sábado, 14 de febrero de 2026

Entre papers y preguntas: lo que la ciencia universitaria dice de nuestro futuro



Hay temas que, aunque suenan técnicos o lejanos, en realidad hablan directamente de quiénes somos y de hacia dónde estamos caminando como sociedad. Cuando pensé en escribir sobre las universidades colombianas con más artículos científicos de impacto, no lo hice desde la frialdad de los rankings ni desde la obsesión por los números. Lo hice desde una pregunta mucho más humana: ¿qué dice la producción científica de un país sobre su forma de pensar, de cuidarse, de proyectarse y de creer en el futuro?

Crecí escuchando conversaciones en casa donde el conocimiento no era solo información, sino responsabilidad. Aprendí muy joven que estudiar no es acumular títulos, sino desarrollar criterio. Y hoy, con 21 años, veo cómo la ciencia, la academia y la investigación se han convertido en un campo de tensión constante entre lo que debería ser y lo que muchas veces termina siendo. Por eso quise volver a mirar este tema con ojos jóvenes, pero con los pies en la tierra.

La fuente base de este texto, un artículo publicado por El Tiempo sobre el trabajo de las universidades en la producción de artículos científicos, nos muestra un panorama claro: Colombia sí produce conocimiento. Sí investiga. Sí escribe. Universidades como la Universidad Nacional de Colombia, la Universidad de Antioquia, la Universidad de los Andes, la Pontificia Universidad Javeriana y la Universidad del Valle lideran históricamente los rankings de publicaciones científicas indexadas y citadas. Pero la pregunta real no es cuántos artículos publican, sino qué impacto real tiene ese conocimiento en la vida cotidiana del país.

Porque seamos honestos: durante años, la ciencia en Colombia ha vivido encerrada en sus propios círculos. Papers escritos en inglés, leídos por otros académicos, citados por investigadores que nunca han pisado los barrios, los hospitales públicos, las escuelas rurales o las pequeñas empresas que sostienen el país. Y aun así, ese conocimiento existe, se produce y, en muchos casos, tiene un valor enorme. El reto está en romper la burbuja.

Hoy, en 2026, el escenario es distinto al de hace una década. La ciencia ya no puede darse el lujo de ser lenta, distante o desconectada. La inteligencia artificial, la crisis climática, la salud mental colectiva, la transformación digital, la protección de datos personales y la ética tecnológica están exigiendo respuestas rápidas, responsables y profundamente humanas. Y ahí es donde las universidades colombianas están siendo llamadas a algo más grande que publicar por publicar.

La Universidad Nacional, por ejemplo, sigue siendo el corazón académico del país. No solo por volumen de publicaciones, sino por la diversidad de temas que aborda: desde ciencias duras hasta estudios sociales, ambientales y culturales. La Universidad de Antioquia ha demostrado una capacidad impresionante para conectar investigación con territorio, especialmente en salud, biotecnología y ciencias sociales. Los Andes y la Javeriana han sabido posicionarse a nivel internacional, dialogando con centros de investigación globales, pero también enfrentan el desafío de no desconectarse de la realidad nacional.

Lo interesante es que, en los últimos años, ha comenzado a emerger una conversación distinta: ya no basta con publicar en revistas de alto impacto; ahora se habla de impacto social, de transferencia de conocimiento, de ciencia abierta y de responsabilidad ética. Esto conecta mucho con reflexiones que he leído y vivido en espacios como Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com), donde se insiste en que el conocimiento sin conciencia puede volverse peligroso. Y también con textos de Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com), que nos recuerdan que todo saber debe estar al servicio del ser humano, no al revés.

Además, hay un tema que atraviesa silenciosamente la producción científica actual: la gestión de los datos. La investigación moderna se sostiene sobre información masiva, bases de datos, historiales clínicos, registros sociales y patrones de comportamiento. Y aquí aparece una responsabilidad enorme que muchas veces se ignora. No todo lo que se puede investigar, se debe investigar sin límites. La protección de datos personales, el consentimiento informado y la ética digital son hoy inseparables de la ciencia. Este enfoque lo he visto trabajado con mucha claridad en espacios como Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales (https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com), donde se insiste en que el avance tecnológico sin protección de la dignidad humana es un retroceso disfrazado de progreso.

También me parece clave hablar de algo que rara vez aparece en los rankings: quiénes están produciendo ciencia. Aunque cada vez hay más jóvenes investigadores, muchos de ellos viven en condiciones de precariedad, contratos temporales, presión por publicar y poca estabilidad emocional. El famoso “publica o muere” no solo afecta la calidad del conocimiento, sino la salud mental de quienes investigan. Y esto no es un dato menor. La ciencia no debería construirse desde el agotamiento permanente, sino desde la curiosidad, el cuidado y el sentido.

En este punto, no puedo dejar de conectar esta reflexión con lo que se conversa en Organización Empresarial TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com), donde se plantea que tanto las empresas como las universidades necesitan estructuras más humanas, más conscientes y menos obsesionadas con el resultado inmediato. La academia no es una fábrica de papers; es un espacio vivo donde se forman personas que luego toman decisiones que afectan a millones.

Otro aspecto que ha cambiado el panorama es la tecnología. Hoy, un artículo científico ya no es solo un PDF estático. Puede convertirse en un repositorio abierto, en un video explicativo, en un modelo interactivo o en una conversación pública. Las universidades que están entendiendo esto no solo publican más, sino que comunican mejor. Y comunicar ciencia es, en sí mismo, un acto profundamente político y ético.

Me gusta pensar que estamos entrando en una etapa donde la ciencia colombiana puede reconciliarse con la sociedad. Donde los artículos no se escriban solo para sumar puntos en un escalafón, sino para responder preguntas reales: ¿cómo cuidamos mejor nuestra salud mental?, ¿cómo producimos sin destruir?, ¿cómo educamos en un mundo hiperconectado?, ¿cómo usamos la inteligencia artificial sin perder humanidad?

Desde mi propia experiencia, leyendo y escribiendo en El blog Juan Manuel Moreno Ocampo (https://juanmamoreno03.blogspot.com), he aprendido que el conocimiento más valioso no siempre es el más citado, sino el que transforma silenciosamente la forma en que alguien vive, decide o se relaciona con los demás. Y eso también es impacto, aunque no siempre aparezca en las métricas.

Finalmente, creo que hablar de las universidades con más artículos científicos de impacto es, en el fondo, hablar de qué tipo de país queremos ser. Un país que investiga solo para figurar, o uno que investiga para sanar, comprender y construir. Un país donde la ciencia esté desconectada de la espiritualidad y la ética, o uno donde ambas dialoguen sin miedo. En esto último he encontrado mucha inspiración en Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com), porque nos recuerda que la fe, la ciencia y la conciencia no tienen por qué ser enemigas.

No tengo respuestas definitivas. Solo certezas parciales y muchas preguntas. Pero sí creo algo con convicción: la ciencia que no se humaniza, se vacía; y la juventud que no se cuestiona, se adormece. Ojalá las universidades sigan produciendo conocimiento, pero sobre todo, ojalá sigan formando personas capaces de sostenerlo con ética, sensibilidad y responsabilidad.

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✒️ — Juan Manuel Moreno Ocampo

“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.” 

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