Esa pregunta me queda dando vueltas cada vez que leo sobre los avances y retos de Colombia en la protección de menores. Porque sí, uno puede encontrar cifras que muestran mejoras, programas que suenan importantes, instituciones que dicen estar trabajando y noticias que hablan de progreso. Pero cuando uno baja todo eso a la vida real, a la calle, al colegio, al barrio, a la casa de una familia que apenas está sobreviviendo, la pregunta cambia: ¿ese avance sí está llegando al niño que más lo necesita?
Leí este artículo de El Tiempo sobre los avances y retos del país en protección de niños: https://www.eltiempo.com/colombia/otras-ciudades/los-avances-y-retos-de-colombia-en-proteccion-de-ninos-376210. Me llamó la atención porque muestra una Colombia que ha mejorado en algunos indicadores, pero que todavía carga heridas muy grandes. Y creo que ahí está la contradicción que más nos cuesta aceptar: podemos avanzar y, al mismo tiempo, seguir fallando.
Colombia ha logrado reducir problemas como el trabajo infantil, los embarazos en niñas y adolescentes, y algunos indicadores de violencia contra menores, según lo señalado en el artículo. Eso no es poca cosa. Detrás de cada cifra que baja hay una vida que tal vez tuvo una oportunidad más. Un niño que siguió estudiando. Una niña que no tuvo que asumir responsabilidades que no le correspondían. Una familia que recibió apoyo a tiempo. A veces uno critica tanto al país que se le olvida reconocer cuando algo se hace bien.
Pero reconocer avances no puede convertirse en excusa para dormir tranquilos.
Porque mientras haya un niño con miedo en su propia casa, mientras haya una niña creciendo en silencio con dolores que nadie escucha, mientras haya menores usados por adultos irresponsables, abandonados por el Estado o ignorados por la sociedad, todavía tenemos una deuda inmensa. Y no es una deuda política solamente. Es una deuda humana.
A mí me impacta pensar que muchas veces hablamos de “los niños” como si fueran un grupo lejano, casi una estadística. Pero todos fuimos niños. Todos necesitamos que alguien nos cuidara, nos explicara el mundo, nos abrazara cuando no entendíamos nada. Algunos tuvimos más suerte que otros. Algunos crecimos con una familia pendiente, con valores, con alguien diciendo “por ahí no”, “cuídese”, “usted vale”, “no está solo”. Otros no tuvieron eso. Y ahí es donde la sociedad debería aparecer con más fuerza, no con indiferencia.
Proteger a los menores no es solo evitar que algo malo les pase. También es darles condiciones para vivir bien. Es educación, alimentación, salud mental, amor, escucha, juego, tecnología usada con responsabilidad, barrios seguros, adultos conscientes. A veces creemos que proteger es reaccionar cuando ya pasó algo grave, pero la verdadera protección empieza antes. Empieza cuando un profesor nota que un estudiante cambió. Cuando un vecino no normaliza los gritos. Cuando una familia conversa. Cuando una institución responde rápido. Cuando un adulto entiende que un niño no tiene por qué cargar con los errores de los grandes.
Y aquí entra algo que me preocupa mucho como joven: estamos en una época donde la niñez también vive riesgos digitales. Antes el peligro era más visible, más físico, más de la calle. Ahora también cabe en una pantalla. Hay niños creciendo con internet antes de aprender a interpretar el mundo. Tienen acceso a contenidos, personas, presiones y comparaciones para las que muchas veces no están preparados. Y no se trata de satanizar la tecnología, porque la tecnología también educa, conecta y abre puertas. Pero dejar a un menor solo en el mundo digital es como dejarlo caminar solo de noche por una ciudad que no conoce.
Ahí los adultos tenemos que actualizarnos. No basta con decir “yo no entiendo esas redes”. Toca aprender. Toca preguntar. Toca acompañar sin invadir. Toca poner límites sin humillar. Porque muchos menores no necesitan un policía en la casa, necesitan una guía. Alguien que les enseñe a cuidarse, a decir no, a pedir ayuda, a reconocer cuando algo no está bien.
También pienso en el papel de la familia. Y sé que no todas las familias son perfectas. Ninguna lo es. En mi vida he aprendido que la familia también se equivoca, se cansa, discute, falla. Pero cuando hay amor real, cuando hay presencia, cuando hay intención de mejorar, la familia puede ser el primer escudo. No un escudo de control, sino de cuidado. Ese lugar donde un niño pueda hablar sin sentir que lo van a destruir con un regaño. Donde pueda equivocarse y aprender. Donde pueda sentir que su vida importa.
Pero no podemos cargarle todo a la familia. Hay familias que también necesitan ayuda. Madres solas, padres sin empleo, cuidadores agotados, hogares golpeados por la pobreza, comunidades marcadas por el conflicto. Decir “los papás deben cuidar mejor” puede ser cierto, pero incompleto. Porque a veces esos papás también fueron niños desprotegidos. Y si no rompemos esa cadena, repetimos la historia.
Por eso el Estado importa. Las instituciones importan. El ICBF, las comisarías, los colegios, los hospitales, la justicia. Pero también importa que funcionen de verdad. Que no sean solo nombres en documentos. Que no lleguen tarde. Que no traten a las familias como expedientes. Que no revictimicen. Que no se pierdan entre trámites mientras un menor espera una respuesta urgente.
Colombia necesita una protección de menores más humana, más rápida y más cercana. Una que entienda el territorio. Porque no es lo mismo ser niño en una ciudad principal que en una zona rural abandonada. No es lo mismo crecer con internet, transporte y colegio cerca, que crecer donde todo queda lejos y el Estado aparece de vez en cuando. La niñez en Colombia no vive una sola realidad; vive muchas Colombias al mismo tiempo.
Y aquí me nace una pregunta incómoda: ¿qué tanto nos importa la niñez cuando no es noticia?
Porque cuando ocurre un caso doloroso, todos opinamos. Nos indignamos, compartimos publicaciones, exigimos justicia. Y está bien indignarse. Pero la protección real no puede depender solo del escándalo. Tiene que existir en lo cotidiano. En los presupuestos. En la formación de docentes. En la atención psicológica. En la prevención. En la cultura. En la manera como tratamos a los niños cuando lloran, cuando preguntan, cuando no obedecen, cuando son diferentes, cuando necesitan tiempo.
A veces los adultos quieren niños obedientes, pero no necesariamente niños escuchados. Quieren que se porten bien, pero no se preguntan qué están sintiendo. Quieren que rindan en el colegio, pero no miran si están tristes, ansiosos o solos. Y proteger también es escuchar. Escuchar sin burlarse. Escuchar sin minimizar. Escuchar sin decir “eso no es nada”. Para un niño, lo que siente sí es algo. Es su mundo entero.
Yo creo que una sociedad se mide por la forma en que trata a quienes no pueden defenderse solos. Y en eso Colombia todavía tiene mucho por sanar. Hemos avanzado, sí. Pero avanzar no significa llegar. Avanzar significa asumir que todavía falta camino.
También creo que la espiritualidad tiene algo que decirnos aquí. No desde el discurso vacío, sino desde la conciencia. Si uno cree en Dios, en un ser supremo, en la vida, en la humanidad o simplemente en el valor del otro, proteger a un niño debería ser casi sagrado. Porque la niñez es una etapa donde el alma todavía está aprendiendo a confiar. Y cuando un adulto rompe esa confianza, no solo daña una infancia: afecta la forma en que esa persona mirará el mundo después.
Por eso, más que preguntarnos qué país les estamos dejando a los niños, deberíamos preguntarnos qué niños le estamos dejando al país. Niños cuidados, escuchados y amados pueden convertirse en adultos más libres, más empáticos, más capaces de construir. Niños ignorados pueden crecer con heridas que luego se vuelven rabia, miedo o silencio.
No quiero sonar ingenuo. Sé que proteger a todos los menores de Colombia no se logra con una frase bonita. Requiere plata, leyes, educación, instituciones fuertes, vigilancia, familias comprometidas y comunidad. Pero también sé que todo cambio grande empieza cuando dejamos de normalizar lo que no debería ser normal.
No es normal que un niño tenga que trabajar en vez de estudiar. No es normal que una niña tenga miedo de contar lo que vive. No es normal que un menor sea invisible para su colegio, su barrio o su familia. No es normal que la pobreza decida el tamaño de los sueños. No es normal que la infancia sea una etapa de supervivencia.
Colombia necesita celebrar sus avances, claro que sí. Pero con los ojos abiertos. Sin triunfalismo. Sin maquillaje. Con gratitud por lo que ha mejorado y con vergüenza activa por lo que todavía duele. Una vergüenza que no paralice, sino que mueva.
Tal vez proteger a los menores empieza por una decisión sencilla y profunda: dejar de verlos como “el futuro” y empezar a tratarlos como presente. Porque los niños no valen solo por lo que serán mañana. Valen hoy. En este momento. Con su voz, su risa, sus preguntas, sus miedos y sus derechos.
Y ojalá algún día Colombia pueda decir que sus niños crecen sin miedo, no porque una estadística lo diga, sino porque ellos mismos lo sientan.
👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.
— Juan Manuel Moreno Ocampo
Cuidar una infancia es cuidar la parte más frágil y más esperanzadora de un país.






