miércoles, 31 de diciembre de 2025

mensaje de año nuevo, agradecimiento del 2025 y esperanza en el 2026



Hay años que pasan como si fueran un suspiro acumulado. A veces uno parpadea y ya está en diciembre otra vez, preguntándose cómo diablos hizo para sobrevivir a todo lo que vivió, a todo lo que sintió, a lo que calló y también a lo que por fin se atrevió a decir. El 2025 fue uno de esos años: uno que no avisó nada, pero que lo transformó todo.

En lo personal, este fue un año que no siempre entendí. Hubo semanas en las que me sentí fuerte, en control, con la sensación de que la vida por fin estaba alineando fichas que yo llevaba años intentando ordenar. Pero también hubo días pesados… de esos en los que uno se despierta con la mente nublada, como si llevara un morral lleno de pensamientos que no pidió cargar. Y, aun así, aquí estoy, y aquí estamos todos los que logramos cruzar el puente de este año que se va entre silencios, aprendizajes, pérdidas, regalos inesperados y un crecimiento que, aunque dolió, deja una gratitud muy difícil de explicar.

Yo no sé si a ti te pasó, pero a mí el 2025 me enseñó a agradecer cosas que antes daba por obvias. Agradecer el desayuno de cada mañana, el abrazo que uno recibe sin pedirlo, el trabajo que a veces cansa, pero sostiene, la salud que uno siempre siente “normal” hasta que se tambalea. Y, sobre todo, agradecer a las personas que siguen ahí, incluso cuando uno mismo se desconecta un poco de sí.

Agradecer no es solo decir “gracias”; es entender que no estabas solo. Que alguien, desde su esquina del mundo, también estaba sosteniendo algo para ti. Eso lo aprendí en esos días donde, sin decirlo, necesitaba que me preguntaran si estaba bien… y alguien lo hacía. Tal vez un familiar, a veces un amigo, otras un mensaje raro que aparecía por ahí, incluso en blogs como Bienvenido a Mi Blog (https://juliocmd.blogspot.com/) o en esos escritos sinceros de Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/) donde siempre parece que alguien escribió lo que tú aún no te atreves a aceptar.

Y por eso hoy, antes de hablar del 2026, necesito detenerme un segundo en eso: gracias 2025. Gracias por las personas que se quedaron, por las que se fueron y por las que llegaron. Gracias por las semillas que todavía no florecen, pero que ya están sembradas. Gracias por cada momento donde me sentí a la deriva… porque sin ellos no habría descubierto muchas de las orillas que hoy sí veo con claridad.

Ahora, si me pongo la mano en el pecho y miro hacia adelante, el 2026 no se siente como un año cualquiera. Se siente como una puerta. Una que no todos abrimos al mismo tiempo, pero que está ahí, esperando que cada uno tome aire y decida entrar sin cargar culpas viejas. Y cuando digo sin culpas, hablo de ese hábito tan humano de arrastrar lo que ya no nos pertenece: errores, miedos, dudas que ya demostraron que no nos llevan a ninguna parte.

Yo creo que el 2026 nos pide algo distinto. No más correr sin pensar, no más vivir en piloto automático, no más luchar contra uno mismo. Este año nuevo nos está pidiendo despertar, pero de verdad.

A veces lo pienso mientras leo o escribo cosas para mi propio blog (https://juanmamoreno03.blogspot.com/). Uno cree que está compartiendo algo para los demás, pero en el fondo termina escribiéndose a sí mismo. Es extraño, pero es real: uno siempre se está dejando mensajes que entenderá después.

Y es justamente ahí donde nace esta esperanza del 2026.

Yo no siento que este nuevo año venga con la promesa de la vida perfecta —esa que mucha gente vende en redes, llena de metas millonarias, cuerpos soñados y viajes a lugares que aparecen mágicamente sin mostrar todo lo que costaron. Siento que el 2026 viene con una promesa más valiosa: la de aprender a vivir con más verdad.

A vivir sin máscaras, sin el miedo a decepcionar, sin esa necesidad agotadora de demostrar algo todo el tiempo. A vivir más consciente, más presente, más honesto con lo que uno siente. A soltar lo que uno sabe que ya debe soltar, y a proteger lo que uno sabe que debe proteger.

Y algo importante: este año que inicia también está atravesado por lo colectivo. Yo no puedo hablar del 2026 sin pensar en la cantidad de cosas que nos están pasando como sociedad. La tecnología avanzando más rápido de lo que entendemos, los cambios laborales que nos están exigiendo adaptarnos sin previo aviso, la espiritualidad abriéndose paso entre generaciones que antes la ignoraban, y la búsqueda constante de significado en un mundo saturado de ruido.

Entre todo eso, lo único que realmente nos queda es la capacidad de ser humanos. Humanos que sienten, que dudan, que sueñan, que siguen adelante aunque la vida a veces apriete.

Y sí, también humanos que se cuestionan.
Como cuando uno lee reflexiones profundas en Amigo de Ese Ser Supremo (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/) y se pregunta por qué a veces nos cuesta tanto aceptar que todos estamos buscando lo mismo: paz, amor, claridad. Es increíble, pero entre más crezco, más entiendo que no somos tan distintos.

Si miro hacia mis propios pasos, lo que espero del 2026 no son milagros, sino movimiento. Movimiento hacia lo que sí quiero construir, hacia lo que sí quiero sanar, hacia lo que sí quiero sentir. Y ese movimiento no exige velocidad, exige intención.

Este año quiero permitirme ser más paciente conmigo mismo. Más humano. Más consciente del tiempo, pero sin obsesionarme con él. Quiero seguir aprendiendo, seguir entendiendo que la vida no se trata de hacerlo todo bien, sino de hacerlo con sentido. De equivocarse, sí, pero equivocarse hacia adelante.

Quiero que el 2026 sea un año para tomar decisiones con corazón, no con miedo. Para decir “sí” cuando algo me expande y “no” cuando algo me encoge. Para acercarme a quienes hacen bien y alejarme de quienes desgastan. Para vivir relaciones más honestas, proyectos más reales y sueños más propios.

Y también para seguir escribiendo. Porque escribir me ha salvado más veces de las que acepto públicamente. Porque en cada artículo, en cada reflexión, en cada palabra que dejo en estos blogs, termino encontrando pedazos de mí que ni siquiera sabía que estaban perdidos.

Quisiera que tú también te regales esta pregunta para el 2026:
¿Qué versión de ti quieres conocer este año?

No la que crees que el mundo espera, no la que te inventaste para sobrevivir… sino la verdadera, la que respira detrás de todo ese ruido mental, la que aparece cuando estás solo en tu cuarto con tus pensamientos, la que sabe lo que quiere aunque todavía no sepa cómo llegar.

Esa versión es la que vale la pena.

Y si el 2025 te dejó cansado… descansa.
Si te dejó roto… reconstruye.
Si te dejó con miedo… abraza ese miedo hasta que te muestre qué intenta proteger.
Si te dejó agradecido… guarda esa gratitud como amuleto.

Pero no entres al 2026 como quien entra a un cuarto desconocido con la luz apagada. Entra como quien decide encender algo dentro de sí. Aunque sea pequeño, aunque sea frágil, aunque sea incierto.

Porque lo que importa no es lo que el año trae, sino lo que tú decides hacer con él.

Y yo, desde aquí, desde lo que soy y lo que estoy aprendiendo, te deseo un 2026 con más verdad, más amor, más conciencia, más libertad interior. Un año donde puedas reconocerte, abrazarte, transformarte… sin prisa, pero sin pausa.

Un año donde vuelvas a ti.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

martes, 30 de diciembre de 2025

Cuando las pastillas se vuelven parte de crecer



No sé en qué momento la palabra “antidepresivos” dejó de ser lejana, ajena, o incluso tabú, y pasó a ser un tema de conversación entre amigos, primos, compañeros de clase o colegas de universidad. Cuando tenía trece o catorce años, yo pensaba que eso era algo de adultos, de personas que habían vivido demasiado, de quienes cargaban con historias que parecían no caber en el pecho. Pero crecí, crecimos, y la realidad nos alcanzó más rápido de lo que imaginamos.

Hoy, es común escuchar a un adolescente decir que está medicado. Lo extraño es que lo dicen con la misma naturalidad con la que otro dice “estoy tomando vitaminas”. A veces lo dicen con alivio, a veces con vergüenza. A veces no lo dicen, pero uno lo intuye en el silencio, en la mirada que se apaga un segundo, en la respiración más corta. Y no sé si es porque soy de una generación que creció sobreviviendo a redes sociales, pandemias, noticias que parecen apocalípticas y exigencias que aplastan, pero siento que mi generación nació cansada.

Y lo digo sin reproche. Lo digo como quien mira a su alrededor intentando entender.

Yo no crecí solo. Crecí escuchando a mi papá escribir sobre disciplina, espiritualidad y resiliencia en Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com). Crecí viendo cómo cada sábado aparecía una reflexión nueva en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com) que, aunque yo no entendiera completamente, me dejaba una pregunta rondando la cabeza. También crecí leyendo palabras que hablaban de un “Ser Supremo” en el blog Amigo de ese Ser Supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com), y eso me enseñó algo que ninguna escuela me explicó: que todos estamos buscando algo que nos sostenga desde adentro, algo que no se nota, pero se siente.

Tal vez por eso, cuando escucho que más adolescentes toman antidepresivos, no lo juzgo. Lo entiendo. Lo abrazo. Lo veo como una señal de que algo en la sociedad se rompió, pero también de que hay una búsqueda de ayuda, una mano extendida, un “no puedo solo”.

Y aquí empieza la parte que más duele y más preocupa: muchos de ellos, aunque reciben ayuda médica, cargan con un miedo silencioso. Miedo a cómo esas medicinas podrían afectar sus emociones, sus vínculos, su forma de sentir, incluso su percepción de sí mismos y su cuerpo. No hablo de efectos clínicos ni sexuales —eso le corresponde a los profesionales de la salud— hablo del temor humano, del que no sale en los estudios, pero sí en las conversaciones de madrugada.

Ese miedo es real. Ese miedo se siente en la piel.

Porque la adolescencia es un terremoto emocional. Y si encima le sumas un medicamento que modifica cómo percibes el mundo… es normal preguntarse quién eres. Si lo que sientes es tuyo o del químico. Si tu forma de vincularte cambiará. Si podrás amar igual. Si tu identidad seguirá intacta.

Y aunque nadie nos lo dice, todos lo pensamos alguna vez.

A veces pienso en mis amigos, en mis conocidos, en mis seguidores del blog El Blog Juan Manuel Moreno Ocampo (https://juanmamoreno03.blogspot.com), y siento un hilo invisible que nos conecta: todos, de alguna forma, estamos intentando descifrar la vida en medio de un ruido que no se detiene. Las redes nos comparan. La sociedad nos exige. El mundo nos acelera. Y la mente… la mente intenta sobrevivir como puede.

Y es ahí, justo ahí, donde el miedo aparece disfrazado de preguntas complicadas:
“¿Y si esto cambia cómo me relaciono con otros?”
“¿Y si nunca vuelvo a sentir igual?”
“¿Y si un día dependo de esto para siempre?”
“¿Y si afecta partes de mí que no sé cómo recuperar?”

No es miedo al medicamento.
Es miedo a perderse.

A veces siento que esa es la mayor angustia de mi generación: no saber si lo que sentimos es auténtico o consecuencia de todo lo que está afuera… o adentro.

He escuchado historias que no puedo olvidar.
Un chico de 17 que decía que al tomar antidepresivos sentía su cuerpo diferente, no malo, solo “extraño”.
Una amiga que me confesó que tenía miedo de enamorarse porque no sabía si lograría conectar igual que antes.
Otro que decía que se sentía “plano emocionalmente”, como si la vida estuviera en volumen bajo.

Ninguno hablaba de sexualidad explícita, pero sí de intimidad emocional, de conexión humana, de miedo al futuro.
Y eso es algo que pesa demasiado cuando apenas estás aprendiendo a vivir.

A veces quisiera que en Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales (https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com) pudiéramos escribir sobre la otra privacidad: la emocional. Lo que cargamos sin contarlo. Lo que nos da miedo reconocer. Esa privacidad que pesa más que una contraseña y que ojalá supiéramos proteger mejor.

Vivimos en un mundo donde es más fácil contar cuántos pasos caminaste que contar cómo te sientes realmente. Y eso nos está pasando factura. Por eso no me sorprende que muchos adolescentes —y jóvenes como yo— terminen en tratamientos que buscan aliviar algo que no sabemos nombrar. Ansiedad. Pánico. Tristeza crónica. Rumores mentales que no nos dejan en paz.

Pero me preocupa que, mientras buscamos ayuda, carguemos con culpa o con miedo.
Me preocupa que pensemos que tomar un medicamento nos hace menos, o raros, o extraños.
Me preocupa que nos dé miedo hablar del impacto emocional que esto tiene en nuestra identidad.

Y creo que también me preocupa que la sociedad no se siente a escucharnos de verdad.

A veces, cuando escribo, pienso en lo que mi papá decía tantas veces: “la vida es una conversación constante con uno mismo”. Y creo que eso aplica más que nunca ahora. Porque el problema no es tomar antidepresivos. El problema es no saber cómo acompañar esa experiencia. No saber cómo hablar de ella sin miedo. No saber cómo decir “tengo dudas, tengo miedos, no sé qué pasará con mi vida emocional”.

Y es ahí donde entra la parte espiritual, esa que aprendí casi sin querer leyendo artículos de Amigo de ese Ser Supremo (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com). Esa parte que te recuerda que no eres solo química, ni solo cuerpo, ni solo emociones sueltas. Que hay una fuerza que te sostiene, una luz que se enciende incluso en los pensamientos más oscuros.

No importa si crees en Dios, en el universo, en la energía o en ti mismo.
Importa creer que no estás solo.
Importa creer que tu identidad no se pierde por una pastilla.
Importa creer que eres más grande que cualquier proceso mental.

Yo no sé cuál será la solución global a este fenómeno. No sé si la respuesta está en las familias, los colegios, los sistemas de salud, la sociedad o en todos al mismo tiempo. Lo único que sé es que somos una generación que está pidiendo ayuda a gritos silenciosos. Una generación que está aprendiendo a hablar de salud mental sin vergüenza, pero que aún tiene miedo de hablar de lo que esa salud mental afecta en sus vínculos, en sus sensaciones internas, en su capacidad de amar, conectar y sentirse vivo.

Y creo que el camino empieza con algo que suena simple, pero no lo es:
hablarnos con verdad.

Decir: “Esto es lo que siento”.
Decir: “Esto es lo que temo”.
Decir: “Esto es lo que no entiendo”.
Decir: “Necesito apoyo”.
Decir: “Estoy en proceso”.

Porque crecer no es tener todo claro.
Crecer es poder decirlo.

Si hoy estás leyendo esto y te identificas con algo —con el vacío, con la duda, con la pastilla que te acompaña, con el temor a que te cambie más de lo que quieres— quiero decirte algo desde el corazón:
no estás roto.
no estás dañado.
no estás menos.

Estás viviendo.
Estás aprendiendo.
Estás atravesando un camino que muchos no entienden, pero que tú sí puedes honrar.

Y aunque a veces parezca que la vida emocional y la identidad se pueden desacomodar, nunca pierdes tu esencia. Lo más importante de ti no lo toca una pastilla. Lo más importante de ti nace de un lugar que no se puede medicar: tu espíritu, tu capacidad de sentir, tu alma que insiste, tu luz que no se apaga.

Y tal vez este mundo se volvió demasiado ruidoso, demasiado pesado, demasiado exigente para quienes apenas estamos empezando a vivir. Pero eso no significa que no podamos encontrar nuestro ritmo, nuestra voz, nuestra verdad.

Todo lo contrario.
Quizás esta generación —mi generación— será la que aprenda a nombrar lo que nadie quería hablar. La que entienda que la salud mental no es debilidad. Que buscar ayuda no es vergüenza. Que tener dudas sobre el cuerpo, sobre la conexión emocional, sobre el futuro… es parte de crecer con conciencia.

Somos la generación que está aprendiendo a ser humana sin pedir perdón por sentir.

Ese es nuestro verdadero cambio.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

lunes, 29 de diciembre de 2025

ESTO ES LO QUE TU GATO REALMENTE QUIERE DECIRTE (Y NADIE TE HABÍA EXPLICADO)



A veces creo que los seres humanos nos pasamos la vida tratando de traducir lenguajes que no entendemos. El de la gente que amamos. El del silencio. El de Dios. El de nuestra propia mente… y, claro, el de los animales que conviven con nosotros. Pero hay un lenguaje que, para mí, sigue siendo uno de los más misteriosos y sinceros: el de los gatos.

Yo crecí pensando que los gatos eran distantes, fríos, impredecibles. Algo así como esos amigos que te escriben un día sí y dos no. Pero, con el tiempo, entendí que ellos no están hechos para encajar en nuestras expectativas humanas de afecto. Ellos aman distinto. Sienten distinto. Procesan distinto. Y tal vez, lo que más me ha enseñado un gato —sin decirme una palabra— es que nadie está obligado a mostrarnos cariño en el formato que nosotros esperamos.

Hace poco leí un fragmento del libro Amor de Gato, y fue como si alguien por fin hubiese encendido la luz en un cuarto que llevaba años a oscuras:

“La mayoría de las personas creen que cuando un gato se va de la habitación es porque no quiere estar con ellas. Pero la ciencia nos muestra algo completamente diferente. Cuando tu gato se va, en realidad está buscando un espacio donde sentirse seguro para poder amarte desde ese lugar. Los gatos necesitan lugares elevados, rincones tranquilos, espacios que controlen. No porque no te amen, sino porque amarte desde un lugar de vulnerabilidad total es demasiado para ellos.”

Lo leí dos veces. Luego tres. Porque había algo profundo ahí, algo que no era solo sobre gatos. Era sobre nosotros. Sobre cómo amamos. Sobre cómo nos protegemos. Sobre por qué a veces, incluso frente a quienes más queremos, nos alejamos sin querer alejarnos.

Y entonces entendí algo que necesitaba escribir:
los gatos no son indiferentes. Son valientes. Valientes porque eligen amar desde su forma, desde su historia, desde lo que pueden dar.

Y eso, al final, es lo que hacemos todos.

Recuerdo que hace años escribí en mi blog (https://juanmamoreno03.blogspot.com/) una reflexión sobre las relaciones humanas y cómo muchas veces asumimos que la distancia es un rechazo, cuando en realidad es una forma de cuidado propio. Esa misma idea aparece también en algunos escritos de Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/), donde se habla de la necesidad de encontrar un lugar interno que nos permita estar con otros sin perdernos a nosotros mismos. Y cuando leí este fragmento del libro, sentí que un gato habría firmado ese texto con la cola en alto.

Porque mira lo que dice después:

“Cuando les damos eso, cuando entendemos que su amor funciona así, todo cambia. Porque entonces no ves a un gato frío que te ignora. Ves a un ser valiente que eligió estar cerca tuyo a pesar del riesgo.”

Y sí. Cambia todo cuando comprendes.
Cambia todo cuando dejas de creer que necesitas ser amado como tú amas.
Cambia todo cuando aprendes a leer gestos que antes te parecían vacíos.

Hay familias —y esto lo cuento porque lo he visto una y otra vez— que llevan años sintiendo que su gato no los quiere. Que se sienten ignoradas porque él no se queda en la sala cuando todos están viendo televisión, o porque se esconde cuando llegan visitas, o porque se sube a lugares altos y parece observar desde lejos como si fuera un guardián silencioso. Pero un día, casi siempre un día simple, pasa algo. Algo pequeño. Un ronroneo inesperado. Un roce suave contra la pierna. El gato durmiendo en un rincón donde puede verlos a todos.

Y ahí, justo ahí, la familia dice:
“Ah… ahora lo entiendo.”

Y no solo entienden al gato.
Se entienden a sí mismos.

Lo que más me sorprende es que este tipo de enseñanza, que llega desde un animal que muchos creen que “no expresa emociones”, nos muestra exactamente cómo funciona la vulnerabilidad humana. No sé si en Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/) o en Amigo de ese Ser Supremo (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/) lo he dicho alguna vez así, tal cual, pero quiero repetirlo con fuerza:

Cada uno ama como puede, no como quiere.
Y aprender a leer ese amor es un acto de humildad.

Los gatos, con su silencio, con su aparente misterio, con esa forma extraña de estar presente incluso cuando no los ves, parecen decirnos:
“No te alejo. Me protejo. Pero sigo aquí.”

Y eso, si lo miras con atención, también lo hacemos nosotros.

Hay algo más que muchos no saben: los gatos observan absolutamente todo. No desde la distancia emocional, sino desde la estrategia de supervivencia. Siempre han tenido que leer el mundo en silencio, sin hacer ruido, sin mostrarse vulnerables. Son animales que, incluso dentro de un hogar seguro, conservan ese instinto antiguo que les recuerda que la vida no siempre fue cómoda. Y eso me hace pensar en todas las veces que las personas también actuamos desde heridas que nadie ve.

Tu gato no se sienta a tu lado porque no te quiera.
Tu gato se sienta cerca, pero no encima, porque está calculando cómo darte amor sin exponerse de más.
Tu gato se esconde cuando estás triste no porque no le importe, sino porque ese nivel de emoción humana puede ser demasiado intenso para él.

Y en ese comportamiento, tan criticado por quienes no entienden a los gatos, hay una forma de respeto profundo:


el respeto por su propia sensibilidad.

¿Te das cuenta?
A veces creemos que amar es lanzarse sin medir, pero muchos seres —incluidos los humanos— aman midiendo, observando, acercándose de a poquito. No por falta de sentimiento, sino por exceso de honestidad emocional.

He hablado con personas que sienten que sus gatos los eligieron. Que llegaron a su vida en días raros, como si supieran que había un vacío que llenar. Y siempre repiten la misma frase:
“Él llegó cuando yo más lo necesitaba.”

Esa es otra cosa que la mayoría ignora: los gatos no eligen casas; eligen energías. Eligen lugares donde perciben calma o posibilidad de construirla. Y esa idea me lleva a otra reflexión, una que aprendí observando a los animales, pero también la vida misma:

A veces no buscamos un hogar. Buscamos un lugar donde podamos ser vulnerables sin ser rotos.

Los gatos hacen eso todo el tiempo.
Y también lo hacemos nosotros, aunque no lo queramos admitir.

Quiero contarte algo personal. Una vez tuve la oportunidad de ver cómo un gato, que durante meses parecía distante, se acercó por primera vez a su dueña mientras ella lloraba. No se subió a sus piernas. No la lamió. No hizo nada de lo que un perro probablemente habría hecho. Solo se sentó frente a ella, en silencio. Sin tocarla. Pero sin apartarse.

Estuvo ahí.

Y ese “estar ahí” —tan sutil, tan mínimo— fue más poderoso que cualquier abrazo humano. Porque no invadió. No presionó. No exigió. Solo acompañó desde su lenguaje, desde su forma, desde su esencia.

Yo creo profundamente que parte del amor verdadero es ese:
acompañar sin invadir, querer sin poseer, cuidar sin sofocar.

Y los gatos, sin pretenderlo, son maestros de esa forma de amar.

A veces pienso que si las personas aprendiéramos a amar como los gatos, nos dolería menos la vida.
Tal vez entenderíamos que no todo lo que parece distancia es rechazo.
Tal vez descubriríamos que muchas personas que creemos frías simplemente aman desde lugares internos que aún están sanando.
Tal vez dejaríamos de pedir demostraciones inmediatas y empezaríamos a leer los detalles, los silencios, los microgestos.

Porque una relación —ya sea humana o con un gato— siempre es una conversación.
A veces en palabras.
A veces en miradas.
A veces en ausencias que también hablan.

Y cuando por fin comprendes ese lenguaje distinto, algo dentro de ti se reordena. Sientes, como dice el libro, que no estás rechazado… sino elegido. Que no estás ignorado… sino observado. Que no estás solo… sino acompañado desde la forma que el otro puede darte, no desde la que tú esperas recibir.

Tal vez por eso este tema conecta tanto con la vida real.
Con nuestras relaciones.
Con nuestras heridas.
Con nuestros ritmos.
Con la forma en que incluso nosotros necesitamos lugares internos para poder amar sin rompernos.

Y sí. Todo cambia cuando comprendes.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

Juan Manuel Moreno Ocampo
"A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad."

domingo, 28 de diciembre de 2025

El fenómeno del algospeak y lo que revela sobre nosotros


 

Hay días en los que uno siente que internet se volvió una especie de idioma paralelo, una mezcla extraña entre creatividad, miedo, humor y pura supervivencia digital. Y sí, digo supervivencia porque estar en redes hoy se parece más a caminar por una ciudad llena de cámaras que a ese espacio libre donde muchos crecimos expresándonos sin filtros. A veces veo un video en TikTok y la gente no dice “suicidio” sino “unalive”. No dicen “sexo” sino “seggs”. No dicen “violencia” sino “v1ol3ncia”. Y podría hacer una lista larguísima. Pero más allá del inventario de palabras prohibidas, lo que me inquieta —y me inspira a escribir este blog— es lo que esto dice de nosotros como generación.

El algospeak, ese lenguaje en clave que millones usan para burlar el algoritmo, no es solo una moda. Es un espejo. Un reflejo incómodo de lo que se ha convertido la vida online. Y lo fascinante es que esta tendencia no surge de un laboratorio, ni de empresas, ni de gobiernos. Surge de la gente. De usuarios que, como tú o como yo, están tratando de decir cosas reales sin ser silenciados, castigados o invisibilizados por sistemas automáticos que deciden qué merece existir y qué no.

La nota de Portafolio hablaba de listas secretas de palabras que los creadores evitan para no ser penalizados por las plataformas. Pero más allá del titular, lo que yo veo es otra cosa: cada palabra censurada es una puerta cerrada a una conversación importante. Cada palabra reemplazada es una señal de que estamos adaptándonos a vivir bajo la mirada de un algoritmo que, aunque invisible, dicta ritmos, tonos, alcances, y hasta emociones.

Pero también —y aquí es donde me gusta respirar más profundo— el algospeak demuestra que la creatividad humana siempre encuentra un camino.

Me pregunto algo que quizá tú también te hayas preguntado sin decirlo en voz alta:
¿A dónde nos lleva un mundo en el que no podemos decir las cosas como son?

¿Y qué pasa con nuestra verdad cuando comienza a disfrazarse para poder existir?

A veces siento que gran parte de nuestra generación ha normalizado algo que, en el fondo, nos afecta más de lo que admitimos. Publicamos, borramos, editamos, suavizamos, volvemos a intentar. Nos cuidamos de que el algoritmo “no nos castigue”. Nos cuidamos de no herir susceptibilidades. Nos cuidamos de no quedar fuera de la burbuja de contenido aceptado. Y terminamos moldeando nuestra voz para que encaje con lo que una máquina considera adecuado.

Pero luego recuerdo algo que leí un día en Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/): “La palabra que nace desde la conciencia no necesita permiso: solo necesita valor.” Y desde entonces trato de escribir —y de vivir— recordando que la autenticidad sigue siendo un acto revolucionario.

El algospeak puede verse como una especie de resistencia silenciosa. Una rebeldía suave, creativa. Un mensaje cifrado que viaja entre millones diciendo: “No nos callarán tan fácil”. Pero también puede ser un síntoma de que algo anda mal: ¿cómo es que en un planeta con tanta tecnología todavía tenemos miedo de conversar abiertamente sobre temas humanos, reales, urgentes?

Pienso en los adolescentes hablando de salud mental usando códigos; pienso en comunidades minoritarias adoptando metáforas para evitar que su contenido sea eliminado; pienso en quienes denuncian injusticias usando símbolos o chistes para que su mensaje llegue a algún lado antes de ser filtrado.
Y entonces pienso en mí.
En cómo también he tenido que adaptar mis palabras para no activar alertas automáticas. En cómo todos hemos aprendido este lenguaje sin que nadie nos lo enseñe formalmente. Es casi instintivo.

Pero hay algo que me cuesta aceptar: el hecho de que, a punta de restricciones digitales, hemos ido normalizando la autocensura. Y la autocensura, aunque parezca ligera, termina afectando la forma en la que pensamos. Si cambiamos palabras por miedo al castigo, ¿no terminamos también cambiando nuestras ideas?

Hace unos días escribía sobre este tema en mi propio blog (https://juanmamoreno03.blogspot.com): como seres humanos necesitamos espacio para expresarnos de forma sincera. No una sinceridad perfecta, sino una que respire. Una que sea incómoda, pero real. Y el algospeak, aunque inventivo, nos muestra que algo se está perdiendo en esa lucha constante por existir dentro de los límites del algoritmo.

No quiero sonar dramático, pero a veces siento que vivimos en una especie de “selva digital” donde cada frase puede generar una consecuencia. Y sí, entiendo que las plataformas intentan combatir discursos peligrosos, odio, desinformación… pero al mismo tiempo han creado un terreno donde lo humano se vuelve sospechoso por defecto. Es como si para hablar de nuestros miedos tuviéramos que disfrazarlos de chiste. Como si para compartir experiencias fuertes hubiera que esconderlas bajo letras cambiadas.

Me pasa que cuando entro a Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/) y leo textos que hablan de la vida tal como es —con sus sombras y sus luces— recuerdo lo poderoso que es un lenguaje sin filtros. No uno agresivo, sino uno honesto. Y me pregunto por qué hemos llegado al punto de necesitar claves para poder hablar de emociones profundas.

A veces lo pienso así:
El algospeak es como un dialecto creado por jóvenes que simplemente quieren compartir quiénes son sin que una máquina les cierre la puerta. Es tierno y triste al mismo tiempo.

Tierno porque revela una creatividad infinita.
Triste porque evidencia que no nos sentimos completamente libres.

Y, sin embargo, hay esperanza. Porque este fenómeno también está demostrando algo que no deberíamos perder de vista: los algoritmos aprenden de nosotros, pero también nosotros aprendemos a hackearlos. Y eso nos recuerda que la tecnología, por más dominante que parezca, no es un dios. No es un destino. Es un sistema creado por humanos y que puede transformarse si tenemos la voluntad colectiva de cuestionarlo.

A veces, cuando me siento un poco perdido con estas reflexiones, me apoyo en algo que aprendí en el blog Amigo de ese ser supremo (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/): que las palabras son energía, y que la energía encuentra caminos incluso cuando las puertas parecen cerradas. Eso también aplica aquí. No importa cuántas restricciones aparezcan, la gente siempre encontrará cómo hacerse escuchar.

Pero creo que debemos preguntarnos otra cosa más profunda:
¿Queremos seguir hablando en clave para siempre?

¿O queremos construir espacios donde podamos decir “esto me duele”, “esto me preocupa”, “esto me importa”, sin que la plataforma nos castigue, sin que el sistema nos esconda?

Hablar en clave es ingenioso. Pero hablar con verdad es liberador.

Por eso creo que la conversación no debe quedarse en el meme ni en la risa de ver palabras inventadas. Debe ir más allá. Debemos preguntarnos qué tipo de internet queremos heredar. Ya no somos niños. Somos una generación adulta que creció a la par de las redes. Y tenemos derecho a exigir un espacio digital más humano, menos punitivo, más consciente de que la vida es compleja y no cabe en listas de palabras prohibidas.

Yo no tengo todas las respuestas —y espero nunca tenerlas—, pero sí tengo preguntas que me mueven. Preguntas que me ayudan a entender que este fenómeno no es solo lingüístico, sino emocional y social. El algospeak no nació porque queramos obviar las palabras reales, sino porque queremos seguir hablando aun cuando el sistema nos pone trabas.

Y mientras escribo esto, pienso que tal vez este “idioma secreto” también nos deja una lección espiritual: ninguna fuerza externa puede apagar una voz que nace del corazón. Puede distorsionarla un rato, puede hacerla susurrar, pero nunca silenciarla del todo.

Al final, creo que el reto está en elegir cuándo usamos estas claves por supervivencia y cuándo decidimos hablar con la verdad completa aunque no sea lo más conveniente para el algoritmo. En decidir cuándo adaptarnos y cuándo decir “esto soy yo, así hablo, así siento”.
Y creo, con toda mi alma, que en esa mezcla de rebeldía y vulnerabilidad está nuestro verdadero poder como generación.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

Juan Manuel Moreno Ocampo

“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

sábado, 27 de diciembre de 2025

PROBLEMAS DE NO CONTAR CON OBJETIVOS COMERCIALES: VENDER POR VENDER



Hay días en los que siento que todos estamos corriendo sin parar, como si la vida se hubiera convertido en un timeline infinito que nunca pregunta si realmente queremos estar ahí. Y lo curioso es que, en medio de tanto movimiento, veo a muchas personas —y empresas— repitiendo el mismo patrón: vender por vender, trabajar por trabajar, llenar el día de tareas sin preguntarse si eso los acerca o los aleja de donde sueñan estar.

Quizás lo noto porque lo he vivido yo mismo. Una etapa en la que hacía cosas solo para avanzar, pero no sabía exactamente hacia qué. Y es ahí cuando uno se da cuenta de que sin dirección, cualquier paso parece correcto… hasta que te das contra un muro. Me pasa lo mismo cuando veo a negocios intentando crecer sin objetivos comerciales claros: se desgastan, se frustran, se repiten, se comparan… y al final sienten que nada es suficiente.

Lo que más me impacta, incluso más que la falta de resultados, es la pérdida de sentido. Porque vender es más que una transacción: es un puente entre historias, necesidades reales y soluciones honestas. Pero cuando se vende sin propósito, se rompe el puente y solo queda la presión de cumplir números vacíos.

Creo que este tema toca fibras porque se parece mucho a la vida misma. Cuando no tenemos un norte emocional, espiritual o personal, terminamos reaccionando en automático. Nos distraemos con lo urgente y olvidamos lo importante. Nos parecemos a esas empresas que solo quieren vender porque “toca”, porque “el mes está duro”, o porque “la competencia lo está haciendo”. Pero, ¿y lo que yo realmente quiero construir?, ¿y lo que mi cliente realmente necesita?, ¿y lo que sostiene la relación más allá del dinero?

Hace poco releí un texto de Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com) donde hablaba del silencio interior y cómo ahí es donde uno encuentra la honestidad necesaria para tomar decisiones difíciles. Pensé en cuántas empresas necesitarían ese mismo silencio: detenerse un segundo, escuchar su propia historia, revisar por qué nacieron y hacia dónde quieren ir ahora. Porque sí, las organizaciones también se cansan, también se desalinean, también necesitan terapia.

Cuando uno revisa a fondo los problemas que nacen de vender sin objetivos, no son solo errores financieros: son señales de desconexión. Señales que muestran que se está viviendo desde la urgencia y no desde la intención. Y quizá por eso este tema no es solo de negocios; también es espiritual, emocional y profundamente humano.

A veces, cuando acompaño procesos o hablo con emprendedores, escucho frases como “yo solo quiero vender”, “necesito resultados ya”, “lo que sea con tal de facturar”. Y entiendo la desesperación, todos hemos sentido ese ahogo. Pero vender sin estrategia es como amar sin presencia: algo se entrega, sí, pero nunca se construye.

El problema aparece cuando ese vacío se normaliza. Cuando se acostumbra a vender a quien sea, como sea y por lo que sea. Cuando las metas del equipo no coinciden con las metas del dueño. Cuando cada campaña apunta a un lado distinto. Cuando se confunde actividad con productividad. Y la peor parte: cuando se pierde la capacidad de mirar el largo plazo.

Me gusta mucho como en Organización TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com) se habla del liderazgo consciente y del papel que tiene la estrategia para evitar ese desgaste. En uno de los artículos, recuerdo leer sobre cómo los objetivos son la columna vertebral de cualquier proceso. Sin columna, el cuerpo no se desarma de inmediato… pero sí empieza a caer poco a poco.

Así mismo pasa en ventas.

Empezamos ofreciendo productos que no entendemos, atendiendo clientes que no valoran, diseñando campañas sin mensaje, fijando precios sin análisis, improvisando procesos que al final se vuelven tragedias anunciadas. Y luego nos preguntamos por qué la motivación cae, por qué el equipo se siente perdido, por qué las cifras no cuadran.

Me acuerdo de un consejo de mi papá, muy de vida pero aplicable a todo negocio:
"Cuando no sabes a dónde vas, cualquiera te lleva por donde quiera."
Y ahí es donde uno entiende que el problema no es vender poco: es vender sin saber por qué.

Además, vender por vender suele traer otro efecto silencioso: la pérdida de identidad. Una empresa que no sabe lo que quiere, no sabe qué prometer. Y una empresa que no sabe qué prometer, no sabe qué cumplir. Y cuando no se cumple, el cliente se va. Puede sonar duro, pero la fidelidad no se construye con descuentos; se construye con claridad y coherencia.

Incluso desde lo personal, me he dado cuenta de que el alma también necesita objetivos. Uno no puede levantarse cada día solo a “sobrevivir”: hay que darle un sentido al día, aunque sea pequeño. A veces es escribir en mi blog (https://juanmamoreno03.blogspot.com). A veces es leer algo que me reta a pensar distinto. A veces es simplemente hablar con ese ser supremo que siento cerca, como en los textos que escribimos en Amigo de Ese Ser Supremo (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com). Ese tipo de metas internas te anclan, te mantienen consciente, te recuerdan que hay algo más profundo detrás de cada acción.

Volviendo al mundo empresarial, hay otro problema de vender sin objetivos: la desalineación del equipo. Es impresionante cómo cambia el ambiente cuando cada persona sabe hacia dónde apunta. Se siente la diferencia entre un equipo que trabaja por obligación y uno que trabaja con propósito. Lo veía mucho en los artículos de Todo En Uno.NET (https://todoenunonet.blogspot.com), donde se habla del poder de la estrategia, la automatización y la claridad operativa. Son temas técnicos, sí, pero cuando se entienden desde dentro, son profundamente humanos.

Porque tener objetivos comerciales no es solo poner números en un Excel; es diseñar un camino para crecer sin perderse. Es responder:
¿Qué quiero lograr?
¿Qué necesita mi cliente?
¿Por qué estoy vendiendo esto y no otra cosa?
¿Quién soy mientras vendo?

A veces pensamos que la venta es fría, matemática, automática. Pero no. La venta es profundamente emocional. La gente compra desde la confianza, desde la conexión, desde el alivio que le produce saber que alguien entiende su problema. Y si nosotros mismos no sabemos lo que queremos, ¿cómo vamos a acompañar a alguien más en lo que ellos necesitan?

He visto negocios desaparecer no por falta de talento, sino por falta de dirección. Y otros que renacen solo por detenerse, respirar y redefinir su propósito. Es como si encontrar su objetivo comercial fuera, también, encontrar su centro emocional.

Por eso, hoy siento que este tema va más allá de las empresas. Es un recordatorio para todos: no vivas vendiéndote por venderte, no trabajes solo para llenar horas, no digas sí a todo para evitar el vacío. Crear objetivos no es limitarte: es darte permiso de construir la vida que realmente quieres.

Uno de los textos más fuertes que releí hace poco en Bienvenido a mi Blog (https://juliocmd.blogspot.com) hablaba de la intención. De cómo cuando uno actúa desde la intención correcta, lo que llega es más auténtico, más alineado y más propio. Lo mismo pasa en los negocios: cuando los objetivos nacen de un propósito real, la venta fluye, las decisiones duelen menos y el trabajo deja de sentirse como una carga.

A veces me pregunto cuántas vidas —y cuántas empresas— podrían transformarse solo con detenerse un momento a pensar: ¿Para qué hago lo que hago?
Y creo que esa pregunta, más que una estrategia, es un acto de honestidad.

Vender por vender agota. Tener un propósito sostiene.
Y en un mundo donde todo se mueve tan rápido, dejar de vivir en piloto automático no solo es un lujo: es una responsabilidad.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

✒️ — Juan Manuel Moreno Ocampo
"A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad."