Hay algo curioso que me viene pasando últimamente cada vez que voy a una tienda o al supermercado. Ya no miro los productos igual. Antes elegía por impulso: lo más bonito, lo que se veía más rico, lo que estaba en promoción. Hoy, sin darme cuenta, me detengo más… leo etiquetas… cuestiono lo que veo… y, sobre todo, me pregunto qué hay detrás de lo que me están vendiendo.
No sé si a ti te ha pasado, pero siento que estamos en una época donde ya no basta con consumir… ahora necesitamos entender.
Y ahí es donde todo esto de las reglas de publicidad y la información mínima en alimentos en Colombia deja de ser un tema “legal” o “técnico”, para convertirse en algo profundamente humano.
Lo más fuerte es que durante años crecimos creyendo que lo que se vendía era, en cierta forma, confiable por defecto. Como si el simple hecho de estar en una tienda significara que ya había pasado todos los filtros necesarios. Como si alguien ya hubiera pensado por nosotros.
Pero la realidad es otra.
Hoy Colombia, como muchos países, ha tenido que endurecer reglas. No porque sí. Sino porque se volvió necesario. Porque nos dimos cuenta de que la publicidad puede ser engañosa sin mentir directamente. Puede insinuar sin decir. Puede decorar lo que en el fondo no es tan saludable como parece.
Y ahí es donde entran esas etiquetas negras que muchos ya hemos visto: “alto en azúcar”, “alto en sodio”, “alto en grasas saturadas”. Al principio parecían exageradas. Incluso incómodas. Como si nos estuvieran arruinando el momento de comer algo que nos gusta.
Recuerdo que en una conversación familiar alguien decía: “Antes todo era más sencillo”. Y sí… tal vez lo era. Pero también era más inconsciente. Hoy tenemos más información, y eso nos obliga a asumir algo que a veces pesa: la responsabilidad.
Porque ya no podemos decir “no sabía”.
Y eso cambia todo.
La publicidad de alimentos, especialmente la dirigida a niños, ha sido uno de los puntos más sensibles. Y tiene sentido. Porque un niño no tiene las herramientas para cuestionar lo que ve. Si un empaque tiene colores llamativos, personajes animados o promesas de diversión, eso ya es suficiente para que lo desee.
Ahí no hay análisis… hay emoción.
Y cuando una industria entiende eso, puede usarlo a su favor… o puede hacerlo con responsabilidad. Esa es la línea que hoy se está intentando regular.
Pero más allá de las normas, hay algo que me queda dando vueltas: ¿realmente estamos educando para entender lo que consumimos?
Porque una etiqueta no sirve de nada si no sabemos interpretarla. Una advertencia no transforma si no genera conciencia. Y una ley, por sí sola, no cambia hábitos si no cambia la forma en que pensamos.
Ahí es donde siento que todo esto se conecta con algo más grande… con la forma en que vivimos.
Hace poco leía algo en https://todoenunonet.blogspot.com/ sobre cómo muchas decisiones empresariales se toman sin criterio, solo por impulso o tendencia. Y me hizo clic con esto. Porque al final, como consumidores, muchas veces hacemos lo mismo. Elegimos sin estructura, sin análisis, sin preguntarnos realmente qué estamos comprando.
Y no hablo solo de alimentos.
Hablo de información, de entretenimiento, de relaciones… de todo.
Vivimos en una era donde todo compite por nuestra atención. Donde todo quiere ser atractivo, inmediato, fácil de consumir. Y en medio de eso, lo que menos se fomenta es el pensamiento crítico.
Por eso, cuando aparecen regulaciones como estas, siento que no solo buscan ordenar un mercado… sino también despertar algo en nosotros.
Una pausa.
Una pregunta.
Un momento de conciencia.
Porque al final, nadie va a comer por nosotros. Nadie va a elegir por nosotros. Y aunque haya normas, etiquetas y controles, la decisión final siempre va a ser nuestra.
Y eso, aunque a veces incomoda… también es poderoso.
Me gusta pensar que esta generación —la mía, la que creció entre lo analógico y lo digital— tiene una oportunidad distinta. Tenemos acceso a más información que nunca. Pero también tenemos más ruido que nunca.
Y en medio de ese ruido, aprender a discernir se vuelve casi un acto de rebeldía.
Elegir con criterio es una forma de libertad.
Pero no es fácil.
Porque implica cuestionar lo que siempre dimos por hecho. Implica reconocer que no todo lo que parece saludable lo es. Que no todo lo que es popular es correcto. Que no todo lo que se vende está alineado con nuestro bienestar.
Y ahí es donde todo esto deja de ser un tema de alimentos… y se convierte en un tema de vida.
¿Qué tanto estamos siendo conscientes de lo que dejamos entrar en nuestro cuerpo… y en nuestra mente?
Porque así como hay productos con exceso de azúcar, también hay contenidos con exceso de superficialidad. Así como hay alimentos ultraprocesados, también hay ideas ultraprocesadas.
Y en ambos casos, el efecto es parecido: nos llenan… pero no nos nutren.
Hace poco también encontré una reflexión en https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/ que hablaba sobre la importancia de cuidar lo que consumimos no solo físicamente, sino espiritualmente. Y me pareció que conecta perfecto con esto.
Porque al final, consumir es un acto integral. No somos solo cuerpo. No somos solo mente. Somos un equilibrio de muchas cosas… y todo lo que entra en nosotros, de alguna forma nos transforma.
Por eso, más que aprenderse las normas, creo que el verdadero reto es desarrollar criterio.
Y eso no se construye de la noche a la mañana.
Se construye cuestionando, leyendo, escuchando, equivocándonos… volviendo a intentar.
Y ahí es donde todo esto cobra sentido.
Las reglas de publicidad e información mínima en alimentos no son el final del camino… son apenas el inicio de una conversación más grande.
Una conversación sobre salud, sobre responsabilidad, sobre libertad… sobre la forma en que vivimos.
Porque al final, lo que comemos hoy… también construye la vida que vamos a tener mañana.
Y tal vez no se trata de dejar de disfrutar… sino de disfrutar con conciencia.
De no vivir con miedo… pero tampoco con ignorancia.
De entender que el equilibrio no está en prohibirse todo… ni en permitirse todo… sino en saber elegir.
Y eso, aunque nadie nos lo enseñe directamente… es algo que podemos empezar a aprender todos los días.
En cada decisión.
En cada compra.
En cada momento en el que, sin darnos cuenta, estamos definiendo el tipo de vida que queremos tener.
Agendamiento: Whatsapp +57 310 450
7737
Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo
Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo
Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros
grupos
Grupo de WhatsApp: Unete a nuestro
Grupo
Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal
Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo
👉 “¿Quieres más tips como
este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.





