El título suena a chiste malo. De esos que empiezan con “entran a un bar” y prometen una risa rápida. Pero no. No es un chiste. Es más bien una escena posible. Demasiado posible. Una escena que podría estar pasando ahora mismo en cualquier ciudad, en cualquier esquina donde alguien se sienta a tomar algo solo para no volver tan rápido a casa.
Pienso en esa imagen y no puedo evitar sentir que, en el fondo, somos muchos los que hemos entrado a ese bar con una etiqueta invisible colgada al pecho. No siempre dice “autista”, “no binarie” o “deprimida”. A veces dice “cansado”, “confundido”, “exitoso pero vacío”, “funcional por fuera, roto por dentro”. Y nadie lo nota. O peor: lo notan, pero no saben qué hacer con eso.
Leí hace poco un artículo del New York Times sobre rupturas, separaciones y la forma en que las relaciones hoy se rompen no solo por falta de amor, sino por exceso de ruido, de expectativas y de silencios mal gestionados. No hablaba exactamente de esta escena, pero mientras lo leía sentía que el fondo era el mismo: personas intentando existir sin manual, sin una narrativa clara que les diga cómo se supone que deben sentir, amar o aguantar. Personas que, aun acompañadas, se sienten profundamente solas.
Imaginemos la escena. La persona autista no binaria entra primero. Observa todo con una atención que muchos confunden con frialdad, pero que en realidad es hiperpresencia. Luces, sonidos, conversaciones superpuestas. Todo pesa. Todo llega sin filtro. No encaja en los moldes clásicos de género y tampoco quiere hacerlo, pero eso tiene un costo. Cansancio. Explicaciones constantes. La obligación silenciosa de educar al mundo mientras apenas está aprendiendo a habitarse a sí misma.
Luego entra la chica deprimida. No siempre llora. A veces sonríe. A veces incluso hace chistes. Pero su energía está baja, como si cada paso fuera una negociación interna. Se sienta, pide algo que ni siquiera tiene claro si quiere, y mira el celular sin mirar nada. Está cansada de sentirse “demasiado” y, al mismo tiempo, de sentirse invisible.
No se conocen. No saben nada el uno del otro. Pero comparten algo más profundo que cualquier diagnóstico: la sensación de no encajar del todo en la narrativa dominante de lo que se supone que es una vida “normal”.
Yo tengo 21 años. Nací en 2003. Crecí en una casa donde se hablaba de conciencia, de trabajo duro, de espiritualidad, de responsabilidad. Donde se leían noticias, blogs, reflexiones. Donde se entendía que la vida no es solo producir, sino comprender. Y aun así, incluso con todo ese privilegio de conversación y acompañamiento, me he sentido fuera de lugar muchas veces. No porque mi vida sea especialmente trágica, sino porque el mundo actual tiene una forma muy eficiente de desconectar a las personas de sí mismas.
Vivimos en una época donde hablamos de inclusión, diversidad y salud mental, pero seguimos exigiendo rendimiento constante. Donde decimos “sé tú mismo”, pero castigamos al que no encaja. Donde romantizamos la resiliencia sin preguntarnos por qué todo el tiempo tenemos que estar resistiendo.
En el ecosistema empresarial de mi familia, por ejemplo, se habla mucho de estructura, de arquitectura, de decidir bien antes de ejecutar. Eso no solo aplica a empresas. Aplica a la vida. Lo he leído y conversado muchas veces en espacios como Organización Empresarial TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com), donde se insiste en que no todo se trata de hacer más, sino de entender mejor. Y creo que a nivel humano estamos fallando justo ahí: hacemos demasiado sin comprendernos.
La persona autista no binaria no quiere ser un símbolo. Quiere ser persona. Quiere que no todo sea una batalla pedagógica. Quiere poder cansarse sin culpa. Quiere vínculos donde no tenga que traducirse todo el tiempo. La chica deprimida no quiere lástima. Quiere descanso. Quiere que alguien se quede cuando no tiene nada interesante que ofrecer. Quiere sentir que su valor no depende de su productividad emocional.
¿Y qué pasa si hablan? ¿Qué pasa si, en medio de ese bar, cruzan miradas y se reconocen en el silencio? No desde la etiqueta, sino desde la honestidad. Tal vez no se digan nada profundo. Tal vez solo compartan la sensación de que estar vivos a veces pesa. Y eso, en un mundo que exige respuestas rápidas, ya es un acto radical.
He aprendido, leyendo y escribiendo en mi propio blog (https://juanmamoreno03.blogspot.com), que muchas de las conversaciones más importantes no empiezan con soluciones, sino con presencia. Con quedarse. Con no huir cuando el otro no está bien. Eso también lo he visto reflejado en textos más espirituales, como los de Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com), donde no se intenta arreglar a nadie, sino acompañar procesos desde la humildad.
La depresión no siempre se cura con frases motivacionales. El espectro autista no se “arregla” con tolerancia superficial. La diversidad no es un slogan. Es una práctica diaria incómoda, lenta, humana. Y muchas relaciones se rompen —como bien lo sugiere el artículo del Times— no porque falte amor, sino porque falta la capacidad de sostener lo que no entendemos del otro.
También he visto, en espacios como Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com), que hay una sabiduría sencilla pero poderosa: no todo lo que duele está mal. A veces el dolor es señal de que estamos vivos, de que algo dentro pide ser escuchado. El problema no es sentir. El problema es no tener dónde poner eso que sentimos.
Si esa persona autista no binaria y esa chica deprimida salieran del bar sin hablar, igual algo habría pasado. No todo encuentro tiene que convertirse en historia épica. A veces basta con saber que no estamos solos en sentirnos raros, rotos o desfasados. A veces basta con no ser juzgados durante una hora.
Creo que mi generación carga con una paradoja pesada: tenemos más información que nunca y, al mismo tiempo, menos certezas internas. Más libertad aparente y más ansiedad real. Y eso no se resuelve con más diagnósticos, ni con más etiquetas, sino con más espacios humanos donde se pueda existir sin performance.
No escribo esto como experto. Lo escribo como alguien que observa, que escucha, que a veces se siente fuerte y a veces no. Como alguien que cree que la tecnología, la espiritualidad y la conciencia social no deberían separarse de la ternura. Porque sin ternura, todo se vuelve mecánico.
Tal vez el verdadero giro de esta historia no está en el bar, sino en lo que pasa después. En cómo cada uno vuelve a su casa un poco menos solo. En cómo, sin saberlo, se dieron permiso de existir tal como son, aunque sea por un rato.
Y si algo de esto te incomodó, te tocó o te hizo pensar, tal vez es porque también has entrado a ese bar alguna vez. Tal vez sigues ahí.
Agendamiento: Whatsapp +57 310 450
7737
Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo
Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo
Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros
grupos
Grupo de WhatsApp: Unete a nuestro
Grupo
Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal
Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo
👉 “¿Quieres más tips como
este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.






