¿Y si no es que las parejas ya no quieran tener bebés, sino que el mundo les está quitando las ganas de imaginar un futuro tranquilo?
Hay una frase que me quedó dando vueltas después de leer el tema que me compartiste desde The New York Times: “en un mundo incierto”. Porque uno podría pensar que tener hijos siempre ha sido una decisión difícil, y sí, seguramente lo ha sido. Nuestros abuelos no vivían en un paraíso. Nuestros papás también tuvieron miedo. Hubo crisis, guerras, desempleo, enfermedades, deudas, momentos donde literalmente tocaba resolver con lo que hubiera. Pero siento que hoy la incertidumbre tiene otra textura. Antes tal vez el miedo estaba más afuera; hoy también se metió en la mente, en el celular, en las conversaciones de pareja, en las cuentas del banco, en el arriendo, en el algoritmo, en la pregunta silenciosa de “¿será justo traer a alguien a este mundo?”.
Y no lo digo como sentencia. Lo digo como alguien joven que mira alrededor y ve a muchos de su generación hablando de hijos con una mezcla rara de ternura y susto. A veces uno escucha: “yo sí quisiera, pero no todavía”. O “me encantan los niños, pero no sé si pueda darles una buena vida”. O “primero quiero estabilidad”. Y esa palabra, estabilidad, se ha vuelto casi como una promesa lejana. Todos la buscan, pocos sienten que la tienen.
Los datos también muestran que esto no es solo una impresión. La OCDE reportó que la tasa de fertilidad promedio en sus países bajó de 3,3 hijos por mujer en 1960 a 1,5 en 2022, por debajo del nivel de reemplazo de 2,1. Y el Fondo de Población de las Naciones Unidas ha insistido en algo importante: no se trata simplemente de que la gente no quiera hijos, sino de que muchas personas sienten que no pueden tener la familia que desean por costos, inseguridad laboral, vivienda, falta de apoyo y miedo al futuro.
A mí me parece que ahí está el punto más humano del tema. Porque es muy fácil juzgar desde afuera. Decir que esta generación es egoísta, que solo quiere viajar, dormir, comprar cosas, vivir sin responsabilidades. Y sí, puede haber algo de eso en algunos casos. Pero también hay una verdad más profunda: muchos jóvenes no están rechazando la vida; están intentando no improvisarla irresponsablemente.
Tener un hijo no es comprar una planta bonita para poner en la sala. Es recibir una vida completa. Es aceptar que alguien va a depender de ti emocional, económica y espiritualmente. Es saber que tu cansancio ya no será solo tuyo. Que tus decisiones van a tocar otro corazón. Que tu forma de amar o de herir puede quedarse años en la memoria de alguien. Y cuando uno entiende eso, la pregunta deja de ser “¿por qué no tienen hijos?” y se vuelve “¿qué tipo de mundo estamos construyendo para que amar así parezca tan difícil?”.
También me parece injusto cargarle toda la responsabilidad a las mujeres. Durante mucho tiempo la sociedad les dijo que debían ser madres para sentirse completas. Después les dijo que debían estudiar, trabajar, producir, verse bien, cuidar la casa, cuidar a los hijos, no quejarse y además agradecer. Entonces claro, muchas mujeres miran ese paquete completo y dicen: “no así”. Y tienen razón. La maternidad no debería ser una trampa disfrazada de realización.
Pero tampoco quiero pintar la paternidad o la maternidad como una carga oscura. Sería triste reducir los hijos a gastos, pañales, deudas y noches sin dormir. Hay algo sagrado en la vida que nace. Algo que todavía conmueve. Un bebé también puede ser esperanza, ternura, continuidad, familia, aprendizaje, una forma de volver a creer. En muchos hogares, los hijos no llegaron cuando todo estaba perfecto, sino cuando había amor suficiente para caminar en medio de lo imperfecto.
Ahí está la contradicción que me habita: entiendo profundamente a quienes no quieren tener hijos, o no todavía; pero también entiendo a quienes sienten que traer vida al mundo es un acto de fe. No de fe ingenua, sino de esa fe que dice: “el mundo no está resuelto, pero yo quiero cuidar algo bueno dentro de él”.
Quizás el problema no es la baja natalidad como número frío. El problema es que nos estamos quedando sin confianza. Sin confianza en los gobiernos, en los trabajos, en la economía, en las relaciones, en el futuro, incluso en nosotros mismos. Y una sociedad sin confianza empieza a aplazarlo todo: aplaza amar, aplaza casarse, aplaza tener hijos, aplaza sanar, aplaza vivir.
Por eso creo que este tema no se arregla diciéndole a la gente “tengan bebés”. Se arregla preguntando qué necesita una pareja para sentir que no está sola. Vivienda digna. Empleos menos precarios. Salud mental. Tiempo. Redes familiares. Hombres más presentes. Mujeres menos sobrecargadas. Comunidades que acompañen. Una cultura donde criar no sea visto como un obstáculo para vivir, sino como una responsabilidad compartida.
En el fondo, hablar de bebés es hablar del futuro. Y hablar del futuro es hablar de esperanza. Tal vez por eso este tema duele tanto. Porque cuando una generación duda en tener hijos, no solo está calculando dinero: está revelando cómo se siente por dentro.
Yo no sé si todos deban tener hijos. No creo que sea una obligación universal. Hay vidas hermosas con hijos y vidas hermosas sin hijos. Pero sí creo que nadie debería renunciar a una familia deseada por miedo, pobreza, soledad o falta de apoyo. Eso sí debería preocuparnos.
Y quizá la pregunta no es: “¿por qué las parejas ya no quieren bebés?”. Quizá la pregunta verdadera es: “¿qué nos pasó como sociedad para que imaginar un hijo se sienta más como un riesgo que como una posibilidad?”.
👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.
— Juan Manuel Moreno Ocampo
Tal vez traer vida al mundo no exige un futuro perfecto, pero sí una sociedad más dispuesta a cuidar la esperanza.







