lunes, 29 de diciembre de 2025

ESTO ES LO QUE TU GATO REALMENTE QUIERE DECIRTE (Y NADIE TE HABÍA EXPLICADO)



A veces creo que los seres humanos nos pasamos la vida tratando de traducir lenguajes que no entendemos. El de la gente que amamos. El del silencio. El de Dios. El de nuestra propia mente… y, claro, el de los animales que conviven con nosotros. Pero hay un lenguaje que, para mí, sigue siendo uno de los más misteriosos y sinceros: el de los gatos.

Yo crecí pensando que los gatos eran distantes, fríos, impredecibles. Algo así como esos amigos que te escriben un día sí y dos no. Pero, con el tiempo, entendí que ellos no están hechos para encajar en nuestras expectativas humanas de afecto. Ellos aman distinto. Sienten distinto. Procesan distinto. Y tal vez, lo que más me ha enseñado un gato —sin decirme una palabra— es que nadie está obligado a mostrarnos cariño en el formato que nosotros esperamos.

Hace poco leí un fragmento del libro Amor de Gato, y fue como si alguien por fin hubiese encendido la luz en un cuarto que llevaba años a oscuras:

“La mayoría de las personas creen que cuando un gato se va de la habitación es porque no quiere estar con ellas. Pero la ciencia nos muestra algo completamente diferente. Cuando tu gato se va, en realidad está buscando un espacio donde sentirse seguro para poder amarte desde ese lugar. Los gatos necesitan lugares elevados, rincones tranquilos, espacios que controlen. No porque no te amen, sino porque amarte desde un lugar de vulnerabilidad total es demasiado para ellos.”

Lo leí dos veces. Luego tres. Porque había algo profundo ahí, algo que no era solo sobre gatos. Era sobre nosotros. Sobre cómo amamos. Sobre cómo nos protegemos. Sobre por qué a veces, incluso frente a quienes más queremos, nos alejamos sin querer alejarnos.

Y entonces entendí algo que necesitaba escribir:
los gatos no son indiferentes. Son valientes. Valientes porque eligen amar desde su forma, desde su historia, desde lo que pueden dar.

Y eso, al final, es lo que hacemos todos.

Recuerdo que hace años escribí en mi blog (https://juanmamoreno03.blogspot.com/) una reflexión sobre las relaciones humanas y cómo muchas veces asumimos que la distancia es un rechazo, cuando en realidad es una forma de cuidado propio. Esa misma idea aparece también en algunos escritos de Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/), donde se habla de la necesidad de encontrar un lugar interno que nos permita estar con otros sin perdernos a nosotros mismos. Y cuando leí este fragmento del libro, sentí que un gato habría firmado ese texto con la cola en alto.

Porque mira lo que dice después:

“Cuando les damos eso, cuando entendemos que su amor funciona así, todo cambia. Porque entonces no ves a un gato frío que te ignora. Ves a un ser valiente que eligió estar cerca tuyo a pesar del riesgo.”

Y sí. Cambia todo cuando comprendes.
Cambia todo cuando dejas de creer que necesitas ser amado como tú amas.
Cambia todo cuando aprendes a leer gestos que antes te parecían vacíos.

Hay familias —y esto lo cuento porque lo he visto una y otra vez— que llevan años sintiendo que su gato no los quiere. Que se sienten ignoradas porque él no se queda en la sala cuando todos están viendo televisión, o porque se esconde cuando llegan visitas, o porque se sube a lugares altos y parece observar desde lejos como si fuera un guardián silencioso. Pero un día, casi siempre un día simple, pasa algo. Algo pequeño. Un ronroneo inesperado. Un roce suave contra la pierna. El gato durmiendo en un rincón donde puede verlos a todos.

Y ahí, justo ahí, la familia dice:
“Ah… ahora lo entiendo.”

Y no solo entienden al gato.
Se entienden a sí mismos.

Lo que más me sorprende es que este tipo de enseñanza, que llega desde un animal que muchos creen que “no expresa emociones”, nos muestra exactamente cómo funciona la vulnerabilidad humana. No sé si en Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/) o en Amigo de ese Ser Supremo (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/) lo he dicho alguna vez así, tal cual, pero quiero repetirlo con fuerza:

Cada uno ama como puede, no como quiere.
Y aprender a leer ese amor es un acto de humildad.

Los gatos, con su silencio, con su aparente misterio, con esa forma extraña de estar presente incluso cuando no los ves, parecen decirnos:
“No te alejo. Me protejo. Pero sigo aquí.”

Y eso, si lo miras con atención, también lo hacemos nosotros.

Hay algo más que muchos no saben: los gatos observan absolutamente todo. No desde la distancia emocional, sino desde la estrategia de supervivencia. Siempre han tenido que leer el mundo en silencio, sin hacer ruido, sin mostrarse vulnerables. Son animales que, incluso dentro de un hogar seguro, conservan ese instinto antiguo que les recuerda que la vida no siempre fue cómoda. Y eso me hace pensar en todas las veces que las personas también actuamos desde heridas que nadie ve.

Tu gato no se sienta a tu lado porque no te quiera.
Tu gato se sienta cerca, pero no encima, porque está calculando cómo darte amor sin exponerse de más.
Tu gato se esconde cuando estás triste no porque no le importe, sino porque ese nivel de emoción humana puede ser demasiado intenso para él.

Y en ese comportamiento, tan criticado por quienes no entienden a los gatos, hay una forma de respeto profundo:


el respeto por su propia sensibilidad.

¿Te das cuenta?
A veces creemos que amar es lanzarse sin medir, pero muchos seres —incluidos los humanos— aman midiendo, observando, acercándose de a poquito. No por falta de sentimiento, sino por exceso de honestidad emocional.

He hablado con personas que sienten que sus gatos los eligieron. Que llegaron a su vida en días raros, como si supieran que había un vacío que llenar. Y siempre repiten la misma frase:
“Él llegó cuando yo más lo necesitaba.”

Esa es otra cosa que la mayoría ignora: los gatos no eligen casas; eligen energías. Eligen lugares donde perciben calma o posibilidad de construirla. Y esa idea me lleva a otra reflexión, una que aprendí observando a los animales, pero también la vida misma:

A veces no buscamos un hogar. Buscamos un lugar donde podamos ser vulnerables sin ser rotos.

Los gatos hacen eso todo el tiempo.
Y también lo hacemos nosotros, aunque no lo queramos admitir.

Quiero contarte algo personal. Una vez tuve la oportunidad de ver cómo un gato, que durante meses parecía distante, se acercó por primera vez a su dueña mientras ella lloraba. No se subió a sus piernas. No la lamió. No hizo nada de lo que un perro probablemente habría hecho. Solo se sentó frente a ella, en silencio. Sin tocarla. Pero sin apartarse.

Estuvo ahí.

Y ese “estar ahí” —tan sutil, tan mínimo— fue más poderoso que cualquier abrazo humano. Porque no invadió. No presionó. No exigió. Solo acompañó desde su lenguaje, desde su forma, desde su esencia.

Yo creo profundamente que parte del amor verdadero es ese:
acompañar sin invadir, querer sin poseer, cuidar sin sofocar.

Y los gatos, sin pretenderlo, son maestros de esa forma de amar.

A veces pienso que si las personas aprendiéramos a amar como los gatos, nos dolería menos la vida.
Tal vez entenderíamos que no todo lo que parece distancia es rechazo.
Tal vez descubriríamos que muchas personas que creemos frías simplemente aman desde lugares internos que aún están sanando.
Tal vez dejaríamos de pedir demostraciones inmediatas y empezaríamos a leer los detalles, los silencios, los microgestos.

Porque una relación —ya sea humana o con un gato— siempre es una conversación.
A veces en palabras.
A veces en miradas.
A veces en ausencias que también hablan.

Y cuando por fin comprendes ese lenguaje distinto, algo dentro de ti se reordena. Sientes, como dice el libro, que no estás rechazado… sino elegido. Que no estás ignorado… sino observado. Que no estás solo… sino acompañado desde la forma que el otro puede darte, no desde la que tú esperas recibir.

Tal vez por eso este tema conecta tanto con la vida real.
Con nuestras relaciones.
Con nuestras heridas.
Con nuestros ritmos.
Con la forma en que incluso nosotros necesitamos lugares internos para poder amar sin rompernos.

Y sí. Todo cambia cuando comprendes.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

Juan Manuel Moreno Ocampo
"A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad."

domingo, 28 de diciembre de 2025

El fenómeno del algospeak y lo que revela sobre nosotros


 

Hay días en los que uno siente que internet se volvió una especie de idioma paralelo, una mezcla extraña entre creatividad, miedo, humor y pura supervivencia digital. Y sí, digo supervivencia porque estar en redes hoy se parece más a caminar por una ciudad llena de cámaras que a ese espacio libre donde muchos crecimos expresándonos sin filtros. A veces veo un video en TikTok y la gente no dice “suicidio” sino “unalive”. No dicen “sexo” sino “seggs”. No dicen “violencia” sino “v1ol3ncia”. Y podría hacer una lista larguísima. Pero más allá del inventario de palabras prohibidas, lo que me inquieta —y me inspira a escribir este blog— es lo que esto dice de nosotros como generación.

El algospeak, ese lenguaje en clave que millones usan para burlar el algoritmo, no es solo una moda. Es un espejo. Un reflejo incómodo de lo que se ha convertido la vida online. Y lo fascinante es que esta tendencia no surge de un laboratorio, ni de empresas, ni de gobiernos. Surge de la gente. De usuarios que, como tú o como yo, están tratando de decir cosas reales sin ser silenciados, castigados o invisibilizados por sistemas automáticos que deciden qué merece existir y qué no.

La nota de Portafolio hablaba de listas secretas de palabras que los creadores evitan para no ser penalizados por las plataformas. Pero más allá del titular, lo que yo veo es otra cosa: cada palabra censurada es una puerta cerrada a una conversación importante. Cada palabra reemplazada es una señal de que estamos adaptándonos a vivir bajo la mirada de un algoritmo que, aunque invisible, dicta ritmos, tonos, alcances, y hasta emociones.

Pero también —y aquí es donde me gusta respirar más profundo— el algospeak demuestra que la creatividad humana siempre encuentra un camino.

Me pregunto algo que quizá tú también te hayas preguntado sin decirlo en voz alta:
¿A dónde nos lleva un mundo en el que no podemos decir las cosas como son?

¿Y qué pasa con nuestra verdad cuando comienza a disfrazarse para poder existir?

A veces siento que gran parte de nuestra generación ha normalizado algo que, en el fondo, nos afecta más de lo que admitimos. Publicamos, borramos, editamos, suavizamos, volvemos a intentar. Nos cuidamos de que el algoritmo “no nos castigue”. Nos cuidamos de no herir susceptibilidades. Nos cuidamos de no quedar fuera de la burbuja de contenido aceptado. Y terminamos moldeando nuestra voz para que encaje con lo que una máquina considera adecuado.

Pero luego recuerdo algo que leí un día en Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/): “La palabra que nace desde la conciencia no necesita permiso: solo necesita valor.” Y desde entonces trato de escribir —y de vivir— recordando que la autenticidad sigue siendo un acto revolucionario.

El algospeak puede verse como una especie de resistencia silenciosa. Una rebeldía suave, creativa. Un mensaje cifrado que viaja entre millones diciendo: “No nos callarán tan fácil”. Pero también puede ser un síntoma de que algo anda mal: ¿cómo es que en un planeta con tanta tecnología todavía tenemos miedo de conversar abiertamente sobre temas humanos, reales, urgentes?

Pienso en los adolescentes hablando de salud mental usando códigos; pienso en comunidades minoritarias adoptando metáforas para evitar que su contenido sea eliminado; pienso en quienes denuncian injusticias usando símbolos o chistes para que su mensaje llegue a algún lado antes de ser filtrado.
Y entonces pienso en mí.
En cómo también he tenido que adaptar mis palabras para no activar alertas automáticas. En cómo todos hemos aprendido este lenguaje sin que nadie nos lo enseñe formalmente. Es casi instintivo.

Pero hay algo que me cuesta aceptar: el hecho de que, a punta de restricciones digitales, hemos ido normalizando la autocensura. Y la autocensura, aunque parezca ligera, termina afectando la forma en la que pensamos. Si cambiamos palabras por miedo al castigo, ¿no terminamos también cambiando nuestras ideas?

Hace unos días escribía sobre este tema en mi propio blog (https://juanmamoreno03.blogspot.com): como seres humanos necesitamos espacio para expresarnos de forma sincera. No una sinceridad perfecta, sino una que respire. Una que sea incómoda, pero real. Y el algospeak, aunque inventivo, nos muestra que algo se está perdiendo en esa lucha constante por existir dentro de los límites del algoritmo.

No quiero sonar dramático, pero a veces siento que vivimos en una especie de “selva digital” donde cada frase puede generar una consecuencia. Y sí, entiendo que las plataformas intentan combatir discursos peligrosos, odio, desinformación… pero al mismo tiempo han creado un terreno donde lo humano se vuelve sospechoso por defecto. Es como si para hablar de nuestros miedos tuviéramos que disfrazarlos de chiste. Como si para compartir experiencias fuertes hubiera que esconderlas bajo letras cambiadas.

Me pasa que cuando entro a Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/) y leo textos que hablan de la vida tal como es —con sus sombras y sus luces— recuerdo lo poderoso que es un lenguaje sin filtros. No uno agresivo, sino uno honesto. Y me pregunto por qué hemos llegado al punto de necesitar claves para poder hablar de emociones profundas.

A veces lo pienso así:
El algospeak es como un dialecto creado por jóvenes que simplemente quieren compartir quiénes son sin que una máquina les cierre la puerta. Es tierno y triste al mismo tiempo.

Tierno porque revela una creatividad infinita.
Triste porque evidencia que no nos sentimos completamente libres.

Y, sin embargo, hay esperanza. Porque este fenómeno también está demostrando algo que no deberíamos perder de vista: los algoritmos aprenden de nosotros, pero también nosotros aprendemos a hackearlos. Y eso nos recuerda que la tecnología, por más dominante que parezca, no es un dios. No es un destino. Es un sistema creado por humanos y que puede transformarse si tenemos la voluntad colectiva de cuestionarlo.

A veces, cuando me siento un poco perdido con estas reflexiones, me apoyo en algo que aprendí en el blog Amigo de ese ser supremo (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/): que las palabras son energía, y que la energía encuentra caminos incluso cuando las puertas parecen cerradas. Eso también aplica aquí. No importa cuántas restricciones aparezcan, la gente siempre encontrará cómo hacerse escuchar.

Pero creo que debemos preguntarnos otra cosa más profunda:
¿Queremos seguir hablando en clave para siempre?

¿O queremos construir espacios donde podamos decir “esto me duele”, “esto me preocupa”, “esto me importa”, sin que la plataforma nos castigue, sin que el sistema nos esconda?

Hablar en clave es ingenioso. Pero hablar con verdad es liberador.

Por eso creo que la conversación no debe quedarse en el meme ni en la risa de ver palabras inventadas. Debe ir más allá. Debemos preguntarnos qué tipo de internet queremos heredar. Ya no somos niños. Somos una generación adulta que creció a la par de las redes. Y tenemos derecho a exigir un espacio digital más humano, menos punitivo, más consciente de que la vida es compleja y no cabe en listas de palabras prohibidas.

Yo no tengo todas las respuestas —y espero nunca tenerlas—, pero sí tengo preguntas que me mueven. Preguntas que me ayudan a entender que este fenómeno no es solo lingüístico, sino emocional y social. El algospeak no nació porque queramos obviar las palabras reales, sino porque queremos seguir hablando aun cuando el sistema nos pone trabas.

Y mientras escribo esto, pienso que tal vez este “idioma secreto” también nos deja una lección espiritual: ninguna fuerza externa puede apagar una voz que nace del corazón. Puede distorsionarla un rato, puede hacerla susurrar, pero nunca silenciarla del todo.

Al final, creo que el reto está en elegir cuándo usamos estas claves por supervivencia y cuándo decidimos hablar con la verdad completa aunque no sea lo más conveniente para el algoritmo. En decidir cuándo adaptarnos y cuándo decir “esto soy yo, así hablo, así siento”.
Y creo, con toda mi alma, que en esa mezcla de rebeldía y vulnerabilidad está nuestro verdadero poder como generación.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

Juan Manuel Moreno Ocampo

“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

sábado, 27 de diciembre de 2025

PROBLEMAS DE NO CONTAR CON OBJETIVOS COMERCIALES: VENDER POR VENDER



Hay días en los que siento que todos estamos corriendo sin parar, como si la vida se hubiera convertido en un timeline infinito que nunca pregunta si realmente queremos estar ahí. Y lo curioso es que, en medio de tanto movimiento, veo a muchas personas —y empresas— repitiendo el mismo patrón: vender por vender, trabajar por trabajar, llenar el día de tareas sin preguntarse si eso los acerca o los aleja de donde sueñan estar.

Quizás lo noto porque lo he vivido yo mismo. Una etapa en la que hacía cosas solo para avanzar, pero no sabía exactamente hacia qué. Y es ahí cuando uno se da cuenta de que sin dirección, cualquier paso parece correcto… hasta que te das contra un muro. Me pasa lo mismo cuando veo a negocios intentando crecer sin objetivos comerciales claros: se desgastan, se frustran, se repiten, se comparan… y al final sienten que nada es suficiente.

Lo que más me impacta, incluso más que la falta de resultados, es la pérdida de sentido. Porque vender es más que una transacción: es un puente entre historias, necesidades reales y soluciones honestas. Pero cuando se vende sin propósito, se rompe el puente y solo queda la presión de cumplir números vacíos.

Creo que este tema toca fibras porque se parece mucho a la vida misma. Cuando no tenemos un norte emocional, espiritual o personal, terminamos reaccionando en automático. Nos distraemos con lo urgente y olvidamos lo importante. Nos parecemos a esas empresas que solo quieren vender porque “toca”, porque “el mes está duro”, o porque “la competencia lo está haciendo”. Pero, ¿y lo que yo realmente quiero construir?, ¿y lo que mi cliente realmente necesita?, ¿y lo que sostiene la relación más allá del dinero?

Hace poco releí un texto de Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com) donde hablaba del silencio interior y cómo ahí es donde uno encuentra la honestidad necesaria para tomar decisiones difíciles. Pensé en cuántas empresas necesitarían ese mismo silencio: detenerse un segundo, escuchar su propia historia, revisar por qué nacieron y hacia dónde quieren ir ahora. Porque sí, las organizaciones también se cansan, también se desalinean, también necesitan terapia.

Cuando uno revisa a fondo los problemas que nacen de vender sin objetivos, no son solo errores financieros: son señales de desconexión. Señales que muestran que se está viviendo desde la urgencia y no desde la intención. Y quizá por eso este tema no es solo de negocios; también es espiritual, emocional y profundamente humano.

A veces, cuando acompaño procesos o hablo con emprendedores, escucho frases como “yo solo quiero vender”, “necesito resultados ya”, “lo que sea con tal de facturar”. Y entiendo la desesperación, todos hemos sentido ese ahogo. Pero vender sin estrategia es como amar sin presencia: algo se entrega, sí, pero nunca se construye.

El problema aparece cuando ese vacío se normaliza. Cuando se acostumbra a vender a quien sea, como sea y por lo que sea. Cuando las metas del equipo no coinciden con las metas del dueño. Cuando cada campaña apunta a un lado distinto. Cuando se confunde actividad con productividad. Y la peor parte: cuando se pierde la capacidad de mirar el largo plazo.

Me gusta mucho como en Organización TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com) se habla del liderazgo consciente y del papel que tiene la estrategia para evitar ese desgaste. En uno de los artículos, recuerdo leer sobre cómo los objetivos son la columna vertebral de cualquier proceso. Sin columna, el cuerpo no se desarma de inmediato… pero sí empieza a caer poco a poco.

Así mismo pasa en ventas.

Empezamos ofreciendo productos que no entendemos, atendiendo clientes que no valoran, diseñando campañas sin mensaje, fijando precios sin análisis, improvisando procesos que al final se vuelven tragedias anunciadas. Y luego nos preguntamos por qué la motivación cae, por qué el equipo se siente perdido, por qué las cifras no cuadran.

Me acuerdo de un consejo de mi papá, muy de vida pero aplicable a todo negocio:
"Cuando no sabes a dónde vas, cualquiera te lleva por donde quiera."
Y ahí es donde uno entiende que el problema no es vender poco: es vender sin saber por qué.

Además, vender por vender suele traer otro efecto silencioso: la pérdida de identidad. Una empresa que no sabe lo que quiere, no sabe qué prometer. Y una empresa que no sabe qué prometer, no sabe qué cumplir. Y cuando no se cumple, el cliente se va. Puede sonar duro, pero la fidelidad no se construye con descuentos; se construye con claridad y coherencia.

Incluso desde lo personal, me he dado cuenta de que el alma también necesita objetivos. Uno no puede levantarse cada día solo a “sobrevivir”: hay que darle un sentido al día, aunque sea pequeño. A veces es escribir en mi blog (https://juanmamoreno03.blogspot.com). A veces es leer algo que me reta a pensar distinto. A veces es simplemente hablar con ese ser supremo que siento cerca, como en los textos que escribimos en Amigo de Ese Ser Supremo (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com). Ese tipo de metas internas te anclan, te mantienen consciente, te recuerdan que hay algo más profundo detrás de cada acción.

Volviendo al mundo empresarial, hay otro problema de vender sin objetivos: la desalineación del equipo. Es impresionante cómo cambia el ambiente cuando cada persona sabe hacia dónde apunta. Se siente la diferencia entre un equipo que trabaja por obligación y uno que trabaja con propósito. Lo veía mucho en los artículos de Todo En Uno.NET (https://todoenunonet.blogspot.com), donde se habla del poder de la estrategia, la automatización y la claridad operativa. Son temas técnicos, sí, pero cuando se entienden desde dentro, son profundamente humanos.

Porque tener objetivos comerciales no es solo poner números en un Excel; es diseñar un camino para crecer sin perderse. Es responder:
¿Qué quiero lograr?
¿Qué necesita mi cliente?
¿Por qué estoy vendiendo esto y no otra cosa?
¿Quién soy mientras vendo?

A veces pensamos que la venta es fría, matemática, automática. Pero no. La venta es profundamente emocional. La gente compra desde la confianza, desde la conexión, desde el alivio que le produce saber que alguien entiende su problema. Y si nosotros mismos no sabemos lo que queremos, ¿cómo vamos a acompañar a alguien más en lo que ellos necesitan?

He visto negocios desaparecer no por falta de talento, sino por falta de dirección. Y otros que renacen solo por detenerse, respirar y redefinir su propósito. Es como si encontrar su objetivo comercial fuera, también, encontrar su centro emocional.

Por eso, hoy siento que este tema va más allá de las empresas. Es un recordatorio para todos: no vivas vendiéndote por venderte, no trabajes solo para llenar horas, no digas sí a todo para evitar el vacío. Crear objetivos no es limitarte: es darte permiso de construir la vida que realmente quieres.

Uno de los textos más fuertes que releí hace poco en Bienvenido a mi Blog (https://juliocmd.blogspot.com) hablaba de la intención. De cómo cuando uno actúa desde la intención correcta, lo que llega es más auténtico, más alineado y más propio. Lo mismo pasa en los negocios: cuando los objetivos nacen de un propósito real, la venta fluye, las decisiones duelen menos y el trabajo deja de sentirse como una carga.

A veces me pregunto cuántas vidas —y cuántas empresas— podrían transformarse solo con detenerse un momento a pensar: ¿Para qué hago lo que hago?
Y creo que esa pregunta, más que una estrategia, es un acto de honestidad.

Vender por vender agota. Tener un propósito sostiene.
Y en un mundo donde todo se mueve tan rápido, dejar de vivir en piloto automático no solo es un lujo: es una responsabilidad.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

✒️ — Juan Manuel Moreno Ocampo
"A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad."

viernes, 26 de diciembre de 2025

CUANDO LA MENTE SE TE VA… PERO TÚ SIGUES AQUÍ



Hay días en los que siento que la mente se me dispersa como si fuera polvo al viento. Intento estudiar, trabajar, escribir… pero algo dentro de mí se desconecta sin pedir permiso. Me quedo mirando un punto fijo como si ese punto tuviera respuestas que yo no tengo. Y claro, afuera todo el mundo dice: “Concéntrate, hombre, es que te falta disciplina”. Como si fuera tan fácil. Como si no supieran que a veces uno carga silencios, preguntas, duelos, cansancios, y que la mente no siempre obedece al ritmo que la vida exige.

Supuestamente vivimos en la era de la atención infinita, pero cada notificación es como una mano que te jala. Cada responsabilidad es una pequeña alarma interna. Y cada pensamiento no resuelto se convierte en un nudo que aprieta. Yo he pasado por eso muchas veces, y no lo digo con dramatismo, sino con honestidad. Porque a los 21 años descubrí que la concentración no es un acto mental… es un acto emocional. No se trata solo de enfocarse, sino de reconciliarse con uno mismo.

Mi mamá siempre decía algo —cosas que también he leído después en blogs como “Bienvenido a mi Blog” (https://juliocmd.blogspot.com/) cuando hablan del silencio, del alma— que la mente se organiza cuando el corazón encuentra un sitio para respirar. Y con los años me ha hecho sentido. Cuando estoy en caos emocional, mi mente no funciona. Cuando me siento desconectado de mí, estudiar o trabajar se vuelve casi imposible. Entonces, más que preguntarme “¿por qué no me concentro?”, empecé a preguntarme “¿qué parte de mí necesita atención?”.

Porque la concentración no se pierde porque sí. Siempre tiene un origen. A veces lo ignoramos, a veces lo escondemos, a veces lo subestimamos.

Hay días en los que la vida pesa más de lo que uno admite. Y por eso quiero escribir esto, como si estuviéramos sentados en una cafetería hablando sin máscaras, sin postureo de redes, sin esa perfección falsa que uno se inventa para no mostrar que está cansado.

Una de las cosas que más me golpeó este año fue reconocer que no es que yo “tenga un problema de concentración”… es que tengo un ritmo interno que la sociedad no siempre honra. Crecí en un mundo donde todo tenía que hacerse rápido, donde equivocarse era fracasar, donde detenerse a respirar parecía pérdida de tiempo. Sin embargo, cuando leo textos de Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/) siento que hay otra forma de caminar la vida, una forma más humana, más honesta con lo que uno siente de verdad. Y quizás ese sea el verdadero punto: la concentración se rompe cuando uno se traiciona.

Intenté miles de técnicas: música binaural, aplicaciones de productividad, la famosa regla del Pomodoro, tés para la mente, meditación, rutinas a las 5 a.m., y sí… todas ayudan, pero ninguna funciona si no atiendo lo que realmente me está pasando. Porque no somos máquinas. Yo no soy una máquina. Y a veces me cuesta aceptarlo.

Cuando estoy disperso, mi yo interno está tratando de decirme algo. Y no siempre lo escucho a tiempo. Por ejemplo, cuando he intentado ignorar mis emociones para ser “productivo”, termino doblemente cansado. Cuando forzo mi mente, no rinde. Cuando me juzgo, me bloqueo más. Es como si la concentración fuera un puente entre mi mundo emocional y mi mundo racional, y si uno está roto, el otro no se sostiene.

Lo curioso es que, cuando empecé a leer más sobre estos temas, descubrí que la ciencia lo confirma: estrés, ansiedad, exceso de estímulos, duelos no resueltos, falta de sueño, mala alimentación, incluso falta de propósito… todo afecta la capacidad de concentrarse. Pero más allá de la evidencia, hay algo más profundo: la desconexión con uno mismo es la distracción más grande de todas.

Algo que me ayudó muchísimo fue escribir. No para publicarlo, sino para vaciar la cabeza. A veces llenamos tanto los días de pensamientos que olvidamos sacar la basura emocional. Y en esos momentos, escribir en mi blog (https://juanmamoreno03.blogspot.com/) se volvió una especie de liberación. No para que alguien lo lea, sino para que yo pueda entenderme. Y entre más me entiendo, mejor me concentro. Es como si ordenar mis emociones abriera espacio para que la mente funcione con más claridad.

Otra cosa que me marcó fue la espiritualidad. No la religiosidad rígida, sino esa conexión íntima, silenciosa, que uno encuentra en espacios como el blog Amigo de ese Ser Supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/). Ahí entendí que la concentración también es fe… fe en que lo que hago tiene sentido, fe en que mi vida tiene dirección incluso cuando me siento perdido.

Porque sí, la concentración depende del sentido. Cuando algo no tiene propósito para mí, mi mente lo rechaza. Y no es flojera: es intuición. La intuición también habla, y a veces la mente se distrae porque el alma está incomoda. ¿Qué tal si la “falta de concentración” no fuera un defecto, sino una alerta de que estás viviendo en automático? ¿Qué tal si no fuera un enemigo, sino un mensajero?

Eso me cambió la vida.

Hay otro punto del que no se habla mucho: el cuerpo. La mente no funciona sola. Si duermo mal, como mal, o me encierro demasiado, termino disperso. Somos seres integrales. En días de baja energía, incluso leer un párrafo se siente como subir una montaña. No es que no queramos… es que no tenemos gasolina.

Me impresionó ver cómo pequeñas acciones cambian todo: tomar agua, moverme, caminar quince minutos sin celular, cerrar los ojos y respirar profundo, pedir ayuda. Y aunque suene simple, fue eso lo que me permitió volver a encontrar ese enfoque suave que no presiona, sino que acompaña.

A veces creemos que la concentración llega cuando la vida está perfecta, pero en realidad llega cuando uno está presente. Y estar presente es un trabajo emocional, no un acto intelectual.

También he aprendido a ser más compasivo conmigo mismo. Vivimos en una cultura que romantiza la productividad tóxica, esa idea de “si no te concentras es porque no quieres lo suficiente”. Pero no, no siempre es así. A veces es porque estás sanando. A veces es porque estás creciendo. A veces porque tu mente sigue procesando cosas que no te diste permiso de sentir.

Y aunque el artículo que mencionaste hablaba de técnicas para mejorar la concentración, yo hoy creo que la verdadera clave no es aprender a enfocarse… sino aprender a escucharse.

Escucharte cuando necesitas parar.
Escucharte cuando necesitas llorar.
Escucharte cuando necesitas cambiar de dirección.
Escucharte cuando necesitas pedir ayuda.
Escucharte cuando necesitas simplemente existir sin rendir cuentas.

La concentración vuelve cuando tú vuelves a ti.

Si tú que estás leyendo esto sientes que te cuesta enfocarte, quiero que sepas esto: no estás dañado. Estás vivo. Y vivir implica sentir, pensar, enredarse, perderse un poco, volver a encontrarse. La concentración no tiene que ver con ser perfecto, sino con ser honesto.

Haz algo: hoy, en vez de exigirte, siéntate un minuto contigo. Pregúntale a tu mente qué necesita. Pregúntale a tu corazón qué le pesa. Dale espacio al silencio. Respira. No te exijas claridad… déjala llegar.

Yo sigo aprendiendo, sigo fallando, sigo intentando. Y tal vez eso es lo que realmente cuenta: no dejar de caminar incluso cuando la mente se distrae por el camino.

Porque al final, concentrarse es volver a uno.

Y volver a uno… es un acto de amor.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

— Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

jueves, 25 de diciembre de 2025

Lo que nadie te dijo de tu infancia y tu vida adulta

 


Hay temas que uno cree que pertenecen al pasado, como si la infancia fuera una especie de caja cerrada que dejamos tirada en un rincón del cuarto cuando salimos de casa rumbo a la vida adulta. Pero la verdad es más extraña —y más honesta— de lo que imaginamos: esa caja sigue ahí, aunque no la miremos. Y lo que guardamos adentro, lo que evitamos o lo que nunca entendimos, se refleja sin pedir permiso en la forma en que trabajamos, amamos, estudiamos, reaccionamos o nos frustramos hoy.

En estos días he estado pensando en cómo los problemas de atención y comportamiento en la infancia no son solo “cosas de niños”. Nadie lo dice con claridad cuando eres pequeño, pero la incapacidad de concentrarte, esa inquietud que te movía las piernas como si guardaran un trueno, el desorden mental que te hacía perder las tareas, o ese impulso que te llevaba a hablar antes de tiempo… todo eso también estaba moldeando silenciosamente el adulto en el que te ibas a convertir. Y no lo hacía desde el juicio —como muchos creen— sino desde el dolor no atendido, desde la falta de comprensión, desde un sistema educativo que casi siempre espera que todos aprendamos igual, reaccionemos igual, funcionemos igual.

Lo bonito de crecer es que empiezas a entender que nadie era malo, que simplemente no sabían. Ni tus profes, ni tus papás, ni tú mismo. A veces pienso en esto cuando releo algunas entradas de Bienvenido a mi Blog (https://juliocmd.blogspot.com), donde se habla de cómo la mente no sigue caminos rectos y de cómo la vida te obliga a repensarte todo el tiempo. Y me pregunto cuántos niños que “se portaban mal” en realidad estaban pidiendo ayuda, pero en un idioma emocional que nadie dominaba.

La ciencia ha avanzado una barbaridad. Hoy sabemos, con estudios recientes hasta 2024 y 2025, que los niños con problemas de atención o comportamiento —como TDAH, impulsividad, disfunción ejecutiva, dificultades emocionales tempranas— tienen mayores probabilidades de crecer con desafíos en sus ingresos, en su estabilidad educativa y hasta en su salud física y mental. No por destino, sino por contexto. Por falta de intervención temprana. Por un mundo que no supo leerlos a tiempo.

Y ahí, cuando uno conecta estas cosas, la vida deja de parecer una línea recta y se convierte en una especie de mapa de puntos que siempre estuvieron unidos aunque no los vieras. Ese es el tipo de reflexiones que me nacen cuando escribo también en Mi Contabilidad (https://micontabilidadcom.blogspot.com), donde aprendí que los números cuentan historias de vida más profundas de lo que creemos. Porque sí: también se nota en los ingresos, en la estabilidad laboral, en la forma en que administras lo que ganas. Muchísima gente que hoy lucha por mantenerse profesionalmente tiene heridas escolares que nunca tuvieron oportunidad de sanar.

Hay una verdad que me confrontó hace poco: crecer no borra nada; solo te da nuevas formas de interpretarlo. Por ejemplo, cuando miro hacia atrás y recuerdo que a veces me costaba quedarme quieto, que me aburrían las clases demasiado rígidas, o que a veces sentía una ansiedad que no sabía nombrar. Hoy entiendo que detrás de esas sensaciones había algo mucho más grande: una mente buscando libertad, estructura, calma, propósito… todo al mismo tiempo. Y eso, en un niño, no se sabe leer. En un adulto, tampoco siempre.

Muchos adultos actuales crecieron escuchando frases como “ponga atención”, “no sea desordenado”, “siempre con lo mismo”, “usted puede más pero no quiere”, “deje la bobada”. Y lo que esas frases sembraban no era disciplina, sino silencio. Un silencio que luego aparece disfrazado de baja autoestima, procrastinación, miedo al fracaso, inestabilidad laboral o relaciones turbulentas. Yo lo he visto en mí, lo he visto en amigos, lo he visto en lectores de El Blog Juan Manuel Moreno Ocampo (https://juanmamoreno03.blogspot.com) que me escriben contándome que sienten que algo “se dañó” en algún punto de su infancia y nunca supieron qué hacer con eso.

Pero también he visto algo más: la posibilidad de reescribir. De hacerse cargo. De entenderte desde un lugar menos cruel y más humano.

Cuando pienso en la educación colombiana actual, todavía veo muchos vacíos. Pero también veo una generación —la mía, la nuestra— que se está cansando del silencio emocional heredado. Niños diagnosticados tarde, adultos autodiagnosticándose en TikTok, jóvenes que están descubriendo que no están rotos, solo crecieron sin un lenguaje emocional suficiente. Y eso, aunque suene extraño, es esperanza.

Porque entender el origen no te salva automáticamente, pero te orienta. Te da herramientas. Te devuelve la posibilidad de reconstruirte. Incluso te ayuda a cuidar la salud física: hoy se sabe que adultos que crecieron con impulsividad o dificultades atencionales sin apoyo tienen mayor riesgo de ansiedad, depresión, consumo problemático, problemas cardiovasculares e incluso menor expectativa de estabilidad financiera. Pero cuando reciben acompañamiento —psicológico, farmacológico o educativo— esas probabilidades bajan drásticamente. El destino no está escrito; solo estaba esperando a que lo leyeras con otros ojos.

Y entonces viene la pregunta que más me duele pero también más me mueve: ¿qué hacemos con el niño que fuimos?

Yo he aprendido —a veces a las malas— que el adulto que soy le debe explicaciones al niño que fui. Que si algo no funcionó en mi vida, no es porque “no sirva para eso”, sino porque sigo aprendiendo a escucharme. A prestar atención desde otro lugar. A gestionar mis impulsos sin despreciarlos. A abrazar la mente inquieta que siempre he tenido porque, al final, esa mente también me ha traído hasta aquí. Me ha permitido escribir, explorar, cuestionar, conectar con gente de formas que no esperaba.

Y cuando pienso en esto, recuerdo mucho lo que se escribe en Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com), porque ahí siempre se habla de la vida como un viaje interno más que externo. Un viaje donde lo espiritual no es una religión, sino un espejo. Y ese espejo siempre te devuelve al niño con el que aún tienes cuentas pendientes.

Lo más transformador de todo esto es entender que el comportamiento no es una condena, y la atención no es un defecto. Son pistas. Son señales del cuerpo y de la mente que nos obligan a pensar el futuro desde una perspectiva más comprensiva. Y cuando lo ves con claridad, entiendes también que apoyar a los niños hoy —emocional, educativa y socialmente— es un acto de justicia hacia los adultos que serán mañana.

Por eso este tema no es teórico. Es profundamente personal. Es la historia de cualquiera que haya crecido sintiéndose “demasiado inquieto”, “demasiado distraído”, “demasiado intenso”, “demasiado sensible”. Es la historia de quienes sobrevivieron a un sistema que nunca los entendió del todo. Y también es la historia de quienes hoy están dispuestos a romper ese patrón.

A veces cierro los ojos y me imagino qué habría pasado si los niños de mi generación hubieran tenido más contención emocional, más acompañamiento, más validación. Quizá hoy habría menos adultos luchando por concentrarse, por sostener un empleo, por creer que merecen algo. Pero también pienso que nada está perdido. Que todavía podemos hacer algo por nosotros mismos. Que entender el origen no es una excusa, sino una brújula.

Y esa brújula es lo que te permite caminar distinto.

Porque sí, la infancia importa. Pero la decisión de sanar, esa sí te pertenece a ti.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

miércoles, 24 de diciembre de 2025

UN MENSAJE DE NAVIDAD QUE NO SE ATRASA



Hay mensajes que llegan tarde y otros que nacen exactamente cuando tienen que nacer. Supongo que este texto es uno de esos. No es un mensaje de Navidad “bonito”, ni pretende vestir de luces lo que a veces se siente oscuro por dentro. Más bien es un mensaje honesto —como los que escuché crecer en mi casa, entre conversaciones que a veces dolían, a veces sanaban, pero siempre enseñaban— sobre lo que significa cerrar un año siendo una persona joven que todavía está aprendiendo a sostenerse a sí misma mientras sostiene a otros sin darse cuenta.

La Navidad tiene ese efecto extraño: nos vuelve conscientes del tiempo. Uno siente que enero fue ayer, pero al mismo tiempo parece que pasaron diez vidas. Y ahí, en esa mezcla rara de cansancio, gratitud y nostalgia, es donde nace este mensaje. Porque si algo he entendido a mis 21 años, es que la Navidad no se trata de regalos ni de reuniones perfectas, sino de pequeñas verdades que nos encuentran cuando bajamos la guardia.

He visto a mucha gente este año tratando de ser fuerte sin saber que tenía permiso de estar cansada. He visto familias unirse y otras romperse. He visto amistades renacer de la nada y otras desvanecerse sin avisar. También he visto silencios que pesan más que cualquier discusión. Como los que hablo en mi blog El Blog Juan Manuel Moreno Ocampo (https://juanmamoreno03.blogspot.com), donde siempre termino concluyendo que nadie nos enseña de verdad a sostenernos, solo a seguir.

Y aun así seguimos. Eso ya merece ser celebrado.

A veces uno llega a diciembre como quien llega arrastrando una maleta pesada. No solo con lo que pasó, sino con lo que no pasó. Con metas que no se cumplieron, con palabras que no dijimos, con duelos que aún no entendemos. Y aunque en redes todo parece luces y familia perfecta, la vida real es mucho más cruda y también más hermosa. Como decía una vez en Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com), la vida nunca ocurre donde la esperamos, sino donde se atreve a mostrarnos algo que aún no queríamos mirar.

Por eso este mensaje no es para celebrar “la magia de diciembre” sino para honrar algo más profundo: el simple hecho de seguir vivos.

La Navidad, al final, es un recordatorio de que todavía estamos aquí. Respirando. Sintiéndolo todo. A veces entendiendo, a veces disfrazando el dolor, a veces despertando. La Navidad no te exige que estés feliz… te invita a estar presente.

Y estar presente, créeme, ya es un acto espiritual.

He aprendido este año que la espiritualidad no son las frases bonitas que repetimos cuando todo va bien. La espiritualidad es lo que nos sostiene cuando todo parece incoherente. Es lo que describe tan bien Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com), ese blog que ha sido como un faro para quienes buscan respuestas en medio de su propio ruido interno.
Ahí entendí que la fe —en Dios, en el universo, en uno mismo— no es cerrar los ojos: es abrirlos sin miedo a lo que verás.

Esta Navidad quisiera invitarte a algo que yo mismo estoy aprendiendo: dejar de exigirte ser quien todavía no eres. Permitir que diciembre no te obligue a tener claridad sobre todo. Dejar que la vida esté un poco desordenada mientras tú te vas ordenando por dentro. Recordarte que el próximo año no es la promesa de una vida nueva, sino la continuidad de esta vida que ya estás tratando de construir con los pedazos que tienes.

También quisiera que te regales silencio.
Sí, silencio.
Ese espacio que incomoda pero que te devuelve el alma a su lugar.

El silencio es un lujo que pocos se permiten, pero es donde aprendemos lo que realmente necesitamos. Lo he escrito muchas veces en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com), porque ahí descubrí que el silencio es una conversación sin testigos entre tú y tu propia verdad.

La Navidad también es eso: una conversación contigo mismo.

Tal vez este año perdiste a alguien.
O tal vez perdiste una parte tuya.
Tal vez lograste cosas gigantes que no te alcanzaron para llenar el vacío que aún carga tu nombre.
O quizás creciste tanto que nadie a tu alrededor supo cómo acompañarte.

Sea cual sea tu historia, quiero decirte algo que ojalá alguien te hubiera dicho antes:

No estás llegando tarde a tu vida. Estás llegando justo cuando te corresponde.

La Navidad no es el cierre perfecto.
Es apenas una pausa.
Una respiración profunda antes del siguiente paso.
Un abrazo en medio del camino.

Quisiera también recordarte que mereces estar donde se te abrace sin condiciones. Donde puedas equivocarte sin ser condenado. Donde tu proceso sea visto como un proceso, no como un fracaso. Donde puedas ser joven sin que te exijan ser adulto, y ser maduro sin que te ridiculicen por sentir distinto.

Esta Navidad te deseo algo que vale más que cualquier regalo: paz interna.
Y paz interna no significa ausencia de problemas, sino presencia de claridad.
La claridad de saber que no estás solo. Que tu historia importa. Que cada paso que diste este año —incluso los que parecieron inútiles— estaban construyendo algo que todavía no ves.

Si nadie te lo dijo hoy, te lo digo yo:
Estoy orgulloso de ti.
Por lo que lograste, por lo que renunciaste, por lo que sobreviviste, por lo que sigues intentando.

2025 fue un año raro para muchos. Complejo, impredecible, emocionalmente exigente. También fue un año de despertares. De ver quién se quedó, quién se fue y quién realmente eras tú debajo de todo lo que mostrabas.

Y ahora llega diciembre, con su forma suave de recordarnos que todavía hay algo por rescatar.

Yo rescato la esperanza.
No la esperanza ingenua, sino la esperanza consciente.
La que se siembra en el alma cuando uno elige creer aunque no haya garantías.

Que esta Navidad te encuentre en ese punto donde puedas decir:
«No sé lo que viene, pero estoy listo para recibirlo».

Porque sí, mereces lo bueno.
No solo por lo que haces, sino por lo que eres cuando nadie te ve.

Y si en algún momento sientes que tus fuerzas flaquean o que tus pensamientos te superan, vuelve al lugar donde todo empezó: a ti. A tu respiración. A tu capacidad infinita de reinventarte. Ahí está tu verdadero hogar.

Gracias por leerme.
Gracias por existir.
Gracias por permanecer.

Y ojalá esta Navidad no sea solo un día, sino una decisión: la decisión de tratarte con más amor del que te tuviste este año.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

Juan Manuel Moreno Ocampo

“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”