Hay cosas que uno no se imagina que están sosteniendo literalmente la vida… hasta que alguien lo dice en voz alta. Y no hablo de algo filosófico o espiritual —aunque también—, hablo de algo tan físico, tan cotidiano, tan olvidado, que sorprende. Hace poco me encontré con una idea que me dejó pensando más de lo que esperaba: el glúteo, sí, ese músculo que muchos asocian solo con estética o ejercicio, es en realidad uno de los grandes responsables de que podamos envejecer con dignidad, con movilidad, con independencia.
Y no es exageración. Es de esas verdades que cuando uno las escucha, algo dentro hace clic.
Crecí viendo a adultos mayores en mi familia, algunos activos, otros muy limitados. Y siempre pensé que el deterioro era “normal”, que era parte inevitable del paso del tiempo. Pero con los años he ido entendiendo que hay una diferencia enorme entre envejecer… y deteriorarse. No es lo mismo. Y en ese punto es donde empieza a tomar sentido eso que parece tan simple: el cuerpo no se abandona sin consecuencias, y lo que no se usa, se pierde.
El glúteo, ese músculo grande que conecta el torso con las piernas, es el que permite que te levantes de una silla, que subas escaleras, que camines con estabilidad, que mantengas el equilibrio. Es el que evita que te caigas. Y en una sociedad como la nuestra, donde cada vez pasamos más tiempo sentados —trabajando, viendo el celular, creando contenido, incluso “aprendiendo”— ese músculo se está apagando sin que nos demos cuenta.
A veces siento que estamos viviendo una contradicción constante. Por un lado, tenemos acceso a toda la información del mundo: rutinas, salud, alimentación, longevidad, biohacking… pero por otro lado, vivimos cada vez más desconectados de nuestro propio cuerpo. Sabemos mucho, pero sentimos poco. Leemos todo, pero aplicamos casi nada.
Y eso me hace pensar en algo que alguna vez leí en https://juliocmd.blogspot.com/, donde se hablaba de cómo el conocimiento sin acción se vuelve una carga. Porque sabes lo que deberías hacer… pero no lo haces. Y eso pesa más que la ignorancia.
El cuerpo es honesto. No negocia. No se deja engañar por excusas bonitas ni por planes perfectos que nunca empiezan. Si no lo mueves, se debilita. Si no lo cuidas, se deteriora. Y no lo hace de un día para otro, lo hace en silencio, poco a poco… hasta que un día te das cuenta de que algo que antes era fácil, ya no lo es.
Lo que más me impacta de todo esto no es solo lo físico, sino lo que representa. El glúteo como símbolo de algo más profundo: de la base, del soporte, de aquello que no se ve pero sostiene todo. Y ahí es donde la reflexión se vuelve más amplia.
¿Cuántas cosas en nuestra vida estamos descuidando porque no se ven?
La disciplina, por ejemplo. No es visible, no se presume fácilmente, pero es la que sostiene cualquier proceso. La coherencia, la forma en la que pensamos y actuamos cuando nadie está mirando. La conexión espiritual, esa conversación silenciosa que cada uno tiene consigo mismo y con algo más grande.
En https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/ encontré una vez una reflexión que decía algo así como que el alma también necesita movimiento, no físico, sino interno. Y me quedó sonando. Porque así como el cuerpo se atrofia cuando no se usa, el espíritu también se apaga cuando no se cultiva.
Y entonces todo empieza a conectarse.
No es solo el glúteo. Es el hábito de moverse. Es la decisión diaria de hacer algo por uno mismo, aunque no haya resultados inmediatos. Es entender que la longevidad no se construye a los 60, se construye a los 20, a los 30, en esos pequeños actos que parecen insignificantes pero que, acumulados, definen el futuro.
A veces creemos que cuidarnos es algo que haremos “después”, cuando haya tiempo, cuando las cosas estén más organizadas, cuando la vida esté más tranquila. Pero la verdad es que ese momento casi nunca llega. Siempre hay algo más urgente, más inmediato, más llamativo.
Y ahí es donde uno se pierde.
Me pasa también con la tecnología. Vivimos obsesionados con optimizar todo: procesos, empresas, sistemas… pero olvidamos optimizarnos a nosotros mismos. Y no desde la productividad, sino desde la vida. Desde lo humano.
He visto cómo en https://todoenunonet.blogspot.com/ se habla mucho de estructura, de orden, de hacer las cosas con criterio antes de ejecutarlas. Y eso aplica perfecto aquí. Porque cuidar el cuerpo también es una decisión estructural, no es algo improvisado. No es “hacer ejercicio cuando se pueda”, es entender que hay cosas que simplemente no son negociables.
Moverse es una de ellas.
Y no tiene que ser perfecto. No tiene que ser un gimnasio costoso ni una rutina extrema. A veces es simplemente caminar, levantarse más veces, subir escaleras, hacer pequeños movimientos que le recuerden al cuerpo que sigue vivo, que sigue activo, que sigue siendo útil.
Porque el problema no es envejecer. El problema es dejar de poder hacer lo que antes hacías… y que eso te quite independencia.
Hay algo profundamente humano en poder levantarse solo, en poder caminar sin miedo, en no depender completamente de otros para lo básico. Y eso, aunque suene duro, también se construye desde hoy.
En https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/ alguna vez hablaban de cómo las estructuras correctas evitan problemas antes de que existan. Y siento que esto es exactamente eso, pero aplicado al cuerpo. No se trata de reaccionar cuando ya hay dolor o limitación, se trata de prevenir, de anticiparse, de entender que hay decisiones que hoy parecen pequeñas… pero mañana serán gigantes.
Y lo más curioso es que todo esto vuelve al mismo punto: la conciencia.
Ser consciente de cómo vivimos, de cómo nos movemos, de cómo nos hablamos, de cómo nos cuidamos.
Ser consciente de que no somos invencibles, pero tampoco estamos condenados.
Ser consciente de que la vida no es solo lo que hacemos para producir, sino también lo que hacemos para sostenernos.
Y ahí es donde siento que mi generación tiene un reto enorme. Porque crecimos en medio de pantallas, de información constante, de inmediatez… pero también tenemos la oportunidad de hacer las cosas diferente. De no repetir los mismos errores. De construir una vida más consciente, más equilibrada, más real.
No se trata de obsesionarse con el cuerpo, ni de vivir en función del rendimiento físico. Se trata de respetarlo. De entender que es el vehículo que tenemos para vivir todo lo demás: los sueños, las relaciones, las experiencias, incluso la espiritualidad.
Porque sí, también creo que hay algo espiritual en cuidar el cuerpo. No desde lo superficial, sino desde el agradecimiento. Desde reconocer que estamos aquí, que podemos movernos, que podemos sentir… y que eso no es eterno.
Tal vez por eso esta idea del “músculo héroe” me llegó tanto. Porque me recordó que hay cosas que hacen mucho por nosotros sin pedir reconocimiento. Y que cuando las ignoramos, tarde o temprano lo sentimos.
Tal vez no se trata solo de fortalecer el glúteo. Tal vez se trata de fortalecer la vida desde la base.
De volver a lo esencial.
De dejar de complicarlo todo.
De entender que, a veces, lo más importante no está en lo que se ve… sino en lo que sostiene.
Y sí, suena simple. Pero lo simple es lo más difícil de sostener en un mundo que siempre quiere más, más rápido, más visible.
Al final, todo se resume en una pregunta que me hago cada vez más seguido: ¿estoy viviendo de una forma que mi “yo del futuro” me agradecería?
Porque si la respuesta es no, entonces hay algo que ajustar.
No mañana. Hoy.
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