Hay cosas que uno no entiende hasta que le duelen cerca.
A mí me pasó con los animales.
No porque haya vivido una tragedia directa, sino porque crecí viendo algo que se volvió paisaje: perros amarrados todo el día, gatos que desaparecen y nadie pregunta, mascotas que se convierten en compañía solo cuando hay tiempo… pero que en el fondo dependen completamente de nosotros sin poder decir nada.
Y eso, cuando uno lo piensa bien, es una responsabilidad demasiado grande como para tomarla a la ligera.
Por eso, cuando escuché sobre la llamada “Ley Kiara” en Colombia, no la vi como una norma más. No la vi como otra ley que alguien redactó en un escritorio. La sentí distinta. Como si, por fin, alguien estuviera intentando ponerle límites a algo que llevábamos años normalizando.
Porque sí… esto no es solo sobre mascotas.
Es sobre cómo tratamos la vida cuando depende de nosotros.
—
La Ley Kiara nace de una historia real. Y cuando las leyes nacen de historias reales, casi siempre vienen cargadas de dolor.
Kiara no fue un caso aislado. Fue uno de muchos. Pero fue el que logró encender una conversación más grande: ¿quién responde cuando alguien presta un servicio con animales y algo sale mal? ¿Quién garantiza que un paseo, una guardería o un servicio de cuidado no termine en abandono, negligencia o muerte?
Antes de esto, la respuesta era incómoda: casi nadie.
Y eso, en un país donde cada vez más personas ven a sus mascotas como familia, ya no era sostenible.
Hoy, con esta nueva regulación, el mensaje es claro: si decides trabajar con animales, no es un juego… es una responsabilidad legal, ética y humana.
—
Pero más allá de lo jurídico, hay algo que me hace pensar mucho.
Y es que vivimos en una época donde todo se volvió servicio.
Cuidar niños es un servicio. Pasear perros es un servicio. Acompañar adultos mayores es un servicio. Todo se puede contratar, tercerizar, delegar.
Y eso no está mal.
Lo que sí es peligroso es olvidar que detrás de cada “servicio” hay una vida que siente, que confía, que no eligió estar ahí.
Ahí es donde la Ley Kiara se vuelve más profunda de lo que parece.
Porque no regula solo actividades… regula conciencia.
—
Las nuevas reglas para paseadores, guarderías y servicios para mascotas apuntan a algo básico, pero que hacía falta: profesionalizar el cuidado animal.
Ya no basta con “me gustan los perros” o “yo siempre he tenido mascotas”.
Ahora se empieza a hablar de requisitos, de responsabilidad civil, de condiciones mínimas, de trazabilidad, de saber qué hacer en una emergencia.
Y eso, aunque suene obvio, no lo era.
Durante años, muchas personas confiaron a sus mascotas a desconocidos sin ningún tipo de garantía real. Solo recomendaciones, redes sociales o “me lo recomendaron”.
Y ahí es donde uno se da cuenta de algo incómodo: confiamos más en una app para pedir comida que en el cuidado de un ser vivo.
Eso también dice mucho de nosotros.
—
Yo creo que esta ley también nos pone un espejo.
Porque es muy fácil exigirle a un paseador que cuide bien a un perro… pero ¿qué pasa cuando somos nosotros los que fallamos?
Ahí la conversación cambia.
Y ahí es donde este tema deja de ser externo y se vuelve personal.
—
Y es que la forma en la que tratamos a los seres más vulnerables habla directamente de quiénes somos cuando nadie nos está viendo.
No es discurso espiritual.
Es realidad.
Porque uno puede aparentar muchas cosas frente a otros… pero la manera en que cuida a un animal, a un niño o a alguien que depende de él… esa sí es difícil de fingir.
—
También hay algo interesante en cómo esto conecta con el mundo empresarial.
Sí, empresarial.
Porque al final, esto también es un mercado que crece: servicios para mascotas, guarderías, paseadores, entrenadores, plataformas digitales.
Y como todo mercado, necesita estructura.
No improvisación.
Y el sector de servicios para mascotas creció rápido… pero sin suficiente estructura.
La Ley Kiara, en ese sentido, no es un freno.
Es una base.
Es lo que permite que esto deje de ser informal y empiece a ser realmente confiable.
—
Pero aquí viene algo que no muchos dicen.
Regular no es suficiente.
Puedes tener leyes, normas, requisitos… y aun así fallar como sociedad.
Porque el problema nunca ha sido solo la falta de reglas.
Es la falta de conciencia.
Puedes obligar a alguien a cumplir un protocolo… pero no puedes obligarlo a sentir empatía.
Y ahí está el verdadero desafío.
—
A veces siento que estamos en una transición rara como sociedad.
Por un lado, avanzamos en tecnología, en leyes, en estructuras.
Por otro, seguimos desconectados de lo esencial.
Nos cuesta lo simple.
Nos cuesta cuidar.
Nos cuesta detenernos.
Nos cuesta entender que la vida —cualquiera— merece respeto.
—
Y aquí es donde quiero ser muy honesto.
Esta ley no va a cambiar todo de un día para otro.
Pero sí hace algo importante:
Marca un límite.
Y cuando una sociedad empieza a poner límites claros sobre lo que ya no es aceptable… algo empieza a cambiar.
—
Yo no sé si tú tienes mascota.
Pero si la tienes, sabes de lo que hablo.
Y si no tienes, igual puedes entenderlo desde otro lugar.
Porque esto no se trata solo de animales.
Se trata de responsabilidad.
Se trata de coherencia.
Se trata de dejar de normalizar lo que no está bien solo porque “siempre ha sido así”.
—
Tal vez la Ley Kiara no sea perfecta.
Pero representa algo que, para mí, vale mucho más:
Una señal.
Una señal de que estamos empezando a mirar estos temas con más seriedad.
Y eso, en un mundo donde muchas cosas importantes pasan desapercibidas… ya es bastante.
—
Porque al final, la pregunta no es si hay una ley.
La pregunta es:
¿Qué tipo de persona eres cuando alguien depende de ti?
Y esa… no la responde ninguna norma.
Esa la respondes tú, todos los días.
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