Hay algo que he venido entendiendo con el tiempo, y no ha sido leyendo libros ni viendo videos… ha sido caminando. Caminando con un perro.
No sé si a todos les pasa, pero hay algo en los paseos que rompe la rutina, que baja el ruido de la mente y que deja al descubierto cosas que normalmente ignoramos. Y no me refiero solo a lo que le pasa al perro, sino a lo que nos pasa a nosotros mientras sostenemos esa correa.
Porque sí… uno cree que sale a pasear al perro, pero en realidad es el perro el que termina mostrando cómo estás viviendo tú.
Y eso, cuando uno lo empieza a notar, incomoda un poco.
Hay perros que salen como si estuvieran escapando de algo. Apenas se abre la puerta, salen disparados, como si la casa fuera una cárcel o como si el mundo allá afuera fuera más importante que quien está sosteniendo la correa. Y uno podría pensar que eso es emoción, felicidad… pero cuando lo miras con más calma, hay algo ahí que no está conectado.
Es como cuando uno está con alguien pero realmente no está. Como esas conversaciones donde dos personas hablan, pero ninguna escucha. Como esos vínculos donde se comparte espacio, pero no presencia.
A veces ese perro que no mira atrás… no está ignorando. Está acostumbrado.
Y eso pesa más.
También están los otros. Los que van tensos todo el tiempo. No sueltan la correa, no sueltan el cuerpo, no sueltan la alerta. Van de esquina en esquina, mirando todo, reaccionando a todo. No hay descanso. No hay pausa.
Y eso me hizo pensar en cuántas veces nosotros vivimos igual.
Siempre pendientes. Siempre alertas. Siempre esperando que algo pase. Como si relajarse fuera peligroso. Como si confiar fuera ingenuo. Como si bajar la guardia fuera perder.
He visto perros que no saben caminar tranquilos… pero también he visto personas que tampoco saben vivir tranquilas.
Y en medio de eso, el paseo deja de ser un momento de conexión y se vuelve una extensión del estrés.
Lo más curioso es que muchas veces intentamos “corregir” al perro sin preguntarnos qué estamos proyectando nosotros.
Porque el perro no está leyendo instrucciones… está leyendo emociones.
Está leyendo cómo respiras, cómo caminas, cómo reaccionas, cómo sostienes la correa. Está leyendo si estás presente o si estás en el celular. Está leyendo si lo acompañas o si lo arrastras.
Y ahí es donde el paseo deja de ser un simple hábito… y se vuelve un espejo.
Hay algo que escribí hace un tiempo en mi blog (https://juanmamoreno03.blogspot.com) que decía que muchas veces queremos cambiar lo externo sin revisar lo interno. Y creo que esto encaja perfectamente aquí.
Porque el perro no necesita un jefe… necesita un vínculo.
Y eso cambia todo.
También están los perros que no se quieren alejar. Que miran cada dos pasos, que se frenan, que dudan. Que parecen pedir permiso incluso para existir en el espacio.
Y eso, si uno lo mira con el corazón abierto, duele.
Porque eso no es obediencia… eso es inseguridad.
Y la inseguridad no aparece de la nada.
Se construye.
A veces por sobreprotección. A veces por miedo. A veces por incoherencia. A veces por falta de claridad.
Y ahí es donde uno se da cuenta de algo que no siempre es fácil aceptar: el vínculo que tenemos con nuestro perro habla mucho del vínculo que tenemos con el mundo… y con nosotros mismos.
Hace poco leí algo en https://juliocmd.blogspot.com que me dejó pensando bastante sobre cómo nuestras decisiones, incluso las más pequeñas, reflejan nuestra forma de entender la vida. Y el paseo, aunque parezca simple, es una de esas decisiones repetidas que terminan mostrando patrones.
Porque no es solo caminar.
Es cómo caminas.
No es solo avanzar.
Es si avanzas con conciencia o en automático.
Hay personas que salen con el perro y nunca lo miran. Van en el celular, en la llamada, en la mente. El perro está ahí, pero no está siendo visto.
Y eso es más común de lo que parece… no solo con perros.
También pasa con amigos, con pareja, con familia.
Estamos… pero no estamos.
Y eso genera un vacío silencioso que después no entendemos de dónde viene.
El paseo también revela cómo manejamos el control.
Si todo el tiempo estás tirando de la correa, marcando cada paso, evitando que el perro explore, probablemente estás replicando una forma de vivir donde todo tiene que estar bajo control.
Y el problema no es el control en sí… es el miedo que hay detrás.
Porque el control muchas veces no es orden… es defensa.
Pero también está el otro extremo. El “todo vale”. El “que haga lo que quiera”. Y ahí tampoco hay conexión, porque no hay guía.
Y entonces entendí algo que me cambió la forma de ver esto:
El paseo no es liderazgo… es diálogo.
A veces el perro habla, cuando se detiene a oler, cuando decide cambiar de dirección, cuando se queda mirando algo. Y ahí uno puede elegir escuchar o imponer.
Y otras veces uno habla, cuando decide el rumbo, cuando pone límites, cuando guía.
Pero lo importante no es quién habla… es que haya escucha.
Porque sin escucha, no hay vínculo.
En uno de los textos de https://escritossabatinos.blogspot.com encontré una idea que decía que el verdadero crecimiento no está en controlar, sino en comprender. Y creo que eso aplica perfectamente aquí.
Porque no se trata de que el perro “se porte bien”.
Se trata de entender qué está pasando en ese paseo.
Qué está sintiendo.
Qué está mostrando.
Y también… qué estás mostrando tú.
Porque el perro no necesita perfección… necesita coherencia.
Y eso es algo que también nos cuesta como seres humanos.
Decimos una cosa, sentimos otra y hacemos otra.
Y el perro lo percibe todo.
No desde el juicio, sino desde la sensibilidad.
A veces creo que los perros tienen una forma de entender la vida mucho más directa que nosotros. No se enredan tanto. No justifican tanto. No se distraen tanto.
Simplemente sienten… y actúan desde ahí.
Y eso, en un mundo donde todo es tan rápido, tan ruidoso y tan superficial, se vuelve una lección.
Porque el paseo también puede ser un espacio de presencia.
Un momento donde no hay que demostrar nada. Donde no hay que correr. Donde no hay que producir.
Solo caminar.
Solo estar.
Solo sentir.
Y eso, aunque suene sencillo, es algo que muchas personas han olvidado.
Nos acostumbramos tanto a vivir en piloto automático que incluso los momentos que deberían ser tranquilos se llenan de prisa.
Y el perro lo resiente.
Porque para él, ese momento no es un trámite.
Es su mundo.
Es su conexión contigo.
Es su forma de explorar la vida.
Y si tú no estás ahí… él lo sabe.
No porque piense… sino porque siente.
Y tal vez por eso estos paseos terminan siendo tan reveladores.
Porque no puedes fingir.
No puedes editar lo que eres.
No puedes esconder la tensión, la desconexión o la ansiedad.
Todo sale… en la forma en la que caminas, en la forma en la que reaccionas, en la forma en la que sostienes ese pequeño vínculo que parece tan simple pero que en realidad es tan profundo.
A veces me pregunto cuántas cosas cambiarían en la vida de una persona si empezara a caminar con más conciencia.
No solo con su perro… sino con todo.
Con sus decisiones.
Con sus relaciones.
Con su tiempo.
Porque al final, todo es un paseo.
Y todo está mostrando algo.
La pregunta es si estamos dispuestos a mirar.
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