Hay temas que uno no busca, sino que llegan. A veces llegan en forma de conversación familiar, otras veces en una noticia leída rápido en la madrugada, y otras —como en este caso— llegan cuando uno observa en silencio algo tan simple y tan profundo como el crecimiento de un ser vivo que depende totalmente de otro. La lactancia y la estimulación en mascotas puede parecer, a primera vista, un asunto técnico, veterinario o exclusivo de criadores. Pero cuando uno lo mira con calma, con la sensibilidad que da vivir y convivir, se da cuenta de que habla de algo mucho más grande: el cuidado, el vínculo, la presencia y la forma en que acompañamos los primeros pasos —o las primeras patas— en la vida.
Crecí rodeado de animales. No como un experimento, sino como parte natural del hogar. Perros, gatos, aves, incluso animales que llegaban heridos y se iban cuando podían volver a vivir por su cuenta. Desde pequeño entendí que una mascota no es un objeto, ni un accesorio emocional, ni una moda. Es una vida que se cruza con la tuya y que, por un tiempo, te confía su bienestar. Y esa confianza empieza desde el primer día, desde la lactancia, desde el contacto, desde la forma en que ese ser entiende si el mundo al que llegó es seguro o amenazante.
La fuente que inspira esta reflexión habla de lactancia y estimulación física y mental como factores clave para el crecimiento saludable de las mascotas. Y sí, eso es cierto. Pero quiero ir más allá del dato. Porque alimentar no es solo dar leche, así como educar no es solo enseñar órdenes. Lactar, en el fondo, es comunicar seguridad. Estimular es decirle al otro: “el mundo puede explorarse, no tengas miedo”.
En los primeros días de vida, un cachorro o un gatito no distingue conceptos, pero sí sensaciones. Temperatura, olor, ritmo cardíaco, contacto. La lactancia materna —cuando es posible— no solo aporta nutrientes esenciales y defensas inmunológicas, sino que crea un patrón emocional. El cuerpo de la madre se convierte en el primer lugar seguro. Cuando esa lactancia no es posible y entra el humano a suplirla, no basta con la fórmula correcta: hace falta presencia, constancia, paciencia. Algo que también he visto reflejado en muchas reflexiones humanas sobre el cuidado y el acompañamiento, como las que aparecen en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/), donde se habla del valor de estar sin prisa, de sostener sin exigir.
La estimulación temprana, por otro lado, suele entenderse como juego, movimiento, sonidos, interacción. Pero no se trata de sobreestimular ni de convertir la crianza en un espectáculo. Se trata de respetar los tiempos. Un cachorro no necesita ruido constante ni juguetes sin sentido; necesita estímulos coherentes, repetitivos, que le ayuden a coordinar su cuerpo, a reconocer su entorno, a desarrollar confianza. He aprendido que estimular bien es saber cuándo parar. Y eso también aplica para nosotros como personas en una sociedad que vive acelerada, saturada de información, de exigencias, de estímulos sin pausa.
Cuando observo estos procesos en animales, no puedo evitar hacer paralelos con lo humano. En Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/) se habla mucho de procesos, de maduración, de no forzar etapas. La vida no responde bien cuando la empujamos. Ni la de un niño, ni la de un joven, ni la de una mascota. Todo crecimiento necesita tiempo, repetición y cuidado real.
Hoy, además, hay un contexto nuevo que no podemos ignorar: vivimos rodeados de tecnología, incluso cuando hablamos de mascotas. Cámaras, aplicaciones, relojes inteligentes para animales, sensores de actividad. Todo eso puede ser útil, pero no reemplaza lo esencial. Ningún dispositivo sustituye una mano que acaricia, una voz que calma, una presencia constante. Desde TODO EN UNO.NET (https://todoenunonet.blogspot.com/) se insiste mucho en que la tecnología debe tener sentido, servir a la vida y no reemplazarla. Y eso aplica perfectamente aquí: la crianza, incluso la de animales, no se terceriza a un aparato.
La estimulación física bien aplicada ayuda al desarrollo muscular, a la coordinación, a la exploración sana. La mental, por su parte, construye curiosidad, reduce miedos futuros, previene comportamientos agresivos o ansiosos. Un animal que fue estimulado con respeto suele ser un animal más equilibrado. Y eso no es casualidad. Es resultado de un entorno que no gritó, no exigió, no castigó sin sentido.
También es importante hablar de responsabilidad. Porque cuidar implica informarse. No todo lo que se hace “por amor” está bien hecho. A veces, desde el desconocimiento, se cometen errores que afectan la salud del animal a largo plazo. Aquí conecto con algo que se trabaja desde Tu Contabilidad Confiable y Rápido (https://micontabilidadcom.blogspot.com/): la importancia de hacer las cosas bien desde el inicio, con criterio y con información. En el cuidado de mascotas pasa lo mismo. Improvisar sale caro, no solo en dinero, sino en bienestar.
Y hay otro punto que no suele mencionarse mucho: la lactancia y la estimulación también transforman al cuidador. Quien ha pasado noches en vela alimentando un cachorro cada pocas horas sabe que ahí ocurre algo más. Se desarrolla paciencia. Se aprende a escuchar señales mínimas. Se baja el ego. Cuidar a otro ser vivo te cambia el ritmo interno. Te obliga a salir de ti. Algo muy parecido a lo que se reflexiona en Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/), donde la espiritualidad no se presenta como dogma, sino como experiencia cotidiana de conexión y entrega.
No es casual que muchas personas encuentren sanación emocional cuidando animales. La relación es bidireccional. Ellos crecen, sí, pero uno también. Aprendes a estar presente, a no mirar el reloj todo el tiempo, a aceptar que no todo se controla. En una sociedad obsesionada con resultados rápidos, criar —bien— a una mascota es casi un acto de resistencia.
Desde mi propio blog (https://juanmamoreno03.blogspot.com/), he escrito varias veces sobre la importancia de los vínculos reales, de las experiencias que no se pueden simular. La lactancia y la estimulación temprana en mascotas son una de esas experiencias. No se aprenden solo leyendo; se aprenden viviendo, equivocándose, corrigiendo, observando.
Hoy sabemos más que antes. La ciencia ha avanzado, la veterinaria ha aportado estudios claros sobre nutrición, desarrollo neurológico y comportamiento. Pero el conocimiento técnico no reemplaza la sensibilidad. Saber qué hacer es importante, pero saber cómo estar lo es aún más. Un cachorro puede recibir la mejor alimentación y aun así crecer inseguro si el entorno es frío, distante o caótico.
Cuidar bien a una mascota desde sus primeros días es una forma silenciosa de educarnos como sociedad. Nos recuerda que la vida no empieza siendo fuerte, sino frágil. Que todo ser necesita apoyo antes de ser autónomo. Que la independencia no nace de la dureza, sino de la seguridad.
Y quizá por eso este tema me toca. Porque habla de algo que va más allá de los animales. Habla de cómo acompañamos los procesos. De si estamos presentes o solo cumpliendo. De si alimentamos cuerpos, pero olvidamos las emociones. De si estimulamos para crecer o presionamos para producir.
Al final, la lactancia y la estimulación en mascotas no son solo recomendaciones técnicas. Son una invitación a cuidar mejor, a vivir más despacio, a entender que crecer no es correr, sino sostenerse.
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