¿Alguna vez has terminado un día completamente agotado y, aun así, has sentido que no sabes exactamente hacia dónde estás avanzando?
A mí me pasa.
Uno puede levantarse temprano, responder mensajes, estudiar, trabajar, resolver problemas, mirar correos, cumplir pendientes, hablar con personas, hacer llamadas, revisar redes sociales y llegar a la noche con la sensación de haber corrido una maratón. Pero si en ese momento alguien nos preguntara: “Bueno, ¿y hoy qué hiciste para acercarte a la vida que realmente quieres?”, probablemente la respuesta no sería tan inmediata.
Hace unos días me encontré con una reflexión de Fabián González H. que utilizaba una comparación sencilla: un perro vive reaccionando a lo que sucede en el momento, mientras nosotros, los seres humanos, tenemos la capacidad de imaginar un futuro que todavía no existe y comenzar a construirlo desde hoy. Su artículo llevaba un título que se me quedó dando vueltas en la cabeza: “La pregunta que un perro nunca podrá hacerse”.
Y aunque la reflexión original está enfocada principalmente en empresarios, planificación y dirección de negocios, sentí que la idea tenía muchísimo que decirnos sobre nuestra propia vida.
Porque un perro probablemente nunca podrá preguntarse:
“¿Hacia dónde estoy llevando mi vida?”
Y nosotros sí.
Ahí está el regalo.
Y también el problema.
Un perro no se levanta preocupado porque todavía no ha encontrado su propósito.
No mira a otro perro y piensa que a su edad ya debería tener casa propia.
No siente ansiedad porque el golden retriever de Instagram está viajando por Europa mientras él sigue jugando con la misma pelota de siempre.
No se pregunta si está desperdiciando su potencial.
No abre LinkedIn y descubre que otro perro de su camada ya fue ascendido tres veces.
Su mundo sucede frente a él.
Si alguien que quiere llega a casa, mueve la cola.
Si tiene sueño, duerme.
Si encuentra algo interesante, lo huele.
Si quiere cariño, se acerca.
Parece sencillo.
Nosotros tenemos la capacidad de hacer algo extraordinario: podemos vivir aquí mientras nuestra mente viaja diez años hacia adelante.
Podemos imaginar una profesión que todavía no tenemos.
Una familia que todavía no hemos construido.
Una casa que todavía no existe.
Un viaje que todavía no hemos hecho.
Una versión de nosotros mismos que todavía estamos intentando convertir en realidad.
Eso es poderosísimo.
Pero también significa que somos capaces de sufrir por cosas que nunca han sucedido.
Podemos fracasar cien veces dentro de nuestra cabeza antes de haberlo intentado una sola vez en la realidad.
Podemos imaginar conversaciones que jamás ocurrirán.
Podemos preocuparnos por problemas del próximo año mientras ignoramos la tarde que tenemos enfrente.
Podemos obsesionarnos con llegar a alguna parte y olvidar completamente cómo se siente estar aquí.
Y creo que nuestra generación tiene una dificultad adicional.
Vivimos rodeados de estímulos.
Todo quiere nuestra atención.
El celular vibra.
Miramos.
Llega un WhatsApp.
Respondemos.
Aparece un correo.
Lo abrimos.
Instagram nos muestra algo.
Entramos.
TikTok nos enseña otra cosa.
Seguimos deslizando.
Sale una noticia.
Comentamos.
Aparece una inteligencia artificial nueva.
La probamos.
Alguien publica que está triunfando.
Nos comparamos.
Surge un problema.
Lo atendemos.
Otro mensaje.
Otra llamada.
Otra notificación.
Otra cosa urgente.
Y así pasan las horas.
Muchas veces vivimos exactamente como ese perro de la comparación: reaccionando ante aquello que aparece frente a nosotros.
La diferencia es que nosotros sí tenemos la posibilidad de detenernos.
Pensar.
Elegir.
Fabián resume su reflexión original alrededor de tres acciones: pensar, planificar y ejecutar, en ese orden. Y plantea una pregunta que parece empresarial pero que, sinceramente, deberíamos llevar a nuestra vida personal: ¿sabemos dónde estamos y hacia dónde queremos ir?
Porque un mapa sirve de poco si no sabemos cuál es nuestro punto de partida.
Y ahí es donde la cosa se pone incómoda.
Preguntarse dónde estamos realmente requiere sinceridad.
No la versión que ponemos en redes.
No lo que respondemos cuando alguien pregunta “¿cómo vas?” y automáticamente decimos “bien”.
No la imagen que intentamos mantener para que los demás crean que tenemos todo bajo control.
¿Dónde estoy realmente?
¿Cómo está mi relación con mi familia?
¿Cómo estoy emocionalmente?
¿Cómo estoy utilizando mi tiempo?
¿Estoy cuidando mi cuerpo?
¿Estoy aprendiendo?
¿Estoy ahorrando?
¿Estoy viviendo de acuerdo con lo que digo que creo?
¿Estoy cerca de Dios solamente cuando necesito algo o realmente estoy construyendo una relación espiritual?
¿Estoy trabajando en algo que me importa?
¿Estoy tratando bien a las personas que quiero?
¿Estoy construyendo o simplemente sobreviviendo?
Son preguntas mucho más difíciles que revisar una lista de tareas.
A veces descubrimos que estamos llenos de actividades y vacíos de dirección.
Y creo que eso puede pasarle a cualquiera.
Nos han enseñado mucho sobre hacer.
Hacer más.
Estudiar más.
Trabajar más.
Producir más.
Conseguir más.
Publicar más.
Crecer más.
Ganar más.
Pero pocas veces alguien nos enseña a detenernos y preguntarnos si ese “más” todavía tiene sentido.
Hay personas que llevan años corriendo detrás de metas que alguna vez eligieron cuando eran completamente distintas.
Hay sueños que envejecen.
Hay objetivos que dejan de representarnos.
Hay caminos que funcionan para otros pero no necesariamente para nosotros.
Y reconocerlo no significa que hayamos fracasado.
Quizá significa que hemos cambiado.
Eso también es crecer.
Recuerdo que cuando uno es pequeño siempre aparece la clásica pregunta:
“¿Qué quieres ser cuando seas grande?”
Y solemos responder con una profesión.
Médico.
Ingeniero.
Futbolista.
Empresario.
Abogado.
Piloto.
Pero con el tiempo he pensado que quizá nos hicieron la pregunta incompleta.
No solamente deberíamos preguntarle a un niño qué quiere hacer.
También podríamos preguntarle:
“¿Qué clase de persona quieres ser?”
Porque puedes convertirte en un excelente profesional y ser una persona terrible.
Puedes ganar muchísimo dinero y sentirte completamente vacío.
Puedes tener reconocimiento y no tener paz.
Puedes acumular seguidores y sentir que nadie te conoce realmente.
Puedes conseguir aquello con lo que soñabas y descubrir que tampoco era suficiente.
Entonces aparece inevitablemente otra pregunta:
¿para qué?
Y aquí, para mí, entra la espiritualidad.
Hay momentos en los que la vida nos obliga a reconocer que no controlamos todo.
Podemos planificar.
Podemos organizar.
Podemos prepararnos.
Podemos trabajar.
Pero hay cosas que simplemente ocurren.
Una enfermedad.
Una despedida.
Una oportunidad inesperada.
Una persona que llega a nuestra vida.
Otra que se va.
Un cambio que no estaba previsto.
Una puerta que se cierra.
Otra que aparece donde jamás habíamos mirado.
Creo profundamente que planificar nuestro futuro no significa convertirnos en obsesionados del control.
También necesitamos aprender a confiar.
A hacer nuestra parte y entender que existe una parte que no nos corresponde manejar.
Para quienes creemos en ese ser supremo, llámalo Dios como yo lo llamo o como nazca desde tu propia fe, existe cierta tranquilidad en aceptar que nuestra visión siempre será limitada.
Nosotros vemos una parte de la historia.
Queremos entenderla completa.
Y muchas veces no podemos.
Tal vez por eso la pregunta por el futuro debería ir acompañada por otra:
“¿Qué puedo hacer hoy con aquello que sí está en mis manos?”
Porque pensar demasiado en dentro de cinco años también puede convertirse en una manera elegante de escapar del presente.
Podemos pasar años diciendo:
“Cuando termine de estudiar seré feliz”.
Luego:
“Cuando consiga trabajo”.
Después:
“Cuando gane más”.
Luego:
“Cuando compre mi casa”.
Después:
“Cuando tenga pareja”.
“Cuando tenga hijos”.
“Cuando pase esta época”.
“Cuando llegue diciembre”.
“Cuando tenga tiempo”.
Y un día descubrimos que hemos convertido la vida en una eterna sala de espera.
Siempre esperando el próximo capítulo para empezar a disfrutar el libro.
Ahí creo que el perro podría enseñarnos algo.
Aunque nunca podrá preguntarse hacia dónde quiere estar dentro de diez años, parece tener una capacidad que nosotros perdemos con facilidad:
estar presente.
Si llegas después de un día difícil, tu perro probablemente no necesita que le expliques demasiado.
Se acerca.
Se sienta.
Se queda.
Hay algo profundamente bonito en eso.
Nosotros, en cambio, podemos estar sentados en una cena familiar mientras nuestra mente está en otra parte.
Podemos hablar con nuestra mamá mientras revisamos el celular.
Podemos viajar pensando en la fotografía que vamos a subir.
Podemos estar con nuestros amigos mientras vemos qué están haciendo otras personas.
Podemos llegar a un lugar hermoso y observarlo primero a través de la cámara.
Como si vivirlo no fuera suficiente.
Creo que necesitamos recuperar algo del animal sin renunciar a aquello que nos hace humanos.
Planificar como humanos.
Vivir el presente un poco más como perros.
Pensar en mañana.
Pero abrazar hoy.
Ahorrar para el futuro.
Pero disfrutar un café con alguien que queremos.
Construir proyectos.
Pero llamar a nuestros padres.
Soñar grande.
Pero agradecer lo pequeño.
Trabajar duro.
Pero descansar sin sentir culpa.
Buscar propósito.
Pero entender que no toda experiencia necesita producir algo.
Esto último me parece especialmente importante.
Vivimos en una cultura que quiere convertir cualquier cosa en productividad.
Si te gusta pintar, te preguntan por qué no vendes cuadros.
Si cocinas bien, alguien te dice que abras un negocio.
Si haces ejercicio, deberías convertirlo en contenido.
Si escribes, deberías monetizar.
Si tienes una afición, parece que inmediatamente necesitamos transformarla en una fuente de ingresos.
Pero hay cosas que podemos hacer simplemente porque nos hacen bien.
Leer sin publicar una reseña.
Caminar sin contar los pasos.
Escuchar música sin estar haciendo otra cosa.
Hablar durante horas con alguien.
Jugar.
Orar.
Dormir.
Mirar el cielo.
Compartir.
Estar.
No todo necesita convertirse en rendimiento.
Tal vez ahí está una parte importante de la respuesta.
Un perro nunca podrá preguntarse qué quiere dejar en este mundo.
Nosotros sí.
Y no creo que el legado tenga necesariamente que ser gigantesco.
No todos necesitamos construir empresas enormes.
No todos escribiremos libros.
No todos tendremos miles de seguidores.
No todos cambiaremos millones de vidas.
Pero podemos transformar profundamente la vida de unas pocas personas.
La forma en que tratamos a nuestra familia también es legado.
La educación que damos a nuestros hijos algún día puede ser legado.
El consejo que ofrecemos a un amigo es legado.
La manera en que actuamos cuando nadie nos ve es legado.
Nuestra honestidad es legado.
Nuestra fe es legado.
Aquello que sembramos en otros, incluso sin saberlo, puede quedarse muchísimo después de nosotros.
Quizá ahí está la diferencia entre simplemente existir y vivir conscientemente.
No tener todas las respuestas.
Sino hacernos mejores preguntas.
¿Qué persona estoy construyendo con mis hábitos?
¿Qué estoy alimentando todos los días en mi mente?
¿A qué le estoy entregando mi atención?
¿Las personas que amo saben que las amo?
¿Estoy esperando demasiado para hacer algo importante?
¿Estoy siguiendo mis valores o mis impulsos?
¿Estoy persiguiendo una vida que quiero o una vida que se ve bien desde afuera?
¿Estoy actuando desde la fe o desde el miedo?
¿Estoy viviendo?
¿O solamente estoy reaccionando?
Tal vez hoy no necesitas diseñar un plan completo para los próximos diez años.
Quizá basta con reconocer dónde estás.
Aceptar ese punto.
Sin castigarte.
Sin compararte.
Sin pensar que deberías estar mucho más adelante.
Simplemente:
“Estoy aquí”.
Y después mirar hacia adelante.
“Quiero ir hacia allá”.
Entonces preguntarte cuál puede ser el próximo paso.
No veinte.
Uno.
Porque cambiar nuestra dirección no siempre requiere una transformación espectacular.
A veces empieza acostándonos treinta minutos antes.
Haciendo esa llamada pendiente.
Guardando un poco de dinero.
Volviendo a estudiar.
Pidiendo ayuda.
Pidiendo perdón.
Alejándonos de una relación que nos destruye.
Acercándonos a nuestra familia.
Regresando a Dios.
Apagando el celular durante una hora.
Empezando aquello que llevamos meses aplazando.
O simplemente reconociendo que necesitamos cambiar.
La reflexión original de Fabián González puede leerse aquí: https://www.linkedin.com/pulse/la-pregunta-que-un-perro-nunca-podr%C3%A1-hacerse-fabi%C3%A1n-gonz%C3%A1lez-h-yzqve/
Yo me quedo con algo más personal.
Un perro nunca podrá sentarse frente a su vida y preguntarse conscientemente:
“¿Hacia dónde estoy yendo?”
Nosotros sí.
Sería triste desperdiciar esa posibilidad.
Pero también sería triste utilizarla únicamente para preocuparnos por mañana.
Tal vez el verdadero equilibrio consiste en mirar hacia adelante sin dejar de mirar alrededor.
Construir futuro.
Disfrutar presente.
Preguntarnos hacia dónde vamos.
Y mientras encontramos la respuesta, no olvidar a las personas que están caminando al lado.
Porque quizá dentro de muchos años descubramos que algunas de las cosas que considerábamos pequeñas eran, en realidad, las importantes.
Una conversación.
Una cena.
Un abrazo.
Una tarde con los abuelos.
La llamada de nuestros padres.
Un perro que nos esperaba detrás de la puerta.
Una oración silenciosa.
Un “gracias”.
Un “te quiero”.
Una oportunidad de ayudar.
No sé exactamente dónde estaré dentro de diez años.
Y sería falso decir que tengo completamente claro hacia dónde va todo.
Tengo sueños.
Tengo proyectos.
Tengo preguntas.
También tengo dudas.
Supongo que eso hace parte de estar vivo.
Pero sí hay algo que quiero conservar: la capacidad de revisar mi rumbo.
De preguntarme si aquello que estoy construyendo todavía se parece a la persona que quiero ser.
De recalcular cuando sea necesario.
Y, al mismo tiempo, de aprender a disfrutar el camino.
Quizá esta noche, antes de dormir, podríamos hacernos esa pregunta que nuestro perro nunca podrá hacerse:
¿Hacia dónde estoy llevando mi vida?
Y después mirar alrededor y aprender de él otra cosa:
este momento también es vida.
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— Juan Manuel Moreno Ocampo
Quizá vivir con propósito no sea conocer perfectamente el destino, sino tener el valor de mirar nuestro camino, corregirlo cuando haga falta y agradecer que todavía estamos aquí para recorrerlo.


