martes, 13 de enero de 2026

¿De verdad hay carreras que no valen la pena… o es el sistema el que ya no sabe orientar a los jóvenes?



Hay titulares que incomodan porque parecen decirnos, sin anestesia, que algo de lo que soñamos ya no sirve. “Estas son las 9 carreras que NO vale la pena estudiar en Colombia, según la IA”. Lo leí y sentí una mezcla rara: curiosidad, molestia y una pregunta que me acompaña desde que tengo memoria consciente —¿de verdad alguien puede decidir por nosotros qué vale la pena vivir?

Nací en 2003, crecí viendo a adultos repetir que “estudiar asegura el futuro” y, al mismo tiempo, vi profesionales brillantes frustrados, endeudados, cansados de trabajar en algo que ya no les decía nada. También vi personas sin títulos formales construyendo proyectos dignos, coherentes, con impacto real. Así que cuando la inteligencia artificial aparece con listas que parecen sentencias, no puedo leerlas como verdades absolutas. Las leo como señales. Y las señales no se obedecen ciegamente: se interpretan.

La IA, según la fuente, señala carreras con baja empleabilidad, saturación del mercado o salarios que no compensan el esfuerzo. Y sí, hay datos que respaldan eso. Colombia no es un país fácil para vivir de la vocación pura. Aquí pesan la informalidad, la falta de políticas públicas coherentes, la desconexión entre universidad y realidad laboral. Fingir que eso no existe sería ingenuo. Pero también sería peligroso reducir la vida a un algoritmo de rentabilidad.

Porque una cosa es decir “esta carrera, estudiada sin estrategia, hoy tiene menos oportunidades”, y otra muy distinta es afirmar que “no vale la pena”. ¿No vale la pena para quién? ¿Para el que repite el pénsum sin cuestionarlo? ¿Para el que espera que el cartón haga todo el trabajo? ¿O para el que no está dispuesto a reinventarse?

He aprendido —más por golpes que por teoría— que el problema no es la carrera, sino la forma en que nos enseñaron a relacionarnos con ella. Nos dijeron: estudia, gradúate, busca empleo. Pocas veces nos dijeron: entiende el contexto, desarrolla criterio, aprende a aprender, cruza saberes, crea valor. Y en un mundo atravesado por tecnología, automatización y cambios culturales acelerados, esa omisión pesa.

La inteligencia artificial no está diciendo “no estudies”. Está diciendo, quizá sin quererlo, “no estudies como antes”. Y ahí está la clave que muchos pasan por alto. Carreras tradicionales como administración, derecho, comunicación, contaduría o incluso algunas ingenierías no están muertas. Lo que está obsoleto es ejercerlas como si estuviéramos en 1995. De hecho, cuando miro espacios como Organización Empresarial TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/) o TODO EN UNO.NET (https://todoenunonet.blogspot.com/), veo justo lo contrario: profesionales de base tradicional que se han transformado integrando tecnología, estrategia y visión humana.

En mi casa siempre se habló de estudiar, sí, pero también de trabajar, de observar la realidad, de no tragarse discursos completos sin masticarlos primero. Eso me hizo entender algo incómodo: hay personas que eligen carreras “que no valen la pena” porque nunca se preguntaron qué querían aportar al mundo, y hay otras que eligen esas mismas carreras con plena conciencia y las convierten en plataformas de transformación. La diferencia no está en el nombre del programa académico, sino en la intención y la adaptación.

La IA mide datos: salarios, vacantes, tendencias. No mide sentido, resiliencia, creatividad, ética, capacidad de conexión. Y justo esas son las habilidades que hoy más pesan. Un contador que solo liquida impuestos está en riesgo; uno que entiende negocio, tecnología y normativa viva es indispensable. Basta asomarse a espacios como TU CONTABILIDAD CONFIABLE Y RÁPIDO (https://micontabilidadcom.blogspot.com/) para notar cómo la profesión contable se transforma cuando se conecta con la realidad empresarial y digital.

Lo mismo pasa con carreras humanas y sociales, muchas veces señaladas como “poco rentables”. El problema no es estudiar psicología, comunicación o educación; el problema es hacerlo sin comprender el ecosistema actual. Hoy, quien no entiende plataformas, datos, comportamiento digital y ética de la información se queda atrás. Por eso temas como el cumplimiento y la protección de datos personales, tratados en Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales (https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com/), atraviesan todas las profesiones, incluso aquellas que la IA pone en la lista de las “no recomendadas”.

También hay algo que me preocupa de este tipo de titulares: generan miedo en jóvenes que ya vienen cargados de presión. A los 17 o 18 años te piden que decidas “qué vas a ser el resto de tu vida”, mientras el mundo cambia cada seis meses. Eso no es orientación: es angustia institucionalizada. Nadie te dice que puedes equivocarte, cambiar, complementar, pausar, volver a empezar. Nadie te dice que una carrera no define tu identidad, apenas la acompaña un tramo.

Yo escribo desde la duda, no desde la superioridad. También me he preguntado si lo que estudio, lo que aprendo, lo que construyo, “vale la pena”. Y he entendido algo simple pero liberador: vale la pena aquello que te hace crecer en conciencia y te permite servir mejor. Lo demás es ruido. Por eso recurro a espacios de reflexión como Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/) o Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/), donde la pregunta no es cuánto produces, sino desde dónde vives.

La espiritualidad —no como religión impuesta, sino como conexión interior— también juega un papel clave aquí. Si eliges una carrera solo por miedo a no ganar dinero, probablemente terminarás vacío. Si la eliges solo por idealismo ingenuo, quizá te frustres. El equilibrio está en unir propósito con estrategia. Y eso no lo enseña ninguna universidad de forma directa; se aprende caminando, equivocándose, escuchando. En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/) he encontrado palabras que me recuerdan que no todo se mide en cifras, aunque las cifras importen.

Entonces, ¿hay carreras que hoy, tal como están planteadas, ofrecen menos oportunidades en Colombia? Sí. ¿Significa eso que no valen la pena para nadie? No. Significa que ya no basta con estudiar: hay que construir criterio, identidad profesional y capacidad de adaptación. Significa que el título dejó de ser un fin y pasó a ser una herramienta más. Significa que quien no esté dispuesto a aprender de tecnología, de personas y de contexto, sin importar su carrera, lo va a tener difícil.

La IA no viene a quitarnos el futuro; viene a quitarnos las excusas. Nos obliga a preguntarnos qué hacemos con lo que sabemos, cómo lo conectamos con la realidad y para qué lo usamos. Y eso, aunque incomode, es una oportunidad enorme para mi generación. No estamos condenados a elegir mal; estamos invitados a elegir con más conciencia.

Si hoy estás decidiendo qué estudiar, no le preguntes solo a la IA si “vale la pena”. Pregúntate qué problema te duele, qué habilidades estás dispuesto a cultivar durante años, qué tipo de persona quieres ser mientras trabajas. Luego mira los datos, sí, pero como un mapa, no como una jaula. La vida no es una lista de carreras aprobadas o rechazadas. Es un proceso vivo que se reescribe mientras avanzas.

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lunes, 12 de enero de 2026

Cuando emprender también es cuidar: oportunidades conscientes en el mundo animal



Hay momentos en los que uno se da cuenta de que el mundo no gira solo alrededor de los humanos. Yo crecí escuchando historias familiares donde los animales no eran “mascotas”, sino compañía, refugio emocional y, muchas veces, maestros silenciosos. Perros que esperaban sin condiciones, gatos que imponían límites con solo una mirada, aves que nos recordaban que la libertad existe incluso en espacios pequeños. Con los años, y especialmente ahora que tengo 21, he entendido que esa relación no es solo afectiva: también es ética, social y, sí, económica. Pero no desde la explotación, sino desde la conciencia.

Hablar de oportunidades para emprender en el mundo animal no es hablar de “negocios rentables” en frío. Es hablar de una transformación cultural que ya está ocurriendo. Hoy convivimos en un mundo multiespecie, aunque a muchos aún les cueste aceptarlo. Cada vez más personas entienden que los animales no son objetos ni accesorios, sino seres con necesidades emocionales, físicas y sociales. Esa conciencia colectiva está moviendo decisiones de consumo, regulaciones, profesiones nuevas y formas distintas de emprender.

Hace unos años, emprender en el mundo animal se reducía, para muchos, a una veterinaria tradicional o a una tienda de mascotas. Hoy eso se quedó corto. La relación humano–animal se volvió más profunda y más compleja. Hay tutores —porque así se llaman ahora muchas personas que conviven con animales— que buscan bienestar integral, respeto, personalización y coherencia ética. Y ahí es donde aparecen oportunidades que van mucho más allá de vender productos.

Pienso, por ejemplo, en el cuidado emocional de los animales. Durante mucho tiempo se ignoró que perros, gatos y otros compañeros también sufren ansiedad, estrés, duelos y cambios profundos cuando su entorno se altera. La pandemia dejó esto en evidencia. Emprendimientos relacionados con etología, acompañamiento emocional, educación respetuosa y modificación de conducta han crecido porque responden a una necesidad real. No se trata de “adiestrar” para obedecer, sino de comprender para convivir mejor.

También está el tema del bienestar integral. Alimentación consciente, productos naturales, alternativas más sostenibles y personalizadas. Cada vez más personas se preguntan qué hay detrás de lo que consumen sus animales: ingredientes, procesos, impacto ambiental. Emprender desde ahí implica responsabilidad, investigación y transparencia. No basta con vender “lo natural”; hay que ser coherente con ello. Y esa coherencia, aunque exige más, también construye confianza a largo plazo.

Otra oportunidad enorme está en los servicios especializados. Cuidadores formados, paseadores con enfoque emocional, hospedajes éticos que respeten ritmos y vínculos, guarderías que no sean simples espacios de encierro. Vivimos en ciudades aceleradas donde muchas personas aman profundamente a sus animales, pero no siempre tienen el tiempo o el conocimiento para cubrir todas sus necesidades. Ahí, el emprendimiento consciente se vuelve un puente, no un reemplazo del vínculo, sino un apoyo.

Pero no todo pasa por el cuidado directo. El mundo animal también se cruza con la tecnología, la educación y la comunicación. Plataformas digitales de acompañamiento, contenidos educativos responsables, comunidades de apoyo, divulgación científica accesible. Yo mismo, desde la escritura y la reflexión, siento que aportar conciencia también es una forma de emprender. Crear espacios donde se hable de la relación humano–animal desde el respeto ya es, en sí, una respuesta a una necesidad social.

Incluso desde lo empresarial y organizacional, este mundo plantea preguntas profundas. ¿Cómo se regulan estos servicios? ¿Cómo se protege la información de quienes confían en nosotros? ¿Cómo se construyen proyectos sostenibles y legales? Ahí conecto mucho con reflexiones que he leído en espacios como Organización Empresarial TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com), donde se habla de emprendimiento con estructura, ética y visión a largo plazo. Emprender con animales no puede ser improvisado: implica responsabilidad legal, administrativa y humana.

También está el componente de los datos y la confianza. Hoy muchos servicios trabajan con información sensible: hábitos, ubicaciones, rutinas, datos de salud de animales y de sus tutores. Esto conecta directamente con la importancia del cumplimiento y la protección de datos, algo que se aborda con claridad en Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales (https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com). Emprender sin considerar esto es poner en riesgo no solo el negocio, sino la relación de confianza que es clave en este sector.

No puedo dejar de pensar en el impacto espiritual y emocional de este tipo de emprendimientos. Cuidar a un animal es, muchas veces, cuidar también a una persona. Hay animales que sostienen emocionalmente a adultos mayores, a niños, a personas que atraviesan duelos o enfermedades. Emprender en este mundo exige sensibilidad. Me conecta mucho con reflexiones que encuentro en Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com), donde se recuerda que toda forma de vida merece respeto y que servir también es una forma de espiritualidad aplicada.

Desde mi propio proceso, escribiendo en El Blog Juan Manuel Moreno Ocampo (https://juanmamoreno03.blogspot.com), he entendido que emprender no siempre significa crear una empresa gigantesca. A veces es empezar pequeño, coherente, alineado con lo que uno cree. En el mundo animal, eso se nota más que en otros sectores. Los animales no fingen, no negocian valores, no se adaptan al ego. O los entiendes, o no funciona.

Hay quienes ven estas oportunidades solo desde la rentabilidad, y sí, es un sector en crecimiento. Pero si se pierde la conciencia, se convierte rápidamente en explotación maquillada. El reto está en equilibrar sostenibilidad económica con respeto profundo. No es fácil, pero es necesario. Y creo que las nuevas generaciones tenemos una responsabilidad especial ahí: no repetir modelos que ya demostraron ser dañinos.

También hay oportunidades en la educación temprana. Enseñar a niños y jóvenes a relacionarse de forma sana con los animales es sembrar una sociedad más empática. Talleres, contenidos, experiencias educativas que integren tecnología, juego y conciencia. Eso también es emprender, aunque no siempre se mida en cifras inmediatas.

Cuando uno mira el panorama completo, entiende que el mundo animal no es un “nicho raro”, sino un reflejo de cómo estamos evolucionando como sociedad. Cómo tratamos a los animales dice mucho de cómo nos tratamos entre nosotros. Por eso, emprender en este sector no es solo una decisión económica, sino una postura frente a la vida.

A veces pienso que los animales llegaron antes a entender lo que nosotros apenas estamos aprendiendo: la importancia del presente, de los límites, del cuidado mutuo. Tal vez por eso, trabajar con ellos nos obliga a bajar el ritmo, a escuchar más, a ser más honestos. Y eso, en un mundo saturado de ruido, es una oportunidad enorme.

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Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

domingo, 11 de enero de 2026

Cuando el perro deja de ser perro y se convierte en diseño: una mirada joven sobre las nuevas razas y nuestra forma de amar



Desde que tengo memoria, los perros han estado ahí. No como “mascotas”, sino como presencias silenciosas que acompañan procesos humanos que muchas veces ni nosotros mismos entendemos. He visto perros crecer conmigo, en la casa, en la calle, en el barrio, en las historias que se cuentan en familia. Y también he visto cómo, con el paso del tiempo, los humanos hemos ido transformando incluso aquello que decimos amar.

Hace poco leí sobre las nuevas razas de perros que están surgiendo en el mundo. No hablo de razas ancestrales, de esas que vienen de siglos atrás y que se formaron por adaptación al clima, al trabajo o a la convivencia natural con el ser humano. Hablo de razas recientes, creadas en laboratorios, criaderos especializados o cruces planificados al detalle para responder a gustos, modas, tamaños, colores o “estilos de vida”. Y ahí fue donde algo dentro de mí se quedó pensando.

Porque detrás de cada nueva raza hay una pregunta incómoda: ¿estamos acompañando la evolución natural de los perros o estamos proyectando nuestras propias carencias, estéticas y necesidades sobre ellos?

Hoy existen perros diseñados para no soltar pelo, para ser más pequeños que un gato, para tener cara eternamente de cachorro, para “no molestar”, para adaptarse a apartamentos diminutos y rutinas humanas cada vez más aceleradas. Y aunque muchos de estos avances se presentan como mejoras, también cargan consigo consecuencias físicas, emocionales y éticas que pocas veces se discuten con honestidad.

No es casualidad que muchas de estas nuevas razas presenten problemas respiratorios, articulares, digestivos o de ansiedad. Tampoco es casualidad que cada vez haya más perros medicados, estresados o abandonados cuando dejan de cumplir la expectativa con la que fueron comprados. Porque sí, hay que decirlo sin miedo: cuando un ser vivo se convierte en producto, algo se rompe en la relación.

Crecí escuchando historias familiares donde los perros no tenían “raza”, pero sí nombre, carácter y lugar en la casa. Eran compañeros, no accesorios. No respondían a un estándar estético, sino a una relación real. Tal vez por eso me cuesta no cuestionar este auge de nuevas razas como si fueran lanzamientos de temporada, similares a un celular o una prenda de moda.

Y aquí es donde la conversación se vuelve más profunda. Porque este fenómeno no habla solo de perros. Habla de nosotros.

Vivimos en una sociedad que busca controlar, optimizar y personalizar absolutamente todo. La tecnología nos ha acostumbrado a elegir características, descartar fallas, exigir resultados inmediatos. Y sin darnos cuenta, trasladamos esa lógica a la vida, a las relaciones y también a los animales. Queremos perros que se adapten a nuestra vida, pero pocas veces nos preguntamos si estamos dispuestos a adaptarnos a la vida que ellos necesitan.

En uno de los espacios donde más he reflexionado sobre esto es en textos que giran alrededor de la conciencia y el vínculo con lo que nos rodea, como los que se comparten en Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías
Allí se habla mucho de la responsabilidad que implica cuidar la vida, no desde la superioridad, sino desde la gratitud y el respeto.

Porque si algo nos enseñan los perros —de raza nueva, antigua o ninguna— es presencia. Ellos no viven proyectados al futuro ni anclados al pasado. Están aquí. Ahora. Y nos leen emocionalmente con una precisión que muchas veces supera a la de cualquier humano. Entonces, ¿qué sentido tiene moldearlos sin pensar en su bienestar integral?

También me pregunto qué estamos enseñando a las nuevas generaciones cuando normalizamos la compra de perros como objetos de diseño. En Mensajes Sabatinos
se repite una idea que me acompaña mucho: educamos más con lo que normalizamos que con lo que decimos. Y normalizar la cosificación de la vida, aunque sea de forma sutil, tiene efectos que van más allá de una mascota.

No se trata de satanizar las nuevas razas ni de juzgar a quien convive con una. Se trata de abrir la conversación. De preguntarnos si estamos eligiendo desde la conciencia o desde el impulso. Desde el amor o desde la moda. Desde la responsabilidad o desde la comodidad.

Hoy, con más información disponible que nunca, ya no podemos decir que “no sabíamos”. Sabemos que ciertos cruces afectan la salud de los animales. Sabemos que la crianza irresponsable existe. Sabemos que hay negocios que priorizan ganancias sobre bienestar. Y también sabemos que adoptar, cuidar y acompañar de forma ética sigue siendo una opción poderosa.

En El blog de Juan Manuel Moreno Ocampo
he escrito varias veces sobre la importancia de cuestionar lo que parece normal. Y este tema, aunque parezca liviano o anecdótico, toca fibras profundas de cómo nos relacionamos con la vida en general.

Incluso desde una mirada más estructural, organizaciones y empresas que trabajan con bienestar, ética y responsabilidad social —como se reflexiona en Organización Empresarial TodoEnUno.NET
— ya están entendiendo que la sostenibilidad no es solo ambiental o financiera, sino también relacional. Cómo tratamos a los animales dice mucho de cómo nos tratamos entre nosotros.

Tal vez el verdadero avance no esté en crear nuevas razas, sino en crear nuevas conciencias. En aprender a convivir sin imponer. En cuidar sin poseer. En amar sin moldear al otro para que encaje en nuestras expectativas.

Los perros no necesitan ser “mejorados” para enseñarnos algo. Somos nosotros los que necesitamos volver a mirar con más humildad, más calma y más verdad. Porque al final, cuando un perro te mira, no ve tu estatus, tu estilo de vida ni tus logros. Ve tu energía. Tu coherencia. Tu capacidad de estar presente.

Y quizás esa sea la lección más grande que nos siguen ofreciendo, incluso en medio de tanta intervención humana: la vida no necesita ser perfecta para ser valiosa.

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“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

sábado, 10 de enero de 2026

Cuando un gato llega a casa, algo en ti también aprende a vivir distinto



Desde que tengo memoria, los gatos han sido una especie de espejo silencioso. No hablan como los humanos, no explican lo que sienten con palabras largas ni justifican sus silencios, pero están ahí, observándolo todo, recordándonos que la vida no siempre necesita ruido para ser profunda. Tal vez por eso, cuando alguien decide tener su primer gato, no solo está adoptando una mascota: está aceptando una pequeña lección diaria sobre respeto, paciencia, límites y presencia.

La guía clásica sobre cómo criar un primer gato —como la que circula en medios tradicionales— suele hablar de errores comunes, cuidados iniciales, alimentación, visitas al veterinario y cajas de arena. Todo eso es importante, claro que sí. Pero siento que hay algo que casi nunca se dice y que, con el paso del tiempo, he entendido desde la convivencia real: criar un gato también es un proceso de crianza personal. El gato no llega a adaptarse solo a tu casa; tú también tienes que adaptarte a su forma de habitar el mundo.

Uno de los primeros errores que cometemos, sobre todo cuando venimos de criar perros o de una cultura muy humana-céntrica, es pensar que el gato “debe” comportarse como esperamos. Queremos que sea cariñoso cuando nosotros queremos, que juegue cuando tenemos tiempo, que no se suba a ciertos lugares, que entienda nuestras reglas. Pero el gato no llega como una hoja en blanco. Llega con instinto, con memoria genética, con una lógica propia. Y ahí aparece la primera lección: no todo en la vida existe para complacernos.

Los gatos necesitan tiempo. Tiempo para explorar, para oler, para esconderse, para observar desde lejos. Forzar el contacto, cargarlos apenas llegan a casa o exponerlos a demasiadas personas en los primeros días suele generar estrés, miedo y desconfianza. Esto no es solo un consejo veterinario; es una metáfora perfecta de nuestras relaciones humanas. ¿Cuántas veces hemos invadido procesos ajenos por ansiedad, por apego, por necesidad de afecto inmediato?

En casa aprendí que respetar el ritmo del gato es un acto de amor. Preparar un espacio tranquilo, permitirle tener refugios, entender que esconderse no es rechazo sino autoprotección. Ese aprendizaje, curiosamente, conecta mucho con reflexiones que he leído y vivido en textos como los de Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/), donde se habla de procesos, de no forzar la vida, de entender que cada ser tiene su propio tiempo de florecer.

Otro error frecuente es subestimar la importancia del entorno. Un gato no necesita solo comida y agua; necesita estímulos. Rascar no es un “mal comportamiento”, es una necesidad biológica. Saltar, trepar, observar desde lo alto, cazar juguetes imaginarios… todo eso forma parte de su equilibrio emocional. Cuando no lo entendemos, castigamos lo que no deberíamos castigar y luego nos preguntamos por qué el gato está agresivo o distante.

Aquí hay algo profundo: muchas veces castigamos en otros lo que simplemente no entendemos. En vez de adaptar el entorno, exigimos adaptación unilateral. Y eso, tarde o temprano, rompe vínculos. En el mundo organizacional pasa lo mismo, algo que se analiza desde otra perspectiva en Organización Empresarial TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/), donde se insiste en que los sistemas deben diseñarse para las personas, no al revés. Con los gatos ocurre exactamente igual.

La alimentación es otro punto clave que suele abordarse de forma técnica, pero que tiene una dimensión ética. No todo lo que vende el mercado es bueno. Un gato es un carnívoro estricto, y darle comida inadecuada por comodidad o desconocimiento puede afectar su salud a largo plazo. Aquí aparece una responsabilidad silenciosa: cuando adoptamos, asumimos el cuidado integral de otro ser vivo. No es solo “quererlo”, es informarse, invertir, priorizar.

Este tema de la responsabilidad consciente conecta mucho con lo que se reflexiona en Todo En Uno.NET (https://todoenunonet.blogspot.com/), donde se habla de decisiones cotidianas, de tecnología, de vida moderna, pero siempre desde una pregunta de fondo: ¿somos realmente conscientes de las consecuencias de lo que hacemos?

También está el tema de la salud y las visitas veterinarias. Muchos esperan a que algo “grave” pase para actuar. Pero los gatos, por naturaleza, esconden el dolor. Cuando muestran síntomas, a veces ya es tarde. Vacunarlos, desparasitarlos, esterilizarlos no es exageración, es prevención. Y la prevención, en cualquier ámbito de la vida, siempre es un acto de amor maduro, no de miedo.

Hay otro error más sutil, casi invisible: proyectar nuestras emociones en el gato. Pensar que nos “ignora”, que es “frío”, que “no nos quiere”. El gato demuestra afecto de formas distintas: se queda cerca, duerme en el mismo espacio, parpadea lentamente, te da la espalda en señal de confianza. Aprender a leer ese lenguaje es aprender a escuchar sin palabras. Algo que, curiosamente, también se trabaja desde la espiritualidad cotidiana que se comparte en Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/), donde se recuerda que no todo mensaje llega con ruido.

Convivir con un gato también confronta nuestras contradicciones. Queremos independencia, pero nos duele cuando no nos buscan. Decimos amar la libertad, pero nos incomoda no tener control. El gato te enseña que el amor no se exige, se ofrece. Que el vínculo auténtico nace del respeto mutuo, no de la imposición.

En lo personal, escribir sobre esto me ha hecho conectar con reflexiones que he ido dejando en El blog Juan Manuel Moreno Ocampo (https://juanmamoreno03.blogspot.com/), donde muchas veces hablo de crecer, de observar la vida desde lo simple, de aprender de lo cotidiano. Un gato no es un accesorio, es un maestro silencioso. Te obliga a bajar el ritmo, a observar, a aceptar que no todo gira alrededor de ti.

Incluso desde lo simbólico, el gato representa algo poderoso: presencia. Está donde está. No vive en el pasado ni en el futuro. Y eso, en una sociedad hiperconectada, ansiosa y saturada, es casi un acto revolucionario. Algo muy alineado con los mensajes breves pero profundos que se encuentran en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/), donde se invita a pausar, a reflexionar, a mirar hacia adentro.

Criar a tu primer gato no es seguir una lista de chequeo. Es aprender a convivir con otro ser desde la conciencia. Es equivocarse, corregir, observar, volver a intentar. Es aceptar que no todo se controla, que el amor verdadero no es posesión, y que incluso en el silencio hay compañía.

Si estás a punto de adoptar o acabas de hacerlo, o si ya convives con un gato y sientes que algo de esto te resonó, tal vez la pregunta no sea solo “¿estoy cuidando bien a mi gato?”, sino también “¿qué me está enseñando esta convivencia sobre mí?”.

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viernes, 9 de enero de 2026

Cuando inventamos nuevas razas de perros, ¿qué estamos buscando en realidad?


 

A veces siento que hablar de perros es hablar de nosotros mismos sin darnos cuenta. De nuestras búsquedas, de nuestras contradicciones, de esa necesidad casi ancestral de crear compañía, sentido y vínculo en un mundo que cada vez corre más rápido. Cuando leí sobre las “nuevas razas de perros” que están surgiendo en distintas partes del mundo, no pude quedarme solo con la curiosidad genética o con el dato curioso para redes sociales. Algo más profundo me hizo ruido por dentro. Porque detrás de cada nueva raza no hay solo ciencia, cruces o estándares… hay historias humanas, miedos, deseos, mercado, afecto y, muchas veces, soledad.

Crecí en una casa donde los animales no eran accesorios ni caprichos. Eran presencia. Eran parte del ritmo cotidiano. Un perro no era “la mascota”, era el que escuchaba sin juzgar, el que se quedaba cuando todos se iban, el que sentía antes de que uno hablara. Tal vez por eso, hoy, a mis 21 años, me cuesta mirar el tema de las nuevas razas sin preguntarme qué dice eso de nosotros como sociedad. ¿Estamos creando perros para acompañarnos mejor… o para llenarnos vacíos que no sabemos nombrar?

Las nuevas razas no aparecen de la nada. No es que un día el mundo amaneció con un tipo distinto de perro porque sí. Surgen de cruces intencionales, de laboratorio, de selección genética pensada para responder a estilos de vida muy concretos. Perros más pequeños para apartamentos diminutos. Perros hipoalergénicos para personas que aman la idea del vínculo pero no toleran el pelo. Perros con menos instinto, menos energía, menos “animalidad”, porque el mundo urbano ya no sabe qué hacer con lo salvaje.

Y ahí es donde me entra una sensación ambigua. Por un lado, admiro la capacidad humana de adaptación, de buscar soluciones, de usar la ciencia para convivir mejor. Pero, por otro, me pregunto si no estamos domesticando demasiado… incluso aquello que nos recordaba que no todo se puede controlar.

Algunas de estas nuevas razas vienen de mezclas entre perros muy populares. Otras nacen del cruce entre perros y lobos, buscando rasgos estéticos más “exóticos”. Hay razas creadas para ser más tranquilas, más obedientes, más “instagramables”. Y aunque no tiene nada de malo querer compartir la vida con un perro que se ajuste a tu entorno, la pregunta incómoda sigue ahí: ¿estamos pensando primero en el bienestar del animal o en nuestra comodidad?

En estos años, mientras escribo y reflexiono, he aprendido que casi todo lo que creamos dice algo de nuestras prioridades. Así como en el mundo empresarial muchas decisiones se toman pensando más en la rentabilidad que en el impacto humano —tema que he visto de cerca y que también se reflexiona desde espacios como https://organizaciontodoenuno.blogspot.com—, en el mundo animal pasa algo parecido. Hay criaderos responsables, conscientes, éticos. Pero también hay una industria que ve perros como productos, como tendencias pasajeras, como bienes de consumo.

Y no puedo evitar unir los puntos. Vivimos en una época donde todo parece diseñado para durar poco. Relaciones rápidas. Contenido efímero. Vínculos reemplazables. ¿Será que incluso el perro, ese símbolo ancestral de lealtad, está empezando a ser tratado con la misma lógica?

Al mismo tiempo, sería injusto quedarme solo en la crítica. También he visto historias hermosas detrás de nuevas razas. Personas que, desde el amor genuino, han buscado crear perros más sanos, con menos enfermedades hereditarias, con mejores condiciones de vida. Razas pensadas no para exhibirse, sino para acompañar terapias, apoyar personas con discapacidad, o simplemente ofrecer compañía real a quienes viven solos. Ahí la intención cambia todo.

Y es que la intención siempre lo cambia todo. No es lo mismo crear desde el vacío que desde la conciencia. No es lo mismo querer un perro para llenar un feed que querer un perro para compartir silencios.

En uno de mis escritos personales en https://juanmamoreno03.blogspot.com he hablado de cómo los vínculos verdaderos no se fuerzan, se cultivan. Con los perros pasa igual. No importa si es una raza ancestral o una mezcla reciente: lo que transforma la relación es el tiempo, la presencia, la coherencia entre lo que damos y lo que exigimos.

Hoy también hay un componente tecnológico inevitable en todo esto. Pruebas genéticas, selección avanzada, monitoreo de salud, control de linajes. La tecnología no es el problema en sí. El problema aparece cuando olvidamos que, detrás de cada algoritmo o cruce planificado, hay un ser vivo que siente, que se estresa, que necesita más que alimento y vacunas. Algo parecido a lo que pasa con los datos personales cuando se gestionan sin ética, tema que también he visto abordarse con profundidad en https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com. No todo lo técnicamente posible es moralmente correcto.

Me gusta pensar que los perros, incluso los “nuevos”, siguen siendo maestros silenciosos. Nos muestran lo que significa estar presentes. Nos enseñan a no complicar tanto las cosas. A celebrar lo simple. A esperar sin rencor. Tal vez por eso, en un mundo tan saturado de ruido, siguen siendo refugio.

También creo que estas nuevas razas nos obligan a hacernos preguntas incómodas pero necesarias. ¿Estamos preparados para asumir la responsabilidad completa de un ser que depende de nosotros? ¿O solo queremos la parte bonita del vínculo? ¿Entendemos que un perro no es un accesorio emocional sino una vida con necesidades propias?

En espacios más espirituales, como los que se comparten en https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com o en https://escritossabatinos.blogspot.com, se habla mucho de coherencia, de respeto por la creación, de cuidado mutuo. Y aunque a veces parezcan temas lejanos de algo tan “cotidiano” como un perro, para mí están profundamente conectados. Cómo tratamos a los animales dice mucho de cómo nos tratamos entre nosotros y de cómo entendemos nuestro lugar en el mundo.

No se trata de satanizar las nuevas razas ni de idealizar el pasado. Se trata de mirar con más conciencia. De informarnos. De elegir con responsabilidad. De preguntarnos si estamos listos para cuidar, no solo para poseer.

Tal vez el verdadero reto no sea de dónde vienen estas nuevas razas, sino hacia dónde vamos nosotros como humanidad. Si seguiremos creando desde la prisa o si aprenderemos a crear desde el cuidado. Si veremos a los perros como compañía viva o como soluciones a medida. Si entenderemos que el amor no se diseña, se practica.

Yo, por ahora, sigo aprendiendo. Observando. Preguntándome. Y agradeciendo cada vez que un perro —sin importar su raza— me recuerda que la vida no necesita tantas explicaciones para ser sentida.


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jueves, 8 de enero de 2026

Cuando un gato te elige: lecciones de paciencia, cuidado y presencia al criar a tu primer compañero



Hay momentos de la vida en los que uno no busca respuestas grandes, sino compañía silenciosa. A veces llega en forma de una conversación inesperada, otras veces en una noche larga frente al computador, y muchas veces —más de las que admitimos— llega en forma de un gato que aparece sin hacer ruido y decide quedarse. No porque se lo pidas, sino porque te elige.

Hablar de la crianza del primer gato en casa no es solo hablar de arena, comida o juguetes. Es hablar de límites, de respeto, de aprender a convivir con otro ser vivo que no entiende de órdenes, pero sí de energía. Yo lo aprendí desde muy joven, observando en casa cómo los animales no se adaptan a nosotros, sino que nos obligan a adaptarnos a ellos. Y eso, en un mundo que corre tan rápido, es una lección profunda.

Muchos artículos —como el que recientemente circuló en El Tiempo— hablan de errores comunes y cuidados básicos. Y sí, son necesarios. Pero hoy, con más información disponible, con mayor conciencia sobre bienestar animal y con una generación que empieza a cuestionarlo todo, vale la pena ir un poco más allá. Porque criar un gato no es un checklist, es un proceso de transformación personal.

El primer error que solemos cometer es creer que un gato es “fácil”. Que porque no hay que sacarlo a pasear, entonces no requiere atención. Esa idea sigue muy presente y es injusta. Un gato necesita presencia, aunque no la exija. Necesita que respetes su espacio, pero también que estés disponible. Es una relación curiosa: cuanto menos lo fuerzas, más se acerca. Y eso, curiosamente, se parece mucho a las relaciones humanas sanas.

Recuerdo haber leído reflexiones similares en Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/), donde se habla de los vínculos desde la observación cotidiana, sin adornos. Criar un gato es, en esencia, aprender a observar. A entender que no todo se controla, que no todo se explica, que hay silencios que también comunican.

Otro error frecuente es humanizarlos en exceso. Vestirlos, cargarlos cuando no quieren, obligarlos a interactuar. No porque sea malintencionado, sino porque proyectamos. El gato no necesita ser un humano pequeño; necesita ser gato. Necesita trepar, esconderse, rascar, mirar por la ventana durante horas. Cuando no le damos eso, no solo se estresa él: nos frustramos nosotros.

Aquí entra algo que se conecta mucho con lo que he leído y escrito en El blog Juan Manuel Moreno Ocampo (https://juanmamoreno03.blogspot.com): aprender a convivir sin invadir. En una sociedad donde todo compite por atención, un gato te enseña que el amor no siempre es ruido. A veces es simplemente compartir el mismo espacio sin exigencias.

Los cuidados iniciales, claro, son importantes. Una visita temprana al veterinario, vacunas al día, desparasitación, esterilización responsable. Hoy ya no es opcional: es parte del compromiso ético. También lo es elegir una alimentación adecuada, no solo la más barata. La salud a largo plazo del gato depende mucho de esas decisiones tempranas, algo que hoy está respaldado por estudios actuales sobre nutrición felina y bienestar animal.

Pero hay un cuidado del que poco se habla: el emocional. Un gato recién llegado está desubicado. No entiende por qué cambió todo. Algunos se esconden días, otros maúllan sin parar. Y ahí es donde muchos se rinden. “Es que no se deja”, “es muy arisco”, “no es cariñoso”. Pero, ¿y si el problema no es el gato, sino nuestra prisa?

Vivimos apurados. Queremos resultados inmediatos, incluso en el afecto. Un gato te obliga a bajar el ritmo. A respetar los tiempos del otro. A entender que la confianza no se compra ni se exige. Se construye. Esta idea aparece mucho en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/), donde se habla de la paciencia como acto espiritual cotidiano, no como discurso religioso, sino como práctica real.

También está el error de no preparar el entorno. Un gato no “se adapta solo”. Necesita espacios verticales, zonas seguras, lugares donde sentirse dueño. No se trata de llenar la casa de cosas caras, sino de pensar el hogar desde otra mirada. Algo muy parecido a lo que se plantea en Organización Empresarial TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/) cuando se habla de diseñar espacios que respeten a las personas. Cambia personas por animales y la lógica sigue funcionando.

Hay quienes se sorprenden cuando el gato rasca muebles o tira cosas. Pero rara vez se preguntan si el entorno estaba preparado para su naturaleza. No es rebeldía: es instinto. Y cuando entiendes eso, dejas de pelear y empiezas a ajustar. Esa transición —de imponer a comprender— es una de las grandes enseñanzas que deja convivir con un animal.

En los últimos años también ha crecido la conciencia sobre la responsabilidad legal y ética. El abandono animal ya no se mira igual. Y menos mal. Así como hablamos de protección de datos o de responsabilidad empresarial en espacios como Cumplimiento Habeas Data (https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com/), también deberíamos hablar de responsabilidad afectiva con los animales. Adoptar no es una moda. Es una decisión de largo plazo.

Criar un gato siendo joven, en medio de estudios, trabajo, redes sociales y ruido digital, es casi un acto de resistencia. Te obliga a volver al presente. A observar cómo duerme, cómo se estira, cómo te mira sin juzgar. Y en esos momentos entiendes algo que no te enseñan en ninguna guía: el gato no vino a llenar tu casa, vino a acompañar tu proceso.

En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/) se habla mucho de las señales pequeñas, de cómo lo sagrado no siempre llega en formas grandiosas. A veces llega en cuatro patas, con bigotes, y se acurruca al lado tuyo cuando no estás bien, sin saber por qué.

No todo será perfecto. Habrá pelos, arañazos, gastos inesperados, noches interrumpidas. Pero también habrá calma, presencia y una forma distinta de sentir compañía. Criar un gato no te hace mejor persona automáticamente, pero sí te pone frente a tus propias incoherencias. Y si estás dispuesto a aprender, te transforma.

Tal vez por eso siento que este tema va más allá de errores y cuidados. Habla de cómo vivimos, de cómo nos relacionamos, de qué tan dispuestos estamos a cuidar sin controlar. Y eso, para alguien de mi generación, es una pregunta urgente.

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Juan Manuel Moreno Ocampo
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miércoles, 7 de enero de 2026

Ellos sienten primero lo que nosotros ignoramos: cuando las mascotas se convierten en la voz de nuestra salud



En estos días he pensado mucho en cómo el mundo que habitamos nos atraviesa sin pedir permiso. No solo a nosotros, también a los seres que caminan a nuestro lado sin discursos, sin ideologías, sin redes sociales. Las mascotas. Los perros que nos esperan aunque lleguemos tarde, los gatos que parecen indiferentes pero saben exactamente cuándo algo no anda bien, las aves que dejan de cantar cuando el aire pesa más de la cuenta. No es una idea romántica ni una metáfora bonita: en un mundo cada vez más tóxico, nuestras mascotas se están convirtiendo en verdaderos centinelas silenciosos de nuestra salud.

Leí hace poco un análisis que hablaba de cómo los animales domésticos empiezan a mostrar síntomas de enfermedades respiratorias, dérmicas o neurológicas antes que nosotros, cuando hay contaminación del aire, del agua o del entorno químico del hogar. Y no pude evitar pensar que, otra vez, la vida nos está hablando en voz baja… y seguimos sin escuchar. Nos preocupa el último modelo de celular, el rendimiento del algoritmo, la productividad, el dinero, pero no el aire que respiran quienes duermen a nuestros pies.

Crecí viendo cómo un perro se enfermaba antes de que la familia entendiera que el agua del barrio estaba contaminada. En ese momento nadie habló de “centinelas biológicos”, ni de estudios científicos. Solo hubo una intuición: algo aquí no está bien. Hoy, años después, la ciencia confirma lo que la experiencia cotidiana ya nos había enseñado. Los cuerpos más sensibles reaccionan primero. Y las mascotas, por su tamaño, su metabolismo y su exposición constante al suelo, al aire y a los productos que usamos, se convierten en una especie de alarma viva.

Lo duro es que muchas veces esa alarma suena… y la apagamos. Cambiamos de veterinario, damos otro medicamento, culpamos a la edad o a la “mala suerte”. Pero rara vez nos preguntamos qué está pasando con el entorno que compartimos. Qué detergentes usamos. Qué pesticidas entran a la casa. Qué tan limpio está el aire de la ciudad que respiramos todos los días. En ese silencio incómodo hay una verdad que duele: si nuestras mascotas enferman, nosotros también estamos siendo afectados, solo que más lento.

Vivimos en una época obsesionada con el control. Controlar datos, controlar procesos, controlar personas. Pero hemos perdido el control de lo esencial: la relación con el entorno. Y aquí es donde todo se conecta. La salud no es solo ir al médico o al veterinario. Es un sistema completo que incluye decisiones cotidianas, políticas públicas, conciencia ambiental y responsabilidad colectiva. Algo que he leído muchas veces en espacios de reflexión más profundos, como los textos que encuentro en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com), donde se insiste en que la vida siempre nos habla primero desde lo simple, desde lo cotidiano.

Las mascotas no saben de contaminación industrial ni de microplásticos, pero sus cuerpos lo sienten. No saben de estrés crónico, pero lo absorben cuando el hogar está cargado de tensión. No entienden de economía, pero sufren cuando el barrio no tiene árboles, cuando el ruido es constante, cuando el agua sabe raro. Ellas no separan lo físico de lo emocional. Y tal vez ahí está la lección más grande: nosotros sí lo separamos… y por eso enfermamos más lento, pero más profundo.

También hay algo espiritual en todo esto. No en un sentido religioso rígido, sino en esa idea sencilla de interconexión. Nada vive aislado. Nada se enferma solo. En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com) se repite una idea que me acompaña mucho: cuando una parte del sistema se rompe, todo el sistema lo siente. Las mascotas no son “propiedad”. Son parte del sistema vivo que habitamos. Y cuando ellas caen, es una señal, no un accidente.

La tecnología, paradójicamente, puede ayudarnos a ver lo que estamos ignorando. Hoy existen sensores de calidad del aire, análisis de agua accesibles, estudios sobre químicos domésticos. Pero la tecnología sin conciencia es solo otro objeto más. Lo he leído también en reflexiones sobre transformación y responsabilidad que aparecen en TODO EN UNO.NET (https://todoenunonet.blogspot.com), donde se insiste en que el progreso real no es solo digital, sino humano y ético. No sirve de nada tener datos si no estamos dispuestos a cambiar hábitos.

A veces pienso que las mascotas nos conocen mejor que nosotros mismos. Saben cuándo estamos tristes, cuándo estamos ausentes, cuándo algo se está descomponiendo por dentro. Y ahora, además, nos están mostrando cuándo el mundo que construimos se vuelve inhabitable. Es fuerte aceptarlo, porque implica asumir responsabilidad. Implica dejar de mirar solo hacia afuera y empezar a preguntarnos qué estamos permitiendo en nuestros hogares, en nuestras ciudades, en nuestra forma de vivir.

No es casual que en muchos hogares las alergias, los problemas respiratorios o las enfermedades autoinmunes aparezcan primero en animales y luego en personas. No es casual que los veterinarios estén viendo patrones que antes no existían. No es casual que cada vez se hable más de “One Health”, esa idea de que la salud humana, animal y ambiental son una sola. Lo casual es que sigamos actuando como si no fuera con nosotros.

Este tema también toca algo generacional. Mi generación heredó un mundo más informado, pero también más contaminado. Sabemos más, pero respiramos peor. Tenemos más conciencia, pero menos tiempo para detenernos. Y en medio de todo eso, las mascotas se convierten en un espejo incómodo. Ellas no pueden irse a otra ciudad, no pueden filtrar su agua, no pueden elegir. Dependen de nosotros. Y eso, nos guste o no, nos convierte en responsables.

He aprendido, leyendo y viviendo, que la verdadera madurez no está en tener todas las respuestas, sino en hacerse las preguntas correctas. ¿Por qué mi mascota se enfermó? ¿Qué hay en mi entorno que no estoy viendo? ¿Qué decisiones pequeñas puedo cambiar hoy? Estas preguntas no son solo veterinarias, son humanas. Son sociales. Son espirituales. Son profundamente políticas, aunque no se mencionen en ningún debate.

También hay algo de esperanza en todo esto. Si las mascotas pueden ser centinelas de lo que está mal, también pueden ser guías hacia lo que podemos mejorar. Cambiar productos, ventilar mejor, informarnos, exigir entornos más sanos, reconectar con lo natural. Pequeños gestos que, sumados, transforman más de lo que creemos. Lo he visto reflejado en muchas reflexiones personales que encuentro en Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com), donde la vida se entiende como un proceso de ajustes constantes, no como una línea recta.

Tal vez el problema no es que el mundo sea tóxico. Es que normalizamos la toxicidad. Normalizamos el aire sucio, el estrés permanente, la desconexión con lo vivo. Y cuando alguien —o algo— se enferma, lo vemos como un fallo individual, no como una señal colectiva. Las mascotas nos están invitando a romper esa normalización. A escuchar antes de que el daño sea irreversible.

No escribo esto desde una postura de superioridad moral. También vivo en ciudades contaminadas. También uso productos cuestionables. También me distraigo. Pero cada vez me convenzo más de que la conciencia empieza por observar. Por no ignorar lo que duele. Por no callar lo que incomoda. Por entender que cuidar a una mascota no es solo alimentarla y llevarla al veterinario, sino preguntarse qué mundo le estamos ofreciendo para vivir.

Tal vez, al final, ellas no vinieron solo a acompañarnos. Vinieron a advertirnos. A mostrarnos que el cuerpo habla antes que la mente. Que la vida avisa antes de colapsar. Que aún estamos a tiempo de cambiar, si estamos dispuestos a escuchar a quienes no tienen voz, pero sí una presencia inmensa.

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