domingo, 25 de mayo de 2025

No somos una campaña: lo que la Generación Z realmente está buscando



¿Alguna vez te has sentido observado como si fueras un experimento?

Yo sí. Y no solo por las redes, los algoritmos o los profesores. También por las empresas. Por las marcas. Por los políticos. Por adultos que aún creen que a los jóvenes se nos conquista con memes, colores neón y una que otra “tendencia”. Nos estudian como si fuéramos una tribu exótica a la que hay que descifrar para venderle algo, como si no pensáramos, como si no sintiéramos con fuerza, o como si no tuviéramos un propósito que arde por dentro.

Hace poco leí un artículo titulado “Cómo captar a la Generación Z en México” y aunque el enfoque parecía positivo, en el fondo sentí ese viejo patrón de intentar “captarnos” como si fuéramos objetos de mercado y no sujetos de transformación. Se hablaba de que usamos TikTok, de que valoramos el sentido de propósito, de que tenemos poco tiempo de atención y muchas ganas de cambiar el mundo. Y aunque algo de eso es cierto, la forma en que se presenta me dejó pensando:
¿Captar? ¿Enganchar? ¿Convencer?
¿Y si la pregunta no es cómo captarnos, sino cómo escucharnos?
¿Y si en vez de campañas se atrevieran a construir comunidad?

Porque no somos una campaña. Somos una generación que nació en medio de la incertidumbre y aprendió a hablar de salud mental antes de que se pusiera de moda. Una generación que vivió pandemias en la adolescencia, que fue testigo del colapso climático antes de entrar a la universidad, que creció entre apps pero también entre pérdidas.
Y que, a pesar de todo, no ha perdido la esperanza. Solo que la estamos canalizando distinto.

Yo nací en el 2003. Tengo 21 años. Me crié entre clases de colegio, mensajes familiares, silencios que duelen, canciones que marcan, y conversaciones con personas que, como mi papá, me enseñaron que se puede ser firme sin dejar de ser humano. Que no hay contradicción entre la tecnología y la espiritualidad. Que se puede estudiar Ingeniería y llorar con un poema. Que se puede construir una empresa y seguir sintiendo con el alma abierta.

Por eso, cuando me hablan de “captar” a mi generación, mi primera reacción es desconfiar. Porque nosotros ya no creemos en discursos vacíos. Nos alejamos de lo que no vibra con autenticidad. Preferimos una historia contada desde la verdad que una campaña diseñada desde el marketing. Preferimos una empresa que reconozca que no lo sabe todo, a una que finge cercanía. Y sí, usamos TikTok. Pero también meditamos. Leemos. Cuestionamos. Apagamos el celular cuando sentimos que nos estamos perdiendo.

En mi blog https://juanmamoreno03.blogspot.com, muchas veces he compartido esa tensión interna entre lo que el mundo espera de mí y lo que realmente soy. No siempre es fácil. Vivimos en una época que nos exige estar conectados todo el tiempo, pero que rara vez nos enseña a conectar con nosotros mismos. Nos dicen que debemos tener éxito, pero no nos muestran cómo lidiar con el miedo. Nos aplauden cuando producimos, pero nos abandonan cuando colapsamos.

Y en medio de todo eso, lo único que pedimos —de verdad— es un poco más de verdad.
Verdad en los discursos.
Verdad en las intenciones.
Verdad en la forma de hacer empresa, de hacer política, de hacer familia.

Hay una entrada muy especial en el blog de mi papá, Bienvenido a mi blog, que habla sobre los líderes que “no buscan aplausos, sino despertar conciencias” (leer entrada aquí). Y siento que ahí está la clave: lo que necesitamos no es más “influencers” de ocasión. Necesitamos líderes coherentes. Gente real. Marcas que se atrevan a decir “esto no lo sabemos, pero queremos aprender contigo”. Que reconozcan que la humildad también es estrategia.

Y ojo, no estoy diciendo que todo esté mal. Hay proyectos que sí nos representan, que nos invitan, que nos inspiran. Como los mensajes que leo cada semana en el blog Amigo de ese Ser Supremo en el cual crees y confías, donde se habla de fe, de humanidad y de propósito sin imponer ni manipular. O como algunos emprendimientos sociales que no solo “nos venden sostenibilidad”, sino que realmente trabajan desde ella.

Porque esa es otra cosa que a veces olvidan cuando hablan de nosotros: que también estamos emprendiendo. Que también estamos sanando. Que también estamos formando comunidades. Que también estamos liderando causas. Y que muchas veces lo hacemos en silencio, sin necesidad de que nos aplaudan, pero con una fuerza que viene desde muy adentro.

Entonces no, no somos una audiencia por captar. Somos una generación que está pidiendo coherencia. Que quiere que la espiritualidad no se quede en frases bonitas, sino que se viva en las decisiones. Que sueña con tecnología al servicio de la humanidad. Que no se conforma con saber, sino que quiere entender. Y que está dispuesta a caminar con quienes no nos subestiman, sino que caminan a nuestro lado.

¿Sabes cuál es la campaña que sí nos mueve? La que nace del alma.
La que no necesita slogans porque está viva en cada gesto.
La que no busca likes, sino la transformación real.

Y para quienes me preguntan cómo conectar con la Generación Z, les diría:
No lo hagan desde el marketing. Háganlo desde la escucha.
Desde el silencio que acoge. Desde la conversación que no busca ganar, sino comprender.
Desde el respeto profundo por quienes estamos aprendiendo a vivir en un mundo que, a veces, se siente demasiado rápido para poder respirar.

Pero aún respiramos.
Y aún escribimos.
Y aún creemos.


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sábado, 24 de mayo de 2025

El instante en que empieza el abandono: lo que los gatos callejeros nos recuerdan de nosotros mismos



Una de las cosas que más me ha enseñado la vida es que no todo lo importante hace ruido. El abandono, por ejemplo, casi nunca grita. Sucede en silencio. A veces empieza con una distracción, otras con una excusa bienintencionada. Una mudanza, una alergia, una promesa de volver por ellos que nunca se cumple. Y lo que era un lazo, se convierte en olvido. Lo he visto con personas. Lo he sentido en la piel. Pero hoy quiero hablar de gatos. Porque el abandono también se ve en sus ojos.

Leí hace poco un artículo del New York Times sobre la crisis silenciosa de los gatos callejeros en Puerto Rico. Miles, tal vez cientos de miles, sobreviven en las calles, muchos de ellos descendientes de gatos que alguna vez durmieron sobre una cama caliente, fueron acariciados por niños y alimentados con croquetas de supermercado. Algo se me encogió adentro. Porque no estamos hablando de animales salvajes, sino de vidas que fueron amadas. Y luego, desechadas.

El abandono no empieza cuando el gato ya está en la calle. Empieza mucho antes: cuando deja de ser prioritario, cuando ya no hay tiempo para su caja de arena, cuando su maullido se vuelve molesto. Y esa forma de abandono me resulta muy parecida a lo que hacemos con nosotros mismos. Con nuestros sueños, nuestras emociones, nuestras relaciones. A veces nos abandonamos sin darnos cuenta. Dejamos que lo urgente le gane a lo esencial. Perdemos el contacto con lo que un día fue amado.

Y es que los gatos tienen algo que no todos los humanos sabemos ver: dignidad silenciosa. No suplican. No arman escándalos. Simplemente se van. Se esconden. Se adaptan. Y en ese gesto tan sutil, está toda la tristeza del mundo. Porque lo natural no debería ser la calle, el hambre, la enfermedad, la soledad. Lo natural debería ser el vínculo. La permanencia. La responsabilidad afectiva.

Mientras leía sobre los refugios sobrecargados, las iniciativas ciudadanas, la falta de esterilización, me sentí atrapado entre dos emociones: la rabia y la ternura. Rabia porque pareciera que siempre hay presupuesto para cosas enormes pero nunca para lo que construye humanidad. Ternura porque siempre hay alguien que, con lo poco que tiene, sigue alimentando una colonia de gatos, esterilizando por su cuenta, ofreciendo agua limpia en una esquina olvidada.

No se trata solo de animales. Se trata de lo que decimos de nosotros mismos al tratarlos como desechos. Se trata del tipo de sociedad que estamos creando. Porque, como escribí en uno de mis blogs, "Nos parecemos a lo que cuidamos", y también a lo que abandonamos. Si dejamos a un ser vivo en la calle sin mirar atrás, ¿qué dice eso de nosotros? Si justificamos el abandono con frases como "es solo un gato" o "ya encontrará otro hogar", ¿no estamos también normalizando que lo descartable es aceptable?

Tal vez por eso vuelvo tanto a las palabras de Mensajes Sabatinos, donde se nos recuerda que la espiritualidad empieza en lo cotidiano. En el cuenco de agua fresca. En la sombra que le dejas a un animal en un día de calor. En la coherencia entre lo que dices que crees y lo que realmente haces.

Yo no tengo la solución a esta crisis. Pero sí tengo la convicción de que el cambio empieza por mirar. Por no desviar la mirada cuando veas un gato en la calle. Por educar, esterilizar, compartir este tipo de temas. Por adoptar en vez de comprar. Por hablar de esto en familia, en redes, en la universidad. Porque el abandono no se soluciona con compasión momentánea, sino con una conciencia que se transforma en acción.

A veces me pregunto si los gatos sabrán que fueron dejados. Si entenderán la traición. Y aunque no hablen, yo creo que sí. Porque la memoria emocional no es solo humana. Y porque el corazón de un ser vivo siempre registra el vacío. Por eso me duele pensar que tantos de ellos están esperando algo que nunca volverá. Y por eso creo que nuestra responsabilidad no es salvarlos todos, sino evitar que haya más historias así.

🌐 Imagen sugerida para este blog: Ilustración artística con estilo realista: un gato solitario sentado sobre una vereda desgastada al atardecer, con una mirada triste pero serena. Al fondo, la sombra de una casa y una ventana abierta. Colores: tonos tierra, naranja suave, azul gris. Emoción: melancolía, dignidad, esperanza.

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viernes, 23 de mayo de 2025

Lo que no se ve también marca: una reflexión sobre el cannabis prenatal y el futuro que estamos gestando



Yo no soy papá. Ni tío. Ni padrino. Pero soy hijo, y también soy ese amigo que ha visto a otros lidiar con cosas que nadie eligió. Porque muchas veces nos olvidamos que existir no empieza cuando nacemos, sino desde mucho antes. Y no hablo solo desde lo espiritual, que también, sino desde la ciencia, desde lo invisible que pasa en el cuerpo de una madre mientras su hijo apenas es un proyecto de ser humano. Ahí ya estamos tomando decisiones que pueden marcar una vida entera, sin saberlo.

Hace poco leí un artículo en Psyciencia que me dejó pensativo: hablaba de la exposición prenatal al cannabis y cómo eso está afectando el desarrollo infantil. Lo primero que sentí fue una especie de tristeza mezclada con impotencia, porque lo entiendo: vivimos en un mundo donde hay dolor, ansiedad, incertidumbre, y muchos consumen cannabis buscando alivio. Pero, ¿en qué momento esa búsqueda de alivio desconecta tanto del futuro que se lleva dentro?

Lo que me tocó fue que no es una opinión moralista ni un juicio. Es evidencia. Estudios sólidos, como el de la Universidad Estatal de Washington, muestran que el cannabis puede alterar el desarrollo del cerebro del feto, afectando procesos como el aprendizaje, la memoria, la atención o incluso la regulación emocional. Y no estamos hablando de daños evidentes al nacer, sino de cosas que se van revelando a medida que los niños crecen. Como si la semilla ya viniera con heridas que nadie ve.

En mi casa siempre se ha hablado claro. Desde pequeño me enseñaron que cada elección tiene consecuencias, pero también que muchas veces la sociedad no ofrece alternativas reales. A una mujer embarazada que se siente sola, con miedo, que tal vez vive en pobreza o violencia, ¿qué le estamos dando como contención? Es fácil decirle que no consuma, pero ¿qué hacemos para que no lo necesite? ¿Dónde está el entorno amoroso, el sistema de salud empático, el acompañamiento emocional sin juicio?

Esto no es solo un tema de medicina. Es un tema de responsabilidad colectiva. Porque si el cerebro de un bebé puede verse alterado por sustancias consumidas durante el embarazo, entonces la pregunta real es: ¿qué tipo de sociedad estamos gestando, desde el vientre mismo?

Y a veces la cosa se complica más porque el discurso de la "legalización" lo ha romantizado todo. Que el cannabis es natural, que es medicinal, que no hace daño. Y puede que en muchos casos tenga usos terapéuticos válidos. Pero el embarazo no es cualquier estado del cuerpo. Es un puente entre dos existencias. Y ese puente no puede estar lleno de humo, aunque sea de algo que la ley permita.

Me duele pensar en todos los niños que ya cargan con limitaciones que nunca eligieron. Y me cuestiona profundamente como joven de 21 años, que ve en su generación una mezcla de conciencia y desconexión. Porque somos los que queremos cambiar el mundo, pero a veces normalizamos cosas sin entender sus consecuencias a largo plazo.

Este tema me hizo pensar en muchas otras cosas invisibles que nos marcan. No solo sustancias, también palabras no dichas, abrazos negados, emociones que no se gestionan. Y que también se heredan, como si fueran genéticas. Hay heridas que no sangran, pero se transmiten. Por eso creo que esta conversación no es solo para médicos o embarazadas. Es para todos los que alguna vez vamos a cuidar, acompañar, amar o influir en la vida de otro ser.

Siento que el llamado aquí es a despertar. A no minimizar. A tener conversaciones incómodas pero necesarias. Y sobre todo, a acompañar con amor. Porque nadie debería pasar un embarazo en soledad o en crisis. Y porque ningún niño debería pagar los vacíos que la sociedad no supo llenar.

Si esto que te comparto te removió un poco por dentro, te invito a seguir leyendo temas así en mi blog: El Blog Juan Manuel Moreno Ocampo, o incluso pasarte por Amigo de ese Ser Supremo en el cual crees y confías, donde muchas veces se habla de estas verdades que no se ven, pero que definen.

🌐 Imagen sugerida para este blog: Una ilustración de estilo realista, mostrando a una mujer joven embarazada, de mirada reflexiva, caminando por una calle tranquila con atardecer al fondo. En su vientre, una sombra leve proyecta la silueta de un bebé. El ambiente es melancólico pero esperanzador. Paleta: tonos naranjas suaves, azul noche, sombras negras, luz blanca tenue.

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jueves, 22 de mayo de 2025

Y si fuéramos nosotros los que un día amanecemos sin hogar? Una reflexión sobre los perros, la eutanasia y lo que no queremos ver



A veces hay noticias que no se ven en titulares grandes, pero que te rasgan el alma si estás lo suficientemente despierto para sentirlas. Esta vez me pasó con un artículo sobre la eutanasia en perros callejeros, concretamente en Colombia, donde aún se debate si es una solución o un reflejo brutal de todo lo que hemos dejado perder como sociedad. Y no puedo negar que algo dentro de mí se quebró un poco cuando terminé de leerlo. Porque más allá de los datos, los protocolos y las leyes, hay una pregunta que no me dejó dormir esa noche: ¿cuándo empezamos a normalizar que algunos seres, por estar en la calle, pierdan el derecho a vivir?

No soy veterinario, no soy activista formal de derechos animales, ni he dedicado mi vida a rescatar perros. Pero sí he convivido con ellos desde niño. Los vi entrar a mi casa sin pedir permiso y salir de ella como parte de la familia. Vi a mi papá llorar por un perro como se llora por un abuelo. Y aprendí que los animales no son “mascotas”. Son espejo. Son compañía que no pide explicaciones. Son amor sin etiquetas. Por eso este tema me duele. Me incomoda. Y siento que nos debería doler a todos.

Porque no estamos hablando solo de perros. Estamos hablando de lo que hacemos con lo que estorba. Con lo que “no cabe” en la estructura. Con lo que ensucia la estética de una ciudad que quiere mostrarse moderna, mientras sus calles esconden hambre, abandono y miedo. Y sí, muchos de esos perros están enfermos, heridos o viejos. Pero… ¿ese es motivo suficiente para eliminarlos? ¿Acaso nosotros no envejecemos también? ¿No nos enfermamos? ¿Qué haríamos si un día alguien nos declara “inviables” solo porque dejamos de ser útiles?

La eutanasia debería ser un acto de compasión cuando no hay más alternativas, no una política de gestión urbana. Pero en muchos casos se convierte en eso: en un “control poblacional” disfrazado de humanidad. Y lo digo con rabia, pero también con responsabilidad. Porque entiendo que los refugios están desbordados, que hay recursos limitados, y que no todos los perros pueden ser adoptados. Pero también sé que hemos fallado como comunidad al no educar, al no esterilizar, al no mirar a los ojos a esos seres que caminan por la calle como si fueran nadie.

He visto más empatía en la mirada de un perro sin nombre que en muchos discursos bien escritos. He sentido más consuelo acostado junto a uno que en muchas terapias costosas. Y aún así, los dejamos morir como si fueran basura orgánica. Nos excusamos en la “falta de cupos”, en el “riesgo sanitario”, en el “bienestar general”. Pero no podemos seguir creyendo que matar es cuidar. Que desaparecer es proteger.

Desde mi mirada como joven, como colombiano y como persona que aún cree que se puede vivir con conciencia, pienso que el problema va más allá del perro. El problema es que cada vez somos más rápidos para desechar lo que no podemos resolver. Y eso aplica a relaciones, a ancianos, a enfermos mentales, a migrantes, a lo que no se adapta. A todo lo que incomoda. Como si solo mereciera vivir lo que funciona perfectamente.

Y ahí es donde esta conversación conecta con la espiritualidad que he compartido en mi blog personal y en el de mi familia (Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías). Porque si creemos en un Dios –en el nombre que quieras darle– ¿cómo justificamos un acto que anula la vida de otro ser sin una opción distinta? ¿Cómo concilia nuestra fe con nuestras decisiones públicas?

No estoy diciendo que todas las eutanasias sean crueles o injustas. Hay momentos en los que la muerte puede ser una liberación para un alma que sufre sin retorno. Pero eso es muy distinto a hacer de la eutanasia una solución sistemática al problema del abandono. Porque el abandono no empieza en la calle. Empieza cuando educamos sin valores. Cuando compramos perros como juguetes. Cuando los vemos como cosas y no como vínculos. Cuando no esterilizamos, cuando no protegemos, cuando no enseñamos a los niños que una vida –sea la que sea– vale más que un adorno bonito de casa.

Por eso me duele leer que algunos municipios han optado por eutanasias masivas como forma de control poblacional. Porque eso me habla de una sociedad que no quiere hacerse cargo. Que prefiere apagar lo que no sabe manejar. Y me dan ganas de escribir más, de hablarlo en mis grupos de amigos, de compartirlo en las redes, de no quedarme callado. Porque quizás lo que más necesitan esos perros no es un hogar perfecto. Es que alguien los vea. Que alguien los nombre. Que alguien se pregunte por ellos, como hoy lo estoy haciendo yo.

Y no puedo cerrar esto sin hablar de esperanza. Porque también he visto historias de transformación. Personas que rescatan, que adoptan, que construyen refugios con sus manos y su sueldo. Hay gente buena. Hay jóvenes como yo que prefieren una caminata con su perro rescatado que una fiesta llena de apariencias. Hay movimientos enteros naciendo desde la compasión. Y ahí es donde sí creo que las cosas pueden cambiar.

En el blog de Organización Todo en Uno, alguna vez leí sobre la responsabilidad empresarial con el entorno. ¿Y si esa responsabilidad también incluyera a los animales de la ciudad? ¿Y si parte del desarrollo fuera cuidar al más vulnerable? Porque no todo es negocio, ni logo, ni estructura. A veces el verdadero liderazgo empieza cuando te agachas a acariciar un perro que nadie más vio.

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miércoles, 21 de mayo de 2025

Lo que comes sin pensar, te consume sin avisar: una reflexión sobre lo artificial en lo cotidiano



Nunca pensé que escribiría sobre papas fritas y aditivos, pero acá estoy. Porque a veces lo más cotidiano es lo que más nos enseña. A veces el mundo no se acaba en las grandes noticias, sino en los silencios que normalizamos: el sabor ahumado artificial, el color perfecto de una bolsa de snacks, o ese “no pasa nada” que nos repetimos cuando sentimos que algo no está bien, pero lo ignoramos por costumbre.

La Unión Europea prohibió varios aditivos de “aroma ahumado” que se venían utilizando hace años en productos como papas fritas, salsas, carnes procesadas… y la noticia me cayó como un balde de realidad. ¿Por qué ahora? ¿Qué tanto de lo que consumimos está construido sobre “sabores simulados”? ¿Cuántas veces en mi vida he comido algo que no sabía que me hacía daño porque todo estaba diseñado para que no lo notara? Y, sobre todo, ¿cuántas cosas más –además de la comida– estamos tragando sin digerir, sin cuestionar, sin mirar más allá?

El problema, creo yo, va mucho más allá de los aditivos. El verdadero tema es cómo hemos aprendido a aceptar lo artificial como si fuera normal. Y no hablo solo de comida. Hablo de emociones fingidas en redes sociales, de relaciones que solo viven por WhatsApp, de vidas que parecen felices en Instagram pero se desmoronan fuera de cámara.

¿Será que ya nos acostumbramos a lo falso? ¿Será que el “aroma ahumado” de la vida –ese que engaña y disfraza– también está en nuestros discursos, en nuestras decisiones, en nuestros proyectos?

Yo tengo 21 años y no pretendo dar lecciones, pero sí hacer preguntas. Porque me crié entre conversaciones reales, de esas que duelen y transforman. He leído los blogs que mi papá escribió durante décadas (Bienvenido a mi blog, Mensajes sabatinos) y vi cómo él no escribía por fama, sino por verdad. En ese espíritu, siento que esta noticia sobre los aditivos no es solo para nutricionistas o abogados alimentarios. Es para todos. Porque si nos siguen vendiendo humo –y lo compramos sin protestar–, ¿cuándo vamos a despertar?

Hay algo profundamente humano en querer disfrutar una buena papa frita. Pero también hay algo profundamente manipulador en que esas papas estén llenas de químicos que alteran nuestras células, mientras las marcas nos prometen sabor, placer y experiencia. Nos han hecho creer que todo debe ser “intenso”: más crujiente, más sabroso, más impactante… y eso también se nos metió en la vida. Queremos amistades impactantes, relaciones explosivas, contenido viral. Pero, al final del día, lo que de verdad nutre es lo simple. Lo honesto. Lo que no necesita disfraz.

No quiero sonar alarmista, pero sí realista. Porque la misma Europa que lo permite durante años, ahora lo prohíbe. Porque los estudios que antes decían “seguro en pequeñas cantidades” ahora dicen “potencialmente cancerígeno”. Porque nos cambian el guión y esperamos el siguiente sin chistar. ¿Y si empezamos a cuestionar? ¿Y si aprendemos a leer las etiquetas no solo de lo que comemos, sino de lo que creemos, de lo que aceptamos, de lo que callamos?

Hay una palabra que me persigue últimamente: coherencia. ¿Estoy siendo coherente con lo que pienso, con lo que digo, con lo que consumo? ¿Estoy honrando mi cuerpo tanto como intento honrar mis pensamientos? Porque una cosa es tener ideas bonitas, y otra muy distinta es transformar esas ideas en hábitos que construyen vida.

Y sí, me da rabia. Porque detrás de cada aditivo prohibido hay empresas millonarias, hay intereses ocultos, hay gobiernos que hacen silencio hasta que ya no pueden más. Pero también me da esperanza. Porque si lo prohibieron, es porque alguien investigó, alguien alzó la voz, alguien no se quedó callado. Y esa es la lección más grande: cuando alguien se atreve a cuestionar lo que parecía intocable, algo cambia. Aunque sea lento. Aunque moleste.

Esta reflexión también conecta con lo que escribimos hace poco en el blog de Organización Todo En Uno, cuando hablábamos de sostenibilidad real. No se trata solo de sembrar un árbol o dejar de usar pitillos. Se trata de mirar el sistema y decir: esto no me representa, esto no es saludable, esto no lo quiero más. Y actuar. Desde donde puedas, con lo que tengas.

Yo no tengo todas las respuestas. Sigo comiendo papas, a veces. Sigo cayendo en lo fácil. Pero también aprendí a mirar diferente. A no comprar sin revisar. A no tragar sin pensar. Y ojalá este blog no se quede solo en eso: en palabras. Ojalá te sirva para pensar, para hablarlo con alguien, para mirar tu alacena y preguntarte si lo que hay ahí te construye o te enferma.

Porque lo que comes sin pensar… te consume sin avisar. Y no hay ley, ni etiqueta, ni influencer que pueda digerir por ti lo que tú decides dejar entrar a tu cuerpo, a tu mente, a tu vida.

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martes, 20 de mayo de 2025

Solo te quieren porque les das comida… ¿en serio?



Hay frases que se repiten tanto que uno termina creyéndolas.
Casi sin pensarlo, las aceptamos como verdades absolutas.

Frases como: "Los gatos solo te quieren porque les das comida."
¿La has escuchado? Seguro que sí.

Tal vez incluso, en algún momento, la dijiste entre risas, como quien no le da mucha importancia.

Pero hoy quiero detenerme en eso.
Quiero hablarte no desde la arrogancia de quien pretende saberlo todo, sino desde la sinceridad de quien ha aprendido (a veces a las malas) que las cosas importantes de la vida rara vez son tan simples como parecen.

Decir que un gato solo te quiere porque le das comida es como decir que un amigo solo te aprecia porque le prestas dinero.
Es reducir algo profundo, complejo y hermoso a una transacción básica.
Y no, el amor de un gato, su confianza, su entrega, no se compran.
Se construyen.

Cuidar a un gato es algo mucho más delicado que llenar su plato de croquetas dos veces al día.
Es como intentar ajustar un reloj suizo con la punta de los dedos.
Si no sabes cómo hacerlo, si no tienes la paciencia, la sensibilidad, el respeto necesarios… terminas dañándolo, sin querer.

Hace poco reflexionaba sobre esto leyendo los contenidos de Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías.
La verdadera conexión, con las personas, con los animales, incluso con lo divino, no nace de cumplir requisitos mecánicos.
Nace de una entrega consciente, de una presencia real.

Un gato necesita mucho más que agua, comida y una caja de arena limpia.
Necesita que sepas leer su lenguaje silencioso.
Que respetes su espacio.
Que entiendas sus tiempos, sus silencios, sus huidas y sus regresos.

Y aquí es donde muchos fallamos —yo mismo he fallado alguna vez.
No por maldad.
No por desinterés.
Sino por ignorancia.

Pensamos que con cubrir las necesidades básicas ya está.
Que mientras el gato coma, esté limpio y tenga un sitio donde dormir, debe estar bien.
Pero no siempre es así.

Cuando su humano se va y lo deja al cuidado de alguien más, aunque ese alguien le dé la mejor comida del mundo, el gato puede sentir un vacío.
Puede dejar de comer.
Puede esconderse.
Puede desarrollar conductas que ni siquiera sabemos interpretar.

Y cuando los dueños regresan, ¿qué encuentran?
Un gato diferente.
Más nervioso, más distante, más triste.

¿Resultado?
Desconfianza.
Desilusión.
Y probablemente, una decisión silenciosa de no volver a confiar en quien "cuidó" de su gato.

Esto no lo digo para generar culpa.
Lo digo para despertar conciencia.

Cuidar un gato es, en el fondo, cuidar una relación.
Una relación que, como todas las verdaderas, necesita respeto, conocimiento y humildad.

Hace unos días, mientras revisaba Bienvenido a mi Blog, pensé en lo importante que es formarse.
Buscar información.
Escuchar a los que saben más.
No quedarnos en lo que "siempre se ha dicho".

Porque cuando decides cuidar un gato, asumes una responsabilidad que va mucho más allá de mantenerlo alimentado.
Asumes la tarea de ser un puente entre su mundo y el nuestro.
De proteger su bienestar emocional tanto como su bienestar físico.

Y no siempre será fácil.
Habrá gatos que necesiten tiempo para confiar.
Otros que parezcan rechazarte sin motivo.
Otros que te regalen una caricia inesperada justo cuando estabas a punto de rendirte.

Así son ellos.
No fáciles.
No inmediatos.
Pero profundamente verdaderos.

En Mensajes Sabatinos, alguna vez leí que el verdadero amor es paciente.
Y los gatos, más que ningún otro ser, nos enseñan que la paciencia es una forma de amar.

No basta con quererlos porque son bonitos.
No basta con alimentarlos.
Hay que aprender a ser dignos de su confianza.

Porque cuando un gato te elige —cuando realmente te elige— no es por el olor de tu comida.
Es por el silencio que compartieron sin presiones.
Por el respeto que le diste cuando otros intentaron forzar su cariño.
Por el espacio que le ofreciste para ser él mismo.

Hoy te invito a que, si tienes un gato cerca, lo mires diferente.
Que no veas su amor como algo que puedas comprar o merecer solo por cumplir.
Que entiendas que su entrega, cuando llega, es un regalo, no un intercambio.

Y si alguna vez tienes la oportunidad de cuidar un gato que no es tuyo, hazlo con todo el respeto, la delicadeza y la humildad que tendrías al cuidar un alma que no comprendes del todo, pero que valoras infinitamente.

No somos dueños de ellos.
Somos apenas compañeros de camino, si ellos así lo permiten.

Y créeme:
Ese tipo de amor, libre, real y consciente, vale mucho más que cualquier gesto automático.

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lunes, 19 de mayo de 2025

Y si esta vez tampoco lo intentaras?

 


Hay verdades que no nos gustan.
Verdades que, cuando las escuchamos, nos incomodan, nos molestan… o directamente nos enojan.
Y sin embargo, son esas las verdades que más necesitan ser dichas.
Hoy quiero hablar de una de ellas: el amor mal entendido hacia los gatos.

Sí, lo sé.
Para muchos, los gatos son seres sagrados.
Misteriosos, adorables, independientes pero cercanos.
Animales que llegan a nuestras vidas como pequeñas explosiones de luz silenciosa.
Lo entiendo.
Yo también he sentido esa conexión especial con un felino.
Esa mirada profunda que parece leerte el alma.
Esa ternura que se camufla detrás de su aparente indiferencia.

Pero justo por eso, porque los amo, porque los respeto… quiero decir algo que nadie suele decir:
Nuestro amor desinformado puede dañar más de lo que ayuda.

Hace poco leí un artículo que hablaba de esto.
Que la mayoría de las personas que ayudan a gatos callejeros lo hacen desde el corazón, pero no desde el conocimiento.
Que muchos creen que darles comida, abrazarlos, rescatarlos a la fuerza… es lo mejor que pueden hacer.
Pero no siempre es así.

Lo que para nosotros es un acto de amor, para ellos puede ser una invasión.
Un estrés innecesario.
Un atentado contra su naturaleza salvaje y su forma de entender la vida.

¿Te has puesto a pensar alguna vez en cómo se siente un gato que ha vivido toda su vida en libertad cuando, de repente, alguien lo encierra en una casa llena de ruidos, olores extraños y horarios impuestos?
¿Te has detenido a observar el lenguaje corporal de ese gato al que acaricias aunque no te lo haya pedido?
¿Has considerado que tu "salvación" puede ser su "prisión"?

Estas preguntas no son fáciles.
Yo mismo me las he hecho.
Y no siempre me ha gustado la respuesta.

Vivimos en una sociedad donde el amor se mide muchas veces por lo que damos, pero muy pocas por lo que respetamos.
Donde pensamos que amar es intervenir, controlar, modificar.
Y a veces, amar de verdad es simplemente entender, aceptar y acompañar.

En El Blog Juan Manuel Moreno Ocampo, he hablado antes de la importancia de la empatía real.
Esa que no se queda en los sentimientos bonitos, sino que se traduce en acciones conscientes.

Con los gatos, como con cualquier ser vivo, el respeto es amor.

Respetar su distancia.
Respetar su tiempo.
Respetar su derecho a elegir.
Respetar incluso su decisión de no ser domesticado.

Porque la verdadera ayuda no es imponer lo que creemos que es mejor.
Es preguntar:
¿Qué necesitas realmente?
¿Cómo puedo hacer que tu vida sea mejor… sin convertirla en lo que yo quiero que sea?

Y claro, esto no significa que no debamos ayudar a los gatos que sufren, que están enfermos, que necesitan protección.
Significa que debemos hacerlo desde el conocimiento, no solo desde la emoción.

Formarnos.
Aprender sobre su comportamiento.
Saber cuándo intervenir y cuándo no.
Entender que cada gato es un universo distinto, con su propia historia, su propio ritmo, su propia alma.

En Bienvenido a mi Blog, también hemos reflexionado sobre cómo las buenas intenciones, cuando no van acompañadas de sabiduría, pueden volverse un arma de doble filo.

Y creo que este tema es uno de los ejemplos más claros.

Porque no se trata solo de gatos.
Se trata de cómo amamos.
De cómo nos relacionamos con todo lo que amamos: personas, animales, la naturaleza, incluso nosotros mismos.

¿Amamos de verdad… o amamos solo cuando el otro se adapta a lo que esperamos?
¿Respetamos la esencia del otro… o tratamos de moldearlo a nuestra comodidad?

Estas preguntas pueden doler.
Pero también pueden sanar.

Hoy te invito a que no intentes "salvar" a un gato que no necesita ser salvado.
Te invito a que observes más.
Que escuches más.
Que leas su lenguaje silencioso.
Que te formes, que preguntes, que investigues.

Hay cursos gratuitos, hay libros, hay expertos que comparten su conocimiento de corazón.
Hay formas de ayudar de verdad, sin imponer, sin proyectar, sin dañar.

En espacios como Mensajes Sabatinos, aprendemos que el verdadero acto de amor a veces no es hacer… sino ser.
Ser presencia.
Ser respeto.
Ser paciencia.

Si amas a los gatos, como yo los amo, entonces esta vez… no lo intentes a ciegas.
No actúes solo por impulso.
No te dejes llevar por la emoción sin pasarla por el filtro del entendimiento.

Porque cuando amas desde el respeto, tu amor se convierte en un refugio, no en una jaula.
Se convierte en un puente, no en un muro.

Y créeme:
Los gatos lo saben.
Ellos sienten la diferencia.
Y cuando un gato te elige, libremente, para confiar en ti…
Ese es uno de los regalos más auténticos y hermosos que puedes recibir.


🎨 Imagen sugerida para acompañar el blog:
Una ilustración realista moderna de un joven sentado en un banco de un parque, con un gato cerca, pero no tocándolo. El joven simplemente observa al gato a una distancia respetuosa, mientras el felino lo mira curioso, bajo una luz cálida de atardecer que transmite paz, conexión y respeto mutuo.


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✒️ — Juan Manuel Moreno Ocampo
"A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad."