Hay veces en que los silencios pesan más que los gritos. Hace unos días, alguien me contó con orgullo:
“Mi perro es muy bueno, nunca molesta, siempre está quieto.”
Lo dijo con ternura, como si la quietud fuera sinónimo de equilibrio, de obediencia perfecta. Pero algo dentro de mí se encogió. Porque he aprendido —en los perros y en las personas— que no siempre estar callado significa estar en paz.
A veces, el silencio es una forma de defensa.
Una manera de decir “ya no puedo más” sin palabras.
Y en los animales, ese lenguaje mudo puede ser devastador.
Un perro que no ladra, que no se mueve, que evita mirar, no siempre es “bueno”. Puede ser un perro que un día decidió no luchar más. Que entendió que moverse o mostrar miedo no cambiaba nada, así que su cuerpo se rindió antes que su alma. Es lo que algunos llaman trauma canino, pero en realidad es algo más universal: la huella del miedo cuando no hay escape posible.
Y mientras lo escuchaba, pensé que quizás nosotros también somos así.
He visto a personas que se apagan por dentro igual que esos perros.
Jóvenes que dejan de hablar por miedo a equivocarse, parejas que no discuten porque ya no creen en ser escuchadas, hijos que se vuelven “tranquilos” después de demasiadas correcciones, o trabajadores que sonríen aunque el alma les pida irse corriendo.
Nos programan para pensar que “portarse bien” es no molestar, no incomodar, no cuestionar.
Pero ¿qué pasa cuando esa “bondad” es solo una máscara del trauma?
Nos enseñan a obedecer más que a comprender. A adaptarnos más que a sanar.
Y así como un perro necesita una mano segura para volver a confiar, nosotros también necesitamos espacios seguros donde la vida no nos grite que tenemos que ser perfectos para ser amados.
Pienso en esto cada vez que miro a un animal con miedo en los ojos.
No porque me dé lástima, sino porque me reconozco.
Porque en su mirada hay algo de todos nosotros: la historia de quienes aprendimos a no reaccionar para sobrevivir.
El trauma, sea humano o animal, no se corrige con más exigencia.
No se cura con “échale ganas”, ni con “tienes que superarlo”.
Se sana con presencia.
Con constancia.
Con alguien que te mire sin juzgarte, como si tu silencio también mereciera ser escuchado.
Y eso es lo que más nos cuesta: acompañar sin querer cambiar al otro.
La mayoría de los entrenadores dicen que hay que “enseñar al perro quién manda”.
Pero yo he aprendido que la autoridad sin empatía solo genera obediencia vacía.
Lo mismo pasa en la sociedad. En las escuelas, en las familias, en las empresas.
Nos esforzamos por construir estructuras donde la disciplina se confunde con control y la calma con sumisión.
¿Y si nos atreviéramos a redefinir la palabra “bueno”?
¿Y si ser bueno no fuera quedarse quieto, sino aprender a moverse con conciencia, sin miedo, sin reactividad?
¿Y si la verdadera madurez no fuera el silencio, sino la calma que nace de sentirse seguro?
“Dios no calla, solo habla en otro idioma cuando aprendemos a escuchar desde dentro.”
Tal vez el alma de los animales hace lo mismo.
Tal vez el silencio de ese perro “tranquilo” no sea obediencia, sino una súplica: “¿me ves?”.
Y el nuestro también.
Cada vez que dejamos de hablar por miedo al conflicto, cada vez que callamos una emoción para no ser juzgados, o escondemos una lágrima detrás de la risa, estamos repitiendo ese mismo patrón: colapsar para sobrevivir.
Y aunque parezca funcional, vivir así no es vida, es solo resistencia.
Acompañar el trauma no es arreglarlo, es estar.
Es ofrecer una presencia constante que diga “aquí estoy” sin exigir resultados.
Con los perros, eso significa rutinas predecibles, juegos suaves, tono sereno.
Con las personas, significa respeto, paciencia y escucha real.
Y aunque parezca sencillo, es un acto profundamente revolucionario.
Porque en un mundo que corre sin pausa, escuchar se vuelve un acto de rebeldía.
Y sanar, una forma de desobediencia amorosa.
Por eso, cuando veo un perro que vuelve a mover la cola después de meses, siento que el universo celebra.
Porque detrás de ese pequeño gesto hay una historia de confianza recuperada, de un cuerpo que vuelve a habitarse.
Y me recuerda que, si un ser que no habla puede volver a confiar, nosotros también podemos hacerlo.
Quizás la verdadera lección está ahí: en entender que la vida no se trata de no tener miedo, sino de aprender a respirar dentro de él.
De dejar que el amor, poco a poco, reeduque al cuerpo para volver a moverse sin terror.
De aceptar que no todos sanamos igual, ni al mismo ritmo.
Y de reconocer que el silencio, muchas veces, también ladra.
Cuando un perro traumatizado te mira a los ojos y se acerca un poco más cada día, no está obedeciendo: está decidiendo confiar.
Y tal vez eso sea lo más sagrado que puede hacer un ser vivo: volver a confiar en el mundo después de haber conocido su dureza.
Hoy quiero creer que ser “bueno” no es estar quieto, sino seguir amando después del daño.
No es no ladrar, sino saber cuándo hacerlo sin miedo.
No es obedecer, sino poder elegir sin terror.
Y eso aplica para perros, personas y sociedades enteras.
Ojalá aprendamos a mirarnos sin exigir perfección.
A crear vínculos donde podamos movernos, expresarnos, sanar, ladrar si hace falta…
y volver a vivir sin miedo.
Porque a veces, detrás del perro “tranquilo”, del hijo “obediente” o del adulto “fuerte”, hay un corazón esperando que alguien lo vea de verdad.
¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
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