La primera vez que leí la historia de una manilla salvavidas creada en Colombia sentí algo raro en el pecho. No fue solo orgullo —que sí, también—, fue una mezcla de esperanza y una pregunta incómoda: ¿por qué estas historias no nos las cuentan más seguido? ¿Por qué pareciera que siempre estamos esperando que la innovación venga de afuera, cuando aquí, en medio de nuestras propias contradicciones, también nacen ideas capaces de salvar vidas?
Crecí escuchando que Colombia es un país lleno de talento, pero pobre en oportunidades. Y aunque esa frase se repite tanto que a veces se vuelve paisaje, no deja de tener algo de verdad. Lo curioso es que, incluso dentro de esa realidad, hay jóvenes, investigadores, ingenieros y soñadores que no esperan a que el sistema funcione perfecto para empezar a crear. Crean desde la urgencia. Desde la necesidad. Desde la empatía. Y eso, para mí, dice mucho más de la robótica colombiana que cualquier cifra o ranking internacional.
La manilla salvavidas no es solo un dispositivo tecnológico. Es una respuesta humana a un problema real. Es alguien mirando un río, una playa o una piscina y preguntándose: ¿cómo evitamos que esto termine en tragedia? Esa pregunta, tan sencilla y tan profunda, es la que debería estar detrás de toda innovación. No “¿cómo ganamos más?”, sino “¿a quién podemos proteger?”. Y ahí es donde la tecnología deja de ser fría y se convierte en algo profundamente espiritual, aunque suene raro decirlo así.
Vivimos en una época donde la robótica y la inteligencia artificial suelen asociarse con reemplazo, con miedo, con deshumanización. Se habla de máquinas quitando empleos, de algoritmos decidiendo por nosotros, de un futuro donde el ser humano parece estorbar. Pero historias como esta rompen esa narrativa. Nos recuerdan que la tecnología también puede ser un acto de cuidado. Que un sensor, un código bien escrito o un diseño inteligente pueden convertirse en una extensión de la vida, no en una amenaza.
Pienso mucho en eso cuando reviso lo que escribo y lo que leo en espacios como mi propio blog, https://juanmamoreno03.blogspot.com, donde intento poner en palabras estas tensiones entre progreso y conciencia, entre futuro y raíz. También lo veo reflejado en textos más maduros, como los que encuentro en https://juliocmd.blogspot.com, donde se nota que la tecnología, cuando se piensa con criterio, no va separada de la ética ni del sentido humano.
La robótica colombiana no nace en laboratorios aislados del mundo. Nace en un país marcado por desigualdades, por accidentes evitables, por contextos donde la prevención muchas veces llega tarde. Por eso una manilla que alerta, que avisa, que reacciona antes de que sea demasiado tarde, tiene un valor simbólico enorme. Es casi una metáfora de lo que necesitamos como sociedad: sistemas que cuiden, que acompañen, que no miren para otro lado.
También hay algo profundamente generacional en esta historia. Somos una generación que heredó problemas grandes: crisis climática, desconfianza institucional, brechas tecnológicas, cansancio colectivo. Pero también heredamos herramientas que antes no existían. Acceso a conocimiento, a comunidades globales, a tecnología que, bien usada, puede amplificar lo mejor de nosotros. La pregunta no es si tenemos talento, sino qué hacemos con él.
A veces siento que en Colombia somos expertos en minimizar nuestros logros. Decimos “eso es poquito”, “eso apenas empieza”, “eso no es tan importante”. Y mientras tanto, afuera, otros países entienden que cada innovación local es una semilla que puede escalar. Por eso me parece clave que estas historias se conecten con una visión más amplia de organización, de empresa, de responsabilidad social. Algo que se trabaja mucho desde espacios como https://organizaciontodoenuno.blogspot.com, donde se habla de construir estructuras que sostengan las buenas ideas en el tiempo, no solo de celebrarlas cuando salen en una noticia.
Porque sí, inventar una manilla salvavidas es un logro enorme. Pero sostenerla, mejorarla, distribuirla, hacerla accesible, integrarla a políticas de prevención… eso es otro nivel de desafío. Y ahí entran temas que muchos jóvenes no quieren mirar todavía: gestión, sostenibilidad, datos, cumplimiento. Cosas que suenan aburridas, pero que en realidad son las que permiten que una idea no se quede en un prototipo bonito.
En ese punto, incluso la conversación sobre datos personales y tecnología responsable se vuelve clave. Un dispositivo que recoge información, que monitorea señales, que alerta a terceros, también debe cuidar la privacidad y la dignidad de las personas. No todo vale solo porque “salva vidas”. Hay límites éticos que deben pensarse desde el diseño. Esa reflexión aparece con mucha fuerza en contenidos como los de https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com, donde se recuerda que la confianza también se construye con respeto.
Lo que más me conmueve de esta historia no es el componente técnico —aunque es admirable—, sino la intención. Hay algo muy poderoso en crear pensando en el otro. En no quedarse solo en la idea de “innovar” porque suena bien, sino en innovar porque duele ver que algo sigue pasando. Esa es una espiritualidad aplicada, aunque no siempre la llamemos así. Es la misma sensibilidad que encuentro cuando leo reflexiones en https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com, donde se habla de fe no como dogma, sino como acción consciente en el mundo.
También me hace pensar en la educación que estamos recibiendo y ofreciendo. ¿Estamos formando jóvenes para competir o para cuidar? ¿Para destacar individualmente o para resolver problemas colectivos? La robótica, vista desde este lugar, deja de ser una carrera “de genios” y se convierte en un camino posible para cualquier joven que quiera aportar algo concreto a su entorno.
No todo es romántico, claro. Emprender en Colombia sigue siendo difícil. Investigar cuesta. Financiar prototipos cuesta. Creer en uno mismo cuando el entorno duda cuesta aún más. Pero precisamente por eso estas historias importan. Porque muestran que no todo está perdido, que no todo el talento se va, que no toda la tecnología se usa para distraer o controlar.
Cuando pienso en mi propia vida, en mis preguntas, en mis contradicciones, encuentro cierto consuelo en saber que hay personas de mi generación —y de generaciones cercanas— usando la tecnología para cuidar. Me recuerda que no estamos condenados a repetir los mismos errores. Que podemos escribir otro tipo de futuro, aunque sea paso a paso, dispositivo a dispositivo, idea a idea.
Tal vez la verdadera promesa de la robótica colombiana no esté solo en lo que inventa, sino en desde dónde lo inventa. Desde la empatía. Desde la urgencia. Desde una conciencia que entiende que la vida humana no es una estadística. Y si logramos que esa mirada se mantenga, que no se pierda en el ruido del mercado o la vanidad del reconocimiento, entonces sí, estaremos ante algo realmente transformador.
A veces siento que no necesitamos más discursos grandilocuentes sobre el futuro. Necesitamos más historias como esta. Más jóvenes preguntándose cómo cuidar mejor. Más tecnología al servicio de la vida. Más silencios reflexivos antes de programar la siguiente línea de código.
Tal vez ahí esté la clave: no correr tanto hacia el mañana, sino construirlo con más presencia.
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