Esa pequeña descarga al tocar a alguien dice más de la física que de la química entre dos personas
Hay contactos que duran menos de un segundo y aun así consiguen que retiremos la mano inmediatamente.
Tocas a alguien, sientes un pequeño corrientazo y casi siempre ocurre lo mismo: ambos se miran sorprendidos. A veces viene una risa, otras veces alguien dice “usted tiene corriente”, y no falta quien aprovecha el momento para bromear con que “eso debe ser química”.
La escena es tan cotidiana que pocas veces nos detenemos a pensar en ella.
Quizás porque estamos acostumbrados a convivir con cosas que no entendemos completamente. Encendemos un celular sin saber exactamente cómo funciona cada uno de sus componentes, utilizamos internet sin pensar demasiado en todo lo que ocurre detrás de una pantalla y sentimos pequeñas descargas eléctricas sin preguntarnos por qué nuestro propio cuerpo puede participar en ellas.
La explicación científica es bastante interesante.
Pero quizá lo más curioso no sea únicamente entender por qué ocurre ese pequeño chispazo, sino descubrir cómo nuestra mente intenta darle significado a casi todo lo que sentimos.
Porque una descarga eléctrica puede durar una fracción de segundo, pero nuestra imaginación puede convertirla rápidamente en una historia.
Cuando alguien dice que otra persona “le pasó corriente”, normalmente está describiendo una descarga de electricidad estática.
Todo lo que nos rodea está formado por átomos, y dentro de ellos existen partículas con diferentes cargas eléctricas. En condiciones normales existe cierto equilibrio, pero algunas actividades cotidianas pueden provocar que se acumulen electrones en la superficie de determinados materiales o incluso en nuestro cuerpo.
Caminar sobre una alfombra, usar algunos tipos de calzado, ponerse o quitarse prendas sintéticas, rozar ciertas superficies o simplemente moverse en determinados ambientes puede favorecer esa acumulación.
Entonces ocurre algo curioso.
Nuestro cuerpo puede quedar temporalmente con una diferencia de carga respecto a otra persona o respecto a un objeto.
Cuando finalmente los dos entran en contacto, las cargas buscan equilibrarse.
Y ahí aparece ese pequeño “¡zas!” que nos hace retirar la mano.
No significa que alguien tenga un poder especial.
Tampoco que una persona esté permanentemente cargada de electricidad.
Mucho menos que exista necesariamente alguna conexión misteriosa entre quienes se tocaron.
Simplemente se produjo una pequeña transferencia de carga.
Sin embargo, hay algo que siempre me ha parecido interesante de estas situaciones: aunque la ciencia pueda explicar perfectamente el fenómeno físico, nosotros casi nunca nos conformamos únicamente con la explicación física.
Queremos encontrar significados.
Si ocurre con una puerta metálica, decimos:
“Me dio corriente”.
Pero si ocurre al tocar la mano de alguien que nos gusta, probablemente pensamos algo diferente.
“Qué coincidencia”.
“Qué raro”.
“¿Será que hay química?”
Y ahí dejamos de hablar de electrones.
Empezamos a hablar de nosotros.
Tal vez eso dice bastante de nuestra manera de interpretar la vida.
Los seres humanos no vivimos solamente dentro de los hechos. También vivimos dentro de las historias que construimos alrededor de ellos.
Una mirada puede convertirse en interés.
Un silencio puede parecernos rechazo.
Un mensaje que tarda en llegar puede transformarse en una preocupación enorme.
Una respuesta corta puede hacernos pensar que alguien está molesto.
Y una pequeña descarga eléctrica puede terminar convertida en señal de conexión.
No necesariamente porque seamos ingenuos.
Sino porque constantemente intentamos comprender lo que ocurre utilizando algo más que datos.
Utilizamos emociones.
Recuerdos.
Expectativas.
Miedos.
Deseos.
Quizá por eso dos personas pueden vivir exactamente el mismo acontecimiento y recordarlo de maneras completamente diferentes.
La electricidad estática tiene una explicación relativamente sencilla.
Las relaciones humanas no.
Y tal vez por eso resulta tan tentador mezclar ambas cosas.
Existe una expresión muy conocida que dice que “hubo electricidad” entre dos personas.
Curiosamente, cuando utilizamos esa frase casi nunca estamos hablando de electricidad.
Estamos hablando de esa sensación difícil de describir cuando alguien despierta algo dentro de nosotros.
Puede ser curiosidad.
Confianza.
Atracción.
Admiración.
Incomodidad.
Nervios.
Incluso rechazo.
El cuerpo también participa en nuestras emociones.
Hay conversaciones donde sentimos tranquilidad.
Personas frente a las cuales hablamos sin pensar demasiado.
Y otras frente a las que empezamos a calcular cada palabra.
Hay alguien que entra a una habitación y nuestra atención cambia.
No porque exista necesariamente una fuerza misteriosa.
Simplemente porque nuestra mente reconoce algo importante para nosotros.
A veces pienso que una de las cosas más difíciles de crecer es aprender a diferenciar lo que realmente está ocurriendo de lo que nosotros creemos que está ocurriendo.
No solamente en el amor.
En casi todo.
Alguien no respondió nuestro mensaje.
Ese es el hecho.
“Está molesto conmigo” puede ser una interpretación.
“No le importo” puede ser otra.
“Está ocupado” también podría serlo.
Pero muchas veces nuestra mente escoge una explicación antes de tener suficiente información.
Y después reaccionamos como si esa explicación fuera una verdad.
Tal vez por eso conocer pequeñas explicaciones científicas también tiene un valor que va más allá de aprender un dato curioso.
Nos recuerda que algunas cosas que parecen misteriosas dejan de serlo cuando comprendemos cómo funcionan.
La descarga entre dos personas es un buen ejemplo.
No aparece porque uno de los dos tenga “demasiada energía”.
Puede depender incluso del ambiente.
El aire seco, por ejemplo, facilita que las cargas permanezcan acumuladas durante más tiempo. En ambientes con mayor humedad, esas cargas suelen disiparse con mayor facilidad.
También influyen los materiales.
La ropa sintética, algunas suelas y determinadas superficies favorecen la acumulación de electricidad estática.
Por eso puede haber días donde parece que todo nos da corriente.
La puerta.
El carro.
Una silla.
Otra persona.
Incluso puede escucharse un pequeño chasquido.
Y aunque puede sentirse sorprendentemente fuerte durante un instante, las descargas estáticas cotidianas suelen involucrar cantidades muy pequeñas de energía.
Lo interesante es que el fenómeno demuestra algo que normalmente olvidamos: nosotros también formamos parte del mundo físico.
A veces hablamos de nuestro cuerpo como si fuera únicamente el recipiente donde vive nuestra mente.
Pero somos química.
Somos electricidad.
Somos agua.
Somos impulsos nerviosos.
Somos materia interactuando permanentemente con otra materia.
El cerebro funciona mediante señales electroquímicas.
El corazón mantiene una actividad eléctrica organizada.
Los nervios transmiten señales.
Pero esa bioelectricidad que permite funcionar al organismo no es exactamente lo mismo que el pequeño corrientazo que sentimos cuando tocamos a alguien.
Aquella descarga externa suele venir de una acumulación de electricidad estática en la superficie.
Y entender esa diferencia también evita algunas ideas extrañas que circulan fácilmente en internet.
Vivimos en una época donde cualquier fenómeno cotidiano puede recibir una explicación impresionante en un video de treinta segundos.
Alguien siente corriente al tocar a otra persona y rápidamente aparece quien asegura que eso significa compatibilidad energética, almas conectadas, vibraciones especiales o señales del universo.
No digo esto para burlarme de la espiritualidad.
Creo que la vida tiene preguntas que no siempre caben dentro de una fórmula.
La fe, el sentido, el amor, la conciencia y nuestra relación con aquello que consideramos trascendente pertenecen a conversaciones mucho más profundas que una simple descarga eléctrica.
Precisamente por eso pienso que no necesitamos convertir cualquier fenómeno físico en una prueba espiritual.
La espiritualidad no debería tenerle miedo a la ciencia.
Ni la ciencia necesita convertirse en enemiga de aquello que todavía nos preguntamos.
Podemos maravillarnos con una puesta de sol entendiendo perfectamente cómo funciona la luz.
Podemos emocionarnos con una canción sabiendo que son ondas sonoras.
Podemos enamorarnos sabiendo que nuestro cerebro participa activamente en esa experiencia.
Entender un fenómeno no necesariamente le quita belleza.
A veces se la aumenta.
Pienso en esas pequeñas descargas.
Dos personas se acercan.
Cada una viene caminando desde lugares diferentes.
Han rozado materiales diferentes.
Llevan ropa diferente.
Sus cuerpos tienen cargas ligeramente distintas.
Se encuentran.
Se tocan.
Durante una fracción de segundo aparece una chispa.
Desde la física es electricidad estática.
Desde nuestra experiencia humana puede convertirse simplemente en una anécdota.
Y ambas cosas pueden coexistir.
El problema aparece cuando confundimos una interpretación bonita con una explicación verdadera.
Nos pasa constantemente.
Especialmente ahora que vivimos rodeados de información.
Las redes sociales nos ofrecen respuestas inmediatas para casi cualquier cosa.
“Si alguien hace esto significa aquello”.
“Si sueñas con esto significa aquello”.
“Si una persona tarda tantas horas en responder significa aquello”.
“Si sientes esto cuando conoces a alguien significa aquello”.
Queremos manuales para comprender personas.
Pero las personas no funcionan como manuales.
Una misma conducta puede tener razones completamente distintas.
Quizás por eso deberíamos permitirnos preguntar más y asumir menos.
Si alguien tarda en responder, tal vez sea mejor esperar antes de construir una historia.
Si alguien parece distante, quizá podamos conversar.
Si sentimos una conexión con alguien, podemos reconocerla sin necesidad de buscar señales sobrenaturales que la confirmen.
Y si alguien nos da corriente al tocarlo, podemos disfrutar la coincidencia mientras recordamos que probablemente fueron unos cuantos electrones tratando de encontrar equilibrio.
Curiosamente, esa última idea también tiene algo bonito.
El equilibrio.
Una diferencia de carga existe durante cierto tiempo.
Después aparece un contacto.
Hay una transferencia.
Y el sistema busca estabilizarse.
No quiero convertir la física en una metáfora obligatoria de la vida, pero resulta difícil no encontrar algo familiar allí.
Nosotros también acumulamos cosas.
Tensiones.
Palabras que no dijimos.
Preocupaciones.
Expectativas.
Enojos.
Preguntas.
Y muchas veces basta un encuentro para que algo de eso salga.
Una conversación.
Un abrazo.
Una mirada.
Una llamada inesperada.
No porque estemos intercambiando electricidad emocional, sino porque los seres humanos también nos regulamos a través de los vínculos.
Hay personas con las que sentimos calma después de hablar.
Otras nos dejan pensando durante horas.
Algunas nos recuerdan quiénes éramos.
Otras nos hacen preguntarnos quién queremos ser.
Eso sí es una conexión humana real.
No necesita chispas.
Necesita presencia.
Quizá por eso me parece tan interesante que una pregunta aparentemente sencilla como “¿por qué alguien me da corriente?” termine abriendo otra pregunta mucho más grande:
¿Cuántas veces confundimos lo que sentimos con lo que realmente sabemos?
Sentir algo es real.
Pero nuestra explicación sobre ese sentimiento puede estar equivocada.
Puedo sentir miedo y no estar en peligro.
Puedo sentir rechazo aunque nadie me esté rechazando.
Puedo sentir una enorme conexión con alguien y descubrir después que imaginábamos futuros completamente diferentes.
También puedo sentir un pequeño corrientazo y pensar por un segundo que el universo acaba de mandarme una señal.
Sentir no es el problema.
El reto está en aprender a observar nuestras propias interpretaciones.
Tal vez madurar tenga algo que ver con eso.
No con dejar de sentir.
Sino con aprender a distinguir entre emoción, intuición, evidencia y deseo.
Hay cosas que sabemos.
Hay cosas que suponemos.
Hay cosas que esperamos.
Y hay cosas que simplemente queremos creer.
No siempre es fácil separarlas.
Pero hacerlo puede ahorrarnos muchos malentendidos.
La próxima vez que alguien te dé corriente probablemente seguirás retirando la mano y diciendo “¡uy!”.
Yo también lo haría.
Porque conocer la explicación no elimina la sorpresa.
Pero quizás después aparezca otra mirada.
La de entender que incluso en uno de los gestos más sencillos —dos personas tocándose durante un segundo— hay partículas moviéndose, cargas equilibrándose y leyes físicas actuando silenciosamente.
Y al mismo tiempo hay dos personas interpretando lo ocurrido desde sus historias, emociones y creencias.
Tal vez ahí esté lo verdaderamente interesante.
La ciencia puede ayudarnos a comprender el chispazo.
Pero entender lo que nosotros decidimos imaginar después sigue siendo una tarea mucho más personal.
A veces la corriente está en los electrones.
La historia que construimos alrededor de ella está en nosotros.
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— Juan Manuel Moreno Ocampo
Hay chispas que la ciencia puede explicar en segundos; lo difícil sigue siendo entender todas las historias que nuestra mente construye después.


