Hay temas que llegan a uno no porque sean tendencia, sino porque tocan algo más profundo. A mí me pasó con los pugs. No porque tenga uno —aunque he convivido con varios— sino porque representan una contradicción muy humana: amar algo que, en el fondo, sabemos que está sufriendo por decisiones que no tomó. Cuando leí el artículo de El Tiempo que afirmaba que la salud de un pug es tan mala que “no se puede considerar un perro típico”, no sentí rabia, ni sorpresa. Sentí tristeza. Y también responsabilidad.
Crecí en una casa donde los animales no eran accesorios ni “mascotas bonitas para la foto”. Eran seres vivos, con carácter, con silencios, con días buenos y malos. Aprendí, sin que nadie me lo explicara con palabras técnicas, que convivir con otro ser implica cuidado consciente. Con los años, mientras el mundo se llenaba de filtros, de estéticas exageradas y de decisiones tomadas por likes, empecé a notar algo inquietante: incluso el amor se volvió superficial. Amamos lo que se ve tierno, no siempre lo que está bien.
El pug es el ejemplo perfecto de eso. Su cara aplastada, sus ojos grandes, su cuerpo compacto… todo lo que lo hace “adorable” es, al mismo tiempo, lo que le provoca dificultades para respirar, para regular su temperatura, para correr, para vivir con plenitud. No es culpa del perro. Nunca lo es. Es consecuencia de décadas de cruces selectivos hechos para complacer gustos humanos, no necesidades biológicas. Y eso, si uno lo piensa con calma, se parece demasiado a muchas dinámicas de nuestra sociedad.
No escribo esto desde una postura moralista. Tampoco para señalar con el dedo a quienes aman profundamente a sus pugs. El amor existe, es real, y muchos cuidadores hacen todo lo posible por darles una buena vida. Pero amar también es cuestionar. Amar es preguntarse si lo que estamos perpetuando es justo. Si lo que defendemos por costumbre o por estética realmente honra la vida.
Vivimos en una época donde la conciencia ha empezado a despertar en muchos frentes. Hablamos de salud mental, de sostenibilidad, de ética tecnológica, de protección de datos, de derechos. En ese contexto, también deberíamos hablar con más honestidad de bienestar animal. No desde el escándalo, sino desde la reflexión. Porque así como cuestionamos sistemas que enferman a las personas, también deberíamos cuestionar prácticas que normalizan el sufrimiento de otras especies.
Hace un tiempo leí en Todo En Uno.NET una reflexión sobre cómo la tecnología no es el problema, sino el criterio con el que se usa (https://todoenunonet.blogspot.com). Esa idea se me quedó grabada. Hoy la aplico a esto: no es el pug el problema. Es el criterio con el que decidimos seguir reproduciendo ciertas razas sin replantearnos las consecuencias. El problema no es el amor, es el amor sin conciencia.
El artículo de El Tiempo no exagera. Estudios veterinarios actuales confirman que los pugs y otras razas braquicéfalas presentan tasas altísimas de problemas respiratorios, cardíacos, oculares y neurológicos. Muchos necesitan cirugías solo para poder respirar mejor. Otros viven con fatiga constante, intolerancia al ejercicio y estrés térmico. ¿Te imaginas vivir así desde que naces y que aun así te llamen “afortunado” porque alguien te eligió por lo bonito que te ves?
Aquí es donde a mí se me cruza algo más profundo, algo que va más allá de los perros. Vivimos diseñando realidades a nuestra medida, sin preguntarnos a quién dejamos sin aire en el proceso. Diseñamos cuerpos, expectativas, modelos de éxito, algoritmos, vidas enteras. Y cuando algo no encaja, lo maquillamos. Como si la forma pudiera esconder el fondo.
En casa, muchas de estas conversaciones se han dado de manera natural. No como debates, sino como preguntas. Mi papá siempre ha escrito sobre conciencia, sobre criterio, sobre responsabilidad personal y colectiva, y eso se filtra en todo. En Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com) hay textos que hablan de detenerse, de observar, de no tragar entero. Yo crecí leyendo eso, discutiéndolo, cuestionándolo. Y hoy, desde mi lugar, intento seguir ese hilo, pero con mi voz, con mis dudas, con mi edad.
También me he encontrado reflexiones similares en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com), donde se invita a mirar la vida con más pausa, con menos ruido. Y creo que eso es lo que nos falta cuando hablamos de temas como este: pausa. No reaccionar desde la culpa ni desde la moda, sino desde una ética cotidiana.
No se trata de cancelar razas ni de señalar personas. Se trata de informarnos mejor antes de decidir. De promover la adopción responsable. De apoyar criaderos éticos que prioricen la salud sobre la apariencia, o incluso de aceptar que algunas prácticas deberían transformarse radicalmente. De entender que no todo lo que se ha hecho “siempre” está bien solo por tradición.
En Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales (https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com) se habla mucho de responsabilidad demostrada. De cómo no basta con decir “yo cuido”, sino que hay que demostrarlo con hechos, con procesos, con decisiones coherentes. Esa lógica también aplica aquí. Decir que amamos a los animales no es suficiente si nuestras decisiones siguen alimentando sistemas que los dañan.
La espiritualidad, para mí, no está desconectada de estos temas. Al contrario. Creer en algo más grande —llámalo Dios, conciencia, energía, vida— implica reconocer que no somos el centro de todo. En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com) se habla de esa relación íntima entre fe y responsabilidad. De cómo creer no es dominar, sino cuidar. Y cuidar, muchas veces, implica renunciar a lo que nos gusta si eso causa daño.
Yo no tengo todas las respuestas. Tengo 21 años, estoy aprendiendo, contradiciéndome, cambiando de opinión. Pero sí tengo algo claro: no quiero vivir anestesiado. No quiero aceptar como normal lo que claramente no lo es. No quiero amar sin pensar. Y no quiero quedarme callado cuando algo me incomoda, aunque sea pequeño, aunque sea “solo un perro”.
Porque no es solo un perro. Es un síntoma. Es un espejo. Es una invitación a revisar cómo tomamos decisiones, qué priorizamos, a quién escuchamos. Es una oportunidad para ser un poco más humanos, paradójicamente, cuidando mejor a quienes no tienen voz.
Si llegaste hasta aquí, tal vez también sentiste ese nudo en el pecho. O tal vez te molestó un poco lo que leíste. Ambas cosas están bien. Las conversaciones importantes no siempre son cómodas. Pero sí necesarias.
Agendamiento: Whatsapp +57 310 450
7737
Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo
Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo
Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros
grupos
Grupo de WhatsApp: Unete a nuestro
Grupo
Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal
Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo
👉 “¿Quieres más tips como
este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario