A veces uno no se da cuenta de que está viviendo en medio de un cambio histórico… hasta que ese cambio deja de ser noticia y se vuelve cotidiano.
Recuerdo cuando empecé a escuchar sobre la prohibición de plásticos de un solo uso en Colombia. Era uno de esos temas que aparecían en titulares, que se comentaban en redes, que generaban opiniones divididas… pero que, siendo honesto, muchos veíamos como algo lejano. Como otra ley más que “algún día” iba a pasar, pero que no necesariamente iba a transformar nuestra vida diaria.
Y sin embargo, hoy estamos viviendo las consecuencias —y también los aprendizajes— de esa decisión.
Porque lo que empezó como un proyecto de ley se convirtió en la Ley 2232 de 2022, una normativa que no solo prohibió ciertos productos, sino que obligó a cambiar hábitos, mentalidades y hasta modelos de negocio.
Y eso… eso ya no es teoría. Es realidad.
Lo curioso es que este tipo de cambios no se sienten como revoluciones. No hay un día exacto en el que todo cambia. No hay un momento en el que despertamos y decimos: “ya no usamos plástico”. No. Es mucho más sutil. Más humano.
Empieza con algo pequeño.
Una bolsa que ya no te entregan en el supermercado.
Un pitillo que desaparece sin que lo pidas.
Un empaque que ahora es de cartón en lugar de plástico.
Y sin darte cuenta… estás participando en algo más grande.
Pero también, siendo completamente honesto, no todo ha sido perfecto.
Porque cuando uno baja de la teoría a la realidad del país, aparecen las contradicciones. Y creo que ahí es donde este tema se vuelve realmente interesante, porque deja de ser ambientalista “de discurso” y se convierte en una conversación real, con matices.
Por un lado, Colombia ha dado pasos importantes. La implementación de la ley se ha hecho por fases, lo cual ha permitido que empresas y ciudadanos se adapten poco a poco. Ya no se trata solo de prohibir por prohibir, sino de transformar.
Muchos negocios han tenido que reinventarse.
Otros han encontrado oportunidades donde antes solo veían costos.
Y algunos… simplemente han resistido, esperando que todo vuelva a ser como antes.
Pero eso no va a pasar.
Y ahí es donde creo que esta conversación conecta con algo más profundo.
Porque esto no se trata solo de plástico.
Se trata de cómo reaccionamos cuando el mundo cambia.
Se trata de si nos quedamos defendiendo lo que conocemos… o si aprendemos a evolucionar.
Y eso aplica para todo en la vida.
Para los negocios.
Para las relaciones.
Para la forma en que pensamos.
He visto empresas que entendieron esto desde el principio. Que no esperaron a que la ley las obligara, sino que se adelantaron. Que empezaron a explorar materiales biodegradables, empaques reutilizables, modelos más sostenibles.
Y no lo hicieron solo por cumplir.
Lo hicieron porque entendieron que el mundo ya no es el mismo.
Que los consumidores también cambiaron.
Que hoy la gente no solo compra un producto… compra lo que ese producto representa.
Y eso me recuerda mucho a algo que leí hace un tiempo en el blog de Organización Empresarial Todo En Uno, donde hablaban de cómo las empresas que sobreviven no son las más grandes ni las más fuertes, sino las que logran adaptarse a la realidad del entorno. (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/)
Y aquí es donde todo se conecta.
Porque mientras algunos ven la ley como una imposición, otros la ven como una oportunidad.
Mientras algunos se enfocan en lo que pierden… otros empiezan a construir lo que viene.
Pero tampoco podemos romantizar el proceso.
Porque hay algo que también es verdad: no todos tienen las mismas herramientas para adaptarse.
Hay pequeños negocios que han sentido el golpe.
Hay sectores que aún no encuentran soluciones viables.
Hay personas que sienten que estas medidas encarecen la vida.
Y eso también importa.
Porque la sostenibilidad no puede ser solo un privilegio.
Tiene que ser una posibilidad real para todos.
Y ahí es donde el país todavía tiene un camino largo por recorrer.
Porque no basta con prohibir.
Hay que educar.
Hay que acompañar.
Hay que construir alternativas que realmente funcionen.
Y eso me lleva a algo que me mueve mucho… la coherencia.
Porque es muy fácil hablar de cuidar el planeta.
Pero es más difícil hacerlo en lo cotidiano.
En lo pequeño.
En lo que nadie ve.
Yo mismo me he encontrado en contradicciones.
Usando plástico cuando no debería.
Aceptando bolsas por comodidad.
Comprando cosas que sé que no son sostenibles.
Y creo que eso es importante decirlo.
Porque este camino no es de perfección.
Es de conciencia.
De ir despertando poco a poco.
De cuestionarse.
De cambiar hábitos, no por obligación, sino por comprensión.
Hace poco, revisando algunos contenidos del blog “Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías” (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/), me quedé con una idea que me marcó: todo cambio verdadero empieza en lo interno.
Y creo que eso aplica completamente aquí.
Porque la ley puede cambiar lo que hacemos…
pero solo la conciencia cambia lo que somos.
Y cuando eso pasa, ya no necesitas que alguien te obligue.
Simplemente actúas distinto.
Empiezas a llevar tu propia bolsa.
A rechazar lo innecesario.
A pensar dos veces antes de consumir.
Y eso, aunque parezca pequeño, es poderoso.
Porque los grandes cambios nunca empiezan siendo grandes.
Empiezan siendo decisiones pequeñas… repetidas muchas veces.
Ahora, si miro el panorama completo, siento que Colombia está en un punto interesante.
No somos el país más avanzado en sostenibilidad.
Pero tampoco somos el mismo de hace unos años.
Estamos en ese punto incómodo donde el cambio ya empezó… pero todavía no termina de acomodarse.
Y ese punto, aunque genera incomodidad, también es el más fértil.
Porque es donde se define hacia dónde vamos.
Y eso no depende solo del gobierno.
Ni de las empresas.
Depende de nosotros.
De cómo vivimos.
De cómo consumimos.
De lo que elegimos apoyar.
Porque al final, cada compra es una decisión.
Cada hábito es un voto.
Cada acción suma… o resta.
Y sé que a veces esto suena grande.
Lejano.
Difícil.
Pero si lo aterrizo a mi vida, lo veo distinto.
No se trata de salvar el planeta de un día para otro.
Se trata de vivir con un poco más de conciencia hoy.
De hacer lo que sí está en mis manos.
De entender que no soy perfecto… pero sí responsable.
Y creo que eso cambia todo.
Porque cuando dejas de esperar que el cambio venga de afuera…
empiezas a convertirte en parte de él.
Y ahí es donde todo cobra sentido.
No en la ley.
No en la prohibición.
Sino en la transformación.
En esa que no se ve en titulares, pero sí en la forma en que vivimos.
Tal vez no vamos a cambiar el mundo solos.
Pero sí podemos cambiar la forma en que habitamos en él.
Y eso… ya es un comienzo.
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