La primera vez que escuché la frase “la Tierra podría dejar de ser un lugar seguro para los humanos” sentí una incomodidad difícil de explicar. No fue miedo inmediato. Fue algo más silencioso. Una especie de golpe interno, como cuando uno se da cuenta de que algo que siempre creyó estable ya no lo es tanto.
Crecí escuchando que el planeta era resistente. Que siempre encontraba la forma de recuperarse. Que los humanos éramos pequeños frente a su inmensidad. Hoy, a mis 21 años, esa idea se siente incompleta. No falsa, pero sí peligrosa cuando se usa como excusa para no hacernos responsables.
No estamos hablando de un futuro lejano ni de ciencia ficción. Estamos hablando de señales que ya están aquí: temperaturas récord, fenómenos climáticos extremos, escasez de agua en regiones donde antes sobraba, ciudades que se vuelven inhabitables por el calor, por la contaminación o por la desigualdad que se intensifica cuando el entorno colapsa.
Y lo más inquietante no es solo lo que pasa afuera. Es lo que pasa adentro de nosotros mientras todo esto ocurre.
Vivimos hiperconectados, informados en tiempo real, pero emocionalmente desconectados. Sabemos que el planeta está en crisis, pero seguimos con la rutina como si fuera un problema ajeno, como si no nos atravesara directamente. Tal vez porque aceptar la gravedad real de la situación nos obligaría a cambiar. Y cambiar incomoda.
La fuente base de este tema, publicada en Portafolio, habla de límites planetarios que están siendo superados: clima, biodiversidad, ciclos del agua, uso del suelo, contaminación. No como una advertencia moral, sino como un diagnóstico científico. Lo que me impacta es que no se habla de “posibles riesgos”, sino de umbrales que, una vez cruzados, no garantizan retorno.
Nos dijeron que estudiáramos, que nos preparáramos para el futuro. Pero pocas veces nos hablaron de cuidar el suelo sobre el que ese futuro se construye. Nos enseñaron a competir, a producir, a crecer. Rara vez a detenernos, a escuchar, a reparar.
En mi entorno familiar aprendí algo distinto. Aprendí que todo sistema que ignora sus límites termina colapsando. Lo he visto en personas, en empresas, en relaciones. Y ahora lo vemos a escala planetaria.
El problema no es solo ambiental. Es cultural, espiritual, económico y ético.
Cuando una sociedad pone el crecimiento económico por encima de la vida, el resultado no es progreso, es desgaste. Cuando se explotan recursos sin pensar en las próximas generaciones, se rompe un pacto silencioso con quienes aún no han nacido. Y cuando normalizamos vivir en ciudades contaminadas, con estrés constante y desconexión emocional, empezamos a aceptar lo inaceptable.
La Tierra no se está “vengando”. No es un castigo. Es una respuesta lógica. Un sistema presionado más allá de su capacidad de carga reacciona. Siempre lo hace.
Y sin embargo, hay algo que no aparece suficiente en los titulares: la capacidad humana de corregir el rumbo. No desde la culpa paralizante, sino desde la conciencia activa.
No todo está perdido. Pero nada se va a arreglar solo.
Mi generación vive una contradicción fuerte. Por un lado, heredamos un planeta golpeado. Por otro, tenemos herramientas que ninguna generación anterior tuvo: información, tecnología, capacidad de organización colectiva. El problema es que muchas veces usamos esas herramientas para distraernos, no para transformarnos.
La tecnología puede ayudarnos a mitigar el daño, sí. Pero no puede reemplazar la conciencia. No puede enseñarnos a cuidar si seguimos pensando que todo es descartable: objetos, personas, territorios.
Y aquí entra algo que pocas veces se menciona en estos debates: la espiritualidad. No como religión impuesta, sino como conexión profunda con algo más grande que uno mismo.
Cuando uno entiende eso, muchas decisiones cambian. Cambia la forma de consumir. Cambia la forma de producir. Cambia incluso la forma de relacionarse con los demás.
Porque un planeta inseguro no solo genera crisis ambientales. Genera crisis sociales. Migraciones forzadas. Conflictos por recursos. Aumento de la desigualdad. Y, finalmente, más violencia.
No es casualidad que muchos jóvenes hoy se sientan ansiosos, cansados, desconectados. Vivimos con la sensación de que algo no cuadra. De que el modelo que nos vendieron no es sostenible ni afuera ni adentro.
No necesitamos héroes perfectos. Necesitamos personas conscientes. Jóvenes y adultos que entiendan que cada elección suma o resta. Que el futuro no se delega. Se construye.
No escribo esto desde el miedo. Lo escribo desde la responsabilidad que siento como parte de una generación que no puede darse el lujo de mirar hacia otro lado. Desde la convicción de que aún podemos cambiar el rumbo, pero solo si dejamos de vivir en automático.
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