domingo, 30 de noviembre de 2025

No estoy solo cuando hablo con mi mascota también me escucho a mí mismo



Hablar con mis mascotas siempre ha sido algo natural para mí. Desde niño, mientras veía cómo un perro o un gato me observaba en silencio con esos ojos llenos de misterio y presencia, sentía que ahí había algo más que un simple animal. No sabía ponerle nombre, pero sí sabía que no estaba solo. Y con el paso del tiempo, he descubierto que esa costumbre que muchos consideran rara, infantil o exagerada, en realidad es una expresión profunda de nuestra humanidad, de nuestra necesidad de conexión, de escuchar y ser escuchados, incluso cuando no recibimos una respuesta en palabras.

A veces les hablo de mis preocupaciones. Otras veces, de mis sueños. Les pregunto cómo les fue en el día, si descansaron bien, si el mundo fue amable con ellos. Y aunque sé que no me responderán con frases complejas, hay algo en su mirada, en su respiración, en su forma de acercarse o alejarse que responde con una honestidad brutal que ningún humano podría imitar. Cuando uno habla con su mascota como si fuera una persona, en realidad está dialogando con una parte muy pura de sí mismo, con su niño interior, con su corazón sin filtros, con su necesidad de cuidado y pertenencia.

La psicología moderna ha comenzado a reconocer que esta práctica no es una señal de locura ni de aislamiento social, como se pensaba antes, sino todo lo contrario: es una expresión de inteligencia emocional, de empatía desarrollada, de conciencia relacional. Hablarle a un animal como si comprendiera nuestras palabras pone en evidencia una capacidad profunda de vincularnos con lo vivo, incluso más allá del lenguaje humano. No es que pensemos que responden como una persona, sino que entendemos que su forma de escuchar es distinta, más sensorial, más energética, más intuitiva.

En una época donde casi todo se ha vuelto digital, veloz y muchas veces vacío, las mascotas se convierten en un ancla a lo esencial. Son presencia pura. Mientras todos miran pantallas, ellos nos miran a nosotros. Mientras la mente se dispersa entre notificaciones y obligaciones, ellos se quedan allí, sintiendo el aire, el momento, la energía real. Hablarles es también un acto de resistencia frente a una sociedad que ha olvidado cómo escuchar a los seres vivos sin juzgar ni interrumpir.

Yo crecí escuchando historias familiares donde los animales eran considerados guardianes, mensajeros, compañeros de alma. Y no lo siento como una metáfora. A veces, cuando observo a un gato en silencio mirando un punto invisible o a un perro percibiendo una energía que yo aún no alcanzo a detectar, comprendo que hay realidades más profundas que la lógica racional no puede abarcar. Hablarles es una forma de abrir un puente entre esos mundos: el visible y el invisible, lo tangible y lo espiritual, lo que se puede medir y lo que solo se puede sentir.

También he descubierto que muchas personas hablan con sus mascotas porque no encuentran espacios seguros para expresar lo que sienten con otros humanos. Y lejos de verlo como una debilidad, lo entiendo como una estrategia de cuidado emocional. En un mundo donde muchas conversaciones se vuelven superficiales, competir por quién habla más fuerte o quién aparenta más, los animales nos ofrecen un espacio de escucha sin juicio, sin máscaras, sin expectativas. Les podemos confesar miedos, culpas, alegrías y secretos que tal vez no nos atreveríamos a compartir con nadie más.

Y es que en el fondo, hablar con una mascota es hablar con la vida misma, con esa inteligencia que habita en todo lo que respira. Algunos estudios recientes han mostrado que las personas que dialogan con sus animales tienden a desarrollar mayor conciencia emocional, menos estrés, más empatía y una sensación más fuerte de acompañamiento, incluso en momentos de soledad. No es una ilusión vacía: es una respuesta real de nuestro sistema nervioso, que se calma al sentir una presencia cálida, constante y leal.

Cuando me siento a escribir en mi propio espacio de reflexión en EL BLOG JUAN MANUEL MORENO OCAMPO (https://juanmamoreno03.blogspot.com), muchas veces uno de ellos está cerca, acompañando en silencio. Y en esos momentos entiendo que no siempre se trata de entender la mente, sino de sentir el corazón, de percibir la vida en su forma más sencilla y, a la vez, más profunda.

También he compartido pensamientos parecidos en BIENVENIDO A MI BLOG (https://juliocmd.blogspot.com), donde la conciencia, la espiritualidad y el aprendizaje cotidiano se unen. Hablar con un animal es algo que va más allá de la lógica: es un acto de humildad, de reconocer que no somos el centro absoluto del universo, sino parte de una red inmensa de vida y energía donde cada ser tiene su valor, su misión, su vibración.

En el blog AMIGO DE ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com) he reflexionado muchas veces sobre cómo Dios, o la energía creadora, se manifiesta en lo simple, en lo pequeño, en lo que no siempre valoramos. Y créanme: pocas cosas se sienten tan divinas como la mirada de una mascota cuando sabe que estás triste, aunque no hayas dicho una sola palabra. Es una sabiduría que no se aprende en libros, sino en presencia.

Hay quienes dicen que hablar con sus mascotas es un signo de soledad. Yo lo veo como un signo de apertura. De sensibilidad. De humanidad expandida. Es la capacidad de reconocer que no todo vínculo tiene que ser humano para ser real, profundo y transformador. Es una forma de cuidar nuestra salud mental sin darnos cuenta, de abrazarnos a través de otro ser que no nos exige nada más que autenticidad.

Además, cuando uno se acostumbra a hablarle a su mascota, aprende también a hablarse mejor a sí mismo. Cambia el tono, cambia la forma, cambia la intención. Se vuelve más suave, más honesto, más compasivo. Y sin darse cuenta, ese diálogo interno se transforma. Ya no se trata solo de hablar con un perro o un gato: se trata de reaprender a relacionarnos con la vida desde un lugar menos violento, menos exigente, más amoroso.

No sé en qué momento exacto comenzó esta conexión para mí, pero sí sé que hoy no imagino un mundo sin ese tipo de diálogo silencioso y sagrado. A veces les pregunto cosas que no me responden, pero que terminan respondiéndome a mí mismo. A veces les doy consejos que en realidad necesito escuchar yo. A veces simplemente los miro, y en esa mirada todo está dicho.

Tal vez hablar con una mascota no sea una señal de que estamos locos, sino una señal de que aún estamos conectados con algo esencial. Con esa parte de nosotros que no ha sido consumida por la prisa, la competencia, el ruido. Con esa parte que todavía cree en la ternura, en la presencia, en los vínculos silenciosos pero eternos.

Y si alguien me pregunta hoy qué significa hablar con una mascota como si fuera una persona, le diría que significa que aún somos capaces de amar sin condiciones, de escuchar sin respuestas, de cuidar sin esperar nada a cambio. Significa que todavía hay un espacio en nuestro interior que no ha sido reemplazado por la tecnología ni por la frialdad del mundo moderno. Significa que, de alguna forma, seguimos siendo humanos.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

No hay comentarios.:

Publicar un comentario