domingo, 8 de febrero de 2026

Cuando el río se seca y la memoria despierta: lo que una ciudad de 3.400 años nos viene a recordar



La primera vez que leí que una sequía había dejado al descubierto una ciudad de hace 3.400 años en el río Tigris, sentí una mezcla extraña entre asombro y silencio interior. No fue solo la noticia arqueológica lo que me impactó, fue la sensación de estar mirando un espejo antiguo de nosotros mismos. Como si la tierra, cansada de guardar secretos, hubiera decidido hablar justo ahora, en un momento donde el mundo también parece seco por dentro.

Vivimos tiempos acelerados. Todo es inmediato, descartable, medido en segundos y en likes. Y de repente, una ciudad entera emerge desde el fondo de un río milenario, recordándonos que hubo personas que caminaron, amaron, gobernaron, soñaron y se equivocaron mucho antes de que nosotros siquiera existiéramos como idea. Esa ciudad, identificada como parte del antiguo reino de Mittani, no salió a la superficie por un descubrimiento planeado, sino por una ausencia: la falta de agua. La sequía, que hoy asociamos casi siempre con crisis, fue la que permitió que la historia respirara otra vez.

Ahí fue donde algo dentro de mí hizo clic. Porque no es la primera vez que la falta revela más que la abundancia. A veces, cuando todo fluye sin interrupciones, no miramos hacia abajo, no cuestionamos, no recordamos. Pero cuando algo se seca —un río, una relación, una etapa de la vida— aparecen preguntas que antes no queríamos hacernos. ¿Quiénes fuimos? ¿Qué estamos construyendo? ¿Qué quedará cuando el ruido se vaya?

Esta ciudad no es solo un conjunto de muros antiguos. Es un mensaje. Un recordatorio incómodo de que la humanidad ya ha pasado por ciclos de esplendor y colapso. Que la tecnología, el poder y la organización social no nos hacen inmunes al tiempo ni a la naturaleza. Hoy hablamos de inteligencia artificial, de ciudades inteligentes, de automatización total, y aun así dependemos del agua, del clima, de decisiones colectivas que muchas veces seguimos postergando. No es casualidad que este hallazgo se dé en pleno debate global sobre el cambio climático y la sostenibilidad. La historia no vuelve para ser admirada; vuelve para ser escuchada.

Mientras leía sobre los restos de murallas, edificios administrativos y tablillas cuneiformes, pensé en cómo documentamos hoy nuestra propia civilización. Datos en la nube, redes sociales, correos electrónicos, bases de datos personales. Todo intangible, todo vulnerable. En ese punto, no pude evitar recordar algunos artículos que he leído en Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales (https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com/), donde se habla de la memoria digital, de cómo dejamos huella sin darnos cuenta y de la responsabilidad que implica custodiar información. Ellos grababan su historia en piedra; nosotros la dejamos flotando en servidores que pocos entienden del todo.

También pensé en la organización. Esa ciudad no surgió al azar. Hubo planeación, liderazgo, estructuras claras. Algo que hoy seguimos buscando, incluso en contextos empresariales modernos. En más de una ocasión he leído reflexiones profundas en Organización Empresarial TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/) sobre cómo las empresas y las sociedades fracasan no por falta de recursos, sino por perder el sentido, la visión y la conexión humana. Viendo esa ciudad antigua, entendí que el verdadero progreso no está en lo nuevo, sino en lo coherente.

Como joven nacido en 2003, muchas veces siento que cargamos con una contradicción pesada: heredamos un mundo lleno de avances, pero también de grietas profundas. Nos dicen que tenemos todas las oportunidades, pero también que no hay tiempo, que el planeta se agota, que la ansiedad es normal. Y sin embargo, cuando una ciudad de hace miles de años emerge del fondo de un río, algo se ordena por dentro. Nos recuerda que no somos el centro del universo, pero sí responsables de lo que hacemos con el tiempo que nos tocó.

Esta noticia no me produjo euforia, sino respeto. Respeto por quienes vivieron antes, por quienes vendrán después, y por el presente que muchas veces desperdiciamos distraídos. Me hizo pensar en lo que escribí alguna vez en El blog Juan Manuel Moreno Ocampo (https://juanmamoreno03.blogspot.com/): que la conciencia no siempre llega con respuestas, sino con preguntas que incomodan. Esta es una de ellas. ¿Qué dirá de nosotros la tierra dentro de 3.000 años, si es que queda algo que decir?

Hay algo profundamente espiritual en todo esto, aunque no se mencione a ningún dios en la noticia. La espiritualidad, al menos como yo la entiendo y como la he aprendido leyendo Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/), no está solo en la fe, sino en la humildad de reconocernos pequeños frente a algo más grande. Una ciudad enterrada durante siglos reaparece no para glorificarnos, sino para ubicarnos.

Incluso el silencio de esas ruinas habla. Habla de paciencia, de ciclos, de la lentitud con la que la vida realmente se transforma, muy distinto a la velocidad con la que hoy exigimos resultados. Tal vez por eso conecté tanto con este hallazgo. Porque en medio de una generación que vive acelerada, ansiosa y sobreestimulada, la tierra nos obliga a bajar el ritmo y mirar con otros ojos.

No sé si esta ciudad será completamente excavada, restaurada o nuevamente cubierta por el agua. Y quizá ahí esté la lección más honesta: no todo está hecho para permanecer visible todo el tiempo. Hay cosas que aparecen solo cuando estamos listos para verlas. O cuando ya no podemos seguir ignorándolas.

Esta sequía, que es tragedia para muchos, también fue revelación. Y eso no la justifica, pero sí nos interpela. Nos invita a pensar en qué estamos secando hoy sin darnos cuenta. Ríos, diálogos, vínculos, conciencia. Porque tal vez, dentro de muchos años, alguien más descubra lo que dejamos atrás y se pregunte si aprendimos algo cuando aún estábamos a tiempo.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

✒️ Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

sábado, 7 de febrero de 2026

Tu cuerpo también está aprendiendo: la salud metabólica como conversación urgente a los 21



A mis 21 años he aprendido algo que no me enseñaron en el colegio ni aparece como materia en la universidad: el cuerpo también guarda memoria, y no solo emocional. Guarda memoria de lo que comemos, de cómo dormimos, de cuánto nos movemos, de cuánto estrés normalizamos y de cuántas veces ignoramos las señales porque “no es tan grave”. A eso, con el tiempo, he entendido que se le llama salud metabólica, aunque durante muchos años se haya reducido solo a cifras, diagnósticos o advertencias médicas que parecen lejanas… hasta que dejan de serlo.

Crecí escuchando conversaciones de adultos hablando de diabetes, de hipertensión, de colesterol, de cansancio crónico, de subir de peso “sin razón”. En ese momento no entendía que todo eso tenía un hilo conductor. Hoy, leyendo, observando y viviendo, empiezo a entender que la salud metabólica no es un tema de adultos mayores, ni un problema del futuro. Es una conversación urgente para quienes estamos construyendo nuestra vida ahora.

La salud metabólica, en palabras simples, es la capacidad del cuerpo para usar bien la energía. Para procesar lo que entra, regular lo que sobra, responder al estrés, mantener el equilibrio. No se trata solo de peso corporal ni de estética, aunque muchas veces el discurso público la haya reducido a eso. Se trata de cómo funciona el sistema completo: glucosa, insulina, presión arterial, lípidos, inflamación, descanso, movimiento y, algo que pocas veces se menciona con suficiente fuerza, la salud mental y emocional.

Leyendo artículos recientes —como el publicado por The New York Times en enero de 2026 sobre la importancia de la salud metabólica— entendí algo que me dejó pensando durante días: una persona puede verse “normal” por fuera y estar metabólicamente enferma por dentro. Y también lo contrario. Eso rompe muchos prejuicios y obliga a replantear la forma en la que nos miramos y juzgamos.

Vivimos en una generación hiperconectada, pero profundamente desconectada del cuerpo. Pasamos horas frente a pantallas, comemos rápido, dormimos mal, normalizamos el cansancio, romantizamos el “estar ocupados” y luego nos sorprendemos cuando el cuerpo pasa factura. Nos dijeron que éramos jóvenes, que podíamos con todo, que ya habría tiempo para cuidarnos. Nadie nos explicó que el metabolismo también aprende hábitos, y que lo que repetimos hoy se convierte en nuestra base de mañana.

En casa siempre escuché una frase que hoy cobra sentido: el cuerpo no miente. Puedes engañar a otros, incluso a ti mismo, pero el cuerpo siempre responde. Responde cuando no duermes, cuando comes sin conciencia, cuando vives en alerta constante, cuando conviertes el estrés en rutina. Y responde lento, casi en silencio, hasta que un día deja de hacerlo.

Hablar de salud metabólica también es hablar de contexto social. No todos tienen acceso a alimentos de calidad, a tiempo para cocinar, a espacios seguros para moverse, a información clara. Por eso esta conversación no puede ser moralista ni culpabilizadora. No se trata de “fuerza de voluntad”, sino de sistemas, de educación, de acompañamiento y de decisiones colectivas. En ese sentido, reflexiones que he leído en espacios como Organización Empresarial TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/) me han ayudado a entender cómo la salud, la productividad y la sostenibilidad humana están profundamente conectadas, incluso en entornos empresariales y tecnológicos.

La tecnología, paradójicamente, puede ser aliada o enemiga. Tenemos relojes inteligentes que miden pasos, sueño, frecuencia cardíaca. Aplicaciones que cuentan calorías, que sugieren rutinas, que monitorean hábitos. Pero ninguna app reemplaza la conciencia. Ningún algoritmo decide por ti cuándo parar, cuándo descansar, cuándo escuchar lo que duele. Ahí entra algo más profundo, algo que he aprendido leyendo y escribiendo en espacios como Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/): la conexión interior, la espiritualidad cotidiana, la capacidad de escucharnos sin juicio.

La salud metabólica también se ve afectada por emociones no resueltas. Estrés crónico, ansiedad, tristeza sostenida. El cuerpo vive en modo defensa, libera cortisol constantemente, altera el equilibrio hormonal. No es casualidad que muchas enfermedades modernas tengan relación directa con el ritmo de vida que llevamos. No es debilidad, es biología.

Algo que me marcó fue entender que no basta con “comer bien” de lunes a viernes y desordenarse el fin de semana. El cuerpo no entiende de calendarios sociales. Entiende de repetición. De señales constantes. De hábitos que se sostienen en el tiempo. Y eso no significa vivir restringidos, sino vivir con intención.

En Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/) he leído reflexiones que, aunque no hablen directamente de metabolismo, sí hablan de presencia, de pausa, de sentido. Y he descubierto que cuidar la salud metabólica también es permitirnos descansar sin culpa, disfrutar la comida sin ansiedad, movernos por gusto y no por castigo, dormir como acto de respeto propio.

Desde mi propio blog, El Blog Juan Manuel Moreno Ocampo (https://juanmamoreno03.blogspot.com/), he escrito varias veces sobre esta tensión entre lo que sabemos y lo que hacemos. Sabemos que dormir es importante, pero dormimos poco. Sabemos que el estrés enferma, pero lo glorificamos. Sabemos que el cuerpo habla, pero preferimos no escucharlo. Tal vez la verdadera madurez no llega con la edad, sino cuando empezamos a cuidar lo que nos sostiene.

También he aprendido, gracias a conversaciones familiares y a contenidos como los de Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/), que la salud no es solo individual. Es heredada, compartida, aprendida. Los hábitos se transmiten, las creencias también. Cambiar nuestra relación con la salud metabólica puede ser un acto de amor hacia quienes vienen después.

No escribo esto desde la perfección. Escribo desde la contradicción. Desde los días en los que me cuido y desde los días en los que no. Desde el aprendizaje constante. Desde entender que no se trata de control absoluto, sino de conciencia progresiva.

La salud metabólica no es una moda. Es una base silenciosa. Es la diferencia entre vivir con energía o sobrevivir con cansancio. Es una conversación que necesitamos tener sin miedo, sin culpa y sin simplificaciones.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?

Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

viernes, 6 de febrero de 2026

Cuando lo “tierno” también duele: amar con conciencia a quienes no pueden elegir


Hay temas que llegan a uno no porque sean tendencia, sino porque tocan algo más profundo. A mí me pasó con los pugs. No porque tenga uno —aunque he convivido con varios— sino porque representan una contradicción muy humana: amar algo que, en el fondo, sabemos que está sufriendo por decisiones que no tomó. Cuando leí el artículo de El Tiempo que afirmaba que la salud de un pug es tan mala que “no se puede considerar un perro típico”, no sentí rabia, ni sorpresa. Sentí tristeza. Y también responsabilidad.

Crecí en una casa donde los animales no eran accesorios ni “mascotas bonitas para la foto”. Eran seres vivos, con carácter, con silencios, con días buenos y malos. Aprendí, sin que nadie me lo explicara con palabras técnicas, que convivir con otro ser implica cuidado consciente. Con los años, mientras el mundo se llenaba de filtros, de estéticas exageradas y de decisiones tomadas por likes, empecé a notar algo inquietante: incluso el amor se volvió superficial. Amamos lo que se ve tierno, no siempre lo que está bien.

El pug es el ejemplo perfecto de eso. Su cara aplastada, sus ojos grandes, su cuerpo compacto… todo lo que lo hace “adorable” es, al mismo tiempo, lo que le provoca dificultades para respirar, para regular su temperatura, para correr, para vivir con plenitud. No es culpa del perro. Nunca lo es. Es consecuencia de décadas de cruces selectivos hechos para complacer gustos humanos, no necesidades biológicas. Y eso, si uno lo piensa con calma, se parece demasiado a muchas dinámicas de nuestra sociedad.

No escribo esto desde una postura moralista. Tampoco para señalar con el dedo a quienes aman profundamente a sus pugs. El amor existe, es real, y muchos cuidadores hacen todo lo posible por darles una buena vida. Pero amar también es cuestionar. Amar es preguntarse si lo que estamos perpetuando es justo. Si lo que defendemos por costumbre o por estética realmente honra la vida.

Vivimos en una época donde la conciencia ha empezado a despertar en muchos frentes. Hablamos de salud mental, de sostenibilidad, de ética tecnológica, de protección de datos, de derechos. En ese contexto, también deberíamos hablar con más honestidad de bienestar animal. No desde el escándalo, sino desde la reflexión. Porque así como cuestionamos sistemas que enferman a las personas, también deberíamos cuestionar prácticas que normalizan el sufrimiento de otras especies.

Hace un tiempo leí en Todo En Uno.NET una reflexión sobre cómo la tecnología no es el problema, sino el criterio con el que se usa (https://todoenunonet.blogspot.com). Esa idea se me quedó grabada. Hoy la aplico a esto: no es el pug el problema. Es el criterio con el que decidimos seguir reproduciendo ciertas razas sin replantearnos las consecuencias. El problema no es el amor, es el amor sin conciencia.

El artículo de El Tiempo no exagera. Estudios veterinarios actuales confirman que los pugs y otras razas braquicéfalas presentan tasas altísimas de problemas respiratorios, cardíacos, oculares y neurológicos. Muchos necesitan cirugías solo para poder respirar mejor. Otros viven con fatiga constante, intolerancia al ejercicio y estrés térmico. ¿Te imaginas vivir así desde que naces y que aun así te llamen “afortunado” porque alguien te eligió por lo bonito que te ves?

Aquí es donde a mí se me cruza algo más profundo, algo que va más allá de los perros. Vivimos diseñando realidades a nuestra medida, sin preguntarnos a quién dejamos sin aire en el proceso. Diseñamos cuerpos, expectativas, modelos de éxito, algoritmos, vidas enteras. Y cuando algo no encaja, lo maquillamos. Como si la forma pudiera esconder el fondo.

En casa, muchas de estas conversaciones se han dado de manera natural. No como debates, sino como preguntas. Mi papá siempre ha escrito sobre conciencia, sobre criterio, sobre responsabilidad personal y colectiva, y eso se filtra en todo. En Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com) hay textos que hablan de detenerse, de observar, de no tragar entero. Yo crecí leyendo eso, discutiéndolo, cuestionándolo. Y hoy, desde mi lugar, intento seguir ese hilo, pero con mi voz, con mis dudas, con mi edad.

También me he encontrado reflexiones similares en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com), donde se invita a mirar la vida con más pausa, con menos ruido. Y creo que eso es lo que nos falta cuando hablamos de temas como este: pausa. No reaccionar desde la culpa ni desde la moda, sino desde una ética cotidiana.

No se trata de cancelar razas ni de señalar personas. Se trata de informarnos mejor antes de decidir. De promover la adopción responsable. De apoyar criaderos éticos que prioricen la salud sobre la apariencia, o incluso de aceptar que algunas prácticas deberían transformarse radicalmente. De entender que no todo lo que se ha hecho “siempre” está bien solo por tradición.

En Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales (https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com) se habla mucho de responsabilidad demostrada. De cómo no basta con decir “yo cuido”, sino que hay que demostrarlo con hechos, con procesos, con decisiones coherentes. Esa lógica también aplica aquí. Decir que amamos a los animales no es suficiente si nuestras decisiones siguen alimentando sistemas que los dañan.

La espiritualidad, para mí, no está desconectada de estos temas. Al contrario. Creer en algo más grande —llámalo Dios, conciencia, energía, vida— implica reconocer que no somos el centro de todo. En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com) se habla de esa relación íntima entre fe y responsabilidad. De cómo creer no es dominar, sino cuidar. Y cuidar, muchas veces, implica renunciar a lo que nos gusta si eso causa daño.

Yo no tengo todas las respuestas. Tengo 21 años, estoy aprendiendo, contradiciéndome, cambiando de opinión. Pero sí tengo algo claro: no quiero vivir anestesiado. No quiero aceptar como normal lo que claramente no lo es. No quiero amar sin pensar. Y no quiero quedarme callado cuando algo me incomoda, aunque sea pequeño, aunque sea “solo un perro”.

Porque no es solo un perro. Es un síntoma. Es un espejo. Es una invitación a revisar cómo tomamos decisiones, qué priorizamos, a quién escuchamos. Es una oportunidad para ser un poco más humanos, paradójicamente, cuidando mejor a quienes no tienen voz.

Si llegaste hasta aquí, tal vez también sentiste ese nudo en el pecho. O tal vez te molestó un poco lo que leíste. Ambas cosas están bien. Las conversaciones importantes no siempre son cómodas. Pero sí necesarias.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

jueves, 5 de febrero de 2026

La piedra que no debía moverse (y todo lo que me enseñó sobre la vida)

 


Hay cosas en la vida que uno no entiende a la primera. A veces ni a la segunda. Cosas que parecen imposibles hasta que alguien te muestra que no lo son. Y no porque haya hecho magia, sino porque entendió algo que los demás pasaron por alto.

Hace poco me encontré con una historia que, aunque parece sacada de un cuento antiguo, es completamente real: en Francia existe una roca de 137 toneladas que puede moverse con la mano. No con una grúa. No con maquinaria pesada. Con la mano. Una piedra gigantesca, ancestral, que ha estado ahí durante siglos y que, aun así, responde al impulso de cualquier persona que se acerque con curiosidad y empuje en el punto correcto.

La llaman la piedra temblorosa.

Cuando leí sobre ella por primera vez, mi reacción fue la misma que la de muchos: incredulidad. Mi mente, entrenada por años para desconfiar de lo extraordinario, buscó la trampa. Pensé que habría un mecanismo oculto, un truco turístico, algo que explicara lo que, a simple vista, no tiene explicación. Pero no. La explicación es más sencilla y, al mismo tiempo, más profunda: equilibrio, punto de apoyo y persistencia.

La roca no se mueve porque sea liviana. Se mueve porque está colocada de tal manera que su centro de gravedad permite que una fuerza mínima, aplicada correctamente, genere movimiento. No cualquiera lo logra al primer intento. Hay personas que empujan con fuerza y no pasa nada. Otras, con menos ímpetu pero más atención, logran que la piedra oscile suavemente.

Y ahí fue donde dejé de leer como curioso y empecé a pensar como ser humano.

Porque esa piedra somos nosotros.
O mejor dicho, esa piedra es todo aquello que creemos inamovible en nuestra vida.

Desde que tengo memoria, he escuchado frases como “eso no se puede”, “así ha sido siempre”, “mejor no intente”, “no es el momento”, “usted está muy joven para entender eso”. Y sin embargo, a mis 21 años, he aprendido que muchas de esas frases no describen la realidad, sino el miedo de quien las pronuncia.

He crecido rodeado de conversaciones profundas, de silencios que enseñan más que los discursos, de lecturas que no siempre buscan respuestas, sino mejores preguntas. En Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/) he leído reflexiones que no intentan convencer, sino despertar. En Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/) he encontrado palabras que llegan despacio, pero se quedan. Y en Amigo de. Ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/) he entendido que la espiritualidad no es huir del mundo, sino aprender a habitarlo con más conciencia.

Por eso esta piedra no me parece solo una curiosidad geológica. Me parece una metáfora urgente para nuestra generación.

Vivimos en un mundo que se siente pesado. Económicamente, emocionalmente, socialmente. Nos dicen que todo es difícil, que el sistema está roto, que no hay oportunidades, que el futuro es incierto. Y sí, hay verdad en eso. Negarlo sería ingenuo. Pero también es cierto que muchas veces estamos empujando desde el lugar equivocado.

Creemos que todo se cambia a la fuerza. Que hay que gritar más duro, trabajar hasta el agotamiento, sacrificarlo todo para que algo se mueva. Y cuando no pasa nada, nos frustramos, nos culpamos o nos rendimos.

La piedra temblorosa no responde a la violencia. Responde a la precisión.

Eso me hizo pensar en cuántas veces he querido cambiar cosas en mí mismo empujando desde la rabia, desde la autoexigencia extrema, desde la comparación constante. Queriendo mover mi vida como quien empuja una pared. Y claro, no se mueve. No porque sea imposible, sino porque no estoy tocando el punto correcto.

A veces el punto correcto no es hacer más, sino hacer distinto.

Esto también lo veo en los proyectos, en las ideas, en los sueños que escucho a mi alrededor. Personas llenas de talento que se desgastan luchando contra estructuras que no entienden. Emprendedores que creen que el problema es la falta de dinero, cuando en realidad es la falta de enfoque. Estudiantes que creen que no sirven, cuando simplemente nadie les enseñó dónde apoyar su esfuerzo.

En Organización Empresarial TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/) he leído sobre algo que me parece clave: pensar antes de actuar, entender el sistema antes de intentar cambiarlo. No todo se trata de velocidad. A veces se trata de dirección.

La piedra temblorosa no se mueve rápido. Se mueve apenas. Pero ese pequeño movimiento es suficiente para demostrar que lo imposible era solo una percepción.

Y eso conecta con algo que siento profundamente: nuestra generación no necesita más promesas vacías ni discursos motivacionales prefabricados. Necesitamos criterio, conciencia y espacios donde pensar no sea visto como debilidad.

También pienso en la tecnología. En cómo nos prometieron que nos haría la vida más fácil, más libre, más conectada. Y aunque ha traído avances increíbles, también nos ha llenado de ruido. Información sin contexto. Opiniones sin reflexión. Reacciones sin pausa.

Mover la piedra hoy requiere más que fuerza digital. Requiere presencia.

Saber cuándo apagar la pantalla. Cuándo escuchar. Cuándo callar. Cuándo empujar y cuándo observar. En TODO EN UNO.NET (https://todoenunonet.blogspot.com/) he visto reflexiones sobre tecnología con algo que valoro mucho: humanidad. No se trata de usar herramientas por usarlas, sino de entender para qué y desde dónde las usamos.

La piedra también me habló de paciencia. No se mueve de inmediato. Oscila. Vuelve. Tiembla. Como nosotros cuando estamos cambiando. No es un proceso lineal. Hay avances y retrocesos. Días en los que parece que todo vuelve a su lugar original. Pero si uno se queda, si no se va apenas las cosas no salen como esperaba, algo empieza a transformarse.

Eso lo he aprendido no solo leyendo, sino viviendo. En conversaciones familiares que incomodan pero sanan. En silencios compartidos. En errores que duelen más cuando uno es joven porque siente que “no debería fallar tan pronto”. Y sin embargo, fallar temprano también es una forma de aprender dónde empujar mejor.

La piedra no juzga. No le importa quién seas, de dónde vengas, cuántos títulos tengas. Responde igual a cualquiera que se acerque con atención. Eso me parece profundamente espiritual.

Porque la vida tampoco discrimina en sus enseñanzas. Nos habla todo el tiempo. A través de personas, de situaciones, de símbolos. El problema no es que no haya señales. Es que muchas veces estamos demasiado ocupados empujando fuerte como para escucharlas.

Hoy siento que mi generación tiene una oportunidad enorme. No porque seamos mejores, sino porque estamos en un punto de quiebre. Podemos repetir los mismos modelos agotados o atrevernos a buscar nuevos puntos de equilibrio. Podemos heredar el peso sin cuestionarlo o aprender a moverlo con conciencia.

La piedra temblorosa sigue ahí, recordándonos que no todo lo grande es rígido, que no todo lo antiguo es inmóvil, y que a veces basta una persona, en el lugar correcto, haciendo la pregunta correcta, para que algo empiece a cambiar.

Tal vez la verdadera pregunta no es si podemos mover la piedra.
Tal vez la pregunta es: ¿desde dónde estamos empujando nuestra vida?

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

Juan Manuel Moreno Ocampo
A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.

miércoles, 4 de febrero de 2026

La violencia aprende a callar: mujeres, animales y el mismo miedo



Escribo esto desde un lugar que no es cómodo. No porque sea ajeno, sino porque duele reconocerlo cuando uno empieza a unir los puntos. Durante mucho tiempo pensé que la violencia tenía compartimentos separados: una cosa era el maltrato hacia una mujer, otra muy distinta el abandono o la crueldad hacia un animal. Crecí escuchando frases como “eso no tiene nada que ver” o “no exageres, es solo un animal”. Pero con los años, con las conversaciones familiares, con la lectura silenciosa de lo que otros han vivido y con mis propias preguntas, empecé a entender que muchas violencias no caminan solas. Se acompañan. Se justifican entre sí. Se esconden bajo la misma lógica de poder y control.

Cuando uno es joven, pero no vive desconectado de la realidad, empieza a notar patrones. En noticias, en historias cercanas, incluso en comentarios cotidianos. El mismo perfil que grita, que humilla, que minimiza, suele ser el que patea al perro, el que encierra al gato, el que disfruta ejercer dominio sobre alguien que no puede defenderse. No es casualidad. Es estructura. Y reconocerlo no es acusar por acusar, es intentar comprender para poder romper el ciclo.

La fuente que inspira esta reflexión, publicada en Antrozoología, no es nueva, pero sí sigue siendo dolorosamente vigente. La relación entre la violencia de género y el maltrato animal ha sido documentada durante años por psicólogos, criminólogos y trabajadores sociales. Hoy, en 2026, con más datos, más denuncias y también más silencios, el vínculo es aún más evidente. No se trata solo de estadísticas, se trata de vidas compartiendo un mismo espacio de miedo. Mujeres que no se van de una relación violenta porque saben que su agresor podría vengarse con su mascota. Niños que normalizan la agresión porque la ven aplicada tanto a su madre como al animal de la casa. Animales usados como herramienta de control emocional. Todo eso pasa. Más de lo que queremos admitir.

A veces me pregunto en qué momento decidimos separar la empatía por especies. En qué punto justificamos que el sufrimiento de un ser vivo vale menos porque no habla nuestro idioma. Tal vez ahí empieza todo. Cuando alguien aprende que puede ejercer violencia sin consecuencias, que su fuerza le da derecho, que su frustración puede descargarse sobre otro cuerpo más vulnerable. Esa lógica no distingue género ni especie. Solo distingue poder.

He visto, y no exagero, cómo en hogares aparentemente “normales” se convive con pequeños actos de crueldad diaria. Un golpe “para que aprenda”. Un grito “porque se lo merece”. Un castigo desmedido “por el bien”. Y esas frases, repetidas, se vuelven cultura. Se heredan. Se justifican. Por eso me resuena tanto lo que he leído y reflexionado también en espacios como https://juliocmd.blogspot.com/, donde se habla del comportamiento humano desde una mirada más amplia, más honesta, sin maquillar lo incómodo. Porque la violencia no empieza con un golpe. Empieza con una idea.

En Colombia, y en muchos países de Latinoamérica, este tema sigue estando subestimado. Las leyes avanzan lentamente, las denuncias se diluyen, y la protección real muchas veces llega tarde. Pero algo ha cambiado: la conversación. Hoy se habla más de salud mental, de vínculos sanos, de responsabilidad emocional. Y también, poco a poco, se empieza a hablar de los animales no como objetos, sino como parte del sistema familiar. En ese cruce aparece una oportunidad enorme de conciencia.

No es casual que organizaciones que trabajan por la protección de datos, por ejemplo, también hablen de dignidad y respeto. Porque al final todo se conecta. El respeto por la información personal, por la intimidad, por la vida privada, nace del mismo principio que el respeto por un cuerpo ajeno, humano o no. En ese sentido, reflexiones que aparecen en https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com/ ayudan a entender que la ética no es un concepto técnico, es una forma de relacionarnos con el otro sin invadir, sin dominar, sin dañar.

La violencia de género y el maltrato animal comparten algo más que contexto: comparten silencio. Muchas víctimas no hablan por miedo, por dependencia económica, por vergüenza. Muchas personas no denuncian el maltrato animal porque creen que “no es tan grave”. Y ese silencio protege al agresor. Siempre. Por eso, visibilizar esta relación no es un acto académico, es un acto político y humano.

Desde mi experiencia, desde las conversaciones con mi familia, con personas mayores que han vivido otras épocas, entiendo que romper estos patrones implica incomodarnos. Implica revisar lo que normalizamos. Implica aceptar que tal vez crecimos viendo cosas que no estaban bien, aunque nadie nos lo explicara. Y ahí entra la responsabilidad generacional. No para culpar a los anteriores, sino para decidir hacerlo distinto.

En el blog https://escritossabatinos.blogspot.com/ he encontrado muchas veces reflexiones que invitan a detenerse, a mirar la vida con más profundidad, a entender que la espiritualidad no es desconectarse del mundo, sino comprometerse más con él. Desde esa mirada, cuidar a un animal, respetar a una mujer, proteger a un niño, no son actos aislados. Son expresiones de una misma conciencia despierta.

También es importante actualizar la conversación. Hoy sabemos que la violencia no siempre es física. Existe la violencia psicológica, económica, simbólica. Y en el caso de los animales, existe el abandono, la negligencia, la instrumentalización emocional. Todo eso deja huella. En estudios recientes se ha demostrado que los niños expuestos a maltrato animal tienen mayor probabilidad de reproducir conductas violentas en su adultez. No porque estén condenados, sino porque aprendieron que el dolor ajeno no importa. Y eso se aprende rápido cuando nadie lo cuestiona.

Por eso me parece clave que desde espacios empresariales, educativos y tecnológicos también se hable de esto. La cultura organizacional, la forma en que lideramos, la manera en que resolvemos conflictos, todo refleja nuestros valores. En https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/ se ha insistido mucho en la importancia de construir empresas más humanas, más conscientes. Y esa humanidad empieza en casa, en cómo tratamos a quienes no tienen poder frente a nosotros.

No escribo esto desde la superioridad moral. Escribo desde la pregunta constante. Desde reconocer que todos estamos aprendiendo. Que nadie nace sabiendo amar bien, respetar bien, convivir bien. Pero sí podemos decidir informarnos, escuchar, cambiar. La juventud no es solo energía, también es responsabilidad. Y si algo he aprendido en estos años es que no podemos seguir separando luchas que están profundamente conectadas.

La violencia de género no se erradica solo con leyes, ni el maltrato animal se soluciona solo con refugios. Se transforman cuando cambiamos la narrativa, cuando educamos desde la empatía, cuando dejamos de romantizar el control y empezamos a valorar el cuidado. Cuando entendemos que la fuerza real no está en dominar, sino en proteger.

Si este texto incomoda, está bien. A mí también me incomodó escribirlo. Pero creo que ahí empieza algo. En esa incomodidad honesta que nos obliga a mirarnos sin filtros. A preguntarnos qué tipo de personas queremos ser. Qué tipo de sociedad estamos construyendo, incluso en los detalles pequeños.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

martes, 3 de febrero de 2026

Cuando la tecnología cuida la vida: la promesa silenciosa de la robótica colombiana


La primera vez que leí la historia de una manilla salvavidas creada en Colombia sentí algo raro en el pecho. No fue solo orgullo —que sí, también—, fue una mezcla de esperanza y una pregunta incómoda: ¿por qué estas historias no nos las cuentan más seguido? ¿Por qué pareciera que siempre estamos esperando que la innovación venga de afuera, cuando aquí, en medio de nuestras propias contradicciones, también nacen ideas capaces de salvar vidas?

Crecí escuchando que Colombia es un país lleno de talento, pero pobre en oportunidades. Y aunque esa frase se repite tanto que a veces se vuelve paisaje, no deja de tener algo de verdad. Lo curioso es que, incluso dentro de esa realidad, hay jóvenes, investigadores, ingenieros y soñadores que no esperan a que el sistema funcione perfecto para empezar a crear. Crean desde la urgencia. Desde la necesidad. Desde la empatía. Y eso, para mí, dice mucho más de la robótica colombiana que cualquier cifra o ranking internacional.

La manilla salvavidas no es solo un dispositivo tecnológico. Es una respuesta humana a un problema real. Es alguien mirando un río, una playa o una piscina y preguntándose: ¿cómo evitamos que esto termine en tragedia? Esa pregunta, tan sencilla y tan profunda, es la que debería estar detrás de toda innovación. No “¿cómo ganamos más?”, sino “¿a quién podemos proteger?”. Y ahí es donde la tecnología deja de ser fría y se convierte en algo profundamente espiritual, aunque suene raro decirlo así.

Vivimos en una época donde la robótica y la inteligencia artificial suelen asociarse con reemplazo, con miedo, con deshumanización. Se habla de máquinas quitando empleos, de algoritmos decidiendo por nosotros, de un futuro donde el ser humano parece estorbar. Pero historias como esta rompen esa narrativa. Nos recuerdan que la tecnología también puede ser un acto de cuidado. Que un sensor, un código bien escrito o un diseño inteligente pueden convertirse en una extensión de la vida, no en una amenaza.

Pienso mucho en eso cuando reviso lo que escribo y lo que leo en espacios como mi propio blog, https://juanmamoreno03.blogspot.com, donde intento poner en palabras estas tensiones entre progreso y conciencia, entre futuro y raíz. También lo veo reflejado en textos más maduros, como los que encuentro en https://juliocmd.blogspot.com, donde se nota que la tecnología, cuando se piensa con criterio, no va separada de la ética ni del sentido humano.

La robótica colombiana no nace en laboratorios aislados del mundo. Nace en un país marcado por desigualdades, por accidentes evitables, por contextos donde la prevención muchas veces llega tarde. Por eso una manilla que alerta, que avisa, que reacciona antes de que sea demasiado tarde, tiene un valor simbólico enorme. Es casi una metáfora de lo que necesitamos como sociedad: sistemas que cuiden, que acompañen, que no miren para otro lado.

También hay algo profundamente generacional en esta historia. Somos una generación que heredó problemas grandes: crisis climática, desconfianza institucional, brechas tecnológicas, cansancio colectivo. Pero también heredamos herramientas que antes no existían. Acceso a conocimiento, a comunidades globales, a tecnología que, bien usada, puede amplificar lo mejor de nosotros. La pregunta no es si tenemos talento, sino qué hacemos con él.

A veces siento que en Colombia somos expertos en minimizar nuestros logros. Decimos “eso es poquito”, “eso apenas empieza”, “eso no es tan importante”. Y mientras tanto, afuera, otros países entienden que cada innovación local es una semilla que puede escalar. Por eso me parece clave que estas historias se conecten con una visión más amplia de organización, de empresa, de responsabilidad social. Algo que se trabaja mucho desde espacios como https://organizaciontodoenuno.blogspot.com, donde se habla de construir estructuras que sostengan las buenas ideas en el tiempo, no solo de celebrarlas cuando salen en una noticia.

Porque sí, inventar una manilla salvavidas es un logro enorme. Pero sostenerla, mejorarla, distribuirla, hacerla accesible, integrarla a políticas de prevención… eso es otro nivel de desafío. Y ahí entran temas que muchos jóvenes no quieren mirar todavía: gestión, sostenibilidad, datos, cumplimiento. Cosas que suenan aburridas, pero que en realidad son las que permiten que una idea no se quede en un prototipo bonito.

En ese punto, incluso la conversación sobre datos personales y tecnología responsable se vuelve clave. Un dispositivo que recoge información, que monitorea señales, que alerta a terceros, también debe cuidar la privacidad y la dignidad de las personas. No todo vale solo porque “salva vidas”. Hay límites éticos que deben pensarse desde el diseño. Esa reflexión aparece con mucha fuerza en contenidos como los de https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com, donde se recuerda que la confianza también se construye con respeto.

Lo que más me conmueve de esta historia no es el componente técnico —aunque es admirable—, sino la intención. Hay algo muy poderoso en crear pensando en el otro. En no quedarse solo en la idea de “innovar” porque suena bien, sino en innovar porque duele ver que algo sigue pasando. Esa es una espiritualidad aplicada, aunque no siempre la llamemos así. Es la misma sensibilidad que encuentro cuando leo reflexiones en https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com, donde se habla de fe no como dogma, sino como acción consciente en el mundo.

También me hace pensar en la educación que estamos recibiendo y ofreciendo. ¿Estamos formando jóvenes para competir o para cuidar? ¿Para destacar individualmente o para resolver problemas colectivos? La robótica, vista desde este lugar, deja de ser una carrera “de genios” y se convierte en un camino posible para cualquier joven que quiera aportar algo concreto a su entorno.

No todo es romántico, claro. Emprender en Colombia sigue siendo difícil. Investigar cuesta. Financiar prototipos cuesta. Creer en uno mismo cuando el entorno duda cuesta aún más. Pero precisamente por eso estas historias importan. Porque muestran que no todo está perdido, que no todo el talento se va, que no toda la tecnología se usa para distraer o controlar.

Cuando pienso en mi propia vida, en mis preguntas, en mis contradicciones, encuentro cierto consuelo en saber que hay personas de mi generación —y de generaciones cercanas— usando la tecnología para cuidar. Me recuerda que no estamos condenados a repetir los mismos errores. Que podemos escribir otro tipo de futuro, aunque sea paso a paso, dispositivo a dispositivo, idea a idea.

Tal vez la verdadera promesa de la robótica colombiana no esté solo en lo que inventa, sino en desde dónde lo inventa. Desde la empatía. Desde la urgencia. Desde una conciencia que entiende que la vida humana no es una estadística. Y si logramos que esa mirada se mantenga, que no se pierda en el ruido del mercado o la vanidad del reconocimiento, entonces sí, estaremos ante algo realmente transformador.

A veces siento que no necesitamos más discursos grandilocuentes sobre el futuro. Necesitamos más historias como esta. Más jóvenes preguntándose cómo cuidar mejor. Más tecnología al servicio de la vida. Más silencios reflexivos antes de programar la siguiente línea de código.

Tal vez ahí esté la clave: no correr tanto hacia el mañana, sino construirlo con más presencia.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

lunes, 2 de febrero de 2026

La receta sueca para dominar el mundo de los videojuegos (y lo que nos dice sobre quiénes somos hoy)



Crecí rodeado de pantallas, pero no de la manera en que muchos imaginan. En mi casa la tecnología nunca fue un fin, sino un medio. Un puente. A veces una excusa para conversar, otras una puerta abierta para cuestionarnos el mundo. Por eso, cuando leí sobre la llamada receta sueca para dominar el mundo de los videojuegos, no pude evitar sentir que el tema iba mucho más allá de consolas, gráficos o cifras millonarias. En realidad, hablaba de cultura, de mentalidad, de cómo una sociedad decide confiar en su gente joven y dejarla crear sin pedirle permiso al miedo.

Suecia no es solo el país de Minecraft, Spotify o Spotify Wrapped que todos compartimos a final de año. Es también la cuna de estudios como DICE, Mojang, Paradox Interactive, King o Avalanche Studios. Empresas que, sin hacer tanto ruido como Silicon Valley, terminaron moldeando la forma en que millones de personas jugamos, aprendemos y hasta nos relacionamos. Y eso no es casualidad.

Mientras muchos países siguen viendo los videojuegos como una pérdida de tiempo o un “vicio moderno”, Suecia los entendió temprano como una expresión cultural legítima. Como una industria creativa. Como un lenguaje. Y ahí está, creo yo, una de las claves más profundas: cuando una sociedad valida lo que aman sus jóvenes, no solo los escucha, los potencia.

Lo sueco no es solo tecnología. Es confianza.

Desde muy joven entendí algo gracias a conversaciones familiares y silencios bien observados: la confianza no se decreta, se construye. Suecia apostó durante décadas por una educación pública sólida, acceso temprano a computadores, internet casi universal y espacios donde experimentar no era castigado, sino celebrado. No se trataba de crear “genios”, sino de permitir que la curiosidad hiciera su trabajo.

Muchos de los desarrolladores suecos que hoy lideran estudios globales crecieron en los años noventa, cuando el acceso a computadores personales y redes locales era casi un juego comunitario. Hackear, modificar, probar… aprender haciendo. No había esa obsesión por “monetizarlo todo” desde el día uno. Primero venía el disfrute, luego el negocio. Y eso cambia todo.

Hoy, con 21 años, me pregunto cuántos talentos se nos están escapando en Latinoamérica por no entender esto. Cuántos jóvenes brillantes terminan apagando su creatividad porque alguien les dijo que “eso no da plata”, que “mejor estudie algo serio”, que jugar o programar es perder el tiempo. Y sin darnos cuenta, estamos cerrando puertas que podrían abrir mundos enteros.

Videojuegos, pero también identidad

Los videojuegos no son solo entretenimiento. Son narrativas, decisiones morales, trabajo en equipo, frustración, paciencia, estrategia. Son una forma de ensayar la vida. Yo he aprendido más sobre cooperación, liderazgo y límites jugando que en muchas charlas motivacionales vacías.

En Suecia, el gaming se integró a la identidad cultural sin culpa. No es raro ver adultos hablando de juegos con la misma naturalidad con la que hablan de cine o literatura. Eso reduce la brecha generacional y evita que los jóvenes sientan que viven en un mundo incomprendido.

Cuando un país deja de pelear contra lo inevitable y decide comprenderlo, suele liderar. Suecia no prohibió, acompañó. No satanizó, educó. Y los resultados están ahí.

Esto conecta mucho con reflexiones que he compartido antes en mi propio espacio de escritura, donde intento poner en palabras lo que sentimos muchos jóvenes pero no siempre sabemos cómo decir. Si te resuena esa búsqueda, este es mi blog personal:

Allí he escrito sobre identidad, tecnología, silencio, fe y contradicciones, porque no somos una sola cosa, somos muchas al mismo tiempo.

El Estado, el mercado y algo más invisible

La receta sueca también incluye políticas públicas inteligentes, apoyo a la innovación, impuestos que regresan en forma de bienestar y una relación menos hostil entre Estado y emprendedores. Pero sería un error pensar que todo se explica desde lo económico.

Hay algo más sutil: una ética colectiva basada en la responsabilidad. Si tienes acceso, se espera que lo aproveches. Si sabes, compartes. Si creas, respondes por lo que creas. Esa mentalidad atraviesa el desarrollo de videojuegos y explica por qué muchas empresas suecas piensan en comunidades antes que en usuarios, en experiencias antes que en adicción pura.

En un mundo donde muchas industrias digitales se sostienen explotando la atención y los datos personales, esta mirada resulta refrescante. Y aquí hago un paréntesis importante: la conversación sobre videojuegos también es una conversación sobre datos, privacidad y conciencia digital. Temas que en casa siempre han estado presentes y que se trabajan con profundidad en espacios como Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales, donde se reflexiona sobre cómo convivir con la tecnología sin perder la dignidad humana.

No todo lo que brilla es oro digital. Y Suecia, curiosamente, ha logrado avanzar sin perder del todo esa brújula ética.

Espiritualidad en tiempos de píxeles

Puede sonar extraño mezclar videojuegos y espiritualidad, pero para mí tiene todo el sentido. Crear mundos, reglas, decisiones y consecuencias es, en cierta forma, jugar a ser conscientes de nuestras elecciones. Cada partida es una metáfora: no siempre ganas, no siempre controlas todo, pero siempre aprendes algo.

En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías, un blog muy cercano a mi historia familiar, se habla mucho de confiar, de soltar el control, de entender que no todo depende de nosotros, pero que igual somos responsables de cómo jugamos la partida.

Suecia entendió que permitir a sus jóvenes crear mundos digitales no los alejaba de la realidad, sino que les daba herramientas para transformarla. Tal vez ahí está otra lección incómoda para nosotros: no es la tecnología la que nos desconecta, es la falta de sentido con la que la usamos.

¿Y ahora qué hacemos con esto?

No todos vamos a crear el próximo Minecraft. Y está bien. El punto no es copiar a Suecia, sino aprender de su actitud. Preguntarnos qué pasaría si confiáramos un poco más en la curiosidad de los jóvenes, si dejáramos de medir todo solo en términos de rentabilidad inmediata, si entendiéramos que jugar también es una forma seria de aprender.

Como joven colombiano, me debato entre la esperanza y la frustración. Veo talento de sobra, pero también muchos miedos heredados. Sin embargo, cada vez que alguien se atreve a crear sin pedir permiso, a pensar distinto, a unir tecnología con humanidad, siento que no todo está perdido.

Tal vez no se trata de dominar el mundo de los videojuegos. Tal vez se trata de no perder el mundo mientras jugamos.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

✒️ Juan Manuel Moreno Ocampo
A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.