Nunca pensé que un día terminaría leyendo sobre los moáis de la Isla de Pascua y sintiendo que, de alguna manera extraña, hablaban más de nosotros que de ellos mismos. Uno creería que esas estatuas enormes, de piedra volcánica y miradas eternas, son solo un misterio arqueológico más del planeta; pero cuando uno se detiene —como yo lo hice esta madrugada, entre café frío y silencio— empieza a notar que detrás de su historia hay una metáfora profunda sobre la vida, sobre la fuerza humana, y sobre cómo lo imposible se vuelve posible cuando se entiende desde otro lugar.
Leí un artículo reciente que hablaba sobre un estudio que afirma que los moáis no fueron arrastrados ni empujados por cientos de personas… sino que caminaron. Sí: caminaron. No literalmente, claro; pero la técnica usada por los antiguos habitantes de Rapa Nui consistía en un balanceo tan preciso que hacía que esas moles de piedra avanzaran paso a paso, como si tuvieran vida propia.
Mientras leía sobre los moáis, pensé en cómo la ciencia actual sigue reinterpretando al pasado. No porque estuviera mal antes, sino porque estamos en un tiempo donde cuestionar lo establecido dejó de ser rebeldía y se volvió una necesidad. Incluso eso lo he vivido de cerca: en mis propios días, a mis 21, todavía siento que hay cosas que he tenido que “hacer caminar” de otra forma. No solo siguiendo lo que me dijeron que debía hacer, sino lo que descubrí que funciona desde mis propias caídas, mis vínculos, mi espiritualidad y mi manera de ver el mundo.
Y ahí es cuando esta historia deja de ser arqueología pura y se vuelve una excusa para entendernos mejor.
Así mismo se avanza cuando la vida pesa. A veces no arrastras; te balanceas.
Y pensé en lo que escribo a veces en mi blog (https://juanmamoreno03.blogspot.com/): momentos donde uno no sabe si está avanzando o solo moviéndose por inercia. Donde lo emocional pesa tanto que uno cree que no puede mover nada. Donde las expectativas de otros se sienten como bloques de piedra encima del pecho. Pero luego sucede algo mínimo —una conversación, una oración íntima como las que comparto en Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/), o incluso un párrafo perdido en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/)— y uno vuelve a girar, aunque sea un milímetro. Y en ese milímetro hay vida, hay dirección, hay sentido.
La ciencia dice que mover un moái de varias toneladas podía lograrse con un grupo reducido de personas —siempre y cuando el ritmo fuera el correcto. Si jalaban demasiado de un lado, la estatua caía. Si tiraban muy poco, no avanzaba. La clave estaba en escuchar la tensión de la cuerda, el peso del bloque, la respuesta del cuerpo, la vibración del material.
A veces, para avanzar juntos, hay que aceptar que cada quien tiene un paso distinto. Que no se trata de arrastrar a alguien, sino de sincronizar el balanceo. Y si no se puede, entenderlo sin culpa.
Y también hay algo muy poderoso en aceptar que esos gigantes no surgieron por casualidad: fueron creados, transportados y levantados por personas que no tenían tecnología moderna. No tenían grúas hidráulicas, sensores, drones, ni IA. Tenían manos, comunidad, intuición y creencias.
A veces pensamos que para lograr algo grande necesitamos herramientas complejas. Pero la historia de Rapa Nui demuestra que el ingenio humano puede más que cualquier limitación.
Mientras más leía sobre el nuevo estudio, más sentía que había una enseñanza silenciosa en ese “caminar”. Un recordatorio de que no todo lo grande es estático. Que incluso lo que parece imposible puede tomar impulso si encuentra apoyo desde los lados correctos.
Yo he sentido muchas veces que mis propios sueños son como esos moáis: pesados, imponentes, a veces demasiado inmóviles. Pero también he descubierto que no tengo que cargarlos. No tengo que empujarlos. Tengo que aprender a hacerlos caminar.
Y eso, para mí, cambia todo.
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