No sé en qué momento empezamos a normalizar la idea de que la vida se mide en horas laborales, como si el tiempo fuera una moneda y no el tejido invisible que sostiene lo que somos. Desde hace meses leo debates sobre si la Generación Z prefiere trabajar 40 o 60 horas a la semana. Y cada vez que veo un titular así, siento una punzada rara, como si intentaran reducir la vida de un joven a un Excel que clasifica productividad, cansancio, emociones y sueños en columnas separadas.
Pero nosotros no vivimos así.
La vida de un joven no cabe en una hoja de cálculo.
Y quizá por eso este debate me toca tan de cerca.
Cuando Portafolio publicó el artículo sobre cuántas horas son ideales para mi generación, volví a esa pregunta que todos escondemos detrás de la risa, la música, los memes, o el cansancio:
¿Cuánto tiempo de mi vida estoy dispuesto a entregar sin sentir que me pierdo a mí mismo?
Porque al final no se trata de 40 o 60 horas.
Se trata de para qué vivimos, para quién vivimos y qué tanto de lo que hacemos está conectado con lo que realmente somos.
Yo crecí viendo a mi familia trabajar con una disciplina casi sagrada. La rutina de mi papá —ese hombre que lleva décadas levantándose a las 3 de la mañana para estudiar, pensar, crear y empujar la vida— me enseñó que el trabajo puede ser un acto de amor, una manera de transformar el mundo. Pero también vi el desgaste, la entrega, el sacrificio silencioso que a veces nadie aplaude.
Y entre todo eso, encontré una lección que todavía estoy aprendiendo:
trabajar mucho no es lo mismo que vivir bien.
Cuando uno es pequeño cree que los adultos lo pueden todo.
Cuando uno crece, entiende que muchos sobreviven en piloto automático.
Por eso, cuando escucho que algunos líderes empresariales dicen que trabajar 60 horas “forma carácter”, me pregunto si realmente conocen lo que pasa por dentro de un joven de mi generación. Una generación que carga expectativas gigantes, ansiedad colectiva, incertidumbre económica, presión social, pensamientos sobre salud mental, y además un mundo laboral que va cambiando más rápido de lo que cambiamos nosotros mismos.
Algo curioso ocurre cuando un joven habla de balance.
Hay quienes lo interpretan como pereza.
Pero no es eso.
A muchos nos educaron para no fallar.
Para no detenernos.
Para no “perder el ritmo”.
Y al mismo tiempo vivimos en una sociedad que nos dice que aprovechemos la vida, viajemos, cuidemos nuestra mente, disfrutemos cada día, estemos presentes, pero sin dejar de producir, sin dejar de competir, sin dejar de sentir que debemos demostrar algo.
¿Cómo se supone que uno equilibra todo eso?
Cada vez que toco este tema, recuerdo una reflexión que escribí en mi propio blog (https://juanmamoreno03.blogspot.com/): la vida no debería sentirse como correr detrás de un reloj que nunca se detiene. La vida es más honesta cuando la habitamos, no cuando solo la sobrevivimos.
Cuando la discusión se centra en si debemos trabajar 40 o 60 horas, siento que lo esencial se pierde. Porque en el fondo la pregunta real es otra:
¿Qué clase de vida estamos construyendo?
He leído también textos de Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/) donde se habla del ritmo del alma, de esa pausa interior que no conoce de horarios pero sí de coherencia. Y a veces pienso que el problema no es cuánto trabajamos, sino cuánto nos desconectamos de lo que sentimos mientras lo hacemos.
En Amigo de ese Ser Supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/) he visto reflexiones sobre propósito que me han sacudido. Porque trabajar sin propósito es como correr en círculos creyendo que avanzas.
Y en Bienvenido a mi Blog (https://juliocmd.blogspot.com/) he encontrado palabras que parecen escritas para este tema: la verdadera productividad empieza donde empieza la autenticidad.
Muchos jóvenes dicen que prefieren trabajar 40 horas. Otros que prefieren 60 si eso significa crecer más rápido. Y ambos caminos pueden tener sentido… dependiendo de quién seas y qué tan en paz estés contigo mismo.
La Generación Z no es una sola voz.
Somos un nudo de emociones, contradicciones y búsquedas.
Y cada uno está intentando construir una vida que no lo traicione por dentro.
Yo mismo he pasado por momentos en los que trabajo hasta que el cuerpo me llama a gritos. Y otros días, simplemente necesito detenerme y respirar, observar la ciudad desde una ventana, escribir algo que me haga sentir vivo, o conectar con lo espiritual como lo comparto en mi blog.
No somos vagos.
Estamos cansados.
No somos exigentes.
Somos conscientes.
No buscamos menos responsabilidad.
Buscamos una vida que tenga sentido.
¿Entonces cuántas horas deberíamos trabajar?
La respuesta no está en un estudio ni en una ley.
Está en nuestra capacidad de decir la verdad:
queremos vivir, no solo producir.
Queremos un trabajo donde no tengamos que sacrificar la salud mental para ganar experiencia.
Queremos líderes que entiendan que un buen talento no se presiona: se acompaña.
Queremos construir una vida donde no haya que elegir entre tener sueños o tener descanso.
Queremos la posibilidad de crecer sin rompernos en el intento.
Y sobre todo, queremos tiempo.
Tiempo para descubrirnos.
Tiempo para equivocarnos.
Tiempo para sanar.
Tiempo para amar.
Tiempo para existir sin sentir culpa.
Desde mi perspectiva —desde mi vida, mis blogs, mis golpes, mis aprendizajes, mis oraciones silenciosas y mis desvelos— yo no creo que la pregunta sea 40 o 60 horas.
Creo que la pregunta es:
¿cuántas horas de tu vida estás dispuesto a perder sin que te duela?
Si la respuesta te incomoda, ahí empieza tu camino.
Si la respuesta te asusta, ahí empieza tu verdad.
Y si la respuesta te mueve a cambiar algo, ahí empieza tu libertad.
Porque al final, cada uno de nosotros merece un trabajo que no le robe la vida que quiere vivir.
¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.
Hay ideas que uno crece escuchando sin cuestionarlas. Son como pequeñas frases que flotan desde la infancia, repetidas por los adultos, por las películas, por los libros, por los memes, por la cultura entera, hasta que terminan metidas tan profundo que ya ni nos damos cuenta de que están ahí. Y creo que una de las más peligrosas —sí, peligrosas— es esa que dice que los gatos son seres solitarios, independientes al extremo y que, de alguna manera extraña, “no se vinculan de verdad con nadie”.
Seguramente tú también lo escuchaste desde niño. Yo lo escuché un montón.
A veces en reuniones familiares, a veces de amigos que crecieron con perros, a veces incluso de personas que tienen gatos pero que nunca se han detenido a mirar realmente lo que su gato intenta comunicarles.
Y es curioso, porque aunque hoy se hable mucho más del comportamiento felino, todavía hay demasiada gente atrapada en esa idea vieja, casi fosilizada, de que los gatos “no sienten lo mismo”, de que “ellos son así”, de que “no necesitan a nadie”.
Pero cuando uno empieza a observar la vida —y especialmente a los animales— desde otro lugar, desde esa especie de conciencia silenciosa que te pide ver más allá de tus creencias, empiezas a notar que los gatos no solo sienten, sino que sienten de una manera tan compleja, tan delicada y tan intensa que asusta un poco.
Y si lo piensas, tiene sentido: durante décadas la ciencia estudió sobre todo a los perros. No porque los perros sean más interesantes, sino porque la cultura humana se acostumbró a ver a los perros como más “expresivos”, más fáciles de leer, más compatibles con nosotros. Los gatos quedaron en una especie de penumbra científica. Como si fueran un misterio que daba pereza descifrar.
Hasta que llegó la antrozoología moderna.
Y aquí es donde todo cambia.
No un poquito: cambia completamente.
La antrozoología —esta disciplina que estudia las relaciones entre humanos y animales— empezó a demostrar que los gatos tienen sistemas de apego muy parecidos a los de los primates. Que reconocen emociones humanas. Que pueden experimentar ansiedad por separación. Que forman vínculos profundos, definidos y únicos con sus cuidadores.
Y cuando digo vínculos, hablo de vínculos reales. No estoy usando la palabra como figura literaria.
Hablo de neuroquímica.
Hablo de patrones cerebrales.
Hablo de apego.
Mientras muchos de nosotros crecimos creyendo que un gato era indiferente, distante o incluso frío, la ciencia estaba empezando a demostrar que en realidad ese gato estaba sintiendo mucho más de lo que sabíamos interpretar.
Y ahí es donde todo se vuelve más humano.
Porque nos pasa igual con las personas.
A veces creemos que alguien no siente, no se afecta, no se conecta, solo porque no lo hace como nosotros esperamos. Y sin darnos cuenta, lo reducimos a una caricatura emocional. Lo juzgamos sin entender su idioma.
Me di cuenta de eso una tarde mientras escribía en Mi blog una reflexión sobre cómo a veces damos por sentado el mundo interior de los demás. La escribí aquí, entre otras entradas:
"La vida te habla siempre, pero casi nunca en el idioma que esperas."
Y creo que ese pensamiento encaja perfecto con el mundo felino.
Los gatos hablan, pero no usan nuestro lenguaje emocional.
Nos leen, pero no con nuestros códigos.
Se conectan, pero desde otros gestos, otros silencios, otros momentos.
Y si no aprendemos a verlos desde su perspectiva, terminamos cometiendo un error muy humano: pensar que lo que no entendemos, no existe.
Hace poco leí una investigación que me impresionó: los gatos reconocen cuando su humano está triste, cansado o alterado, y cambian su comportamiento en función de eso. Algunos se acercan más de lo habitual. Otros se quedan a distancia, pero vigilan. Otros vocalizan distinto. Otros duermen encima de ti como si quisieran regularte la respiración.
¿No te parece increíble?
¿No te parece hermoso pensar que todo este tiempo quizá tu gato estuvo intentando consolarte sin que tú te dieras cuenta?
Y aun así, seguimos repitiendo que “son distantes”.
Pero ¿distantes para quién?
¿Distantes según qué medida?
Creo que en el fondo, este mito habla mucho más de nosotros que de los gatos. Habla de nuestra impaciencia emocional, de nuestras expectativas, de esa idea infantil de que sentir solo es válido si se nota, si es evidente, si es inmediato.
Pero no.
A veces el amor es silencioso.
A veces es tímido.
A veces es reservado.
A veces es un pequeño movimiento de orejas, un parpadeo lento, un ronroneo casi imperceptible.
A veces es simplemente que tu gato duerma a 40 centímetros de donde estás… porque ese es su modo de decir “aquí estoy”.
Y eso —si lo miras con los ojos correctos— es profundamente humano.
He pensado mucho en por qué este mito dañó tantas relaciones humano-gato.
Y creo que es porque, cuando tú crees que alguien no te necesita, no te vincula o no siente por ti, entonces tú mismo empiezas a desvincularte. Empiezas a amar menos. A poner menos de ti. A interpretar cada gesto del gato como indiferencia, y no como parte de su naturaleza.
Y cuando eso pasa, no se rompe solo la relación: se rompe la posibilidad.
La posibilidad de conectar de verdad.
La posibilidad de sanar cosas internas a través de ese vínculo.
La posibilidad de ver el mundo desde otra sensibilidad.
Algo que mencioné en una reflexión del blog AMIGO DE ESE SER SUPREMO (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/) es que la vida tiene formas raras de mostrarnos lo que necesitamos aprender.
Y creo que los gatos son una de esas formas.
Nos invitan a bajar el ruido.
A observar más que interpretar.
A amar sin poseer.
A conectar sin exigir.
A confiar sin invadir.
Esa es la espiritualidad más pura: la que no se predica, la que no se ritualiza, la que no se explica.
La que simplemente se vive.
Mientras escribo esto, pienso en todas las familias que creen que su gato “no los quiere”.
Y en realidad, ese gato probablemente está ahí, más conectado de lo que ellos imaginan, sintiendo cosas que nadie le enseñó a reconocer.
Los estudios actuales ya confirman que los gatos tienen estilos de apego muy similares a los de los bebés humanos:
apego seguro,
apego evitativo,
apego ambivalente,
y hasta patrones desorganizados en casos de traumas.
¿Te imaginas lo que eso implica?
Implica que un gato puede sentirse inseguro contigo.
Que puede sentirse traicionado.
Que puede sentirse protegido.
Que puede sentirse amado.
Que puede sentirse solo.
Y entender eso te cambia por dentro.
O al menos a mí me cambió.
Me hizo pensar en la responsabilidad que tenemos frente a los seres que dependen emocionalmente de nosotros.
En que no basta con darles comida o un lugar donde dormir.
"La vida no te pide grandes demostraciones; te pide pequeñas coherencias."
Y conectar con un gato es exactamente eso: pequeñas coherencias acumuladas.
Lo veo también reflejado en el pensamiento que tantas veces le escuché a mi familia, especialmente en esos momentos de conversación profunda donde uno entiende que la espiritualidad no es algo ajeno, sino parte de la vida misma. Y pienso que tal vez por eso este mito me tocó tanto. Porque no es un mito sobre gatos: es un mito sobre cómo nos vinculamos, sobre cómo nos relacionamos, sobre cómo nos abrimos o nos cerramos frente al otro.
Entonces sí, este mito es peligroso.
Peligroso porque rompe vínculos que podrían sanar vidas.
Peligroso porque nos hace creer que no somos importantes para quienes sí nos quieren.
Peligroso porque nos vuelve ciegos a formas de amor que no se parecen a las nuestras.
Y creo que ya es hora de actualizarlo.
De cuestionarlo.
De dejar de repetirlo como loros sin pensar.
De mirar a los gatos con más respeto, más atención y más empatía.
Quizá así entendamos que ellos no son distantes:
son sutiles.
Que no son fríos:
son cuidadosos.
Que no son indiferentes:
son misterios vivos intentando comunicarse con nosotros.
Y cuando uno se abre a ese misterio, todo cambia.
La relación cambia.
La energía cambia.
La casa cambia.
Uno mismo cambia.
Y el gato también.
Hoy, mientras cierro este texto, pienso en cuántas relaciones humano-felinas se salvarían si dejáramos de creer que “ellos no sienten”.
Tal vez la tuya sea una de esas.
Tal vez este texto llegue justo a tiempo.
Tal vez hoy descubras que tu gato siempre estuvo hablando… solo que tú estabas escuchando desde otro idioma.
Y si eso pasa, entonces valió la pena escribir cada palabra.
¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.
No sé muy bien en qué momento diciembre dejó de sentirse como una meta y empezó a parecerse más a un espejo. Hay años que llegan como abrazos, otros como advertencias, pero todos, de alguna manera extraña, nos ponen frente a la pregunta que más evitamos: ¿qué vamos a hacer con la vida que nos queda por vivir?
Ya estamos cerrando el 2025, un año que a muchos nos pasó por encima, a otros nos reordenó el alma y a otros, simplemente, les enseñó que resistir también es un acto de fe. Yo siempre he creído —quizás por lo que he vivido, por mi forma de sentir y por lo que he aprendido en casa— que el cambio no lo marca el calendario, sino la forma en que nos atrevemos a mirarnos con honestidad.
Pero igual, algo tiene el fin de año…
Algo que nos mueve, nos sacude, nos obliga a hacer pausas aunque no sepamos muy bien qué hacer con ellas.
— El cierre de un ciclo que no siempre entendimos
Este 2025 fue raro. Tan lleno de avances tecnológicos que a veces parecía que el mundo caminaba diez pasos más rápido que nosotros. Y al mismo tiempo, tan humano, tan frágil, tan lleno de historias que se rompieron o se volvieron a armar desde cero.
A mí, personalmente, me recordó que uno no puede vivir esperando que todo tenga sentido. Hay momentos donde lo único que salva es la capacidad de seguir, de respirar, de levantarse cuando nadie está mirando. Lo escribí hace poco en Mi Blog (https://juanmamoreno03.blogspot.com/) cuando hablaba de lo difícil que es escucharnos en este ruido constante. Y lo sigo sosteniendo: la vida no es perfecta, pero es más digna cuando la vivimos con verdad.
También leí cosas profundas en Bienvenido a mi Blog (https://juliocmd.blogspot.com/), donde se habla de cómo la vida cambia cuando dejamos de perseguir lo que otros esperan y empezamos a construir desde quien realmente somos. Y creo que Año Nuevo es, precisamente, ese recordatorio: podemos volver a empezar desde la autenticidad, no desde la obligación.
— Los sueños que aún no nos atrevemos a nombrar
Si algo tiene enero, es que nos permite imaginar sin culpa. Y sin embargo, la mayoría de personas llega a esta fecha cansada, dudando si todavía vale la pena soñar.
Yo también he tenido miedo de soñar.
Soy joven, sí, pero ser joven no te salva de los golpes. A veces uno piensa que la esperanza es un lujo; otras veces, que es una locura. Pero lo que he aprendido este año es que soñar no es ingenuo, es un acto de rebeldía espiritual.
Un sueño no es la meta.
Un sueño es la energía que te levanta.
Lo que te hace insistir.
Lo que te mantiene vivo cuando la vida se pone en modo “prueba”.
Y si este 2026 va a significar algo, ojalá sea esto:
que recuperemos el derecho a soñar sin pedir permiso.
— Lo que aprendí este año sobre la vida, la fe y la conciencia
Hay una frase que siempre guardo presente: uno no se hace adulto cuando cumple años, sino cuando aprende a mirarse sin máscaras. A veces esa mirada duele, porque muestra contradicciones, heridas y decisiones que no queremos aceptar.
Este año entendí tres cosas que me cambiaron la forma de caminar:
1. No todo lo que perdimos era nuestro.
A veces Dios —o la vida, o el universo, como cada quien lo quiera ver— nos aleja de lugares donde ya no encajamos. No por castigo, sino por protección. Lo escribí alguna vez en Amigo de ese ser supremo (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/): la fe no siempre da respuestas, pero siempre da dirección.
2. Dejar ir no es perder, es abrir espacio.
Cuando vaciamos las manos, la vida encuentra dónde sembrar algo nuevo.
Y sí, es incómodo. Duele. Cansa. Pero es necesario.
3. La paz no llega con el tiempo; llega con la decisión.
No se trata de esperar otro año. Se trata de hacernos cargo de nosotros mismos ahora: de lo que somos, lo que sentimos, lo que queremos y lo que ya no podemos sostener.
— La tecnología, el futuro y la presión de “no quedarnos atrás”
Es imposible hablar del 2026 sin pensar en todo lo que está pasando con la inteligencia artificial, la automatización, el cambio en la forma de estudiar, trabajar y relacionarnos. A veces da miedo. A veces entusiasma.
Pero lo que sí tengo claro es que la tecnología no nos está reemplazando: nos está preguntando quién queremos ser en medio de un mundo acelerado.
Y esa pregunta es profunda.
Nos reta.
Nos saca del piloto automático.
Es la misma reflexión que veo en Organización Todo En Uno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/), donde se habla de transformación digital con un enfoque humano. Me gusta porque recuerda algo esencial: lo importante no es la IA, sino nuestra capacidad de usarla con conciencia, con ética, con propósito.
— La verdad que descubrimos cuando cerramos ciclos
Si me preguntas qué espero del 2026, no te hablaría de metas ni de “propósitos típicos”. Más bien espero que este año nos encuentre en un lugar más honesto. Con menos prisa y más presencia. Con menos máscaras y más alma. Con menos miedo y más valentía para decir:
“esto soy yo, con lo bueno y lo roto, pero listo para seguir.”
Porque uno no puede construir la vida que quiere desde una versión de sí mismo que ya no existe.
Y 2025 nos transformó. Para bien o para mal, ya no somos los mismos.
Perdimos cosas, ganamos otras, crecimos en silencio, aprendimos a la fuerza, nos reímos cuando no queríamos llorar, y seguimos aquí.
Solo eso ya es motivo suficiente para agradecer.
— La esperanza como decisión, no como casualidad
A veces pensamos que la esperanza es algo que aparece de la nada. Que llega cuando todo mejora. Pero no.
La esperanza es un músculo.
Es algo que se entrena.
Algo que uno escoge, incluso cuando el corazón está cansado.
Y este 2026 quiero que sea un año así:
un año donde la esperanza no sea un discurso, sino una práctica diaria.
En lo pequeño.
En la manera en que tratamos a otros.
En cómo hablamos de nosotros mismos.
En el tiempo que nos regalamos para sanar.
En el amor que damos sin miedo, incluso después de salir heridos.
Quiero que este nuevo ciclo nos encuentre despiertos, conscientes, presentes. Que dejemos de tenerle miedo a los comienzos y aprendamos a abrazarlos como quien recibe una nueva oportunidad de vivir más bonito.
— Un deseo final, desde el corazón
Ojalá este 2026 te regale claridad en lo que buscas.
Ojalá puedas volver a creer en ti.
Ojalá encuentres algo —lo que sea— que te haga sentir vivo otra vez.
Ojalá tengas la fuerza para cerrar lo que ya no sana y la valentía para abrirte a lo que sí.
Ojalá tu voz interna sea más fuerte que el ruido externo.
Ojalá recuerdes que no estás solo, que todos estamos intentando entendernos, incluso cuando parecemos llevar la vida resuelta.
Y si por alguna razón este año te dolió, te rompió o te puso a prueba…
Solo quiero decirte algo desde la experiencia, desde lo que he vivido, desde mi propia historia:
lo que viene también puede sorprenderte para bien.
Año Nuevo no es solo una fecha.
Es un permiso.
Un susurro que te dice:
“Puedes volver a empezar. Puedes volver a soñar. Puedes volver a creer.”
Y sí, puedes hacerlo a tu ritmo, sin compararte, sin correr, sin demostrar nada.
Porque tu vida, con todo y sus procesos, también merece esperanza.
¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.
Hay años que pasan como si fueran un suspiro acumulado. A veces uno parpadea y ya está en diciembre otra vez, preguntándose cómo diablos hizo para sobrevivir a todo lo que vivió, a todo lo que sintió, a lo que calló y también a lo que por fin se atrevió a decir. El 2025 fue uno de esos años: uno que no avisó nada, pero que lo transformó todo.
En lo personal, este fue un año que no siempre entendí. Hubo semanas en las que me sentí fuerte, en control, con la sensación de que la vida por fin estaba alineando fichas que yo llevaba años intentando ordenar. Pero también hubo días pesados… de esos en los que uno se despierta con la mente nublada, como si llevara un morral lleno de pensamientos que no pidió cargar. Y, aun así, aquí estoy, y aquí estamos todos los que logramos cruzar el puente de este año que se va entre silencios, aprendizajes, pérdidas, regalos inesperados y un crecimiento que, aunque dolió, deja una gratitud muy difícil de explicar.
Yo no sé si a ti te pasó, pero a mí el 2025 me enseñó a agradecer cosas que antes daba por obvias. Agradecer el desayuno de cada mañana, el abrazo que uno recibe sin pedirlo, el trabajo que a veces cansa, pero sostiene, la salud que uno siempre siente “normal” hasta que se tambalea. Y, sobre todo, agradecer a las personas que siguen ahí, incluso cuando uno mismo se desconecta un poco de sí.
Agradecer no es solo decir “gracias”; es entender que no estabas solo. Que alguien, desde su esquina del mundo, también estaba sosteniendo algo para ti. Eso lo aprendí en esos días donde, sin decirlo, necesitaba que me preguntaran si estaba bien… y alguien lo hacía. Tal vez un familiar, a veces un amigo, otras un mensaje raro que aparecía por ahí, incluso en blogs como Bienvenido a Mi Blog (https://juliocmd.blogspot.com/) o en esos escritos sinceros de Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/) donde siempre parece que alguien escribió lo que tú aún no te atreves a aceptar.
Y por eso hoy, antes de hablar del 2026, necesito detenerme un segundo en eso: gracias 2025. Gracias por las personas que se quedaron, por las que se fueron y por las que llegaron. Gracias por las semillas que todavía no florecen, pero que ya están sembradas. Gracias por cada momento donde me sentí a la deriva… porque sin ellos no habría descubierto muchas de las orillas que hoy sí veo con claridad.
Ahora, si me pongo la mano en el pecho y miro hacia adelante, el 2026 no se siente como un año cualquiera. Se siente como una puerta. Una que no todos abrimos al mismo tiempo, pero que está ahí, esperando que cada uno tome aire y decida entrar sin cargar culpas viejas. Y cuando digo sin culpas, hablo de ese hábito tan humano de arrastrar lo que ya no nos pertenece: errores, miedos, dudas que ya demostraron que no nos llevan a ninguna parte.
Yo creo que el 2026 nos pide algo distinto. No más correr sin pensar, no más vivir en piloto automático, no más luchar contra uno mismo. Este año nuevo nos está pidiendo despertar, pero de verdad.
A veces lo pienso mientras leo o escribo cosas para mi propio blog (https://juanmamoreno03.blogspot.com/). Uno cree que está compartiendo algo para los demás, pero en el fondo termina escribiéndose a sí mismo. Es extraño, pero es real: uno siempre se está dejando mensajes que entenderá después.
Y es justamente ahí donde nace esta esperanza del 2026.
Yo no siento que este nuevo año venga con la promesa de la vida perfecta —esa que mucha gente vende en redes, llena de metas millonarias, cuerpos soñados y viajes a lugares que aparecen mágicamente sin mostrar todo lo que costaron. Siento que el 2026 viene con una promesa más valiosa: la de aprender a vivir con más verdad.
A vivir sin máscaras, sin el miedo a decepcionar, sin esa necesidad agotadora de demostrar algo todo el tiempo. A vivir más consciente, más presente, más honesto con lo que uno siente. A soltar lo que uno sabe que ya debe soltar, y a proteger lo que uno sabe que debe proteger.
Y algo importante: este año que inicia también está atravesado por lo colectivo. Yo no puedo hablar del 2026 sin pensar en la cantidad de cosas que nos están pasando como sociedad. La tecnología avanzando más rápido de lo que entendemos, los cambios laborales que nos están exigiendo adaptarnos sin previo aviso, la espiritualidad abriéndose paso entre generaciones que antes la ignoraban, y la búsqueda constante de significado en un mundo saturado de ruido.
Entre todo eso, lo único que realmente nos queda es la capacidad de ser humanos. Humanos que sienten, que dudan, que sueñan, que siguen adelante aunque la vida a veces apriete.
Y sí, también humanos que se cuestionan.
Como cuando uno lee reflexiones profundas en Amigo de Ese Ser Supremo (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/) y se pregunta por qué a veces nos cuesta tanto aceptar que todos estamos buscando lo mismo: paz, amor, claridad. Es increíble, pero entre más crezco, más entiendo que no somos tan distintos.
Si miro hacia mis propios pasos, lo que espero del 2026 no son milagros, sino movimiento. Movimiento hacia lo que sí quiero construir, hacia lo que sí quiero sanar, hacia lo que sí quiero sentir. Y ese movimiento no exige velocidad, exige intención.
Este año quiero permitirme ser más paciente conmigo mismo. Más humano. Más consciente del tiempo, pero sin obsesionarme con él. Quiero seguir aprendiendo, seguir entendiendo que la vida no se trata de hacerlo todo bien, sino de hacerlo con sentido. De equivocarse, sí, pero equivocarse hacia adelante.
Quiero que el 2026 sea un año para tomar decisiones con corazón, no con miedo. Para decir “sí” cuando algo me expande y “no” cuando algo me encoge. Para acercarme a quienes hacen bien y alejarme de quienes desgastan. Para vivir relaciones más honestas, proyectos más reales y sueños más propios.
Y también para seguir escribiendo. Porque escribir me ha salvado más veces de las que acepto públicamente. Porque en cada artículo, en cada reflexión, en cada palabra que dejo en estos blogs, termino encontrando pedazos de mí que ni siquiera sabía que estaban perdidos.
Quisiera que tú también te regales esta pregunta para el 2026:
¿Qué versión de ti quieres conocer este año?
No la que crees que el mundo espera, no la que te inventaste para sobrevivir… sino la verdadera, la que respira detrás de todo ese ruido mental, la que aparece cuando estás solo en tu cuarto con tus pensamientos, la que sabe lo que quiere aunque todavía no sepa cómo llegar.
Esa versión es la que vale la pena.
Y si el 2025 te dejó cansado… descansa.
Si te dejó roto… reconstruye.
Si te dejó con miedo… abraza ese miedo hasta que te muestre qué intenta proteger.
Si te dejó agradecido… guarda esa gratitud como amuleto.
Pero no entres al 2026 como quien entra a un cuarto desconocido con la luz apagada. Entra como quien decide encender algo dentro de sí. Aunque sea pequeño, aunque sea frágil, aunque sea incierto.
Porque lo que importa no es lo que el año trae, sino lo que tú decides hacer con él.
Y yo, desde aquí, desde lo que soy y lo que estoy aprendiendo, te deseo un 2026 con más verdad, más amor, más conciencia, más libertad interior. Un año donde puedas reconocerte, abrazarte, transformarte… sin prisa, pero sin pausa.
Un año donde vuelvas a ti.
¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.
No sé en qué momento la palabra “antidepresivos” dejó de ser lejana, ajena, o incluso tabú, y pasó a ser un tema de conversación entre amigos, primos, compañeros de clase o colegas de universidad. Cuando tenía trece o catorce años, yo pensaba que eso era algo de adultos, de personas que habían vivido demasiado, de quienes cargaban con historias que parecían no caber en el pecho. Pero crecí, crecimos, y la realidad nos alcanzó más rápido de lo que imaginamos.
Hoy, es común escuchar a un adolescente decir que está medicado. Lo extraño es que lo dicen con la misma naturalidad con la que otro dice “estoy tomando vitaminas”. A veces lo dicen con alivio, a veces con vergüenza. A veces no lo dicen, pero uno lo intuye en el silencio, en la mirada que se apaga un segundo, en la respiración más corta. Y no sé si es porque soy de una generación que creció sobreviviendo a redes sociales, pandemias, noticias que parecen apocalípticas y exigencias que aplastan, pero siento que mi generación nació cansada.
Y lo digo sin reproche. Lo digo como quien mira a su alrededor intentando entender.
Yo no crecí solo. Crecí escuchando a mi papá escribir sobre disciplina, espiritualidad y resiliencia en Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com). Crecí viendo cómo cada sábado aparecía una reflexión nueva en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com) que, aunque yo no entendiera completamente, me dejaba una pregunta rondando la cabeza. También crecí leyendo palabras que hablaban de un “Ser Supremo” en el blog Amigo de ese Ser Supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com), y eso me enseñó algo que ninguna escuela me explicó: que todos estamos buscando algo que nos sostenga desde adentro, algo que no se nota, pero se siente.
Tal vez por eso, cuando escucho que más adolescentes toman antidepresivos, no lo juzgo. Lo entiendo. Lo abrazo. Lo veo como una señal de que algo en la sociedad se rompió, pero también de que hay una búsqueda de ayuda, una mano extendida, un “no puedo solo”.
Y aquí empieza la parte que más duele y más preocupa: muchos de ellos, aunque reciben ayuda médica, cargan con un miedo silencioso. Miedo a cómo esas medicinas podrían afectar sus emociones, sus vínculos, su forma de sentir, incluso su percepción de sí mismos y su cuerpo. No hablo de efectos clínicos ni sexuales —eso le corresponde a los profesionales de la salud— hablo del temor humano, del que no sale en los estudios, pero sí en las conversaciones de madrugada.
Ese miedo es real. Ese miedo se siente en la piel.
Porque la adolescencia es un terremoto emocional. Y si encima le sumas un medicamento que modifica cómo percibes el mundo… es normal preguntarse quién eres. Si lo que sientes es tuyo o del químico. Si tu forma de vincularte cambiará. Si podrás amar igual. Si tu identidad seguirá intacta.
Y aunque nadie nos lo dice, todos lo pensamos alguna vez.
A veces pienso en mis amigos, en mis conocidos, en mis seguidores del blog El Blog Juan Manuel Moreno Ocampo (https://juanmamoreno03.blogspot.com), y siento un hilo invisible que nos conecta: todos, de alguna forma, estamos intentando descifrar la vida en medio de un ruido que no se detiene. Las redes nos comparan. La sociedad nos exige. El mundo nos acelera. Y la mente… la mente intenta sobrevivir como puede.
Y es ahí, justo ahí, donde el miedo aparece disfrazado de preguntas complicadas:
“¿Y si esto cambia cómo me relaciono con otros?”
“¿Y si nunca vuelvo a sentir igual?”
“¿Y si un día dependo de esto para siempre?”
“¿Y si afecta partes de mí que no sé cómo recuperar?”
No es miedo al medicamento.
Es miedo a perderse.
A veces siento que esa es la mayor angustia de mi generación: no saber si lo que sentimos es auténtico o consecuencia de todo lo que está afuera… o adentro.
He escuchado historias que no puedo olvidar.
Un chico de 17 que decía que al tomar antidepresivos sentía su cuerpo diferente, no malo, solo “extraño”.
Una amiga que me confesó que tenía miedo de enamorarse porque no sabía si lograría conectar igual que antes.
Otro que decía que se sentía “plano emocionalmente”, como si la vida estuviera en volumen bajo.
Ninguno hablaba de sexualidad explícita, pero sí de intimidad emocional, de conexión humana, de miedo al futuro.
Y eso es algo que pesa demasiado cuando apenas estás aprendiendo a vivir.
A veces quisiera que en Cumplimiento Habeas Data – Datos Personales (https://todoenunonet-habeasdata.blogspot.com) pudiéramos escribir sobre la otra privacidad: la emocional. Lo que cargamos sin contarlo. Lo que nos da miedo reconocer. Esa privacidad que pesa más que una contraseña y que ojalá supiéramos proteger mejor.
Vivimos en un mundo donde es más fácil contar cuántos pasos caminaste que contar cómo te sientes realmente. Y eso nos está pasando factura. Por eso no me sorprende que muchos adolescentes —y jóvenes como yo— terminen en tratamientos que buscan aliviar algo que no sabemos nombrar. Ansiedad. Pánico. Tristeza crónica. Rumores mentales que no nos dejan en paz.
Pero me preocupa que, mientras buscamos ayuda, carguemos con culpa o con miedo.
Me preocupa que pensemos que tomar un medicamento nos hace menos, o raros, o extraños.
Me preocupa que nos dé miedo hablar del impacto emocional que esto tiene en nuestra identidad.
Y creo que también me preocupa que la sociedad no se siente a escucharnos de verdad.
A veces, cuando escribo, pienso en lo que mi papá decía tantas veces: “la vida es una conversación constante con uno mismo”. Y creo que eso aplica más que nunca ahora. Porque el problema no es tomar antidepresivos. El problema es no saber cómo acompañar esa experiencia. No saber cómo hablar de ella sin miedo. No saber cómo decir “tengo dudas, tengo miedos, no sé qué pasará con mi vida emocional”.
Y es ahí donde entra la parte espiritual, esa que aprendí casi sin querer leyendo artículos de Amigo de ese Ser Supremo (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com). Esa parte que te recuerda que no eres solo química, ni solo cuerpo, ni solo emociones sueltas. Que hay una fuerza que te sostiene, una luz que se enciende incluso en los pensamientos más oscuros.
No importa si crees en Dios, en el universo, en la energía o en ti mismo.
Importa creer que no estás solo.
Importa creer que tu identidad no se pierde por una pastilla.
Importa creer que eres más grande que cualquier proceso mental.
Yo no sé cuál será la solución global a este fenómeno. No sé si la respuesta está en las familias, los colegios, los sistemas de salud, la sociedad o en todos al mismo tiempo. Lo único que sé es que somos una generación que está pidiendo ayuda a gritos silenciosos. Una generación que está aprendiendo a hablar de salud mental sin vergüenza, pero que aún tiene miedo de hablar de lo que esa salud mental afecta en sus vínculos, en sus sensaciones internas, en su capacidad de amar, conectar y sentirse vivo.
Y creo que el camino empieza con algo que suena simple, pero no lo es:
hablarnos con verdad.
Decir: “Esto es lo que siento”.
Decir: “Esto es lo que temo”.
Decir: “Esto es lo que no entiendo”.
Decir: “Necesito apoyo”.
Decir: “Estoy en proceso”.
Porque crecer no es tener todo claro.
Crecer es poder decirlo.
Si hoy estás leyendo esto y te identificas con algo —con el vacío, con la duda, con la pastilla que te acompaña, con el temor a que te cambie más de lo que quieres— quiero decirte algo desde el corazón:
no estás roto.
no estás dañado.
no estás menos.
Estás viviendo.
Estás aprendiendo.
Estás atravesando un camino que muchos no entienden, pero que tú sí puedes honrar.
Y aunque a veces parezca que la vida emocional y la identidad se pueden desacomodar, nunca pierdes tu esencia. Lo más importante de ti no lo toca una pastilla. Lo más importante de ti nace de un lugar que no se puede medicar: tu espíritu, tu capacidad de sentir, tu alma que insiste, tu luz que no se apaga.
Y tal vez este mundo se volvió demasiado ruidoso, demasiado pesado, demasiado exigente para quienes apenas estamos empezando a vivir. Pero eso no significa que no podamos encontrar nuestro ritmo, nuestra voz, nuestra verdad.
Todo lo contrario.
Quizás esta generación —mi generación— será la que aprenda a nombrar lo que nadie quería hablar. La que entienda que la salud mental no es debilidad. Que buscar ayuda no es vergüenza. Que tener dudas sobre el cuerpo, sobre la conexión emocional, sobre el futuro… es parte de crecer con conciencia.
Somos la generación que está aprendiendo a ser humana sin pedir perdón por sentir.
Ese es nuestro verdadero cambio.
¿Sentiste que esto te habló directo al corazón?
Escríbeme, cuéntame tu historia o compártelo con quien sabes que lo necesita.