sábado, 10 de enero de 2026

Cuando un gato llega a casa, algo en ti también aprende a vivir distinto



Desde que tengo memoria, los gatos han sido una especie de espejo silencioso. No hablan como los humanos, no explican lo que sienten con palabras largas ni justifican sus silencios, pero están ahí, observándolo todo, recordándonos que la vida no siempre necesita ruido para ser profunda. Tal vez por eso, cuando alguien decide tener su primer gato, no solo está adoptando una mascota: está aceptando una pequeña lección diaria sobre respeto, paciencia, límites y presencia.

La guía clásica sobre cómo criar un primer gato —como la que circula en medios tradicionales— suele hablar de errores comunes, cuidados iniciales, alimentación, visitas al veterinario y cajas de arena. Todo eso es importante, claro que sí. Pero siento que hay algo que casi nunca se dice y que, con el paso del tiempo, he entendido desde la convivencia real: criar un gato también es un proceso de crianza personal. El gato no llega a adaptarse solo a tu casa; tú también tienes que adaptarte a su forma de habitar el mundo.

Uno de los primeros errores que cometemos, sobre todo cuando venimos de criar perros o de una cultura muy humana-céntrica, es pensar que el gato “debe” comportarse como esperamos. Queremos que sea cariñoso cuando nosotros queremos, que juegue cuando tenemos tiempo, que no se suba a ciertos lugares, que entienda nuestras reglas. Pero el gato no llega como una hoja en blanco. Llega con instinto, con memoria genética, con una lógica propia. Y ahí aparece la primera lección: no todo en la vida existe para complacernos.

Los gatos necesitan tiempo. Tiempo para explorar, para oler, para esconderse, para observar desde lejos. Forzar el contacto, cargarlos apenas llegan a casa o exponerlos a demasiadas personas en los primeros días suele generar estrés, miedo y desconfianza. Esto no es solo un consejo veterinario; es una metáfora perfecta de nuestras relaciones humanas. ¿Cuántas veces hemos invadido procesos ajenos por ansiedad, por apego, por necesidad de afecto inmediato?

En casa aprendí que respetar el ritmo del gato es un acto de amor. Preparar un espacio tranquilo, permitirle tener refugios, entender que esconderse no es rechazo sino autoprotección. Ese aprendizaje, curiosamente, conecta mucho con reflexiones que he leído y vivido en textos como los de Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/), donde se habla de procesos, de no forzar la vida, de entender que cada ser tiene su propio tiempo de florecer.

Otro error frecuente es subestimar la importancia del entorno. Un gato no necesita solo comida y agua; necesita estímulos. Rascar no es un “mal comportamiento”, es una necesidad biológica. Saltar, trepar, observar desde lo alto, cazar juguetes imaginarios… todo eso forma parte de su equilibrio emocional. Cuando no lo entendemos, castigamos lo que no deberíamos castigar y luego nos preguntamos por qué el gato está agresivo o distante.

Aquí hay algo profundo: muchas veces castigamos en otros lo que simplemente no entendemos. En vez de adaptar el entorno, exigimos adaptación unilateral. Y eso, tarde o temprano, rompe vínculos. En el mundo organizacional pasa lo mismo, algo que se analiza desde otra perspectiva en Organización Empresarial TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/), donde se insiste en que los sistemas deben diseñarse para las personas, no al revés. Con los gatos ocurre exactamente igual.

La alimentación es otro punto clave que suele abordarse de forma técnica, pero que tiene una dimensión ética. No todo lo que vende el mercado es bueno. Un gato es un carnívoro estricto, y darle comida inadecuada por comodidad o desconocimiento puede afectar su salud a largo plazo. Aquí aparece una responsabilidad silenciosa: cuando adoptamos, asumimos el cuidado integral de otro ser vivo. No es solo “quererlo”, es informarse, invertir, priorizar.

Este tema de la responsabilidad consciente conecta mucho con lo que se reflexiona en Todo En Uno.NET (https://todoenunonet.blogspot.com/), donde se habla de decisiones cotidianas, de tecnología, de vida moderna, pero siempre desde una pregunta de fondo: ¿somos realmente conscientes de las consecuencias de lo que hacemos?

También está el tema de la salud y las visitas veterinarias. Muchos esperan a que algo “grave” pase para actuar. Pero los gatos, por naturaleza, esconden el dolor. Cuando muestran síntomas, a veces ya es tarde. Vacunarlos, desparasitarlos, esterilizarlos no es exageración, es prevención. Y la prevención, en cualquier ámbito de la vida, siempre es un acto de amor maduro, no de miedo.

Hay otro error más sutil, casi invisible: proyectar nuestras emociones en el gato. Pensar que nos “ignora”, que es “frío”, que “no nos quiere”. El gato demuestra afecto de formas distintas: se queda cerca, duerme en el mismo espacio, parpadea lentamente, te da la espalda en señal de confianza. Aprender a leer ese lenguaje es aprender a escuchar sin palabras. Algo que, curiosamente, también se trabaja desde la espiritualidad cotidiana que se comparte en Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/), donde se recuerda que no todo mensaje llega con ruido.

Convivir con un gato también confronta nuestras contradicciones. Queremos independencia, pero nos duele cuando no nos buscan. Decimos amar la libertad, pero nos incomoda no tener control. El gato te enseña que el amor no se exige, se ofrece. Que el vínculo auténtico nace del respeto mutuo, no de la imposición.

En lo personal, escribir sobre esto me ha hecho conectar con reflexiones que he ido dejando en El blog Juan Manuel Moreno Ocampo (https://juanmamoreno03.blogspot.com/), donde muchas veces hablo de crecer, de observar la vida desde lo simple, de aprender de lo cotidiano. Un gato no es un accesorio, es un maestro silencioso. Te obliga a bajar el ritmo, a observar, a aceptar que no todo gira alrededor de ti.

Incluso desde lo simbólico, el gato representa algo poderoso: presencia. Está donde está. No vive en el pasado ni en el futuro. Y eso, en una sociedad hiperconectada, ansiosa y saturada, es casi un acto revolucionario. Algo muy alineado con los mensajes breves pero profundos que se encuentran en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/), donde se invita a pausar, a reflexionar, a mirar hacia adentro.

Criar a tu primer gato no es seguir una lista de chequeo. Es aprender a convivir con otro ser desde la conciencia. Es equivocarse, corregir, observar, volver a intentar. Es aceptar que no todo se controla, que el amor verdadero no es posesión, y que incluso en el silencio hay compañía.

Si estás a punto de adoptar o acabas de hacerlo, o si ya convives con un gato y sientes que algo de esto te resonó, tal vez la pregunta no sea solo “¿estoy cuidando bien a mi gato?”, sino también “¿qué me está enseñando esta convivencia sobre mí?”.

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Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

viernes, 9 de enero de 2026

Cuando inventamos nuevas razas de perros, ¿qué estamos buscando en realidad?


 

A veces siento que hablar de perros es hablar de nosotros mismos sin darnos cuenta. De nuestras búsquedas, de nuestras contradicciones, de esa necesidad casi ancestral de crear compañía, sentido y vínculo en un mundo que cada vez corre más rápido. Cuando leí sobre las “nuevas razas de perros” que están surgiendo en distintas partes del mundo, no pude quedarme solo con la curiosidad genética o con el dato curioso para redes sociales. Algo más profundo me hizo ruido por dentro. Porque detrás de cada nueva raza no hay solo ciencia, cruces o estándares… hay historias humanas, miedos, deseos, mercado, afecto y, muchas veces, soledad.

Crecí en una casa donde los animales no eran accesorios ni caprichos. Eran presencia. Eran parte del ritmo cotidiano. Un perro no era “la mascota”, era el que escuchaba sin juzgar, el que se quedaba cuando todos se iban, el que sentía antes de que uno hablara. Tal vez por eso, hoy, a mis 21 años, me cuesta mirar el tema de las nuevas razas sin preguntarme qué dice eso de nosotros como sociedad. ¿Estamos creando perros para acompañarnos mejor… o para llenarnos vacíos que no sabemos nombrar?

Las nuevas razas no aparecen de la nada. No es que un día el mundo amaneció con un tipo distinto de perro porque sí. Surgen de cruces intencionales, de laboratorio, de selección genética pensada para responder a estilos de vida muy concretos. Perros más pequeños para apartamentos diminutos. Perros hipoalergénicos para personas que aman la idea del vínculo pero no toleran el pelo. Perros con menos instinto, menos energía, menos “animalidad”, porque el mundo urbano ya no sabe qué hacer con lo salvaje.

Y ahí es donde me entra una sensación ambigua. Por un lado, admiro la capacidad humana de adaptación, de buscar soluciones, de usar la ciencia para convivir mejor. Pero, por otro, me pregunto si no estamos domesticando demasiado… incluso aquello que nos recordaba que no todo se puede controlar.

Algunas de estas nuevas razas vienen de mezclas entre perros muy populares. Otras nacen del cruce entre perros y lobos, buscando rasgos estéticos más “exóticos”. Hay razas creadas para ser más tranquilas, más obedientes, más “instagramables”. Y aunque no tiene nada de malo querer compartir la vida con un perro que se ajuste a tu entorno, la pregunta incómoda sigue ahí: ¿estamos pensando primero en el bienestar del animal o en nuestra comodidad?

En estos años, mientras escribo y reflexiono, he aprendido que casi todo lo que creamos dice algo de nuestras prioridades. Así como en el mundo empresarial muchas decisiones se toman pensando más en la rentabilidad que en el impacto humano —tema que he visto de cerca y que también se reflexiona desde espacios como https://organizaciontodoenuno.blogspot.com—, en el mundo animal pasa algo parecido. Hay criaderos responsables, conscientes, éticos. Pero también hay una industria que ve perros como productos, como tendencias pasajeras, como bienes de consumo.

Y no puedo evitar unir los puntos. Vivimos en una época donde todo parece diseñado para durar poco. Relaciones rápidas. Contenido efímero. Vínculos reemplazables. ¿Será que incluso el perro, ese símbolo ancestral de lealtad, está empezando a ser tratado con la misma lógica?

Al mismo tiempo, sería injusto quedarme solo en la crítica. También he visto historias hermosas detrás de nuevas razas. Personas que, desde el amor genuino, han buscado crear perros más sanos, con menos enfermedades hereditarias, con mejores condiciones de vida. Razas pensadas no para exhibirse, sino para acompañar terapias, apoyar personas con discapacidad, o simplemente ofrecer compañía real a quienes viven solos. Ahí la intención cambia todo.

Y es que la intención siempre lo cambia todo. No es lo mismo crear desde el vacío que desde la conciencia. No es lo mismo querer un perro para llenar un feed que querer un perro para compartir silencios.

En uno de mis escritos personales en https://juanmamoreno03.blogspot.com he hablado de cómo los vínculos verdaderos no se fuerzan, se cultivan. Con los perros pasa igual. No importa si es una raza ancestral o una mezcla reciente: lo que transforma la relación es el tiempo, la presencia, la coherencia entre lo que damos y lo que exigimos.

Hoy también hay un componente tecnológico inevitable en todo esto. Pruebas genéticas, selección avanzada, monitoreo de salud, control de linajes. La tecnología no es el problema en sí. El problema aparece cuando olvidamos que, detrás de cada algoritmo o cruce planificado, hay un ser vivo que siente, que se estresa, que necesita más que alimento y vacunas. Algo parecido a lo que pasa con los datos personales cuando se gestionan sin ética, tema que también he visto abordarse con profundidad en https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com. No todo lo técnicamente posible es moralmente correcto.

Me gusta pensar que los perros, incluso los “nuevos”, siguen siendo maestros silenciosos. Nos muestran lo que significa estar presentes. Nos enseñan a no complicar tanto las cosas. A celebrar lo simple. A esperar sin rencor. Tal vez por eso, en un mundo tan saturado de ruido, siguen siendo refugio.

También creo que estas nuevas razas nos obligan a hacernos preguntas incómodas pero necesarias. ¿Estamos preparados para asumir la responsabilidad completa de un ser que depende de nosotros? ¿O solo queremos la parte bonita del vínculo? ¿Entendemos que un perro no es un accesorio emocional sino una vida con necesidades propias?

En espacios más espirituales, como los que se comparten en https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com o en https://escritossabatinos.blogspot.com, se habla mucho de coherencia, de respeto por la creación, de cuidado mutuo. Y aunque a veces parezcan temas lejanos de algo tan “cotidiano” como un perro, para mí están profundamente conectados. Cómo tratamos a los animales dice mucho de cómo nos tratamos entre nosotros y de cómo entendemos nuestro lugar en el mundo.

No se trata de satanizar las nuevas razas ni de idealizar el pasado. Se trata de mirar con más conciencia. De informarnos. De elegir con responsabilidad. De preguntarnos si estamos listos para cuidar, no solo para poseer.

Tal vez el verdadero reto no sea de dónde vienen estas nuevas razas, sino hacia dónde vamos nosotros como humanidad. Si seguiremos creando desde la prisa o si aprenderemos a crear desde el cuidado. Si veremos a los perros como compañía viva o como soluciones a medida. Si entenderemos que el amor no se diseña, se practica.

Yo, por ahora, sigo aprendiendo. Observando. Preguntándome. Y agradeciendo cada vez que un perro —sin importar su raza— me recuerda que la vida no necesita tantas explicaciones para ser sentida.


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jueves, 8 de enero de 2026

Cuando un gato te elige: lecciones de paciencia, cuidado y presencia al criar a tu primer compañero



Hay momentos de la vida en los que uno no busca respuestas grandes, sino compañía silenciosa. A veces llega en forma de una conversación inesperada, otras veces en una noche larga frente al computador, y muchas veces —más de las que admitimos— llega en forma de un gato que aparece sin hacer ruido y decide quedarse. No porque se lo pidas, sino porque te elige.

Hablar de la crianza del primer gato en casa no es solo hablar de arena, comida o juguetes. Es hablar de límites, de respeto, de aprender a convivir con otro ser vivo que no entiende de órdenes, pero sí de energía. Yo lo aprendí desde muy joven, observando en casa cómo los animales no se adaptan a nosotros, sino que nos obligan a adaptarnos a ellos. Y eso, en un mundo que corre tan rápido, es una lección profunda.

Muchos artículos —como el que recientemente circuló en El Tiempo— hablan de errores comunes y cuidados básicos. Y sí, son necesarios. Pero hoy, con más información disponible, con mayor conciencia sobre bienestar animal y con una generación que empieza a cuestionarlo todo, vale la pena ir un poco más allá. Porque criar un gato no es un checklist, es un proceso de transformación personal.

El primer error que solemos cometer es creer que un gato es “fácil”. Que porque no hay que sacarlo a pasear, entonces no requiere atención. Esa idea sigue muy presente y es injusta. Un gato necesita presencia, aunque no la exija. Necesita que respetes su espacio, pero también que estés disponible. Es una relación curiosa: cuanto menos lo fuerzas, más se acerca. Y eso, curiosamente, se parece mucho a las relaciones humanas sanas.

Recuerdo haber leído reflexiones similares en Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/), donde se habla de los vínculos desde la observación cotidiana, sin adornos. Criar un gato es, en esencia, aprender a observar. A entender que no todo se controla, que no todo se explica, que hay silencios que también comunican.

Otro error frecuente es humanizarlos en exceso. Vestirlos, cargarlos cuando no quieren, obligarlos a interactuar. No porque sea malintencionado, sino porque proyectamos. El gato no necesita ser un humano pequeño; necesita ser gato. Necesita trepar, esconderse, rascar, mirar por la ventana durante horas. Cuando no le damos eso, no solo se estresa él: nos frustramos nosotros.

Aquí entra algo que se conecta mucho con lo que he leído y escrito en El blog Juan Manuel Moreno Ocampo (https://juanmamoreno03.blogspot.com): aprender a convivir sin invadir. En una sociedad donde todo compite por atención, un gato te enseña que el amor no siempre es ruido. A veces es simplemente compartir el mismo espacio sin exigencias.

Los cuidados iniciales, claro, son importantes. Una visita temprana al veterinario, vacunas al día, desparasitación, esterilización responsable. Hoy ya no es opcional: es parte del compromiso ético. También lo es elegir una alimentación adecuada, no solo la más barata. La salud a largo plazo del gato depende mucho de esas decisiones tempranas, algo que hoy está respaldado por estudios actuales sobre nutrición felina y bienestar animal.

Pero hay un cuidado del que poco se habla: el emocional. Un gato recién llegado está desubicado. No entiende por qué cambió todo. Algunos se esconden días, otros maúllan sin parar. Y ahí es donde muchos se rinden. “Es que no se deja”, “es muy arisco”, “no es cariñoso”. Pero, ¿y si el problema no es el gato, sino nuestra prisa?

Vivimos apurados. Queremos resultados inmediatos, incluso en el afecto. Un gato te obliga a bajar el ritmo. A respetar los tiempos del otro. A entender que la confianza no se compra ni se exige. Se construye. Esta idea aparece mucho en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/), donde se habla de la paciencia como acto espiritual cotidiano, no como discurso religioso, sino como práctica real.

También está el error de no preparar el entorno. Un gato no “se adapta solo”. Necesita espacios verticales, zonas seguras, lugares donde sentirse dueño. No se trata de llenar la casa de cosas caras, sino de pensar el hogar desde otra mirada. Algo muy parecido a lo que se plantea en Organización Empresarial TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/) cuando se habla de diseñar espacios que respeten a las personas. Cambia personas por animales y la lógica sigue funcionando.

Hay quienes se sorprenden cuando el gato rasca muebles o tira cosas. Pero rara vez se preguntan si el entorno estaba preparado para su naturaleza. No es rebeldía: es instinto. Y cuando entiendes eso, dejas de pelear y empiezas a ajustar. Esa transición —de imponer a comprender— es una de las grandes enseñanzas que deja convivir con un animal.

En los últimos años también ha crecido la conciencia sobre la responsabilidad legal y ética. El abandono animal ya no se mira igual. Y menos mal. Así como hablamos de protección de datos o de responsabilidad empresarial en espacios como Cumplimiento Habeas Data (https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com/), también deberíamos hablar de responsabilidad afectiva con los animales. Adoptar no es una moda. Es una decisión de largo plazo.

Criar un gato siendo joven, en medio de estudios, trabajo, redes sociales y ruido digital, es casi un acto de resistencia. Te obliga a volver al presente. A observar cómo duerme, cómo se estira, cómo te mira sin juzgar. Y en esos momentos entiendes algo que no te enseñan en ninguna guía: el gato no vino a llenar tu casa, vino a acompañar tu proceso.

En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/) se habla mucho de las señales pequeñas, de cómo lo sagrado no siempre llega en formas grandiosas. A veces llega en cuatro patas, con bigotes, y se acurruca al lado tuyo cuando no estás bien, sin saber por qué.

No todo será perfecto. Habrá pelos, arañazos, gastos inesperados, noches interrumpidas. Pero también habrá calma, presencia y una forma distinta de sentir compañía. Criar un gato no te hace mejor persona automáticamente, pero sí te pone frente a tus propias incoherencias. Y si estás dispuesto a aprender, te transforma.

Tal vez por eso siento que este tema va más allá de errores y cuidados. Habla de cómo vivimos, de cómo nos relacionamos, de qué tan dispuestos estamos a cuidar sin controlar. Y eso, para alguien de mi generación, es una pregunta urgente.

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miércoles, 7 de enero de 2026

Ellos sienten primero lo que nosotros ignoramos: cuando las mascotas se convierten en la voz de nuestra salud



En estos días he pensado mucho en cómo el mundo que habitamos nos atraviesa sin pedir permiso. No solo a nosotros, también a los seres que caminan a nuestro lado sin discursos, sin ideologías, sin redes sociales. Las mascotas. Los perros que nos esperan aunque lleguemos tarde, los gatos que parecen indiferentes pero saben exactamente cuándo algo no anda bien, las aves que dejan de cantar cuando el aire pesa más de la cuenta. No es una idea romántica ni una metáfora bonita: en un mundo cada vez más tóxico, nuestras mascotas se están convirtiendo en verdaderos centinelas silenciosos de nuestra salud.

Leí hace poco un análisis que hablaba de cómo los animales domésticos empiezan a mostrar síntomas de enfermedades respiratorias, dérmicas o neurológicas antes que nosotros, cuando hay contaminación del aire, del agua o del entorno químico del hogar. Y no pude evitar pensar que, otra vez, la vida nos está hablando en voz baja… y seguimos sin escuchar. Nos preocupa el último modelo de celular, el rendimiento del algoritmo, la productividad, el dinero, pero no el aire que respiran quienes duermen a nuestros pies.

Crecí viendo cómo un perro se enfermaba antes de que la familia entendiera que el agua del barrio estaba contaminada. En ese momento nadie habló de “centinelas biológicos”, ni de estudios científicos. Solo hubo una intuición: algo aquí no está bien. Hoy, años después, la ciencia confirma lo que la experiencia cotidiana ya nos había enseñado. Los cuerpos más sensibles reaccionan primero. Y las mascotas, por su tamaño, su metabolismo y su exposición constante al suelo, al aire y a los productos que usamos, se convierten en una especie de alarma viva.

Lo duro es que muchas veces esa alarma suena… y la apagamos. Cambiamos de veterinario, damos otro medicamento, culpamos a la edad o a la “mala suerte”. Pero rara vez nos preguntamos qué está pasando con el entorno que compartimos. Qué detergentes usamos. Qué pesticidas entran a la casa. Qué tan limpio está el aire de la ciudad que respiramos todos los días. En ese silencio incómodo hay una verdad que duele: si nuestras mascotas enferman, nosotros también estamos siendo afectados, solo que más lento.

Vivimos en una época obsesionada con el control. Controlar datos, controlar procesos, controlar personas. Pero hemos perdido el control de lo esencial: la relación con el entorno. Y aquí es donde todo se conecta. La salud no es solo ir al médico o al veterinario. Es un sistema completo que incluye decisiones cotidianas, políticas públicas, conciencia ambiental y responsabilidad colectiva. Algo que he leído muchas veces en espacios de reflexión más profundos, como los textos que encuentro en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com), donde se insiste en que la vida siempre nos habla primero desde lo simple, desde lo cotidiano.

Las mascotas no saben de contaminación industrial ni de microplásticos, pero sus cuerpos lo sienten. No saben de estrés crónico, pero lo absorben cuando el hogar está cargado de tensión. No entienden de economía, pero sufren cuando el barrio no tiene árboles, cuando el ruido es constante, cuando el agua sabe raro. Ellas no separan lo físico de lo emocional. Y tal vez ahí está la lección más grande: nosotros sí lo separamos… y por eso enfermamos más lento, pero más profundo.

También hay algo espiritual en todo esto. No en un sentido religioso rígido, sino en esa idea sencilla de interconexión. Nada vive aislado. Nada se enferma solo. En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com) se repite una idea que me acompaña mucho: cuando una parte del sistema se rompe, todo el sistema lo siente. Las mascotas no son “propiedad”. Son parte del sistema vivo que habitamos. Y cuando ellas caen, es una señal, no un accidente.

La tecnología, paradójicamente, puede ayudarnos a ver lo que estamos ignorando. Hoy existen sensores de calidad del aire, análisis de agua accesibles, estudios sobre químicos domésticos. Pero la tecnología sin conciencia es solo otro objeto más. Lo he leído también en reflexiones sobre transformación y responsabilidad que aparecen en TODO EN UNO.NET (https://todoenunonet.blogspot.com), donde se insiste en que el progreso real no es solo digital, sino humano y ético. No sirve de nada tener datos si no estamos dispuestos a cambiar hábitos.

A veces pienso que las mascotas nos conocen mejor que nosotros mismos. Saben cuándo estamos tristes, cuándo estamos ausentes, cuándo algo se está descomponiendo por dentro. Y ahora, además, nos están mostrando cuándo el mundo que construimos se vuelve inhabitable. Es fuerte aceptarlo, porque implica asumir responsabilidad. Implica dejar de mirar solo hacia afuera y empezar a preguntarnos qué estamos permitiendo en nuestros hogares, en nuestras ciudades, en nuestra forma de vivir.

No es casual que en muchos hogares las alergias, los problemas respiratorios o las enfermedades autoinmunes aparezcan primero en animales y luego en personas. No es casual que los veterinarios estén viendo patrones que antes no existían. No es casual que cada vez se hable más de “One Health”, esa idea de que la salud humana, animal y ambiental son una sola. Lo casual es que sigamos actuando como si no fuera con nosotros.

Este tema también toca algo generacional. Mi generación heredó un mundo más informado, pero también más contaminado. Sabemos más, pero respiramos peor. Tenemos más conciencia, pero menos tiempo para detenernos. Y en medio de todo eso, las mascotas se convierten en un espejo incómodo. Ellas no pueden irse a otra ciudad, no pueden filtrar su agua, no pueden elegir. Dependen de nosotros. Y eso, nos guste o no, nos convierte en responsables.

He aprendido, leyendo y viviendo, que la verdadera madurez no está en tener todas las respuestas, sino en hacerse las preguntas correctas. ¿Por qué mi mascota se enfermó? ¿Qué hay en mi entorno que no estoy viendo? ¿Qué decisiones pequeñas puedo cambiar hoy? Estas preguntas no son solo veterinarias, son humanas. Son sociales. Son espirituales. Son profundamente políticas, aunque no se mencionen en ningún debate.

También hay algo de esperanza en todo esto. Si las mascotas pueden ser centinelas de lo que está mal, también pueden ser guías hacia lo que podemos mejorar. Cambiar productos, ventilar mejor, informarnos, exigir entornos más sanos, reconectar con lo natural. Pequeños gestos que, sumados, transforman más de lo que creemos. Lo he visto reflejado en muchas reflexiones personales que encuentro en Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com), donde la vida se entiende como un proceso de ajustes constantes, no como una línea recta.

Tal vez el problema no es que el mundo sea tóxico. Es que normalizamos la toxicidad. Normalizamos el aire sucio, el estrés permanente, la desconexión con lo vivo. Y cuando alguien —o algo— se enferma, lo vemos como un fallo individual, no como una señal colectiva. Las mascotas nos están invitando a romper esa normalización. A escuchar antes de que el daño sea irreversible.

No escribo esto desde una postura de superioridad moral. También vivo en ciudades contaminadas. También uso productos cuestionables. También me distraigo. Pero cada vez me convenzo más de que la conciencia empieza por observar. Por no ignorar lo que duele. Por no callar lo que incomoda. Por entender que cuidar a una mascota no es solo alimentarla y llevarla al veterinario, sino preguntarse qué mundo le estamos ofreciendo para vivir.

Tal vez, al final, ellas no vinieron solo a acompañarnos. Vinieron a advertirnos. A mostrarnos que el cuerpo habla antes que la mente. Que la vida avisa antes de colapsar. Que aún estamos a tiempo de cambiar, si estamos dispuestos a escuchar a quienes no tienen voz, pero sí una presencia inmensa.

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martes, 6 de enero de 2026

La clase que no nos enseñaron a tiempo (y que hoy Colombia necesita por ley)



En los últimos tiempos, cada vez más se habla sobre la necesidad de integrar ciertos contenidos dentro de la educación de los colegios colombianos, pero hoy quiero hablar de algo que, más que una discusión académica, debe ser un acto de justicia social y transformación real. Y es que, por ley, se debe incluir una clase fundamental en la que no solo se trate de la transmisión de conocimientos, sino de una verdadera conexión con la sociedad y el contexto que nos rodea: la clase de educación financiera.

El artículo 67 de nuestra Constitución, que establece que el Estado debe garantizar la educación básica y media, nos invita a reflexionar sobre cómo los avances sociales, económicos y tecnológicos que vivimos a diario requieren que el sistema educativo no solo se limite a enseñar ciencias, literatura o matemáticas, sino que también nos prepare para la vida. Y la vida, en gran parte, se desarrolla entre la economía, el dinero, la planificación y la administración personal. ¿Pero por qué es importante que los jóvenes se eduquen en estos temas desde el colegio?

Para empezar, la falta de educación financiera ha sido una de las causas principales de la desigualdad y las dificultades económicas de muchas familias en Colombia. La tasa de pobreza sigue siendo alarmante, y uno de los problemas recurrentes es la mala administración de los recursos. Si los jóvenes aprenden a manejar sus finanzas desde pequeños, pueden evitar los errores que a menudo se cometen cuando el acceso a créditos, inversiones y ahorros se presenta por primera vez, sin tener las herramientas adecuadas para enfrentarlos.

En mi experiencia, que como joven colombiano he visto cómo mis compañeros lidian con estas temáticas sin la menor preparación, me parece urgente que esta clase sea parte esencial del currículo escolar. No solo se trata de enseñar matemáticas aplicadas a las finanzas o conceptos económicos básicos, sino de generar conciencia sobre la importancia del ahorro, la inversión, la planificación financiera, e incluso la gestión de emociones que intervienen en las decisiones económicas. A mí me ha tocado ver cómo muchos de nosotros no entendemos cómo las pequeñas decisiones cotidianas tienen un impacto directo en nuestra estabilidad financiera.

Es curioso cómo nuestra sociedad parece dar por sentados muchos de estos aspectos. Nadie nos enseña cómo hacer un presupuesto personal, o cómo planificar nuestros gastos a largo plazo, o lo que significa realmente tener independencia financiera. Crecemos bajo la idea de que la educación es solo un espacio para adquirir conocimientos de ciencias exactas o humanísticas, pero en la práctica, la educación financiera se convierte en una habilidad crucial para vivir de forma plena y consciente.

Más allá de los beneficios inmediatos que tendría esta clase en los jóvenes, este conocimiento les brindaría una herramienta vital para tomar decisiones informadas, tanto a nivel personal como profesional. Les permitiría entender las implicaciones de un crédito, saber cómo calcular sus impuestos, comprender la inflación, la deuda y hasta cómo invertir de manera responsable en el mercado de valores. Esto no solo les proporcionaría estabilidad financiera, sino también les daría una mayor confianza y responsabilidad en su relación con el dinero.

En Colombia, la situación con las finanzas personales es crítica, pero las políticas públicas parecen no darle suficiente atención al tema. Por ejemplo, estudios recientes revelan que una gran parte de los colombianos no tienen ahorros ni están preparados para afrontar emergencias económicas, a pesar de que el país ha atravesado crisis sanitarias, políticas y económicas. En este sentido, es fundamental que desde la educación básica se empodere a los jóvenes con la capacidad de tomar decisiones económicas conscientes.

Al integrar la educación financiera en las aulas, no solo cambiaríamos la perspectiva que tienen los jóvenes sobre el dinero, sino que les estaríamos dando una herramienta de vida real, que les permitirá tomar mejores decisiones a lo largo de su existencia. Para mí, la clave está en conectar con la realidad del día a día. Es aprender a vivir el dinero como algo que no solo sirve para comprar cosas, sino que, bien administrado, puede ser una herramienta para alcanzar objetivos, mejorar la calidad de vida y contribuir al bienestar de la sociedad.

A veces siento que vivimos en una sociedad donde muchos estamos viviendo "en automático", sin reflexionar sobre el impacto de nuestras decisiones. Eso no quiere decir que no podamos cambiarlo, pero sí implica un proceso de transformación de pensamiento y acción. Si empezamos con una educación financiera desde el colegio, generaremos una generación más consciente, más responsable y más capaz de enfrentar los desafíos económicos, en lugar de caer en los ciclos de consumo desmedido que solo nos llevan a la pobreza.

Lo más hermoso de esto es que, como jóvenes, tenemos una oportunidad única de no repetir los errores de generaciones anteriores. Si estamos informados, si estamos conectados con los temas que realmente impactan nuestras vidas, podemos ser agentes de cambio no solo para nosotros, sino para toda nuestra sociedad. La educación financiera es mucho más que una clase obligatoria: es un acto de empoderamiento, una herramienta de transformación personal y social.

Si bien hoy esta materia parece ser aún una discusión en muchos sectores, yo creo firmemente que este tipo de educación debe ser no solo una opción, sino una obligación. No es posible que sigamos permitiendo que los jóvenes crezcan sin herramientas vitales para su desarrollo, como si el dinero fuera un tema tabú. La clase de educación financiera debe ser una oportunidad de crecimiento, de conciencia, y de conexión con el futuro que estamos construyendo.

La ley que promueve la educación financiera en los colegios es, sin duda, un paso fundamental. Pero no debemos conformarnos con ello; debemos exigir que, además de ser una obligación, sea impartida de manera dinámica, creativa y aplicable a la realidad de los estudiantes. Porque al final, las herramientas que nos dan para entender el mundo son las que realmente nos permiten cambiarlo.

A mí, personalmente, me ha tocado comprender estas cosas a través de la experiencia. Pero ¿qué tan diferente habría sido si, en lugar de aprender solo en la práctica, hubiera tenido esta educación desde joven? Con esta reflexión me quedo, invitándote a pensar si, en tu entorno, estás haciendo algo para promover estos cambios.

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lunes, 5 de enero de 2026

Preferirían que no lo supiéramos: cuando la búsqueda espiritual olvida el respeto por la vida



Hay historias que parecen sacadas de un documental extraño, de esos que uno ve de madrugada y que lo dejan pensando más de la cuenta. Cuando leí por primera vez sobre estos sapos que producen sustancias psicodélicas, mi reacción no fue curiosidad morbosa ni ganas de “saber qué se siente”. Fue incomodidad. Una sensación rara, como cuando te das cuenta de que algo profundamente vivo está siendo reducido a un titular llamativo, a un objeto de consumo espiritual, a una moda más.

Vivimos en una época donde todo quiere ser experiencia. Todo quiere ser intenso, transformador, “expandir la conciencia”. Y no estoy en contra de eso. Al contrario, como joven nacido en 2003, he crecido rodeado de discursos sobre despertar, sanar, romper patrones, conectar con algo más grande. Pero también he aprendido, muchas veces por choque, que no todo lo profundo se puede forzar, ni todo lo sagrado se puede extraer, vender o viralizar sin consecuencias.

Estos sapos —que muchos conocen solo como “el sapo del 5-MeO-DMT”— no saben que son tendencia. No saben que hay personas viajando miles de kilómetros para ordeñarlos, secarlos, estresarlos, todo en nombre de una experiencia mística de quince minutos. Ellos solo existen. Respiran. Se defienden como pueden. Y preferirían, sinceramente, que nadie los estuviera persiguiendo por lo que producen en su piel.

Ahí es donde algo dentro de mí se activa. Porque esto no es solo una historia sobre psicodelia. Es una historia sobre cómo los humanos, incluso cuando hablamos de espiritualidad, seguimos repitiendo los mismos patrones de siempre: apropiarnos, explotar, romantizar, justificar. Cambian los discursos, pero no siempre cambia la conciencia.

Me pregunto mucho por qué sentimos tanta urgencia de alterar nuestra mente para sentir que estamos vivos. Tal vez porque nos cuesta habitar lo cotidiano. Tal vez porque el silencio asusta. Tal vez porque nos desconectamos tan profundamente de nosotros mismos que necesitamos un atajo químico para volver a sentir algo real. No juzgo. Yo también he sentido ese vacío. Esa sensación de que la vida va rápido, de que el mundo pesa, de que la mente no para.

Pero hay una diferencia enorme entre buscar profundidad y consumirla.

En mi casa siempre se habló mucho de responsabilidad. No solo legal, no solo empresarial, sino ética. Crecí escuchando conversaciones donde se cruzaban la tecnología, la psicología, la espiritualidad y el respeto por los procesos humanos. Eso me marcó. Me hizo entender que no todo lo posible es correcto, y que no todo lo “natural” es automáticamente bueno cuando se saca de su contexto.

En uno de los textos que más me han acompañado en momentos de preguntas profundas, publicado en Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/), se habla de algo que parece simple pero no lo es: la relación entre fe, respeto y coherencia. No se trata de dogmas, sino de conciencia. De entender que la vida no es un buffet espiritual donde tomamos lo que nos sirve y descartamos lo demás sin mirar el impacto.

Porque sí, estos sapos tienen compuestos poderosos. La ciencia lo ha estudiado. No es un mito urbano. Pero también la ciencia —la seria, la ética— advierte sobre los riesgos, tanto para las personas como para las especies. La extracción indiscriminada, el tráfico, el estrés extremo al que se somete a estos animales, está afectando ecosistemas completos. Y eso casi nunca aparece en los reels de Instagram ni en los testimonios épicos de “renací en 10 minutos”.

Hay algo profundamente contradictorio en decir que buscas expansión de conciencia mientras ignoras el sufrimiento que causas para obtenerla.

Esta historia me conecta con algo más grande: la forma en que tratamos todo lo que consideramos “recurso”. Datos, personas, animales, naturaleza, incluso nuestras propias emociones. Lo veo también en el mundo digital, en cómo se recolecta información personal sin pensar en la dignidad detrás de cada dato. En Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales (https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com/) hay reflexiones muy claras sobre cómo el respeto no es un trámite, sino una postura ética. Y aunque parezca que no tiene nada que ver con un sapo psicodélico, para mí está todo conectado.

Es la misma lógica extractiva, solo que con otro disfraz.

Me preocupa que mi generación, tan sedienta de sentido, caiga en la trampa de creer que la profundidad siempre viene de afuera. Que la conciencia se compra. Que el despertar es inmediato. Que no hay que hacerse cargo del proceso. Cuando en realidad, muchas de las experiencias más transformadoras que he vivido no han sido espectaculares ni “alucinantes”. Han sido silenciosas. Incómodas. Lentas.

Conversaciones difíciles. Duelos. Cambios de mirada. Preguntas que no se responden rápido.

En Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/) hay textos que hablan de ese ritmo distinto, de una espiritualidad que no grita, que no necesita demostrarse. Eso, para mí, es mucho más revolucionario que cualquier sustancia. Porque implica presencia. Responsabilidad. Y algo que no se puede fingir: coherencia entre lo que digo y lo que hago.

No escribo esto para señalar con el dedo a quien ha tenido una experiencia psicodélica o siente curiosidad. La curiosidad es humana. La búsqueda también. Escribo porque siento que necesitamos conversaciones más honestas, menos romantizadas. Porque hablar de estos sapos solo como “portales a otra dimensión” es borrar su existencia como seres vivos. Y eso dice más de nosotros que de ellos.

Tal vez el verdadero “poder psicodélico” no esté en la sustancia, sino en la pregunta que nos deja: ¿por qué creemos que necesitamos tanto estímulo para sentirnos conectados? ¿Qué nos está faltando en la vida cotidiana? ¿Qué heridas estamos intentando saltarnos en lugar de atravesar?

A veces pienso que preferiríamos que los sapos no hablaran, porque si pudieran hacerlo, probablemente nos dirían algo incómodo. Algo como: no todo es para ustedes. No todo es suyo. No todo necesita ser usado.

Y eso aplica para mucho más que un animal.

Aplica para el planeta. Para los vínculos. Para la tecnología. Para la espiritualidad. Para la vida misma.

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domingo, 4 de enero de 2026

Más allá del peso: lo que el intestino revela sobre la vida emocional de los gatos


 

A veces creemos que entendemos a quienes amamos solo porque conviven con nosotros todos los días. Pasa con las personas y pasa, quizás con más fuerza, con los animales que comparten nuestra casa. Yo crecí rodeado de conversaciones profundas, de lecturas tempranas, de silencios que enseñan más que los discursos largos. Y también crecí viendo gatos: cuerpos pequeños, miradas grandes, presencias silenciosas que parecen no pedir nada… hasta que uno se detiene de verdad a observar.

Durante años, la obesidad en los gatos se explicó de forma simple y casi cómoda: comen mucho, se mueven poco, los humanos los consienten demasiado. Y sí, algo de eso hay. Pero reducirlo todo a “come más de la cuenta” es una forma perezosa de mirar un problema mucho más profundo. En el fondo, es la misma lógica con la que muchas veces juzgamos a las personas: si algo no funciona, asumimos falta de voluntad, sin preguntarnos qué está pasando por dentro.

Cuando empecé a leer más sobre antrozoología —una disciplina que me parece fascinante porque conecta ciencia, ética y vínculo— entendí que el cuerpo nunca habla solo. El cuerpo siempre está respondiendo a algo. Y en el caso de los gatos, su intestino está empezando a decir cosas que durante años no quisimos escuchar.

El intestino no es solo un tubo por donde pasa la comida. Es un ecosistema vivo. Millones de bacterias conviven allí, regulan la digestión, influyen en el sistema inmunológico y, algo que todavía nos cuesta asimilar, afectan el comportamiento y el estado emocional. Esto no es misticismo ni exageración moderna: es biología. El llamado “eje intestino-cerebro” ya está ampliamente documentado en humanos, y cada vez hay más evidencia de que en los gatos ocurre algo muy parecido.

Un gato con un microbioma intestinal alterado puede sentir más hambre, procesar peor los nutrientes, almacenar más grasa y, además, vivir en un estado de inflamación constante. Desde afuera vemos un cuerpo que engorda. Desde adentro, lo que hay es un organismo intentando sobrevivir en desequilibrio. Y aquí es donde algo se mueve dentro de mí, porque esa imagen me resulta dolorosamente familiar cuando pienso en nuestra sociedad.

Vivimos rodeados de alimentos ultraprocesados, de ritmos acelerados, de estímulos constantes. A los gatos les pasa algo similar, aunque en otra escala. Alimentos industriales de baja calidad, cambios bruscos de dieta, estrés ambiental, sedentarismo forzado en apartamentos pequeños. Todo eso va alterando su equilibrio interno. No engordan porque sí. Engordan porque algo se rompió antes.

Esto me lleva inevitablemente a una reflexión más amplia. En mi casa siempre se habló de responsabilidad, de conciencia, de hacerse cargo sin culparse. Esa idea atraviesa muchos textos de Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com), donde se repite una y otra vez que comprender es el primer paso para transformar. Con los gatos ocurre lo mismo. No se trata de buscar culpables, sino de asumir que el bienestar de otro ser depende, en gran medida, de nuestras decisiones.

Cambiar la mirada implica cuestionar prácticas normalizadas. ¿Por qué aceptamos que un alimento sea “completo” solo porque lo dice un empaque? ¿Por qué damos premios cargados de carbohidratos a un animal que, biológicamente, es carnívoro estricto? ¿Por qué interpretamos la insistencia por comida como manipulación y no como una señal fisiológica real? Son preguntas incómodas, pero necesarias.

La ciencia actual sugiere que una dieta más adecuada a la naturaleza del gato, rica en proteínas de calidad, con menos aditivos y acompañada de probióticos cuando es necesario, puede ayudar a restaurar el equilibrio intestinal. Pero no es solo comida. Es rutina, es juego, es reducción de estrés. Es reconocer que un gato no es un objeto decorativo ni un peluche que se adapta a todo. Es un ser vivo con necesidades complejas.

Hay algo profundamente humano en todo esto. Cuando leo artículos sobre bienestar animal, no puedo evitar pensar en cómo tratamos también nuestra propia salud mental y física. A veces el cuerpo engorda porque el alma está cansada. A veces el intestino se inflama porque la vida perdió ritmo. En Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com) se habla mucho de detenerse, de escuchar, de volver a lo esencial. Creo que los gatos, sin proponérselo, nos están dando esa misma lección.

También está el tema de la información. Hoy sabemos más, pero también estamos más confundidos. Blogs, redes sociales, marcas, veterinarios, influencers… todos opinan. Por eso valoro tanto los espacios que intentan integrar conocimiento con ética, como lo hace la antrozoología. No es solo ciencia por la ciencia, es ciencia puesta al servicio del vínculo. En ese sentido, me parece clave que como cuidadores también seamos críticos, que leamos, que preguntemos, que no nos conformemos con la respuesta más fácil.

Este tema conecta incluso con algo que parece lejano, pero no lo es: la responsabilidad en el manejo de datos y decisiones. Así como debemos ser conscientes de lo que entra al cuerpo de un gato, también debemos serlo de lo que entra a los sistemas que gestionan nuestra vida. En Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales (https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com) se habla mucho de conciencia, de cuidado, de respeto por lo que parece invisible pero tiene impacto real. El intestino, los datos, las emociones: todo lo invisible termina manifestándose si se ignora.

Cuidar a un gato con obesidad no es imponerle una dieta estricta y ya. Es acompañarlo. Es observar su comportamiento, su energía, su ánimo. Es aceptar que tal vez, sin querer, contribuimos a su desequilibrio. Y esa aceptación no debería generar culpa, sino responsabilidad amorosa. La misma que necesitamos como sociedad cuando hablamos de salud, de bienestar, de futuro.

A mis 21 años no tengo todas las respuestas. Sería arrogante decirlo. Pero sí tengo preguntas que me acompañan todos los días. Y una de ellas es esta: ¿qué tanto estamos dispuestos a escuchar lo que no habla con palabras? Los gatos no pueden decir “me duele el intestino” o “mi cuerpo está inflamado”, pero su cuerpo lo grita. Solo hay que aprender a mirar distinto.

Tal vez por eso escribo. Porque escribir es una forma de escuchar. De conectar puntos que a primera vista no parecen relacionados. De entender que el problema de obesidad de los gatos no es solo veterinario, sino cultural, emocional y ético. Es un reflejo de cómo vivimos, de cómo alimentamos, de cómo entendemos el cuidado.

Si algo me han enseñado los textos de Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com) es que toda forma de vida merece respeto consciente. No desde la idealización, sino desde la coherencia diaria. Cuidar también es informarse. Amar también es cambiar hábitos.

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