lunes, 10 de agosto de 2026

La montaña que construimos con todo lo que dejamos de mirar



¿Cómo puede una camiseta que alguien compró por impulso en Europa terminar enterrada bajo el sol del desierto de Atacama, a miles de kilómetros de distancia?

La pregunta parece exagerada, casi inventada para asustarnos. Pero no lo es. En el norte de Chile, cerca de Alto Hospicio, existe una acumulación de ropa desechada que ya supera las 60.000 toneladas y cuya dimensión puede distinguirse mediante imágenes satelitales. Son montañas de pantalones, chaquetas, zapatos, camisas y prendas que alguna vez estuvieron en una vitrina, en una aplicación de compras o en el armario de una persona que quizá las usó dos veces y luego decidió que ya no le servían.

Cuando leí la noticia de El Tiempo, lo primero que sentí fue incredulidad. No porque dudara de la información, sino porque cuesta aceptar que una montaña de basura pueda ser tan grande que se vea desde el espacio. Estamos acostumbrados a mirar desde arriba los ríos, las cordilleras, las ciudades iluminadas o los grandes cultivos. Pero ahora también podemos reconocer nuestros desperdicios. Es como si el planeta hubiera comenzado a mostrarnos, desde lejos, aquello que nos empeñamos en esconder cuando lo tenemos cerca.

Y lo más duro es que esa montaña no apareció de un día para otro. No fue producto de un único accidente ni de una decisión aislada. Se fue formando lentamente, prenda por prenda, compra por compra, contenedor por contenedor. Cada pieza parece insignificante cuando está sola. El problema aparece cuando millones de decisiones pequeñas se encuentran en un mismo lugar.

Buena parte de esa ropa llega a Chile a través de la zona franca de Iquique. Son prendas usadas, excedentes comerciales o productos que no encontraron comprador en países de Europa, Estados Unidos y otros mercados. Una parte logra revenderse y entra en el circuito de la ropa de segunda mano, que para muchas familias también representa una alternativa económica. Pero otra parte no encuentra salida comercial y termina abandonada ilegalmente en el desierto.

Es importante entender esto porque el problema no es simplemente que alguien done una camiseta usada. Tampoco sería justo atacar a quienes compran ropa de segunda mano o viven de comercializarla. El verdadero problema está en un sistema que produce cantidades gigantescas de prendas, las mueve por todo el mundo y después actúa como si su responsabilidad terminara en el instante en que salen de una bodega.

Durante años nos han vendido la idea de que siempre necesitamos algo nuevo. Una nueva colección, un nuevo color, otro estilo, una prenda distinta para una fotografía distinta. La ropa dejó de ser solamente algo que usamos para protegernos, expresarnos o sentirnos cómodos. También se convirtió en una forma de consumo acelerado: comprar, estrenar, fotografiar, guardar y reemplazar.

Yo mismo he sentido esa presión. A veces uno abre las redes sociales y parece que todo el mundo está estrenando algo. El algoritmo no pregunta si realmente necesitamos una chaqueta; simplemente nos la muestra una y otra vez hasta que empezamos a imaginar que nuestra vida será un poco mejor cuando la tengamos. Y lo curioso es que, cuando finalmente llega el paquete, la emoción puede durar menos que el envío.

No digo esto desde una superioridad falsa. Sería muy fácil señalar a Europa, a las grandes marcas o a los compradores de otros países y pensar que nosotros no tenemos nada que ver. Pero en Colombia también vivimos rodeados de promociones, compras rápidas, tendencias fugaces y productos diseñados para ser reemplazados. Tal vez nuestra ropa no termine exactamente en la misma montaña, pero el modo de pensar que la convierte en basura sí está presente entre nosotros.

La noticia habla de Chile, pero también habla de una costumbre mundial: enviar lejos aquello que no queremos ver.

Los países con mayor capacidad de consumo compran enormes cantidades de productos y, cuando dejan de servirles, una parte termina viajando hacia territorios con menos herramientas para controlar, reciclar o procesar esos residuos. La basura cambia de país, pero no desaparece. El problema cambia de paisaje, pero sigue existiendo. Lo que antes ocupaba espacio en un armario europeo puede terminar ocupando hectáreas de uno de los desiertos más extraordinarios del planeta.

Y ahí aparece una contradicción que me cuesta ignorar. El desierto de Atacama es conocido por su cielo, por su silencio, por sus condiciones naturales extremas y por permitirnos observar el universo. Sin embargo, en una parte de ese territorio, lo que ahora puede observarse desde el espacio no es solamente la grandeza de la naturaleza, sino la incapacidad humana de ponerle límites al consumo.

Hay algo casi simbólico en eso. Miramos hacia las estrellas buscando respuestas sobre nuestro origen, mientras debajo de nosotros crece una montaña formada por cosas que compramos y olvidamos.

El daño tampoco es solamente visual. Muchas prendas actuales contienen fibras sintéticas, plásticos, tintes y otros materiales que no desaparecen fácilmente. Cuando se acumulan durante años o son quemadas de manera clandestina, pueden contaminar el aire, el suelo y el entorno de las comunidades cercanas. Los residuos eliminados o incinerados en lugares no controlados pueden afectar la tierra, el agua y la calidad del aire.

Esto significa que la montaña de ropa no es una fotografía curiosa ni una rareza para compartir durante unos segundos. Es una amenaza ambiental y social. Si continúa creciendo, el territorio tendrá que soportar una cantidad cada vez mayor de materiales difíciles de degradar. También aumentará el riesgo de incendios, emisiones contaminantes y nuevos vertederos clandestinos. Y mientras más grande sea el problema, más costoso y complicado será retirarlo.

Puede ocurrir, además, algo todavía más peligroso: que nos acostumbremos.

Las primeras imágenes producen sorpresa. Después aparecen otras noticias, otras crisis y otros videos. Poco a poco, una montaña de 60.000 toneladas puede convertirse en una cifra más. Ese es uno de los grandes riesgos de nuestra época. Tenemos acceso a tanta información que incluso lo terrible puede parecernos normal después de verlo varias veces.

Pero no debería ser normal que un país termine recibiendo lo que otros no saben cómo manejar. No debería ser normal que una prenda atraviese un océano solamente para ser abandonada. No debería ser normal que fabricar algo nuevo resulte más fácil y rentable que reparar lo que ya existe. Y tampoco debería ser normal que las empresas puedan producir sin asumir de manera suficiente lo que ocurre al final de la vida útil de sus productos.

Chile ha empezado a discutir y desarrollar medidas para enfrentar los residuos textiles, mientras organizaciones y activistas buscan rescatar prendas, repararlas y devolverlas al uso. La iniciativa Desierto Vestido, por ejemplo, ha recuperado ropa del vertedero, la ha limpiado y restaurado para darle una segunda oportunidad mediante proyectos de economía circular. Es una respuesta valiosa, aunque la dimensión del problema demuestra que rescatar prendas, por sí solo, no será suficiente.

Se necesitan controles más fuertes sobre las importaciones, trazabilidad para saber quién introduce y desecha la ropa, infraestructura para clasificar los textiles, sistemas de reciclaje y reglas que obliguen a productores e importadores a responder por los residuos que generan. También se necesita cooperación internacional, porque no tiene sentido hablar de sostenibilidad en Europa mientras una parte de sus desechos termina acumulándose en América Latina.

Las empresas deberían diseñar prendas más duraderas, reducir la sobreproducción y revelar con claridad qué ocurre con los excedentes que no venden. Los gobiernos tendrían que impedir que la exportación de ropa usada se convierta en una forma elegante de trasladar basura. Y nosotros, como consumidores, necesitamos recuperar una pregunta muy sencilla que parece haber desaparecido: ¿de verdad lo necesito?

No creo que la solución sea sentir culpa por cada camiseta que tenemos. La culpa, cuando no se convierte en acción, solo paraliza. Tampoco se trata de dejar de disfrutar la ropa, de renunciar a nuestro estilo o de pensar que todo consumo es malo. Se trata de volver a darle valor a las cosas.

Usar una prenda muchas veces. Repararla cuando se daña. Intercambiarla. Donarla de manera responsable. Comprar de segunda mano. Evitar adquirir algo solo porque está barato. Preguntarnos quién lo fabricó, cuánto puede durar y qué pasará cuando ya no lo queramos. Son decisiones pequeñas, sí, pero también fueron decisiones pequeñas las que ayudaron a formar esa montaña.

A veces pensamos que el futuro llegará como una película: ciudades completamente tecnológicas, robots por todas partes, vehículos autónomos y avances sorprendentes. Pero el futuro también puede llegar en forma de basura acumulada. Puede ser un paisaje donde nuestros residuos ocupen más espacio que nuestros recuerdos. Puede ser una generación obligada a resolver lo que la anterior compró durante una promoción.

Lo que puede pasar en Atacama depende de lo que se haga ahora. Si la producción y el envío de excedentes continúan al mismo ritmo, aparecerán nuevas acumulaciones y será cada vez más difícil identificar a los responsables. El desierto podría seguir funcionando como el último eslabón de una cadena global que genera ganancias en un lugar y deja las consecuencias en otro. Las comunidades cercanas seguirían respirando el humo de incendios clandestinos y conviviendo con residuos que ellas no produjeron en esa escala.

Pero también puede pasar algo distinto.

Esta montaña podría convertirse en un punto de quiebre. Podría obligar a los gobiernos a cambiar las leyes, a las marcas a hacerse responsables y a los consumidores a revisar la relación que tenemos con lo nuevo. Podría enseñarnos que la economía circular no consiste únicamente en poner una etiqueta verde sobre una bolsa, sino en producir menos, usar durante más tiempo, reparar, reutilizar y garantizar que los materiales no terminen abandonados.

La tecnología también puede aportar. Los sistemas de trazabilidad podrían seguir el recorrido de los cargamentos textiles. Las imágenes satelitales pueden ayudar a detectar vertederos ilegales. Nuevos procesos podrían separar fibras y recuperar materiales. Pero ninguna herramienta será suficiente si mantenemos intacta la idea de que siempre debemos comprar más.

La tecnología puede mostrarnos la montaña desde el espacio. La conciencia debe ayudarnos a evitar que siga creciendo en la Tierra.

Esta noticia me dejó pensando en todas las cosas que sacamos de nuestra vida sin preguntarnos a dónde van. Una bolsa de basura desaparece de nuestra casa cuando pasa el camión, pero no desaparece del planeta. Una camiseta sale de nuestro armario, pero sigue existiendo en alguna parte. Tal vez en otra casa. Tal vez en una bodega. Tal vez en un barco. Tal vez bajo el sol de Atacama.

Crecer también debería significar aprender a seguir el rastro de nuestras decisiones. Entender que casi nada termina cuando dejamos de verlo. La ropa, el plástico, los aparatos electrónicos y hasta nuestras palabras continúan su camino después de salir de nuestras manos.

La montaña de Chile no pertenece solamente a Chile. Es un monumento involuntario al exceso, a la distancia entre quienes consumen y quienes reciben las consecuencias. Es una advertencia visible desde el espacio, pero dirigida a quienes caminamos aquí abajo.

Ojalá no necesitemos cubrir otro desierto para comprenderlo.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

Lo que dejamos de mirar no deja de existir; solamente espera, en algún lugar del mundo, a que asumamos nuestra responsabilidad.

La imagen representa el contraste central del artículo: la inmensidad natural de Atacama interrumpida por una acumulación textil creada por el consumo humano.


link de la noticia original. La montaña de ropa desechada que Europa envía a Chile ya supera las 60.000 toneladas y es visible desde el espacio

domingo, 9 de agosto de 2026

La generación que estudió para un futuro que todavía no encuentra trabajo



¿Qué se supone que debemos sentir cuando nos dijeron durante años que estudiáramos, nos preparáramos, aprendiéramos idiomas, manejáramos tecnología, construyéramos una buena hoja de vida… y aun así el correo con la oportunidad nunca llega?

Esa pregunta no nace solamente de una cifra ni de una noticia económica. Nace de una experiencia que se repite en miles de habitaciones alrededor del mundo: un joven frente a una pantalla, revisando por quinta vez una oferta laboral que pide dos o tres años de experiencia para un cargo llamado “junior”; una recién graduada preguntándose si escogió mal su carrera; alguien que terminó el colegio, pero no pudo continuar estudiando; otro que trabaja muchas horas y, aun así, siente que no está construyendo un futuro, sino sobreviviendo al presente.

Durante mucho tiempo se habló del desempleo juvenil como si fuera un problema temporal. Casi como una etapa incómoda que había que atravesar antes de entrar a la vida adulta. “Ya llegará algo”, “tenga paciencia”, “empiece desde abajo”, “lo importante es ganar experiencia”. Son frases que muchas veces se dicen con cariño, y quizá quienes las pronuncian realmente quieren animarnos. Pero llega un momento en el que esas palabras comienzan a pesar, especialmente cuando pasan los meses y la realidad no cambia.

La crisis del empleo juvenil ya no pertenece a un solo país ni puede explicarse diciendo que algunos jóvenes no se esfuerzan lo suficiente. Es una situación global. Detrás de los números existen personas con nombres, familias, expectativas y miedos. No son una estadística distante: son una generación intentando encontrar su lugar en un mundo que cambia más rápido de lo que las instituciones logran responder.

Y ahí aparece una de las contradicciones más difíciles de comprender. Nunca habíamos tenido tanto acceso a información, cursos, tutoriales, herramientas digitales y conocimientos. Desde un teléfono podemos aprender programación, diseño, idiomas, mercadeo, edición de video o inteligencia artificial. Tenemos posibilidades que para otras generaciones habrían parecido ciencia ficción. Sin embargo, al mismo tiempo, acceder a un empleo estable y digno parece cada vez más complicado.

No es que no existan oportunidades. Sí existen. El problema es que muchas están mal distribuidas, exigen condiciones difíciles de cumplir o no ofrecen la estabilidad que prometen. Algunas vacantes piden experiencia que un recién graduado todavía no ha tenido la oportunidad de construir. Otras ofrecen salarios que apenas alcanzan para el transporte, la alimentación y algunas obligaciones básicas. También están los contratos breves, los trabajos informales, las plataformas digitales y esa extraña costumbre de llamar “emprendimiento” a cualquier situación en la que una persona debe resolver sola la falta de empleo.

Emprender puede ser maravilloso cuando nace de una idea, una vocación y una decisión consciente. Pero es diferente cuando se convierte en la única salida porque ninguna puerta laboral se abre. No todo joven que vende algo por internet está cumpliendo su sueño empresarial. A veces simplemente está buscando cómo pagar una cuenta, apoyar a su familia o evitar sentirse detenido.

Además, ahora competimos dentro de un mercado que ya no tiene fronteras claras. Una empresa colombiana puede contratar a alguien en otro continente. Un joven de Medellín puede trabajar para una organización en Europa. Una persona en Bogotá puede prestar servicios a una compañía estadounidense sin salir de su casa. Eso abre caminos, pero también aumenta la competencia. Ya no basta con compararnos con quienes estudiaron en nuestra ciudad; muchas veces entramos a procesos donde participan personas de distintas partes del mundo.

La tecnología también está transformando las tareas que antes servían como puerta de entrada. Algunos trabajos básicos, administrativos o repetitivos están siendo automatizados. La inteligencia artificial no significa necesariamente el fin del empleo, pero sí está cambiando lo que las empresas buscan. El problema es que la educación y el mercado laboral no siempre avanzan a la misma velocidad. Mientras un joven aprende durante varios años para desempeñar determinada función, esa función puede cambiar antes de que reciba su diploma.

Esto no significa que estudiar haya dejado de valer la pena. Yo sigo creyendo profundamente en la educación. Estudiar no solo sirve para conseguir trabajo; también nos ayuda a pensar, cuestionar, comprender y tomar mejores decisiones. Pero sería injusto seguir prometiendo que un título garantiza automáticamente estabilidad. Hoy el conocimiento necesita estar acompañado de capacidad de adaptación, habilidades humanas, criterio, comunicación, creatividad y disposición para aprender de nuevo.

Y sí, esa exigencia puede cansar.

A veces parece que nunca somos suficientes. Cuando aprendemos una herramienta, aparece otra. Cuando terminamos un curso, la vacante pide una certificación adicional. Cuando conseguimos experiencia, descubrimos que buscan un perfil más joven, pero con más años de trayectoria. Cuando intentamos descansar, sentimos culpa porque alguien en redes sociales afirma estar trabajando mientras los demás duermen.

Hemos convertido la productividad en una especie de medida del valor humano. Si estamos ocupados, avanzando, facturando o aprendiendo, sentimos que valemos. Si estamos desempleados, confundidos o cansados, pensamos que estamos fallando. Pero una persona no pierde su dignidad porque una empresa no responda su solicitud. Un joven no es menos inteligente porque todavía no haya encontrado su primera oportunidad. Un proceso de selección no puede medir por completo el potencial, la sensibilidad ni la capacidad de transformación de alguien.

Esto no quiere decir que debamos quedarnos quietos esperando un milagro. Hay que prepararse, buscar, preguntar, crear redes, mejorar habilidades y aprovechar las herramientas disponibles. Pero también debemos dejar de responsabilizar exclusivamente al joven por un problema estructural. No podemos pedirle que arregle con motivación personal lo que requiere cambios en la educación, las empresas, las políticas públicas y la forma como entendemos el trabajo.

Las empresas, por ejemplo, deberían revisar esa obsesión con contratar personas jóvenes que ya sepan hacerlo todo. ¿Dónde se supone que alguien va a adquirir experiencia si nadie le permite comenzar? Una organización que abre espacios de aprendizaje no está haciendo caridad. Está invirtiendo en talento, renovación e ideas nuevas.

Los gobiernos también tienen una responsabilidad enorme. No basta con anunciar programas de capacitación si esos programas no se conectan con empleos reales. No sirve formar a miles de jóvenes para sectores donde no existen suficientes vacantes. Tampoco es suficiente medir cuántas personas asistieron a un curso; habría que preguntar cuántas consiguieron trabajo digno, cuántas permanecieron en él y cuántas mejoraron realmente sus condiciones de vida.

Las instituciones educativas necesitan escuchar con más atención el mundo que existe fuera del aula. No para obedecer ciegamente cada tendencia del mercado, porque la educación es mucho más que producir trabajadores, sino para evitar que los estudiantes egresen sin conocer las realidades que encontrarán. Sería valioso enseñar a presentar un proyecto, negociar un salario, administrar las finanzas personales, construir una red profesional, manejar el fracaso y reconocer condiciones laborales injustas.

También las familias tenemos que aprender a acompañar de otra manera. Muchas comparaciones nacen del miedo: “A tu edad yo ya trabajaba”, “mira que tu primo sí consiguió”, “estudiaste tanto y todavía nada”. Pero el mundo laboral que vivieron nuestros padres no es idéntico al actual. Sus enseñanzas siguen siendo valiosas —la disciplina, la responsabilidad, la palabra, el esfuerzo—, aunque las rutas hayan cambiado. Acompañar no siempre significa dar consejos. A veces consiste en escuchar sin convertir cada conversación en un examen de resultados.

Pienso mucho en la velocidad con la que estamos viviendo. Hace poco reflexionaba sobre esa sensación de ir tarde para todo, incluso cuando nadie sabe exactamente cuál es la hora correcta para llegar a la vida. Esa presión también atraviesa la búsqueda de empleo: creemos que a cierta edad ya deberíamos tener un cargo, un salario, una casa, un proyecto sólido y una respuesta definitiva sobre quiénes somos. Pero la vida real casi nunca sigue ese calendario perfecto.

En https://juanmamoreno03.blogspot.com/2026/07/a-que-velocidad-estas-viviendo-tu-vida.html compartí una reflexión relacionada con esa necesidad de detenernos y preguntarnos si estamos caminando a nuestro ritmo o persiguiendo el reloj de los demás.

La crisis laboral no solo vacía bolsillos; también afecta la esperanza. Después de muchas solicitudes ignoradas, una persona puede comenzar a pensar que no tiene nada que ofrecer. Después de varios rechazos, puede dejar de intentar. Y cuando una sociedad permite que millones de jóvenes pierdan la confianza en sí mismos y en las instituciones, el problema deja de ser exclusivamente económico. Se convierte en una crisis de sentido, pertenencia y futuro.

Por eso necesitamos hablar del empleo juvenil sin reducirlo a tasas y porcentajes. Necesitamos preguntarnos qué tipo de mundo estamos construyendo cuando las nuevas generaciones sienten que deben demostrar su valor todo el tiempo, pero casi nunca reciben una oportunidad para mostrarlo.

También debemos reconocer que no todos los jóvenes parten del mismo lugar. Algunos tienen una familia que puede sostenerlos mientras buscan empleo. Otros necesitan generar ingresos inmediatamente. Algunos cuentan con computador, conexión estable, contactos y tiempo para capacitarse. Otros comparten un teléfono, viven lejos de los centros urbanos o deben cuidar a familiares. Decirles a todos “esfuércense más” ignora esas diferencias.

Y dentro de esta realidad, las mujeres jóvenes suelen enfrentar barreras adicionales, especialmente por las responsabilidades de cuidado, la discriminación y las brechas de participación laboral. No basta con crear oportunidades si una parte de la juventud encuentra la puerta medio cerrada desde el comienzo.

A pesar de todo, no quiero terminar esta reflexión desde la desesperanza. Ser joven en este tiempo también significa tener una capacidad enorme para aprender, conectarse, crear comunidades y cuestionar modelos que antes parecían intocables. Estamos entendiendo que un empleo debería ser algo más que un salario; debería permitir vivir con dignidad, crecer, aportar y conservar una parte de nosotros mismos fuera del trabajo.

Quizá nuestra generación no tiene todas las respuestas, pero está haciendo preguntas necesarias. ¿Por qué normalizamos empleos que desgastan a las personas? ¿Por qué se premia estar disponible todo el día? ¿Por qué alguien con trabajo puede seguir siendo pobre? ¿Por qué la experiencia vale tanto, pero casi nadie quiere ayudar a construirla? ¿Por qué hablamos de talento joven mientras cerramos los espacios donde ese talento podría desarrollarse?

No podemos resolver una crisis global con una frase motivacional. Pero tampoco debemos permitir que la crisis nos convenza de que no tenemos futuro. El camino exige acciones colectivas: políticas coherentes, educación conectada con la realidad, empresas dispuestas a formar, tecnologías puestas al servicio de las personas y comunidades capaces de acompañar sin juzgar.

En lo personal, creo que también necesitamos recuperar la confianza en los procesos que no se ven. Hay etapas en las que uno aprende, madura y se prepara sin recibir todavía un reconocimiento externo. Eso no reemplaza la necesidad de ingresos ni soluciona las cuentas, por supuesto. Pero ayuda a recordar que nuestro valor no empieza el día en que firmamos un contrato.

A quienes están buscando su primera oportunidad, quisiera decirles algo sin caer en optimismos vacíos: su cansancio es válido. Su frustración también. No tienen que fingir que cada rechazo es una bendición ni convertir todo dolor en una lección inmediata. A veces un “no” simplemente duele. Descansar, reorganizarse y pedir ayuda también forman parte del camino.

Y a quienes hoy tienen la posibilidad de abrir una puerta —empresarios, docentes, gobernantes, líderes o profesionales con experiencia—, les corresponde preguntarse cuántas veces están exigiendo oportunidades que ellos mismos no están dispuestos a ofrecer.

El futuro del trabajo no debería construirse sin escuchar a quienes tendrán que vivirlo durante las próximas décadas. Los jóvenes no somos únicamente “el futuro”. Estamos aquí, en el presente, intentando participar, aportar y construir una vida digna.

Tal vez la verdadera crisis no sea que la juventud no encuentre empleo. Tal vez sea que el mundo todavía no ha aprendido a reconocer todo lo que una generación joven puede aportar cuando recibe confianza, acompañamiento y una oportunidad real.

No dejemos que una hoja de vida sin respuesta nos haga olvidar la vida completa que existe detrás de ella.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

A veces el futuro no está cerrado; simplemente necesita que alguien se atreva a abrir la primera puerta.

sábado, 8 de agosto de 2026

¿Por qué los gatos empujan objetos al suelo? La explicación científica detrás de este hábito


¿Por qué los gatos empujan objetos al suelo? La explicación científica detrás de este hábito

¿Alguna vez has mirado fijamente a un gato mientras acerca lentamente su pata a un vaso, una llave o cualquier objeto que está al borde de una mesa? Él también te mira. Parece saber perfectamente que estás observándolo. Durante unos segundos, uno conserva la esperanza de que se detenga, pero entonces llega ese pequeño movimiento final: empuja el objeto, lo deja caer y contempla el resultado con una tranquilidad que casi parece provocación.

El objeto golpea el suelo.

Tú reaccionas.

Y el gato se queda ahí, como si acabara de completar un experimento científico.

Quienes hemos convivido con gatos sabemos que esta escena puede ser divertida cuando lo que cae es un lápiz, pero no tanto cuando se trata de un vaso, una planta, unos audífonos o algo que apreciamos. En ese momento resulta fácil pensar que el animal lo hizo por maldad, por venganza o porque disfruta alterando nuestra paciencia. Sin embargo, la explicación real es mucho más interesante: los gatos no están intentando destruir nuestras cosas por capricho. En la mayoría de los casos están explorando, jugando, siguiendo sus instintos o buscando una reacción.

Todo empezó cuando leí una nota de El Tiempo sobre este comportamiento tan común: https://www.eltiempo.com/cultura/por-que-los-gatos-empujan-objetos-al-suelo-la-explicacion-cientifica-detras-de-este-habito-3568327

Lo que parecía una curiosidad sencilla terminó haciéndome pensar en algo que va mucho más allá de una mesa desordenada. Muchas veces juzgamos una conducta sin intentar comprender la necesidad que existe detrás de ella. Lo hacemos con los animales, pero también con las personas.

Los gatos conocen buena parte de su entorno mediante sus sentidos, y sus patas cumplen un papel importante en esa exploración. Cuando encuentran algo desconocido, pueden tocarlo suavemente para descubrir si se mueve, qué textura tiene o qué ocurre al ejercer presión sobre él. Para nosotros es un adorno inmóvil. Para ellos puede ser un elemento nuevo dentro de su territorio y, por lo tanto, algo digno de ser investigado.

Organizaciones dedicadas al bienestar felino explican que los gatos son animales naturalmente curiosos y que pueden empujar objetos mientras inspeccionan aquello que no conocen. Especialistas en comportamiento también relacionan esta costumbre con el instinto de caza, el aburrimiento y el aprendizaje: si al derribar algo el humano aparece inmediatamente, el gato descubre que esa acción produce atención.

Me resulta curioso que algunas personas consideren que un gato es desobediente por explorar el mundo de la única manera que sabe hacerlo. Nosotros tomamos un objeto con las manos, lo giramos, leemos sus instrucciones o buscamos información en internet. El gato utiliza la pata. La diferencia es que su investigación puede terminar con una taza rota.

También existe una relación con la caza. Aunque un gato viva dentro de una casa, duerma en una cama cómoda y nunca haya tenido que buscar alimento por su cuenta, conserva comportamientos heredados de sus antepasados. Un felino puede tocar repetidamente una presa para comprobar si todavía se mueve, evaluar su reacción o calcular el momento adecuado para atraparla.

Por eso, cuando golpea un bolígrafo y este rueda por la mesa, el movimiento puede activar su interés. El objeto deja de ser un simple bolígrafo y se convierte en algo que se desplaza, cambia de dirección y finalmente desaparece por el borde. Para un animal que responde con tanta rapidez a los movimientos pequeños, esa secuencia puede resultar muy estimulante.

Desde nuestra perspectiva, el gato tiró algo.

Desde la suya, probablemente provocó un movimiento, siguió una trayectoria y observó una consecuencia.

Es casi como un pequeño ejercicio de física, aunque él no conozca palabras como gravedad, velocidad o caída. Empuja, observa y aprende. Después repite la acción para comprobar si sucede lo mismo. Hay algo profundamente natural en eso. Los seres vivos aprendemos mediante la repetición. Desde niños tocamos, movemos y dejamos caer cosas para entenderlas. La diferencia es que, cuando crecemos, olvidamos que alguna vez conocimos el mundo de esa manera.

Quizá por eso los gatos nos parecen tan misteriosos. Ellos conservan una curiosidad que nosotros vamos perdiendo con los años.

Cuando somos pequeños preguntamos por qué el cielo cambia de color, por qué llueve, por qué los pájaros vuelan o por qué una sombra nos sigue. Con el tiempo comenzamos a aceptar la realidad sin observarla demasiado. Dejamos de preguntar. Nos acostumbramos a pasar junto a las cosas sin mirarlas verdaderamente.

Un gato, en cambio, puede pasar varios minutos estudiando una caja, una hoja o una pequeña tapa de plástico. No necesita que aquello sea caro ni extraordinario. Le basta con que sea diferente.

Eso me recuerda que la curiosidad no siempre necesita grandes descubrimientos. A veces nace de prestar atención a lo que tenemos delante.

Otra explicación posible es el aburrimiento. Aunque solemos imaginar a los gatos como animales completamente independientes, ellos también necesitan actividad física, desafíos mentales, oportunidades para trepar y momentos de juego. Un hogar puede parecernos cómodo, pero para un gato también puede convertirse en un espacio demasiado predecible.

Las mismas paredes.

Los mismos muebles.

Los mismos sonidos.

Las mismas horas esperando a que alguien regrese.

Si no encuentra una manera adecuada de liberar su energía, cualquier objeto puede transformarse en entretenimiento. Unas llaves hacen ruido. Una botella gira. Una tapa se desliza. Un papel cae dando vueltas. De repente, aquello que nosotros dejamos olvidado sobre una mesa se convierte en el acontecimiento más interesante de la tarde.

En ese caso, el problema no es que el gato quiera molestarnos. El problema puede ser que no tiene suficientes alternativas.

Esta idea me hizo pensar en cuántas veces calificamos un comportamiento como negativo sin preguntarnos qué necesidad no está siendo atendida. Decimos que un niño es inquieto, pero quizá lleva demasiado tiempo encerrado. Decimos que una persona está distante, pero tal vez está pasando por algo que no sabe expresar. Decimos que alguien busca llamar la atención como si necesitar atención fuera siempre una debilidad.

Con los gatos ocurre algo parecido.

Cuando un gato empuja algo y nosotros nos levantamos inmediatamente, le hablamos, lo miramos o corremos a recogerlo, puede aprender que esa acción funciona. No necesariamente entiende que estamos molestos. Lo que entiende es más sencillo: antes estaba solo y, después de empujar el objeto, obtuvo una respuesta.

Incluso una reacción negativa sigue siendo una reacción.

Me parece sorprendente la rapidez con la que los animales aprenden nuestras rutinas. Saben cuándo nos levantamos, cuándo abrimos la nevera, cuándo estamos a punto de salir y cuándo nos sentamos frente al computador. También descubren qué acciones logran interrumpirnos.

Quizá el gato no conoce el valor económico del objeto, pero conoce perfectamente el valor de nuestra atención.

Y aquí la reflexión se vuelve un poco incómoda.

Vivimos conectados a muchas cosas y, al mismo tiempo, distraídos de quienes tenemos cerca. Revisamos mensajes mientras alguien nos habla. Miramos videos durante la comida. Saltamos de una notificación a otra con la sensación de estar disponibles para todo el mundo, aunque a veces no estemos realmente presentes para nadie.

Entonces llega un gato, coloca la pata sobre un objeto y lo empuja.

En un segundo consigue algo que quizá llevaba varios minutos intentando: que levantemos la mirada.

No estoy diciendo que cada objeto derribado sea una petición emocional. Los comportamientos animales no deben interpretarse únicamente desde sentimientos humanos. Puede ser juego, curiosidad, instinto o simple estimulación. Sin embargo, sí vale la pena observar el contexto. ¿Sucede cuando el gato lleva mucho tiempo solo? ¿Ocurre mientras trabajamos y no le prestamos atención? ¿Tiene juguetes adecuados? ¿Cuenta con espacios para trepar, esconderse y mirar desde lugares altos?

Comprender no significa permitir que destruya todo. Significa buscar una respuesta que atienda la causa y no solamente castigue la consecuencia.

Gritarle probablemente no le enseñará qué objeto puede tocar y cuál no. En algunos casos solo puede generarle miedo o hacer que la interacción se convierta en una experiencia aún más intensa. Resulta más útil proteger los objetos frágiles, evitar dejarlos cerca de los bordes, ofrecer juguetes que pueda perseguir, establecer momentos de juego y enriquecer su entorno.

Un juguete interactivo, una pelota segura, una caja de cartón, un rascador o una zona elevada pueden parecer detalles pequeños, pero para un gato representan oportunidades de explorar sin convertir la sala en un laboratorio de caídas.

También debemos reconocer que convivir con un animal exige adaptar ciertos espacios. A veces esperamos que el gato comprenda todas las reglas de una casa diseñada completamente para humanos, cuando lo más responsable es anticiparnos. Si sabemos que siente curiosidad por los objetos ubicados en los bordes, no tiene mucho sentido dejar allí algo delicado y después actuar como si hubiera desarrollado un plan para destruirlo.

Esto no significa renunciar al orden. Significa aceptar que compartir la vida con otro ser implica hacer acuerdos, incluso cuando una de las partes no puede expresarlos con palabras.

En mi familia he aprendido que la convivencia no consiste en obligar a todos a comportarse exactamente como uno espera. Cada persona tiene sus ritmos, costumbres, sensibilidades y formas de comunicar lo que necesita. Con los animales sucede lo mismo, aunque el lenguaje sea diferente.

Nosotros decimos: “Estoy aburrido”.

El gato empuja una tapa.

Nosotros decimos: “Necesito que me prestes atención”.

El gato se sienta frente a la pantalla.

Nosotros preguntamos: “¿Qué pasará si hago esto?”.

El gato acerca la pata al vaso.

Por supuesto, no todas las conductas tienen una explicación única. Cada gato posee una personalidad y una historia. Algunos son más activos, otros más tranquilos. Algunos se interesan por cualquier movimiento y otros prefieren contemplar el mundo desde una ventana. Por eso resulta importante observar antes de sacar conclusiones.

Si una conducta aparece de repente, se vuelve excesiva o viene acompañada de otros cambios preocupantes, la recomendación responsable es consultar con un veterinario. No todo debe atribuirse automáticamente a “cosas de gatos”. A veces una modificación en el comportamiento puede indicar estrés, malestar o una alteración en el entorno.

Pero, en la mayoría de esas escenas cotidianas en las que un gato empuja lentamente un objeto mientras nos mira, probablemente estemos presenciando una combinación de curiosidad, instinto, entretenimiento y aprendizaje.

No una conspiración.

No una venganza.

No una declaración de guerra contra la decoración.

Tal vez lo más hermoso de comprender este comportamiento sea descubrir que detrás de algo aparentemente molesto existe un animal tratando de relacionarse con su ambiente. El gato no sabe que esa taza fue un regalo especial ni que los audífonos costaron dinero. Él solo encuentra un objeto con un tamaño, una textura, un olor y una capacidad de movimiento.

Somos nosotros quienes debemos establecer un espacio seguro para ambos.

Esta explicación también puede ayudarnos a mirar con más paciencia otras situaciones de la vida. Muchas veces reaccionamos frente a lo visible, pero ignoramos aquello que lo provocó. Nos molesta el ruido, pero no escuchamos la necesidad. Nos incomoda una actitud, pero no preguntamos qué historia existe detrás. Juzgamos la caída del objeto sin observar la pata que lo empujó ni la curiosidad que inició el movimiento.

Comprender no siempre justifica una conducta, pero cambia la manera en que respondemos.

Cuando entendemos, dejamos de reaccionar únicamente desde la rabia.

Cuando observamos, descubrimos patrones.

Cuando tenemos paciencia, encontramos alternativas.

Quizá esa sea una de las lecciones silenciosas que los gatos nos dejan. Nos obligan a aceptar que no controlamos todo, que existen otras formas de percibir la realidad y que el mundo no fue construido solamente desde nuestra perspectiva.

Ellos ven alturas que nosotros ignoramos.

Escuchan sonidos que no percibimos.

Encuentran movimiento en objetos que para nosotros están quietos.

Y convierten una mesa común en un territorio lleno de posibilidades.

Después de conocer la explicación científica, seguramente seguiré intentando evitar que un gato empuje algo delicado. No voy a celebrar cada vaso derribado como una demostración de inteligencia. Pero probablemente reaccionaré de otra manera. Antes de asumir que lo hizo para molestar, me preguntaré si necesita jugar, explorar o simplemente compartir un momento.

A veces comprender al otro empieza con una pregunta muy sencilla: ¿qué está intentando decirme con lo que hace?

En https://juanmamoreno03.blogspot.com/ comparto más reflexiones nacidas de situaciones cotidianas que, aunque parezcan pequeñas, terminan enseñándonos algo sobre la vida, las relaciones y nuestra manera de observar el mundo.

La próxima vez que veas una pata acercándose lentamente a un objeto, protege primero lo que pueda romperse. Después mira al gato con un poco de curiosidad. Quizá no estés frente a un animal malintencionado, sino frente a un explorador que acaba de descubrir que la gravedad siempre responde.

Y tal vez nosotros también necesitemos recuperar algo de esa capacidad de tocar la vida, hacer preguntas y sorprendernos con sus respuestas.

Gracias por llegar hasta aquí. Ojalá esta reflexión te ayude a cuidar mejor a tu gato y, de paso, a mirar con un poco más de paciencia los comportamientos que todavía no comprendes.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

“A veces, antes de recoger lo que cayó al suelo, vale la pena entender qué curiosidad puso el mundo en movimiento.”

viernes, 7 de agosto de 2026

¿Y si esa botella de dos litros que cargas todos los días no fuera una regla de salud, sino otra medida con la que aprendimos a juzgarnos?



Durante mucho tiempo escuché que había que beber dos litros de agua al día. Ocho vasos. Una botella grande. Una cifra exacta, fácil de recordar y aparentemente válida para todos. Sonaba tan clara que parecía indiscutible: si tomabas menos, estabas descuidándote; si cumplías la meta, podías sentir que habías hecho algo bueno por tu cuerpo.

Yo mismo he tenido días en los que, al mirar una botella casi llena al final de la tarde, sentía una especie de culpa absurda. Como si mi organismo llevara una contabilidad silenciosa y estuviera esperando que yo completara la cuota antes de dormir. Entonces bebía varios vasos seguidos, no porque tuviera sed, sino porque una aplicación, un video o una recomendación repetida durante años me había convencido de que faltaba algo.

Pero el cuerpo no es una hoja de cálculo.

Esa es quizá la idea más importante detrás del estudio citado por El Tiempo en el artículo que inspira esta reflexión: https://www.eltiempo.com/salud/hay-que-beber-dos-litros-de-agua-al-dia-un-estudio-cuestiona-la-recomendacion-y-explica-de-que-depende-la-hidratacion-3567789

La investigación analizó la renovación diaria del agua corporal en miles de personas de distintas edades y países. Sus resultados mostraron algo que parece obvio cuando se dice en voz alta, pero que muchas veces olvidamos: la cantidad de agua que necesita una persona cambia según su edad, el tamaño y la composición de su cuerpo, la actividad física, el gasto de energía y el ambiente donde vive.

No necesita lo mismo alguien que trabaja sentado en una oficina fría que una persona que camina varias horas bajo el sol de Barranquilla. Tampoco pierde agua de la misma manera un niño, un adulto joven o una persona mayor.

Entonces, ¿los dos litros son mentira?

No exactamente.

El problema no es beber dos litros. Para muchas personas puede ser una cantidad razonable. El problema aparece cuando convertimos una referencia general en una orden universal, como si todos los cuerpos fueran iguales y todos los días también.

Las recomendaciones sobre hidratación suelen hablar del agua total que recibe el organismo, no solamente de los vasos de agua pura. Ese total puede incluir el líquido presente en frutas, verduras, sopas, leche, café y otras bebidas.

Eso significa que no empezamos cada mañana con el cuerpo completamente vacío, esperando que le echemos exactamente dos litros desde una botella. También recibimos agua cuando desayunamos una fruta, almorzamos una sopa o comemos alimentos con un alto contenido de humedad. Y, al mismo tiempo, perdemos cantidades distintas al respirar, sudar, orinar o hacer ejercicio.

Me parece curioso que aceptemos con facilidad que cada persona necesita una talla diferente de zapatos, una cantidad distinta de sueño o un ritmo propio para aprender, pero cuando hablamos de bienestar buscamos números que sirvan para todo el mundo.

Diez mil pasos. Ocho horas exactas de sueño. Dos litros de agua. Treinta minutos de ejercicio. Cinco porciones de frutas y verduras.

Nos tranquilizan las cifras porque reducen la incertidumbre. Cumplir una meta visible nos da la sensación de estar en control. El problema es que la vida real casi nunca cabe por completo en una cifra.

Hay días en los que caminamos más, hace más calor, comemos distinto o estamos enfermos. Hay momentos en los que el cuerpo pide agua de forma evidente y otros en los que la sed aparece con menos fuerza. Incluso la edad puede cambiar la manera en que percibimos esa señal.

Por eso, aunque la sed suele ser una guía útil para muchas personas sanas, no siempre conviene ignorar el contexto, especialmente en niños, adultos mayores, personas enfermas o quienes realizan actividad física intensa.

Vivir en Colombia también debería enseñarnos que no existe una única respuesta. No es lo mismo pasar el día en Bogotá, con una temperatura moderada, que trabajar al aire libre en una ciudad caliente y húmeda. No es igual viajar por carretera durante horas que jugar un partido de fútbol al mediodía. El clima, la altura, el movimiento y la sudoración cambian nuestras pérdidas de líquido.

Pero tampoco se trata de irse al extremo contrario y decir: “Como los dos litros no son obligatorios, entonces beber agua no importa”.

Claro que importa.

El agua participa en procesos esenciales del organismo, como la regulación de la temperatura, el transporte de nutrientes y la eliminación de desechos. Mantener una hidratación adecuada es parte del cuidado básico de la salud.

Lo que se cuestiona no es la importancia del agua, sino la idea de que una sola cantidad rígida pueda describir las necesidades de todas las personas.

Para mí, esa diferencia es poderosa: cuidar el cuerpo no consiste en obedecer ciegamente una cifra, sino en aprender a escucharlo con más atención.

Y escuchar el cuerpo no siempre es sencillo.

Vivimos distraídos. Podemos pasar horas frente a una pantalla sin notar que tenemos sed. A veces confundimos cansancio con pereza, tensión con mal humor o necesidad de descanso con falta de disciplina. Nos acostumbramos tanto a ignorar señales pequeñas que solamente reaccionamos cuando se vuelven incómodas.

Por eso, abandonar una regla rígida no significa dejar todo al azar. Significa cambiar la obsesión por la observación.

Podemos preguntarnos cosas simples: ¿hace mucho calor?, ¿he sudado más de lo habitual?, ¿estoy haciendo ejercicio?, ¿he consumido frutas, verduras o sopas?, ¿siento sed?, ¿mi boca está seca?, ¿mi orina está mucho más oscura de lo normal?, ¿tengo alguna condición médica que requiera controlar los líquidos?

La respuesta no siempre será la misma.

También es importante recordar que beber agua en exceso no convierte automáticamente a una persona en más saludable. Forzarse a consumir cantidades enormes en poco tiempo puede ser perjudicial, porque el organismo también necesita mantener un equilibrio adecuado de líquidos y minerales.

Más no siempre significa mejor.

Esta idea choca con una cultura que suele premiar los extremos. Vemos botellas gigantes marcadas por horas, retos de hidratación y mensajes que prometen una transformación casi milagrosa por beber determinada cantidad.

Algunas herramientas pueden ayudar a crear un hábito, por supuesto, pero dejan de ser útiles cuando producen ansiedad o hacen que desconfiemos por completo de nuestras propias sensaciones.

Una botella puede ser un recordatorio; no debería convertirse en un juez.

Pienso que detrás de esta conversación hay una reflexión que va mucho más allá del agua: hemos aprendido a relacionarnos con el bienestar desde la exigencia. Nos cuidamos porque tememos fallar, enfermarnos, envejecer o no cumplir con una imagen ideal.

Muchas veces tratamos el cuerpo como un proyecto que siempre necesita corrección.

Tal vez podríamos relacionarnos con él desde otro lugar.

Beber agua puede ser un acto sencillo de presencia. Hacer una pausa. Levantarnos del escritorio. Sentir el vaso frío en las manos. Reconocer que tenemos límites y necesidades. Agradecer que el cuerpo, aun con todo lo que le exigimos, sigue enviándonos señales.

En una época llena de relojes inteligentes, aplicaciones y notificaciones, parece extraño decir que también necesitamos recuperar una sabiduría básica: prestar atención.

La tecnología puede contar nuestros vasos, pero no vive dentro de nosotros. No sabe exactamente cuánto sudamos, cómo dormimos, qué comimos o qué sentimos. Puede orientar, pero no reemplazar la conciencia.

Y esa conciencia tampoco sustituye el consejo profesional cuando existe una enfermedad, un tratamiento médico o una situación especial.

No todas las personas deberían aumentar libremente su consumo de agua. Quienes tienen determinadas condiciones renales, cardíacas o hepáticas pueden necesitar indicaciones específicas sobre la cantidad de líquidos que consumen. En esos casos, una recomendación general de internet nunca debería reemplazar la orientación de un profesional de la salud.

Yo no creo que debamos declarar la guerra a los dos litros. Sería caer en el mismo error, pero al revés.

Podemos conservarlos como una referencia flexible, no como una ley. Podemos beber con regularidad, llevar agua cuando salimos, aumentar la cantidad cuando hace calor o realizamos ejercicio y prestar atención a cómo responde nuestro cuerpo.

La enseñanza no es “bebe menos”.

La enseñanza es “conócete mejor”.

Quizá una persona descubra que dos litros le funcionan perfectamente. Otra necesitará más en un día de entrenamiento. Otra recibirá buena parte del agua a través de sus alimentos. Otra deberá seguir una recomendación médica particular.

La salud no pierde valor porque sea menos exacta; se vuelve más humana.

Hay algo liberador en entender que cuidarnos no consiste en completar una lista perfecta. A veces el bienestar es tan sencillo como detenernos y preguntarnos qué necesitamos de verdad, sin compararnos con el cuerpo de alguien más.

Hoy, cuando veo mi botella a medio terminar, intento no convertirla en motivo de culpa. La miro como una invitación.

Si tengo sed, bebo. Si he estado bajo el sol, presto más atención. Si llevo horas distraído, hago una pausa. Y si mi cuerpo presenta señales persistentes o extrañas, entiendo que no todo se resuelve con otro vaso de agua.

Porque la hidratación no debería ser una competencia ni una moda. Es una conversación diaria entre el cuerpo, el ambiente y la vida que llevamos.

Tal vez no todos necesitemos exactamente dos litros. Pero todos necesitamos aprender a escucharnos un poco mejor.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

A veces cuidarnos no es cumplir una cifra, sino aprender a reconocer la voz tranquila de nuestro propio cuerpo.

jueves, 6 de agosto de 2026

¿Estamos cansados… o estamos viviendo de una forma que nos está consumiendo?



Hay mañanas en las que uno abre los ojos y siente que nunca terminó de dormir. El cuerpo se levantó, sí, pero la mente sigue acostada en algún lugar. Suena la alarma, miramos el celular “solo un momento” y, antn el piso, ya vimos mensajes pendientes, noticias preocupantes, vidas aparentemente perfectas, oportunidades que otros aprovecharon y recordatorios de todo lo que todavía no hemos logrado.

Y entonces comienza el día.

Uno se baña con afán, desayuna mirando una pantalla, estudia pensando en el trabajo, trabaja pensando en el futuro y descansa sintiendo culpa porque podría estar haciendo algo “más productivo”. Al final de la noche, cuando por fin llega el momento de detenerse, no sabemos cómo hacerlo. El cuerpo pide silencio, pero la cabeza sigue repasando conversaciones, pendientes, comparaciones, errores y posibilidades.

Quizás por eso tantos jóvenes decimos que vivimos cansados.

No necesariamente porque hagamos más esfuerzo físico que las generaciones anteriores. Tampoco porque seamos débiles, perezosos o incapaces de enfrentar la vida, como a veces se afirma con demasiada facilidad. Puede ser que nuestro agotamiento tenga otra forma: menos visible, más mental, más emocional y mucho más silenciosa.

Una entrevista publicada por La FM con la psiquiatra Vicky Pérez Restrepo me dejó pensando precisamente en eso. La especialista explica que el cansancio puede estar relacionado con causas médicas, pero también con hábitos como la hiperconectividad, la multitarea, la comparación constante y la presión de asociar el éxito personal con la productividad. También señala algo que parece sencillo, pero que hemos olvidado: pasar todo el fin de semana acostados o mirando una pantalla no siempre significa que estemos descansando.

Me parece curioso que tengamos tantas herramientas creadas para facilitar la vida y, al mismo tiempo, sintamos que nunca tenemos tiempo. Podemos comunicarnos en segundos, estudiar desde cualquier lugar, automatizar tareas y acceder a cantidades enormes de información. Sin embargo, nuestra mente rara vez recibe la señal de que la jornada terminó.

Antes uno podía salir del colegio, de la universidad o del trabajo y sentir cierta distancia. Hoy llevamos el salón, la oficina, las noticias y las opiniones de todo el mundo dentro del bolsillo.

El teléfono vibra y sentimos que debemos responder. Aparece un correo y pensamos que ignorarlo es irresponsable. Vemos a alguien de nuestra edad anunciando un emprendimiento, un viaje, un título, una casa, una relación aparentemente perfecta o un cambio físico sorprendente, y comenzamos a preguntarnos por qué nosotros no avanzamos al mismo ritmo.

Lo extraño es que podemos estar quietos y, aun así, sentirnos corriendo.

La comparación no necesita que salgamos de la habitación. La presión no necesita que alguien nos grite. A veces basta con deslizar el dedo durante veinte minutos para terminar convencidos de que todos están viviendo mejor, creciendo más rápido y aprovechando mejor el tiempo.

Sabemos, racionalmente, que las redes sociales muestran fragmentos. Sabemos que una fotografía no contiene las discusiones, los miedos, las deudas, las dudas ni las noches difíciles de una persona. Pero emocionalmente no siempre recordamos eso. Comparamos nuestra vida completa, con todas sus confusiones, con el momento cuidadosamente escogido de alguien más.

Y esa comparación desgasta.

También nos hemos acostumbrado a hacer varias cosas al mismo tiempo. Escuchamos una clase mientras respondemos mensajes. Vemos una película mientras revisamos publicaciones. Comemos mientras leemos noticias. Hablamos con alguien mientras pensamos en otra conversación. Parece eficiencia, pero muchas veces es una atención rota en pedazos.

Terminamos el día habiendo hecho muchas cosas, aunque con la sensación de no haber estado verdaderamente presentes en ninguna.

A mí me preocupa que hayamos convertido el cansancio en una especie de medalla. Decir que dormimos poco puede sonar como una prueba de compromiso. Estar siempre ocupados se interpreta como señal de importancia. Tener la agenda llena parece confirmar que estamos avanzando.

En cambio, descansar todavía provoca explicaciones.

“Me acosté un rato porque ya había terminado.”

“No salí porque esta semana fue muy pesada.”

“No hice nada, pero mañana sí me pongo al día.”

Como si descansar necesitara una defensa. Como si el cuerpo tuviera que presentar pruebas para recibir permiso de detenerse.

La psiquiatra entrevistada en La FM plantea la importancia del descanso activo: realizar actividades placenteras, moverse y compartir con otras personas. No se trata únicamente de dormir más o permanecer inmóviles, sino de recuperar energía mediante experiencias que saquen a la mente del circuito repetitivo de exigencia y preocupación.

Eso me hizo pensar en las formas sencillas de descanso que hemos ido abandonando.

Una conversación sin mirar el reloj. Una caminata sin convertirla en contenido. Escuchar música sin hacer otra cosa. Cocinar con la familia. Reírse sin revisar quién escribió. Sentarse en silencio. Orar. Respirar con calma. Mirar por una ventana sin sentir que estamos desperdiciando el tiempo.

Quizás descansar no sea apagar el cuerpo, sino regresar a uno mismo.

No digo esto desde una posición de perfección. También he sentido esa culpa extraña cuando intento detenerme. También he pensado que debería estar aprendiendo algo, produciendo algo, resolviendo algo o preparando lo siguiente. En ocasiones, incluso una actividad que disfruto termina convertida en obligación: si leo, debo terminar cierta cantidad de páginas; si camino, debo cumplir una meta; si escribo, el resultado debe publicarse; si aprendo, tiene que servirme profesionalmente.

Nos cuesta hacer algo simplemente porque nos hace bien.

Tal vez el verdadero agotamiento comienza cuando toda experiencia necesita demostrar utilidad.

Hay otro asunto que no podemos ignorar: los jóvenes estamos creciendo en medio de una incertidumbre permanente. Se nos dice que debemos prepararnos para empleos que podrían cambiar rápidamente, dominar nuevas herramientas, construir una marca personal, ahorrar, emprender, cuidar nuestra salud mental, mantener relaciones sanas, informarnos, opinar correctamente y encontrar un propósito.

Todo eso mientras intentamos descubrir quiénes somos.

Tenemos acceso a más caminos, pero esa abundancia también puede paralizar. Cada decisión parece cerrar otras cien posibilidades. Elegimos una carrera y nos preguntamos si otra habría sido mejor. Conseguimos un trabajo y sentimos que deberíamos estar emprendiendo. Emprendemos y extrañamos la estabilidad. Descansamos y pensamos que estamos quedándonos atrás. Avanzamos y sospechamos que escogimos la dirección equivocada.

Somos una generación con muchas ventanas abiertas, tanto en las pantallas como en la cabeza.

Pero también sería injusto explicar todo cansancio como consecuencia del celular o de una mala organización. La fatiga persistente puede relacionarse con condiciones médicas, dificultades del sueño o problemas de salud mental. La entrevista menciona posibilidades como anemia, alteraciones de la tiroides, apnea del sueño, deficiencias vitamínicas, enfermedades autoinmunes y COVID persistente, entre otras. Por eso, cuando el cansancio se mantiene, afecta la vida cotidiana o aparece acompañado de otros cambios importantes, no debería minimizarse ni tratarse únicamente con frases motivacionales. La recomendación de la especialista es buscar primero una valoración médica y considerar acompañamiento de salud mental cuando corresponda.

No todo se soluciona pensando positivo.

A veces hace falta una conversación honesta. A veces hace falta un examen médico. A veces necesitamos reorganizar nuestras rutinas. A veces toca aceptar que llevamos demasiado tiempo tratando de cumplir expectativas que ni siquiera elegimos.

También debemos aprender a diferenciar entre estar cansados de una semana difícil y sentir que hemos perdido el interés por casi todo. Entre necesitar dormir y necesitar ayuda. Entre aburrirnos con una tarea y vivir permanentemente desconectados de nosotros mismos.

No para diagnosticarnos mirando publicaciones, sino para prestar atención.

El cuerpo suele hablar antes de que nosotros aceptemos lo que sucede. Habla mediante la irritabilidad, la falta de concentración, el sueño desordenado, los dolores, el desánimo y esa sensación de funcionar en piloto automático. Nosotros, en cambio, solemos responder con más café, más pantalla, más exigencia o la promesa de descansar “cuando todo se calme”.

El problema es que todo rara vez se calma por sí solo.

Siempre habrá otro pendiente, otra meta y otra preocupación. Por eso el descanso no puede ser un premio reservado para cuando terminemos toda la lista. Tiene que formar parte de la vida, no aparecer únicamente después del colapso.

Quizás necesitamos dejar de preguntarnos cómo producir más durante cada hora y comenzar a preguntarnos qué clase de vida estamos construyendo con esas horas.

¿De qué sirve cumplir todos los objetivos si no podemos disfrutar ninguno?

¿De qué sirve estar conectados con cientos de personas si hace tiempo no hablamos sinceramente con alguien?

¿De qué sirve aprender a utilizar todas las nuevas tecnologías si olvidamos escuchar las señales más básicas de nuestro propio cuerpo?

La tecnología no es el enemigo. Las redes tampoco son responsables de todo. Han permitido crear comunidades, encontrar oportunidades, aprender y acompañarnos. El problema aparece cuando dejamos de usarlas y comenzamos a vivir bajo sus ritmos: la rapidez, la respuesta inmediata, la exposición permanente y la necesidad de mostrar resultados.

No fuimos creados para estar disponibles todo el tiempo.

Nuestra mente necesita pausas. Nuestros vínculos necesitan presencia. Nuestra dimensión espiritual necesita silencio. Y nuestro cuerpo necesita algo más que sobrevivir con la batería en rojo mientras repetimos que después descansaremos.

Tal vez los jóvenes nos quejamos más del cansancio porque también tenemos un lenguaje más abierto para nombrarlo. Generaciones anteriores pudieron vivir agotamientos profundos sin expresarlos, porque hablar de emociones, terapia o límites era menos aceptado. No todo pasado fue más resistente; en ocasiones, simplemente fue más silencioso.

Reconocer el agotamiento no nos hace frágiles.

Puede ser el primer paso para cambiar una rutina, pedir ayuda, revisar nuestra salud o aceptar que no tenemos que demostrar nuestro valor mediante el desgaste.

Claro que existen responsabilidades que no desaparecen porque estemos cansados. Hay familias que dependen de un ingreso, estudiantes con jornadas largas, personas que cuidan a otros y jóvenes que deben trabajar mientras estudian. Hablar de descanso sin reconocer esas realidades puede convertirse en un consejo vacío.

Pero incluso dentro de vidas exigentes, vale la pena defender pequeños espacios de humanidad.

Cinco minutos de silencio real. Una comida sin pantalla. Una conversación sincera. Una caminata corta. Una hora de sueño protegida. El valor de decir “hoy no puedo”. La decisión de consultar a un profesional cuando algo no está bien.

No siempre podremos cambiar toda nuestra vida de inmediato, pero sí podemos dejar de tratar el agotamiento como si fuera nuestra personalidad.

No somos “los que siempre están cansados”. Somos personas que probablemente llevan demasiado tiempo recibiendo estímulos, resolviendo preocupaciones, comparándose, trabajando y tratando de construir un futuro en un mundo que cambia rápidamente.

Y necesitamos recordar algo que parece obvio: descansar no es renunciar al futuro. Es recuperar la energía necesaria para llegar a él sin perdernos por el camino.

Quizás hoy no necesitemos otra fórmula para ser más productivos. Quizás necesitemos apagar un poco el ruido, escuchar el cuerpo y preguntarnos con honestidad qué nos está quitando la energía.

No para abandonar nuestras metas, sino para dejar de abandonarnos a nosotros mismos mientras intentamos alcanzarlas.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

A veces recuperar la vida no comienza haciendo más, sino dándonos permiso de respirar sin sentir culpa.

miércoles, 5 de agosto de 2026

Los mosquitos no te eligen al azar: tu piel cuenta una historia que ellos pueden oler



¿Alguna vez has estado sentado junto a varias personas y, al terminar la noche, descubres que tú pareces haber servido de cena mientras los demás apenas recibieron una picadura?

A mí me ha pasado. Uno empieza a rascarse, a mirar los brazos y a preguntarse, medio en broma y medio en serio, qué hizo para merecer semejante persecución. Alguien siempre dice que es por la “sangre dulce”. Otro culpa al perfume, al color de la ropa o al calor. Y aunque algunas de esas explicaciones tienen una parte de verdad, la realidad es mucho más extraña, profunda y fascinante: los mosquitos no actúan completamente al azar. Nos detectan, nos comparan y, de alguna manera, nos seleccionan.

Lo más sorprendente es que una parte de esa elección puede estar relacionada con los millones de microorganismos que viven sobre nuestra piel.

Decirlo así puede sonar incómodo. Nos enseñaron a imaginar las bacterias como enemigas, como algo sucio que hay que eliminar. Desde pequeños escuchamos frases como “lávate las manos porque tienes bacterias” o “no toques eso que está contaminado”. Sin embargo, nuestro cuerpo no es una superficie vacía ni una fortaleza aislada. Somos una especie de ecosistema ambulante. Sobre la piel viven comunidades microscópicas que participan en procesos cotidianos y que, entre muchas otras cosas, transforman sustancias del sudor y contribuyen a producir nuestro olor corporal.

Ese olor no es solamente el que nosotros alcanzamos a notar después de hacer ejercicio o pasar varias horas bajo el sol. Es una nube química mucho más compleja, formada por compuestos que quizá no percibimos conscientemente, pero que un mosquito puede detectar con una precisión impresionante.

Los mosquitos combinan varias señales para encontrarnos: el dióxido de carbono que expulsamos al respirar, el calor corporal, la humedad, el movimiento y los compuestos que salen de nuestra piel. Entre esas señales se encuentra el olor generado por la interacción entre nuestro sudor y las bacterias que habitan en el cuerpo.

Esto significa que el mosquito no piensa como nosotros, pero sí responde a un conjunto de señales biológicas. Para él, cada persona parece emitir una firma invisible. Una especie de perfil aromático que le indica: aquí hay calor, aquí hay respiración, aquí hay piel y posiblemente aquí hay alimento.

La fuente que inspiró esta reflexión explicaba algo todavía más inquietante. Algunos estudios observaron que virus como el dengue y el zika podrían modificar el olor de los huéspedes infectados al alterar ciertos procesos relacionados con los microorganismos de la piel. En los experimentos aumentaba la presencia de un compuesto llamado acetofenona, lo que hacía que los huéspedes resultaran más atractivos para los mosquitos.

Es difícil no quedarse pensando en la inteligencia silenciosa de la naturaleza.

Un virus no tiene conciencia ni un plan escrito. Sin embargo, mediante procesos evolutivos, puede terminar beneficiándose de cambios que aumentan la posibilidad de pasar de un huésped a otro. El mosquito pica a un ser infectado, adquiere el virus y después puede transmitirlo a otra persona. Si la infección hace que el huésped resulte más atractivo para nuevos mosquitos, el ciclo encuentra una manera de impulsarse.

La naturaleza no es cruel en el sentido humano, porque la crueldad necesita intención. Pero sí puede ser indiferente. No siempre funciona pensando en nuestro bienestar. Funciona mediante relaciones, adaptaciones, competencia y supervivencia. Nosotros estamos dentro de esa red, aunque a veces vivamos como si estuviéramos por encima de ella.

Ese es uno de los aprendizajes que más me deja este tema: el cuerpo habla incluso cuando nosotros guardamos silencio.

Habla mediante la temperatura, el sudor, la respiración, las hormonas, los microorganismos y los olores. Cuenta cosas que no vemos. Revela cambios internos mucho antes de que tengamos palabras para describirlos. A veces creemos que somos únicamente nuestros pensamientos, nuestras decisiones y la imagen que mostramos frente a los demás. Pero también somos procesos invisibles que siguen ocurriendo mientras estudiamos, trabajamos, dormimos, discutimos o miramos el celular.

Hay algo de humildad en reconocerlo.

En una época en la que intentamos controlar casi todo, resulta extraño aceptar que una bacteria microscópica puede influir en la forma en que olemos y que ese olor puede cambiar el comportamiento de otro ser vivo. Nos preocupamos por controlar nuestra fotografía de perfil, las palabras que publicamos, la ropa que usamos y la impresión que dejamos. Mientras tanto, nuestro organismo mantiene una conversación química con el ambiente sin pedirnos permiso.

Y no, esto no significa que debamos obsesionarnos con limpiar la piel hasta eliminar cualquier microorganismo. Esa sería una conclusión apresurada. La piel necesita conservar su equilibrio y no todas las bacterias son dañinas. Muchas forman parte natural de nuestro cuerpo.

Tampoco significa que exista una manera sencilla de cambiar nuestras bacterias para volvernos invisibles ante los mosquitos. Los descubrimientos científicos deben tratarse con cuidado. Una investigación prometedora no se convierte automáticamente en un remedio casero ni en una solución que podamos aplicar sin orientación.

Aquí aparece un problema muy actual: cada descubrimiento corre el riesgo de transformarse rápidamente en un titular simplificado.

“Descubren por qué te pican los mosquitos”.

“Tus bacterias tienen la culpa”.

“Elimina este olor y nunca volverán a picarte”.

La realidad casi nunca cabe en una frase tan cómoda. No existe un único factor que explique por qué algunas personas reciben más picaduras. Los mosquitos responden a diferentes combinaciones de señales, y no todas las especies se comportan exactamente igual. La química de la piel, las bacterias, el dióxido de carbono, la temperatura, la ropa y el entorno pueden influir al mismo tiempo.

Tal vez el verdadero valor de la ciencia no esté en entregarnos respuestas absolutas, sino en enseñarnos a desconfiar de las respuestas demasiado fáciles.

Cuando era más pequeño, muchas explicaciones familiares me parecían suficientes. Si alguien decía que los mosquitos preferían cierto tipo de sangre, uno lo repetía y seguía adelante. Con los años he entendido que madurar también consiste en revisar esas certezas heredadas. No para burlarnos de quienes nos las enseñaron, sino para reconocer que todos interpretamos el mundo con la información que tenemos disponible.

Nuestros padres y abuelos aprendieron a protegerse del mosquito tapando depósitos de agua, usando toldillos, cerrando ventanas o aplicando productos para espantarlo. Muchas de esas prácticas surgieron de la experiencia antes de que nosotros conociéramos palabras como microbioma, compuestos volátiles o acetofenona.

La ciencia no siempre reemplaza la sabiduría cotidiana. A veces la explica, la corrige o la completa.

En Colombia, hablar de mosquitos tampoco es una curiosidad lejana. El dengue forma parte de la realidad de muchas regiones, especialmente en zonas cálidas donde el mosquito encuentra condiciones favorables para reproducirse.

Por eso, un descubrimiento fascinante sobre bacterias y olores no debe distraernos de lo básico.

Podemos maravillarnos con la complejidad de la piel, pero el balde olvidado en el patio sigue acumulando agua. Podemos compartir una noticia científica en redes sociales, pero quizá no hemos revisado el florero, la canaleta, la llanta vieja o el recipiente destapado. A veces buscamos soluciones futuristas para problemas que también necesitan acciones sencillas y colectivas.

El mosquito puede sentirse atraído por señales individuales, pero su proliferación depende en gran parte del ambiente que construimos entre todos.

Ahí encuentro una metáfora difícil de ignorar. En la vida también solemos concentrarnos únicamente en aquello que nos molesta cuando ya nos ha alcanzado. Nos rascamos después de la picadura, pero pocas veces observamos el agua estancada.

Nos quejamos de una relación cuando el conflicto explotó, pero no atendimos los silencios que se fueron acumulando. Nos preocupamos por nuestra salud cuando el cuerpo grita, aunque llevaba tiempo hablando en voz baja. Criticamos los grandes problemas sociales, pero olvidamos los pequeños hábitos que los alimentan.

Quizá crecer sea aprender a mirar los criaderos antes que las picaduras.

No siempre podremos controlar lo que nos ocurre. No podemos escoger completamente nuestro olor corporal, nuestra genética, el clima de la ciudad o todos los microorganismos que viven en la piel. Pero sí podemos decidir qué hacemos con la información.

Podemos protegernos sin caer en la paranoia. Podemos cuidar la casa sin creer que todo depende de un producto milagroso. Podemos compartir conocimiento sin deformarlo. Y podemos comprender que la salud no es solamente un asunto individual.

Una persona elimina los recipientes con agua de su patio y protege a su familia, pero también reduce un riesgo para sus vecinos. Una comunidad que actúa de manera coordinada puede lograr mucho más que alguien encerrado en su preocupación personal.

Esto me lleva a pensar que incluso algo tan pequeño como un mosquito nos recuerda lo conectados que estamos.

Estamos conectados con las bacterias de la piel, con el aire que exhalamos, con el agua almacenada en una vivienda, con las condiciones del barrio y con las decisiones de personas que quizá ni conocemos. La idea de que cada quien vive completamente separado de los demás es cómoda, pero falsa.

Nuestro cuerpo es comunidad.

Nuestra salud también.

Y tal vez nuestra conciencia debería empezar a serlo.

La próxima vez que un mosquito parezca escogerte entre varias personas, posiblemente seguirás sintiendo la misma molestia. Yo también me quejaría. Pero detrás de ese pequeño instante existe un mundo invisible: moléculas flotando, bacterias transformando sustancias, diminutos sensores detectando calor y olor, y una historia evolutiva que lleva millones de años escribiéndose.

No somos víctimas de una lotería absurda ni poseedores de una misteriosa “sangre dulce”. Somos organismos vivos emitiendo señales en un planeta lleno de otros organismos capaces de interpretarlas.

Esa idea puede incomodar, pero también maravillar.

Nos recuerda que todavía conocemos muy poco de nosotros mismos. Bajo la apariencia cotidiana de la piel existe un universo. Y quizá la ciencia, cuando se cuenta con humanidad, no sirve únicamente para explicar por qué nos pica un mosquito. También sirve para enseñarnos a mirar con más atención aquello que siempre estuvo allí, viviendo con nosotros y hablando en silencio.

En https://juanmamoreno03.blogspot.com suelo regresar a estas preguntas sobre la tecnología, la ciencia, la espiritualidad y la vida diaria, porque siento que comprender el mundo exterior también es una forma de comprendernos por dentro.

Cuidarnos no consiste en tenerle miedo a todo lo invisible, sino en aprender a respetar lo que no vemos y actuar responsablemente frente a lo que sí podemos cambiar.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

A veces, lo más pequeño que nos incomoda termina revelándonos lo inmenso que todavía nos falta comprender.