Hay noticias que uno lee rápido y olvida, y hay otras que se quedan rondando la cabeza todo el día, como una canción suave que no sabes de dónde salió, pero no quieres que se acabe. Cuando leí sobre el beso que detuvo el tráfico, no lo sentí como una anécdota romántica más para adornar una sección de estilos de vida. Lo sentí como una sacudida silenciosa. Una de esas historias pequeñas que, sin querer, te obligan a mirarte por dentro y preguntarte en qué momento nos volvimos tan apurados, tan distraídos, tan desconectados de lo esencial.
Un beso. Dos personas. Una calle cualquiera. Carros pitando, gente llegando tarde, semáforos cambiando de color. Y de repente, el mundo se frena. No porque haya un accidente, no porque algo se haya roto, sino porque alguien decidió sentir. Decidió quedarse ahí, en el instante, sin pedir permiso, sin calcular consecuencias. Un beso que no estaba programado en la agenda de nadie, pero que terminó siendo más importante que cualquier reunión.
Y yo me pregunto: ¿cuándo fue la última vez que algo así nos pasó a nosotros? No hablo solo de besar a alguien, sino de permitirnos vivir algo tan presente que todo lo demás pierda importancia por unos segundos. En una época donde todo se mide en productividad, en métricas, en “qué tanto avanzaste hoy”, un beso que detiene el tráfico es casi un acto de rebeldía.
Tengo 21 años y, aunque muchos creen que la juventud vive sin pensar, la verdad es que mi generación piensa demasiado. Pensamos el futuro, pensamos el fracaso, pensamos la comparación constante. Pensamos si vamos bien, si vamos tarde, si estamos haciendo lo correcto. Y en medio de todo ese ruido mental, a veces olvidamos lo básico: sentir sin culpa.
Crecí escuchando historias de mi familia, relatos donde el amor no era perfecto, pero sí real. Donde la vida no se entendía del todo, pero se vivía con lo que había. He leído textos que hablan de conciencia, de espiritualidad, de presencia, como muchos de los que habitan en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/), donde no se nos invita a correr más rápido, sino a caminar con sentido. Y creo que ese beso tiene mucho de eso: presencia.
Porque hoy vivimos en una sociedad que corre incluso cuando no sabe hacia dónde. Corremos detrás de títulos, de seguidores, de estabilidad, de reconocimiento. Corremos incluso en el amor. Queremos relaciones que no duelan, que no incomoden, que no nos obliguen a detenernos. Y cuando algo nos frena —una emoción fuerte, una pérdida, un beso inesperado— lo vemos como un estorbo, no como una señal.
El artículo que inspiró esta reflexión habla de un beso que se volvió viral, que generó sonrisas, críticas, comentarios. Algunos lo vieron como algo romántico, otros como una imprudencia. A mí me parece una metáfora perfecta de nuestro tiempo. Porque hoy, detenerse es casi un pecado. Parar es sinónimo de atraso. Sentir es visto como debilidad. Y sin embargo, ¿qué nos queda si no sentimos?
Desde que estoy más cerca de la tecnología —no solo usándola, sino observando cómo nos moldea— he entendido que no es mala en sí misma. Lo peligroso es cuando dejamos que nos robe la capacidad de estar presentes. En TODO EN UNO.NET (https://todoenunonet.blogspot.com/) se habla mucho de cómo la tecnología debe estar al servicio de la vida y no al revés. Y eso aplica también para lo emocional. No podemos optimizar el amor como si fuera un algoritmo. No podemos medir un beso en likes sin perder su esencia.
Ese beso que detuvo el tráfico no fue eficiente. No fue práctico. No fue “correcto” desde la lógica de la ciudad. Pero fue profundamente humano. Y creo que eso es lo que incomoda. Nos recuerda que no todo lo valioso es rentable, ni todo lo importante es urgente.
He pensado mucho en cómo se conecta esto con la espiritualidad. No desde una religión específica, sino desde esa sensación profunda de estar vivos. En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/) se repite una idea que me acompaña siempre: la vida no se trata solo de entender, sino de confiar. Confiar en que detenerse también es avanzar. Confiar en que sentir no nos quita fuerza, sino que nos devuelve humanidad.
Vivimos tan pendientes de cumplir que olvidamos habitarnos. Nos levantamos pensando en lo que falta, no en lo que ya somos. Y así, poco a poco, vamos dejando de besar la vida. Dejamos de mirarnos a los ojos. Dejamos de escuchar sin mirar el celular. Dejamos de abrazar sin apuro.
No es casualidad que este tipo de historias nos conmuevan. Algo dentro de nosotros sabe que hemos ido demasiado rápido durante demasiado tiempo. Algo se cansa. Algo pide pausa. Y a veces esa pausa llega en forma de un beso en medio de una calle.
También pienso en lo colectivo. En cómo, como sociedad, necesitamos más momentos que nos frenen sin violencia, sin tragedia. Momentos que nos recuerden que estamos juntos en esto. Que no somos solo individuos compitiendo por llegar primero. Que somos personas compartiendo el mismo camino, aunque a veces no sepamos a dónde va.
En Organización Empresarial TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/) se habla de liderazgo consciente, de decisiones con sentido humano. Y aunque suene extraño, creo que ese beso también es una forma de liderazgo. Liderar es atreverse a mostrar que hay otras maneras de estar en el mundo. Que no todo se resuelve corriendo. Que a veces, detenerse es el acto más valiente.
No quiero romantizarlo todo. La vida duele, cansa, exige. Hay cuentas que pagar, responsabilidades que asumir, realidades que no se pueden ignorar. Pero incluso en medio de eso, hay espacio para un beso. Para una pausa. Para un momento que nos devuelva al cuerpo y al presente.
Yo escribo desde mis contradicciones. Desde mis ganas de cambiar el mundo y mis días en los que apenas puedo conmigo mismo. Desde mi fe y mis dudas. Desde la juventud que quiere comerse el futuro y la madurez temprana que entiende que no todo es carrera. Y por eso esta historia me tocó. Porque me recordó que no quiero llegar rápido a ninguna parte si en el camino me olvido de vivir.
Tal vez no todos podamos detener el tráfico con un beso. Pero sí podemos detenernos un segundo antes de responder con rabia. Sí podemos detenernos para escuchar de verdad. Sí podemos detenernos para agradecer. Sí podemos detenernos para sentir.
Y quizás, si más personas se atrevieran a esos pequeños actos de presencia, el mundo no sería más lento, sino más humano.
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