Hay pocas maneras tan efectivas de descubrir que no eres dueño de tu escritorio como intentar trabajar teniendo un gato cerca.
Puedes tener una mesa enorme. Puede haber una silla vacía, un sofá completo, una cama recién tendida y hasta ese lugar específico que compraste pensando que sería perfecto para él.
No importa.
Abres el computador y aparece.
Pones unos documentos sobre la mesa y aparece.
Intentas leer un libro y, después de unos minutos, tienes un gato instalado exactamente sobre la página que necesitas.
Y uno termina haciendo una pregunta bastante humana:
¿Por qué precisamente ahí?
Durante mucho tiempo hemos interpretado muchos comportamientos de los animales desde nuestra propia lógica. Decimos que el gato está celoso, que quiere molestar, que es caprichoso, que está buscando atención o que simplemente disfruta complicándonos la existencia.
Y puede ser divertido pensarlo así.
Pero probablemente el gato no está desarrollando un elaborado plan para impedir que terminemos un informe.
Lo interesante es que detrás de ese comportamiento aparentemente absurdo se encuentran varias cosas que dicen mucho sobre la manera como los gatos perciben su entorno y, sobre todo, sobre la manera como nos perciben a nosotros.
La primera explicación es bastante sencilla: el calor.
Un computador portátil encendido puede convertirse en un pequeño paraíso térmico para un gato. Mientras nosotros pensamos en procesadores, documentos, correos y trabajo pendiente, él posiblemente está descubriendo una superficie tibia donde acomodarse.
Eso explicaría perfectamente el computador.
El problema es que no explica el resto.
Porque también sucede con un periódico.
Con un cuaderno.
Con una carpeta.
Con los documentos que acabamos de extender sobre una mesa.
Incluso con ese libro que llevamos media hora leyendo.
Y entonces aparece algo que me parece mucho más interesante.
Tal vez el gato no está interesado solamente en el objeto.
Está interesado en nuestra relación con ese objeto.
Pensemos por un momento en la escena desde su perspectiva.
Llevamos veinte minutos mirando una pantalla.
Nuestros ojos están allí.
Nuestras manos están allí.
Nuestra postura corporal está orientada hacia allí.
Nuestra atención está completamente concentrada allí.
Para nosotros es simplemente el computador.
Para el gato, posiblemente, ese pequeño espacio se acaba de convertir en el centro de nuestra actividad.
Y entonces llega y se instala exactamente en medio.
No necesariamente porque quiera impedirnos trabajar.
Quizás porque acaba de descubrir dónde está nuestra atención.
Me parece fascinante porque solemos pensar que somos nosotros quienes observamos a nuestros animales, cuando ellos llevan muchísimo tiempo observándonos también.
Aprenden nuestras rutinas.
Reconocen sonidos.
Saben cuándo estamos a punto de salir.
Saben qué movimientos hacemos antes de servirles comida.
Reconocen lugares, horarios y comportamientos.
Probablemente conocen algunas de nuestras costumbres mejor de lo que nosotros mismos las conocemos.
Uno puede pensar que todos los días son diferentes porque tiene problemas distintos, conversaciones distintas o preocupaciones distintas.
Para un gato, quizá seguimos una coreografía bastante predecible.
Nos levantamos.
Vamos hacia determinados lugares.
Utilizamos ciertos objetos.
Nos sentamos aproximadamente en las mismas posiciones.
Y concentramos nuestra atención durante largos periodos en pequeñas superficies rectangulares.
Desde ese punto de vista, sentarse sobre nuestro teclado empieza a parecer menos extraño.
Pero hay algo todavía más bonito en todo esto.
Nuestro olor.
Los gatos habitan un mundo muchísimo más olfativo de lo que solemos imaginar.
Nosotros podemos reconocer nuestra casa visualmente: los muebles, las paredes, los objetos.
Para ellos también existe una especie de mapa construido mediante olores.
Cuando utilizan determinadas superficies, cuando se frotan contra nosotros o cuando ocupan lugares que utilizamos frecuentemente, el olor forma parte de esa relación con el espacio.
Ese libro que estamos sosteniendo lleva nuestras manos.
El computador que utilizamos diariamente también.
La manta donde estuvimos acostados conserva nuestro olor.
Y cuando nuestro gato se instala allí, de alguna manera entra en ese territorio compartido.
Por eso quizá estamos haciendo una pregunta equivocada.
Preguntamos:
“¿Por qué siempre se pone donde estoy trabajando?”
Cuando podríamos preguntarnos:
“¿Por qué quiere estar precisamente donde estoy yo?”
Parece una diferencia pequeña, pero cambia completamente la interpretación.
La primera pregunta convierte al gato en una interrupción.
La segunda lo convierte en un animal social que está intentando compartir nuestro espacio utilizando sus propias reglas.
Y creo que allí existe una reflexión que va mucho más allá de los gatos.
Muchas veces interpretamos el comportamiento de los demás desde nuestra intención y no desde la de ellos.
Alguien hace algo que nos incomoda y rápidamente pensamos que quiso incomodarnos.
Alguien no responde como esperábamos y asumimos indiferencia.
Alguien se acerca demasiado y pensamos que invade nuestro espacio.
Alguien se aleja y creemos que dejó de querernos.
Construimos explicaciones con enorme facilidad.
Y después reaccionamos frente a esas explicaciones como si fueran hechos.
Con los animales esto resulta especialmente evidente porque no podemos preguntarles directamente qué están pensando.
Entonces llenamos los vacíos.
“Está bravo conmigo.”
“Lo hizo por vengarse.”
“Está celoso.”
“Me quiere fastidiar.”
Quizá algunas veces acertemos.
Pero muchas otras probablemente estamos proyectando sobre ellos emociones y razonamientos demasiado humanos.
Un gato que se acuesta encima de nuestros documentos no necesariamente comprende que tenemos una entrega pendiente.
No conoce la reunión de mañana.
No sabe que llevamos tres horas preparando aquello.
Solo sabe que estamos allí.
Y que algo allí concentra toda nuestra atención.
Entonces aparece.
Es curioso que precisamente en una época en la que nuestra atención vive repartida entre pantallas, notificaciones, conversaciones y obligaciones, un animal pueda recordarnos algo tan elemental.
Estar cerca también es una forma de relacionarse.
No siempre necesita existir una acción extraordinaria.
A veces la compañía consiste simplemente en ocupar el mismo espacio.
Los seres humanos solemos necesitar demostrar el afecto.
Hablamos.
Explicamos.
Prometemos.
Celebramos fechas.
Compramos regalos.
Publicamos fotografías.
Los animales muchas veces funcionan con códigos mucho más sencillos.
Dormir cerca.
Seguirte.
Esperarte.
Sentarse donde estás.
Buscar tu olor.
Aparecer cuando llevas mucho tiempo quieto.
Tal vez por eso resulta tan fácil pasar por alto algunas formas de cariño.
Porque estamos esperando declaraciones y recibimos presencia.
También es cierto que no todos los gatos son iguales.
Eso es importante.
Existe la tentación de convertir cualquier comportamiento animal en una fórmula universal: “Si tu gato hace esto significa que te ama”, “si duerme así significa aquello”, “si mueve la cola de esta manera está pensando esto otro”.
La realidad suele ser bastante más compleja.
Cada animal tiene su personalidad, sus experiencias, sus preferencias y su manera particular de relacionarse.
Algunos buscan contacto permanentemente.
Otros parecen administrar el cariño con una contabilidad extremadamente estricta.
Cinco minutos de afecto.
Suficiente por hoy.
Nos vemos mañana.
Y creo que eso también hace interesante convivir con ellos.
Aprendemos que querer no siempre significa comportarse como nosotros esperamos.
Un gato puede buscar nuestra compañía sin querer estar cargado.
Puede dormir cerca sin querer que lo toquemos.
Puede seguirnos por toda la casa y después mirarnos con indignación cuando intentamos acariciarlo.
Desde nuestra lógica parece contradictorio.
Desde la suya posiblemente no.
Quizá simplemente estamos aprendiendo otro lenguaje.
Y aprender un lenguaje diferente exige dejar de interpretar cada gesto utilizando exclusivamente nuestro propio diccionario.
Eso también sucede entre personas.
A veces creemos que alguien no nos quiere porque no demuestra el afecto como nosotros.
Esperamos palabras y recibimos actos.
Esperamos abrazos y recibimos compañía.
Esperamos llamadas y recibimos ayuda cuando realmente la necesitamos.
Esperamos una determinada forma de cariño y podemos terminar ignorando todas las demás.
Tal vez por eso observar animales puede enseñarnos cosas inesperadas sobre nosotros mismos.
No porque sean maestros espirituales ni porque cada movimiento esconda una profunda lección.
A veces un gato sentado sobre un computador simplemente tiene calor.
Y está bien que sea así.
Pero otras veces esos pequeños comportamientos cotidianos nos obligan a mirar de nuevo aquello que habíamos normalizado.
Me gusta pensar en ese momento.
Estás trabajando.
Tienes prisa.
Necesitas terminar algo.
De repente aparece tu gato, camina tranquilamente sobre la mesa y se instala exactamente encima de lo que estabas utilizando.
Nuestra primera reacción puede ser:
“¡Otra vez!”
Lo movemos.
Él regresa.
Lo volvemos a mover.
Y quizá termina acomodándose al lado, mirándonos como si nosotros fuéramos los seres difíciles de comprender.
Probablemente lo somos.
Vivimos corriendo detrás de cosas invisibles para ellos.
Plazos.
Metas.
Correos.
Facturas.
Pendientes.
Reuniones.
Mientras tanto, para ese animal, el acontecimiento más importante de ese momento puede ser simplemente que estamos en casa.
Eso no significa que tengamos que dejar de trabajar cada vez que nuestro gato decida conquistar el teclado.
Tampoco que debamos romantizar todos sus comportamientos.
Significa solamente que quizá vale la pena entender antes de juzgar.
Porque cuando conocemos un poco mejor la lógica de otro ser, aquello que antes parecía una molestia empieza a adquirir otro significado.
Y entonces sucede algo bonito.
La próxima vez que nuestro gato se acueste sobre ese libro, ese computador o esos documentos, posiblemente seguiremos necesitando moverlo.
Pero quizá ya no pensemos inmediatamente que está fastidiando.
Tal vez entendamos que, entre todos los lugares disponibles de la casa, eligió precisamente aquel donde está ocurriendo algo que para él parece importante.
Nosotros.
Y puede que ese sea uno de los pequeños privilegios de convivir con un animal: descubrir que algunas interrupciones no vienen a quitarnos tiempo.
Simplemente vienen a recordarnos que alguien quería compartirlo.
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— Juan Manuel Moreno Ocampo
A veces creemos que alguien está ocupando nuestro espacio, cuando quizá solamente está intentando encontrar un lugar dentro de él.

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