domingo, 1 de junio de 2025

IA-limentación: una mirada desde el alma joven hacia la inteligencia artificial en nuestra comida diaria

 


Hay temas que parecen fríos al comienzo. Hablar de tecnología y alimentación puede sonar a cosas de grandes empresas, fábricas, cifras que van y vienen. Pero cuando le rascamos un poquito a la superficie, cuando nos atrevemos a mirar más allá del titular llamativo o del artículo de revista lleno de términos técnicos, descubrimos que detrás de cada avance hay una historia profundamente humana. Y la mía, como la tuya, está tejida entre el pan que comemos, la tierra que cultivamos y el código que ahora empieza a decidir qué llega o no a nuestra mesa.

Nací en 2003. Para muchos, soy parte de una generación hiperconectada, pero también me gusta pensar que somos los hijos de la contradicción: queremos avanzar, pero sin dejar de sentir. Crecemos con pantallas, pero buscamos raíces. Y cuando me encontré con el artículo de la Revista IAlimentos sobre la integración de la Inteligencia Artificial en la cadena de valor de la industria alimentaria, algo dentro de mí hizo clic.

Porque no es solo hablar de eficiencia, de reducción de costos o de algoritmos que optimizan procesos. Es preguntarnos: ¿qué estamos comiendo realmente?, ¿quién decide qué llega a nuestra mesa?, ¿cómo cuidamos el alma de lo que consumimos mientras nos dejamos fascinar por la automatización?

He crecido escuchando a mi abuelo hablarle a las matas como si fueran personas, mientras también escuchaba a mi padre emocionarse con los avances del software contable (¡como el que compartimos en micontabilidadcom.blogspot.com! 😄). He visto el campo colombiano lleno de sabiduría ancestral, y al mismo tiempo me he maravillado con lo que puede hacer un sistema de IA que analiza miles de datos para prevenir el desperdicio de alimentos. ¿Es posible que ambas cosas puedan coexistir?

Entre el algoritmo y la semilla

La IA en la industria alimentaria promete muchas cosas: mejor trazabilidad de los productos, detección temprana de enfermedades en cultivos, eficiencia energética, personalización de dietas… Suena bien, y en muchos casos lo es. Pero también hay que estar despiertos. No se trata de rechazar la tecnología, sino de invitarla a entrar con conciencia.

Por ejemplo, uno de los desafíos que plantea esta integración es la dependencia tecnológica. Si dejamos en manos de unos pocos algoritmos privados decisiones tan vitales como qué se cultiva, cómo se distribuye y qué comemos, ¿no corremos el riesgo de perder soberanía alimentaria? ¿De olvidarnos del conocimiento campesino que no cabe en ningún software?

Es como si la IA pudiera ser un jardinero automático… pero sin alma. Y ahí es donde entramos nosotros, los jóvenes conscientes. Porque no todo lo nuevo es bueno por ser nuevo, ni todo lo tradicional es valioso solo por ser viejo. Hay que aprender a mirar con ojos del corazón.

Tecnología con propósito, no con avaricia

A veces me frustra ver cómo muchas empresas adoptan la IA solo para aumentar ganancias, sin preguntarse por el impacto ambiental o social. Pero también me llena de esperanza encontrar proyectos que usan estas herramientas con verdadero sentido humano. Desde huertas urbanas que se apoyan en sensores inteligentes para optimizar el riego, hasta ONGs que detectan zonas de hambre con visión computacional para actuar rápido. Ahí hay luz.

He reflexionado mucho sobre esto en mis propios espacios de escritura, como en mi blog principal o en textos más espirituales como los de Amigo de ese gran Ser Supremo, donde intento recordarme que la inteligencia no es solo artificial: también es emocional, ética, espiritual. Una IA que no considera al ser humano, al planeta y al alma… no es verdaderamente inteligente.

Y eso va también para nosotros, quienes estamos del otro lado de la pantalla. Porque cada vez que elegimos qué comprar, qué consumir o qué apoyar, también estamos alimentando un sistema. Literal y simbólicamente.

¿Qué comemos cuando comemos?

Esta pregunta, aunque parezca sencilla, me ha perseguido muchas veces. ¿Estamos nutriendo nuestro cuerpo o solo llenando un vacío? ¿Sabemos de dónde viene lo que comemos? ¿Reconocemos las manos que sembraron ese arroz, esa papa, ese aguacate?

La tecnología puede ayudarnos a responder estas preguntas si la usamos con intención. Imagina escanear un producto con tu celular y ver la historia completa del agricultor que lo cultivó, las condiciones climáticas, los costos justos pagados. Ya existen apps que se acercan a eso. Pero también imagina que esa misma IA termina siendo usada para manipular precios, ocultar datos o invisibilizar a los pequeños productores.

Por eso me parece clave que desde espacios como Organización Todo En Uno y otros blogs hermanos, sigamos insistiendo en la transparencia, en la ética y en el valor del conocimiento compartido. El cumplimiento de Habeas Data en datos personales no solo aplica a nuestras fotos o a los correos que enviamos: también debería proteger lo que comemos, lo que sembramos, lo que soñamos.

Una generación que piensa, siente y crea

No me da miedo la tecnología. Me emociona. Me reta. Pero me niego a dejar de sentir. No quiero que la comida se convierta en un algoritmo sin alma, en una cadena de decisiones sin corazón. Por eso escribo. Por eso me conecto contigo hoy, lector o lectora, que quizás también estás buscando respuestas en medio del ruido.

Este tema no termina aquí. En Mensajes Sabatinos, suelo escribir sobre las señales que nos da la vida cuando nos detenemos a escuchar. Y esta es una de ellas: la tecnología viene, sí, pero el alma de la comida —y de quienes la producen— no puede olvidarse.

Cierro con esta idea que me acompaña desde siempre: que la modernidad no nos robe el milagro. Porque detrás de cada plato hay más que nutrientes o calorías. Hay historias, memorias, luchas, esperanzas. Que la IA nos ayude a mejorar eso, no a silenciarlo.

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sábado, 31 de mayo de 2025

La Revolución de la IA en la Industria Alimentaria: Reflexiones desde la Juventud


La tecnología avanza a pasos agigantados, y con ella, la inteligencia artificial (IA) se ha convertido en una herramienta fundamental en diversos sectores. Uno de los campos donde su impacto es cada vez más evidente es la industria alimentaria. Como joven colombiano de 21 años, he crecido en un mundo donde la tecnología y la innovación son parte de nuestra vida cotidiana. Sin embargo, la integración de la IA en la producción y distribución de alimentos plantea preguntas profundas y reflexiones que van más allá de la mera eficiencia tecnológica.

Desde pequeño, he visto cómo la tecnología ha transformado nuestras vidas. Mis padres siempre me enseñaron a valorar la comida, a entender de dónde viene y el esfuerzo que implica producirla. En mi blog, "El Blog Juan Manuel Moreno Ocampo", he compartido muchas de estas reflexiones, y hoy quiero profundizar en cómo la IA está cambiando la forma en que cultivamos, procesamos y consumimos nuestros alimentos.

La industria agroalimentaria ha sido tradicionalmente un sector que depende en gran medida de la mano de obra humana y de métodos convencionales de cultivo. Sin embargo, la llegada de la IA ha revolucionado estos procesos. Empresas como Biome Makers utilizan tecnología avanzada para analizar la calidad del suelo y optimizar el cultivo de alimentos 

. Esta integración de la IA en la agricultura de precisión no solo mejora la productividad, sino que también promueve la sostenibilidad al reducir el consumo de recursos.

Pero la IA no se detiene en el campo. En la transformación de materias primas, encontramos ejemplos como NotCo, una empresa chilena que ha desarrollado una IA llamada Giuseppe. Esta IA es capaz de replicar sabores de alimentos de origen animal utilizando únicamente plantas 

. La capacidad de Giuseppe para analizar la composición molecular de los alimentos y recrear su sabor y textura es un avance impresionante que podría cambiar la forma en que consumimos productos derivados de animales.

La logística y la gestión de almacenamiento también han sido áreas donde la IA ha demostrado su potencial. La optimización de la cadena de distribución y la mejora en la disposición y rotación de alimentos son solo algunas de las tareas que la IA puede realizar de manera eficiente 

. Esto no solo reduce costos, sino que también minimiza el desperdicio de alimentos, un problema crítico en nuestra sociedad.

Sin embargo, la adopción de la IA en la industria alimentaria no está exenta de desafíos. La transparencia y la confianza son aspectos fundamentales que deben ser abordados. Según un estudio reciente, el 83% de los consumidores exige que los alimentos producidos con IA sean etiquetados claramente 

. Esta demanda refleja la necesidad de información fidedigna y accesible para que los consumidores puedan tomar decisiones informadas.

La cuestión de la naturalidad también ha generado debate. ¿Puede un alimento desarrollado con IA ser considerado natural? La mayoría de los consumidores cree que no, y esta discrepancia invita a la industria a reflexionar sobre cómo comunicar los atributos de sus productos 

. La seguridad alimentaria es otro factor importante en este debate, y la industria debe establecer marcos regulatorios que definan lo que puede considerarse seguro y natural en la era de la automatización.

Como joven, me encuentro en una posición única para observar y reflexionar sobre estos cambios. La tecnología nos ofrece oportunidades increíbles, pero también nos plantea preguntas sobre nuestra relación con la naturaleza y la ética de nuestros consumos. En mi blog, "Mensajes Sabatinos", he explorado cómo la espiritualidad y la tecnología pueden coexistir y cómo podemos encontrar un equilibrio entre el progreso y la preservación de nuestros valores fundamentales.

La integración de la IA en la industria alimentaria es un ejemplo claro de cómo la tecnología puede impulsar la sostenibilidad y la innovación. Sin embargo, debemos ser conscientes de los desafíos y las responsabilidades que conlleva. La transparencia, la seguridad y la ética son aspectos que no podemos ignorar. Como jóvenes, tenemos la oportunidad de ser agentes de cambio, de cuestionar y de buscar soluciones que beneficien a todos.

En conclusión, la revolución de la IA en la industria alimentaria es un tema que nos invita a reflexionar sobre nuestro futuro. La tecnología nos ofrece herramientas poderosas, pero depende de nosotros utilizarlas de manera responsable y consciente. Sigamos explorando, cuestionando y buscando un equilibrio entre la innovación y la preservación de nuestros valores.


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viernes, 30 de mayo de 2025

Liderar no es mandar: lo que la IA me está enseñando sobre nosotros


A veces siento que todo está pasando muy rápido.

Que lo que ayer era ciencia ficción, hoy es herramienta de trabajo. Que lo que ayer eran jerarquías intocables, hoy se replantea con un mensaje en redes. Que lo que antes era “ser líder”, hoy ya no funciona. Y ahí, en medio de ese vértigo, aparece algo que no esperábamos tan pronto: la inteligencia artificial, no solo como una herramienta más… sino como un espejo que nos muestra qué tipo de líderes somos de verdad.

Leí el artículo de Portafolio sobre las habilidades que van a ser clave para 2025 si queremos liderar en un mundo donde la IA ya no es promesa, sino realidad. Y aunque el texto habla de competencias como pensamiento crítico, adaptabilidad, empatía y gestión tecnológica, lo que más me quedó sonando fue una pregunta que no se formula directamente, pero flota entre líneas: ¿seguimos creyendo que liderar es controlar… o empezamos a entender que liderar es evolucionar juntos?

Yo nací en 2003, y ya crecí con pantallas, algoritmos y automatización. No me da miedo que la IA sea parte de mi vida. Lo que sí me inquieta —y cada vez lo siento más cerca— es que muchos de los modelos de liderazgo que nos enseñaron no están preparados para convivir con inteligencias que aprenden más rápido que nosotros. Porque, seamos sinceros, a veces ni siquiera sabemos liderarnos a nosotros mismos.

Desde pelado he oído frases como “hay que ser el mejor”, “hay que tener el control”, “el que manda no duda”… y cada vez que me repito eso internamente, siento que algo dentro de mí se tensiona. Porque esas ideas ya no nos alcanzan. No en un mundo donde el conocimiento ya no es exclusivo de las élites, donde las decisiones se toman en segundos, y donde el liderazgo ya no es vertical, sino circular.

La IA no nos está quitando el poder. Nos está mostrando qué tipo de poder hemos estado usando. Si era poder para dominar, la máquina lo hace más rápido. Si era poder para imponer, la máquina lo ejecuta sin resistencia. Pero si era poder para transformar, para imaginar, para conectar… ahí sí seguimos teniendo una ventaja. Una ventaja que, curiosamente, no se programa: se cultiva.

Y ese es el liderazgo que quiero aprender a encarnar. No el del que lo sabe todo, sino el que no teme aprender. No el que se impone, sino el que inspira. No el que teme a la IA, sino el que la integra desde un propósito más grande. Porque si algo he comprendido en este tiempo —y lo he escrito en mi blog juanmamoreno03.blogspot.com— es que las máquinas no tienen alma, pero nosotros sí. Y es desde ahí que debemos liderar.

Una vez escuché a alguien decir que “el liderazgo del futuro es espiritual”. Y me pareció raro, hasta místico. Pero ahora lo entiendo mejor: no se refiere a religión, sino a conexión con lo esencial. A liderar desde la empatía, desde la compasión, desde la coherencia. Y para eso, sí que necesitamos inteligencia… pero no solo artificial, sino emocional y ética.

El artículo mencionaba también que las habilidades de liderazgo del mañana están más relacionadas con ser que con hacer. Y eso lo veo todos los días en mi entorno. Hay jóvenes que no tienen títulos aún, pero lideran movimientos, crean impacto, conectan con otros desde la autenticidad. Y hay adultos con muchos diplomas que siguen sin saber escuchar. El liderazgo, entonces, ya no depende del cargo, sino del carácter.

Y sí, claro que la IA puede hacer muchas cosas por nosotros. Pero hay algo que sigue siendo solo nuestro: la capacidad de imaginar futuros posibles. De tener intuición. De tomar decisiones con base no solo en datos, sino en valores. De ser vulnerables y valientes a la vez. La IA puede procesar información, pero no puede sentir propósito. Y ahí es donde nuestra humanidad sigue siendo necesaria.

En uno de los blogs que me ha marcado —Mensajes Sabatinos (ver aquí)— se habla del liderazgo como una forma de servicio. Como una forma de presencia. Y creo que eso es justo lo que necesitamos recordar. Porque el líder del futuro no será quien tenga más seguidores, sino quien sepa seguir con humildad las señales de este tiempo nuevo.

Yo no tengo todas las respuestas. A veces, ni siquiera las preguntas. Pero sí tengo claridad en algo: si no lideramos desde la conciencia, vamos a ser superados no por la tecnología, sino por nuestra propia desconexión. Por eso, más que temerle a la IA, deberíamos temerle a seguir liderando desde el ego, desde el miedo, desde la rigidez. Porque eso sí que no tiene futuro.

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jueves, 29 de mayo de 2025

Sumar con el alma: la otra cara de aprender matemáticas en la era digital



Yo sé, decir “matemáticas” todavía suena a trauma para mucha gente. Hay quienes aún tiemblan cuando ven una raíz cuadrada, otros recuerdan con nostalgia al profe buena gente que los salvó con un dos coma cinco, y están quienes juraron nunca más volver a sacar una calculadora… y la vida les llevó a ser contadores o ingenieros. A mí, en lo personal, nunca me disgustaron las matemáticas, pero sí me costó conectar con la forma en la que muchas veces nos las enseñaban: como si fueran frías, exactas y ajenas a nuestra vida emocional.

Hace unos días leí en RCN Radio que están fortaleciendo el aprendizaje matemático con herramientas digitales en colegios públicos de Colombia. Y lo primero que pensé fue: ojalá esta vez sea distinto. No porque la tecnología tenga la culpa —yo soy de la generación que creció con ella—, sino porque la forma en que la usamos cambia completamente lo que sentimos frente a aprender.

Lo que me pareció potente de la noticia no fue que estén usando apps o plataformas para enseñar fracciones o álgebra. Lo que me movió fue que están tratando de volver las matemáticas algo más humano. Más cotidiano. Más conectado con lo que vivimos. Y eso, al menos para mí, sí puede hacer la diferencia. Porque al final uno no recuerda solo lo que aprendió, sino cómo lo hizo sentir quien lo enseñó.

Me puse a pensar en cómo hubiese sido mi colegio si hubiésemos tenido más de estas herramientas, pero también más espacios para decir: “No entendí” sin que eso sonara a fracaso. O para aprender con juegos, con historias, con preguntas reales y no solo con fórmulas memorizadas. Porque lo cierto es que muchos de nosotros cargamos heridas escolares que nunca se ven en un boletín.

Y eso me lleva a algo que ya he compartido antes en mi blog Juanmamoreno03.blogspot.com: el aprendizaje no es solo mental, también es emocional y espiritual. Y no, no digo esto desde un lugar de misticismo barato, sino desde lo que realmente he vivido. Aprender, cuando es genuino, también es sanar. También es reconocerte capaz, también es creer en ti otra vez.

Por eso me emociona que hoy se hable de educación digital desde una mirada más amplia. Que no sea solo “más acceso”, sino también “más acompañamiento”. Que no se piense solo en el contenido, sino en el contexto. Porque en muchos colegios públicos, la brecha no es solo tecnológica: es de afecto, de autoestima, de dignidad.

Y aunque me alegra ver avances como este, también creo que hay mucho por revisar. Por ejemplo: ¿quién enseña a usar esas herramientas digitales? ¿Los profes están preparados o solo los llenan de capacitaciones desconectadas? ¿Qué pasa con los niños que no tienen buena conexión en su casa? ¿Qué acompañamiento se les da emocionalmente cuando se frustran? Porque una app no reemplaza una mirada compasiva. Ni un algoritmo reemplaza a un profe que te llama por tu nombre.

En uno de los blogs que más admiro, Bienvenido a mi blog (juliocmd.blogspot.com), he leído textos que nos recuerdan que educar no es solo formar mentes, sino despertar conciencias. Y me parece que eso aplica perfecto aquí. Porque si la tecnología no nos ayuda a formar seres humanos más conscientes, más empáticos, más despiertos… entonces solo estamos digitalizando el mismo modelo que ya estaba agotado.

Yo sueño con una educación donde las matemáticas no sean solo números, sino lenguaje para entender la vida. Donde sumar no sea solo una operación, sino una manera de incluir. Donde dividir no sea una amenaza, sino una oportunidad para compartir. Donde el resultado no sea lo más importante, sino el proceso. Y si la tecnología nos puede ayudar a eso… bienvenida sea.

En casa hemos hablado mucho de esto. En especial con mi familia, que también ha tenido que reinventarse mil veces para adaptarse a este mundo cambiante. Y en proyectos como los de Todo En Uno.Net, lo hemos vivido: la tecnología, cuando se integra con propósito, puede ser transformadora. Pero cuando se usa sin alma, se vuelve solo pantalla.

Hoy quiero invitarte a que, si eres profe, estudiante, padre, madre o simplemente alguien que aún cree en la educación, te preguntes: ¿qué estás enseñando realmente? ¿Solo contenidos… o también formas de habitar el mundo? ¿Estás educando para que otros pasen un examen… o para que vivan con más conciencia?

Tal vez las matemáticas pueden volver a ser ese puente que une razón y emoción. Tal vez una app puede ser la chispa que enciende la curiosidad de alguien que ya se sentía perdido. Tal vez, solo tal vez, estamos empezando a sumar con el alma. Y eso, para mí, es el tipo de educación que vale la pena multiplicar.


🎨 Imagen sugerida para este blog:
Una imagen realista y emocional de un joven estudiante usando una tablet en un aula sencilla. A su lado, un profesor joven lo acompaña con una sonrisa tranquila. En el fondo hay luz natural, algunos compañeros atentos y una pizarra con fórmulas matemáticas. La escena transmite aprendizaje, conexión y esperanza. Estilo artístico moderno, sin texto.


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miércoles, 28 de mayo de 2025

Y si ya no son mascotas? Lo que nuestros animales dicen de nosotros




No sé ustedes, pero yo crecí escuchando la palabra “mascota” como si fuera sinónimo de adorno. Como si los perros y los gatos fueran parte del mobiliario afectivo de la casa. Estaban ahí, se les quería, se les alimentaba… pero también se les ignoraba cuando molestaban, se les mandaba a callar cuando ladraban “mucho” o se les encerraba porque “los invitados no son amantes de los animales”.
Crecí, pero esa visión no creció conmigo.

Hoy tengo 21 años, y aunque no soy dueño de un perro ni un gato en este momento, he sido testigo directo —en casa de mis amigos, en redes, en la calle, y en mi propia familia— de cómo las relaciones con los animales están cambiando. Y lo están haciendo en serio. Ya no se trata solo de tener un animal “porque sí” o como accesorio emocional. Se trata de incluirlo en decisiones importantes, en dinámicas familiares, en procesos de duelo, en rituales de vida. Y no, no es exageración ni moda. Es evolución emocional.

Leí el artículo de Antrozoología que decía que los españoles están gastando más que nunca en sus animales de compañía, y lejos de quedarme en el dato frío (que también es revelador), me hizo pensar en lo que hay detrás. Porque cuando uno decide gastar más en alguien —y digo “alguien” y no “algo”— es porque lo siente parte de sí. Porque le importa. Porque hay un vínculo real. Y eso habla más de nosotros que de los números.

Me puse a pensar en cómo eso también pasa aquí, en Colombia, en mi entorno. ¿Cuántos de mis amigos no han llorado más por la muerte de un perro que por la de un familiar lejano? ¿Cuántos han dicho frases como “mi perro me entiende más que mucha gente”? ¿Cuántos publican más fotos de su gato que de ellos mismos? Y sí, muchos se burlan, pero en el fondo lo que hay ahí es algo muy fuerte: una necesidad profunda de conexión, de afecto incondicional, de presencia sin juicio.

Y es que, seamos sinceros… a veces nuestras mascotas son los únicos que están realmente ahí cuando más lo necesitamos. No preguntan, no opinan, no interrumpen. Solo se quedan. Escuchan con los ojos. Se acomodan al lado nuestro cuando nos ven llorar. O se nos suben encima cuando sienten que algo no anda bien. Y eso, en un mundo donde todo el tiempo estamos siendo medidos, evaluados y exigidos… es un bálsamo. Es hogar.

En uno de mis blogs favoritos —Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (ver aquí)— alguna vez escribieron sobre los animales como “creaciones puente”. Seres que nos recuerdan lo que es el amor sin condiciones, la lealtad sin estrategia, la entrega sin ego. Y lo creo con todo el corazón. Tal vez por eso ahora los tratamos distinto. Porque nos hemos dado cuenta de que no son propiedad, sino presencia. No están para cumplir un rol, sino para enseñarnos algo que la sociedad nos ha ido robando: la ternura auténtica.

Me sorprende cómo incluso los espacios de consumo están cambiando. Antes, llevar a un animal al veterinario era una obligación esporádica. Hoy, hay seguros de salud para perros. Terapias emocionales. Masajes. Escuelas de comportamiento. Crematorios especializados. Juguetes con inteligencia artificial. Y aunque a veces me parece excesivo —como todo lo que el mercado convierte en oportunidad— también lo entiendo. Lo entiendo porque detrás del gasto hay afecto. Y detrás del afecto hay historia.

Una historia que no empieza con una compra. Empieza con una mirada. Con una patita apoyada en tu pierna. Con un ronroneo que te hizo sonreír cuando tenías un nudo en el alma. Con una cola que se movía cada vez que volvías a casa, aunque tú no tuvieras fuerzas ni para moverte. ¿Cómo no valorar eso?

Pero también hay una reflexión que me nace desde la conciencia social: ¿y si este amor por los animales también nos ayuda a ser más conscientes con otros seres vivos? ¿Y si el respeto que empezamos a sentir por nuestros compañeros peludos se convierte en respeto por la vida en general? ¿Y si cuidar de un perro nos entrena para cuidar de un niño? ¿O de un anciano? ¿O de un planeta?

Hay algo que mencionan en el artículo y que también veo reflejado en muchos jóvenes: hay una especie de “traslado del vínculo”. Como si, al no encontrar vínculos seguros con humanos, estuviéramos buscándolos con animales. ¿Y saben qué? Tal vez está bien. Tal vez es un comienzo. Tal vez es una forma de volver a sentir que aún somos capaces de amar. Que aún tenemos la capacidad de cuidar, de comprometer nuestro tiempo, nuestra atención, nuestro dinero… por alguien más.
Aunque tenga patas en lugar de manos.

En mi blog El blog de Juan Manuel Moreno Ocampo, he hablado mucho de vínculos, de relaciones reales, de lo que nos conecta de verdad. Y cada vez tengo más claro que los vínculos no se definen por especie, sino por energía. Y que si un animal logra despertarte ternura, paciencia y empatía… entonces ese vínculo es tan válido como cualquier otro.

Por eso me parece lógico que hoy se hable de “familias multiespecie”. De incluir a los perros en testamentos. De legislar sobre bienestar animal con más fuerza. De ofrecer acompañamiento en los duelos por una pérdida de este tipo. Porque estamos evolucionando. Porque estamos reconociendo que el amor no tiene un solo formato. Y que el cuidado, cuando es auténtico, transforma.

Así que sí, gastamos más que nunca en nuestros animales. Pero tal vez no es un gasto. Tal vez es una inversión. En ellos, sí. Pero también en nosotros. En lo que queremos ser. En lo que estamos recuperando. En lo que estamos recordando.


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martes, 27 de mayo de 2025

La economía del motico… y las cosas que no deberían valer solo lo que cuestan



Nunca se me va a olvidar esa vez que en una esquina cualquiera de Manizales, un señor se me acercó con una sonrisa enorme y me dijo: “Parce, ¿me ayuda con algo para el bus? Lo que tenga, así sea un motico”. Y lo dijo tan tranquilo, tan liviano, que por un segundo hasta se me olvidó que estaba pidiendo. Era como si me estuviera ofreciendo algo. Y es que en Colombia, “motico” no es solo una moneda pequeña, es una forma de decir “esto es poco… pero no insignificante”.

Desde ahí me quedó dando vueltas la idea de la “economía del motico”, como la llamó Néstor Santos en su artículo. Porque en el fondo, ese concepto dice mucho más de nosotros que cualquier indicador macroeconómico. Habla de nuestra cultura del “rebúscate”, del “deme lo que tenga”, del “todo suma”. Pero también —y aquí es donde quiero detenerme— habla de algo que a veces se nos olvida: que le ponemos precio a todo… pero valor a casi nada.

No sé si te ha pasado, pero hay momentos donde uno se da cuenta de que todo lo importante en la vida no tiene etiqueta de precio. El abrazo de alguien que te entiende sin decir nada. La risa tonta con un amigo cuando más lo necesitabas. El consejo inesperado de una señora en una fila del banco. Un atardecer viendo el cielo naranja con música de fondo. Esos momentos no cuestan, pero valen. Y eso, justamente, es lo que la economía del motico no alcanza a cubrir.

Porque cuando el “motico” se vuelve la regla, también empezamos a reducir el valor de todo. Le damos una moneda al artista callejero que nos conmovió… y seguimos como si nada. Regateamos al campesino por sus verduras, pero pagamos sin mirar una bebida de marca en un centro comercial. Le ofrecemos “lo que haya” al reciclador, pero pagamos a precio completo por servicios que muchas veces no necesitamos. ¿Y si empezáramos a mirar más allá del costo?

Creo que el gran problema de fondo es que confundimos precio con merecimiento. Y eso nos ha llevado a normalizar desigualdades que duelen. A justificar que alguien viva del “motico” mientras otros sobran lujo y ostentación. Nos da tranquilidad pensar que “al menos le di algo”, como si el gesto resolviera el fondo. Pero en el fondo… ¿qué estamos reforzando? ¿Un sistema que sobrevive con parches, o una humanidad que se transforma desde el reconocimiento verdadero?

Yo he sido testigo de eso en mi propia familia, en los negocios que hemos impulsado desde lo pequeño y lo cotidiano. He visto lo que significa que te paguen tarde, que no valoren tu tiempo, que te digan “eso es fácil, eso no vale tanto”. Y también he visto lo contrario: personas que reconocen, que valoran, que entienden que no se trata solo de pagar, sino de honrar el intercambio. En eso hemos trabajado con proyectos como los que compartimos en Mi Contabilidad, tratando de llevar orden, pero también justicia a la economía de los de a pie.

Hay una frase que leí en uno de los escritos de Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/) que me quedó grabada: “El valor de algo no siempre se mide en ceros… sino en el eco que deja en otros.” Y creo que eso también aplica para lo económico. Porque lo que no se valora, se desgasta. Y si seguimos viviendo en una lógica de “moticos”, corremos el riesgo de que hasta la dignidad se vuelva regateable.

Pero ojo, que no se me malinterprete. Yo no estoy en contra de los “moticos”. A veces eso es todo lo que se tiene. Y ahí también hay belleza. El problema es cuando se vuelve la excusa para no reconocer al otro. Cuando se vuelve el estándar. Cuando dejamos de preguntarnos cuánto vale realmente el trabajo, la palabra, el tiempo, la historia de alguien.

Me emociona mucho cuando veo a jóvenes que están reinventando la economía desde otros lugares. Desde la colaboración, el trueque, el intercambio justo, la tecnología con conciencia. Desde lo que algunos llaman “economía del cuidado”, y otros llaman simplemente “ser buena gente”. Y creo que ahí hay algo poderoso: que no necesitamos ser economistas para transformar la economía. Solo necesitamos volver a mirar con ojos humanos lo que hemos convertido en simple transacción.

Hay una escena muy sencilla que viví hace poco y que quiero compartir para cerrar. Estaba en la calle, con un amigo, y vimos a un joven que vendía chocolates. Nos ofreció uno por $1.000. Mi amigo le compró tres, le pagó $10.000 y le dijo: “Quédese con el cambio”. El joven sonrió, le dio uno más, y dijo: “Este se lo regalo por valorar lo que hago”. Y yo pensé: eso es economía expandida. Eso es cuando el dinero deja de ser solo intercambio y se convierte en reconocimiento. En gratitud. En gesto humano.

Entonces, si has llegado hasta aquí leyendo, solo quiero dejarte esta pregunta:
¿En qué parte de tu vida estás funcionando solo con moticos?
¿Dónde podrías empezar a reconocer el valor real de lo que das y de lo que recibes?
Porque si hay algo que nos ha enseñado esta época de cambio, es que todo puede ser replanteado… incluso lo que creíamos incuestionable como el precio de las cosas.

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lunes, 26 de mayo de 2025

Cuándo comienza el abandono?


Cuando era niño, en mi casa siempre hubo gatos. No recuerdo una etapa de mi vida en la que no hubiera al menos uno rondando por la sala, durmiendo sobre el espaldar del sofá o mirando por la ventana como si entendiera algo que los humanos aún no alcanzamos. No eran “mascotas” en el sentido tradicional: eran parte de la casa, parte de la historia, parte de mí. Aprendí con ellos lo que es el silencio lleno, lo que es acompañar sin invadir, lo que es querer sin palabras.

Por eso cuando leo o escucho frases como “hay que reducir el abandono de gatos” o “campañas de adopción para disminuir la sobrepoblación”, no puedo evitar pensar que vamos tarde. Que la conversación —necesaria, sí— se está quedando en lo visible. Porque el abandono no comienza el día que alguien abre la puerta y deja a un animal en la calle. Comienza mucho antes.

El abandono comienza cuando creemos que los seres vivos existen para entretenernos.
Comienza cuando regalamos un gato como si fuera un peluche.
Cuando no le enseñamos a un niño que ese animal también se angustia, también tiene días malos, también necesita su espacio.
Cuando tratamos a los animales como si no tuvieran historia, ni alma, ni derecho a decidir.

Ahí empieza el abandono: en la desconexión.

Y esto lo digo no desde el juicio, sino desde lo que he aprendido en carne propia, en mi familia, en conversaciones reales y silenciosas que me han acompañado toda la vida. En uno de mis blogs favoritos de mi padre —Bienvenido a mi blog— hay una entrada que dice algo que me marcó: “Nada que se ama profundamente se abandona con facilidad” (leer aquí). Y eso me hizo pensar que quizá la clave no está en enseñar a no abandonar… sino en enseñar a amar mejor. A acompañar distinto.

Porque amar no es llenar de mimos cuando me conviene. Amar es también cuidar cuando molesta. Es asumir el compromiso de convivir, incluso cuando hay pelos en la ropa, maullidos a las tres de la mañana o rascadas en la puerta. Y eso aplica a los gatos, pero también a las personas. A los amigos. A los viejos. A la vida.

Vivimos en una cultura del descarte, donde todo es desechable. Si no me sirve, si no me responde, si no es como quiero… lo suelto. Y eso lo estamos aplicando también a los animales. Según cifras recientes, solo en Colombia se reportan más de 250.000 gatos abandonados en las calles cada año. Muchos nacieron ahí. Otros llegaron porque “ya no podían tenerlos”. Pero pocos se preguntan qué pasó antes. Qué tan profundo fue el vínculo. Qué tanto fue amor y qué tanto fue proyección.

En mi blog https://juanmamoreno03.blogspot.com he escrito sobre esta necesidad de volver a conectar con la vida, con lo vivo. Porque no se trata solo de proteger animales. Se trata de recuperar la capacidad de sentirnos parte del todo. De dejar de creernos el centro. Y de actuar con más ternura, sí, pero también con más responsabilidad.

Una vez, hace años, vi una escena que aún llevo grabada. Un niño, de unos ocho años, paseaba con su mamá y un gato negro se les cruzó. El niño se agachó, lo miró y le dijo bajito:
“¿Estás solo?”
Y yo no sé por qué, pero esa pregunta me dio un nudo en la garganta. No por el gato. Por todos. Por nosotros. Porque muchas veces no es el gato el que está solo. Somos nosotros los que, aunque rodeados de pantallas, personas y ruido, caminamos con esa sensación de estar a la deriva.

El futuro sin gatos abandonados no se construye solo con campañas de esterilización o adopción. Eso es fundamental, claro. Pero lo más profundo se juega en la conciencia. En cómo criamos. En cómo consumimos. En cómo tratamos al otro, incluso si ese otro no habla. Y ahí es donde se cruzan la espiritualidad, la ecología, el amor y la ética. Lo decía en una de mis reflexiones para Amigo de ese Ser Supremo en el cual crees y confías (leer aquí): cuando miras con respeto a un ser vulnerable, te estás reconectando con tu parte divina. No porque seas mejor, sino porque dejas de creerte superior.

Hoy, muchos de mis amigos tienen gatos adoptados. Gatos con tres patas, con un solo ojo, con historias duras que no caben en un post de Instagram. Y sin embargo, son seres que han traído sanación, compañía, sentido. Porque a veces, lo que el mundo desecha es lo que más puede enseñarte a amar.

Entonces sí, hablemos de un futuro sin gatos abandonados. Pero no como una meta a alcanzar, sino como un proceso a vivir. Empezando por nosotros. Por nuestras decisiones. Por cómo educamos el amor. Por cómo aprendemos a quedarnos.

Porque el abandono no se elimina con leyes solamente. Se sana con conciencia.
Y tal vez, si aprendemos a no abandonar a los gatos… podamos también dejar de abandonarnos entre nosotros.

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Estamos aprendiendo a amar sin abandonar.

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✒️ Juan Manuel Moreno Ocampo
A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.