Crecí rodeado de pantallas, pero no de la manera en que muchos imaginan. En mi casa la tecnología nunca fue un fin, sino un medio. Un puente. A veces una excusa para conversar, otras una puerta abierta para cuestionarnos el mundo. Por eso, cuando leí sobre la llamada receta sueca para dominar el mundo de los videojuegos, no pude evitar sentir que el tema iba mucho más allá de consolas, gráficos o cifras millonarias. En realidad, hablaba de cultura, de mentalidad, de cómo una sociedad decide confiar en su gente joven y dejarla crear sin pedirle permiso al miedo.
Suecia no es solo el país de Minecraft, Spotify o Spotify Wrapped que todos compartimos a final de año. Es también la cuna de estudios como DICE, Mojang, Paradox Interactive, King o Avalanche Studios. Empresas que, sin hacer tanto ruido como Silicon Valley, terminaron moldeando la forma en que millones de personas jugamos, aprendemos y hasta nos relacionamos. Y eso no es casualidad.
Mientras muchos países siguen viendo los videojuegos como una pérdida de tiempo o un “vicio moderno”, Suecia los entendió temprano como una expresión cultural legítima. Como una industria creativa. Como un lenguaje. Y ahí está, creo yo, una de las claves más profundas: cuando una sociedad valida lo que aman sus jóvenes, no solo los escucha, los potencia.
Lo sueco no es solo tecnología. Es confianza.
Desde muy joven entendí algo gracias a conversaciones familiares y silencios bien observados: la confianza no se decreta, se construye. Suecia apostó durante décadas por una educación pública sólida, acceso temprano a computadores, internet casi universal y espacios donde experimentar no era castigado, sino celebrado. No se trataba de crear “genios”, sino de permitir que la curiosidad hiciera su trabajo.
Muchos de los desarrolladores suecos que hoy lideran estudios globales crecieron en los años noventa, cuando el acceso a computadores personales y redes locales era casi un juego comunitario. Hackear, modificar, probar… aprender haciendo. No había esa obsesión por “monetizarlo todo” desde el día uno. Primero venía el disfrute, luego el negocio. Y eso cambia todo.
Hoy, con 21 años, me pregunto cuántos talentos se nos están escapando en Latinoamérica por no entender esto. Cuántos jóvenes brillantes terminan apagando su creatividad porque alguien les dijo que “eso no da plata”, que “mejor estudie algo serio”, que jugar o programar es perder el tiempo. Y sin darnos cuenta, estamos cerrando puertas que podrían abrir mundos enteros.
Videojuegos, pero también identidad
Los videojuegos no son solo entretenimiento. Son narrativas, decisiones morales, trabajo en equipo, frustración, paciencia, estrategia. Son una forma de ensayar la vida. Yo he aprendido más sobre cooperación, liderazgo y límites jugando que en muchas charlas motivacionales vacías.
En Suecia, el gaming se integró a la identidad cultural sin culpa. No es raro ver adultos hablando de juegos con la misma naturalidad con la que hablan de cine o literatura. Eso reduce la brecha generacional y evita que los jóvenes sientan que viven en un mundo incomprendido.
Cuando un país deja de pelear contra lo inevitable y decide comprenderlo, suele liderar. Suecia no prohibió, acompañó. No satanizó, educó. Y los resultados están ahí.
Allí he escrito sobre identidad, tecnología, silencio, fe y contradicciones, porque no somos una sola cosa, somos muchas al mismo tiempo.
El Estado, el mercado y algo más invisible
La receta sueca también incluye políticas públicas inteligentes, apoyo a la innovación, impuestos que regresan en forma de bienestar y una relación menos hostil entre Estado y emprendedores. Pero sería un error pensar que todo se explica desde lo económico.
Hay algo más sutil: una ética colectiva basada en la responsabilidad. Si tienes acceso, se espera que lo aproveches. Si sabes, compartes. Si creas, respondes por lo que creas. Esa mentalidad atraviesa el desarrollo de videojuegos y explica por qué muchas empresas suecas piensan en comunidades antes que en usuarios, en experiencias antes que en adicción pura.
No todo lo que brilla es oro digital. Y Suecia, curiosamente, ha logrado avanzar sin perder del todo esa brújula ética.
Espiritualidad en tiempos de píxeles
Puede sonar extraño mezclar videojuegos y espiritualidad, pero para mí tiene todo el sentido. Crear mundos, reglas, decisiones y consecuencias es, en cierta forma, jugar a ser conscientes de nuestras elecciones. Cada partida es una metáfora: no siempre ganas, no siempre controlas todo, pero siempre aprendes algo.
Suecia entendió que permitir a sus jóvenes crear mundos digitales no los alejaba de la realidad, sino que les daba herramientas para transformarla. Tal vez ahí está otra lección incómoda para nosotros: no es la tecnología la que nos desconecta, es la falta de sentido con la que la usamos.
¿Y ahora qué hacemos con esto?
No todos vamos a crear el próximo Minecraft. Y está bien. El punto no es copiar a Suecia, sino aprender de su actitud. Preguntarnos qué pasaría si confiáramos un poco más en la curiosidad de los jóvenes, si dejáramos de medir todo solo en términos de rentabilidad inmediata, si entendiéramos que jugar también es una forma seria de aprender.
Como joven colombiano, me debato entre la esperanza y la frustración. Veo talento de sobra, pero también muchos miedos heredados. Sin embargo, cada vez que alguien se atreve a crear sin pedir permiso, a pensar distinto, a unir tecnología con humanidad, siento que no todo está perdido.
Tal vez no se trata de dominar el mundo de los videojuegos. Tal vez se trata de no perder el mundo mientras jugamos.
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