miércoles, 19 de agosto de 2026

Pantallas y salud mental: cómo construir una relación más consciente con la tecnología



¿Cuántas veces hemos desbloqueado el celular sin saber realmente para qué lo hicimos?

A mí me pasa.

Lo tomo para mirar la hora y termino respondiendo un mensaje. Después aparece una notificación, entro a una red social, veo un video, luego otro, alguien comparte una noticia, recuerdo algo que debía buscar y, cuando vuelvo a mirar el reloj, han pasado veinte o treinta minutos.

Lo más curioso es que muchas veces ni siquiera recuerdo qué vi.

Solo queda una sensación extraña. Como si la cabeza hubiera recorrido cien lugares sin haber estado realmente en ninguno.

Vivimos una época en la que estar conectados dejó de ser una actividad y se convirtió prácticamente en el escenario donde ocurre buena parte de nuestra vida. Estudiamos frente a una pantalla, trabajamos frente a otra, hablamos con nuestras familias por WhatsApp, nos enteramos de lo que ocurre en el mundo mediante redes sociales, escuchamos música desde el teléfono, vemos películas en plataformas digitales y hasta algunas de nuestras conversaciones más íntimas suceden mediante mensajes.

Por eso me parece demasiado fácil decir simplemente que “las pantallas son malas”.

No lo creo.

La tecnología me ha permitido aprender cosas que probablemente nunca habría conocido de otra manera. Me permite escribir estas palabras y compartirlas con personas que quizá están a cientos o miles de kilómetros. Nos permite mantener contacto con familiares, estudiar, trabajar, emprender, conocer perspectivas diferentes y encontrar comunidades cuando sentimos que en nuestro entorno inmediato nadie entiende exactamente lo que estamos viviendo.

El problema quizás no sea tener una pantalla frente a nosotros.

El problema comienza cuando ya no sabemos cuándo dejarla.

Una publicación de Portafolio sobre pantallas y salud mental plantea precisamente algo que me parece mucho más realista que declarar una guerra contra la tecnología: el reto no está necesariamente en desconectarnos por completo, sino en aprender a convivir de una manera más equilibrada con ella.

https://www.portafolio.co/contenido-patrocinado/pantallas-y-salud-mental-como-construir-una-relacion-mas-consciente-con-la-tecnologia-499122

Y esa idea me quedó dando vueltas porque, pensándolo bien, apagar todos nuestros dispositivos y desaparecer de internet tampoco parece una solución demasiado compatible con la vida que tenemos.

Yo no quiero vivir huyéndole a la tecnología.

Quiero aprender a usarla sin que ella termine usando cada minuto disponible de mi atención.

Ahí siento que está la verdadera conversación.

Porque hemos normalizado situaciones bastante extrañas.

Nos despertamos y muchas veces el celular es lo primero que vemos.

Todavía no hemos hablado con nadie en nuestra casa, no hemos abierto una ventana, no hemos tomado agua, no hemos pensado siquiera cómo nos sentimos, pero ya sabemos qué publicó alguien anoche, qué ocurrió mientras dormíamos y cuántos mensajes tenemos pendientes.

Antes de preguntarnos “¿cómo amanecí?”, muchas veces nuestra mente ya está respondiendo a “¿qué me perdí?”.

Y no sé si somos suficientemente conscientes de lo que eso significa.

Nuestra atención comienza el día ocupada por el mundo antes de que tengamos unos minutos para encontrarnos con nosotros mismos.

Después seguimos.

Desayunamos viendo videos.

Caminamos mirando mensajes.

Esperamos un ascensor y sacamos el teléfono.

Nos sentamos cinco minutos y buscamos algo que mirar.

Aparece un instante de aburrimiento y lo eliminamos inmediatamente.

Incluso ir al baño se convirtió para muchos en otro momento para consumir contenido.

Lo digo sin juzgar porque también lo hago.

Tal vez por eso este tema me toca.

Hay momentos en los que uno descubre que no controla tanto el hábito como pensaba. Basta intentar dejar el celular en otra habitación mientras estudia, come o conversa para sentir esa pequeña inquietud de querer revisar si llegó algo.

Y casi nunca llegó nada urgente.

Pero queremos comprobarlo.

Creo que una de las cosas más difíciles de nuestra generación es que llevamos el mundo entero dentro del bolsillo.

Y el mundo nunca se calla.

Siempre hay alguien publicando.

Siempre ocurre una noticia.

Siempre aparece un mensaje.

Siempre existe otro video.

Siempre hay una discusión.

Siempre encontramos una opinión nueva.

Siempre podemos desplazarnos un poco más.

No existe un verdadero final.

Un libro termina.

Una película termina.

Una conversación termina.

Pero podemos deslizar una pantalla durante horas y el contenido continúa apareciendo.

Eso cambia nuestra relación con la atención.

También cambia nuestra relación con nosotros mismos.

Porque las pantallas no solamente entretienen. También nos muestran constantemente la vida de otras personas.

Un amigo consiguió trabajo.

Alguien viajó.

Otro compró carro.

Una pareja se comprometió.

Una persona que tiene nuestra edad lanzó una empresa.

Otro está mostrando su transformación física.

Alguien publica fotografías desde Europa.

Otro habla de inversiones.

Otro asegura levantarse a las cuatro de la mañana, entrenar, meditar, estudiar tres idiomas, dirigir una empresa y todavía tener tiempo para preparar un desayuno perfecto.

Y uno está en la cama pensando:

“Yo hoy apenas pude organizar mi cuarto”.

Sabemos que las redes muestran fragmentos.

Lo sabemos intelectualmente.

Pero emocionalmente no siempre somos capaces de recordar que estamos comparando nuestra vida completa, con todas sus dudas y dificultades, contra los segundos que otra persona decidió enseñarnos.

Nunca vemos todo.

No vemos las discusiones antes de la fotografía.

No vemos las inseguridades detrás de algunos logros.

No vemos las deudas.

No vemos las noches difíciles.

No vemos las veces que alguien también sintió miedo.

Vemos resultados.

Y nuestra mente llena los espacios restantes imaginando vidas perfectas que probablemente no existen.

Eso pesa.

Hace unos días escribía precisamente sobre otra sensación muy ligada a esta época: sentirnos cansados incluso cuando aparentemente no hemos hecho demasiado físicamente. La hiperconectividad, la multitarea y esa necesidad de estar permanentemente pendientes de algo pueden hacer que nuestra mente nunca sienta que verdaderamente terminó el día.

https://juanmamoreno03.blogspot.com/2026/08/estamos-cansados-o-estamos-viviendo-de.html

Me parece que ambas conversaciones están profundamente conectadas.

Porque descansar no siempre significa acostarse con el celular durante tres horas.

Eso puede entretenernos.

Puede distraernos.

Puede incluso ayudarnos a desconectarnos momentáneamente de algunos problemas.

Pero no necesariamente significa que nuestra mente esté descansando.

A veces llegamos cansados de mirar una pantalla durante todo el día y nuestra forma de “descansar” consiste en mirar una pantalla diferente.

Cerramos el computador del trabajo y abrimos TikTok.

Terminamos una clase virtual y encendemos Netflix.

Guardamos el computador y tomamos el celular.

Pasamos de una pantalla a otra esperando que el cambio de contenido sea suficiente para sentir descanso.

Y algunas noches llegamos a la cama físicamente agotados, pero con la cabeza todavía acelerada.

Entonces aparece otra contradicción.

Queremos dormir, pero seguimos deslizando.

Decimos “cinco minutos más”.

Después otros cinco.

Después otro video.

Hasta que miramos la hora y pensamos en todo lo que vamos a sufrir cuando suene la alarma.

Al día siguiente nos despertamos cansados.

Y repetimos.

No creo que la respuesta sea convertir esto en otra fuente de culpa.

Ya tenemos suficientes motivos para sentir que estamos haciendo las cosas mal.

No necesitamos añadir: “también utilizo demasiado el celular, entonces soy un desastre”.

La culpa rara vez construye una relación saludable.

La conciencia sí puede hacerlo.

Para mí, comenzar a relacionarnos mejor con la tecnología implica primero observar nuestros hábitos sin inventarnos excusas.

Preguntarnos cosas incómodas.

¿Estoy entrando a esta aplicación porque quiero hacerlo o porque mi mano ya aprendió el movimiento?

¿Estoy viendo este contenido porque me aporta algo o porque necesito evitar cinco minutos de silencio?

¿Estoy respondiendo este mensaje porque es urgente o porque siento que debo estar disponible para todos permanentemente?

¿Realmente estoy descansando?

¿Esta cuenta que sigo me inspira o cada vez que la veo termino sintiéndome insuficiente?

¿El teléfono me está acercando a las personas que quiero o está interrumpiendo el tiempo que tengo con ellas?

No siempre me gustan las respuestas.

Pero quizá ese sea precisamente el punto.

Tenemos herramientas que permiten saber cuánto tiempo utilizamos determinadas aplicaciones. A veces mirar esos números sorprende.

Una hora diaria parece poco.

Pero una hora diaria son siete horas por semana.

Son más de treinta horas aproximadamente en un mes.

Y ahí cambia la perspectiva.

No se trata de convertir cada minuto liberado en productividad. Esa obsesión también nos está agotando.

No quiero dejar Instagram durante cuarenta minutos para inmediatamente preguntarme cómo puedo utilizar esos cuarenta minutos para producir más dinero, aprender otra habilidad o adelantar trabajo.

Tal vez durante esos cuarenta minutos simplemente puedo vivir.

Hablar con mi mamá.

Escuchar a mi papá.

Sentarme con mis abuelos si tengo la fortuna de tenerlos cerca.

Salir a caminar.

Mirar el cielo.

Escuchar una canción completa sin hacer simultáneamente otras cuatro cosas.

Orar.

Pensar.

Cocinar.

Aburrirme.

Sí, aburrirme.

Porque quizá hemos subestimado demasiado el aburrimiento.

Cuando era niño podía existir un rato sin tener algo estimulándome constantemente. Uno inventaba juegos, hablaba, pensaba tonterías, observaba cosas.

Ahora pareciera que cada segundo vacío necesita llenarse.

Esperamos tres minutos y abrimos una aplicación.

Hay una fila y sacamos el teléfono.

Estamos solos y buscamos ruido.

Quizá nos estamos volviendo expertos en evitar el silencio.

Y ahí entra una dimensión que para mí también es espiritual.

No importa exactamente cómo nombre cada persona a ese ser superior en quien cree y confía. Hay preguntas internas que necesitan silencio para aparecer.

Cuando todo el tiempo estamos recibiendo información, opiniones, tendencias y recomendaciones, puede volverse muy difícil escuchar nuestra propia voz.

¿Qué quiero realmente?

¿Qué me preocupa?

¿Qué estoy evitando?

¿Qué agradezco?

¿A quién necesito perdonar?

¿Qué conversación llevo meses aplazando?

¿Estoy viviendo como quiero o simplemente reaccionando a lo que aparece?

Esas respuestas difícilmente llegan entre una notificación y otra.

No creo que necesitemos desaparecer de internet para encontrarlas.

Necesitamos espacios.

Pequeñas fronteras.

Quizá comer algunas veces sin teléfono.

No llevarlo siempre hasta la cama.

Desactivar notificaciones que no necesitamos.

Dejar de seguir cuentas que constantemente nos hacen daño.

Evitar revisar mensajes apenas abrimos los ojos.

Caminar algún día sin audífonos.

Tener conversaciones en las que el celular permanezca boca abajo.

No porque exista una fórmula perfecta, sino porque necesitamos recuperar algo que las plataformas compiten permanentemente por obtener: nuestra atención.

Y nuestra atención es vida.

Eso me parece importante.

Donde ponemos nuestra atención estamos poniendo pedazos de nuestra existencia.

Si pasamos dos horas mirando la vida de desconocidos, esas dos horas fueron parte de nuestra vida.

No regresan.

Eso tampoco significa que debamos vivir midiendo obsesivamente cada segundo.

Yo puedo pasar una hora viendo videos y reírme muchísimo.

Puedo jugar.

Puedo ver una película.

Puedo conversar con amigos durante horas por internet.

También eso es vida.

La diferencia está, creo, en elegirlo conscientemente.

Hay una enorme diferencia entre decir “voy a ver esta serie porque quiero descansar” y despertarnos mentalmente una hora después preguntándonos por qué seguimos mirando contenido que ni siquiera disfrutamos.

Una cosa es usar.

Otra es funcionar en automático.

Quizás la relación saludable con la tecnología no se construye contando obsesivamente horas de pantalla, sino recuperando nuestra capacidad de decidir.

Decidir cuándo entrar.

Decidir cuándo salir.

Decidir qué merece nuestra atención.

Decidir qué conversaciones pueden esperar.

Decidir que no necesitamos conocer cada noticia inmediatamente.

Decidir que podemos estar fuera de línea sin desaparecer del mundo.

Y también comprender que las redes sociales y la tecnología tienen aspectos profundamente positivos.

He conocido ideas maravillosas por internet.

He aprendido.

He encontrado historias que me hicieron pensar.

He podido comunicarme con personas que jamás habría conocido geográficamente.

He visto movimientos de solidaridad organizarse mediante redes.

Familias separadas por países pueden verse mediante videollamadas.

Personas que se sentían solas encuentran comunidades.

Alguien que no puede desplazarse puede estudiar.

Un pequeño emprendedor puede mostrar su trabajo sin tener los recursos de una gran empresa.

Sería absurdo ignorar todo eso.

Por eso me gusta más hablar de conciencia que de prohibición.

La tecnología es una herramienta increíble.

Pero incluso las herramientas más útiles necesitan límites.

Un martillo sirve para construir una casa, pero nadie camina todo el día con un martillo en la mano por si acaso aparece un clavo.

Nosotros sí caminamos prácticamente todo el día sosteniendo una puerta abierta hacia millones de estímulos.

Quizá llegó el momento de aprender que también podemos cerrarla de vez en cuando.

Y hay algo todavía más importante.

Cuando sintamos que nuestra relación con la tecnología está afectando seriamente nuestro sueño, nuestras relaciones, nuestro estudio, nuestro trabajo, nuestro estado emocional o nuestra capacidad para desarrollar la vida cotidiana, pedir ayuda profesional no debería producir vergüenza.

No todo se arregla instalando una aplicación que limite otras aplicaciones.

A veces detrás de una pantalla también estamos buscando escapar de ansiedad, soledad, tristeza, inseguridad o problemas que necesitan algo más profundo que fuerza de voluntad.

Cada persona tiene una historia diferente.

Por eso tampoco funcionan las mismas reglas para todos.

Puede que alguien necesite reducir redes sociales.

Otro necesita dejar el celular fuera de la habitación durante la noche.

Otro simplemente debe recuperar algunas comidas en familia.

Otro necesita hablar con alguien.

Otro necesita dejar de compararse.

Y otro quizá tiene que reconocer que se siente solo y que utiliza internet para evitar enfrentarse a esa soledad.

Construir una relación consciente con la tecnología no significa conseguir una vida perfectamente equilibrada.

Eso tampoco existe.

Habrá días en los que pasaré demasiado tiempo mirando el celular.

Habrá otros en los que lo necesitaré durante horas para trabajar.

Habrá momentos en los que una serie me acompañará cuando no tenga ganas de pensar demasiado.

Habrá noches en las que volveré a decir “un video más” aunque sepa que debería dormir.

Somos humanos.

La meta no tiene que ser convertirnos en monjes digitales.

Tal vez basta con dejar de vivir completamente en automático.

Mirar nuestras manos alguna vez cuando abren una aplicación y preguntarnos:

“¿Qué estoy buscando aquí?”

A veces será entretenimiento.

Perfecto.

A veces será información.

Perfecto.

A veces será conversación.

Perfecto.

Pero otras veces descubriremos que no buscamos absolutamente nada.

Solo estamos huyendo del vacío de unos segundos.

Y quizás podamos quedarnos ahí.

Sin deslizar.

Sin reaccionar.

Sin responder inmediatamente.

Respirar.

Mirar alrededor.

Recordar que existe una vida fuera del rectángulo luminoso que sostenemos entre las manos.

Una vida imperfecta, lenta, desordenada y muchas veces aburrida.

Pero nuestra.

Tal vez no necesitamos menos tecnología.

Tal vez necesitamos más presencia.

Más conversaciones en las que realmente escuchemos.

Más noches en las que el último rostro que veamos sea el de alguien que queremos y no el de un desconocido en un video.

Más mañanas en las que podamos preguntarnos cómo estamos antes de preguntarnos qué ocurrió mientras dormíamos.

Más momentos que no necesitemos fotografiar para demostrar que sucedieron.

Más silencios.

Más familia.

Más oración, para quienes encuentran allí refugio.

Más conciencia.

Y también más libertad para reconocer que podemos dejar un mensaje sin responder durante algunos minutos y el mundo probablemente seguirá funcionando.

Yo quiero seguir utilizando la tecnología.

Quiero seguir escribiendo en internet.

Quiero seguir aprendiendo con ella.

Quiero seguir viendo videos, escuchando música, hablando con personas y descubriendo cosas nuevas.

Pero también quiero poder dejar el teléfono sobre una mesa y no sentir que estoy abandonando una parte de mí.

Quiero que la tecnología siga siendo una herramienta dentro de mi vida.

No quiero que mi vida termine convertida en un intervalo entre notificaciones.

Quizá esa sea una de las tareas silenciosas de nuestra generación: aprender a vivir conectados sin desconectarnos de nosotros mismos.

No será perfecto.

Habrá recaídas en el scroll infinito.

Habrá domingos perdidos entre videos.

Habrá noches en las que otra vez nos acostaremos más tarde de lo planeado.

Pero cada vez que recuperamos conscientemente unos minutos de atención también recuperamos un pequeño pedazo de nuestra vida.

Y eso ya vale la pena.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

Quizás la verdadera desconexión no sea apagar el celular, sino olvidar por un momento que existe mientras volvemos a mirar la vida que tenemos enfrente.

martes, 18 de agosto de 2026

¿Cuándo envejeció sin que yo me diera cuenta? Aprender a cuidar a nuestros perros y gatos cuando llegan a viejos



¿En qué momento ese perro que corría por toda la casa empezó a pensarlo dos veces antes de subir al sofá? ¿Cuándo ese gato que parecía tener energía infinita comenzó a preferir una siesta larga junto a la ventana? Tal vez uno de los golpes silenciosos de tener una mascota es descubrir que, mientras nosotros seguimos ocupados con nuestras cosas, ellos también están envejeciendo.

Y cuesta aceptarlo.

Porque uno se acostumbra a verlos siempre iguales. El mismo perro que espera detrás de la puerta. El mismo gato que aparece cuando escucha abrir una bolsa. Los mismos ojos buscando comida, cariño o simplemente compañía.

Hasta que un día algo cambia.

Camina un poco más despacio.

Duerme más.

Ya no salta con la misma facilidad.

Se demora en levantarse.

Parece no escuchar algunos sonidos.

Y entonces aparece una pregunta que probablemente ninguno quiere hacerse demasiado pronto: ¿mi perro o mi gato ya está viejo?

Leyendo una publicación reciente de La FM sobre la edad en la que perros y gatos llegan a la etapa sénior, me quedó dando vueltas algo que va mucho más allá de saber si son siete, diez, once o quince años. La edad importa, claro, pero quizá lo verdaderamente importante es entender que acompañar a un animal durante su vejez exige aprender otra forma de quererlo.

Porque querer también cambia con el tiempo.

Cuando son pequeños, el amor puede significar jugar, enseñarles dónde hacer sus necesidades, evitar que destruyan media casa y tener paciencia cuando convierten cualquier objeto en juguete.

Cuando son adultos, el cariño se mezcla con las rutinas.

Pero cuando envejecen, amar empieza a significar algo diferente: esperar.

Caminar más despacio.

Observar más.

Adaptar la casa.

Ir al veterinario aunque aparentemente “no tenga nada”.

Entender que quizás ya no puede hacer aquello que hacía antes.

Y, sobre todo, no molestarnos porque esté cambiando.

En los perros no existe una edad única a partir de la cual podamos decir: “desde hoy es viejo”. El tamaño influye bastante. Los perros pequeños suelen llegar a la etapa sénior más tarde que los perros grandes. La información recogida por La FM señala como referencia que los perros pequeños pueden entrar en esta etapa alrededor de los 10 u 11 años; los medianos sobre los 8 o 9; los grandes aproximadamente entre los 7 y 8 años, mientras algunas razas gigantes pueden comenzar a mostrar esta transición desde los 5 o 6 años.

Eso me parece curioso porque demuestra nuevamente que la vida casi nunca funciona con fórmulas exactas.

Ni siquiera entre los animales.

Dos perros con la misma edad pueden encontrarse en momentos completamente diferentes de su vida. Uno puede seguir corriendo detrás de una pelota mientras el otro necesita caminar lentamente. Por eso probablemente sea un error mirar únicamente el número de años.

La American Animal Hospital Association incluso plantea que no existe una edad cronológica universal para declarar sénior a todas las mascotas y señala que, de forma general, esta etapa corresponde a aproximadamente el último 25 % de la expectativa de vida del animal. En los gatos, por ejemplo, considera sénior a aquellos mayores de diez años.

Los gatos tienen otro ritmo.

Según la clasificación citada por La FM, entre los 7 y 10 años un gato ya atraviesa una etapa madura; entre los 11 y los 14 años entra en la etapa sénior y a partir de los 15 puede considerarse un gato anciano.

Pero aquí aparece algo que puede engañarnos mucho: un gato viejo no necesariamente parece viejo.

Los gatos son expertos en mantener cierta dignidad misteriosa. A veces continúan subiéndose a los mismos lugares, caminando por la casa con tranquilidad y actuando como si absolutamente nada estuviera pasando.

Y quizás precisamente por eso tenemos que observarlos mejor.

Un cambio pequeño puede decir mucho.

Que deje comida.

Que pierda peso.

Que tome más agua.

Que deje de saltar a un sitio al que siempre subía.

Que duerma mucho más.

Que empiece a aislarse.

Que cambie su comportamiento.

Muchas veces creemos que algunas cosas son simplemente “porque está viejo”, cuando podrían existir problemas de salud que merecen atención veterinaria.

Y aquí hay una idea que me parece importante repetir: la vejez no debería convertirse en una excusa para normalizar el dolor.

La AAHA recuerda precisamente que “ser viejo” no es en sí mismo una enfermedad y recomienda un seguimiento preventivo más frecuente en los animales sénior. Entre los problemas que pueden aparecer con la edad están la artritis, enfermedades dentales y diferentes condiciones crónicas que pueden afectar seriamente su comodidad y calidad de vida.

Esto cambia la forma en la que deberíamos mirar ciertas conductas.

Quizás ese perro que ya no quiere subir las escaleras no se volvió perezoso.

Tal vez le duele.

Quizás ese gato que dejó de saltar encima de la cama no perdió las ganas de acompañarnos.

Tal vez simplemente ya no puede hacerlo cómodamente.

Y qué fácil es interpretar desde nuestra lógica algo que ellos no pueden explicarnos con palabras.

Ahí entra una responsabilidad enorme: aprender a mirar.

Un perro mayor puede necesitar paseos más cortos y tranquilos en lugar de abandonar completamente el ejercicio. También puede beneficiarse de superficies que no resbalen, lugares de descanso fácilmente accesibles y, dependiendo de sus condiciones, rampas o adaptaciones que disminuyan el esfuerzo de las articulaciones. La estimulación mental mediante olores, pequeños juegos y actividades sencillas también puede seguir haciendo parte de su vida.

No se trata de envolverlos en algodón y prohibirles vivir porque envejecieron.

Se trata de adaptar la vida a lo que todavía pueden disfrutar.

Me parece una diferencia enorme.

Porque a veces cuidamos desde el miedo. Queremos evitar cualquier caída, cualquier esfuerzo, cualquier riesgo. Pero cuidar también significa conservar aquello que les da alegría.

Si todavía disfruta caminando, caminemos.

Más lento, probablemente.

Si todavía quiere jugar, juguemos.

Tal vez durante menos tiempo.

Si quiere acostarse al lado nuestro, hagámosle fácil llegar.

Pequeños cambios pueden transformar muchísimo sus días.

Con los gatos sucede algo parecido. Su peso, alimentación, dientes, comportamiento, movilidad y cambios en las rutinas deberían observarse con mayor atención conforme pasan los años. En gatos de edad avanzada pueden aparecer pérdida de masa muscular, problemas dentales, alteraciones de visión y enfermedades renales, entre otras condiciones.

Pero hay algo que ningún artículo veterinario puede medir completamente: la relación que hemos construido con ellos.

Un animal envejece dentro de nuestra propia historia.

Quizás llegó cuando éramos niños.

Tal vez estuvo cuando terminamos el colegio.

Nos vio entrar a la universidad.

Estuvo sentado cerca mientras atravesábamos una ruptura.

Nos acompañó durante una enfermedad.

Durmió al lado de alguien de nuestra familia que quizá hoy ya no está.

Los animales terminan guardando recuerdos que ni siquiera saben que guardan.

Son testigos silenciosos.

Por eso cuando envejecen también nos confrontan con el paso de nuestro propio tiempo.

Hace años escribí algo parecido pensando en esta transición de nuestras mascotas y hoy vuelvo a sentir que el tema cambia dependiendo del momento desde el cual uno lo mire. Está en mi propio blog, en https://juanmamoreno03.blogspot.com/2026/04/cuando-tu-perro-o-tu-gato-empiezan.html, y releerlo me confirma algo: podemos conocer perfectamente las edades y recomendaciones, pero emocionalmente nunca estamos del todo preparados para ver envejecer a alguien que queremos.

Quizás porque la vejez de una mascota tiene algo especialmente injusto para nosotros.

Sus vidas parecen demasiado cortas.

Uno puede conocer un perro siendo niño y despedirse de él cuando apenas está comenzando la vida adulta.

Y ahí surgen preguntas que incomodan.

¿Por qué viven tan poquito?

¿Por qué un ser que prácticamente solo sabe acompañarnos tiene que irse tan rápido?

No tengo una respuesta.

Y tampoco quiero fingir una reflexión perfecta sobre eso.

Lo que sí pienso es que precisamente porque su tiempo es diferente al nuestro tenemos una responsabilidad enorme sobre la calidad de ese tiempo.

Tal vez ellos no cuentan años.

No saben que tienen once.

No entienden que ahora pertenecen a una categoría llamada “sénior”.

No están pensando obsesivamente en cuánto les queda.

Eso lo hacemos nosotros.

Ellos probablemente viven algo mucho más sencillo.

¿Estoy cómodo?

¿Está aquí mi persona?

¿Vamos a salir?

¿Hay comida?

¿Puedo dormir tranquilo?

¿Me quieres todavía?

Y esa última pregunta, aunque ellos jamás puedan pronunciarla, me parece la más fuerte.

Porque cuando una mascota envejece necesita exactamente lo contrario a convertirse en una molestia.

Necesita paciencia.

Quizás tendremos que limpiar accidentes dentro de la casa.

Quizás habrá medicamentos.

Visitas más frecuentes al veterinario.

Noches difíciles.

Más gastos.

Menos viajes improvisados.

Decisiones incómodas.

Y es justamente ahí donde se descubre que adoptar un animal nunca debió ser solamente tener compañía durante sus años bonitos.

Era aceptar toda la historia.

El cachorro y el anciano.

La energía y el cansancio.

La salud y posiblemente la enfermedad.

Los primeros días y también, algún día, los últimos.

Reconozco que pensar en esto me da tristeza.

Quisiera decir que lo veo solamente como algo bonito y espiritual, pero no.

Hay una parte de mí que preferiría que las mascotas nunca envejecieran.

Supongo que muchas personas sienten lo mismo.

Sin embargo, también existe algo profundamente bonito en poder acompañarlas hasta esa etapa. Convertirse nosotros en quienes ahora tenemos que cuidarlas después de tantos años en los que, de alguna manera, ellas nos cuidaron emocionalmente sin siquiera saberlo.

Quizás ese sea uno de los intercambios más silenciosos y sinceros que existen.

Ellos estuvieron.

Ahora nos toca estar.

Y estar no significa únicamente llenar el plato.

Significa notar cuando algo cambió.

Los controles veterinarios cobran especial importancia en esta etapa porque permiten detectar problemas antes de que sean demasiado evidentes. Las guías de cuidado sénior de la AAHA ponen énfasis precisamente en la evaluación periódica, el control del dolor, la nutrición, la movilidad, la salud dental, los cambios cognitivos y la calidad de vida.

Por supuesto, ningún artículo de internet reemplaza una valoración veterinaria. Cada perro y cada gato envejece de manera distinta y las decisiones sobre alimentación, medicamentos, suplementos o tratamientos deberían hacerse con un profesional que conozca al animal.

Pero hay un cuidado que no requiere receta.

Mirarlo.

Acariciarlo.

Acompañarlo.

No exigirle aquello que su cuerpo ya no puede hacer.

Dejarlo dormir.

Hablarle aunque quizás escuche menos.

Continuar incluyéndolo en la vida familiar.

Porque tal vez nuestro perro ya no corre a recibirnos.

Tal vez ahora simplemente levanta la cabeza desde su cama cuando llegamos.

Pero sigue siendo él.

Tal vez nuestro gato ya no salta encima del escritorio mientras trabajamos.

Quizás ahora necesita que acerquemos una silla para poder subir.

Pero sigue siendo él.

La velocidad cambia.

El vínculo no tendría por qué hacerlo.

Si tienes una mascota mayor en casa, quizá hoy puedas observarla durante un minuto de una manera diferente.

No para buscar obsesivamente enfermedades.

Simplemente para verla.

Recordar cómo era cuando llegó.

Comparar aquella primera fotografía con la imagen que tienes enfrente.

Probablemente descubrirás algunas canas, movimientos más tranquilos o muchas horas más de sueño.

Y quizás también descubras algo que los años no han cambiado.

La forma en la que te mira.

Eso sigue ahí.

Y mientras siga ahí, habrá una oportunidad para devolver un poquito de todo lo que nos dieron.

Nuestros perros y gatos algún día envejecen.

Nosotros también lo haremos.

Tal vez por eso aprender a cuidar con ternura a un ser cuando su cuerpo empieza a ir más despacio también puede enseñarnos algo sobre cómo queremos tratar a nuestros padres, nuestros abuelos, las personas que amamos y, eventualmente, a nosotros mismos.

En una sociedad obsesionada con lo rápido, lo nuevo y lo joven, un perro caminando despacio puede terminar enseñándonos algo tremendamente humano:

no todo lo que pierde velocidad pierde valor.

A veces solo necesita que alguien ajuste su paso y decida continuar caminando a su lado.

Si tienes en casa un perro o un gato que ya peina algunas canas —aunque probablemente él no sepa qué significa eso— dale hoy un poquito más de paciencia. Quizás para ti sea simplemente otro día. Para él, tú sigues siendo buena parte de su mundo.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

Tal vez amar de verdad también sea esto: aprender a caminar más despacio cuando alguien que queremos ya no puede seguir nuestro ritmo.

lunes, 17 de agosto de 2026

Dos perros tiraban igual de la correa, pero no estaban diciendo lo mismo



¿Cuántas veces hemos juzgado a alguien por lo que hace sin preguntarnos ni por un segundo por qué lo está haciendo?

A veces basta una imagen para darnos una lección que va mucho más allá de lo que estamos viendo. Dos perros caminando por la misma calle. Dos correas completamente tensas. Dos animales tirando con fuerza hacia adelante. Desde lejos, parecería exactamente el mismo problema.

“Esos perros no saben pasear”.

“Hay que enseñarles a no tirar”.

“Les falta disciplina”.

Y ya.

Diagnóstico hecho en cinco segundos.

Pero resulta que uno de esos perros podría estar tirando porque está emocionado. Porque acaba de oler algo nuevo, porque reconoce el parque de la esquina, porque quiere investigar el árbol que está unos metros más adelante o simplemente porque salir a caminar es uno de los momentos más felices de su día.

El otro, en cambio, puede estar tirando con la misma fuerza porque está asustado.

Quizás escuchó una moto.

Quizás vio otro perro.

Quizás hay demasiadas personas.

Quizás ese lugar le genera inseguridad y lo único que quiere es alejarse cuanto antes.

La correa se ve igual.

La fuerza puede sentirse igual.

El comportamiento, desde afuera, parece exactamente el mismo.

Pero por dentro están ocurriendo dos mundos completamente distintos.

Y no sé por qué, pero cuando pensé en esto terminé pensando mucho más en nosotros que en los perros.

Porque nosotros también hacemos eso.

Vemos comportamientos y creemos que estamos viendo personas completas.

Vemos a alguien callado y pensamos que es antipático.

Vemos a alguien hablando demasiado y pensamos que quiere llamar la atención.

Vemos a alguien distante y creemos que no le importamos.

Vemos a alguien trabajando sin parar y lo llamamos ambicioso.

Vemos a alguien que no quiere salir de su casa y lo llamamos perezoso.

Vemos el tirón de la correa.

Pero no vemos lo que está pasando al otro lado.

Y tal vez ese sea uno de los problemas más grandes que tenemos actualmente: estamos demasiado entrenados para reaccionar y muy poco acostumbrados a observar.

Vivimos rápido.

Opinamos rápido.

Respondemos rápido.

Hasta nos enojamos rápido.

Las redes sociales probablemente han llevado esto a otro nivel. Vemos quince segundos de un video y creemos conocer una historia completa. Leemos una captura de pantalla y pensamos que sabemos quién tiene la razón. Vemos una fotografía y construimos una versión entera de la vida de otra persona.

A veces incluso hacemos lo mismo con nuestra propia familia.

Y ahí es donde más duele.

Porque uno pensaría que conocer a alguien durante años significa comprenderlo, pero no siempre es así.

Hay personas que viven bajo el mismo techo y aun así no saben reconocer cuándo el otro está cansado, preocupado, asustado o simplemente necesita un poco de espacio.

Con los años he entendido que escuchar no siempre tiene que ver con los oídos.

Hay gente que te está diciendo muchas cosas sin pronunciar una sola palabra.

Lo dice cuando cambia la manera de responder.

Cuando ya no se ríe igual.

Cuando empieza a aislarse.

Cuando está más impaciente de lo normal.

Cuando repite que “todo está bien” pero algo en su manera de decirlo hace evidente que no lo está.

Los animales, de alguna manera, nos recuerdan algo que nosotros hemos ido olvidando: el cuerpo también habla.

Un perro no necesita decirte “estoy incómodo”.

Lo demuestra.

No necesita decirte “estoy feliz”.

Lo demuestra.

No necesita explicarte que algo le genera inseguridad.

Su postura, su respiración, su mirada y su manera de moverse empiezan a contar la historia mucho antes de que ocurra algo evidente.

El problema es que hace falta aprender a mirar.

Y mirar de verdad requiere paciencia.

Quizás por eso me gusta tanto esta escena de los dos perros tirando de la correa.

Porque desmonta esa idea tan cómoda de que una misma conducta siempre merece una misma respuesta.

No.

Depende.

Y esa palabra, aunque a veces nos incomode, es importantísima.

Depende de lo que esté sintiendo.

Depende de lo que haya ocurrido antes.

Depende del entorno.

Depende de su historia.

Depende del miedo.

Depende de la confianza.

Depende incluso de quién esté sujetando la otra punta de la correa.

Al perro que está lleno de entusiasmo probablemente haya que ayudarlo a gestionar esa energía, enseñarle a caminar con más calma y permitirle explorar sin convertir el paseo en una batalla constante.

Al perro que está tirando porque tiene miedo no necesariamente hay que exigirle más.

Tal vez necesita distancia.

Seguridad.

Tiempo.

Un ritmo diferente.

Y allí aparece algo que me parece fundamental: corregir sin comprender puede empeorar aquello que queríamos solucionar.

Eso sirve para un perro.

Pero también sirve para un hijo.

Para un amigo.

Para una pareja.

Para un compañero de trabajo.

Incluso para nosotros mismos.

¿Cuántas veces nos hemos tratado con dureza porque pensamos que estamos siendo “flojos”, cuando en realidad estamos agotados?

¿Cuántas veces nos hemos exigido reaccionar como si nada cuando por dentro estamos tratando de procesar algo que todavía no entendemos?

A veces somos nuestro peor entrenador.

Sentimos miedo y nos castigamos por no avanzar.

Estamos agotados y nos reclamamos por no producir.

Nos sentimos confundidos y nos obligamos a tener respuestas inmediatas.

Es como mirar nuestra propia correa tensada y decir:

“Deja de tirar”.

Sin preguntarnos primero qué nos está haciendo tirar.

Yo creo que crecer también significa aprender esa diferencia.

Cuando uno es más joven tiene la tentación de dividir el mundo entre cosas buenas y malas, personas buenas y malas, decisiones correctas e incorrectas.

Con el tiempo empiezan a aparecer los grises.

Y los grises son incómodos.

Porque nos obligan a pensar.

Nos obligan a aceptar que dos personas pueden hacer exactamente lo mismo por razones completamente distintas.

Una persona puede trabajar mucho porque ama lo que hace.

Otra puede trabajar mucho porque tiene terror de quedarse sin dinero.

Alguien puede buscar constantemente compañía porque disfruta estar con otros.

Otra persona puede hacerlo porque siente un vacío enorme cuando está sola.

Alguien puede revisar el celular cada cinco minutos porque espera una noticia.

Otro puede hacerlo porque desarrolló una dependencia de esa pequeña dosis constante de estímulo.

El gesto es parecido.

La raíz no.

Y si solamente corregimos el gesto, probablemente nunca lleguemos a la raíz.

Creo que ahí está también una parte muy bonita de convivir con animales.

Ellos nos obligan a salir un poco de nuestra lógica humana.

No podemos sentarnos frente a un perro y pedirle que escriba un ensayo explicando sus emociones.

Tenemos que observarlo.

Tenemos que aprender sus señales.

Tenemos que entender sus tiempos.

Tenemos que aceptar que la confianza no se exige.

Se construye.

Eso también lo he pensado muchas veces en relación con la espiritualidad.

Tenemos una costumbre extraña de pedir respuestas inmediatas.

Queremos saber por qué sucedió algo.

Por qué alguien se fue.

Por qué una puerta se cerró.

Por qué aquello que tanto queríamos no salió como esperábamos.

Uno quisiera que ese ser supremo en el cual cree y confía apareciera con una hoja explicando punto por punto cuál era el sentido de cada cosa.

Pero rara vez funciona así.

Muchas veces solamente tenemos señales.

Silencios.

Personas.

Experiencias.

Pequeñas situaciones cotidianas.

Y nos toca aprender a observar.

Hay cosas que solamente se comprenden después.

Así como el cuerpo de un perro puede estar diciendo algo que no entendemos al principio, la vida también parece comunicarse a veces en un lenguaje que vamos aprendiendo mientras caminamos.

Por eso cada vez me convenzo más de que vivir bien tiene mucho que ver con aprender a prestar atención.

Atención real.

No esa atención de mirar mientras revisamos una notificación.

Hablo de detenernos mentalmente frente a una situación y preguntarnos:

¿Qué está pasando aquí realmente?

¿Qué no estoy viendo?

¿Qué puede estar sintiendo el otro?

¿Qué parte de la historia desconozco?

Y también:

¿Qué estoy sintiendo yo?

Es curioso porque esas preguntas parecen sencillas, pero pueden cambiar por completo una relación.

Incluso pueden evitar muchos conflictos.

Una persona que sabe observar no necesariamente se vuelve alguien que justifica todo.

Comprender no significa permitir cualquier comportamiento.

Un perro puede estar asustado y aun así necesitar límites para mantenerse seguro.

Una persona puede estar pasando por un momento difícil y eso no significa que tenga derecho a lastimar a los demás.

La empatía no consiste en desaparecer nosotros para comprender al otro.

Consiste en responder con conocimiento en lugar de hacerlo desde la reacción inmediata.

Y creo que ahí está la diferencia más profunda.

No entre quien lleva bien o mal una correa.

Sino entre quien solamente controla y quien intenta comprender.

Controlar es más fácil.

Comprender requiere paciencia.

Controlar mira el comportamiento.

Comprender busca la causa.

Controlar quiere que algo deje de pasar.

Comprender quiere saber por qué está pasando.

Tal vez por eso un verdadero buen paseo con un perro no consiste únicamente en caminar veinte minutos, esperar que haga sus necesidades y regresar a la casa.

Un paseo puede ser una conversación silenciosa.

El perro observa.

La persona observa.

Ambos se comunican.

Hay confianza.

Hay límites.

Hay curiosidad.

Hay momentos para avanzar y otros para detenerse.

Hay veces en que toca cambiar de dirección.

Y mientras pensaba en eso me pareció que, de alguna manera, también es una buena definición de la vida.

Vamos caminando.

A veces tiramos de la correa porque estamos emocionados por llegar a algo.

Otras veces tiramos porque queremos escapar de algo.

Desde afuera quizá nadie nota la diferencia.

Pero nosotros sí deberíamos intentar reconocerla.

Porque no es lo mismo correr hacia un sueño que correr huyendo de un miedo.

No es lo mismo querer avanzar que sentir que no puedes quedarte quieto.

No es lo mismo entusiasmo que ansiedad.

Aunque a veces se parezcan muchísimo.

También por eso deberíamos aprender a mirar a quienes tenemos cerca con un poco más de profundidad.

Tal vez esa persona que está reaccionando extraño no necesita inmediatamente una crítica.

Quizás primero necesita una pregunta.

Tal vez ese amigo que se ha alejado no dejó de querernos.

Quizás está atravesando algo que todavía no sabe cómo contar.

Tal vez nuestros padres tienen silencios cuyo origen nunca hemos preguntado.

Y probablemente nosotros mismos tengamos comportamientos que llevamos años intentando corregir sin detenernos a comprender de dónde nacen.

En mi blog he vuelto varias veces sobre esa necesidad de aprender de lo cotidiano, de los animales, de la familia y de esas cosas aparentemente pequeñas que terminan mostrándonos algo enorme sobre nosotros mismos: https://juanmamoreno03.blogspot.com/

Al final, los dos perros siguen tirando de la correa.

Para quien pasa rápido por la calle son simplemente dos perros mal educados.

Para quien sabe observar, uno está diciendo:

“Quiero descubrir el mundo”.

Y el otro quizá está diciendo:

“Por favor, ayúdame a salir de aquí”.

La diferencia no está solamente en lo que hacen.

Está en lo que sienten mientras lo hacen.

Y quizá una parte importante de convertirnos en mejores personas consista precisamente en aprender eso: dejar de interpretar a todo el mundo únicamente por sus movimientos y empezar a preguntarnos qué historia existe detrás de ellos.

Porque escuchar no siempre significa oír palabras.

A veces escuchar significa mirar una cola, unos ojos, unas manos inquietas, un mensaje más corto de lo normal, un silencio inesperado o esa sensación difícil de explicar que nos dice que algo ha cambiado.

Ojalá aprendamos a mirar un poco más antes de juzgar.

A preguntar un poco más antes de asumir.

A acompañar un poco más antes de corregir.

Tal vez así nuestros paseos, nuestras relaciones y hasta nuestra propia vida se vuelvan un poco menos tensos.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

A veces aquello que parece una simple correa tensa es, en realidad, alguien intentando decirnos algo que todavía no hemos aprendido a escuchar.

domingo, 16 de agosto de 2026

El problema de los jóvenes en India: cuando tener futuro no significa poder alcanzarlo

 



¿Qué pasa cuando te repiten toda la vida que eres “el futuro”, pero llega el momento de vivir ese futuro y no encuentras dónde entrar?

Esa pregunta me quedó dando vueltas después de leer lo que está pasando con los jóvenes en India. Y aunque estoy a miles de kilómetros, desde Colombia, hay algo en esa historia que no me resulta ajeno. Porque ser joven hoy tiene una contradicción extraña: nunca habíamos tenido tantas herramientas para aprender, comunicarnos, crear y conocer el mundo, pero al mismo tiempo nunca había sentido tan presente esa ansiedad de preguntarnos si todo lo que hacemos realmente nos va a llevar a algún lado.

En India esa contradicción está explotando en las calles.

Durante semanas, miles de jóvenes se movilizaron por las irregularidades en los exámenes, especialmente por la filtración del NEET, una de las pruebas más importantes para quienes quieren estudiar medicina. La presión terminó provocando algo poco común dentro del gobierno de Narendra Modi: el ministro de Educación, Dharmendra Pradhan, presentó su renuncia el 25 de julio de 2026.

Uno podría mirar el hecho simplemente como una noticia política. Ministro renuncia. Jóvenes protestan. Gobierno responde. Fin.

Pero siento que ahí nos perderíamos lo más importante.

Porque una protesta casi nunca comienza realmente el día en que la gente sale a la calle.

Comienza mucho antes.

Comienza cuando un estudiante estudia durante años y siente que una filtración puede borrar su esfuerzo en cuestión de horas.

Comienza cuando una familia hace sacrificios económicos para pagar educación pensando que detrás del diploma existirá una oportunidad.

Comienza cuando alguien termina una carrera, imprime hojas de vida, llena formularios, manda correos, espera respuestas y descubre que tener un título no necesariamente significa tener trabajo.

El informe State of Working India 2026, de Azim Premji University, encontró que el desempleo entre graduados de 15 a 25 años ronda el 40 %. Para quienes tienen entre 25 y 29 años sigue siendo cercano al 20 %. El mismo estudio muestra que solo una pequeña proporción de los graduados consigue rápidamente un empleo asalariado estable.

Cuando uno lee “40 %” parece una cifra.

Pero detrás de cada porcentaje hay una historia.

Hay alguien mirando el celular esperando una llamada.

Hay alguien preguntándose si estudió la carrera equivocada.

Hay una mamá tratando de animar a su hijo mientras por dentro también está preocupada.

Hay jóvenes viendo en redes sociales a otros que aparentemente ya compraron apartamento, viajaron por el mundo, crearon una empresa o consiguieron el trabajo perfecto, mientras ellos siguen intentando descubrir por dónde empezar.

Y aquí aparece algo que me preocupa mucho: hemos convertido la juventud en una especie de promesa económica.

Los gobiernos hablan del “bono demográfico”. Los economistas explican que tener una población joven puede convertirse en una enorme ventaja porque existen muchas personas en edad de estudiar, trabajar, emprender, producir y sostener el crecimiento del país. India todavía está dentro de esa ventana demográfica favorable y se espera que continúe así durante buena parte de la próxima década.

Eso suena extraordinario.

Pero un joven no es un bono.

No es una estadística esperando convertirse en productividad.

Es una persona.

Y ahí creo que está uno de los errores que muchos países cometen cuando hablan de nosotros.

Nos dicen que somos “el futuro”, pero pocas veces preguntan cómo estamos viviendo el presente.

Porque para que una población joven sea realmente una ventaja, no basta con que existan millones de jóvenes. Tiene que existir educación que funcione, instituciones en las que se pueda confiar, oportunidades laborales, posibilidades para emprender, acceso a tecnología, salud mental, seguridad y, quizás lo más difícil de construir, esperanza.

Sin eso, la juventud deja de sentirse como una oportunidad y empieza a sentirse como una sala de espera.

India tiene una de las poblaciones jóvenes más grandes del planeta y una enorme proporción de personas en edad laboral. Esa estructura puede convertirse en una fuerza económica extraordinaria, pero solamente si el país logra conectar educación, capacidades y empleo.

Y ahí aparece otra contradicción.

India es uno de los centros tecnológicos más importantes del mundo. Durante años nos acostumbramos a escuchar historias sobre ingenieros indios, empresas de software, centros de servicios y profesionales que terminaron dirigiendo algunas de las compañías más importantes del planeta.

Sin embargo, incluso ese camino comienza a cambiar.

La inteligencia artificial está transformando precisamente algunos de los trabajos tecnológicos y administrativos que durante años representaron una puerta de entrada para millones de jóvenes. En 2026, el sector tecnológico indio atraviesa ajustes de contratación y automatización mientras empresas buscan adaptarse a sistemas de IA que pueden asumir parte del trabajo rutinario.

Y leyendo eso pensé en algo incómodo.

Durante años les dijimos a los jóvenes: “Estudien”.

Después: “Aprendan inglés”.

Luego: “Aprendan tecnología”.

Ahora: “Aprendan inteligencia artificial”.

Y seguramente mañana aparecerá otra cosa.

No digo que aprender sea inútil. Todo lo contrario. Para mí aprender sigue siendo una de las formas más poderosas de libertad.

Pero tampoco podemos convertir cada problema estructural en una responsabilidad individual.

No podemos decirle a una generación completa que, si no encuentra oportunidades, simplemente necesita otro curso, otra certificación, otra habilidad, otro idioma, otro diplomado.

A veces el problema no es que el joven no se preparó.

A veces el sistema tampoco se preparó para recibirlo.

Eso conecta muchísimo con una reflexión que hice hace algunos meses en mi propio blog cuando hablaba sobre educación y mentalidad digital. Decía que enseñar herramientas ya no es suficiente y que una institución debería ayudarnos también a desarrollar criterio, conciencia y capacidad para entender el mundo que estamos construyendo. Esa reflexión la compartí aquí:

https://juanmamoreno03.blogspot.com/2026/02/la-sergio-una-universidad-con.html

Hoy, mirando India, esa idea me parece todavía más importante.

Una universidad no debería ser únicamente una fábrica de diplomas.

Debería ser un puente.

Un puente entre lo que una persona aprende y lo que puede hacer con ese conocimiento.

Entre el talento y la oportunidad.

Entre el sueño y la realidad.

Cuando ese puente se rompe, aparece la frustración.

Y cuando millones sienten la misma frustración al mismo tiempo, aparece algo más poderoso: la conciencia colectiva.

Eso fue lo que me llamó la atención del llamado Cockroach Janta Party, el movimiento surgido inicialmente como sátira después de que un comentario que comparaba a jóvenes desempleados con “cucarachas” encendiera todavía más el malestar. Lo que empezó pequeño terminó transformándose en una movilización mucho mayor alrededor de educación, exámenes, empleo y rendición de cuentas.

Hay algo profundamente humano en apropiarse de una palabra que quiso humillarte y convertirla en símbolo.

Es como decir: “Si así nos ven, entonces mírennos”.

Y quizás eso explica por qué estas protestas no deberían interpretarse solamente como jóvenes enfadados.

También son jóvenes que quieren participar.

Que quieren ser escuchados.

Que quieren creer en su país.

Porque la indiferencia sería mucho más preocupante.

Cuando una generación protesta todavía existe una esperanza escondida dentro de la rabia. Todavía existe la idea de que algo puede cambiar.

Lo verdaderamente peligroso sería una generación que ya no reclamara nada porque dejó de creer que reclamar sirve.

Eso lo pienso también desde Colombia.

Nuestros problemas son distintos, nuestras instituciones son distintas y nuestra historia es diferente. No tendría sentido copiar el caso indio y decir que somos iguales.

Pero sí conozco esa sensación juvenil de incertidumbre.

La conversación entre amigos donde alguien pregunta qué va a hacer después de graduarse.

El que piensa en irse del país.

El que quiere emprender pero no sabe por dónde comenzar.

El que estudió algo y terminó trabajando en otra cosa.

El que mira LinkedIn y siente que todo el mundo avanza menos él.

El que hace chistes sobre su situación porque admitir que tiene miedo resulta más difícil.

Yo también he sentido momentos en los que parece que uno debería tener todo resuelto.

Y no lo tengo.

Creo que casi nadie de nuestra edad lo tiene.

Pero hay una diferencia enorme entre no tener la vida resuelta porque estamos aprendiendo y no poder avanzar porque las puertas simplemente no existen.

Por eso el debate sobre los jóvenes de India no debería limitarse a preguntarse si Narendra Modi logró apagar una protesta.

La verdadera pregunta es mucho más difícil:

¿puede India transformar la energía de cientos de millones de jóvenes en oportunidades reales?

Y todavía más importante:

¿puede hacerlo antes de que la esperanza se transforme en resentimiento?

Porque ningún país debería tener miedo de sus jóvenes.

Debería tener miedo de desperdiciarlos.

También hay una dimensión que muchas veces olvidamos cuando hablamos de empleo: las oportunidades no se distribuyen igual. Las desigualdades de género siguen afectando las decisiones educativas, laborales y familiares de las mujeres jóvenes en India, y organismos de Naciones Unidas siguen señalando que las presiones económicas y las desigualdades sociales condicionan fuertemente las decisiones de vida de la juventud.

Entonces no basta con crear empleo.

También importa preguntarnos quién puede acceder a él.

Quién tiene contactos.

Quién vive cerca de las oportunidades.

Quién puede pagar una buena educación.

Quién tiene un computador.

Quién habla inglés.

Quién puede darse el lujo de hacer prácticas sin salario.

Quién tiene que empezar a trabajar inmediatamente para ayudar en la casa.

La palabra “mérito” suena muy bonita hasta que descubrimos que no todos comienzan la carrera desde la misma línea.

Y quizás ese es uno de los mayores desafíos de nuestra generación en cualquier país: aprender a reconocer que el esfuerzo personal importa muchísimo sin utilizarlo como excusa para ignorar las desigualdades colectivas.

Yo creo en trabajar.

Creo en estudiar.

Creo en aprender nuevas habilidades.

Creo en la tecnología.

Creo incluso que la inteligencia artificial puede abrir caminos increíbles que todavía no alcanzamos a imaginar.

Pero también creo que una sociedad sana tiene que hacer algo más que decirles a sus jóvenes que se esfuercen.

Tiene que construir lugares donde ese esfuerzo pueda convertirse en algo.

En dignidad.

En independencia.

En propósito.

En la posibilidad de ayudar a la familia.

En una casa.

En un proyecto.

En tranquilidad.

En futuro.

El mundo está viviendo una transformación laboral gigantesca. La Organización Internacional del Trabajo advirtió esta semana que el desempleo juvenil mundial volvió a subir ligeramente en 2025 y que la automatización mediante inteligencia artificial puede aumentar la presión sobre determinados trabajos ocupados por jóvenes.

Así que India quizás sea un espejo adelantado de una conversación que tarde o temprano tendremos en muchos otros países.

¿Qué hacemos con una generación cada vez más educada cuando la economía no produce suficientes oportunidades?

¿Qué pasa cuando estudiar deja de garantizar movilidad?

¿Qué ocurre cuando la tecnología aumenta la productividad, pero no necesariamente distribuye esa prosperidad?

No tengo respuestas perfectas.

Desconfío un poco de quien las tenga.

Pero sí tengo una intuición: el futuro de un país no se mide solamente por su PIB, sus edificios, sus empresas tecnológicas o sus discursos de grandeza.

También se mide por la respuesta que da un joven cuando alguien le pregunta:

“¿Cómo imaginas tu vida dentro de cinco años?”

Si la respuesta está llena de proyectos, probablemente ese país está haciendo algo bien.

Si está llena únicamente de miedo, algo necesita cambiar.

Las protestas de los jóvenes indios consiguieron una renuncia ministerial, pero esa victoria será pequeña si todo vuelve a funcionar exactamente igual. De hecho, las movilizaciones no desaparecieron: el 10 de agosto de 2026 hubo nuevas protestas juveniles en Jharkhand por presuntas irregularidades en exámenes de contratación pública, señal de que el malestar va mucho más allá de una sola prueba o de un solo ministro.

Por eso creo que la historia apenas comienza.

India todavía tiene una oportunidad extraordinaria.

Tiene talento.

Tiene juventud.

Tiene capacidad tecnológica.

Tiene millones de personas que quieren estudiar, trabajar, crear empresas y construir una vida mejor.

Pero ninguna ventaja demográfica viene con garantía.

Un dividendo también se puede perder.

Y un joven lleno de potencial también puede cansarse de esperar.

Tal vez el gran desafío no sea convencer a los jóvenes de que crean en el futuro.

Tal vez sea construir un presente que les dé razones para hacerlo.

Si algo de esta historia te hizo pensar en tu propia vida, en tus estudios, en el trabajo que buscas o en el país que quieres construir, cuéntamelo. A veces las conversaciones importantes comienzan simplemente descubriendo que nuestras preocupaciones no son tan individuales como parecían.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

Una generación no se convierte en futuro porque se lo repitamos; se convierte en futuro cuando le damos espacio para construirlo.