A veces uno cree que el hielo es solo hielo. Algo blanco, lejano, silencioso. Un paisaje que vive en documentales o en mapas que casi nunca miramos con atención. Pero cuando empecé a leer, a escuchar y a sentir lo que realmente está pasando en la Antártida, entendí que el hielo no es un objeto: es memoria. Es tiempo comprimido. Es una especie de archivo vivo de todo lo que hemos sido como planeta.
Yo nací en 2003. Para mi generación, el deshielo no es una noticia futura: es parte del presente. Crecimos escuchando que “algún día” el clima cambiaría, que “en unas décadas” habría consecuencias. Hoy ya no hablamos en condicional. Hablamos en presente continuo. El hielo se rompe ahora. El mar sube ahora. Las decisiones —y las indecisiones— también ocurren ahora.
La expedición científica que relata el New York Times sobre el hielo antártico no es solo una crónica técnica. Es, en el fondo, una historia humana. Científicos atravesando grietas invisibles, sensores que miden lo que el ojo no ve, silencios tan profundos que obligan a escucharse a uno mismo. En medio de ese paisaje extremo, lo que realmente se está estudiando no es solo el hielo, sino nuestra relación con el tiempo y la responsabilidad.
Hay algo que me golpeó fuerte al leer sobre estas investigaciones: el hielo antártico no se derrite de forma dramática como en las películas. No explota. No hace ruido. Se adelgaza. Se debilita. Se suelta poco a poco del fondo marino. Y cuando lo hace, ya es tarde para reaccionar rápido. Me recordó demasiado a cómo funcionan muchas cosas en la vida: las relaciones, la salud mental, la fe, la ética. Nada se rompe de un día para otro. Todo se quiebra primero por dentro.
La Antártida siempre ha sido vista como un lugar “puro”, casi intocable. Y tal vez por eso nos duele más aceptar que incluso allí, donde no vivimos, donde no producimos, donde no dejamos huella directa, igual estamos presentes. En el calor del océano, en los gases acumulados, en las decisiones económicas tomadas a miles de kilómetros. El planeta no reconoce fronteras políticas. El hielo tampoco.
Mientras leía sobre plataformas gigantes que podrían colapsar y acelerar el aumento del nivel del mar, pensé en algo muy simple: nadie nos enseñó a pensar a largo plazo. Nos educaron para cumplir, para producir, para correr. Pocas veces para detenernos y preguntarnos qué dejamos detrás. Esa falta de criterio colectivo no es solo ambiental; es cultural. Y ahí es donde empiezo a conectar todo esto con conversaciones que he leído y vivido en casa, en especial en textos como los que aparecen en Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com), donde se insiste una y otra vez en que el verdadero progreso no es técnico si no es humano.
El hielo antártico guarda burbujas de aire de hace miles de años. Aire que ningún humano había respirado antes. Pensar eso me produce una mezcla rara de humildad y vértigo. ¿Qué dirían esas burbujas si pudieran hablar? ¿Qué pensarían de nosotros, que en apenas dos siglos hemos alterado equilibrios que tardaron milenios en formarse? Tal vez no dirían nada. Tal vez solo se disiparían, como se disipa la paciencia del planeta.
También me cuestiona algo más personal. Vivimos en una era de hiperconexión, de datos, de inteligencia artificial, de velocidad. Todo se mide en segundos. Pero el hielo nos recuerda otra escala: la del tiempo profundo. La de los procesos lentos que sostienen la vida. Y ahí aparece una contradicción que siento cada día: queremos cambiar el mundo rápido, pero no siempre estamos dispuestos a sostener cambios lentos en nosotros mismos.
En Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com) he leído reflexiones que invitan a detenerse, a observar, a no vivir en automático. Curiosamente, eso mismo hacen los científicos en la Antártida: observar con paciencia. Medir sin intervenir más de lo necesario. Escuchar al entorno. Tal vez la ciencia y la espiritualidad no estén tan lejos como nos hicieron creer. Ambas requieren silencio, atención y humildad.
El deshielo antártico no solo amenaza ciudades costeras o ecosistemas lejanos. Nos enfrenta a una pregunta incómoda: ¿qué tipo de especie queremos ser? Una que entiende el poder que tiene y actúa con responsabilidad, o una que sigue comportándose como si el planeta fuera un recurso infinito y silencioso. Yo no tengo todas las respuestas. Tengo dudas, miedos, contradicciones. Pero también tengo esperanza, porque veo a muchas personas jóvenes cuestionándose, informándose, intentando vivir con más conciencia.
Hay algo profundamente simbólico en que el hielo, que parece tan sólido, sea en realidad vulnerable. Nos pasa lo mismo. Por fuera aparentamos fortaleza, seguridad, control. Por dentro, muchas veces estamos llenos de grietas invisibles. Tal vez por eso este tema me toca tanto. Porque hablar del hielo es también hablar de nosotros: de nuestras capas, de lo que escondemos, de lo que se derrite cuando nadie está mirando.
En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com) he encontrado una idea que vuelve a mí mientras escribo: la creación no es algo separado de lo espiritual. Cuidar la Tierra no es una moda, es una forma de oración cotidiana, incluso para quienes no se identifican con una religión. Es una manera de decir “gracias” sin palabras.
No se trata de vivir con culpa permanente ni de cargar el peso del mundo sobre los hombros individuales. Se trata de recuperar el criterio. De entender que cada decisión, por pequeña que parezca, suma o resta. Que el hielo no se derrite solo por grandes industrias, sino por una cultura que normalizó el exceso, la indiferencia y la desconexión.
Yo sigo aprendiendo. Sigo leyendo. Sigo equivocándome. Pero cada vez que pienso en la Antártida, en ese silencio blanco que parece eterno pero no lo es, me acuerdo de algo sencillo: nada está garantizado. Ni el hielo. Ni el equilibrio. Ni siquiera el tiempo que creemos tener.
Tal vez el mayor misterio del hielo antártico no sea cómo se derrite, sino qué va a despertar en nosotros antes de que sea demasiado tarde. Si nos quedaremos mirando los datos como espectadores, o si permitiremos que esa realidad fría nos toque lo suficiente como para cambiar de rumbo.
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