martes, 6 de enero de 2026

La clase que no nos enseñaron a tiempo (y que hoy Colombia necesita por ley)



En los últimos tiempos, cada vez más se habla sobre la necesidad de integrar ciertos contenidos dentro de la educación de los colegios colombianos, pero hoy quiero hablar de algo que, más que una discusión académica, debe ser un acto de justicia social y transformación real. Y es que, por ley, se debe incluir una clase fundamental en la que no solo se trate de la transmisión de conocimientos, sino de una verdadera conexión con la sociedad y el contexto que nos rodea: la clase de educación financiera.

El artículo 67 de nuestra Constitución, que establece que el Estado debe garantizar la educación básica y media, nos invita a reflexionar sobre cómo los avances sociales, económicos y tecnológicos que vivimos a diario requieren que el sistema educativo no solo se limite a enseñar ciencias, literatura o matemáticas, sino que también nos prepare para la vida. Y la vida, en gran parte, se desarrolla entre la economía, el dinero, la planificación y la administración personal. ¿Pero por qué es importante que los jóvenes se eduquen en estos temas desde el colegio?

Para empezar, la falta de educación financiera ha sido una de las causas principales de la desigualdad y las dificultades económicas de muchas familias en Colombia. La tasa de pobreza sigue siendo alarmante, y uno de los problemas recurrentes es la mala administración de los recursos. Si los jóvenes aprenden a manejar sus finanzas desde pequeños, pueden evitar los errores que a menudo se cometen cuando el acceso a créditos, inversiones y ahorros se presenta por primera vez, sin tener las herramientas adecuadas para enfrentarlos.

En mi experiencia, que como joven colombiano he visto cómo mis compañeros lidian con estas temáticas sin la menor preparación, me parece urgente que esta clase sea parte esencial del currículo escolar. No solo se trata de enseñar matemáticas aplicadas a las finanzas o conceptos económicos básicos, sino de generar conciencia sobre la importancia del ahorro, la inversión, la planificación financiera, e incluso la gestión de emociones que intervienen en las decisiones económicas. A mí me ha tocado ver cómo muchos de nosotros no entendemos cómo las pequeñas decisiones cotidianas tienen un impacto directo en nuestra estabilidad financiera.

Es curioso cómo nuestra sociedad parece dar por sentados muchos de estos aspectos. Nadie nos enseña cómo hacer un presupuesto personal, o cómo planificar nuestros gastos a largo plazo, o lo que significa realmente tener independencia financiera. Crecemos bajo la idea de que la educación es solo un espacio para adquirir conocimientos de ciencias exactas o humanísticas, pero en la práctica, la educación financiera se convierte en una habilidad crucial para vivir de forma plena y consciente.

Más allá de los beneficios inmediatos que tendría esta clase en los jóvenes, este conocimiento les brindaría una herramienta vital para tomar decisiones informadas, tanto a nivel personal como profesional. Les permitiría entender las implicaciones de un crédito, saber cómo calcular sus impuestos, comprender la inflación, la deuda y hasta cómo invertir de manera responsable en el mercado de valores. Esto no solo les proporcionaría estabilidad financiera, sino también les daría una mayor confianza y responsabilidad en su relación con el dinero.

En Colombia, la situación con las finanzas personales es crítica, pero las políticas públicas parecen no darle suficiente atención al tema. Por ejemplo, estudios recientes revelan que una gran parte de los colombianos no tienen ahorros ni están preparados para afrontar emergencias económicas, a pesar de que el país ha atravesado crisis sanitarias, políticas y económicas. En este sentido, es fundamental que desde la educación básica se empodere a los jóvenes con la capacidad de tomar decisiones económicas conscientes.

Al integrar la educación financiera en las aulas, no solo cambiaríamos la perspectiva que tienen los jóvenes sobre el dinero, sino que les estaríamos dando una herramienta de vida real, que les permitirá tomar mejores decisiones a lo largo de su existencia. Para mí, la clave está en conectar con la realidad del día a día. Es aprender a vivir el dinero como algo que no solo sirve para comprar cosas, sino que, bien administrado, puede ser una herramienta para alcanzar objetivos, mejorar la calidad de vida y contribuir al bienestar de la sociedad.

A veces siento que vivimos en una sociedad donde muchos estamos viviendo "en automático", sin reflexionar sobre el impacto de nuestras decisiones. Eso no quiere decir que no podamos cambiarlo, pero sí implica un proceso de transformación de pensamiento y acción. Si empezamos con una educación financiera desde el colegio, generaremos una generación más consciente, más responsable y más capaz de enfrentar los desafíos económicos, en lugar de caer en los ciclos de consumo desmedido que solo nos llevan a la pobreza.

Lo más hermoso de esto es que, como jóvenes, tenemos una oportunidad única de no repetir los errores de generaciones anteriores. Si estamos informados, si estamos conectados con los temas que realmente impactan nuestras vidas, podemos ser agentes de cambio no solo para nosotros, sino para toda nuestra sociedad. La educación financiera es mucho más que una clase obligatoria: es un acto de empoderamiento, una herramienta de transformación personal y social.

Si bien hoy esta materia parece ser aún una discusión en muchos sectores, yo creo firmemente que este tipo de educación debe ser no solo una opción, sino una obligación. No es posible que sigamos permitiendo que los jóvenes crezcan sin herramientas vitales para su desarrollo, como si el dinero fuera un tema tabú. La clase de educación financiera debe ser una oportunidad de crecimiento, de conciencia, y de conexión con el futuro que estamos construyendo.

La ley que promueve la educación financiera en los colegios es, sin duda, un paso fundamental. Pero no debemos conformarnos con ello; debemos exigir que, además de ser una obligación, sea impartida de manera dinámica, creativa y aplicable a la realidad de los estudiantes. Porque al final, las herramientas que nos dan para entender el mundo son las que realmente nos permiten cambiarlo.

A mí, personalmente, me ha tocado comprender estas cosas a través de la experiencia. Pero ¿qué tan diferente habría sido si, en lugar de aprender solo en la práctica, hubiera tenido esta educación desde joven? Con esta reflexión me quedo, invitándote a pensar si, en tu entorno, estás haciendo algo para promover estos cambios.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón? Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.— Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

lunes, 5 de enero de 2026

Preferirían que no lo supiéramos: cuando la búsqueda espiritual olvida el respeto por la vida



Hay historias que parecen sacadas de un documental extraño, de esos que uno ve de madrugada y que lo dejan pensando más de la cuenta. Cuando leí por primera vez sobre estos sapos que producen sustancias psicodélicas, mi reacción no fue curiosidad morbosa ni ganas de “saber qué se siente”. Fue incomodidad. Una sensación rara, como cuando te das cuenta de que algo profundamente vivo está siendo reducido a un titular llamativo, a un objeto de consumo espiritual, a una moda más.

Vivimos en una época donde todo quiere ser experiencia. Todo quiere ser intenso, transformador, “expandir la conciencia”. Y no estoy en contra de eso. Al contrario, como joven nacido en 2003, he crecido rodeado de discursos sobre despertar, sanar, romper patrones, conectar con algo más grande. Pero también he aprendido, muchas veces por choque, que no todo lo profundo se puede forzar, ni todo lo sagrado se puede extraer, vender o viralizar sin consecuencias.

Estos sapos —que muchos conocen solo como “el sapo del 5-MeO-DMT”— no saben que son tendencia. No saben que hay personas viajando miles de kilómetros para ordeñarlos, secarlos, estresarlos, todo en nombre de una experiencia mística de quince minutos. Ellos solo existen. Respiran. Se defienden como pueden. Y preferirían, sinceramente, que nadie los estuviera persiguiendo por lo que producen en su piel.

Ahí es donde algo dentro de mí se activa. Porque esto no es solo una historia sobre psicodelia. Es una historia sobre cómo los humanos, incluso cuando hablamos de espiritualidad, seguimos repitiendo los mismos patrones de siempre: apropiarnos, explotar, romantizar, justificar. Cambian los discursos, pero no siempre cambia la conciencia.

Me pregunto mucho por qué sentimos tanta urgencia de alterar nuestra mente para sentir que estamos vivos. Tal vez porque nos cuesta habitar lo cotidiano. Tal vez porque el silencio asusta. Tal vez porque nos desconectamos tan profundamente de nosotros mismos que necesitamos un atajo químico para volver a sentir algo real. No juzgo. Yo también he sentido ese vacío. Esa sensación de que la vida va rápido, de que el mundo pesa, de que la mente no para.

Pero hay una diferencia enorme entre buscar profundidad y consumirla.

En mi casa siempre se habló mucho de responsabilidad. No solo legal, no solo empresarial, sino ética. Crecí escuchando conversaciones donde se cruzaban la tecnología, la psicología, la espiritualidad y el respeto por los procesos humanos. Eso me marcó. Me hizo entender que no todo lo posible es correcto, y que no todo lo “natural” es automáticamente bueno cuando se saca de su contexto.

En uno de los textos que más me han acompañado en momentos de preguntas profundas, publicado en Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/), se habla de algo que parece simple pero no lo es: la relación entre fe, respeto y coherencia. No se trata de dogmas, sino de conciencia. De entender que la vida no es un buffet espiritual donde tomamos lo que nos sirve y descartamos lo demás sin mirar el impacto.

Porque sí, estos sapos tienen compuestos poderosos. La ciencia lo ha estudiado. No es un mito urbano. Pero también la ciencia —la seria, la ética— advierte sobre los riesgos, tanto para las personas como para las especies. La extracción indiscriminada, el tráfico, el estrés extremo al que se somete a estos animales, está afectando ecosistemas completos. Y eso casi nunca aparece en los reels de Instagram ni en los testimonios épicos de “renací en 10 minutos”.

Hay algo profundamente contradictorio en decir que buscas expansión de conciencia mientras ignoras el sufrimiento que causas para obtenerla.

Esta historia me conecta con algo más grande: la forma en que tratamos todo lo que consideramos “recurso”. Datos, personas, animales, naturaleza, incluso nuestras propias emociones. Lo veo también en el mundo digital, en cómo se recolecta información personal sin pensar en la dignidad detrás de cada dato. En Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales (https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com/) hay reflexiones muy claras sobre cómo el respeto no es un trámite, sino una postura ética. Y aunque parezca que no tiene nada que ver con un sapo psicodélico, para mí está todo conectado.

Es la misma lógica extractiva, solo que con otro disfraz.

Me preocupa que mi generación, tan sedienta de sentido, caiga en la trampa de creer que la profundidad siempre viene de afuera. Que la conciencia se compra. Que el despertar es inmediato. Que no hay que hacerse cargo del proceso. Cuando en realidad, muchas de las experiencias más transformadoras que he vivido no han sido espectaculares ni “alucinantes”. Han sido silenciosas. Incómodas. Lentas.

Conversaciones difíciles. Duelos. Cambios de mirada. Preguntas que no se responden rápido.

En Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/) hay textos que hablan de ese ritmo distinto, de una espiritualidad que no grita, que no necesita demostrarse. Eso, para mí, es mucho más revolucionario que cualquier sustancia. Porque implica presencia. Responsabilidad. Y algo que no se puede fingir: coherencia entre lo que digo y lo que hago.

No escribo esto para señalar con el dedo a quien ha tenido una experiencia psicodélica o siente curiosidad. La curiosidad es humana. La búsqueda también. Escribo porque siento que necesitamos conversaciones más honestas, menos romantizadas. Porque hablar de estos sapos solo como “portales a otra dimensión” es borrar su existencia como seres vivos. Y eso dice más de nosotros que de ellos.

Tal vez el verdadero “poder psicodélico” no esté en la sustancia, sino en la pregunta que nos deja: ¿por qué creemos que necesitamos tanto estímulo para sentirnos conectados? ¿Qué nos está faltando en la vida cotidiana? ¿Qué heridas estamos intentando saltarnos en lugar de atravesar?

A veces pienso que preferiríamos que los sapos no hablaran, porque si pudieran hacerlo, probablemente nos dirían algo incómodo. Algo como: no todo es para ustedes. No todo es suyo. No todo necesita ser usado.

Y eso aplica para mucho más que un animal.

Aplica para el planeta. Para los vínculos. Para la tecnología. Para la espiritualidad. Para la vida misma.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

— Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

domingo, 4 de enero de 2026

Más allá del peso: lo que el intestino revela sobre la vida emocional de los gatos


 

A veces creemos que entendemos a quienes amamos solo porque conviven con nosotros todos los días. Pasa con las personas y pasa, quizás con más fuerza, con los animales que comparten nuestra casa. Yo crecí rodeado de conversaciones profundas, de lecturas tempranas, de silencios que enseñan más que los discursos largos. Y también crecí viendo gatos: cuerpos pequeños, miradas grandes, presencias silenciosas que parecen no pedir nada… hasta que uno se detiene de verdad a observar.

Durante años, la obesidad en los gatos se explicó de forma simple y casi cómoda: comen mucho, se mueven poco, los humanos los consienten demasiado. Y sí, algo de eso hay. Pero reducirlo todo a “come más de la cuenta” es una forma perezosa de mirar un problema mucho más profundo. En el fondo, es la misma lógica con la que muchas veces juzgamos a las personas: si algo no funciona, asumimos falta de voluntad, sin preguntarnos qué está pasando por dentro.

Cuando empecé a leer más sobre antrozoología —una disciplina que me parece fascinante porque conecta ciencia, ética y vínculo— entendí que el cuerpo nunca habla solo. El cuerpo siempre está respondiendo a algo. Y en el caso de los gatos, su intestino está empezando a decir cosas que durante años no quisimos escuchar.

El intestino no es solo un tubo por donde pasa la comida. Es un ecosistema vivo. Millones de bacterias conviven allí, regulan la digestión, influyen en el sistema inmunológico y, algo que todavía nos cuesta asimilar, afectan el comportamiento y el estado emocional. Esto no es misticismo ni exageración moderna: es biología. El llamado “eje intestino-cerebro” ya está ampliamente documentado en humanos, y cada vez hay más evidencia de que en los gatos ocurre algo muy parecido.

Un gato con un microbioma intestinal alterado puede sentir más hambre, procesar peor los nutrientes, almacenar más grasa y, además, vivir en un estado de inflamación constante. Desde afuera vemos un cuerpo que engorda. Desde adentro, lo que hay es un organismo intentando sobrevivir en desequilibrio. Y aquí es donde algo se mueve dentro de mí, porque esa imagen me resulta dolorosamente familiar cuando pienso en nuestra sociedad.

Vivimos rodeados de alimentos ultraprocesados, de ritmos acelerados, de estímulos constantes. A los gatos les pasa algo similar, aunque en otra escala. Alimentos industriales de baja calidad, cambios bruscos de dieta, estrés ambiental, sedentarismo forzado en apartamentos pequeños. Todo eso va alterando su equilibrio interno. No engordan porque sí. Engordan porque algo se rompió antes.

Esto me lleva inevitablemente a una reflexión más amplia. En mi casa siempre se habló de responsabilidad, de conciencia, de hacerse cargo sin culparse. Esa idea atraviesa muchos textos de Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com), donde se repite una y otra vez que comprender es el primer paso para transformar. Con los gatos ocurre lo mismo. No se trata de buscar culpables, sino de asumir que el bienestar de otro ser depende, en gran medida, de nuestras decisiones.

Cambiar la mirada implica cuestionar prácticas normalizadas. ¿Por qué aceptamos que un alimento sea “completo” solo porque lo dice un empaque? ¿Por qué damos premios cargados de carbohidratos a un animal que, biológicamente, es carnívoro estricto? ¿Por qué interpretamos la insistencia por comida como manipulación y no como una señal fisiológica real? Son preguntas incómodas, pero necesarias.

La ciencia actual sugiere que una dieta más adecuada a la naturaleza del gato, rica en proteínas de calidad, con menos aditivos y acompañada de probióticos cuando es necesario, puede ayudar a restaurar el equilibrio intestinal. Pero no es solo comida. Es rutina, es juego, es reducción de estrés. Es reconocer que un gato no es un objeto decorativo ni un peluche que se adapta a todo. Es un ser vivo con necesidades complejas.

Hay algo profundamente humano en todo esto. Cuando leo artículos sobre bienestar animal, no puedo evitar pensar en cómo tratamos también nuestra propia salud mental y física. A veces el cuerpo engorda porque el alma está cansada. A veces el intestino se inflama porque la vida perdió ritmo. En Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com) se habla mucho de detenerse, de escuchar, de volver a lo esencial. Creo que los gatos, sin proponérselo, nos están dando esa misma lección.

También está el tema de la información. Hoy sabemos más, pero también estamos más confundidos. Blogs, redes sociales, marcas, veterinarios, influencers… todos opinan. Por eso valoro tanto los espacios que intentan integrar conocimiento con ética, como lo hace la antrozoología. No es solo ciencia por la ciencia, es ciencia puesta al servicio del vínculo. En ese sentido, me parece clave que como cuidadores también seamos críticos, que leamos, que preguntemos, que no nos conformemos con la respuesta más fácil.

Este tema conecta incluso con algo que parece lejano, pero no lo es: la responsabilidad en el manejo de datos y decisiones. Así como debemos ser conscientes de lo que entra al cuerpo de un gato, también debemos serlo de lo que entra a los sistemas que gestionan nuestra vida. En Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales (https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com) se habla mucho de conciencia, de cuidado, de respeto por lo que parece invisible pero tiene impacto real. El intestino, los datos, las emociones: todo lo invisible termina manifestándose si se ignora.

Cuidar a un gato con obesidad no es imponerle una dieta estricta y ya. Es acompañarlo. Es observar su comportamiento, su energía, su ánimo. Es aceptar que tal vez, sin querer, contribuimos a su desequilibrio. Y esa aceptación no debería generar culpa, sino responsabilidad amorosa. La misma que necesitamos como sociedad cuando hablamos de salud, de bienestar, de futuro.

A mis 21 años no tengo todas las respuestas. Sería arrogante decirlo. Pero sí tengo preguntas que me acompañan todos los días. Y una de ellas es esta: ¿qué tanto estamos dispuestos a escuchar lo que no habla con palabras? Los gatos no pueden decir “me duele el intestino” o “mi cuerpo está inflamado”, pero su cuerpo lo grita. Solo hay que aprender a mirar distinto.

Tal vez por eso escribo. Porque escribir es una forma de escuchar. De conectar puntos que a primera vista no parecen relacionados. De entender que el problema de obesidad de los gatos no es solo veterinario, sino cultural, emocional y ético. Es un reflejo de cómo vivimos, de cómo alimentamos, de cómo entendemos el cuidado.

Si algo me han enseñado los textos de Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com) es que toda forma de vida merece respeto consciente. No desde la idealización, sino desde la coherencia diaria. Cuidar también es informarse. Amar también es cambiar hábitos.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

Juan Manuel Moreno Ocampo
A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.

sábado, 3 de enero de 2026

40 o 60 horas? El dilema silencioso que vive mi generación



No sé en qué momento empezamos a normalizar la idea de que la vida se mide en horas laborales, como si el tiempo fuera una moneda y no el tejido invisible que sostiene lo que somos. Desde hace meses leo debates sobre si la Generación Z prefiere trabajar 40 o 60 horas a la semana. Y cada vez que veo un titular así, siento una punzada rara, como si intentaran reducir la vida de un joven a un Excel que clasifica productividad, cansancio, emociones y sueños en columnas separadas.

Pero nosotros no vivimos así.
La vida de un joven no cabe en una hoja de cálculo.

Y quizá por eso este debate me toca tan de cerca.

Cuando Portafolio publicó el artículo sobre cuántas horas son ideales para mi generación, volví a esa pregunta que todos escondemos detrás de la risa, la música, los memes, o el cansancio:
¿Cuánto tiempo de mi vida estoy dispuesto a entregar sin sentir que me pierdo a mí mismo?

Porque al final no se trata de 40 o 60 horas.
Se trata de para qué vivimos, para quién vivimos y qué tanto de lo que hacemos está conectado con lo que realmente somos.

Yo crecí viendo a mi familia trabajar con una disciplina casi sagrada. La rutina de mi papá —ese hombre que lleva décadas levantándose a las 3 de la mañana para estudiar, pensar, crear y empujar la vida— me enseñó que el trabajo puede ser un acto de amor, una manera de transformar el mundo. Pero también vi el desgaste, la entrega, el sacrificio silencioso que a veces nadie aplaude.
Y entre todo eso, encontré una lección que todavía estoy aprendiendo:
trabajar mucho no es lo mismo que vivir bien.

Cuando uno es pequeño cree que los adultos lo pueden todo.
Cuando uno crece, entiende que muchos sobreviven en piloto automático.

Por eso, cuando escucho que algunos líderes empresariales dicen que trabajar 60 horas “forma carácter”, me pregunto si realmente conocen lo que pasa por dentro de un joven de mi generación. Una generación que carga expectativas gigantes, ansiedad colectiva, incertidumbre económica, presión social, pensamientos sobre salud mental, y además un mundo laboral que va cambiando más rápido de lo que cambiamos nosotros mismos.

Algo curioso ocurre cuando un joven habla de balance.
Hay quienes lo interpretan como pereza.
Pero no es eso.

A muchos nos educaron para no fallar.
Para no detenernos.
Para no “perder el ritmo”.

Y al mismo tiempo vivimos en una sociedad que nos dice que aprovechemos la vida, viajemos, cuidemos nuestra mente, disfrutemos cada día, estemos presentes, pero sin dejar de producir, sin dejar de competir, sin dejar de sentir que debemos demostrar algo.

¿Cómo se supone que uno equilibra todo eso?

Cada vez que toco este tema, recuerdo una reflexión que escribí en mi propio blog (https://juanmamoreno03.blogspot.com/): la vida no debería sentirse como correr detrás de un reloj que nunca se detiene. La vida es más honesta cuando la habitamos, no cuando solo la sobrevivimos.

Cuando la discusión se centra en si debemos trabajar 40 o 60 horas, siento que lo esencial se pierde. Porque en el fondo la pregunta real es otra:
¿Qué clase de vida estamos construyendo?

He leído también textos de Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/) donde se habla del ritmo del alma, de esa pausa interior que no conoce de horarios pero sí de coherencia. Y a veces pienso que el problema no es cuánto trabajamos, sino cuánto nos desconectamos de lo que sentimos mientras lo hacemos.

En Amigo de ese Ser Supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/) he visto reflexiones sobre propósito que me han sacudido. Porque trabajar sin propósito es como correr en círculos creyendo que avanzas.

Y en Bienvenido a mi Blog (https://juliocmd.blogspot.com/) he encontrado palabras que parecen escritas para este tema: la verdadera productividad empieza donde empieza la autenticidad.

Muchos jóvenes dicen que prefieren trabajar 40 horas. Otros que prefieren 60 si eso significa crecer más rápido. Y ambos caminos pueden tener sentido… dependiendo de quién seas y qué tan en paz estés contigo mismo.

La Generación Z no es una sola voz.
Somos un nudo de emociones, contradicciones y búsquedas.
Y cada uno está intentando construir una vida que no lo traicione por dentro.

Yo mismo he pasado por momentos en los que trabajo hasta que el cuerpo me llama a gritos. Y otros días, simplemente necesito detenerme y respirar, observar la ciudad desde una ventana, escribir algo que me haga sentir vivo, o conectar con lo espiritual como lo comparto en mi blog.

No somos vagos.
Estamos cansados.
No somos exigentes.
Somos conscientes.
No buscamos menos responsabilidad.
Buscamos una vida que tenga sentido.

¿Entonces cuántas horas deberíamos trabajar?
La respuesta no está en un estudio ni en una ley.

Está en nuestra capacidad de decir la verdad:
queremos vivir, no solo producir.

Queremos un trabajo donde no tengamos que sacrificar la salud mental para ganar experiencia.
Queremos líderes que entiendan que un buen talento no se presiona: se acompaña.
Queremos construir una vida donde no haya que elegir entre tener sueños o tener descanso.
Queremos la posibilidad de crecer sin rompernos en el intento.

Y sobre todo, queremos tiempo.
Tiempo para descubrirnos.
Tiempo para equivocarnos.
Tiempo para sanar.
Tiempo para amar.
Tiempo para existir sin sentir culpa.

Desde mi perspectiva —desde mi vida, mis blogs, mis golpes, mis aprendizajes, mis oraciones silenciosas y mis desvelos— yo no creo que la pregunta sea 40 o 60 horas.

Creo que la pregunta es:
¿cuántas horas de tu vida estás dispuesto a perder sin que te duela?

Si la respuesta te incomoda, ahí empieza tu camino.

Si la respuesta te asusta, ahí empieza tu verdad.

Y si la respuesta te mueve a cambiar algo, ahí empieza tu libertad.

Porque al final, cada uno de nosotros merece un trabajo que no le robe la vida que quiere vivir.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

Juan Manuel Moreno Ocampo
"A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad."

viernes, 2 de enero de 2026

El mito más peligroso sobre los gatos que todos creemos



Hay ideas que uno crece escuchando sin cuestionarlas. Son como pequeñas frases que flotan desde la infancia, repetidas por los adultos, por las películas, por los libros, por los memes, por la cultura entera, hasta que terminan metidas tan profundo que ya ni nos damos cuenta de que están ahí. Y creo que una de las más peligrosas —sí, peligrosas— es esa que dice que los gatos son seres solitarios, independientes al extremo y que, de alguna manera extraña, “no se vinculan de verdad con nadie”.

Seguramente tú también lo escuchaste desde niño. Yo lo escuché un montón.
A veces en reuniones familiares, a veces de amigos que crecieron con perros, a veces incluso de personas que tienen gatos pero que nunca se han detenido a mirar realmente lo que su gato intenta comunicarles.

Y es curioso, porque aunque hoy se hable mucho más del comportamiento felino, todavía hay demasiada gente atrapada en esa idea vieja, casi fosilizada, de que los gatos “no sienten lo mismo”, de que “ellos son así”, de que “no necesitan a nadie”.

Pero cuando uno empieza a observar la vida —y especialmente a los animales— desde otro lugar, desde esa especie de conciencia silenciosa que te pide ver más allá de tus creencias, empiezas a notar que los gatos no solo sienten, sino que sienten de una manera tan compleja, tan delicada y tan intensa que asusta un poco.
Y si lo piensas, tiene sentido: durante décadas la ciencia estudió sobre todo a los perros. No porque los perros sean más interesantes, sino porque la cultura humana se acostumbró a ver a los perros como más “expresivos”, más fáciles de leer, más compatibles con nosotros. Los gatos quedaron en una especie de penumbra científica. Como si fueran un misterio que daba pereza descifrar.

Hasta que llegó la antrozoología moderna.

Y aquí es donde todo cambia.
No un poquito: cambia completamente.

La antrozoología —esta disciplina que estudia las relaciones entre humanos y animales— empezó a demostrar que los gatos tienen sistemas de apego muy parecidos a los de los primates. Que reconocen emociones humanas. Que pueden experimentar ansiedad por separación. Que forman vínculos profundos, definidos y únicos con sus cuidadores.

Y cuando digo vínculos, hablo de vínculos reales. No estoy usando la palabra como figura literaria.
Hablo de neuroquímica.
Hablo de patrones cerebrales.
Hablo de apego.

Mientras muchos de nosotros crecimos creyendo que un gato era indiferente, distante o incluso frío, la ciencia estaba empezando a demostrar que en realidad ese gato estaba sintiendo mucho más de lo que sabíamos interpretar.

Y ahí es donde todo se vuelve más humano.
Porque nos pasa igual con las personas.
A veces creemos que alguien no siente, no se afecta, no se conecta, solo porque no lo hace como nosotros esperamos. Y sin darnos cuenta, lo reducimos a una caricatura emocional. Lo juzgamos sin entender su idioma.

Me di cuenta de eso una tarde mientras escribía en Mi blog una reflexión sobre cómo a veces damos por sentado el mundo interior de los demás. La escribí aquí, entre otras entradas:

Y recuerdo haber pensado: si esto nos pasa con la gente, ¿cómo no nos va a pasar con los animales?

Ahí entendí algo que cambió para siempre la forma en que miro a los gatos:
no es que ellos no se vinculen; es que nosotros no sabíamos leerlos.

Vivimos esperando que un gato se comporte como un perro, que exprese como un perro, que ame como un perro.
Y cuando no lo hace, concluimos que “no ama”.

Pero la verdad es que su amor tiene otra forma.
Otra profundidad.
Otro ritmo.
Otro lenguaje.

Me recordó a algo que siempre dice mi papá en su blog BIENVENIDO A MI BLOG (https://juliocmd.blogspot.com/):
"La vida te habla siempre, pero casi nunca en el idioma que esperas."
Y creo que ese pensamiento encaja perfecto con el mundo felino.

Los gatos hablan, pero no usan nuestro lenguaje emocional.
Nos leen, pero no con nuestros códigos.
Se conectan, pero desde otros gestos, otros silencios, otros momentos.
Y si no aprendemos a verlos desde su perspectiva, terminamos cometiendo un error muy humano: pensar que lo que no entendemos, no existe.


Hace poco leí una investigación que me impresionó: los gatos reconocen cuando su humano está triste, cansado o alterado, y cambian su comportamiento en función de eso. Algunos se acercan más de lo habitual. Otros se quedan a distancia, pero vigilan. Otros vocalizan distinto. Otros duermen encima de ti como si quisieran regularte la respiración.

¿No te parece increíble?
¿No te parece hermoso pensar que todo este tiempo quizá tu gato estuvo intentando consolarte sin que tú te dieras cuenta?

Y aun así, seguimos repitiendo que “son distantes”.
Pero ¿distantes para quién?
¿Distantes según qué medida?

Creo que en el fondo, este mito habla mucho más de nosotros que de los gatos. Habla de nuestra impaciencia emocional, de nuestras expectativas, de esa idea infantil de que sentir solo es válido si se nota, si es evidente, si es inmediato.
Pero no.
A veces el amor es silencioso.
A veces es tímido.
A veces es reservado.
A veces es un pequeño movimiento de orejas, un parpadeo lento, un ronroneo casi imperceptible.
A veces es simplemente que tu gato duerma a 40 centímetros de donde estás… porque ese es su modo de decir “aquí estoy”.

Y eso —si lo miras con los ojos correctos— es profundamente humano.


He pensado mucho en por qué este mito dañó tantas relaciones humano-gato.
Y creo que es porque, cuando tú crees que alguien no te necesita, no te vincula o no siente por ti, entonces tú mismo empiezas a desvincularte. Empiezas a amar menos. A poner menos de ti. A interpretar cada gesto del gato como indiferencia, y no como parte de su naturaleza.

Y cuando eso pasa, no se rompe solo la relación: se rompe la posibilidad.

La posibilidad de conectar de verdad.
La posibilidad de sanar cosas internas a través de ese vínculo.
La posibilidad de ver el mundo desde otra sensibilidad.

Algo que mencioné en una reflexión del blog AMIGO DE ESE SER SUPREMO (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/) es que la vida tiene formas raras de mostrarnos lo que necesitamos aprender.
Y creo que los gatos son una de esas formas.
Nos invitan a bajar el ruido.
A observar más que interpretar.
A amar sin poseer.
A conectar sin exigir.
A confiar sin invadir.

Esa es la espiritualidad más pura: la que no se predica, la que no se ritualiza, la que no se explica.
La que simplemente se vive.


Mientras escribo esto, pienso en todas las familias que creen que su gato “no los quiere”.
Y en realidad, ese gato probablemente está ahí, más conectado de lo que ellos imaginan, sintiendo cosas que nadie le enseñó a reconocer.

Los estudios actuales ya confirman que los gatos tienen estilos de apego muy similares a los de los bebés humanos:

  • apego seguro,

  • apego evitativo,

  • apego ambivalente,

  • y hasta patrones desorganizados en casos de traumas.

¿Te imaginas lo que eso implica?
Implica que un gato puede sentirse inseguro contigo.
Que puede sentirse traicionado.
Que puede sentirse protegido.
Que puede sentirse amado.
Que puede sentirse solo.

Y entender eso te cambia por dentro.
O al menos a mí me cambió.

Me hizo pensar en la responsabilidad que tenemos frente a los seres que dependen emocionalmente de nosotros.
En que no basta con darles comida o un lugar donde dormir.
Hay que darles presencia.
Hay que darles tiempo.
Hay que darles traducción emocional.

Creo que por eso este tema se entrelaza tanto con algo que escribí hace un tiempo en el blog MENSAJES SABATINOS (https://escritossabatinos.blogspot.com/):
"La vida no te pide grandes demostraciones; te pide pequeñas coherencias."
Y conectar con un gato es exactamente eso: pequeñas coherencias acumuladas.

Lo veo también reflejado en el pensamiento que tantas veces le escuché a mi familia, especialmente en esos momentos de conversación profunda donde uno entiende que la espiritualidad no es algo ajeno, sino parte de la vida misma. Y pienso que tal vez por eso este mito me tocó tanto. Porque no es un mito sobre gatos: es un mito sobre cómo nos vinculamos, sobre cómo nos relacionamos, sobre cómo nos abrimos o nos cerramos frente al otro.


Entonces sí, este mito es peligroso.
Peligroso porque rompe vínculos que podrían sanar vidas.
Peligroso porque nos hace creer que no somos importantes para quienes sí nos quieren.
Peligroso porque nos vuelve ciegos a formas de amor que no se parecen a las nuestras.

Y creo que ya es hora de actualizarlo.
De cuestionarlo.
De dejar de repetirlo como loros sin pensar.
De mirar a los gatos con más respeto, más atención y más empatía.

Quizá así entendamos que ellos no son distantes:
son sutiles.
Que no son fríos:
son cuidadosos.
Que no son indiferentes:
son misterios vivos intentando comunicarse con nosotros.

Y cuando uno se abre a ese misterio, todo cambia.
La relación cambia.
La energía cambia.
La casa cambia.
Uno mismo cambia.

Y el gato también.

Hoy, mientras cierro este texto, pienso en cuántas relaciones humano-felinas se salvarían si dejáramos de creer que “ellos no sienten”.
Tal vez la tuya sea una de esas.
Tal vez este texto llegue justo a tiempo.
Tal vez hoy descubras que tu gato siempre estuvo hablando… solo que tú estabas escuchando desde otro idioma.

Y si eso pasa, entonces valió la pena escribir cada palabra.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

Juan Manuel Moreno Ocampo
"A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad."

jueves, 1 de enero de 2026

Un mensaje de Año Nuevo 2026: volver a creer en los sueños sin dejar de ser quienes somos



No sé muy bien en qué momento diciembre dejó de sentirse como una meta y empezó a parecerse más a un espejo. Hay años que llegan como abrazos, otros como advertencias, pero todos, de alguna manera extraña, nos ponen frente a la pregunta que más evitamos: ¿qué vamos a hacer con la vida que nos queda por vivir?

Ya estamos cerrando el 2025, un año que a muchos nos pasó por encima, a otros nos reordenó el alma y a otros, simplemente, les enseñó que resistir también es un acto de fe. Yo siempre he creído —quizás por lo que he vivido, por mi forma de sentir y por lo que he aprendido en casa— que el cambio no lo marca el calendario, sino la forma en que nos atrevemos a mirarnos con honestidad.

Pero igual, algo tiene el fin de año…
Algo que nos mueve, nos sacude, nos obliga a hacer pausas aunque no sepamos muy bien qué hacer con ellas.

— El cierre de un ciclo que no siempre entendimos

Este 2025 fue raro. Tan lleno de avances tecnológicos que a veces parecía que el mundo caminaba diez pasos más rápido que nosotros. Y al mismo tiempo, tan humano, tan frágil, tan lleno de historias que se rompieron o se volvieron a armar desde cero.

A mí, personalmente, me recordó que uno no puede vivir esperando que todo tenga sentido. Hay momentos donde lo único que salva es la capacidad de seguir, de respirar, de levantarse cuando nadie está mirando. Lo escribí hace poco en Mi Blog (https://juanmamoreno03.blogspot.com/) cuando hablaba de lo difícil que es escucharnos en este ruido constante. Y lo sigo sosteniendo: la vida no es perfecta, pero es más digna cuando la vivimos con verdad.

También leí cosas profundas en Bienvenido a mi Blog (https://juliocmd.blogspot.com/), donde se habla de cómo la vida cambia cuando dejamos de perseguir lo que otros esperan y empezamos a construir desde quien realmente somos. Y creo que Año Nuevo es, precisamente, ese recordatorio: podemos volver a empezar desde la autenticidad, no desde la obligación.

— Los sueños que aún no nos atrevemos a nombrar

Si algo tiene enero, es que nos permite imaginar sin culpa. Y sin embargo, la mayoría de personas llega a esta fecha cansada, dudando si todavía vale la pena soñar.

Yo también he tenido miedo de soñar.
Soy joven, sí, pero ser joven no te salva de los golpes. A veces uno piensa que la esperanza es un lujo; otras veces, que es una locura. Pero lo que he aprendido este año es que soñar no es ingenuo, es un acto de rebeldía espiritual.

Un sueño no es la meta.
Un sueño es la energía que te levanta.
Lo que te hace insistir.
Lo que te mantiene vivo cuando la vida se pone en modo “prueba”.

Y si este 2026 va a significar algo, ojalá sea esto:
que recuperemos el derecho a soñar sin pedir permiso.

— Lo que aprendí este año sobre la vida, la fe y la conciencia

Hay una frase que siempre guardo presente: uno no se hace adulto cuando cumple años, sino cuando aprende a mirarse sin máscaras. A veces esa mirada duele, porque muestra contradicciones, heridas y decisiones que no queremos aceptar.

Este año entendí tres cosas que me cambiaron la forma de caminar:

1. No todo lo que perdimos era nuestro.
A veces Dios —o la vida, o el universo, como cada quien lo quiera ver— nos aleja de lugares donde ya no encajamos. No por castigo, sino por protección. Lo escribí alguna vez en Amigo de ese ser supremo (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/): la fe no siempre da respuestas, pero siempre da dirección.

2. Dejar ir no es perder, es abrir espacio.
Cuando vaciamos las manos, la vida encuentra dónde sembrar algo nuevo.
Y sí, es incómodo. Duele. Cansa. Pero es necesario.

3. La paz no llega con el tiempo; llega con la decisión.
No se trata de esperar otro año. Se trata de hacernos cargo de nosotros mismos ahora: de lo que somos, lo que sentimos, lo que queremos y lo que ya no podemos sostener.

— La tecnología, el futuro y la presión de “no quedarnos atrás”

Es imposible hablar del 2026 sin pensar en todo lo que está pasando con la inteligencia artificial, la automatización, el cambio en la forma de estudiar, trabajar y relacionarnos. A veces da miedo. A veces entusiasma.

Pero lo que sí tengo claro es que la tecnología no nos está reemplazando: nos está preguntando quién queremos ser en medio de un mundo acelerado.

Y esa pregunta es profunda.
Nos reta.
Nos saca del piloto automático.

Es la misma reflexión que veo en Organización Todo En Uno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/), donde se habla de transformación digital con un enfoque humano. Me gusta porque recuerda algo esencial: lo importante no es la IA, sino nuestra capacidad de usarla con conciencia, con ética, con propósito.

— La verdad que descubrimos cuando cerramos ciclos

Si me preguntas qué espero del 2026, no te hablaría de metas ni de “propósitos típicos”. Más bien espero que este año nos encuentre en un lugar más honesto. Con menos prisa y más presencia. Con menos máscaras y más alma. Con menos miedo y más valentía para decir:
“esto soy yo, con lo bueno y lo roto, pero listo para seguir.”

Porque uno no puede construir la vida que quiere desde una versión de sí mismo que ya no existe.
Y 2025 nos transformó. Para bien o para mal, ya no somos los mismos.
Perdimos cosas, ganamos otras, crecimos en silencio, aprendimos a la fuerza, nos reímos cuando no queríamos llorar, y seguimos aquí.

Solo eso ya es motivo suficiente para agradecer.

— La esperanza como decisión, no como casualidad

A veces pensamos que la esperanza es algo que aparece de la nada. Que llega cuando todo mejora. Pero no.
La esperanza es un músculo.
Es algo que se entrena.
Algo que uno escoge, incluso cuando el corazón está cansado.

Y este 2026 quiero que sea un año así:
un año donde la esperanza no sea un discurso, sino una práctica diaria.

En lo pequeño.
En la manera en que tratamos a otros.
En cómo hablamos de nosotros mismos.
En el tiempo que nos regalamos para sanar.
En el amor que damos sin miedo, incluso después de salir heridos.

Quiero que este nuevo ciclo nos encuentre despiertos, conscientes, presentes. Que dejemos de tenerle miedo a los comienzos y aprendamos a abrazarlos como quien recibe una nueva oportunidad de vivir más bonito.

— Un deseo final, desde el corazón

Ojalá este 2026 te regale claridad en lo que buscas.
Ojalá puedas volver a creer en ti.
Ojalá encuentres algo —lo que sea— que te haga sentir vivo otra vez.
Ojalá tengas la fuerza para cerrar lo que ya no sana y la valentía para abrirte a lo que sí.
Ojalá tu voz interna sea más fuerte que el ruido externo.
Ojalá recuerdes que no estás solo, que todos estamos intentando entendernos, incluso cuando parecemos llevar la vida resuelta.

Y si por alguna razón este año te dolió, te rompió o te puso a prueba…
Solo quiero decirte algo desde la experiencia, desde lo que he vivido, desde mi propia historia:
lo que viene también puede sorprenderte para bien.

Año Nuevo no es solo una fecha.
Es un permiso.
Un susurro que te dice:
“Puedes volver a empezar. Puedes volver a soñar. Puedes volver a creer.”

Y sí, puedes hacerlo a tu ritmo, sin compararte, sin correr, sin demostrar nada.
Porque tu vida, con todo y sus procesos, también merece esperanza.

¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.

Agendamiento: Whatsapp +57 310 450 7737

Facebook: Juan Manuel Moreno Ocampo

Twitter: Juan Manuel Moreno Ocampo

Comunidad de WhatsApp: Únete a nuestros grupos

Grupo de WhatsApp:    Unete a nuestro Grupo

Comunidad de Telegram: Únete a nuestro canal  

Grupo de Telegram: Unete a nuestro Grupo

👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.

Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”