Hay cifras que uno puede leer rápido, casi sin respirar, como si fueran solo números más flotando en internet. Tres millones de casos de diabetes y enfermedades cardiovasculares al año asociados al consumo de bebidas azucaradas. Tres millones. Lo leí una vez, lo releí otra, y aun así sentí que algo no encajaba. No porque dudara de la cifra —la evidencia es sólida y viene de estudios serios, como los que recoge Psyciencia— sino porque detrás de ese número hay personas. Hay historias. Hay cuerpos jóvenes, adultos, familias enteras que no se levantan un día diciendo “hoy voy a enfermarme”, sino que simplemente siguen un hábito que aprendieron sin cuestionarlo.
Crecí viendo cómo el azúcar estaba presente en casi todo. No solo en los postres o en los dulces evidentes, sino en lo cotidiano: el jugo del almuerzo, la gaseosa del fin de semana, la bebida “energética” para rendir más, el té embotellado que se vendía como saludable. Nadie nos enseñó a leer etiquetas. Nadie nos explicó que muchas de esas bebidas no estaban diseñadas para nutrirnos, sino para fidelizarnos. Para que el cuerpo pidiera más. Para que el paladar se acostumbrara a ese golpe dulce que, con el tiempo, deja de sentirse suficiente.
Lo que hoy sabemos —y lo que ya no se puede ignorar— es que el consumo habitual de bebidas azucaradas no es un tema menor. No es solo “engordar un poco” o “subir el azúcar”. Es una carga silenciosa que se va acumulando en el organismo y que termina expresándose en diabetes tipo 2, infartos, accidentes cerebrovasculares, hipertensión, inflamación crónica. Y lo más inquietante es que cada vez empieza más temprano. Ya no es una conversación exclusiva de adultos mayores. Cada vez hay más jóvenes diagnosticados, más cuerpos cansados antes de tiempo, más medicación temprana para enfermedades que, en muchos casos, podrían haberse prevenido.
Pero aquí quiero hacer una pausa. Porque no me interesa escribir desde el miedo ni desde la culpa. Me interesa escribir desde la conciencia. Desde esa incomodidad necesaria que aparece cuando uno se da cuenta de que ha normalizado cosas que no son normales. Que ha tomado decisiones en automático. Que ha delegado su salud a la publicidad, a la costumbre, al “siempre se ha hecho así”.
Hay algo profundamente contradictorio en nuestra época. Nunca habíamos tenido tanta información sobre salud, y al mismo tiempo nunca habíamos estado tan expuestos a productos diseñados para dañarnos lentamente. Nos hablan de libertad de elección, pero pocas veces de responsabilidad informada. Nos venden bebidas con imágenes de deporte, de juventud, de energía, mientras los estudios muestran una correlación directa entre su consumo y el deterioro metabólico. Esa contradicción no es casual. Es estructural. Y entenderla es el primer paso para salir de ella.
En algún momento entendí que esto no es solo un tema de nutrición. Es un tema de cultura, de economía, de regulación, de ética. Cuando uno revisa cómo funcionan las industrias, cómo se diseñan los productos, cómo se comunican, se da cuenta de que muchas decisiones no están pensadas para el bienestar a largo plazo de las personas, sino para la rentabilidad inmediata. Y eso no pasa solo con las bebidas azucaradas. Pasa con los datos personales, con la tecnología, con la forma en que se organizan las empresas, con cómo se prioriza el crecimiento sobre el cuidado. Lo he reflexionado muchas veces leyendo y escribiendo sobre organización, criterio y responsabilidad en espacios como el blog de Organización Empresarial TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com), donde se insiste en algo que hoy cobra más sentido que nunca: no todo lo que es legal es necesariamente saludable o ético.
Volviendo al cuerpo, hay algo que me duele especialmente: la desconexión que hemos desarrollado con nuestras propias señales internas. El cansancio se normaliza. El dolor se tapa con estimulantes. La ansiedad se calma con azúcar líquida. Y así, poco a poco, dejamos de escucharnos. Dejamos de preguntarnos qué necesitamos realmente. Si descanso, si agua, si silencio, si movimiento, si comida real. En lugar de eso, respondemos con una bebida que promete “activarnos”, cuando en el fondo lo que hace es exigirle más a un sistema ya saturado.
La ciencia es clara en algo que debería ser sentido común: el cuerpo no procesa igual el azúcar líquida que la que viene acompañada de fibra y nutrientes naturales. Una gaseosa o una bebida azucarada entra rápido, eleva la glucosa de golpe, fuerza al páncreas a producir insulina en exceso y, con el tiempo, genera resistencia. Ese ciclo repetido cientos de veces al año no es inocuo. Es desgaste puro. Y cuando eso se combina con sedentarismo, estrés crónico y mala alimentación general, el resultado es predecible.
Pero también hay esperanza. Y no una esperanza ingenua, sino práctica. La buena noticia es que muchas de estas enfermedades son altamente prevenibles. Reducir o eliminar el consumo de bebidas azucaradas tiene efectos positivos casi inmediatos: mejora la sensibilidad a la insulina, disminuye la inflamación, estabiliza la energía diaria, mejora la salud cardiovascular. No es magia. Es biología básica respetada.
Aquí es donde entra algo que para mí es clave: el criterio. Esa capacidad de decidir con conciencia, no por impulso ni por costumbre. Lo he visto reflejado en otros ámbitos, como cuando se habla de protección de datos y hábitos digitales en espacios como Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales (https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com). Así como no todo lo que es gratis en internet es seguro, no todo lo que es dulce y popular es saludable. En ambos casos, la pregunta es la misma: ¿qué estoy entregando sin darme cuenta? ¿Mi información? ¿Mi salud? ¿Mi energía?
A veces pienso que cuidar el cuerpo es una forma muy concreta de espiritualidad. No en un sentido religioso rígido, sino en el sentido de respeto por la vida que nos habita. Por ese sistema increíble que nos permite pensar, sentir, crear, amar. Cuando uno se conecta con esa idea, el consumo deja de ser automático y se vuelve consciente. Y ahí empiezan los cambios reales.
No se trata de demonizar el azúcar ni de vivir en una restricción permanente. Se trata de entender el contexto, la frecuencia, la intención. Una cosa es un gusto ocasional, compartido, disfrutado con presencia. Otra muy distinta es un hábito diario sostenido por la publicidad y la prisa. La diferencia entre una y otra no es moral. Es fisiológica.
He escrito antes sobre la importancia de volver a lo esencial, de escucharnos más, de vivir con más verdad, en espacios como Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com) y Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com). Y hoy siento que este tema conecta profundamente con eso. Porque cuidar lo que bebemos es también cuidar cómo vivimos. Es una decisión pequeña que refleja algo grande: el valor que le damos a nuestro futuro.
Si algo me gustaría que quedara de esta reflexión es esto: no necesitamos esperar a enfermarnos para empezar a cuidarnos. No necesitamos diagnósticos para cambiar hábitos. No necesitamos miedo para tomar mejores decisiones. Solo presencia. Solo información honesta. Solo el coraje de cuestionar lo que hemos normalizado.
Y si estás leyendo esto y algo te incomodó, no lo rechaces de inmediato. Escúchalo. Las incomodidades a veces son señales de crecimiento. No para vivir con culpa, sino con más conciencia.
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