jueves, 26 de febrero de 2026

Cuando la inteligencia no se mide en palabras: lo que los perros me han enseñado sobre la vida, la conciencia y el amor


Crecí rodeado de conversaciones largas en la mesa, de silencios que decían más que los discursos y de una presencia constante que no hablaba, pero siempre estaba ahí: los perros. No como mascotas decorativas, sino como parte viva de la familia. Con el tiempo entendí que, mientras nosotros discutíamos sobre política, trabajo, fe o futuro, ellos ya sabían algo esencial: estar presentes. Y eso, hoy lo entiendo, también es una forma profunda de inteligencia.

Hace poco me encontré con un artículo que hablaba de las razas de perros más inteligentes según los veterinarios. Al principio lo leí por curiosidad, casi como quien mira una lista más en internet. Border Collie, Pastor Alemán, Poodle, Golden Retriever… nombres que se repiten una y otra vez en rankings, estudios y videos virales. Pero mientras avanzaba en la lectura, algo empezó a incomodarme. No por lo que decía, sino por lo que no decía. Porque reducir la inteligencia a obediencia, rapidez para aprender comandos o facilidad de adiestramiento se me quedó corto. Muy corto.

La inteligencia, al menos como yo la he ido entendiendo a mis 21 años, no es solo resolver problemas rápido. Es saber cuándo quedarse. Cuándo acompañar en silencio. Cuándo percibir que alguien no necesita consejos, sino una presencia fiel. Y ahí, muchos perros que jamás aparecerán en un ranking nos dan cátedra diaria.

Vivimos en una época obsesionada con medirlo todo. Métricas, datos, indicadores, rankings. Lo veo en la tecnología, en la educación, en las empresas, incluso en la espiritualidad. Queremos cuantificarlo todo para sentir que tenemos control. En ese afán, a veces olvidamos lo esencial: lo que no se mide, pero se siente. Lo que no se ve en una tabla, pero transforma una vida.

He leído reflexiones similares en textos que me han acompañado desde siempre, como los que se publican en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/), donde una y otra vez se nos recuerda que la sabiduría no siempre viene envuelta en grandes teorías, sino en actos sencillos, repetidos con amor y coherencia. Un perro que espera todos los días a la misma hora, que reconoce tus pasos antes de verte, que se da cuenta cuando llegas cargado emocionalmente… ¿eso no es inteligencia?

La ciencia, por supuesto, tiene su lugar. Hoy sabemos que los perros pueden entender decenas, incluso cientos de palabras, que reconocen emociones humanas, que su cerebro procesa estímulos sociales de forma sorprendentemente similar al nuestro. Estudios recientes han demostrado que no solo responden al tono de voz, sino también al significado de las palabras. Pero aun así, siento que la pregunta no debería ser solo qué tan inteligentes son, sino para qué usan esa inteligencia.

Ahí es donde el tema se vuelve más humano de lo que parece. Porque también a nosotros nos pasa. Hay personas brillantes, llenas de títulos, habilidades y conocimientos, que no saben acompañar, escuchar o cuidar. Y hay otras que, sin grandes credenciales, sostienen familias, comunidades y procesos enteros con una sabiduría silenciosa. Algo de eso se refleja en los perros mestizos, los que no tienen “raza”, los que no salen en listas, pero que desarrollan una capacidad impresionante de adaptación, lectura del entorno y conexión emocional.

En Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/) he leído muchas veces reflexiones sobre cómo la vida no se trata solo de avanzar, sino de entender el sentido de lo que hacemos. Creo que los perros viven instalados en ese sentido. No se preguntan si valen por lo que producen, sino por lo que son. Y eso, en una sociedad que nos empuja a rendir todo el tiempo, es casi revolucionario.

También hay algo espiritual en esta relación. No hablo de religión en el sentido tradicional, sino de conciencia. De esa conexión invisible que se da cuando dos seres se reconocen más allá del lenguaje. En Amigo de. Ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/) se habla mucho de confiar, de soltar el control, de entender que no todo necesita explicación racional. Los perros viven así. Confían. Se entregan. No dudan de su lugar en el mundo cuando sienten amor.

Tal vez por eso duelen tanto las historias de abandono, de maltrato, de indiferencia. Porque no es solo un animal el que sufre, es un vínculo el que se rompe. Y eso dice mucho de nuestra propia desconexión como sociedad. Hablamos de inteligencia artificial, de automatización, de avances tecnológicos —temas que también me apasionan y que se analizan con profundidad en espacios como TODO EN UNO.NET (https://todoenunonet.blogspot.com/)—, pero a veces olvidamos fortalecer la inteligencia emocional, ética y relacional que debería acompañar esos avances.

Incluso desde una mirada más organizacional, algo que se reflexiona en Organización Empresarial TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/), es claro que los sistemas más sostenibles no son los más complejos, sino los más coherentes. Los perros, curiosamente, son maestros en coherencia: actúan según lo que sienten, sin máscaras, sin dobles discursos. Su comportamiento es una extensión directa de su vínculo con el entorno.

Cuando pienso en el futuro —en mi generación, en el mundo que estamos heredando y construyendo— me pregunto cuánta de esa inteligencia “canina” necesitamos recuperar. La capacidad de leer al otro sin invadir, de cuidar sin poseer, de estar sin exigir. Tal vez por eso cada vez más personas encuentran en los animales un refugio emocional frente a una sociedad hiperconectada pero profundamente sola.

No se trata de idealizar a los perros ni de romantizar la relación. Se trata de aprender. De observar con humildad. De reconocer que la inteligencia no siempre hace ruido, no siempre se exhibe, no siempre compite. A veces simplemente acompaña.

Y si algún ranking debería importarnos, quizá no sea el de quién aprende más comandos, sino el de quién ama mejor, quién permanece cuando todo se cae, quién entiende sin palabras. En ese ranking, muchos perros —de raza o no— nos llevan varios pasos adelante.

Imagen sugerida para el blog:
Un joven sentado al atardecer en un espacio natural (parque o campo abierto), con un perro a su lado, ambos mirando el horizonte. La escena transmite calma, conexión y reflexión. Estilo realista con un toque artístico moderno, luz cálida, sin texto, enfocada en la expresión corporal y el vínculo silencioso entre humano y animal.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

Juan Manuel Moreno Ocampo
A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.

miércoles, 25 de febrero de 2026

Cómo empezó el vínculo humano – gato: una historia de silencio, tiempo y miradas compartidas



Hay relaciones que no empiezan con un pacto, ni con una promesa, ni siquiera con una decisión consciente. Empiezan simplemente porque dos seres coinciden en el mismo lugar… y ninguno siente la necesidad de huir. Así, sin ruido, sin discursos, empezó la historia entre los humanos y los gatos.

Siempre me ha llamado la atención que sepamos tanto del origen del perro —del compromiso, la lealtad, la domesticación dirigida— y tan poco del gato, que hoy duerme en nuestros sofás como si siempre hubiera estado ahí. Pero no. El gato no llegó obedeciendo órdenes ni siguiendo rutas marcadas por el ser humano. Llegó por necesidad compartida. Y se quedó por algo más profundo: la tolerancia, el respeto y una extraña forma de compañía que no exige, pero acompaña.

Cuando uno se detiene a mirar el pasado, entiende mejor el presente. No como nostalgia, sino como conciencia. Eso lo he aprendido leyendo, observando, viviendo… y también escribiendo. Porque escribir es una forma de ordenar la memoria colectiva y la personal al mismo tiempo.

Hace unos nueve o diez mil años, en pleno Neolítico, el mundo humano empezó a cambiar de manera radical. Dejamos de movernos todo el tiempo y comenzamos a quedarnos. A sembrar. A almacenar. A pensar en el mañana. Ese fue uno de los mayores giros de nuestra historia como especie. Pero cada avance trae nuevos problemas.

Donde había granos almacenados, había roedores. Donde había roedores, había hambre, pérdidas y riesgo. Y donde había roedores… aparecieron los gatos.

No fue un “ven, siéntate aquí”. Fue más bien un “quédate… no estorbas”. Los gatos salvajes, atraídos por la abundancia de presas, comenzaron a rondar los asentamientos humanos. Los humanos, al notar que estos felinos silenciosos reducían las plagas, decidieron no expulsarlos. Nadie firmó nada. Nadie domesticó activamente a nadie. Fue una convivencia basada en beneficio mutuo.

Eso, para mí, ya dice mucho de la naturaleza del vínculo. El gato no se sometió. El humano no controló. Ambos aprendieron a coexistir.

Con el tiempo, esa coexistencia se volvió costumbre. Y la costumbre, vínculo.

En el Antiguo Egipto, esta relación dio un giro espiritual. Los gatos no solo protegían los graneros; protegían los hogares. Eran vistos como guardianes, como seres liminales entre lo visible y lo invisible. Bastet, la diosa con rasgos felinos, no representaba fuerza bruta, sino protección, fertilidad y equilibrio. No es casualidad que una civilización tan conectada con el más allá viera en el gato algo más que un animal útil.

Siempre me ha parecido fascinante cómo los gatos encarnan una espiritualidad silenciosa. No imponen. No predican. Simplemente son. Algo de eso resuena mucho conmigo y con lo que he leído en espacios como Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/), donde la espiritualidad no se vive desde el dogma, sino desde la experiencia cotidiana, la observación y la presencia.

A medida que el ser humano empezó a viajar más lejos, a comerciar, a cruzar mares, los gatos viajaron con él. Subieron a barcos, entraron a nuevas ciudades, se adaptaron a climas distintos. No como invasores, sino como compañeros funcionales. Donde iba el humano, iba su alimento. Donde iba el alimento, iban los roedores. Y donde iban los roedores… los gatos encontraban su lugar.

Así llegaron a casi todas las culturas. En algunas fueron venerados. En otras, perseguidos. Hubo épocas oscuras donde se les asoció con supersticiones y miedos. Y aun así, sobrevivieron. Siempre vuelven. Siempre encuentran la forma de quedarse.

Tal vez porque el gato representa algo que el ser humano nunca ha podido controlar del todo: la independencia. Y, paradójicamente, eso es lo que más nos atrae de ellos hoy.

En un mundo obsesionado con la productividad, el rendimiento y la obediencia, el gato duerme cuando quiere, se va cuando necesita y vuelve cuando lo siente. No responde a jerarquías, pero sí a vínculos reales. No se queda por obligación, sino por elección.

Eso me lleva a pensar mucho en nuestras relaciones humanas actuales. En cómo confundimos cercanía con control, amor con posesión, compañía con dependencia. Tal vez por eso convivir con un gato nos incomoda y nos enseña al mismo tiempo.

He leído reflexiones similares sobre la vida, las relaciones y la conciencia en espacios como Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/), donde se insiste en algo que parece simple pero no lo es: vivir con más atención y menos automatismo. El gato vive así. Presente. Alerta. Sin prisa.

Hoy, cuando hablamos de animales de compañía, salud mental, soledad urbana y vínculos afectivos, el rol del gato vuelve a cobrar relevancia. Estudios recientes en etología y neurociencia muestran cómo la convivencia con gatos puede reducir el estrés, mejorar la regulación emocional y generar rutinas más conscientes. No porque el gato “haga algo”, sino porque nos obliga a bajar el ritmo.

En lo personal, creo que los gatos llegaron a nuestras vidas para recordarnos algo que olvidamos con facilidad: no todo vínculo necesita ser ruidoso para ser profundo.

Esa idea también la he trabajado en textos más personales dentro de El blog Juan Manuel Moreno Ocampo (https://juanmamoreno03.blogspot.com/), donde escribir se convierte en una forma de dialogar con uno mismo y con los demás, sin necesidad de imponer respuestas.

La historia entre humanos y gatos no es una historia de conquista. Es una historia de acercamiento lento. De miradas que se repiten. De espacios compartidos. De respeto silencioso.

Quizá por eso, después de casi 10.000 años, seguimos conviviendo. No porque lo planeamos. Sino porque funcionó.

Y hoy, cuando tenemos más tecnología que nunca, más pantallas, más ruido, el gato sigue ahí. Observando. Esperando. Recordándonos que se puede estar cerca sin invadir. Que se puede amar sin dominar. Que se puede acompañar sin perderse.

Tal vez estamos, como especie, en el mejor momento para aprender de ellos otra vez. Aprovechémoslo.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

martes, 24 de febrero de 2026

Cuando la tierra empieza a hablar en datos (y nosotros debemos aprender a escuchar)



Desde hace un tiempo vengo pensando que muchas de las conversaciones más importantes de nuestro presente no están ocurriendo en las grandes ciudades ni en los escenarios digitales donde todo se vuelve tendencia por unas horas. Están ocurriendo en silencio, en el campo, en los cultivos, en las manos de personas que trabajan la tierra desde antes de que existieran sensores, algoritmos o inteligencia artificial. Y sin embargo, hoy, esas manos empiezan a cruzarse con la tecnología de una forma que no siempre sabemos leer con calma.

Hace poco leí sobre una solución tecnológica que permite monitorear la temperatura del campo en tiempo real, pensada para apoyar a agricultores y productores en la toma de decisiones. No lo vi como una simple noticia de innovación. Lo sentí como un síntoma de algo más grande. Como una señal de que estamos entrando en una etapa donde el campo deja de ser visto solo como un espacio físico y empieza a entenderse como un sistema vivo que también conversa con los datos, con la información y con la conciencia humana.

Crecí escuchando historias familiares donde el trabajo no era una idea romántica, sino una necesidad concreta. Donde levantarse temprano no era productividad, sino supervivencia. Tal vez por eso, cuando se habla de tecnología aplicada al agro, no puedo evitar preguntarme si realmente estamos ayudando a quienes trabajan la tierra o si solo estamos sofisticando la distancia entre quienes producen y quienes deciden.

Monitorear la temperatura del campo parece algo técnico, casi frío. Pero en realidad, la temperatura es una forma de lenguaje. Es la manera en que la tierra nos dice si está siendo cuidada o forzada, si un cultivo está en equilibrio o en riesgo, si una cosecha tendrá futuro o si está siendo empujada más allá de sus límites. La tecnología, bien usada, puede ayudarnos a escuchar mejor ese lenguaje. Mal usada, puede convertirse en otra capa de control desconectado de la realidad humana.

Vivimos en una época donde todo se mide, se grafica y se optimiza. Pero no todo lo que importa cabe en un tablero de control. Lo aprendí observando cómo muchas empresas toman decisiones solo desde los números, olvidando que detrás hay personas, ritmos, contextos y consecuencias. Esa misma reflexión la he visto desarrollarse con mucha claridad en espacios como Mi Contabilidad, donde se insiste en que la información solo tiene sentido cuando se convierte en criterio y no en presión constante

Cuando esa lógica se traslada al campo, el riesgo es aún mayor. Porque la tierra no responde a la urgencia del mercado, sino a ciclos que no se pueden acelerar sin costo. Aquí es donde la tecnología debería ser aliada de la paciencia y no enemiga del tiempo natural.

Lo que más me llamó la atención de esta solución tecnológica no fue el sensor ni la plataforma, sino la intención: ayudar a anticipar, prevenir pérdidas, adaptarse al clima cambiante. En un mundo donde el cambio climático ya no es una teoría sino una experiencia diaria, contar con información precisa puede marcar la diferencia entre sostener una producción o perderlo todo. Pero esa información necesita criterio humano para ser interpretada.

He aprendido, tanto por experiencia personal como por lo que leo y escucho en casa, que la tecnología nunca es neutral. Siempre amplifica algo: o la conciencia o la desconexión. Por eso me parece clave que estas soluciones no se vendan solo como innovación, sino como herramientas de responsabilidad compartida.

Esa idea de responsabilidad compartida se conecta mucho con lo que se viene trabajando desde la Organización Empresarial TodoEnUno.NET, donde se insiste en que el crecimiento no puede darse aislado, ni a costa del otro, ni del entorno

El campo no es un laboratorio. Es un espacio vivo donde se cruzan economía, cultura, historia y espiritualidad. Quien no entienda eso, por más tecnología que implemente, seguirá tomando malas decisiones.

A veces siento que mi generación vive una contradicción permanente. Por un lado, somos profundamente digitales. Por otro, anhelamos volver a lo esencial. Queremos automatizar procesos, pero también buscamos sentido. Queremos datos, pero también conexión. Tal vez por eso este tipo de noticias me resuenan: porque muestran que no todo avance tecnológico tiene que alejarnos de lo humano.

También hay algo que no se suele mencionar cuando se habla de sensores y monitoreo: los datos. ¿De quién son? ¿Cómo se usan? ¿Quién los protege? En contextos rurales, donde muchas veces no hay claridad jurídica ni acompañamiento, la tecnología puede convertirse en una nueva forma de vulnerabilidad si no se maneja con ética.

Ese es un tema que he visto abordarse con mucha seriedad desde los espacios de Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales, recordándonos que la transformación digital sin protección de la información termina siendo una amenaza, no un avance

Porque sí, incluso los datos del campo hablan de personas. De pequeños productores. De decisiones que afectan familias enteras. De territorios específicos. Y eso merece respeto.

En medio de todo esto, no puedo evitar conectar estas reflexiones con lo espiritual. No desde una religión específica, sino desde esa sensación profunda de que la tierra no es solo un recurso, sino una relación. Algo que se cultiva, no solo se explota. Algo que responde cuando se le escucha.

En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías, muchas veces se habla de esa relación silenciosa entre el ser humano y lo que lo trasciende

Tal vez hoy, escuchar a la tierra también implique aprender a leer gráficos, sensores y alertas. Pero sin olvidar que detrás de todo eso sigue habiendo vida.

No escribo esto desde la postura del experto. Lo escribo desde la pregunta. Desde la incomodidad que produce ver cómo avanzamos tan rápido que a veces olvidamos por qué. Desde la esperanza de que todavía estamos a tiempo de hacer las cosas distinto.

En Mensajes Sabatinos he encontrado muchas reflexiones que invitan a bajar el ritmo, a observar, a no confundir avance con prisa

Quizás eso es lo que más necesitamos ahora: tecnología que nos ayude a cuidar, no a correr. Innovación que nos permita sostener la vida, no solo maximizar resultados.

Como joven, como hijo, como alguien que ha crecido entre conversaciones profundas y realidades concretas, creo que el verdadero progreso no está en tener más sensores, sino en tener más criterio. En usar la información para proteger, no para exprimir. En entender que el campo, igual que las personas, también se cansa.

Esta solución tecnológica puede ser un paso en la dirección correcta si se integra con humanidad, acompañamiento y visión de largo plazo. Si no, será solo otro dispositivo más en un mundo saturado de datos y vacío de escucha.

Yo quiero creer que estamos aprendiendo. Que mi generación puede usar la tecnología sin perder la conciencia. Que todavía podemos construir un futuro donde innovar no signifique olvidar de dónde venimos.

Y si este texto te dejó pensando, entonces ya cumplió su propósito.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

✒️ — Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

lunes, 23 de febrero de 2026

Cuando cuidar también es prever: lo que una mascota nos enseña sobre responsabilidad y amor Opción 2 – Generacional y consciente



Hay noticias que uno lee rápido, casi como quien pasa el dedo por la pantalla sin detenerse demasiado, y hay otras que, sin avisar, se quedan dando vueltas en la cabeza. No por el titular en sí, sino por lo que despiertan. Eso me pasó cuando leí que Laika ahora ofrecerá prepagada y seguro para mascotas, con planes desde $30.000. En apariencia es solo una noticia más del mundo empresarial, una estrategia comercial, una expansión de servicios. Pero cuando la miré con calma, me di cuenta de que hablaba de algo mucho más profundo: de cómo estamos cambiando como sociedad, de cómo entendemos el cuidado, la responsabilidad y el lugar que ocupan los animales en nuestras vidas.

Yo nací en 2003. Crecí en una casa donde siempre hubo animales, pero también crecí viendo cómo, con los años, esos animales dejaron de ser “la mascota” para convertirse en parte de la familia. No en un sentido romántico o exagerado, sino real. El perro ya no era solo el que cuidaba la casa; era el que acompañaba silencios, el que estaba ahí cuando nadie más entendía lo que pasaba por dentro. El gato ya no era solo independiente y distante; era presencia, rutina, equilibrio. Y creo que eso mismo nos ha pasado a muchos de mi generación, incluso a quienes viven en ciudades grandes, apartamentos pequeños y agendas llenas.

Por eso, cuando una empresa como Laika decide ofrecer una prepagada y un seguro para mascotas, no está inventando una necesidad de la nada. Está leyendo algo que ya está ocurriendo: cada vez más personas entienden que tener un animal no es solo dar comida y cariño, sino asumir una responsabilidad integral. Cuidar la salud de un ser vivo no es algo que se improvisa cuando pasa algo grave. Es algo que se piensa antes, con conciencia, con previsión, con criterio.

Y aquí es donde la noticia deja de ser solo empresarial y se vuelve humana. Porque hablar de un plan desde $30.000 no es solo hablar de precio; es hablar de acceso. De entender que el cuidado no puede ser un privilegio exclusivo de unos pocos. Que prevenir también es una forma de amar. Que llevar a tu mascota al veterinario a tiempo puede evitar sufrimientos innecesarios, decisiones apresuradas y culpas que llegan tarde.

He visto de cerca lo que significa no estar preparado. Mascotas enfermas, familias angustiadas, decisiones tomadas desde el miedo y no desde la claridad. Y también he visto el otro lado: cuando hay información, acompañamiento y estructura, el cuidado se vuelve más sereno, más consciente. Algo similar a lo que pasa en otros ámbitos de la vida. En temas financieros, por ejemplo, muchas veces el problema no es la falta de ingresos, sino la falta de planificación. Eso lo he aprendido leyendo y escuchando mucho en casa, y también en espacios como Mi Contabilidad, donde se habla constantemente de la importancia de anticiparse y no vivir siempre apagando incendios (https://micontabilidadcom.blogspot.com/).

Con las mascotas pasa algo parecido. No se trata de esperar a que algo grave ocurra para reaccionar. Se trata de entender que la vida, incluso la de los animales, es frágil, cambiante, y que merece cuidado continuo. Que un seguro o una prepagada no son una frialdad financiera, sino una forma de responsabilidad afectiva.

También me llama la atención cómo este tipo de iniciativas reflejan una transformación más amplia en la forma en que las empresas se relacionan con las personas. Ya no basta con vender un producto. Hoy se habla de ecosistemas, de acompañamiento, de experiencia. De entender al usuario como alguien que siente, que se preocupa, que busca sentido. Eso es algo que se repite mucho en los análisis que he leído en Todo En Uno.NET, donde se insiste en que la tecnología y los servicios solo tienen valor cuando están al servicio de la vida real, de las personas, de sus contextos (https://todoenunonet.blogspot.com/).

En este caso, la tecnología, la logística, los modelos de negocio y las alianzas con veterinarias se articulan alrededor de una idea sencilla pero potente: cuidar mejor. Y cuidar mejor implica datos, sí, pero también ética. Implica información sensible, historiales médicos, hábitos, nombres, direcciones. Todo eso nos lleva inevitablemente a pensar en la protección de datos, incluso cuando hablamos de mascotas. Porque detrás de cada animal hay una persona, una familia, una historia. Y ese cuidado de la información también es parte del respeto. De eso se habla mucho en Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales, donde se recuerda que la confianza se construye también desde cómo se manejan los datos, no solo desde lo que se promete (https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com/).

Lo interesante es que esta noticia también dialoga con algo más profundo: nuestra relación con la vulnerabilidad. Los animales nos recuerdan, sin palabras, que no controlamos todo. Que la vida puede cambiar de un momento a otro. Que cuidar no es dominar, sino acompañar. Y quizás por eso cada vez más jóvenes deciden no tener hijos por ahora, pero sí tener mascotas. No como reemplazo, sino como una forma distinta de vínculo, de compromiso, de aprendizaje emocional.

En lo personal, convivir con animales me ha enseñado más de paciencia, presencia y silencio que muchos libros. Me han enseñado a observar, a respetar los ritmos, a entender que no todo se resuelve con palabras. Y cuando leo noticias como esta, no puedo evitar conectarlas con reflexiones más espirituales, con esa idea de que todo está interconectado. Que cuidar de otro ser es, en el fondo, una forma de cuidarnos a nosotros mismos. En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías se habla mucho de esa conexión profunda entre lo cotidiano y lo trascendente, entre lo pequeño y lo eterno (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/).

También pienso en la contradicción que vivimos como generación. Por un lado, somos señalados como distraídos, ansiosos, pegados al celular. Por otro, somos una generación que se preocupa profundamente por el bienestar, la salud mental, el equilibrio, la sostenibilidad. Y las mascotas ocupan un lugar central en esa búsqueda. No como moda, sino como ancla. Como recordatorio de que la vida no es solo productividad y rendimiento.

Que una empresa lea eso y lo traduzca en un servicio accesible puede verse como estrategia, claro. Pero también puede verse como síntoma de un cambio cultural. De una sociedad que empieza a tomarse en serio el cuidado integral. Que entiende que prevenir es más humano que reaccionar. Que reconoce que el amor también se organiza.

En Mensajes Sabatinos he leído muchas veces reflexiones que invitan a bajar el ritmo, a mirar la vida con más profundidad, a no pasar de largo por lo que realmente importa (https://escritossabatinos.blogspot.com/). Y creo que esta noticia, aunque venga del mundo empresarial, nos invita a eso mismo: a detenernos y preguntarnos cómo estamos cuidando lo que decimos amar.

No se trata de idealizar a las empresas ni de pensar que todo se resuelve con un plan mensual. Se trata de asumir que cada decisión que tomamos, incluso una que parece pequeña como contratar o no un seguro para nuestra mascota, habla de nuestros valores, de nuestra conciencia, de nuestra forma de estar en el mundo.

Al final, esta noticia no habla solo de Laika. Habla de nosotros. De cómo estamos redefiniendo la familia, el cuidado, la responsabilidad y el vínculo con otros seres vivos. Habla de una generación que, con todas sus dudas y contradicciones, está intentando vivir con más coherencia.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

domingo, 22 de febrero de 2026

La laguna de Suesca no se está secando sola



Hay lugares que uno no conoce con los pies, sino con la conciencia. La laguna de Suesca es uno de ellos. No porque todos hayamos estado ahí físicamente, sino porque representa algo más profundo: el punto exacto donde la naturaleza, la negligencia humana y nuestra forma de vivir se encuentran sin filtros ni discursos bonitos.

Leí hace poco un artículo sobre la laguna de Suesca que hablaba del cambio climático como una de las causas visibles de su deterioro. Y sí, claro que el cambio climático está ahí, no es una mentira ni una exageración. Mi generación creció escuchando esa palabra como una alarma constante, casi como un ruido de fondo que ya no asusta porque se volvió cotidiano. Pero mientras leía, sentí que algo no cuadraba del todo. Como si estuviéramos usando el cambio climático como una excusa cómoda para no mirar más hondo.

Porque lo que pasa con la laguna de Suesca no empieza ni termina con el clima. Empieza con nosotros. Con la manera en la que ocupamos el territorio, con la forma en que creemos que todo lo que no tiene rejas es de nadie, con esa idea peligrosa de que la naturaleza es resistente infinita, que siempre se recupera sola, que “aguanta”.

Suesca no es solo una laguna. Es memoria. Es ecosistema. Es regulación hídrica. Es hogar de especies que no tienen voz ni redes sociales para denunciar lo que les hacemos. Y también es un espejo incómodo de cómo como sociedad actuamos: reaccionamos cuando el daño ya es evidente, cuando el agua baja, cuando el paisaje cambia, cuando ya es tarde para fingir que no pasó nada.

Hay algo que me inquieta profundamente: siempre hablamos del futuro como si no nos perteneciera. Decimos “las próximas generaciones”, “nuestros hijos”, “los que vienen”. Pero yo tengo 21 años. Yo soy esa generación. Y aun así, muchas decisiones se toman como si yo no existiera, como si mi vida fuera una estadística proyectada en un informe ambiental.

La laguna de Suesca ha sufrido por rellenos, por intervenciones mal planeadas, por urbanización sin criterio, por turismo sin conciencia, por abandono institucional y por una desconexión total entre desarrollo y responsabilidad. No es solo que llueva menos o que las temperaturas cambien. Es que decidimos poner cemento donde debía haber respeto. Decidimos drenar, modificar, intervenir, sin entender del todo lo que estábamos rompiendo.

Esto me lleva a pensar en algo que he leído muchas veces en los textos de mi papá, especialmente en Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com), donde insiste en que los problemas no suelen ser técnicos, sino de criterio. Y aquí pasa exactamente eso. El problema de Suesca no es falta de información. Es falta de criterio colectivo. Falta de decisión consciente. Falta de responsabilidad intergeneracional.

También recuerdo reflexiones que he leído en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com), donde se habla de la vida como un préstamo, no como una propiedad. Y qué tan distinto sería todo si entendiéramos la naturaleza así: no como algo que poseemos, sino como algo que nos fue confiado por un tiempo limitado.

Nos encanta hablar de sostenibilidad, de agendas verdes, de compromisos ambientales. Pero en la práctica seguimos haciendo lo mismo. Seguimos construyendo sin planificación real, seguimos viendo los humedales como “lotes desaprovechados”, seguimos creyendo que el agua siempre va a estar ahí porque “Colombia es rica en recursos”. Esa frase, tan repetida, se volvió peligrosa.

La laguna de Suesca también habla de espiritualidad, aunque a muchos les incomode esa palabra. Porque cuidar el agua no es solo un acto técnico o político, es un acto espiritual. Es reconocer que no somos el centro de todo. Que dependemos de equilibrios que no controlamos. En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com) he leído muchas veces que la fe no se mide por lo que decimos, sino por cómo actuamos cuando nadie nos ve. Y eso aplica perfectamente aquí. ¿Qué tan coherentes somos cuando se trata de cuidar la casa común?

No puedo evitar pensar que si la laguna de Suesca estuviera en otro país, tal vez sería un santuario intocable. Pero aquí, muchas veces, la riqueza natural se ve como obstáculo y no como oportunidad. Y eso no es un problema exclusivo de los gobiernos. Es cultural. Es educativo. Es familiar. Es generacional.

Desde lo que he aprendido también leyendo contenidos de Todo En Uno.NET (https://todoenunonet.blogspot.com) y Organización Empresarial TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com), hay algo claro: no existe desarrollo sin sostenibilidad real, ni progreso sin visión de largo plazo. Lo ambiental, lo social y lo económico no pueden seguir caminando por carriles separados. Cuando lo hacen, el resultado es exactamente lo que vemos en Suesca: un ecosistema debilitado y una comunidad que empieza a sentir las consecuencias.

Y aquí quiero hacer una pausa personal. A veces siento una mezcla rara entre esperanza y frustración. Esperanza porque cada vez somos más los jóvenes que cuestionamos, que preguntamos, que no tragamos entero. Y frustración porque muchas decisiones siguen tomándose sin escucharnos. Como si nuestra sensibilidad fuera ingenuidad y no una alerta temprana.

No se trata de romantizar la naturaleza ni de caer en discursos apocalípticos. Se trata de asumir que nuestras acciones tienen impacto. Que cada proyecto mal planeado, cada licencia otorgada sin estudios serios, cada “eso no pasa nada”, va sumando. Y la naturaleza no olvida. Solo cobra.

La laguna de Suesca nos está hablando. No con palabras, sino con silencios. Con agua que ya no está. Con aves que se van. Con paisajes que cambian. Y la pregunta no es solo qué pasó, sino qué vamos a hacer distinto a partir de ahora.

Tal vez este sea el momento de dejar de usar el cambio climático como un escudo y empezar a mirarnos al espejo. De entender que la crisis ambiental es también una crisis de conciencia. De valores. De prioridades. De humanidad.

Yo no tengo todas las respuestas. Y creo que eso también es parte de ser honesto. Pero sí tengo claro algo: no podemos seguir viviendo como si el territorio fuera eterno y nuestra responsabilidad opcional. Porque no lo es. Porque cada laguna que se seca, cada bosque que desaparece, también nos quita un pedazo de futuro.

Escribo esto no desde la superioridad moral, sino desde la inquietud. Desde la pregunta abierta. Desde la necesidad de no acostumbrarnos al deterioro. Desde la convicción de que todavía estamos a tiempo de hacerlo mejor, si dejamos de mirar hacia otro lado.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

sábado, 21 de febrero de 2026

Levantemos la cabeza: lo que el celular está haciendo con nosotros

Es curioso cómo una noticia puede quedarse rondando en la cabeza más tiempo del esperado. La leí casi por accidente, desplazando el dedo por la pantalla —ironía pura— y el titular me sacudió más de lo que pensé: ¿el celular está cambiando la forma del cráneo de los jóvenes? Al principio suena exagerado, casi sensacionalista, como tantas cosas que circulan en internet. Pero cuando uno se detiene, cuando apaga el ruido y empieza a observar su propia vida, el tema deja de ser ajeno. Se vuelve incómodo. Cercano. Personal.

Tengo 21 años. Nací en 2003, cuando los celulares todavía no eran extensiones del cuerpo, cuando conectarse a internet era un evento y no una condición permanente. Crecí viendo cómo el mundo se inclinaba, literalmente, hacia una pantalla. Y no hablo solo de tecnología, sino de posturas, de silencios compartidos, de conversaciones interrumpidas por vibraciones en el bolsillo. Basta con mirar alrededor en un bus, en una sala de espera o incluso en la mesa familiar: cuellos doblados, espaldas encorvadas, miradas hacia abajo. No hace falta ser médico para notar que algo cambió.

La noticia a la que hago referencia menciona estudios que sugieren que el uso prolongado del celular podría estar generando cambios óseos, especialmente en la zona occipital del cráneo, por la tensión constante que produce inclinar la cabeza hacia adelante. Algunos expertos lo discuten, otros lo matizan, otros piden prudencia. Y está bien. La ciencia avanza así: con preguntas, correcciones, dudas. Pero más allá de si el hueso crece uno o dos milímetros, lo que realmente me inquieta no es la forma del cráneo, sino la forma de vivir que estamos moldeando sin darnos cuenta.

Porque el cuerpo siempre termina contando la historia de lo que hacemos con él.

Nuestros abuelos cargaban marcas distintas: manos ásperas, espaldas cansadas, arrugas profundas que hablaban de trabajo físico, de sol, de esfuerzo. Nosotros cargamos otras señales. Dedos que se mueven a velocidad de vértigo, muñecas tensas, ojos cansados, cuellos rígidos. No son peores ni mejores, solo diferentes. Pero dicen mucho de nuestra época. Dicen que vivimos conectados, informados, acelerados… y muchas veces desconectados de lo esencial.

No escribo esto desde el rechazo a la tecnología. Sería absurdo. Mi vida, mis estudios, mis relaciones y este mismo texto existen gracias a ella. La tecnología no es el problema; el problema es cuando dejamos de preguntarnos cómo la estamos usando y desde dónde. Cuando el celular pasa de ser una herramienta a convertirse en refugio, anestesia o prótesis emocional.

En más de una ocasión me he descubierto encorvado sobre la pantalla, no solo físicamente, sino mentalmente. Inclinado hacia afuera, buscando estímulos constantes, comparaciones silenciosas, validación rápida. Y entonces entiendo que la postura del cuerpo es apenas un reflejo de una postura interna: vivir hacia abajo, hacia lo inmediato, hacia lo que brilla pero no siempre nutre.

En casa siempre se habló de conciencia. No como un concepto abstracto, sino como una práctica diaria. Mi papá suele escribir sobre estos temas desde una mirada más amplia, más experimentada, como lo hace en Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com), donde muchas veces insiste en que el verdadero cambio no es tecnológico, sino humano. Yo lo leo y lo confronto con mi propia generación, con mis contradicciones. Porque sí, queremos ser conscientes, pero también estamos cansados. Queremos profundidad, pero vivimos rodeados de distracciones diseñadas para robarnos la atención.

La pregunta entonces no es si el celular está cambiando la forma del cráneo. La pregunta más honesta es: ¿está cambiando nuestra forma de estar en el mundo?

Hay algo profundamente simbólico en inclinar la cabeza todo el tiempo. Inclinarla no para escuchar al otro, no para contemplar, sino para consumir. Noticias, videos, mensajes, opiniones. Todo pasa por esa pequeña ventana luminosa. Y mientras tanto, el cuerpo se adapta. Siempre lo hace. El cuerpo es sabio, pero también obediente. Se ajusta a lo que le pedimos, incluso cuando lo que le pedimos no nos hace bien a largo plazo.

No es casual que cada vez se hable más de ansiedad, de cansancio crónico, de dificultad para concentrarse. No todo es culpa del celular, claro. Pero negar su impacto sería ingenuo. Vivimos en una economía de la atención, donde cada segundo cuenta, donde todo compite por un lugar en nuestra mente. Y nosotros, muchas veces, agachamos la cabeza y aceptamos el juego sin cuestionarlo.

En Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com) hay reflexiones que invitan justo a lo contrario: a detenerse, a levantar la mirada, a recordar que la vida no siempre necesita ser entendida, sino sentida. Cuando leo esos textos, siento que me hablan desde un tiempo más lento, más humano. Y no porque renieguen del presente, sino porque lo habitan con más intención.

También pienso en la dimensión espiritual de todo esto. No desde una religión específica, sino desde esa conexión profunda con algo más grande que uno mismo. En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com) se habla mucho de confianza, de soltar el control, de escuchar el silencio. Y el silencio hoy es un bien escaso. El celular lo llena todo. Esperas cinco minutos: celular. Te sientes incómodo: celular. No sabes qué hacer con lo que sientes: celular. ¿En qué momento dejamos de sostener nuestra propia incomodidad?

Tal vez por eso el cuerpo protesta. Tal vez por eso aparecen dolores que no entendemos del todo. No solo en el cuello, sino en el alma. Porque no estamos hechos para vivir siempre hacia afuera. Necesitamos pausas. Necesitamos levantar la cabeza, literal y simbólicamente, y preguntarnos qué estamos haciendo con nuestro tiempo, con nuestra atención, con nuestra vida.

No se trata de demonizar el celular ni de caer en discursos apocalípticos. Se trata de responsabilidad. De criterio. Algo que también se aborda desde lo organizacional y lo social en espacios como Organización Empresarial TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com) y TODO EN UNO.NET (https://todoenunonet.blogspot.com), donde se insiste en que la tecnología debe estar al servicio del ser humano, y no al revés. Esa idea, aplicada a la vida cotidiana, es revolucionaria.

Incluso en temas de datos, privacidad y derechos digitales, que muchos jóvenes pasan por alto, hay un llamado a la conciencia. En Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales (https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com) se recuerda que no todo lo que es posible es ético, y que cuidar la información también es cuidarnos a nosotros mismos. ¿Cómo no relacionar eso con el uso del celular, que recopila, registra y monetiza cada uno de nuestros gestos?

Volviendo al tema del cráneo, quizás dentro de unos años la ciencia tenga respuestas más claras. Quizás se confirme que sí hay cambios físicos, o quizás se descarte. Pero lo que ya es evidente es el cambio cultural, emocional y corporal que estamos viviendo. Somos una generación con acceso a todo, pero con dificultad para estar presentes. Con mil contactos, pero a veces con pocos vínculos profundos.

Escribo esto no desde la superioridad moral, sino desde la misma lucha. Yo también caigo. Yo también paso más tiempo del que quisiera frente a una pantalla. Yo también siento el cuello rígido después de horas de estudio o trabajo digital. Pero escribir es mi forma de detenerme, de observar, de volver a mí. Y compartirlo es una forma de decir: no estamos solos en esto.

Tal vez el verdadero desafío no sea cambiar la forma del cráneo, sino recuperar la forma del corazón. Volver a enderezarnos por dentro. Aprender a usar la tecnología sin inclinarnos ante ella. Recordar que la vida sigue pasando arriba, alrededor, en el contacto real, en la conversación sin filtros, en el silencio compartido.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

viernes, 20 de febrero de 2026

Cuando el celular perdió color y la vida empezó a recuperarlo



Quitarle el color a mi celular no fue una decisión tecnológica. Fue una decisión emocional. Y, sin exagerar, espiritual.

No lo hice porque estuviera de moda ni porque lo vi en un video de productividad. Lo hice un día cualquiera, cuando me di cuenta de algo incómodo: estaba aburrido de todo, pero no sabía de qué exactamente. Tenía música, videos, mensajes, redes, memes, noticias, reels infinitos… y aun así sentía un vacío raro, como si todo pasara frente a mí sin tocarme realmente. Mucha información, poca presencia. Mucha estimulación, poca vida.

Cuando activé la escala de grises, el mundo digital perdió su magia inmediata. Instagram ya no brillaba. YouTube dejó de ser tan atractivo. Los íconos parecían todos iguales. Y ahí entendí algo que nunca me había detenido a pensar en serio: el color no solo decora la tecnología, la vuelve adictiva. Nos atrapa, nos jala, nos promete emoción constante, aunque no siempre nos la entregue de verdad.

El artículo del New York Times que leí después —y que confirmó muchas de mis intuiciones— hablaba justamente de eso: cómo los celulares están diseñados para secuestrar nuestra atención, no por maldad abstracta, sino porque la atención es el negocio. Si miras más, consumes más. Si consumes más, alguien gana más. Y nosotros… bueno, nosotros perdemos algo más difícil de medir: tiempo, foco, silencio, conexión real.

Lo curioso es que al quitarle el color al celular, empecé a recuperar el color en la vida real.

Las cosas simples empezaron a sentirse distintas. El verde de los árboles cuando camino. El cielo al atardecer. El café en la mañana. Las caras de las personas cuando hablan sin mirar la pantalla. Me di cuenta de que había estado mirando el mundo como quien ve una versión en baja resolución, mientras la alta definición estaba guardada solo para una pantalla de seis pulgadas.

No es que el celular sea el enemigo. Eso sería una lectura simplista y poco honesta. La tecnología no es mala en sí misma. En mi familia, la tecnología ha sido herramienta, trabajo, aprendizaje, incluso puente entre generaciones. En Todo En Uno.NET se habla mucho de esto: la tecnología tiene sentido cuando sirve a la vida, no cuando la reemplaza. Lo he leído, por ejemplo, en reflexiones del blog de Organización Empresarial TodoEnUno.NET, donde se insiste en que el problema no es digitalizar todo, sino hacerlo sin criterio ni conciencia (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/).

Lo que me confrontó fue entender que yo mismo había perdido criterio en el uso diario. Abría el celular sin saber para qué. Cerraba una app y abría otra por inercia. No buscaba algo; huía de algo. Del silencio. Del aburrimiento. De pensar.

Y el aburrimiento, aunque suene raro decirlo, es una puerta importante. Cuando no estamos constantemente entretenidos, aparece la pregunta. Aparece la incomodidad. Aparece la conversación interna. Y eso asusta, porque no siempre nos gusta lo que encontramos ahí. Pero también es ahí donde empieza algo más honesto.

Quitar el color no solucionó mi vida, ni me volvió iluminado. Pero sí me devolvió una cosa pequeña y poderosa: la elección consciente. Ahora entro al celular porque decido hacerlo, no porque me arrastre. O al menos, lo intento.

He pensado mucho en cómo esto se conecta con lo que leo en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/). Allí se habla, una y otra vez, de presencia, de pausa, de escuchar más allá del ruido. Y me doy cuenta de que el ruido hoy no es solo externo. Está en el bolsillo. Vibra. Parpadea. Nos llama por nombre.

También lo he visto reflejado en textos de Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/), donde se cuestiona esa idea moderna de que estar ocupados equivale a estar vivos. No es lo mismo estar activos que estar presentes. No es lo mismo responder mensajes que responderse a uno mismo.

Hay días en los que vuelvo a poner el color. No voy a mentir. No se trata de una cruzada radical ni de una renuncia total. Se trata de conciencia. De saber que el diseño de las plataformas no es neutro. De entender que si algo me atrapa demasiado, probablemente no sea casualidad.

También me di cuenta de algo más incómodo todavía: no solo somos consumidores de estímulos, somos generadores de ellos. Subimos fotos buscando validación. Publicamos estados esperando reacción. Medimos nuestra existencia en likes. Y cuando no llegan, algo duele, aunque digamos que no importa.

Ahí entra otra reflexión que me marcó, esta vez desde el blog Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/). La espiritualidad, entendida no como religión rígida sino como conexión profunda, nos recuerda que el valor no se mide en métricas visibles. Que no todo lo importante se puede contar, ni todo lo que se cuenta importa.

Quitar el color del celular fue, en el fondo, un acto simbólico. Fue decirle al mundo digital: “no necesito que me grites para prestarte atención”. Y decirme a mí mismo: “puedes habitar el silencio sin miedo”.

Vivimos en una época donde la hiperconexión convive con una soledad profunda. Donde sabemos qué está pasando en cualquier parte del mundo, pero a veces no sabemos qué está pasando dentro de nosotros. Donde estamos informados, pero no necesariamente transformados.

No escribo esto desde una superioridad moral. Lo escribo desde la contradicción. Desde alguien que ama la tecnología, pero también necesita recordar que la vida no tiene botón de pausa ni filtro de colores artificiales. Que el abrazo no vibra. Que la mirada no se actualiza. Que el momento presente no se guarda en la nube.

Tal vez no todos necesiten poner su celular en blanco y negro. Pero todos, creo yo, necesitamos algún gesto consciente que nos devuelva a la vida real. Una caminata sin audífonos. Una conversación sin interrupciones. Un rato sin pantalla antes de dormir. Un café mirándolo, no fotografiándolo.

Si algo he aprendido en estos años —leyendo, escuchando, viviendo— es que crecer no es acumular más estímulos, sino aprender a elegir mejor cuáles merecen nuestra atención. Y la atención, al final, es una forma de amor.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”