.

El ser humano nunca fue completamente independiente.

Necesitamos comunidad.

Necesitamos afecto.

Necesitamos conversación.

Necesitamos sentir que somos importantes para alguien más allá de nuestra productividad.

Y ahí aparece quizá otro de los grandes desgastes de nuestra generación: convertir la vida en una competencia permanente.

Estudiar rápido.

Graduarse rápido.

Conseguir trabajo rápido.

Ascender rápido.

Comprar vivienda rápido.

Viajar.

Emprender.

Invertir.

Casarse.

Tener hijos.

Encontrar propósito.

Ser saludable.

Verse bien.

Tener estabilidad emocional.

Ahorrar.

Disfrutar.

Y, además, publicar pruebas de que todo está funcionando.

Es agotador incluso escribirlo.

Las redes sociales amplificaron una sensación que probablemente siempre existió: mirar la vida ajena y preguntarnos si estamos atrasados.

Pero antes comparábamos nuestra vida con algunas personas cercanas.

Ahora podemos compararla con millones.

Siempre habrá alguien más joven ganando más dinero.

Alguien viajando más.

Alguien aparentemente más feliz.

Alguien con mejor cuerpo.

Alguien con una relación más bonita.

Alguien comprando su primera casa mientras nosotros seguimos intentando entender cómo pagar el próximo mes.

El problema es que casi nunca estamos comparando realidades completas.

Comparamos nuestro detrás de cámaras con el mejor momento seleccionado por otra persona.

Y después nos preguntamos por qué sentimos que estamos perdiendo.

Quizás esa sensación permanente de insuficiencia también envejece.

No solamente el cuerpo.

También la manera de mirar la vida.

Porque existe gente joven que dejó de sorprenderse.

Personas que viven esperando el viernes.

Esperando vacaciones.

Esperando diciembre.

Esperando que termine el año.

Esperando otra etapa.

Y una vida vivida siempre esperando puede pasar extraordinariamente rápido.

Ahí encuentro una diferencia importante entre vivir muchos años y sentirse vivo durante esos años.

La longevidad no debería convertirse únicamente en una obsesión por extender nuestra existencia.

¿Qué sentido tendría llegar a los noventa si pasamos sesenta años agotados intentando alcanzar una vida que nunca disfrutamos?

Quizás la pregunta no sea solamente cuánto vamos a vivir.

También cómo estamos viviendo ahora.

Porque hay hábitos que pueden deteriorarnos físicamente, pero también existen formas de vida que nos desgastan emocionalmente.

Guardar resentimientos durante años.

Vivir permanentemente preocupados por la opinión de otros.

Mantener relaciones que nos destruyen.

Trabajar únicamente para demostrar nuestro valor.

Negarnos cualquier descanso.

Sentir culpa cuando no estamos produciendo.

Creer que nuestra identidad depende completamente de nuestros resultados.

Quizás el cuerpo también termina contando historias que nunca nos atrevimos a contar con palabras.

Por supuesto, nada de esto significa que todos los millennials estén destinados a envejecer prematuramente.

Sería absurdo convertir una investigación científica en una sentencia generacional.

El envejecimiento es complejo.

Intervienen genética, ambiente, alimentación, actividad física, sueño, estrés, condiciones sociales, acceso a salud y muchos otros elementos.

Pero precisamente por eso el tema resulta interesante.

Porque nos recuerda que nuestra edad no es simplemente un número que aumenta cada cumpleaños.

También es una conversación diaria entre nuestro cuerpo y la vida que estamos construyendo.

Y algunas cosas no podemos controlarlas.

No elegimos nuestra genética.

No controlamos todas las enfermedades.

No decidimos completamente las circunstancias económicas, sociales o ambientales en las que vivimos.

Pero existen pequeñas decisiones sobre las que sí tenemos algo de influencia.

Dormir un poco mejor.

Caminar más.

Comer con menos prisa.

Buscar ayuda cuando algo emocionalmente nos supera.

Alejarnos algunas horas de las pantallas.

Conservar amistades.

Sentarnos con nuestra familia.

Aprender a estar solos sin sentirnos abandonados.

Decir que no.

Descansar sin sentir culpa.

Tal vez incluso recuperar alguna forma de espiritualidad, entendida no necesariamente como pertenecer a una religión específica, sino como recordar que nuestra existencia es más grande que las tareas que tenemos pendientes.

Hay momentos en los que necesitamos reconocer que no somos solamente trabajadores, estudiantes, clientes, usuarios, seguidores o productores.

Somos personas.

Con límites.

Con miedo.

Con sueños.

Con contradicciones.

Con necesidad de afecto.

Y quizás cuidar la salud comienza precisamente ahí: dejando de tratar nuestro cuerpo como una máquina que siempre puede producir un poco más.

No sé si nuestra generación realmente terminará envejeciendo más rápido que todas las anteriores.

La ciencia tendrá que seguir respondiendo esa pregunta.

Pero hay algo que sí podemos observar sin necesidad de un laboratorio.

Estamos cansados.

Y quizá el cansancio colectivo está intentando decirnos algo.

Tal vez no necesitamos obsesionarnos con permanecer jóvenes.

Quizás necesitamos aprender a vivir de una manera que no nos haga sentir viejos antes de tiempo.

Porque cumplir años nunca ha sido el verdadero problema.

El problema sería llegar al futuro y descubrir que pasamos demasiado tiempo intentando construir una buena vida mientras olvidábamos vivirla.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

Tal vez envejecer bien no empiece intentando detener el tiempo, sino aprendiendo a habitarlo mejor.