lunes, 23 de febrero de 2026

Cuando cuidar también es prever: lo que una mascota nos enseña sobre responsabilidad y amor Opción 2 – Generacional y consciente



Hay noticias que uno lee rápido, casi como quien pasa el dedo por la pantalla sin detenerse demasiado, y hay otras que, sin avisar, se quedan dando vueltas en la cabeza. No por el titular en sí, sino por lo que despiertan. Eso me pasó cuando leí que Laika ahora ofrecerá prepagada y seguro para mascotas, con planes desde $30.000. En apariencia es solo una noticia más del mundo empresarial, una estrategia comercial, una expansión de servicios. Pero cuando la miré con calma, me di cuenta de que hablaba de algo mucho más profundo: de cómo estamos cambiando como sociedad, de cómo entendemos el cuidado, la responsabilidad y el lugar que ocupan los animales en nuestras vidas.

Yo nací en 2003. Crecí en una casa donde siempre hubo animales, pero también crecí viendo cómo, con los años, esos animales dejaron de ser “la mascota” para convertirse en parte de la familia. No en un sentido romántico o exagerado, sino real. El perro ya no era solo el que cuidaba la casa; era el que acompañaba silencios, el que estaba ahí cuando nadie más entendía lo que pasaba por dentro. El gato ya no era solo independiente y distante; era presencia, rutina, equilibrio. Y creo que eso mismo nos ha pasado a muchos de mi generación, incluso a quienes viven en ciudades grandes, apartamentos pequeños y agendas llenas.

Por eso, cuando una empresa como Laika decide ofrecer una prepagada y un seguro para mascotas, no está inventando una necesidad de la nada. Está leyendo algo que ya está ocurriendo: cada vez más personas entienden que tener un animal no es solo dar comida y cariño, sino asumir una responsabilidad integral. Cuidar la salud de un ser vivo no es algo que se improvisa cuando pasa algo grave. Es algo que se piensa antes, con conciencia, con previsión, con criterio.

Y aquí es donde la noticia deja de ser solo empresarial y se vuelve humana. Porque hablar de un plan desde $30.000 no es solo hablar de precio; es hablar de acceso. De entender que el cuidado no puede ser un privilegio exclusivo de unos pocos. Que prevenir también es una forma de amar. Que llevar a tu mascota al veterinario a tiempo puede evitar sufrimientos innecesarios, decisiones apresuradas y culpas que llegan tarde.

He visto de cerca lo que significa no estar preparado. Mascotas enfermas, familias angustiadas, decisiones tomadas desde el miedo y no desde la claridad. Y también he visto el otro lado: cuando hay información, acompañamiento y estructura, el cuidado se vuelve más sereno, más consciente. Algo similar a lo que pasa en otros ámbitos de la vida. En temas financieros, por ejemplo, muchas veces el problema no es la falta de ingresos, sino la falta de planificación. Eso lo he aprendido leyendo y escuchando mucho en casa, y también en espacios como Mi Contabilidad, donde se habla constantemente de la importancia de anticiparse y no vivir siempre apagando incendios (https://micontabilidadcom.blogspot.com/).

Con las mascotas pasa algo parecido. No se trata de esperar a que algo grave ocurra para reaccionar. Se trata de entender que la vida, incluso la de los animales, es frágil, cambiante, y que merece cuidado continuo. Que un seguro o una prepagada no son una frialdad financiera, sino una forma de responsabilidad afectiva.

También me llama la atención cómo este tipo de iniciativas reflejan una transformación más amplia en la forma en que las empresas se relacionan con las personas. Ya no basta con vender un producto. Hoy se habla de ecosistemas, de acompañamiento, de experiencia. De entender al usuario como alguien que siente, que se preocupa, que busca sentido. Eso es algo que se repite mucho en los análisis que he leído en Todo En Uno.NET, donde se insiste en que la tecnología y los servicios solo tienen valor cuando están al servicio de la vida real, de las personas, de sus contextos (https://todoenunonet.blogspot.com/).

En este caso, la tecnología, la logística, los modelos de negocio y las alianzas con veterinarias se articulan alrededor de una idea sencilla pero potente: cuidar mejor. Y cuidar mejor implica datos, sí, pero también ética. Implica información sensible, historiales médicos, hábitos, nombres, direcciones. Todo eso nos lleva inevitablemente a pensar en la protección de datos, incluso cuando hablamos de mascotas. Porque detrás de cada animal hay una persona, una familia, una historia. Y ese cuidado de la información también es parte del respeto. De eso se habla mucho en Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales, donde se recuerda que la confianza se construye también desde cómo se manejan los datos, no solo desde lo que se promete (https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com/).

Lo interesante es que esta noticia también dialoga con algo más profundo: nuestra relación con la vulnerabilidad. Los animales nos recuerdan, sin palabras, que no controlamos todo. Que la vida puede cambiar de un momento a otro. Que cuidar no es dominar, sino acompañar. Y quizás por eso cada vez más jóvenes deciden no tener hijos por ahora, pero sí tener mascotas. No como reemplazo, sino como una forma distinta de vínculo, de compromiso, de aprendizaje emocional.

En lo personal, convivir con animales me ha enseñado más de paciencia, presencia y silencio que muchos libros. Me han enseñado a observar, a respetar los ritmos, a entender que no todo se resuelve con palabras. Y cuando leo noticias como esta, no puedo evitar conectarlas con reflexiones más espirituales, con esa idea de que todo está interconectado. Que cuidar de otro ser es, en el fondo, una forma de cuidarnos a nosotros mismos. En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías se habla mucho de esa conexión profunda entre lo cotidiano y lo trascendente, entre lo pequeño y lo eterno (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/).

También pienso en la contradicción que vivimos como generación. Por un lado, somos señalados como distraídos, ansiosos, pegados al celular. Por otro, somos una generación que se preocupa profundamente por el bienestar, la salud mental, el equilibrio, la sostenibilidad. Y las mascotas ocupan un lugar central en esa búsqueda. No como moda, sino como ancla. Como recordatorio de que la vida no es solo productividad y rendimiento.

Que una empresa lea eso y lo traduzca en un servicio accesible puede verse como estrategia, claro. Pero también puede verse como síntoma de un cambio cultural. De una sociedad que empieza a tomarse en serio el cuidado integral. Que entiende que prevenir es más humano que reaccionar. Que reconoce que el amor también se organiza.

En Mensajes Sabatinos he leído muchas veces reflexiones que invitan a bajar el ritmo, a mirar la vida con más profundidad, a no pasar de largo por lo que realmente importa (https://escritossabatinos.blogspot.com/). Y creo que esta noticia, aunque venga del mundo empresarial, nos invita a eso mismo: a detenernos y preguntarnos cómo estamos cuidando lo que decimos amar.

No se trata de idealizar a las empresas ni de pensar que todo se resuelve con un plan mensual. Se trata de asumir que cada decisión que tomamos, incluso una que parece pequeña como contratar o no un seguro para nuestra mascota, habla de nuestros valores, de nuestra conciencia, de nuestra forma de estar en el mundo.

Al final, esta noticia no habla solo de Laika. Habla de nosotros. De cómo estamos redefiniendo la familia, el cuidado, la responsabilidad y el vínculo con otros seres vivos. Habla de una generación que, con todas sus dudas y contradicciones, está intentando vivir con más coherencia.

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domingo, 22 de febrero de 2026

La laguna de Suesca no se está secando sola



Hay lugares que uno no conoce con los pies, sino con la conciencia. La laguna de Suesca es uno de ellos. No porque todos hayamos estado ahí físicamente, sino porque representa algo más profundo: el punto exacto donde la naturaleza, la negligencia humana y nuestra forma de vivir se encuentran sin filtros ni discursos bonitos.

Leí hace poco un artículo sobre la laguna de Suesca que hablaba del cambio climático como una de las causas visibles de su deterioro. Y sí, claro que el cambio climático está ahí, no es una mentira ni una exageración. Mi generación creció escuchando esa palabra como una alarma constante, casi como un ruido de fondo que ya no asusta porque se volvió cotidiano. Pero mientras leía, sentí que algo no cuadraba del todo. Como si estuviéramos usando el cambio climático como una excusa cómoda para no mirar más hondo.

Porque lo que pasa con la laguna de Suesca no empieza ni termina con el clima. Empieza con nosotros. Con la manera en la que ocupamos el territorio, con la forma en que creemos que todo lo que no tiene rejas es de nadie, con esa idea peligrosa de que la naturaleza es resistente infinita, que siempre se recupera sola, que “aguanta”.

Suesca no es solo una laguna. Es memoria. Es ecosistema. Es regulación hídrica. Es hogar de especies que no tienen voz ni redes sociales para denunciar lo que les hacemos. Y también es un espejo incómodo de cómo como sociedad actuamos: reaccionamos cuando el daño ya es evidente, cuando el agua baja, cuando el paisaje cambia, cuando ya es tarde para fingir que no pasó nada.

Hay algo que me inquieta profundamente: siempre hablamos del futuro como si no nos perteneciera. Decimos “las próximas generaciones”, “nuestros hijos”, “los que vienen”. Pero yo tengo 21 años. Yo soy esa generación. Y aun así, muchas decisiones se toman como si yo no existiera, como si mi vida fuera una estadística proyectada en un informe ambiental.

La laguna de Suesca ha sufrido por rellenos, por intervenciones mal planeadas, por urbanización sin criterio, por turismo sin conciencia, por abandono institucional y por una desconexión total entre desarrollo y responsabilidad. No es solo que llueva menos o que las temperaturas cambien. Es que decidimos poner cemento donde debía haber respeto. Decidimos drenar, modificar, intervenir, sin entender del todo lo que estábamos rompiendo.

Esto me lleva a pensar en algo que he leído muchas veces en los textos de mi papá, especialmente en Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com), donde insiste en que los problemas no suelen ser técnicos, sino de criterio. Y aquí pasa exactamente eso. El problema de Suesca no es falta de información. Es falta de criterio colectivo. Falta de decisión consciente. Falta de responsabilidad intergeneracional.

También recuerdo reflexiones que he leído en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com), donde se habla de la vida como un préstamo, no como una propiedad. Y qué tan distinto sería todo si entendiéramos la naturaleza así: no como algo que poseemos, sino como algo que nos fue confiado por un tiempo limitado.

Nos encanta hablar de sostenibilidad, de agendas verdes, de compromisos ambientales. Pero en la práctica seguimos haciendo lo mismo. Seguimos construyendo sin planificación real, seguimos viendo los humedales como “lotes desaprovechados”, seguimos creyendo que el agua siempre va a estar ahí porque “Colombia es rica en recursos”. Esa frase, tan repetida, se volvió peligrosa.

La laguna de Suesca también habla de espiritualidad, aunque a muchos les incomode esa palabra. Porque cuidar el agua no es solo un acto técnico o político, es un acto espiritual. Es reconocer que no somos el centro de todo. Que dependemos de equilibrios que no controlamos. En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com) he leído muchas veces que la fe no se mide por lo que decimos, sino por cómo actuamos cuando nadie nos ve. Y eso aplica perfectamente aquí. ¿Qué tan coherentes somos cuando se trata de cuidar la casa común?

No puedo evitar pensar que si la laguna de Suesca estuviera en otro país, tal vez sería un santuario intocable. Pero aquí, muchas veces, la riqueza natural se ve como obstáculo y no como oportunidad. Y eso no es un problema exclusivo de los gobiernos. Es cultural. Es educativo. Es familiar. Es generacional.

Desde lo que he aprendido también leyendo contenidos de Todo En Uno.NET (https://todoenunonet.blogspot.com) y Organización Empresarial TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com), hay algo claro: no existe desarrollo sin sostenibilidad real, ni progreso sin visión de largo plazo. Lo ambiental, lo social y lo económico no pueden seguir caminando por carriles separados. Cuando lo hacen, el resultado es exactamente lo que vemos en Suesca: un ecosistema debilitado y una comunidad que empieza a sentir las consecuencias.

Y aquí quiero hacer una pausa personal. A veces siento una mezcla rara entre esperanza y frustración. Esperanza porque cada vez somos más los jóvenes que cuestionamos, que preguntamos, que no tragamos entero. Y frustración porque muchas decisiones siguen tomándose sin escucharnos. Como si nuestra sensibilidad fuera ingenuidad y no una alerta temprana.

No se trata de romantizar la naturaleza ni de caer en discursos apocalípticos. Se trata de asumir que nuestras acciones tienen impacto. Que cada proyecto mal planeado, cada licencia otorgada sin estudios serios, cada “eso no pasa nada”, va sumando. Y la naturaleza no olvida. Solo cobra.

La laguna de Suesca nos está hablando. No con palabras, sino con silencios. Con agua que ya no está. Con aves que se van. Con paisajes que cambian. Y la pregunta no es solo qué pasó, sino qué vamos a hacer distinto a partir de ahora.

Tal vez este sea el momento de dejar de usar el cambio climático como un escudo y empezar a mirarnos al espejo. De entender que la crisis ambiental es también una crisis de conciencia. De valores. De prioridades. De humanidad.

Yo no tengo todas las respuestas. Y creo que eso también es parte de ser honesto. Pero sí tengo claro algo: no podemos seguir viviendo como si el territorio fuera eterno y nuestra responsabilidad opcional. Porque no lo es. Porque cada laguna que se seca, cada bosque que desaparece, también nos quita un pedazo de futuro.

Escribo esto no desde la superioridad moral, sino desde la inquietud. Desde la pregunta abierta. Desde la necesidad de no acostumbrarnos al deterioro. Desde la convicción de que todavía estamos a tiempo de hacerlo mejor, si dejamos de mirar hacia otro lado.

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sábado, 21 de febrero de 2026

Levantemos la cabeza: lo que el celular está haciendo con nosotros

Es curioso cómo una noticia puede quedarse rondando en la cabeza más tiempo del esperado. La leí casi por accidente, desplazando el dedo por la pantalla —ironía pura— y el titular me sacudió más de lo que pensé: ¿el celular está cambiando la forma del cráneo de los jóvenes? Al principio suena exagerado, casi sensacionalista, como tantas cosas que circulan en internet. Pero cuando uno se detiene, cuando apaga el ruido y empieza a observar su propia vida, el tema deja de ser ajeno. Se vuelve incómodo. Cercano. Personal.

Tengo 21 años. Nací en 2003, cuando los celulares todavía no eran extensiones del cuerpo, cuando conectarse a internet era un evento y no una condición permanente. Crecí viendo cómo el mundo se inclinaba, literalmente, hacia una pantalla. Y no hablo solo de tecnología, sino de posturas, de silencios compartidos, de conversaciones interrumpidas por vibraciones en el bolsillo. Basta con mirar alrededor en un bus, en una sala de espera o incluso en la mesa familiar: cuellos doblados, espaldas encorvadas, miradas hacia abajo. No hace falta ser médico para notar que algo cambió.

La noticia a la que hago referencia menciona estudios que sugieren que el uso prolongado del celular podría estar generando cambios óseos, especialmente en la zona occipital del cráneo, por la tensión constante que produce inclinar la cabeza hacia adelante. Algunos expertos lo discuten, otros lo matizan, otros piden prudencia. Y está bien. La ciencia avanza así: con preguntas, correcciones, dudas. Pero más allá de si el hueso crece uno o dos milímetros, lo que realmente me inquieta no es la forma del cráneo, sino la forma de vivir que estamos moldeando sin darnos cuenta.

Porque el cuerpo siempre termina contando la historia de lo que hacemos con él.

Nuestros abuelos cargaban marcas distintas: manos ásperas, espaldas cansadas, arrugas profundas que hablaban de trabajo físico, de sol, de esfuerzo. Nosotros cargamos otras señales. Dedos que se mueven a velocidad de vértigo, muñecas tensas, ojos cansados, cuellos rígidos. No son peores ni mejores, solo diferentes. Pero dicen mucho de nuestra época. Dicen que vivimos conectados, informados, acelerados… y muchas veces desconectados de lo esencial.

No escribo esto desde el rechazo a la tecnología. Sería absurdo. Mi vida, mis estudios, mis relaciones y este mismo texto existen gracias a ella. La tecnología no es el problema; el problema es cuando dejamos de preguntarnos cómo la estamos usando y desde dónde. Cuando el celular pasa de ser una herramienta a convertirse en refugio, anestesia o prótesis emocional.

En más de una ocasión me he descubierto encorvado sobre la pantalla, no solo físicamente, sino mentalmente. Inclinado hacia afuera, buscando estímulos constantes, comparaciones silenciosas, validación rápida. Y entonces entiendo que la postura del cuerpo es apenas un reflejo de una postura interna: vivir hacia abajo, hacia lo inmediato, hacia lo que brilla pero no siempre nutre.

En casa siempre se habló de conciencia. No como un concepto abstracto, sino como una práctica diaria. Mi papá suele escribir sobre estos temas desde una mirada más amplia, más experimentada, como lo hace en Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com), donde muchas veces insiste en que el verdadero cambio no es tecnológico, sino humano. Yo lo leo y lo confronto con mi propia generación, con mis contradicciones. Porque sí, queremos ser conscientes, pero también estamos cansados. Queremos profundidad, pero vivimos rodeados de distracciones diseñadas para robarnos la atención.

La pregunta entonces no es si el celular está cambiando la forma del cráneo. La pregunta más honesta es: ¿está cambiando nuestra forma de estar en el mundo?

Hay algo profundamente simbólico en inclinar la cabeza todo el tiempo. Inclinarla no para escuchar al otro, no para contemplar, sino para consumir. Noticias, videos, mensajes, opiniones. Todo pasa por esa pequeña ventana luminosa. Y mientras tanto, el cuerpo se adapta. Siempre lo hace. El cuerpo es sabio, pero también obediente. Se ajusta a lo que le pedimos, incluso cuando lo que le pedimos no nos hace bien a largo plazo.

No es casual que cada vez se hable más de ansiedad, de cansancio crónico, de dificultad para concentrarse. No todo es culpa del celular, claro. Pero negar su impacto sería ingenuo. Vivimos en una economía de la atención, donde cada segundo cuenta, donde todo compite por un lugar en nuestra mente. Y nosotros, muchas veces, agachamos la cabeza y aceptamos el juego sin cuestionarlo.

En Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com) hay reflexiones que invitan justo a lo contrario: a detenerse, a levantar la mirada, a recordar que la vida no siempre necesita ser entendida, sino sentida. Cuando leo esos textos, siento que me hablan desde un tiempo más lento, más humano. Y no porque renieguen del presente, sino porque lo habitan con más intención.

También pienso en la dimensión espiritual de todo esto. No desde una religión específica, sino desde esa conexión profunda con algo más grande que uno mismo. En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com) se habla mucho de confianza, de soltar el control, de escuchar el silencio. Y el silencio hoy es un bien escaso. El celular lo llena todo. Esperas cinco minutos: celular. Te sientes incómodo: celular. No sabes qué hacer con lo que sientes: celular. ¿En qué momento dejamos de sostener nuestra propia incomodidad?

Tal vez por eso el cuerpo protesta. Tal vez por eso aparecen dolores que no entendemos del todo. No solo en el cuello, sino en el alma. Porque no estamos hechos para vivir siempre hacia afuera. Necesitamos pausas. Necesitamos levantar la cabeza, literal y simbólicamente, y preguntarnos qué estamos haciendo con nuestro tiempo, con nuestra atención, con nuestra vida.

No se trata de demonizar el celular ni de caer en discursos apocalípticos. Se trata de responsabilidad. De criterio. Algo que también se aborda desde lo organizacional y lo social en espacios como Organización Empresarial TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com) y TODO EN UNO.NET (https://todoenunonet.blogspot.com), donde se insiste en que la tecnología debe estar al servicio del ser humano, y no al revés. Esa idea, aplicada a la vida cotidiana, es revolucionaria.

Incluso en temas de datos, privacidad y derechos digitales, que muchos jóvenes pasan por alto, hay un llamado a la conciencia. En Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales (https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com) se recuerda que no todo lo que es posible es ético, y que cuidar la información también es cuidarnos a nosotros mismos. ¿Cómo no relacionar eso con el uso del celular, que recopila, registra y monetiza cada uno de nuestros gestos?

Volviendo al tema del cráneo, quizás dentro de unos años la ciencia tenga respuestas más claras. Quizás se confirme que sí hay cambios físicos, o quizás se descarte. Pero lo que ya es evidente es el cambio cultural, emocional y corporal que estamos viviendo. Somos una generación con acceso a todo, pero con dificultad para estar presentes. Con mil contactos, pero a veces con pocos vínculos profundos.

Escribo esto no desde la superioridad moral, sino desde la misma lucha. Yo también caigo. Yo también paso más tiempo del que quisiera frente a una pantalla. Yo también siento el cuello rígido después de horas de estudio o trabajo digital. Pero escribir es mi forma de detenerme, de observar, de volver a mí. Y compartirlo es una forma de decir: no estamos solos en esto.

Tal vez el verdadero desafío no sea cambiar la forma del cráneo, sino recuperar la forma del corazón. Volver a enderezarnos por dentro. Aprender a usar la tecnología sin inclinarnos ante ella. Recordar que la vida sigue pasando arriba, alrededor, en el contacto real, en la conversación sin filtros, en el silencio compartido.

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viernes, 20 de febrero de 2026

Cuando el celular perdió color y la vida empezó a recuperarlo



Quitarle el color a mi celular no fue una decisión tecnológica. Fue una decisión emocional. Y, sin exagerar, espiritual.

No lo hice porque estuviera de moda ni porque lo vi en un video de productividad. Lo hice un día cualquiera, cuando me di cuenta de algo incómodo: estaba aburrido de todo, pero no sabía de qué exactamente. Tenía música, videos, mensajes, redes, memes, noticias, reels infinitos… y aun así sentía un vacío raro, como si todo pasara frente a mí sin tocarme realmente. Mucha información, poca presencia. Mucha estimulación, poca vida.

Cuando activé la escala de grises, el mundo digital perdió su magia inmediata. Instagram ya no brillaba. YouTube dejó de ser tan atractivo. Los íconos parecían todos iguales. Y ahí entendí algo que nunca me había detenido a pensar en serio: el color no solo decora la tecnología, la vuelve adictiva. Nos atrapa, nos jala, nos promete emoción constante, aunque no siempre nos la entregue de verdad.

El artículo del New York Times que leí después —y que confirmó muchas de mis intuiciones— hablaba justamente de eso: cómo los celulares están diseñados para secuestrar nuestra atención, no por maldad abstracta, sino porque la atención es el negocio. Si miras más, consumes más. Si consumes más, alguien gana más. Y nosotros… bueno, nosotros perdemos algo más difícil de medir: tiempo, foco, silencio, conexión real.

Lo curioso es que al quitarle el color al celular, empecé a recuperar el color en la vida real.

Las cosas simples empezaron a sentirse distintas. El verde de los árboles cuando camino. El cielo al atardecer. El café en la mañana. Las caras de las personas cuando hablan sin mirar la pantalla. Me di cuenta de que había estado mirando el mundo como quien ve una versión en baja resolución, mientras la alta definición estaba guardada solo para una pantalla de seis pulgadas.

No es que el celular sea el enemigo. Eso sería una lectura simplista y poco honesta. La tecnología no es mala en sí misma. En mi familia, la tecnología ha sido herramienta, trabajo, aprendizaje, incluso puente entre generaciones. En Todo En Uno.NET se habla mucho de esto: la tecnología tiene sentido cuando sirve a la vida, no cuando la reemplaza. Lo he leído, por ejemplo, en reflexiones del blog de Organización Empresarial TodoEnUno.NET, donde se insiste en que el problema no es digitalizar todo, sino hacerlo sin criterio ni conciencia (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/).

Lo que me confrontó fue entender que yo mismo había perdido criterio en el uso diario. Abría el celular sin saber para qué. Cerraba una app y abría otra por inercia. No buscaba algo; huía de algo. Del silencio. Del aburrimiento. De pensar.

Y el aburrimiento, aunque suene raro decirlo, es una puerta importante. Cuando no estamos constantemente entretenidos, aparece la pregunta. Aparece la incomodidad. Aparece la conversación interna. Y eso asusta, porque no siempre nos gusta lo que encontramos ahí. Pero también es ahí donde empieza algo más honesto.

Quitar el color no solucionó mi vida, ni me volvió iluminado. Pero sí me devolvió una cosa pequeña y poderosa: la elección consciente. Ahora entro al celular porque decido hacerlo, no porque me arrastre. O al menos, lo intento.

He pensado mucho en cómo esto se conecta con lo que leo en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/). Allí se habla, una y otra vez, de presencia, de pausa, de escuchar más allá del ruido. Y me doy cuenta de que el ruido hoy no es solo externo. Está en el bolsillo. Vibra. Parpadea. Nos llama por nombre.

También lo he visto reflejado en textos de Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/), donde se cuestiona esa idea moderna de que estar ocupados equivale a estar vivos. No es lo mismo estar activos que estar presentes. No es lo mismo responder mensajes que responderse a uno mismo.

Hay días en los que vuelvo a poner el color. No voy a mentir. No se trata de una cruzada radical ni de una renuncia total. Se trata de conciencia. De saber que el diseño de las plataformas no es neutro. De entender que si algo me atrapa demasiado, probablemente no sea casualidad.

También me di cuenta de algo más incómodo todavía: no solo somos consumidores de estímulos, somos generadores de ellos. Subimos fotos buscando validación. Publicamos estados esperando reacción. Medimos nuestra existencia en likes. Y cuando no llegan, algo duele, aunque digamos que no importa.

Ahí entra otra reflexión que me marcó, esta vez desde el blog Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/). La espiritualidad, entendida no como religión rígida sino como conexión profunda, nos recuerda que el valor no se mide en métricas visibles. Que no todo lo importante se puede contar, ni todo lo que se cuenta importa.

Quitar el color del celular fue, en el fondo, un acto simbólico. Fue decirle al mundo digital: “no necesito que me grites para prestarte atención”. Y decirme a mí mismo: “puedes habitar el silencio sin miedo”.

Vivimos en una época donde la hiperconexión convive con una soledad profunda. Donde sabemos qué está pasando en cualquier parte del mundo, pero a veces no sabemos qué está pasando dentro de nosotros. Donde estamos informados, pero no necesariamente transformados.

No escribo esto desde una superioridad moral. Lo escribo desde la contradicción. Desde alguien que ama la tecnología, pero también necesita recordar que la vida no tiene botón de pausa ni filtro de colores artificiales. Que el abrazo no vibra. Que la mirada no se actualiza. Que el momento presente no se guarda en la nube.

Tal vez no todos necesiten poner su celular en blanco y negro. Pero todos, creo yo, necesitamos algún gesto consciente que nos devuelva a la vida real. Una caminata sin audífonos. Una conversación sin interrupciones. Un rato sin pantalla antes de dormir. Un café mirándolo, no fotografiándolo.

Si algo he aprendido en estos años —leyendo, escuchando, viviendo— es que crecer no es acumular más estímulos, sino aprender a elegir mejor cuáles merecen nuestra atención. Y la atención, al final, es una forma de amor.

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jueves, 19 de febrero de 2026

Una persona autista no binaria y una chica deprimida entran a un bar



El título suena a chiste malo. De esos que empiezan con “entran a un bar” y prometen una risa rápida. Pero no. No es un chiste. Es más bien una escena posible. Demasiado posible. Una escena que podría estar pasando ahora mismo en cualquier ciudad, en cualquier esquina donde alguien se sienta a tomar algo solo para no volver tan rápido a casa.

Pienso en esa imagen y no puedo evitar sentir que, en el fondo, somos muchos los que hemos entrado a ese bar con una etiqueta invisible colgada al pecho. No siempre dice “autista”, “no binarie” o “deprimida”. A veces dice “cansado”, “confundido”, “exitoso pero vacío”, “funcional por fuera, roto por dentro”. Y nadie lo nota. O peor: lo notan, pero no saben qué hacer con eso.

Leí hace poco un artículo del New York Times sobre rupturas, separaciones y la forma en que las relaciones hoy se rompen no solo por falta de amor, sino por exceso de ruido, de expectativas y de silencios mal gestionados. No hablaba exactamente de esta escena, pero mientras lo leía sentía que el fondo era el mismo: personas intentando existir sin manual, sin una narrativa clara que les diga cómo se supone que deben sentir, amar o aguantar. Personas que, aun acompañadas, se sienten profundamente solas.

Imaginemos la escena. La persona autista no binaria entra primero. Observa todo con una atención que muchos confunden con frialdad, pero que en realidad es hiperpresencia. Luces, sonidos, conversaciones superpuestas. Todo pesa. Todo llega sin filtro. No encaja en los moldes clásicos de género y tampoco quiere hacerlo, pero eso tiene un costo. Cansancio. Explicaciones constantes. La obligación silenciosa de educar al mundo mientras apenas está aprendiendo a habitarse a sí misma.

Luego entra la chica deprimida. No siempre llora. A veces sonríe. A veces incluso hace chistes. Pero su energía está baja, como si cada paso fuera una negociación interna. Se sienta, pide algo que ni siquiera tiene claro si quiere, y mira el celular sin mirar nada. Está cansada de sentirse “demasiado” y, al mismo tiempo, de sentirse invisible.

No se conocen. No saben nada el uno del otro. Pero comparten algo más profundo que cualquier diagnóstico: la sensación de no encajar del todo en la narrativa dominante de lo que se supone que es una vida “normal”.

Yo tengo 21 años. Nací en 2003. Crecí en una casa donde se hablaba de conciencia, de trabajo duro, de espiritualidad, de responsabilidad. Donde se leían noticias, blogs, reflexiones. Donde se entendía que la vida no es solo producir, sino comprender. Y aun así, incluso con todo ese privilegio de conversación y acompañamiento, me he sentido fuera de lugar muchas veces. No porque mi vida sea especialmente trágica, sino porque el mundo actual tiene una forma muy eficiente de desconectar a las personas de sí mismas.

Vivimos en una época donde hablamos de inclusión, diversidad y salud mental, pero seguimos exigiendo rendimiento constante. Donde decimos “sé tú mismo”, pero castigamos al que no encaja. Donde romantizamos la resiliencia sin preguntarnos por qué todo el tiempo tenemos que estar resistiendo.

En el ecosistema empresarial de mi familia, por ejemplo, se habla mucho de estructura, de arquitectura, de decidir bien antes de ejecutar. Eso no solo aplica a empresas. Aplica a la vida. Lo he leído y conversado muchas veces en espacios como Organización Empresarial TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com), donde se insiste en que no todo se trata de hacer más, sino de entender mejor. Y creo que a nivel humano estamos fallando justo ahí: hacemos demasiado sin comprendernos.

La persona autista no binaria no quiere ser un símbolo. Quiere ser persona. Quiere que no todo sea una batalla pedagógica. Quiere poder cansarse sin culpa. Quiere vínculos donde no tenga que traducirse todo el tiempo. La chica deprimida no quiere lástima. Quiere descanso. Quiere que alguien se quede cuando no tiene nada interesante que ofrecer. Quiere sentir que su valor no depende de su productividad emocional.

¿Y qué pasa si hablan? ¿Qué pasa si, en medio de ese bar, cruzan miradas y se reconocen en el silencio? No desde la etiqueta, sino desde la honestidad. Tal vez no se digan nada profundo. Tal vez solo compartan la sensación de que estar vivos a veces pesa. Y eso, en un mundo que exige respuestas rápidas, ya es un acto radical.

He aprendido, leyendo y escribiendo en mi propio blog (https://juanmamoreno03.blogspot.com), que muchas de las conversaciones más importantes no empiezan con soluciones, sino con presencia. Con quedarse. Con no huir cuando el otro no está bien. Eso también lo he visto reflejado en textos más espirituales, como los de Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com), donde no se intenta arreglar a nadie, sino acompañar procesos desde la humildad.

La depresión no siempre se cura con frases motivacionales. El espectro autista no se “arregla” con tolerancia superficial. La diversidad no es un slogan. Es una práctica diaria incómoda, lenta, humana. Y muchas relaciones se rompen —como bien lo sugiere el artículo del Times— no porque falte amor, sino porque falta la capacidad de sostener lo que no entendemos del otro.

También he visto, en espacios como Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com), que hay una sabiduría sencilla pero poderosa: no todo lo que duele está mal. A veces el dolor es señal de que estamos vivos, de que algo dentro pide ser escuchado. El problema no es sentir. El problema es no tener dónde poner eso que sentimos.

Si esa persona autista no binaria y esa chica deprimida salieran del bar sin hablar, igual algo habría pasado. No todo encuentro tiene que convertirse en historia épica. A veces basta con saber que no estamos solos en sentirnos raros, rotos o desfasados. A veces basta con no ser juzgados durante una hora.

Creo que mi generación carga con una paradoja pesada: tenemos más información que nunca y, al mismo tiempo, menos certezas internas. Más libertad aparente y más ansiedad real. Y eso no se resuelve con más diagnósticos, ni con más etiquetas, sino con más espacios humanos donde se pueda existir sin performance.

No escribo esto como experto. Lo escribo como alguien que observa, que escucha, que a veces se siente fuerte y a veces no. Como alguien que cree que la tecnología, la espiritualidad y la conciencia social no deberían separarse de la ternura. Porque sin ternura, todo se vuelve mecánico.

Tal vez el verdadero giro de esta historia no está en el bar, sino en lo que pasa después. En cómo cada uno vuelve a su casa un poco menos solo. En cómo, sin saberlo, se dieron permiso de existir tal como son, aunque sea por un rato.

Y si algo de esto te incomodó, te tocó o te hizo pensar, tal vez es porque también has entrado a ese bar alguna vez. Tal vez sigues ahí.

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Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

miércoles, 18 de febrero de 2026

Lactancia y estimulación: crecer acompañado, no solo alimentado


Hay temas que uno no busca, sino que llegan. A veces llegan en forma de conversación familiar, otras veces en una noticia leída rápido en la madrugada, y otras —como en este caso— llegan cuando uno observa en silencio algo tan simple y tan profundo como el crecimiento de un ser vivo que depende totalmente de otro. La lactancia y la estimulación en mascotas puede parecer, a primera vista, un asunto técnico, veterinario o exclusivo de criadores. Pero cuando uno lo mira con calma, con la sensibilidad que da vivir y convivir, se da cuenta de que habla de algo mucho más grande: el cuidado, el vínculo, la presencia y la forma en que acompañamos los primeros pasos —o las primeras patas— en la vida.

Crecí rodeado de animales. No como un experimento, sino como parte natural del hogar. Perros, gatos, aves, incluso animales que llegaban heridos y se iban cuando podían volver a vivir por su cuenta. Desde pequeño entendí que una mascota no es un objeto, ni un accesorio emocional, ni una moda. Es una vida que se cruza con la tuya y que, por un tiempo, te confía su bienestar. Y esa confianza empieza desde el primer día, desde la lactancia, desde el contacto, desde la forma en que ese ser entiende si el mundo al que llegó es seguro o amenazante.

La fuente que inspira esta reflexión habla de lactancia y estimulación física y mental como factores clave para el crecimiento saludable de las mascotas. Y sí, eso es cierto. Pero quiero ir más allá del dato. Porque alimentar no es solo dar leche, así como educar no es solo enseñar órdenes. Lactar, en el fondo, es comunicar seguridad. Estimular es decirle al otro: “el mundo puede explorarse, no tengas miedo”.

En los primeros días de vida, un cachorro o un gatito no distingue conceptos, pero sí sensaciones. Temperatura, olor, ritmo cardíaco, contacto. La lactancia materna —cuando es posible— no solo aporta nutrientes esenciales y defensas inmunológicas, sino que crea un patrón emocional. El cuerpo de la madre se convierte en el primer lugar seguro. Cuando esa lactancia no es posible y entra el humano a suplirla, no basta con la fórmula correcta: hace falta presencia, constancia, paciencia. Algo que también he visto reflejado en muchas reflexiones humanas sobre el cuidado y el acompañamiento, como las que aparecen en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/), donde se habla del valor de estar sin prisa, de sostener sin exigir.

La estimulación temprana, por otro lado, suele entenderse como juego, movimiento, sonidos, interacción. Pero no se trata de sobreestimular ni de convertir la crianza en un espectáculo. Se trata de respetar los tiempos. Un cachorro no necesita ruido constante ni juguetes sin sentido; necesita estímulos coherentes, repetitivos, que le ayuden a coordinar su cuerpo, a reconocer su entorno, a desarrollar confianza. He aprendido que estimular bien es saber cuándo parar. Y eso también aplica para nosotros como personas en una sociedad que vive acelerada, saturada de información, de exigencias, de estímulos sin pausa.

Cuando observo estos procesos en animales, no puedo evitar hacer paralelos con lo humano. En Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/) se habla mucho de procesos, de maduración, de no forzar etapas. La vida no responde bien cuando la empujamos. Ni la de un niño, ni la de un joven, ni la de una mascota. Todo crecimiento necesita tiempo, repetición y cuidado real.

Hoy, además, hay un contexto nuevo que no podemos ignorar: vivimos rodeados de tecnología, incluso cuando hablamos de mascotas. Cámaras, aplicaciones, relojes inteligentes para animales, sensores de actividad. Todo eso puede ser útil, pero no reemplaza lo esencial. Ningún dispositivo sustituye una mano que acaricia, una voz que calma, una presencia constante. Desde TODO EN UNO.NET (https://todoenunonet.blogspot.com/) se insiste mucho en que la tecnología debe tener sentido, servir a la vida y no reemplazarla. Y eso aplica perfectamente aquí: la crianza, incluso la de animales, no se terceriza a un aparato.

La estimulación física bien aplicada ayuda al desarrollo muscular, a la coordinación, a la exploración sana. La mental, por su parte, construye curiosidad, reduce miedos futuros, previene comportamientos agresivos o ansiosos. Un animal que fue estimulado con respeto suele ser un animal más equilibrado. Y eso no es casualidad. Es resultado de un entorno que no gritó, no exigió, no castigó sin sentido.

También es importante hablar de responsabilidad. Porque cuidar implica informarse. No todo lo que se hace “por amor” está bien hecho. A veces, desde el desconocimiento, se cometen errores que afectan la salud del animal a largo plazo. Aquí conecto con algo que se trabaja desde Tu Contabilidad Confiable y Rápido (https://micontabilidadcom.blogspot.com/): la importancia de hacer las cosas bien desde el inicio, con criterio y con información. En el cuidado de mascotas pasa lo mismo. Improvisar sale caro, no solo en dinero, sino en bienestar.

Y hay otro punto que no suele mencionarse mucho: la lactancia y la estimulación también transforman al cuidador. Quien ha pasado noches en vela alimentando un cachorro cada pocas horas sabe que ahí ocurre algo más. Se desarrolla paciencia. Se aprende a escuchar señales mínimas. Se baja el ego. Cuidar a otro ser vivo te cambia el ritmo interno. Te obliga a salir de ti. Algo muy parecido a lo que se reflexiona en Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/), donde la espiritualidad no se presenta como dogma, sino como experiencia cotidiana de conexión y entrega.

No es casual que muchas personas encuentren sanación emocional cuidando animales. La relación es bidireccional. Ellos crecen, sí, pero uno también. Aprendes a estar presente, a no mirar el reloj todo el tiempo, a aceptar que no todo se controla. En una sociedad obsesionada con resultados rápidos, criar —bien— a una mascota es casi un acto de resistencia.

Desde mi propio blog (https://juanmamoreno03.blogspot.com/), he escrito varias veces sobre la importancia de los vínculos reales, de las experiencias que no se pueden simular. La lactancia y la estimulación temprana en mascotas son una de esas experiencias. No se aprenden solo leyendo; se aprenden viviendo, equivocándose, corrigiendo, observando.

Hoy sabemos más que antes. La ciencia ha avanzado, la veterinaria ha aportado estudios claros sobre nutrición, desarrollo neurológico y comportamiento. Pero el conocimiento técnico no reemplaza la sensibilidad. Saber qué hacer es importante, pero saber cómo estar lo es aún más. Un cachorro puede recibir la mejor alimentación y aun así crecer inseguro si el entorno es frío, distante o caótico.

Cuidar bien a una mascota desde sus primeros días es una forma silenciosa de educarnos como sociedad. Nos recuerda que la vida no empieza siendo fuerte, sino frágil. Que todo ser necesita apoyo antes de ser autónomo. Que la independencia no nace de la dureza, sino de la seguridad.

Y quizá por eso este tema me toca. Porque habla de algo que va más allá de los animales. Habla de cómo acompañamos los procesos. De si estamos presentes o solo cumpliendo. De si alimentamos cuerpos, pero olvidamos las emociones. De si estimulamos para crecer o presionamos para producir.

Al final, la lactancia y la estimulación en mascotas no son solo recomendaciones técnicas. Son una invitación a cuidar mejor, a vivir más despacio, a entender que crecer no es correr, sino sostenerse.

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✒️ — Juan Manuel Moreno Ocampo
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martes, 17 de febrero de 2026



Es curioso cómo, a pesar de vivir rodeados de pantallas, titulares y métricas, muchas de las cosas que realmente importan siguen pasando en silencio. La ciencia es una de ellas. No hace ruido, no suele ser tendencia, no aparece en los reels virales del día, pero sostiene buena parte de lo que somos y de lo que seremos como sociedad. Y cuando pienso en las universidades colombianas con mayor producción de artículos científicos de impacto, no lo hago solo desde los rankings o los números, sino desde una pregunta más humana: ¿qué dice eso de nosotros como país, como jóvenes, como comunidad que intenta entenderse a sí misma?

Crecí escuchando conversaciones donde la universidad era sinónimo de “salir adelante”, de tener un título, de lograr estabilidad. Poco se hablaba de la universidad como espacio de pensamiento, de duda, de investigación profunda. Y sin embargo, con los años, he ido entendiendo que los artículos científicos no son simples documentos para académicos encerrados en bibliotecas. Son huellas. Son intentos honestos de responder preguntas que aún no tienen respuesta clara. Son personas sentándose frente a un problema y diciendo: “voy a intentar entender esto un poco mejor, aunque no lo logre del todo”.

En Colombia, algunas universidades han asumido ese compromiso con más fuerza. Instituciones como la Universidad Nacional de Colombia, la Universidad de los Andes, la Universidad de Antioquia, la Pontificia Universidad Javeriana o la Universidad del Valle aparecen con frecuencia en estudios sobre producción científica, citación internacional e impacto académico. Pero quedarse solo con esa lista sería superficial. Lo verdaderamente interesante es preguntarse por qué, qué hay detrás de esa producción y cómo se conecta con la realidad que vivimos.

La ciencia universitaria en Colombia no se desarrolla en el vacío. Se hace en medio de tensiones sociales, presupuestos limitados, conflictos históricos y una necesidad constante de demostrar “para qué sirve”. Muchos de los artículos de mayor impacto no nacen de laboratorios perfectos, sino de contextos complejos: estudios sobre biodiversidad en territorios amenazados, investigaciones en salud pública en regiones con acceso limitado, análisis sociales sobre desigualdad, violencia, educación o memoria. Hay algo profundamente humano en eso. Investigar aquí no es un lujo; muchas veces es una forma de resistencia.

Leyendo sobre la producción científica, recordé una reflexión que alguna vez encontré en Bienvenido a mi blog, donde se habla del conocimiento no como acumulación de datos, sino como responsabilidad ética frente a la realidad que habitamos. La ciencia, cuando se desconecta de la vida, se vuelve fría. Pero cuando se hace desde el territorio, desde el dolor y la esperanza, adquiere otro peso. Tal vez por eso muchos artículos colombianos logran impacto internacional: porque hablan de problemas reales, urgentes, universales, aunque nazcan en contextos locales.

También es importante reconocer que el impacto científico hoy no se mide igual que hace veinte años. Ya no basta con publicar. Importa dónde se publica, quién cita, cómo se comparte, si dialoga con otras disciplinas. La ciencia se ha vuelto más colaborativa, más interconectada, pero también más exigente. Y en ese escenario, las universidades colombianas que destacan no lo hacen solo por cantidad, sino por la capacidad de integrarse a redes globales sin perder su identidad.

Aquí entra un tema que me toca de cerca: la relación entre ciencia, tecnología y conciencia. No todo avance es neutro. No todo progreso es automáticamente bueno. En espacios como Todo En Uno.NET he leído reflexiones sobre cómo la tecnología y el conocimiento necesitan criterio, ética, sentido humano. Lo mismo aplica para la investigación científica. Un artículo puede tener cientos de citas, pero si no se pregunta por su impacto real en la vida de las personas, algo se queda incompleto.

Pienso mucho en los jóvenes que hoy están entrando a la universidad. Muchos sienten presión por “ser productivos”, por elegir carreras rentables, por responder rápido a un mercado cambiante. Y sin embargo, detrás de cada gran artículo científico hay tiempo lento, frustración, ensayo y error. Hay preguntas que no generan dinero inmediato, pero sí conciencia colectiva. Defender ese espacio de pensamiento profundo es, en cierto modo, un acto contracultural.

Las universidades con mayor impacto científico suelen compartir algo más allá de recursos o infraestructura: una cultura que valora la pregunta incómoda. Donde el estudiante no solo memoriza, sino que se pregunta por qué y para qué. Donde el profesor no solo enseña, sino que sigue aprendiendo. Esa lógica se conecta mucho con lo que he leído en Mensajes Sabatinos, donde se insiste en la importancia de detenernos, reflexionar y no vivir todo en automático. La ciencia también necesita ese silencio, esa pausa.

Ahora bien, no todo es ideal. Hay críticas válidas. A veces la producción científica se queda encerrada en circuitos académicos, lejos de la gente común. A veces se escribe para cumplir indicadores más que para transformar realidades. Y eso duele, porque el conocimiento pierde su sentido cuando no logra dialogar con la sociedad que lo financia y lo necesita. Ahí hay un reto enorme para las universidades colombianas: traducir, compartir, abrir la ciencia.

En ese punto, temas como el acceso a la información, la ética en el manejo de datos y la protección de la privacidad se vuelven centrales. No es casual que desde Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales se insista tanto en la responsabilidad que implica producir y usar información. La ciencia trabaja con datos, con personas, con historias reales. Cuidar eso también es parte del impacto.

A nivel personal, este tema me confronta. Me hace pensar en qué tipo de conocimiento quiero consumir y producir. No soy investigador de laboratorio, pero escribo, reflexiono, comparto. Y escribir también es una forma de investigar la vida. De observar patrones, contradicciones, aprendizajes. En El blog Juan Manuel Moreno Ocampo he intentado justamente eso: poner en palabras preguntas que no siempre tienen respuesta, pero que necesitan ser formuladas.

Las universidades colombianas con mayor impacto científico nos muestran que sí es posible hacer conocimiento relevante desde aquí. Que no todo lo valioso viene de afuera. Que nuestra biodiversidad, nuestra historia, nuestras tensiones sociales también generan preguntas que le importan al mundo. Pero también nos recuerdan que la ciencia no es solo para unos pocos. Nos interpela a todos.

Tal vez el verdadero impacto no esté solo en las citas académicas, sino en cómo esos artículos transforman decisiones públicas, prácticas educativas, políticas de salud, formas de relacionarnos con el entorno. Tal vez el mayor indicador sea si una investigación logra mejorar, aunque sea un poco, la vida de alguien que nunca leerá ese artículo completo.

Y aquí vuelvo a la espiritualidad, a esa dimensión que a veces parece ajena a la ciencia, pero que en realidad la atraviesa. En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías he leído muchas veces que buscar sentido también es una forma de conocimiento. Preguntarse por el para qué, no solo por el cómo. Cuando la ciencia y la espiritualidad se miran con respeto, ambas se enriquecen.

No sé si todos los jóvenes sienten esta inquietud, pero yo sí. Me pregunto constantemente cómo equilibrar velocidad y profundidad, tecnología y conciencia, éxito y sentido. Ver a universidades colombianas apostándole a la investigación me da esperanza, pero también me recuerda la responsabilidad que tenemos como generación: no consumir conocimiento de forma pasiva, sino cuestionarlo, aplicarlo, humanizarlo.

Porque al final, los artículos científicos no son solo PDFs en una base de datos. Son personas pensando. Son preguntas abiertas. Son intentos de comprender un poco mejor el mundo que habitamos. Y eso, en tiempos de ruido constante, ya es un acto profundamente valiente.

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