martes, 23 de septiembre de 2025

7 de cada 10 conflictos con perros se deben a malentendidos (y puedes evitarlo)



Desde pequeño crecí viendo a perros y humanos convivir como si fuera lo más natural del mundo. En mi familia siempre hubo algún canino rondando la casa y, como la mayoría de la gente, yo creía que “entender” a un perro era casi automático. Bastaba con quererlo, alimentarlo y jugar con él. Con los años descubrí que no era así de simple.

Por primera vez, Hugo Fernández (@enclavedecan), referente europeo en bienestar y comunicación canina, llega a Latinoamérica. Y lo hará en Chile, Argentina y Perú. Más allá del viaje, lo que trae consigo es mucho más importante: una forma distinta de mirar a los perros, de escucharlos incluso cuando no emiten sonido alguno.

¿Por qué esto es urgente? Porque 7 de cada 10 conflictos entre humanos y perros se deben a malentendidos en la comunicación (University of Lincoln, 2016). Porque el 60 % de los perros que viven en ciudades muestran signos de estrés crónico: ansiedad, reactividad, frustración (Universidad de Helsinki, 2020). Y porque aunque convivimos con ellos cada día, la mayoría no sabe interpretar sus señales básicas de incomodidad.

Las consecuencias las soportamos a diario: vínculos que se tensan, perros que no consiguen adaptarse, familias que desconocen cómo ayudarlos. En “Mensajes Sabatinos” leí una vez: “Las grietas de la convivencia no aparecen de golpe; son silencios no escuchados”. Esta frase me viene a la cabeza cada vez que veo a un perro gruñir sin que nadie entienda por qué.

Hugo propone un enfoque distinto. No se trata solo de entrenar, se trata de observar, empatizar y respetar. Y esa forma de entender al perro puede transformar hogares, paseos y relaciones. A mí me habría ahorrado más de una situación incómoda en mi adolescencia, cuando me encargaba de pasear al perro de la familia y no entendía por qué se tensaba con ciertos estímulos en la calle.

Hay tres claves por las que yo iría sí o sí a uno de sus seminarios si estuviera en alguna de estas ciudades. La primera: las claves del bienestar del perro en ciudad. Para familias que quieren saber qué necesita realmente un perro para sentirse seguro en entornos urbanos. Qué condiciones mínimas hacen posible la tranquilidad, la calma y el vínculo.

La segunda: observación y comunicación canina. Aprender a ver lo que antes pasaba desapercibido. Estrategias de afrontamiento, señales sutiles, intentos de regularse. Después de este seminario te costará no mirar con otros ojos. Y la tercera: el juego humano-perro. ¿Sabías que muchas conductas ansiosas empeoran por un mal juego? Conocerás qué es realmente el juego, por qué importa tanto y cómo convertirlo en un canal de bienestar. No todo lo que parece diversión lo es.

En “Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías” leí sobre la importancia de los vínculos silenciosos y el respeto a los ritmos del otro. Eso también aplica aquí. El 80 % de los casos que no progresan tienen un mal enfoque desde el inicio. No es falta de amor, es falta de comprensión.

Cuando escribo en “Bienvenido a mi Blog” sobre convivencia humana, suelo insistir en algo que aprendí con los años: no improvises en lo esencial. No improvisamos con la salud, no improvisamos con un viaje importante, no improvisamos con la crianza de un hijo. ¿Por qué improvisaríamos con la seguridad emocional de un perro y de un niño en la misma casa?

Yo crecí creyendo que un perro “educado” era suficiente. Hoy sé que un perro entendido es mucho más importante. Entender significa leer sus señales, respetar sus tiempos, crear espacios seguros, no forzar interacciones. Significa también saber cuándo pedir ayuda profesional. Porque no hay vergüenza en decir “no sé qué hacer”. Vergüenza es mirar a otro lado hasta que algo grave ocurra.

Los estudios de la Universidad de Helsinki sobre estrés canino urbano son claros: los perros sufren con nuestros ritmos acelerados, con los estímulos constantes, con la falta de espacios tranquilos. Y nosotros sufrimos con sus reacciones cuando no entendemos su lenguaje. Romper ese ciclo es posible, pero requiere consciencia.

Mientras escribo esto, pienso en cuántas veces he malinterpretado una señal no verbal en humanos: una mirada, un silencio, un gesto. Somos una sociedad que habla mucho y escucha poco. Quizá aprender a leer a los perros sea también un entrenamiento para aprender a leernos entre nosotros.

En “El blog Juan Manuel Moreno Ocampo” he compartido cómo la espiritualidad y la tecnología pueden convivir si hay sensibilidad. Creo que esta llegada de Hugo Fernández a Latinoamérica es también un acto espiritual en cierto modo: venir a recordarnos que la convivencia es un arte, no un protocolo.

Si tienes perro y estás en alguna de estas ciudades, te invito a que no dejes pasar esta oportunidad. No es publicidad vacía: es un recordatorio de que podemos vivir distinto, criar distinto, vincularnos distinto. Y de que en cada paseo hay un lenguaje secreto esperándonos a ser descubierto.

Quizá ahí está la enseñanza final: los perros —igual que los gatos, igual que nosotros— no se explican del todo. Se leen. Y leerlos con empatía puede cambiarlo todo.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

📲 WhatsApp directo: +57 310 450 7737
📘 Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo
🐦 Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo
💬 Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos
📢 Canal de Telegram: Únete aquí

— Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

lunes, 22 de septiembre de 2025

Hay casos donde no puedes improvisar



Hay días en los que me doy cuenta de que la convivencia entre especies —entre humanos y animales— es mucho más compleja de lo que parece en los vídeos tiernos de internet. En TikTok vemos bebés abrazando perros, en Instagram vemos gatos y niños durmiendo juntos. Todo parece perfecto. Pero detrás de esas imágenes hay una realidad: no todo es improvisable. No todo es intuitivo. Y no basta con “amar a los animales” para que todo salga bien.

Cada vez hay más familias con perros y peques conviviendo en casa. Y cada vez hay más situaciones que incomodan, que tensan, que no sabes cómo abordar. Ni como profesional. Ni como tutor. Parece que no pasa nada… hasta que pasa. Un gruñido, un susto, una mirada que nadie supo leer. Y de repente alguien dice: “¿El perro? Mejor que se vaya”. Y así, un vínculo se rompe.

Si estás pensando que esto solo ocurre en casos extremos, tengo que decirte que nada más lejos de la realidad. En situaciones que no sabemos cómo gestionar, tendemos a tomar decisiones que no tomaríamos en ningún otro contexto. Y es ahí donde creo que, como sociedad, necesitamos cambiar de chip: dejar de ver estos casos como “uno más” y empezar a reconocer que requieren una atención especial.

En “Mensajes Sabatinos” leí hace poco sobre la importancia de sostener el cuidado cuando todo se complica. Me resonó porque es exactamente esto: cuando hay un perro y un niño en casa, no basta con educar bien al perro. Eso se sobreentiende, por supuesto. Pero hay que entender más: la etapa en la que está el niño, los ritmos de la familia, lo que puede sostenerse y lo que no. Lo que el perro intenta decir sin palabras. Lo que los adultos ignoran sin querer —o queriendo—.

A mí me tocó verlo en carne propia. Una amiga tuvo que reubicar a su perro después de años juntos porque la llegada de un bebé cambió toda la dinámica de la casa. No porque no lo amara, sino porque nadie le enseñó a manejar la situación. Ni a leer al perro ni a anticipar las etapas del bebé. Y esa historia me dejó una pregunta que todavía me ronda: ¿cuántas veces confundimos amor con improvisación?

En “Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías” encontré un texto sobre la importancia del discernimiento: saber cuándo actuar y cuándo esperar, cuándo pedir ayuda y cuándo sostener. Creo que eso es fundamental aquí. Estos casos no vienen con manual. Pero ante situaciones tan importantes, el margen de error es muy estrecho.

Para bien o para mal, vivimos en un mundo donde hay más información disponible que nunca, pero seguimos actuando como si “ya supiéramos” cómo manejar todo. Convivir con perros y niños no es solo “tener cuidado”. Es una disciplina, un aprendizaje, una red de apoyo. Necesitamos profesionales preparados y familias informadas.

Por eso me llamó la atención una clase online gratuita que imparte Tamara Hernán, fundadora de Crianza Multiespecie, sobre 3 herramientas para asumir casos de riesgo entre perros y niños sin derivar ni improvisar. Tamara ha trabajado con más de 3.000 familias y su enfoque es de comprensión, adaptación y vínculo. Esa experiencia es oro porque no se queda en la teoría; viene de ver los matices, las grietas y las soluciones reales.

Lo que enseña ahora es más importante que nunca:
—Porque cada vez hay más bebés naciendo en casas con perros.
—Porque cada vez hay más padres que no quieren elegir entre el perro y el hijo.
—Porque cada vez más profesionales se enfrentan a estos casos sin saber muy bien por dónde empezar.

En esta clase se aprende:
—Cuándo un caso es de riesgo y cómo actuar desde el primer minuto.
—Tres herramientas básicas para intervenir con criterio.
—Cómo adaptar tus pautas según la etapa de desarrollo del niño para no pedir lo imposible a nadie.

No puedo evitar conectar esto con lo que escribo en “Bienvenido a mi Blog” sobre la importancia de no improvisar con lo esencial. No improvisamos con una cirugía, no improvisamos con un vuelo, no improvisamos con una inversión importante. ¿Por qué improvisaríamos con la seguridad y el bienestar de quienes amamos?

Yo no organizo esta clase, pero creo en su valor. Porque cada vez que un vínculo se rompe por falta de información, perdemos todos. Y cada vez que una familia aprende a leer antes de actuar, a pedir ayuda antes de desesperarse, ganamos todos.

Me doy cuenta de que esto no va solo de perros y niños. Va de cómo vivimos la vida. De cómo abordamos situaciones complejas. De cómo necesitamos humildad para decir “no sé” y pedir guía. De cómo podemos prevenir antes que lamentar.

Para mi generación, que creció con tutoriales de YouTube para todo, esto puede sonar contradictorio: no todo se aprende en un vídeo. No todo se improvisa. Hay casos donde necesitamos formación real, acompañamiento real, personas que ya recorrieron ese camino.

Si estás leyendo esto y convives con animales y niños, quizá este sea tu recordatorio para parar, informarte y prepararte. No esperes a que pase algo para aprender. No esperes a sentirte sobrepasado para pedir ayuda. Porque cuando se trata de vínculos y seguridad, cada segundo cuenta.

Al final, esta reflexión también me hace mirar mi propia vida. ¿En qué otras áreas estoy improvisando cuando debería prepararme? ¿En qué relaciones estoy asumiendo que todo “fluye” sin cuidar los detalles? Quizá ahí también haya una alerta. Quizá ahí también haya una invitación a ser más consciente.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

📲 WhatsApp directo: +57 310 450 7737
📘 Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo
🐦 Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo
💬 Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos
📢 Canal de Telegram: Únete aquí

— Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

domingo, 21 de septiembre de 2025

Los gatos no se explican. Se leen



De niño me enseñaron a leer letras antes de aprender a leer personas. La escuela me enseñó palabras, reglas, gramáticas. Pero nadie me enseñó a leer silencios, gestos o miradas. Cuando llegó mi gato a casa, hace ya unos años, me di cuenta de que estaba frente a otro tipo de lenguaje. Uno que no cabe en los libros. Un lenguaje hecho de pausas, movimientos casi invisibles y pequeñas vibraciones.

Un gato no te lo pone fácil. No hace discursos. No traduce lo que siente. No te explica con palabras. Y sin embargo, cuando aprendes a leerlo, lo entiendes todo. El leve movimiento de su cola. El giro mínimo de orejas cuando algo no le cuadra. El parpadeo lento que te lanza desde el otro lado del sofá. Todo eso es información. Todo eso es cariño, alerta, juego, miedo o confianza. Pero nadie nos lo enseñó en el colegio. Nadie nos dio ese diccionario.

Crecí en un entorno donde me decían que el amor había que demostrarlo con palabras, con abrazos o con llamadas. Y aunque eso es valioso, descubrí que también existe un amor que se expresa en silencios. En “Mensajes Sabatinos” encontré una frase que me acompañó mucho: “Lo sagrado habita en los gestos pequeños”. Cuando miro a mi gato moverse por la casa, siento que esa frase cobra vida. Porque él no grita su amor; lo susurra.

Los estudios lo confirman: más del 60 % de las personas que conviven con gatos no saben interpretar su lenguaje corporal básico. No es por falta de amor; es por falta de traducción. No sabemos que levantar la pata no siempre es amenaza, que esconderse no es desprecio, que un mordisco suave a veces es juego. Creemos que nos ignora cuando, en realidad, nos está mostrando confianza. Creemos que “es arisco” cuando, en realidad, tiene miedo.

En “Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías” he leído textos sobre aprender a mirar más allá de la superficie. Siento que eso es justo lo que necesitamos con los gatos: aprender a mirar con ojos nuevos. No exigir palabras, sino leer gestos. No imponer, sino acompañar. No apurar, sino esperar.

Al principio, yo también me frustraba. Quería que mi gato “me entendiera”, que se adaptara a mis horarios, que respondiera cuando yo quería. Pero con el tiempo comprendí que él ya me entendía, solo que a su manera. Su lenguaje no era el mío. Y que parte del vínculo estaba justo en ese ajuste, en ese aprendizaje mutuo.

Los gatos no se explican. Se leen. Como se lee un poema: con calma, con respeto, con intuición. La primera vez que entendí esto fue cuando estaba triste y mi gato vino y se tumbó en mis pies. No hizo nada más. No me lamió, no me maulló. Solo estuvo ahí. Y yo entendí que me estaba acompañando. Que me estaba diciendo “estoy contigo” sin necesidad de voz.

Cuando empecé a escribir en “Bienvenido a mi Blog” sobre la importancia de los gestos pequeños en nuestras relaciones humanas, me di cuenta de que era la misma lección que mi gato me daba. Los humanos también tenemos colas invisibles que se mueven, orejas que giran, parpadeos lentos. Solo que no sabemos leerlos.

Vivimos en una cultura donde todo debe explicarse, justificarse, traducirse. Pero los gatos nos muestran que también existe otro ritmo. Un ritmo en el que se puede estar sin explicar, acompañar sin hablar, cuidar sin intervenir. Y creo que ahí hay una lección profunda para nuestra generación, tan saturada de palabras y notificaciones.

Me gusta pensar que cuando aprendes a leer a un gato, también aprendes a leerte a ti mismo. Empiezas a notar tus propios gestos: cómo se tensan tus hombros, cómo se mueve tu respiración, cómo tu mirada cambia según tu estado de ánimo. Empiezas a entender que no todo es racional, que hay cosas que se sienten antes de nombrarse.

Y entonces, sin darte cuenta, también mejoras tus relaciones humanas. Porque leer a un gato te entrena para leer a tus amigos, a tu pareja, a tu familia. Te vuelve más empático, más paciente, más atento. Te enseña que detrás de un gesto puede haber cansancio, detrás de un silencio puede haber miedo, detrás de un “no” puede haber necesidad de espacio.

En mi blog personal he escrito sobre cómo la tecnología y la espiritualidad pueden convivir. Y creo que este tema de “leer” en vez de “exigir explicaciones” es un punto en común entre ambos mundos. La tecnología nos llena de datos, pero sin sensibilidad esos datos no tienen vida. Los gatos nos llenan de gestos, pero sin atención esos gestos se pierden. En ambos casos, la clave es aprender a interpretar.

Cuando pienso en todo esto, recuerdo a mi abuela diciéndome “no todo se dice con la boca”. En ese momento no lo entendía. Ahora, con mi gato, tiene todo el sentido. Porque la vida está llena de lenguajes silenciosos. Y aprender a leerlos es un acto de amor.

Los gatos no se explican. Se leen. Y al leerlos, no solo los conoces a ellos: también te conoces a ti.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

📲 WhatsApp directo: +57 310 450 7737
📘 Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo
🐦 Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo
💬 Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos
📢 Canal de Telegram: Únete aquí

— Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

sábado, 20 de septiembre de 2025

El abandono empieza mucho antes de que el gato salga por la puerta



Desde pequeño he escuchado historias de abandono animal. Imágenes duras: un gato dejado en una carretera, una caja en un parque, una puerta que se cierra. Esa idea se nos queda tan grabada que creemos que el abandono empieza en ese instante, en el momento visible. Pero con los años y con mi propio gato entendí algo que duele aún más: el abandono empieza mucho antes. Y muchas veces ocurre con el gato todavía dentro de casa.

Comienza en los pequeños gestos. Cuando dejamos de intentar entender por qué maúlla tanto. Cuando nos molesta que se esconda. Cuando pensamos “lo hace por fastidiar” en vez de “algo le pasa”. Cuando dejamos de hablarle, de mirarlo con la misma ternura. No es por falta de amor; es porque estamos cansados, saturados, porque no sabemos cómo ayudar. Pero el gato sigue ahí, esperando que volvamos a conectar, que le miremos otra vez como al principio. Sin reproches. Sin palabras. Solo esperando.

A veces pienso que en esto se parece mucho a las relaciones humanas. Cuando dejamos de escuchar de verdad a quien tenemos cerca, cuando lo damos por sentado, cuando no queremos ver su malestar porque nos confronta con nuestro propio cansancio. Me lo recordó un texto de “Mensajes Sabatinos”: “abandonar no siempre es soltar, a veces es dejar de mirar”. Esa frase se me quedó clavada porque refleja exactamente este proceso invisible.

Las estadísticas muestran que uno de los factores más comunes en el abandono animal es la falta de información. Muchas personas no abandonan a sus gatos por falta de amor, sino porque no saben cómo seguir queriéndolos bien cuando la convivencia se complica. Nadie les enseñó a leer sus señales, a acompañarlos, a sostener el vínculo cuando llegan los roces. Y en eso, creo que podemos aprender de la misma manera que aprendemos sobre vínculos humanos: con paciencia, con educación, con empatía.

En “Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías” hay reflexiones sobre cómo sostener relaciones más allá del cansancio. Me gusta esa idea porque nos recuerda que cuidar no es solo dar comida o techo, es acompañar en lo invisible. Con un gato, ese acompañar invisible puede ser sentarse al lado cuando está asustado, buscar un veterinario cuando su comportamiento cambia, hablarle aunque no responda, respetar sus tiempos de adaptación.

En redes sociales solemos ver videos de gatos adorables y graciosos, pero pocas veces vemos los momentos difíciles de la convivencia. Yo mismo he pasado por ellos: cambios de casa, estrés, comportamientos inesperados. He tenido que aprender que detrás de un arañazo puede haber miedo, que detrás de un esconderse puede haber dolor. Y cuando logro verlo así, algo cambia en mí. Ya no siento que me está “fallando” como compañero; siento que me está mostrando su vulnerabilidad.

La buena noticia es que hay herramientas y gente dispuesta a ayudar. Educadores felinos, veterinarios con enfoque conductual, comunidades online que comparten consejos basados en ciencia y experiencia. En “Bienvenido a mi blog” he escrito sobre cómo pedir ayuda no nos hace menos capaces, nos hace más humanos. Con los gatos es igual: pedir ayuda no es señal de fracaso, es señal de que queremos hacerlo bien.

Me gustaría que más personas entendieran que cuidar de un gato no es solo alimentarlo y limpiar su arenero. Es sostener un vínculo vivo, en constante cambio. Es aprender su lenguaje, su contexto, sus miedos y alegrías. Es aceptar que también podemos equivocarnos y que siempre es posible reconstruir. Porque sí, hay gatos que siguen en casa pero hace tiempo que se sintieron un poco solos. Y reconocerlo es el primer paso para cambiarlo.

Yo mismo he tenido momentos en que me sentí superado. Días de trabajo y estudio en los que llegaba tarde y no tenía energía para jugar con él o para prestarle atención. Y sin embargo, él seguía ahí, esperándome. Su paciencia me enseñó a no dar por sentado lo que amo. Me enseñó que puedo reparar, que puedo volver a mirar, que el abandono no tiene que ser destino.

Hay algo profundamente sanador en volver a conectar con un gato que pensabas distante. Basta con mirarlo a los ojos, con sentarte cerca sin esperar nada, con hablarle suavemente. Los gatos sienten ese cambio. Responden. Se acercan. El vínculo puede renacer. Y esa experiencia de reconstrucción no solo salva la relación con tu gato, también te transforma a ti.

Me gusta pensar que en este momento, mientras lees esto, ya estás haciendo algo distinto. Ya estás mirando con otra intención. Y eso cuenta. Porque la conciencia es el primer paso para cualquier cambio real. En “El blog Juan Manuel Moreno Ocampo” he compartido varias veces que la vida se transforma cuando dejamos de actuar en piloto automático. Lo mismo aplica aquí: si estás leyendo sobre abandono invisible, es porque ya no quieres repetirlo.

La próxima vez que escuches maullidos insistentes, antes de molestarte pregúntate qué necesita. La próxima vez que tu gato se esconda, en vez de asumir “me ignora”, piensa “quizá tiene miedo”. La próxima vez que te sientas superado, recuerda que pedir ayuda no te hace menos, te hace más responsable.

El abandono visible empieza con una puerta que se cierra. El abandono invisible empieza cuando dejamos de mirar. Pero también ahí podemos elegir. Podemos volver a mirar. Podemos volver a escuchar. Podemos reconstruir ese pequeño puente entre su mundo y el nuestro. Y en ese acto simple, hay algo profundamente humano, profundamente vivo.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

📲 WhatsApp directo: +57 310 450 7737
📘 Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo
🐦 Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo
💬 Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos
📢 Canal de Telegram: Únete aquí

— Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

viernes, 19 de septiembre de 2025

Tu gato es tu refugio



Hay días en los que siento que todo se desborda. Demasiados mensajes, demasiadas tareas, demasiadas expectativas. Me levanto temprano y ya tengo la sensación de que estoy corriendo detrás del reloj. Es como si el mundo entero fuera un feed infinito que no se acaba nunca. Y justo en esos días, cuando más saturado estoy, aparece mi gato. No hace ruido, no exige, no interrumpe. Solo llega. Se tumba cerca. Me mira con esos ojos que parecen saber algo que yo olvidé. Y, sin decir nada, me ayuda a respirar distinto.

Aprendí hace tiempo —leyendo en “Mensajes Sabatinos” y en conversaciones con mi abuela— que hay presencias que no se explican, se sienten. Mi gato es una de esas presencias. Y no es casualidad que en estudios científicos recientes se hable del efecto calmante que tienen los gatos sobre nosotros. No porque hagan trucos, sino por cómo están. Según investigaciones en la Universidad de Lincoln y la Universidad Estatal de Oregón, convivir con gatos disminuye los niveles de ansiedad y estrés, y favorece una regulación emocional más estable.

Cuando estoy frente al computador, con la espalda tensa y los ojos cansados, él se acerca y se acomoda al lado. Su respiración lenta contrasta con mi ansiedad acelerada. A veces parece decirme: “Ya está. No tienes que hacerlo todo ya.” Ese silencio es medicina. Es como volver a mí después de estar perdido en mil notificaciones.

En redes sociales veo cómo muchas personas romantizan tener un gato sin entender la profundidad de ese vínculo. No se trata solo de compañía. Es un intercambio de energía. Es un refugio mutuo. En “Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías” hay un texto sobre los refugios invisibles que me recuerda mucho a esto: cómo a veces lo que nos salva no es un consejo ni un discurso, sino una presencia tranquila que nos acompaña.

Mi gato no es “un animal que me hace compañía”. Es un regulador emocional con patas. Una presencia que me ayuda a volver a mí cuando el mundo me empuja a mil por hora. Y muchas veces ni siquiera se da cuenta. Solo lo hace. Porque puede. Porque me conoce. Porque me siente.

Quizá por eso tanta gente dice que los gatos llegan a tu vida cuando los necesitas. Y quizá por eso, tú y tu gato se tienen. Porque se entienden desde otro sitio, uno que no necesita explicaciones. Así que cuando me siento agotado, roto, saturado, lo miro, respiro y dejo que su silencio haga lo suyo. A veces, todo lo que necesito para empezar a estar mejor ya está en mi sofá, enrollado en forma de bolita.

Este aprendizaje con mi gato también me ha cambiado en cómo me relaciono con los demás. Me enseñó a no pedir demostraciones constantes, a valorar la simple compañía, a entender que el amor no siempre se expresa en palabras ni en grandes gestos. Me enseñó a respetar los tiempos de las personas, igual que respeto sus siestas. A no invadir. A no presionar. A aceptar. Y en ese aceptar, aparece la conexión real.

En “Bienvenido a mi blog” suelo escribir sobre esos pequeños momentos de pausa que necesitamos para volver al centro. Mi gato es mi maestro de pausas. Me muestra que la vida no tiene que ser siempre correr, producir, demostrar. A veces, estar es suficiente. A veces, un parpadeo lento significa más que un discurso entero.

Vivo en una generación que carga mucho estrés y muchas pantallas. Desde que nos levantamos hasta que dormimos, tenemos estímulos constantes. Y sin embargo, en medio de esa tormenta, un ser silencioso y peludo puede recordarnos cómo respirar. Puede parecer pequeño, pero no lo es. La regulación emocional es un proceso profundo, casi espiritual. En ese sentido, los gatos funcionan como anclas, como recordatorios de que hay otro ritmo posible.

Hace unos meses tuve un ataque de ansiedad. No podía dormir, me sentía sin aire. Me senté en el suelo de mi cuarto y mi gato vino, se me subió al regazo y empezó a ronronear. Ese ronroneo me sostuvo hasta que pude calmarme. No hizo nada más. No hubo palabras. Pero su calor, su vibración, su presencia fueron suficientes.

Es curioso cómo a veces necesitamos validación externa para creer en algo tan obvio. La ciencia ahora confirma lo que muchas personas ya sabían en su piel: convivir con gatos mejora la calidad de vida. Pero más allá de las cifras y los estudios, para mí es una verdad vivida: mi gato es mi refugio. Y yo, de alguna forma, también soy el suyo.

Cuando escribo sobre esto en mi blog personal, muchas personas me escriben contando historias parecidas. Gente que dice que su gato les salvó de una depresión, que les acompaña en duelos, que les hace sentir en casa después de un día duro. Y yo leo todo eso y pienso: hay algo profundamente humano en nuestra relación con los gatos. Algo que trasciende modas y memes.

Si estás leyendo esto y tienes un gato, quiero invitarte a mirarlo con ojos nuevos. No solo como una mascota, sino como un compañero emocional. Observa cómo llega cuando estás triste. Cómo se va cuando necesitas espacio. Cómo regresa sin que tengas que llamarlo. Cómo ronronea distinto según tu estado de ánimo. Hay un lenguaje silencioso ahí, un intercambio sutil que merece ser honrado.

Y si no tienes gato pero sientes curiosidad, piensa en lo que implica este tipo de vínculo. No es un amor posesivo ni inmediato. Es un amor que respeta, que espera, que se construye. En tiempos de gratificación instantánea, quizá eso sea lo que más necesitamos aprender.

Al final del día, cuando apago las pantallas y me siento en silencio, mi gato me recuerda que soy más que mis pendientes, más que mis miedos, más que mis métricas. Me recuerda que hay un lugar en mí que sigue intacto, un lugar que respira lento, que sabe estar presente. Ese lugar, al que regreso gracias a él, es mi verdadero refugio.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

📲 WhatsApp directo: +57 310 450 7737
📘 Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo
🐦 Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo
💬 Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos
📢 Canal de Telegram: Únete aquí

— Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

jueves, 18 de septiembre de 2025

No, tu gato no es indiferente



Desde que era niño me enseñaron que el amor se mide en gestos visibles. Mi abuela me decía que uno sabe que alguien lo quiere porque lo busca, lo abraza, lo llama, le escribe. Con los años aprendí que eso es cierto, pero también incompleto. Hay amores que se sienten sin ruido. Y los gatos son de esos amores.

Recuerdo la primera vez que vi a mi gato esperándome en la ventana. Yo tenía quince años, venía de un día difícil en el colegio, y verlo ahí, inmóvil pero atento, me dio una paz que ningún abrazo humano me había dado ese día. En ese momento entendí que su forma de decir “te quiero” no iba a ser obvia ni estridente, pero sí constante.

En redes sociales veo mucha gente que duda del amor de sus gatos. En TikTok, por ejemplo, circula el mito de que “los gatos no se encariñan tanto” o “son fríos por naturaleza”. Incluso algunos vídeos viralizan la idea de que los gatos son incapaces de formar un vínculo profundo. Esa narrativa, aunque suena popular, ignora lo que hoy sabemos por estudios más serios. La Universidad Estatal de Oregón publicó en 2019 un estudio sobre el apego de gatos y humanos, mostrando que más del 60% de los gatos exhiben un apego seguro con sus cuidadores, un porcentaje muy similar al de los perros y los bebés humanos.

Esto me hizo pensar en cómo, en nuestra sociedad hiperconectada y ruidosa, hemos confundido la intensidad con la profundidad. Un perro salta y ladra, un gato se queda cerca y parpadea lento. No son gestos menores. Son gestos distintos. Y aprender a leerlos nos cambia la relación.

En “Mensajes Sabatinos” leí hace poco una frase que me quedó resonando: “el amor verdadero no siempre necesita anunciarse, basta con estar”. Y cuando miro a mi gato dormido cerca de mí, siento esa frase hecha carne. Porque él no tiene que subirse a la mesa ni morder mis manos para demostrarme nada: su sola presencia me acompaña.

A veces pienso que los gatos son maestros silenciosos de un tipo de amor que no nos enseñaron en casa. Un amor que no pide performance, que no exige ser medido. En “Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías” se habla mucho de la importancia del silencio y de cómo lo divino se cuela en los espacios pequeños y cotidianos. Siento que ese mismo silencio es el que habita entre mi gato y yo cuando nos miramos sin decir nada.

Claro que mi gato no es un santo. Hay días en los que me ignora olímpicamente, o en los que su manera de jugar es arañar un sofá entero. Pero incluso en esos momentos, si observo bien, veo patrones. Cuando estoy triste, se acerca. Cuando estoy en la computadora muchas horas, se sienta detrás. Cuando llega alguien nuevo a casa, me mira antes para ver si está todo bien. Eso no es indiferencia. Eso es vínculo.

La ciencia del apego en gatos es todavía joven, pero nos da pistas. Kristyn Vitale y su equipo demostraron que los gatos prefieren interactuar con humanos antes que con comida o juguetes en ciertos contextos, algo impensable para quienes creen en el mito del gato antisocial. Y yo, desde mi experiencia, puedo decir que ese apego se nota en los detalles: en el parpadeo lento, en el ronroneo discreto, en cómo se acomodan en el mismo cuarto donde estás, aunque haya otros espacios más cómodos en la casa.

Me pregunto si nuestra dificultad para entender a los gatos no viene de la misma raíz que nuestra dificultad para entendernos a nosotros mismos. Crecimos en un mundo que nos exige respuestas rápidas, emociones en alta definición y gestos constantes. Pero la vida real, la que de verdad vale la pena, suele ocurrir en silencio. Así me lo han enseñado también las entradas de “Bienvenido a mi Blog”, donde se exploran esas pausas necesarias para volver al centro.

El amor de un gato no grita, no salta, no se agita. Se queda. Se tumba cerca. Te mira despacio. Parpadea lento. Te roza la pierna cuando estás triste. Se sienta justo donde tú vas a estar. Y eso, aunque no lo parezca, es vínculo del bueno.

Cuando escucho a alguien decir “es que mi gato es indiferente” pienso en cuántas veces los humanos confundimos independencia con falta de afecto. Los gatos, como muchas personas, necesitan su espacio para poder luego volver. No es frialdad, es ritmo. Y cuando respetas ese ritmo, cuando no presionas ni fuerzas, entonces aparece la magia: un vínculo auténtico, no un reflejo condicionado.

Este tipo de amor, tan discreto y paciente, me ha enseñado cosas que aplico también a mis relaciones humanas. Me ha enseñado que no todo se dice en voz alta, que hay gestos mínimos que pueden significar más que cien palabras. Me ha enseñado a no exigir demostraciones, sino a reconocer presencias. Y me ha enseñado que hay muchas formas de amar y de ser amado, todas válidas, todas preciosas.

A veces pienso que los gatos son un espejo de nuestra propia capacidad para amar sin condiciones. Si puedo aceptar a mi gato tal y como es, sin pretender que sea un perro ni que se comporte como yo espero, entonces puedo aprender a aceptar también a mis amigos, a mi familia, a mí mismo.

Hoy, mientras escribo esto en mi blog, mi gato está dormido al lado, con su respiración lenta y su patita apenas rozando mi pierna. Y pienso en toda la gente que necesita leer esto: que su gato sí los quiere, que no están locos, que ese parpadeo lento es un “te quiero” bajito, que ese ronroneo es un abrazo hecho sonido.

En un mundo donde todo se mide por métricas y likes, donde todo amor parece necesitar pruebas públicas, quizás el amor silencioso de un gato sea uno de los últimos lugares de intimidad verdadera. Y reconocerlo es también una forma de resistir al ruido, de volver al corazón.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

📲 WhatsApp directo: +57 310 450 7737
📘 Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo
🐦 Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo
💬 Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos
📢 Canal de Telegram: Únete aquí

— Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

miércoles, 17 de septiembre de 2025

Disforia sensible al rechazo: cuando la emoción se siente como un puño en el pecho



A veces me descubro en situaciones donde una palabra, un gesto o incluso un silencio me golpea más de la cuenta. Es como si dentro de mí hubiera un eco que amplifica cualquier señal de desaprobación. En TikTok y en muchas conversaciones en redes sociales se habla ahora de algo llamado “disforia sensible al rechazo”. El término suena técnico, pero en realidad describe algo muy humano: esa sensación de que el rechazo, la crítica o el simple cambio de planes no solo duelen, sino que desestabilizan toda tu emoción.

He leído sobre el tema y, aunque no es un diagnóstico oficial ni figura en manuales médicos, lo que plantea el psiquiatra Bill Dodson me parece útil. Él lo retoma para explicar algo que muchas personas con TDAH experimentan: un cambio abrupto de ánimo ante la percepción de rechazo. Sin embargo, al ver cómo se viraliza en redes, siento que se está usando como etiqueta para casi todo lo que duele emocionalmente. Y en mi experiencia, quedarse solo con la etiqueta puede ser peligroso, porque nos encierra en una identidad y nos impide ver que hay salidas y matices.

Cuando leí en “Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías” una reflexión sobre cómo interpretar las señales de la vida desde la fe y no desde el miedo, entendí que mi sensibilidad podía convertirse en un camino de autoconocimiento. Esa entrada hablaba de no asumir que todo es contra ti, sino de aprender a ver con otros ojos. Esa mirada me ha salvado más de una vez de quedarme atrapado en mis propios fantasmas.

La juventud de hoy —y lo digo porque yo también soy parte de ella— está aprendiendo a hablar de salud mental con menos vergüenza y más apertura. Eso es bueno. Pero también creo que tenemos que aprender a no confundir autocompasión con resignación. Tener sensibilidad no significa estar condenado a sufrirla sin herramientas. En mi caso, he empezado a practicar pausas conscientes. Cuando siento que una situación me dispara esa mezcla de ansiedad y tristeza, trato de respirar y recordarme que mi interpretación puede no ser toda la verdad.

La ciencia todavía no tiene un consenso sobre si la disforia sensible al rechazo es un fenómeno clínico independiente, pero sí hay evidencia de que la desregulación emocional es común en personas con TDAH y en contextos de estrés. Para mí, más allá del nombre, la clave está en reconocer que somos seres relacionales y que lo que más nos hiere es lo que más nos importa. Esa frase me la repetía mi abuela cuando me veía derrumbado porque algún amigo se alejaba o porque sentía que no encajaba.

Algunas personas me han escrito en mi blog personal contando que sienten vergüenza de su propia reacción. Y yo les respondo desde lo que vivo: no hay vergüenza en sentir intensamente; la vergüenza está en no reconocerlo y vivir en piloto automático. El reto está en aprender a poner distancia entre lo que pasa y cómo lo interpretamos. En terapia aprendí a decirme: “esto no es un ataque, es una situación”. Y poco a poco eso cambia todo.

Una de las prácticas más poderosas que descubrí es escribir sobre lo que siento. No escribir para publicar ni para recibir likes, sino para ordenar mis pensamientos. Escribir me permite ver patrones, entender qué cosas me detonan, y sobre todo encontrar palabras donde antes había solo nudos. Muchas de esas reflexiones luego terminan en entradas de “Bienvenido a mi blog” o en “Mensajes Sabatinos”, donde comparto fragmentos de espiritualidad y cotidianidad.

Sé que en redes sociales se repite mucho el consejo de “pon límites” o “aléjate de lo que te hace daño”. Pero yo he descubierto que no siempre puedo o quiero alejarme de lo que me importa. A veces el camino es justo el contrario: acercarme con más honestidad, aprender a comunicar mi vulnerabilidad y a escuchar al otro sin filtros. Si asumo que todo es rechazo, me pierdo la oportunidad de construir relaciones reales.

También creo que necesitamos modelos masculinos distintos. Crecí en un entorno donde a los hombres se nos decía que no lloráramos, que fuéramos fuertes, que no mostrásemos debilidad. Y ahora veo en mis amigos —y en mí mismo— los costos de esa narrativa. Hablar de sensibilidad y disforia sensible al rechazo también es cuestionar esos mandatos. Es decir en voz alta: yo también siento, yo también me quiebro, yo también necesito apoyo.

Al mismo tiempo, hay que reconocer que no todo es interno. Vivimos en una cultura hiperconectada, donde cada mensaje no respondido puede parecer un desprecio y donde cada “visto” puede interpretarse como abandono. TikTok, Instagram y las demás redes potencian esa vulnerabilidad porque nos dan una avalancha constante de microvalidaciones y microrechazos. Es fácil perderse en ese mar. Por eso, a veces, mi mayor acto de autocuidado es desconectarme, salir a caminar, mirar al cielo y recordar que mi vida no cabe en una pantalla.

No pretendo tener la respuesta definitiva sobre cómo manejar la disforia sensible al rechazo. Pero sí puedo compartir lo que a mí me ayuda:
—Reconocer que mi sensibilidad es también mi fuerza. Me hace creativo, empático y consciente.
—Buscar apoyo profesional sin vergüenza. La terapia no es solo para cuando estás “mal”; es un espacio para aprender de ti mismo.
—Practicar la autocompasión activa: no decir “así soy” como excusa, sino “así me siento” como punto de partida para crecer.
—Nutrirme de lecturas y reflexiones que me recuerdan que hay algo más grande que yo, algo que me sostiene incluso en mis momentos de tormenta.

Lo bonito de escribir esto ahora, a mis 21 años, es que me doy cuenta de que no estoy solo en este aprendizaje. Somos muchos los que estamos tratando de habitar un mundo complejo con corazones sensibles. Y eso, aunque duela, también es una oportunidad. Porque la sensibilidad bien entendida es la semilla de la empatía y de la transformación colectiva.

Cuando me siento al borde del colapso por una pequeña decepción, me repito esta frase que escribí hace poco en mi libreta: “No eres el rechazo que percibes, eres la vida que sigue pulsando dentro de ti”. Me la digo, respiro y trato de creerla. A veces funciona al instante, otras veces me toma días. Pero siempre, de algún modo, me devuelve a mí mismo.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

📲 WhatsApp directo: +57 310 450 7737
📘 Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo
🐦 Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo
💬 Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos
📢 Canal de Telegram: Únete aquí

— Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”