A veces creemos que entendemos a los perros porque los amamos. Pero amar no siempre significa comprender. Desde niños, muchos crecimos escuchando frases como “si mueve la cola es porque está feliz” o “hay que mostrarle quién manda”. Y aunque suenen inofensivas, esas ideas se clavan tan hondo en la forma en que tratamos a los animales —y a veces, sin darnos cuenta, en la forma en que tratamos a las personas— que terminan condicionando la manera en que nos relacionamos con todo lo vivo.
Yo crecí en una casa donde los animales eran parte de la familia. Aprendí que un perro no solo escucha, sino que siente el tono de tu voz, percibe tus miedos, tus vacíos y tus emociones, incluso antes de que tú mismo las reconozcas. No exagero: hay momentos en los que su silencio dice más que cualquier terapia. Y eso me ha hecho pensar que los mitos que repetimos sobre ellos no solo hablan de los perros, sino de la manera en que los humanos evitamos mirar nuestras propias sombras.
Primer mito: “Si mueve la cola, está feliz”
Cuando lo pienso, me doy cuenta de que nosotros también tenemos “colas emocionales” que los demás interpretan mal. Son nuestras palabras, gestos, publicaciones o incluso sonrisas forzadas. En el fondo, el mito de la cola es un espejo: creemos entender lo que vemos, pero rara vez preguntamos qué hay detrás. Lo hacemos con los perros, con nuestros amigos y hasta con nosotros mismos.
Quizás la lección es aprender a observar sin juzgar, a escuchar con empatía y a aceptar que la felicidad —en ellos y en nosotros— no siempre se mueve de forma evidente.
Segundo mito: “Debes ser el líder de la manada”
Esta idea se popularizó durante años. Se enseñó que el perro necesitaba una figura dominante, alguien que lo controlara con firmeza para “respetarlo”. Sin embargo, investigaciones como las de Mech y Smith (2003) sobre lobos en libertad demostraron que el concepto de “alfa” fue malinterpretado. Las manadas naturales se basan en la cooperación, no en la imposición. La jerarquía de poder que vimos en zoológicos o documentales antiguos no refleja lo que realmente ocurre en la naturaleza.
Tercer mito: “Los perros no sienten celos”
Durante mucho tiempo se dijo que los animales no experimentaban emociones complejas. Pero la ciencia ha venido desmontando esa idea. En 2014, la Universidad de California publicó un estudio dirigido por Christine Harris donde se comprobó que los perros sí muestran conductas celosas cuando sus cuidadores prestan atención a otro ser. Se acercan, intentan interponerse o llamar la atención. No es capricho: es emoción pura.
Más allá del adiestramiento: comprender es amar distinto
Los mitos como reflejo de una sociedad desconectada
Un espejo emocional
Si los humanos hiciéramos lo mismo —si pudiéramos observar, respirar, comunicarnos sin máscaras— tal vez el mundo sería menos ruidoso y más amable.
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Juan Manuel Moreno Ocampo
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