Hay conversaciones que ocurren todos los días en nuestra casa y que nunca hemos considerado conversaciones.
Un gato entra a la habitación, nos mira y maúlla.
Nosotros respondemos:
—¿Qué pasó?
El gato vuelve a maullar.
—¿Tienes hambre?
Otro maullido.
—Ah, ya sé. Quieres que te abra la puerta.
Nos levantamos, abrimos la puerta y el gato sale tranquilamente como si acabáramos de mantener una conversación perfectamente normal.
Y probablemente eso fue exactamente lo que ocurrió.
Lo curioso es que muchas veces pensamos que somos nosotros quienes hemos aprendido a entender al gato, pero pocas veces consideramos la posibilidad contraria: que él también lleva años estudiándonos a nosotros.
Tal vez mucho más de lo que imaginamos.
Porque hay algo fascinante en la relación entre los gatos y los seres humanos: un gato adulto puede utilizar con nosotros vocalizaciones que no necesita utilizar de la misma manera cuando se relaciona con otros gatos.
Entre ellos existe todo un mundo de olores, movimientos, posturas, miradas, distancias y señales corporales. Nosotros, en cambio, somos bastante torpes para interpretar buena parte de ese idioma.
Entonces ocurre algo extraordinario.
El gato encuentra otra manera de hacerse entender.
Nos habla.
No con palabras humanas, obviamente, pero sí mediante sonidos que poco a poco terminamos asociando con determinadas situaciones.
Y ahí aparece una pregunta que me parece mucho más interesante que preguntarnos simplemente qué significa un maullido:
¿Quién está aprendiendo el idioma de quién?
Porque quizás llevamos miles de años pensando que domesticamos animales cuando, en algunas cosas, ellos también han aprendido perfectamente cómo domesticarnos un poquito a nosotros.
Basta observar una escena cotidiana.
Son las seis de la mañana.
Tú estás dormido.
Tu gato quiere comer.
Primero puede acercarse silenciosamente.
Nada.
Después se sube a la cama.
Nada.
Camina cerca de tu cabeza.
Nada.
Te toca con una pata.
Sigues dormido.
Entonces aparece el recurso definitivo:
—Miau.
Abres los ojos.
Funcionó.
Al día siguiente probablemente volverá a intentarlo.
Y después de suficientes repeticiones se habrá creado algo parecido a un acuerdo entre especies:
ese sonido significa que tú debes reaccionar.
Pero lo más bonito es que la comunicación no termina ahí.
Con el tiempo comenzamos a distinguir sonidos.
Está el maullido de hambre.
El de protesta.
El de bienvenida.
El de “abre esta puerta”.
El de “¿por qué cerraste esta puerta si sabes perfectamente que yo quiero entrar?”.
Incluso puede existir ese sonido corto que hace cuando aparecemos después de varias horas fuera de casa y que sentimos casi como un saludo.
No necesitamos un diccionario.
Lo aprendemos conviviendo.
Y eso me hizo pensar en algo que va mucho más allá de los gatos.
Los vínculos importantes terminan creando idiomas propios.
También pasa entre personas.
Hay familias donde una mirada significa “vámonos”.
Parejas que saben que un “estoy bien” pronunciado de determinada manera significa exactamente lo contrario.
Amigos que pueden entender una situación completa con una palabra que para cualquier otra persona resultaría absurda.
Padres que reconocen por el tono de voz de sus hijos que algo ocurrió, incluso antes de que ellos quieran contarlo.
No aprendemos esos lenguajes estudiándolos.
Los aprendemos estando.
Prestando atención.
Repitiendo momentos.
Equivocándonos.
Corrigiendo.
Conociendo al otro.
Tal vez por eso me parece tan especial pensar que algo parecido puede ocurrir entre una persona y su gato.
Él aprende que determinados sonidos consiguen determinadas respuestas.
Pero nosotros también aprendemos que esos sonidos no siempre significan lo mismo.
La comunicación deja entonces de ser simplemente ruido.
Se convierte en vínculo.
Y cuando uno empieza a mirar la relación desde ahí, otros comportamientos que parecían independientes empiezan a conectarse.
Por ejemplo, cuando un gato amasa con sus patas una cobija, una cama o incluso nuestro cuerpo.
Ese movimiento está relacionado con conductas que aparecen desde etapas muy tempranas de su vida, cuando los gatitos amasan alrededor de las mamas de su madre mientras se alimentan.
Sin embargo, algunos gatos mantienen ese comportamiento siendo adultos, especialmente en situaciones de comodidad y seguridad.
Y entonces ocurre algo curioso.
Un comportamiento que nació en una etapa temprana permanece dentro de una relación adulta.
Algo parecido sucede con ciertas vocalizaciones.
Eso cambia completamente la manera de mirar esos pequeños rituales.
Porque quizás el gato que está amasando nuestras piernas no está haciendo simplemente “una cosa rara de gatos”.
Está expresando algo desde un repertorio emocional y corporal que viene desde mucho antes de conocernos.
También está el gato que se duerme cerca de nosotros.
A veces incluso dándonos la espalda.
Desde nuestra lógica humana eso podría parecer indiferencia.
Si alguien se sienta frente a nosotros y nos da la espalda mientras hablamos, probablemente interpretaríamos el gesto de una manera bastante negativa.
Pero trasladar automáticamente nuestras reglas sociales a otra especie puede llevarnos a conclusiones equivocadas.
Un animal que decide dormir profundamente cerca de alguien está haciendo algo importante: está permitiéndose estar vulnerable.
Dormir significa bajar la vigilancia.
Cerrar los ojos.
Dejar de controlar completamente lo que ocurre alrededor.
Por eso me parece bonito pensar que algunas muestras de confianza no se parecen a las nuestras.
Nosotros esperamos abrazos.
Ellos pueden ofrecernos una espalda dormida.
Nosotros esperamos palabras.
Ellos pueden ofrecernos un parpadeo lento.
Nosotros esperamos demostraciones evidentes.
Ellos pueden simplemente decidir quedarse cerca.
Y quizá uno de los problemas humanos más frecuentes es precisamente ese: esperamos que todos expresen cariño utilizando nuestro idioma.
También nos ocurre con las personas.
Queremos que alguien nos quiera como nosotros sabemos querer.
Que agradezca como nosotros agradecemos.
Que pida perdón como nosotros pediríamos perdón.
Que demuestre interés de la manera que nosotros consideramos correcta.
Y cuando no ocurre, concluimos rápidamente que no existe cariño, gratitud o interés.
Pero tal vez existe.
Solo que está expresado en otro lenguaje.
Un gato puede enseñarnos algo interesante sobre eso porque nos obliga a observar.
No podemos preguntarle:
—¿Me quieres?
Y esperar una explicación de quince minutos.
Tenemos que aprender a mirar.
¿Se acerca?
¿Busca nuestra presencia?
¿Duerme tranquilo cerca?
¿Nos sigue por la casa?
¿Juega con nosotros?
¿Nos recibe?
¿Nos vocaliza?
¿Se frota contra nosotros?
Son pequeñas señales que, aisladas, pueden parecer insignificantes.
Juntas cuentan una historia.
Y eso me lleva a una idea que últimamente considero cada vez más importante:
comprender a alguien exige tiempo.
Vivimos en una época que quiere interpretar todo inmediatamente.
Un mensaje visto y no respondido.
Una reacción en redes sociales.
Un silencio.
Una palabra.
Una expresión.
Sacamos conclusiones rapidísimo.
Nos sentimos ignorados.
Queridos.
Rechazados.
Aceptados.
Importantes.
Olvidados.
Todo a partir de señales pequeñas que muchas veces ni siquiera entendemos completamente.
Quizás convivir con un animal nos devuelve a una forma más paciente de comprender.
Observar antes de interpretar.
Esperar antes de concluir.
Reconocer patrones.
Aceptar que una señal aislada puede no significar demasiado.
Porque tampoco todos los gatos son iguales.
Y eso es fundamental.
Hay gatos extremadamente vocales.
Otros casi silenciosos.
Algunos buscan constantemente contacto.
Otros prefieren permanecer cerca manteniendo cierta distancia.
Hay quienes reciben a sus personas en la puerta y quienes observan desde algún mueble como si estuvieran supervisando discretamente la operación.
La personalidad también existe allí.
Por eso quizá no deberíamos convertir cada comportamiento en una fórmula universal.
No existe un traductor perfecto de gato.
Existe algo mucho más interesante:
la relación con ese gato.
El que vive contigo.
El que conoce tus horarios.
El que sabe dónde te sientas.
El que probablemente reconoce sonidos de tu rutina que tú mismo ni siquiera notas.
El que sabe cuándo normalmente llega la comida.
El que identifica tus movimientos.
El que quizá ha aprendido que determinada persona responde más rápido que otra.
Y tú también has construido un archivo invisible sobre él.
Sabes dónde suele esconderse.
Qué comida prefiere.
Qué juguete le interesa.
Qué sonido hace cuando está impaciente.
En qué lugar duerme.
Qué cosas le molestan.
Cuándo quiere compañía y cuándo quiere que lo dejen tranquilo.
Ninguno de los dos recibió un manual.
Lo aprendieron juntos.
Eso es lo que me parece verdaderamente fascinante.
No es solamente que un gato maúlle.
Es que dos especies completamente diferentes pueden construir, mediante convivencia, repetición y atención, un pequeño sistema compartido de significados.
Tal vez imperfecto.
Tal vez limitado.
Pero suficiente.
Y entonces aparece otra pregunta.
¿Cuántas veces creemos que alguien no se comunica con nosotros cuando en realidad somos nosotros quienes todavía no hemos aprendido a escucharlo?
Puede ocurrir con nuestros padres.
Con nuestros hermanos.
Con nuestros amigos.
Con nuestra pareja.
Incluso con nosotros mismos.
A veces esperamos mensajes enormes cuando la vida está llena de señales pequeñas.
Un café servido sin preguntar.
Un “avísame cuando llegues”.
Alguien que recuerda algo que dijimos hace meses.
Una persona que permanece en silencio a nuestro lado cuando no sabe qué decir.
Un gato que aparece en la puerta de la habitación y suelta un maullido breve.
Quizás el cariño muchas veces funciona así.
No siempre llega mediante grandes declaraciones.
A veces se construye mediante pequeños códigos repetidos durante años.
Y probablemente esa sea una de las razones por las que perder una mascota puede doler tanto.
No desaparece solamente un animal.
Desaparece también un idioma.
De repente ya no está ese sonido que escuchábamos por la mañana.
Ese cuerpo que aparecía cuando abríamos determinado cajón.
Ese ritual de llegar a casa.
Ese lugar ocupado en el sofá.
Ese conjunto de pequeñas costumbres que nadie más entendería exactamente como nosotros.
Porque una relación no está hecha solamente de grandes momentos.
Está hecha, sobre todo, de repeticiones.
Y quizás allí está la parte que más me gusta de todo esto.
Tu gato no necesita hablar español para construir una conversación contigo.
Tú tampoco necesitas hablar “gato” perfectamente.
Los dos simplemente necesitan suficiente tiempo juntos para comenzar a reconocerse.
Tal vez eso sea comunicarse de verdad.
No conseguir que el otro utilice nuestro idioma.
Sino prestar tanta atención que, poco a poco, comenzamos a comprender el suyo.
Y mañana, cuando tu gato se acerque, te mire fijamente y diga:
—Miau.
Probablemente volverás a responder:
—¿Qué quieres?
Pero quizá ahora puedas pensar algo distinto.
Ese sonido no salió de la nada.
Forma parte de una conversación que ambos llevan construyendo durante mucho tiempo.
Una conversación extraña entre dos especies que, en teoría, no hablan el mismo idioma.
Y que, sin embargo, de alguna manera, terminaron entendiéndose.
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— Juan Manuel Moreno Ocampo
Tal vez querer a alguien también sea eso: aprender un idioma que nadie tuvo que enseñarnos.



