La inteligencia artificial, el fin de los destinos virales y los viajes como autocuidado: así viajaremos la Generación Z y los millennials en 2026
Tengo 21 años y, aunque suene extraño decirlo así, ya me he cansado de viajar para aparentar. No porque viajar no valga la pena —todo lo contrario— sino porque durante mucho tiempo nos enseñaron que el viaje solo existe si se puede mostrar, si alguien lo valida, si una foto consigue suficientes “me gusta”. Hoy, mientras leo y releo cómo se proyecta el turismo para 2026, siento que algo profundo está cambiando, no solo en la forma de movernos por el mundo, sino en la manera en la que nos habitamos a nosotros mismos.
Viajar, para muchos de mi generación, dejó de ser una lista de destinos virales y empezó a parecerse más a una conversación interna. Ya no se trata de ir donde todos van, sino de ir donde algo adentro necesita respirar. Y en medio de todo eso aparece la inteligencia artificial, no como el villano frío que reemplaza experiencias humanas, sino como una herramienta que, bien usada, puede ayudarnos a viajar con más conciencia, menos ansiedad y menos comparación.
Durante años crecimos viendo videos de “lugares imperdibles antes de morir”, “top 10 destinos más instagrameables”, “si no vas aquí, no existes”. Muchos viajamos así: siguiendo rutas que no elegimos, durmiendo poco, corriendo mucho, tomando fotos que no sentíamos. Yo mismo lo hice. Y aunque no me arrepiento, hoy entiendo por qué muchos terminaban regresando más cansados de lo que se fueron. El viaje se volvió una tarea más que cumplir, no un espacio de autocuidado.
Ahora, cuando se habla del fin de los destinos virales, no se habla del fin de viajar, sino del fin de una forma superficial de hacerlo. La Generación Z y los millennials estamos empezando a decir “no” a lo masivo, a lo prefabricado, a lo que no nos representa. Preferimos menos lugares, pero más tiempo. Menos fotos, pero más silencios. Menos listas, más intuición.
La inteligencia artificial entra aquí de una forma interesante. No para decirnos a dónde ir porque “está de moda”, sino para ayudarnos a diseñar viajes alineados con nuestro estado emocional, nuestro presupuesto real, nuestro ritmo personal. La IA ya no es solo un algoritmo que vende experiencias; puede convertirse en una especie de espejo que nos devuelve preguntas: ¿qué necesitas ahora?, ¿descansar o moverte?, ¿conectar con personas o contigo?, ¿naturaleza o ciudad?, ¿aventura o pausa?
Y esto conecta mucho con algo que he leído y reflexionado en distintos espacios de escritura personal, como en Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/), donde muchas veces se habla de la vida como un proceso más que como un resultado. Viajar también es eso: proceso, no trofeo.
En 2026, viajar será —o al menos eso espero— una forma legítima de autocuidado. No en el sentido comercializado del “date un gustico”, sino en el sentido profundo de cuidar la mente, el cuerpo y el espíritu. Viajar para dormir mejor, para caminar sin audífonos, para escuchar pensamientos que en la rutina evitamos. Viajar para sanar duelos, para cerrar ciclos, para abrir otros.
Hay algo que casi no se dice: muchas personas viajan porque no saben cómo descansar en casa. Porque el hogar se volvió un lugar de estrés, de pantallas, de pendientes. El viaje aparece como una excusa para desconectarse, pero en realidad es una necesidad no atendida. La diferencia es que ahora empezamos a reconocerlo sin culpa. Decimos: necesito parar. Necesito salir. Necesito silencio. Y eso, lejos de ser debilidad, es conciencia.
También está cambiando la relación con el dinero y el consumo. Ya no todos queremos hoteles cinco estrellas ni experiencias de lujo vacío. Muchos preferimos alojamientos sencillos, locales, humanos. Queremos saber quién nos recibe, no solo cuántas estrellas tiene el lugar. Queremos que el viaje no sea una carga financiera que después nos persiga con ansiedad. Y aquí la tecnología vuelve a ayudar, no a imponerse: planificación más realista, menos impulsiva, más honesta.
Este cambio de mentalidad también dialoga con temas más amplios como la sostenibilidad, el impacto local y la responsabilidad. Viajar sin destruir. Visitar sin invadir. Disfrutar sin explotar. En espacios como Todo En Uno.NET (https://todoenunonet.blogspot.com/) se reflexiona mucho sobre cómo la tecnología y la conciencia pueden ir de la mano, no solo en empresas, sino en la vida diaria. Viajar también es una decisión ética, aunque no siempre lo notemos.
Hay algo muy humano en todo esto: estamos cansados de vivir para mostrar. Queremos vivir para sentir. Y eso se nota en cómo viajamos, cómo trabajamos, cómo nos relacionamos. La IA, paradójicamente, puede ayudarnos a volver a lo humano si la usamos con criterio. No para reemplazar la experiencia, sino para despejar el ruido que nos impide disfrutarla.
A veces pienso que nuestra generación no quiere huir del mundo, sino aprender a estar en él sin romperse. Viajar se convierte entonces en un acto de cuidado personal, casi terapéutico. No porque solucione todo, sino porque abre espacios. Espacios para pensar, para llorar, para agradecer, para callar. En Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/) he leído reflexiones que me recuerdan que el silencio también es una forma de respuesta. Muchos viajes del futuro se parecerán más a eso: silencios que ordenan.
No sé exactamente cómo viajaré en 2026. Lo que sí sé es cómo no quiero hacerlo: corriendo, comparándome, demostrando. Quiero viajar como quien se escucha. Como quien se permite no saber. Como quien entiende que el destino no siempre está en el mapa, sino en el estado interno con el que uno llega.
Quizás por eso el fin de los destinos virales no es una pérdida, sino una liberación. Ya no necesitamos que un lugar nos valide. Necesitamos que nos transforme, aunque sea un poco. Aunque sea solo enseñarnos a respirar distinto por unos días.
Y si la inteligencia artificial puede ayudarme a encontrar ese tipo de viaje, bienvenida sea. Pero la decisión final seguirá siendo humana. Intuitiva. Imperfecta. Porque al final, viajar no es huir de la vida, sino aprender a vivirla con más presencia.
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