domingo, 6 de julio de 2025

Lo que entra por los ojos… ¿también debería pasar por el corazón?

 


A veces siento que lo más pequeño, lo más invisible, es lo que más influye en cómo vivimos. Un aditivo en la comida, un colorante en una bebida, una decisión tomada por alguien a kilómetros de nosotros, pero que termina en nuestro plato, en el cuerpo, en el alma. Leí hace poco que la FDA aprobó tres nuevos colorantes naturales para uso alimentario. Y aunque puede sonar como una noticia técnica, de esas que uno pasa por alto, a mí me hizo detenerme. No solo por lo que implica en la industria de alimentos, sino por todo lo que hay detrás del concepto de “natural”.

Porque ¿qué significa hoy que algo sea natural?

Según Revista IAlimentos, la FDA dio luz verde a tres nuevos ingredientes: dos extractos de achiote (norbixina) y uno de cártamo. Todos utilizados como alternativas a los colorantes sintéticos, los mismos que durante años se han asociado con alergias, trastornos de atención, e incluso con enfermedades más graves. Y aunque esto puede parecer un paso pequeño, me parece profundo.

No por la lista en sí, sino porque muestra un cambio de dirección. Una señal de que estamos comenzando —por presión, por conciencia o por estrategia— a mirar más hacia lo real.

Yo crecí en una generación que tragó muchos colores: cereales fluorescentes, helados azul eléctrico, juguitos de caja con tonos que ni los arcoíris tenían. En ese momento, todo parecía normal. Nadie preguntaba. Nadie se cuestionaba. Lo importante era que supiera rico, que fuera barato, que viniera con muñeco. Pero ahora… ahora no me basta con que algo “se vea bien”.

Ahora quiero saber qué hay detrás.

Y esa búsqueda no es solo por salud. Es por respeto. Por ética. Por un deseo profundo de no seguir llenando nuestro cuerpo de cosas que fueron diseñadas más para vender que para nutrir. En Bienvenido a mi blog, aprendí que cada acción cotidiana —como elegir un alimento— puede ser un acto de amor o de descuido. Un camino hacia la conexión o la desconexión.

Y es ahí donde todo se conecta. Porque no se trata solo de un tema alimentario. Es un tema espiritual, emocional, cultural. Si lo que entra por mis ojos me deslumbra, pero lo que entra por mi cuerpo me envenena, algo no está bien. Y si la industria necesita aprobación legal para usar colores que vienen de la tierra, mientras lleva décadas usando químicos sin tanto filtro… algo no cuadra.

Me alegró saber que están aprobando pigmentos como la norbixina, que viene del achiote. En mi casa, mi abuela lo usaba para dar color al arroz. Y no había químicos, ni tablas nutricionales, ni etiquetas con números raros. Solo conocimiento ancestral. Solo lo que el campo ofrecía con generosidad.

Pero ¿por qué tardamos tanto en volver a lo obvio? ¿Por qué se necesitan estudios, informes y sellos para que algo natural sea aceptado, mientras lo sintético tuvo vía libre durante tanto tiempo?

En El blog de Juan Manuel Moreno Ocampo, he escrito antes sobre esa contradicción entre lo que se permite y lo que se cuida. Y creo que esta noticia refleja eso: una industria que está empezando a cambiar, sí, pero también un sistema que aún funciona al revés. Porque en el fondo, no es solo qué se permite, sino a quién le conviene.

Y sin embargo, hay esperanza.

Porque hoy, más que nunca, hay personas leyendo etiquetas, preguntando, investigando. Hay voces que ya no aceptan lo que nos dan por costumbre. Hay familias que eligen frutas en vez de golosinas, que vuelven a cocinar, que siembran. Y eso, aunque no sea noticia, también es revolución.

Los tres nuevos colorantes naturales aprobados por la FDA pueden ser una puerta, pero el verdadero cambio está en el corazón del consumidor. En ti, en mí. En decidir que ya no queremos más color de mentira, más sabor falso, más cuerpo lleno de adornos sin alma.

Y no lo digo desde el perfeccionismo. Aún hay días en que compro algo sin pensar. Aún hay momentos en que el antojo me gana. Pero cada vez soy más consciente de que mi cuerpo merece verdad. No solo en palabras. También en pigmentos.

En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías, he leído muchas veces que lo divino se manifiesta en lo cotidiano. ¿Y qué más cotidiano que lo que comemos? Si un color viene de la tierra, si un alimento fue hecho con respeto, entonces me conecta. Me acerca. Me limpia.

Por eso, más allá de las aprobaciones, los permisos y las normativas, yo celebro cada vez que la naturaleza gana espacio. Cada vez que el achiote reemplaza al tartrazina. Cada vez que el cártamo pinta más que un número E-123. Porque es una victoria silenciosa. Pero es nuestra.

Y tal vez algún día, cuando un niño vea un jugo rojo, no tenga que preguntarse si lo va a enfermar. Sino solo si está frío. O si lo quiere compartir.

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sábado, 5 de julio de 2025

Lo que pintamos también nos pinta: colores naturales y decisiones conscientes


Si hay algo que siempre me ha fascinado es el color. Desde niño, los colores me contaban historias. Me acuerdo de los lápices de mi infancia, de los platos llenos de jugos rojos, azules, verdes, como si en cada comida uno pudiera meterse en una especie de arcoíris comestible. Pero claro, uno crece… y se da cuenta de que muchos de esos colores no eran tan mágicos como parecían.

Hace poco leí un artículo en Revista IAlimentos que hablaba de cómo la industria alimentaria está migrando (por fin) hacia el uso de colores naturales en vez de las tradicionales lacas sintéticas. Suena técnico, lo sé, pero cuando lo leí, sentí que no era solo una nota para ingenieros de alimentos. Era algo que nos toca a todos.

Porque… ¿te has preguntado alguna vez de dónde sale el color “rojo cereza” de una gomita? ¿O el “azul brillante” de un refresco? A mí me pasó una vez en el colegio, cuando en clase de química una profe nos mostró cómo se producían ciertos colorantes. No te voy a mentir, se me revolvió el estómago. Y no solo por lo químico del proceso, sino porque supe que durante años me habían vendido algo como “natural” que no tenía ni una fruta cerca.

Ahora resulta que esas lacas sintéticas —esas que le dan el color llamativo a tantos productos— están siendo cuestionadas no solo por razones de salud, sino también por ética, sostenibilidad y transparencia. Y eso me parece una conversación urgente.

¿De qué está hecho lo que nos comemos? ¿Por qué sigue siendo tan normal tragarnos algo sin saber qué es, solo porque tiene buen color o buen empaque?

Las alternativas naturales —como el carmín, la cúrcuma, el extracto de espinaca, el jugo de remolacha— están tomando fuerza. Y me parece bello. No porque sean perfectas, sino porque representan una intención distinta: volver al origen. No solo maquillarlo.

Y aquí quiero hacer una pausa. Porque no estoy diciendo que todo lo sintético es malo ni que todo lo natural es sagrado. Pero sí creo que estamos en un punto donde la conciencia debe guiar nuestras decisiones más que la costumbre o la publicidad.

En Mi blog personal, escribí hace poco que la forma como comemos también refleja cómo nos queremos. Y sí: si aceptamos lo artificial sin cuestionarlo, tal vez no sea solo por falta de información, sino porque hemos dejado que nos digan que “no importa”.

Pero sí importa. Porque los niños que consumen esos colorantes todos los días terminan desarrollando alergias, irritabilidad, déficit de atención, y un montón de síntomas que la industria suele minimizar. Porque los adultos que ya no saben qué es un alimento real están atrapados en un círculo de sabor sin sustancia. Porque estamos llenando el mundo de empaques brillantes, pero vacíos de alma.

Me acordé también de algo que leí en Mensajes Sabatinos: “No todo lo que brilla nutre.” Y es cierto. En los tiempos que corren, lo que más llama la atención no siempre es lo más verdadero.

El uso de colorantes naturales puede ser un paso pequeño para las grandes industrias, pero también puede ser una señal de algo más grande: una transformación en la forma como nos relacionamos con lo que consumimos.

Ahora bien, no podemos esperar que el cambio venga solo desde arriba. Nosotros también tenemos responsabilidad. Cada vez que elegimos un producto con ingredientes que entendemos, con un origen claro, estamos votando por otro modelo. Uno que no busca solo vender, sino también construir salud y verdad.

Y sí, sé que en Colombia esto no es tan fácil. A veces, lo más accesible es lo más procesado. Y lo más sano es caro o escaso. Pero ahí es donde entra algo que he aprendido de mi familia y de la vida misma: la transformación empieza con lo que se tiene, no con lo que se sueña.

Tal vez no podamos cambiar todo lo que comemos de un día para otro. Pero sí podemos empezar por informarnos, por leer las etiquetas, por apoyar marcas locales que hacen las cosas diferente, por exigir transparencia.

En Bienvenido a mi blog, mi papá suele escribir desde esa conciencia crítica que me ha enseñado a no tragar entero. Y me doy cuenta de que parte de nuestra misión como jóvenes no es solo adaptarnos al mundo, sino también cuestionarlo.

A veces me preguntan: ¿para qué te complicas tanto con lo que comes? Y yo respondo: no me complico, me responsabilizo. Porque el cuerpo que tengo es un templo, sí, pero también es una memoria. Y quiero que lo que le meto dentro deje una huella buena, no solo un sabor pasajero.

Hay una frase que me encanta de Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías: “Lo divino no solo está en el cielo. También está en la tierra, en el pan, en el color de una fruta.” Y yo agregaría: también está en la decisión de no seguir pintando de mentira lo que puede brillar por sí mismo.

Así que si tienes en tus manos una decisión, aunque sea pequeña —elegir un jugo sin colorantes, comprar algo hecho con ingredientes reales, preparar tu propia comida en vez de pedir a domicilio— hazla desde la conciencia. Porque cada elección cuenta. Cada color también.

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viernes, 4 de julio de 2025

Natural o maquillado? Lo que hay detrás del nuevo “verde” de las grandes marcas



Hace unos días me encontré con una noticia que me hizo frenar el scroll: “PepsiCo acelera su cambio hacia ingredientes naturales”. La leí con la mezcla de emociones que me produce casi todo lo que tiene que ver con las grandes marcas: un poco de esperanza, bastante escepticismo, y muchas preguntas que no me dejan del todo tranquilo.

Porque sí, claro que suena bien. Reducir colorantes artificiales, eliminar conservantes innecesarios, usar más ingredientes reales. Todo eso parece un paso hacia adelante. Pero cuando uno mira más a fondo, cuando uno ha vivido en carne propia la contradicción de comer lo que daña porque es lo único que se encuentra en la tienda del barrio, uno no traga entero.

Y ahí fue donde me quedé pensando: ¿este cambio es de verdad o es solo una lavada de cara?

He crecido escuchando frases como “eso no hace daño si es poquito”, “igual todos vamos a morir”, o la clásica “si no lo como yo, lo comen los demás”. Pero en el fondo, hay algo que me dice que sí importa. Que lo que entra a nuestro cuerpo afecta cómo pensamos, cómo sentimos y hasta cómo nos relacionamos con los demás.

Y en una sociedad que te vende gaseosas con campañas de felicidad, mientras silencia los estudios sobre diabetes infantil y obesidad, uno empieza a sospechar. ¿Por qué ahora sí quieren “lo natural”? ¿Por salud? ¿Por conciencia? ¿O porque el mercado está cambiando?

PepsiCo no es la única. Nestlé, Coca-Cola, Unilever… todas han empezado a vestir sus productos con palabras como sostenible, natural, libre de…, hecho con amor. Pero ¿de verdad se han transformado por dentro o solo están ajustando la fachada para que sigamos consumiendo sin pensar?

No tengo una respuesta única. Pero sí sé que no podemos seguir dependiendo de que las grandes marcas “hagan lo correcto”. Porque cuando la motivación no es el cuidado del otro, sino el miedo a perder ventas, hay que estar atentos.

En el blog de Organización Todo En Uno, leí una vez algo que me marcó: “Las transformaciones verdaderas empiezan por dentro, y se sostienen en la coherencia, no en la imagen.” Y creo que eso aplica perfecto aquí.

¿De qué sirve que quiten colorantes si siguen extrayendo agua de comunidades vulnerables? ¿De qué sirve usar ingredientes “limpios” si el proceso de producción sigue generando toneladas de plástico cada día? ¿Dónde está la verdadera ética en todo esto?

Pero no quiero quedarme solo en la crítica. Porque también entiendo que hay matices. Que cada pequeño cambio puede ser el inicio de algo más grande. Que hay personas dentro de esas empresas que realmente creen en transformar la industria. Y que nosotros, como consumidores, también hemos evolucionado.

Hoy ya no somos una generación pasiva. Preguntamos. Leemos etiquetas. Compartimos denuncias. Hacemos ruido en redes. Y aunque a veces ese ruido se pierde entre memes y bailes, hay algo que sigue creciendo: la conciencia.

Una conciencia que no se conforma con lo que dice el empaque, sino que se pregunta por el origen, el impacto, la historia detrás del producto.

Yo no tengo una alimentación perfecta. No soy vegano, ni cero procesados, ni hago ayuno intermitente. Pero sí me he comprometido con algo más simple: elegir lo que me haga sentir bien en cuerpo, mente y espíritu. Y eso empieza por conocer lo que consumo, cuestionarlo, y si puedo, mejorarlo.

En Bienvenido a mi blog, uno de los espacios que más me ha inspirado, aprendí que vivir con autenticidad también significa comer con conciencia. Que no es solo lo que meto a la boca, sino la intención con la que lo hago. Porque el alimento, al final, también es energía.

Y ahí hay un tema que casi nunca se menciona: la conexión espiritual con lo que comemos. En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías, siempre se habla de cómo la vida cotidiana puede ser una oración viva. Y creo que comer también lo es. Una oración o una distracción. Depende de cómo lo hagamos.

Por eso, cuando veo que PepsiCo quiere “acercarse más a lo natural”, lo celebro… pero con reservas. Porque la naturaleza no solo está en los ingredientes, sino en el respeto por la vida que esos ingredientes tocan: el agricultor que los cultiva, el niño que los consume, la tierra que los sostiene.

Cambiar un colorante no es suficiente si seguimos desconectados del todo.

Y mientras las grandes marcas se acomodan al nuevo mercado, nosotros tenemos una tarea más profunda: recuperar el poder de decidir. No solo por salud. También por ética. Por responsabilidad. Por amor.

Porque tal vez el futuro no se juega en si PepsiCo usa cúrcuma en vez de tartrazina. Se juega en si nosotros como sociedad dejamos de normalizar el daño disfrazado de sabor.

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jueves, 3 de julio de 2025

Qué nos estamos comiendo cuando decimos que “no importa”?

 


A veces me pasa que en medio del afán, entre tareas, celular, llamadas y reuniones, abro una bolsa de algo rápido, lo mastico casi sin saborearlo, y me digo: “No importa, es solo una vez”. Pero ¿y si esa frase, dicha miles de veces por millones de personas, es justo lo que nos está enfermando?

Hace poco leí un artículo que me dejó inquieto. La FDA (Administración de Alimentos y Medicamentos de EE. UU.) eliminará ciertos colorantes sintéticos de alimentos procesados. Esos colorantes que durante décadas le han puesto "alegría" artificial a cereales, dulces, jugos, salsas y productos que todos —sí, incluso yo— hemos comido más de una vez.

Y la pregunta que me vino fue directa y cruda: ¿por qué tuvieron que pasar décadas para que lo que sabíamos que hacía daño por fin se prohibiera? ¿Por qué tuvimos que esperar a que más niños desarrollaran hiperactividad, alergias o intolerancias, y a que más estudios confirmaran lo que la intuición de muchas abuelas ya decía?

Cuando era niño, me encantaban los cereales de colores. No voy a fingir que no. Pero también recuerdo cómo me daban dolor de estómago después. En mi casa no se hablaba de “colorantes artificiales” porque éramos como muchas familias en Colombia: hacíamos lo mejor que podíamos con lo que había. No todo lo que comíamos era saludable, pero sí hecho con amor. Sin embargo, el amor no neutraliza los químicos. Y la industria lo sabe.

Estamos en un momento histórico donde lo que comemos ya no solo nos alimenta o nos engorda: nos impacta a nivel mental, emocional y social. No es exageración. Lo muestran investigaciones, lo cuentan médicos y lo sentimos en el cuerpo. Pero seguimos diciendo que “no importa”. Seguimos creyendo que lo que entra por la boca no afecta lo que sale de nuestra mente, de nuestras decisiones, de nuestra energía.

En “Bienvenido a mi blog”, he leído muchas veces reflexiones que invitan a despertar, a abrir los ojos. Y hoy quiero sumar mi propia voz a esa conversación. Porque comer es también un acto político, espiritual y cultural. No es solo llenar el estómago. Es elegir qué clase de cuerpo, de conciencia y de mundo estamos construyendo.

La eliminación de estos colorantes no es un regalo de la industria. Es una reacción a la presión de personas, familias, médicos y colectivos que llevan años denunciando cómo nos están envenenando con permisos legales. Y aunque celebro el avance, me queda el sinsabor de todo lo que se permitió antes. De todo lo que se sigue permitiendo en países como el nuestro, donde aún no hay leyes firmes ni suficientes controles.

¿Sabías que en Colombia muchos productos con colorantes sintéticos que ya están prohibidos en Europa o en EE. UU. siguen circulando libremente? Y que la mayoría de personas no lee las etiquetas, o si las lee, no entiende lo que dicen. ¿Cómo vamos a defendernos si no sabemos qué buscar?

Este blog no pretende darte una lista de ingredientes que evitar. Hay muchas guías en internet que ya lo hacen. Lo que quiero es que empecemos a hacernos preguntas. Preguntas reales, humanas. Como por ejemplo:

  • ¿Por qué mi cuerpo se inflama cada vez que como ciertos productos?

  • ¿Por qué tantos niños tienen hoy ansiedad, alergias o déficit de atención?

  • ¿Por qué la comida que más se promociona es la que menos nutre?

No todo está perdido. De hecho, hay una ola de conciencia que se está moviendo. Hay más emprendimientos de alimentos reales, más mamás cocinando en casa con ingredientes naturales, más jóvenes como yo que están diciendo: “Ey, esto sí importa”. Y también hay más voces como las de Mensajes Sabatinos que nos recuerdan que la vida no es para tragar sin pensar, sino para saborear con gratitud y presencia.

Yo no soy perfecto. Todavía caigo en antojos, todavía como cosas que no son las más saludables. Pero ya no me miento. Ya no me digo “no importa”. Porque sí importa. Porque mi cuerpo importa. Porque el cuerpo de quienes amo importa. Porque la tierra de donde viene esa comida importa.

Y aquí es donde entra otro tema que me toca: la espiritualidad del alimento. En el blog Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías, he leído muchas veces sobre cómo lo divino se manifiesta en lo cotidiano. Comer también es una forma de conexión. Agradecer por los alimentos, elegirlos con conciencia, compartirlos en comunidad. Todo eso también es espiritualidad.

No se trata de volvernos radicales, ni de vivir con culpa. Se trata de volver a mirar lo que ponemos sobre la mesa con otros ojos. Con respeto. Con amor. Con información.

Y sobre todo, con la firmeza de no seguir creyendo que “es solo un colorante”. Porque si lo es, ¿por qué lo están prohibiendo ahora?

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miércoles, 2 de julio de 2025

Cuando tu hijo grita, ¿qué estás escuchando en realidad?

 


A veces me pasa que veo a un niño llorando con toda la fuerza de sus pulmones en el supermercado, gritando por un dulce o porque no quiere moverse. Lo que mucha gente ve es una “rabieta”, un mal comportamiento. Pero yo ya no lo veo así. Lo miro y pienso: ¿será que ese niño está pidiendo ayuda y nadie se está dando cuenta?

Es increíble cómo cambia nuestra forma de ver las cosas cuando entendemos que detrás del caos de una reacción hay una historia, una emoción, o simplemente un cuerpo pequeño que no sabe aún cómo traducir lo que siente en palabras. Y me atrevo a escribir esto no como experto en psicología clínica, sino como hermano, como primo mayor, como alguien que fue niño sensible y que ha sentido muchas veces que nadie entendía lo que le pasaba por dentro.

Vivimos en una sociedad que espera que los niños se comporten como adultos en miniatura. Que controlen sus emociones sin haberles enseñado qué hacer con ellas. Se nos olvida que el autocontrol se aprende, no se impone. Que para que un niño pueda calmarse, primero necesita sentirse seguro. Necesita un adulto que no lo grite más fuerte, sino que lo escuche más profundo.

Y no hablo solo de niños pequeños. Hay adolescentes que están explotando en casa y en el colegio porque nadie les dio un espacio donde poder desahogarse sin miedo al juicio. ¿Cuántos gritos, cuántos portazos, cuántas malas caras son, en el fondo, una súplica mal expresada de “¿me ves? ¿me entiendes? ¿te importo de verdad?”?

Hay una diferencia grande entre una rabieta y una crisis emocional. La rabieta muchas veces busca lograr algo externo —el dulce, la tablet, salir al parque—, pero una crisis viene de adentro: de un sistema nervioso que se desborda, de una mente que no logra poner freno a tanta emoción acumulada. Y esto lo explica bien el artículo base de Psyciencia, pero quiero sumarle algo más: lo que pasa dentro del corazón de ese niño no es un asunto solo de psicología, también es de humanidad.

Yo recuerdo conversaciones con mi mamá en las que me decía: “Los niños gritan porque no saben qué otra cosa hacer. Tú, cuando eras chiquito, te encerrabas en el clóset cuando te sentías muy triste. Y no era un capricho. Era tu forma de protegerte”. Y claro, yo ahora con 21 años ya no me escondo, pero a veces mi mente todavía se quiere encerrar. Y me hace pensar cuántas personas adultas seguimos haciendo berrinches emocionales, solo que disfrazados de indiferencia, de sarcasmo o de aislamiento.

La salud mental empieza en casa, y no solo la de los hijos. También la de los padres. No podemos pedir que los niños regulen sus emociones si los adultos a su alrededor están desbordados. Y lo digo con todo respeto, porque sé que criar no es fácil. Pero también sé que un adulto que se conoce a sí mismo tiene más herramientas para guiar con ternura, sin caer en el grito fácil o en el castigo vacío.

A veces solo se necesita respirar juntos. Sentarse en el piso con el niño, bajar al nivel de sus ojos y decirle: “Estoy aquí, aunque no sepa qué hacer ahora”. Esa frase vale más que mil regaños. Porque no se trata de controlar, sino de acompañar. Y eso lo aprendí viendo cómo mis tíos trataban a mis primos cuando se desbordaban, o cómo mi papá me acompañó en momentos en que ni yo entendía lo que sentía.

En el blog Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías, alguna vez escribí sobre lo que significa escuchar con el alma. Y creo que este tema va por ahí también. No se trata solo de callar el grito, sino de entender de dónde viene. Tal vez ese niño está diciendo: “Tengo miedo”, “Me siento solo”, “Estoy cansado de que no me entiendan”. Pero como aún no sabe decirlo así, lo dice llorando o golpeando la pared. No lo justifica, pero sí lo explica.

Y sí, hay que poner límites. Claro que sí. Pero los límites con amor construyen, mientras que los límites con violencia solo generan más caos. La diferencia está en la intención con la que se ponen. Un “no puedes hacer eso porque te hace daño y te amo” no se siente igual que un “¡cállate ya!”. El primero educa. El segundo, solo reprime.

Este blog no pretende dar recetas. Solo abrir una conversación. Una donde los jóvenes podamos también expresar lo que sentimos, y donde las familias entiendan que todos, desde el más pequeño hasta el más grande, necesitamos ser escuchados con paciencia. Con empatía. Con ese amor que no siempre entiende, pero que siempre permanece.

Porque tal vez lo que más necesita un niño que pierde el control no es un castigo… sino un abrazo.

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martes, 1 de julio de 2025

Un cráneo, un lagarto, una serpiente… y un ser humano buscando sentido


A veces lo más pequeño, lo que casi pasa desapercibido, puede ser el origen de algo mucho más grande de lo que imaginamos. Un fósil de apenas dos centímetros puede cambiar lo que creíamos saber sobre los reptiles y, de paso, hacernos preguntas que van mucho más allá de los huesos petrificados. Eso me pasó al leer el artículo sobre el descubrimiento de un fósil de lagarto de más de 231 millones de años que podría reescribir la historia de los lagartos y las serpientes tal como la conocemos. Pero lo que más me impactó no fue el dato en sí, sino lo que me despertó por dentro: la sensación de que seguimos buscando pistas de nuestro origen, no solo como especies… sino como almas.

Desde niño he sentido una fascinación rara por los fósiles. No por la parte técnica —aunque eso también me encanta—, sino por la dimensión simbólica. Pensar que un hueso puede atravesar millones de años y llegar hasta nuestras manos me parece un acto casi milagroso. Es como si el tiempo mismo nos hablara a través de lo que ha logrado preservar. Como si la Tierra nos contara secretos, esperando que sepamos escucharlos.

Este nuevo fósil encontrado en Brasil y bautizado como Taytalura alcoberi, tiene una particularidad que lo hace único: su cráneo conserva detalles que se creían perdidos en el linaje evolutivo. Y eso ha hecho que los científicos empiecen a replantear todo lo que pensaban sobre cómo se originaron y diversificaron los lagartos y las serpientes. A mí, eso me pone a pensar en cuántas otras verdades que creemos sólidas pueden venirse abajo con una nueva evidencia, una nueva mirada, una nueva conciencia.

¿Y si lo mismo pasa con nosotros? ¿Cuántas ideas hemos fossilizado sobre quiénes somos? ¿Cuántas versiones de nuestra historia personal damos por ciertas solo porque “siempre han sido así”? Tal vez también necesitamos encontrar nuestros propios fósiles internos, esas partes olvidadas de nosotros que podrían revelarnos una verdad más profunda, más auténtica.

Me he dado cuenta de que muchas veces caminamos por la vida como si ya supiéramos todo. Como si no quedara nada por descubrir. Pero basta con un hallazgo como este para recordarnos que el mundo sigue sorprendiéndonos. Que la ciencia no está peleada con la espiritualidad, sino que pueden convivir y complementarse. Porque entender de dónde venimos —como especies y como personas— no solo es un acto de conocimiento, sino de humildad. Y esa humildad es la que nos permite evolucionar de verdad.

En mi blog personal El Blog Juan Manuel Moreno Ocampo, muchas veces escribo sobre la necesidad de integrar el conocimiento técnico con la experiencia humana. Y este tema me parece una excusa perfecta para hacerlo. Porque si bien el fósil habla de reptiles, el mensaje es para nosotros. Nos invita a mirar hacia atrás, sí, pero no para quedarnos en la nostalgia del pasado, sino para entender lo que aún podemos construir en el presente. Con más conciencia. Con más sentido. Con más verdad.

Me gusta pensar que en cada uno de nosotros hay partes que aún no han sido descubiertas. Hay talentos que no han sido activados, heridas que no han sido sanadas, preguntas que aún no han sido formuladas. Y así como los paleontólogos excavan capas de tierra buscando respuestas, nosotros también podemos hacer nuestro propio trabajo interior: escarbar en nuestras memorias, en nuestros vínculos, en nuestras historias familiares. Y sí, también en nuestra espiritualidad.

El fósil de Taytalura me recordó algo que escribí en Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías: “Dios no está solo en lo grandioso, está también en lo diminuto que contiene siglos de sabiduría”. Y tal vez por eso me conmueve tanto pensar que un pequeño cráneo de hace millones de años puede ser la clave para entender una parte olvidada de nuestra historia. Porque me habla del poder que tienen las cosas pequeñas cuando se miran con amor y atención.

Hoy, como joven, como ser humano, como parte de una generación que busca sentido en medio de tanta información, creo que necesitamos recuperar esa mirada de asombro. Esa capacidad de dejarnos maravillar por lo que parece insignificante. Porque solo así podremos hacer una pausa entre tanta rapidez y preguntarnos: ¿hacia dónde vamos? ¿Quiénes somos más allá del nombre, el número de seguidores o el título profesional?

Tal vez no se trata solo de entender el origen de las serpientes o los lagartos, sino de abrirnos a entendernos a nosotros mismos. Como si también fuéramos parte de una evolución que no ha terminado. Como si estuviéramos hechos de materia antigua, sí, pero también de preguntas nuevas.

Y por eso, si este blog despertó en ti alguna curiosidad, alguna duda o simplemente una necesidad de conversar, quiero que sepas que no estás solo. Yo también estoy en esa búsqueda. También tengo mis días de confusión y mis momentos de claridad. También me hago preguntas que a veces no tienen respuesta. Pero estoy aquí. Escribiendo, compartiendo, tratando de vivir con más verdad, como lo decía mi abuelo en uno de sus Mensajes Sabatinos: “Quien busca el origen, se acerca al propósito”.

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lunes, 30 de junio de 2025

Entre likes y silencios: lo que no contamos cuando estamos conectados



A veces me pregunto si realmente estamos tan conectados como creemos. Si ese scroll infinito que hacemos cada noche antes de dormir nos acerca a alguien o solo nos aleja de nosotros mismos. Si los likes que recibimos son abrazos o simples pulsos de dopamina que se desvanecen en segundos. Y sobre todo, me pregunto: ¿qué estamos callando mientras posteamos?

Tengo 21 años y, como muchos de mi generación, crecí con un celular en la mano. Las redes sociales no son solo una herramienta, son parte del paisaje emocional de nuestras vidas. Pero últimamente, he sentido que algo no está bien. Que hay una tristeza flotando en el aire digital, una ansiedad disfrazada de filtros y hashtags. Y no soy el único que lo percibe.

Un estudio reciente de la Universidad de Cambridge reveló que los adolescentes con problemas de salud mental pasan, en promedio, 50 minutos más al día en redes sociales que aquellos sin estos problemas. Además, son más propensos a compararse con los demás, a sentirse afectados por los comentarios y a tener dificultades para controlar el tiempo que pasan en estas plataformas .

Esto me hizo pensar en mis propios hábitos. ¿Cuántas veces he sentido que no soy suficiente al ver las vidas perfectas de otros en Instagram? ¿Cuántas veces he buscado validación en un like o en un comentario? ¿Y cuántas veces he ignorado mis propias emociones por estar demasiado ocupado viendo las de los demás?

La verdad es que las redes sociales pueden ser un espacio de conexión, pero también un espejo distorsionado. Nos muestran versiones editadas de la realidad, donde todo es felicidad, éxito y belleza. Pero detrás de esas imágenes, hay historias no contadas, luchas internas y silencios que gritan.

Recuerdo una vez que una amiga subió una foto sonriendo en la playa, con el caption “feliz y agradecida”. Días después, me confesó que estaba atravesando una depresión profunda. Esa imagen, que para muchos representaba alegría, era en realidad una máscara. Y como ella, muchos más.

La comparación constante, la necesidad de aprobación y la exposición a contenido negativo pueden afectar seriamente nuestra salud mental. Un informe de la HHS.gov indica que los adolescentes que pasan más de 3 horas al día en redes sociales tienen el doble de riesgo de sufrir problemas de salud mental, incluidos síntomas de depresión y ansiedad .

Entonces, ¿qué podemos hacer? No se trata de demonizar las redes sociales, sino de usarlas con conciencia. De recordar que lo que vemos no siempre es la realidad completa. De tomarnos el tiempo para desconectarnos y reconectar con nosotros mismos.

He aprendido que está bien no estar bien. Que no necesitamos fingir felicidad todo el tiempo. Que es válido pedir ayuda, hablar de nuestras emociones y establecer límites. Y que, a veces, el acto más valiente es ser auténtico en un mundo que premia las apariencias.

Si te sientes abrumado por las redes sociales, si notas que afectan tu bienestar emocional, te invito a hacer una pausa. A reflexionar sobre cómo te hacen sentir y a buscar apoyo si lo necesitas. No estás solo en esto.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón? Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo
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