jueves, 27 de noviembre de 2025

Por qué algunos gatos son naranjas y tan peculiares? Una reflexión que va más allá de la genética



No sé en qué momento exacto empecé a fijarme en esto, pero siempre que veo un gato naranja siento que estoy frente a un personaje. No una mascota cualquiera, no un simple animal, sino un ser con una vibra particular… como si llevara una historia escrita en la piel. Puede sonar exagerado, pero si alguna vez has convivido con uno, sabes exactamente de qué hablo: tienen algo. No sé si llamarlo actitud, imprudencia adorable, valentía irresponsable o una especie de brillo interno que los hace diferentes. La ciencia dice que es pura genética. Pero la vida, al menos para mí, nunca ha sido solo eso.

Cuando leí el artículo que hablaba de por qué los gatos naranjas son tan “especiales”, entendí que sí, hay temas biológicos detrás: el gen que determina ese color está ligado al cromosoma X, lo que hace que la mayoría sean machos, y también hay estudios que mencionan que su comportamiento podría tener una mezcla de genética + experiencias tempranas. Pero algo en mí siempre intenta ver más allá. Me pasa desde pequeño: miro lo normal y encuentro un hilo invisible que conecta lo cotidiano con algo más profundo. Tal vez eso viene de crecer en una familia donde observar, analizar y preguntarse era parte de la vida diaria. Mi papá siempre ha escrito sobre la esencia humana, sobre espiritualidad, sobre esas capas invisibles de lo que somos (si no sabes de qué hablo, date la vuelta por su blog “Bienvenido a mi Blog” https://juliocmd.blogspot.com/ y verás por qué digo esto).

Así que cuando la ciencia dice “los gatos naranjas son así por genética”, yo lo entiendo… pero no me basta. Porque la vida me ha demostrado que detrás de cada explicación lógica hay otra historia que se siente más real: la que vemos cuando vivimos con ellos.

Tal vez por eso también me conecté con lo que escribí alguna vez en mi propio blog (https://juanmamoreno03.blogspot.com/). A veces siento que los animales nos enseñan una forma más honesta de ser. Los gatos, sobre todo los naranjas, me recuerdan algo que olvidamos cuando crecemos: que la vida se vive en el presente, con la intensidad de un salto mal calculado pero auténtico. Y que uno no nace para esconderse, sino para explorar, incluso cuando no se sabe qué puede salir mal.

He conocido gatos naranjas tan temerarios que parecían creer que tenían siete vidas confirmadas por contrato. Otros tan cariñosos que te desarman sin pedir permiso. Algunos testarudos al punto de discutir con la gravedad. Y otros que simplemente observan, silenciosos, como si entendieran algo que nosotros no. Y aunque hay miles de artículos que intentan explicar este “fenómeno” desde comportamientos evolutivos, hay una parte humana en mí que cree que lo peculiar de estos gatos viene de cómo conectan con nosotros.

Quizá esa peculiaridad que proyectamos en ellos sea también un espejo de nuestras propias contradicciones. A veces somos valientes, otras indecisos, a veces muy afectivos, otras cerrados. Somos caos y calma. Somos dudas y certezas. Somos… naranjas.
Y esa mezcla es lo que nos hace sentir vivos.

Cuando estaba revisando el contenido para escribir este blog, recordé también algunas reflexiones sobre convivencia y vínculos que he leído en el blog Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/). Ahí entendí que incluso los animales hablan a su manera, que lo que llamamos “peculiar” es en realidad una forma distinta de comunicación. Es como si los gatos naranjas tuvieran un lenguaje interno, uno que no busca ser interpretado sino vivido. Y me hace pensar que muchas veces queremos que la lógica lo explique todo, pero lo más bonito de la vida sucede en esa zona donde la lógica se queda corta.

Ese mismo pensamiento aparece en otra parte importante de mi vida: la espiritualidad. No la espiritualidad forzada, sino esa conexión sincera con algo más grande. A veces también escribo sobre eso, influenciado por un blog que siempre me ha acompañado: Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/). Y entonces entiendo que hasta un gato naranja puede ser un recordatorio de que hay cosas que vienen a sacudirnos, a despertarnos, a mostrarnos que no todo tiene que estar bajo control para tener sentido.

Si lo piensas bien, quizás por eso nos parecen tan especiales: porque son impredecibles, intensos, caóticos, amorosos… y eso es exactamente lo que nosotros los humanos intentamos ser sin perder la compostura. Los gatos naranjas viven una versión más libre de lo que nosotros reprimimos.

Hay algo más que siempre me ha llamado la atención: la gente que tiene un gato naranja suele tener historias peculiares alrededor de él. Desde saltos imposibles hasta momentos casi místicos. Y aunque la ciencia dice que esto es sesgo de percepción, yo creo que es más un recordatorio de que cada ser tiene su energía propia, su forma de impactar la vida de otros. Como las personas que llegan cuando no las esperas y dejan huella. Como las experiencias que parecen pequeñas pero que marcan un antes y un después.

También pensé en cómo, desde la Organización Empresarial Todo En Uno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/), hemos hablado de la importancia de observar los detalles, de entender los patrones, de mirar más allá de lo evidente. Un gato naranja es precisamente eso: un patrón que rompe patrones.

Y tal vez esa sea la gran lección.

A veces creemos que todo está explicado. Que la ciencia ya lo dijo todo, que lo emocional es opcional, que la espiritualidad es un accesorio y que la intuición solo sirve para poemas en redes sociales. Pero la vida –lo digo desde lo que he vivido, desde mis 21 años de entender cosas por golpes y por susurros– no funciona así. La vida es mezcla. Es ciencia y misterio. Es genética y actitud. Es comportamiento y alma. Es razón y caos. Es un gato naranja caminando por el borde de una mesa, desafiando todo lo que creemos saber.

Siento que escribir sobre ellos es en realidad escribir sobre nosotros. Sobre cómo queremos comprender el mundo con fórmulas, cuando a veces lo único que necesitamos es observar con sinceridad. Sobre cómo nos aferramos a lo predecible porque nos da seguridad, pero lo que realmente nos transforma es lo que sorprende. Sobre cómo buscamos respuestas externas, cuando algunas de las más importantes están en lo simple: en un animal que vive sin miedo a ser lo que es.

Quizá por eso me gustan tanto. Porque en ellos veo la mezcla que soy: instinto, duda, curiosidad, energía, contradicción. Y esa autenticidad –tan rara hoy– es lo que realmente vale la pena cuidar.

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 Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

miércoles, 26 de noviembre de 2025

¿Juzgan los perros a las personas? Una reflexión que va más allá de la ciencia, más allá de lo humano



A veces uno se encuentra pensando cosas raras —o al menos, cosas que no todo el mundo se atreve a pensar— mientras observa a su perro, o al perro de alguien más, mirarnos como si supiera algo que nosotros ignoramos. Esa mirada larga, profunda, que no esquiva. Y ahí, aunque uno quiera hacerse el fuerte, surge esa pregunta que parece tontica pero que, cuando la miras bien, revela un universo entero: ¿los perros nos juzgan?

Lo curioso es que la ciencia ya ha intentado responderlo. El artículo de Antrozoología plantea que sí son capaces de evaluar ciertos comportamientos humanos, distinguiendo entre acciones cooperativas o egoístas. No “juzgan” en términos morales como nosotros, pero sí detectan quién aporta, quién hace daño, quién rompe la armonía del ambiente. En otras palabras: sienten las intenciones.

Pero yo quiero ir más allá del titular científico. Quiero ir a ese punto donde lo que sentimos se mezcla con lo que sabemos, donde la experiencia se cruza con la intuición. Porque, si algo he aprendido en estos 21 años, es que los perros no hablan… pero dicen mucho más que mucha gente que sí tiene boca.

Y aquí es donde este tema deja de ser sobre perros y empieza a ser sobre nosotros.

Hay momentos en los que uno siente que un perro lo mira como preguntándose si está bien, aunque uno mismo no se haya dado cuenta de que está mal. Como si detectaran el cansancio emocional antes que uno mismo. Y no es magia: es presencia. Ellos viven en un nivel en el que nosotros nos olvidamos de habitar. Están aquí, ahora, contigo. No están acelerados por el pasado ni angustiados por el futuro.

Me hace pensar en algo que escribí hace un tiempo en mi blog personal, en EL BLOG JUAN MANUEL MORENO OCAMPO (https://juanmamoreno03.blogspot.com/) donde hablaba sobre la intuición que uno desarrolla cuando aprende a escuchar de verdad. Y sí, aunque suene loco, siento que los perros nos escuchan sin sonido: nos escuchan en el alma.

Quizá por eso hay personas a las que un perro jamás se acercaría. No porque sean “malas” —aunque a veces sí—, sino porque no son transparentes. Porque hay algo que no alinea su energía con lo que dicen. Los perros no filtran discursos bonitos: sienten vibraciones. No se tragan el cuento.

Y ahí es donde yo, personalmente, me doy cuenta de que sí, quizás sí nos juzgan… o nos leen, que es distinto. Porque leer no es condenar: es comprender lo que está ahí, en silencio.

Cuando era niño veía cómo los perros de la casa se pegaban a mi abuelo. Él no tenía que llamar, ni ofrecer comida: bastaba su presencia tranquila para que los animales lo reconocieran. Y ahora que soy adulto, entiendo que no eran ellos siguiéndolo a él… sino su energía. Mi abuelo tenía esa paz de quien sabe quién es y no necesita demostrarlo todo el tiempo.

Pensándolo bien, esa misma sensación la he visto reflejada en muchas de las reflexiones que reposan en MENSAJES SABATINOS (https://escritossabatinos.blogspot.com/): esa voz que te habla despacio sobre cómo la coherencia es la mayor forma de verdad. Creo que a los perros les pasa lo mismo: siguen la coherencia.

Y si lo transfiero a mi vida actual, me doy cuenta de que muchas veces los seres humanos actuamos justo al revés. Tratamos de impresionar a los demás, de proyectar una imagen, de decir lo “correcto”. Pero un perro, cuando no le gustas, simplemente se aleja. No arma drama, no se inventa excusas. No te manda indirectas en redes. Simplemente no se acerca. Y cuando sí le gustas, se nota. No hay matices, no hay filtros.

La pureza emocional de un perro no cabe en nuestra sociedad sobreexplicada.

Otra cosa que me impresiona —y que también visto desde el lado espiritual adquiere más peso— es cómo los perros parecen sentirse atraídos por quienes cargan luz. Y no me refiero a personas perfectas, porque nadie lo es; me refiero a personas sinceras consigo mismas, incluso si están rotas.

En el blog AMIGO DE. Ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/) aparece mucho esa idea de que la luz no es ausencia de sombras, sino la capacidad de abrazarlas sin fingir. Y yo creo que los perros lo perciben: no huyen de tus sombras, huyen de tus máscaras.

Ellos saben cuándo uno está forzando la sonrisa, cuándo está actuando para “quedar bien”, cuándo dice “estoy bien” pero huele a tormenta interna. Y no lo juzgan —al menos no como lo haría un humano—, sino que permanecen, se acercan, te tocan con la pata como diciendo “yo estoy aquí, aunque tú no lo estés para ti”.

Tal vez lo que llamamos “juicio” no es juicio. Tal vez es una lectura emocional más honesta que la nuestra.

Algo que me llamó la atención del artículo base es que habla de cómo los perros pueden reconocer si alguien es amable o cruel observando interacciones pasadas. Para mí eso es fascinante, porque confirma algo que todos hemos sentido: los perros detectan la intención detrás del acto.

Una vez, caminando en Manizales, vi un perro callejero que evitaba por completo a una persona en particular. Y no es que le hubiera hecho daño —al menos no en ese momento—, pero esa reacción me indicó que había algo ahí, algo que no se veía. Cuando uno es observador entiende que los perros no reaccionan al presente solamente; reaccionan a la historia emocional que cargan las personas.

Y aquí es donde uno como joven termina aprendiendo lecciones que nadie le enseñó en el colegio: tu energía siempre entra en la habitación antes que tú. Y los perros lo saben mejor que nadie.

A veces siento que la gente que dice “no me gustan los perros” en realidad quiere decir “no me gusta que me vean sin máscara”. Y no pasa nada. Todos tenemos miedo de ser vistos de verdad.

Pero también he visto lo contrario: perros que llegan corriendo a personas que están emocionalmente quebradas, como si quisieran sostenerlas sin palabras. Eso me hace pensar en cómo funciona la empatía pura, esa que no tiene agenda.

Hay días en los que uno mismo quisiera tener esa capacidad, esa pureza que no juzga por lo que la gente muestra, sino por lo que vibra. Ojalá los humanos aprendiéramos a no juzgar desde la superficie, sino desde la verdad emocional. Ojalá fuéramos capaces de identificar, como ellos, cuando alguien solo está pidiendo ayuda en silencio.

Curiosamente, esa es una enseñanza que se conecta con muchas reflexiones que he visto en BIENVENIDO A MI BLOG (https://juliocmd.blogspot.com/): la importancia de mirar más adentro, no solo afuera. Y pienso que si los perros pudieran hablar, quizá nos dirían que lo que duele no es lo que hacemos… sino lo que somos cuando nadie nos ve.

En mi caso personal, siento que mis grandes aprendizajes han venido de esas presencias silenciosas que no exigen nada pero lo dan todo. Y los perros están en esa lista. No son maestros con diploma, no tienen discursos armados, no escriben libros… pero enseñan.

Nos enseñan que la verdadera lealtad no se promete, se practica.
Que la presencia vale más que mil explicaciones.
Que el amor no es teatro.
Que la energía no miente.

Y aunque suena cliché, es real: los perros no se fijan en tu ropa, en tus títulos, en tus seguidores de redes o en tus logros. Se fijan en tu alma. Y cuando un perro confía en ti, es porque has hecho algo bien… incluso si tú mismo no te has dado cuenta.

A veces me pregunto si los perros tienen una conexión más directa con lo espiritual que nosotros. No lo digo desde la fantasía, lo digo desde lo evidente: viven con el corazón abierto. No guardan rencores, no se autodestruyen pensando en lo que “pudo ser”, no pretenden. Y en ese estado, quizá perciben cosas que nosotros —estresados, acelerados, preocupados por el qué dirán— dejamos de sentir.

Hace poco escribí una reflexión sobre la presencia en el blog de mi papá, y mencionaba cómo la ansiedad nos roba el instante. Y siento que los perros vienen a recordarnos eso: que el presente es habitable, no solo transitable.

Lo que interpretamos como “juicio” puede ser simplemente que están más despiertos que nosotros.

Entonces, ¿los perros juzgan a las personas? Esa pregunta, al final del día, no tiene una respuesta única.
Científicamente: evalúan comportamientos.
Emocionalmente: leen intenciones.
Espiritualmente: perciben vibraciones.
Humanamente: nos reflejan.

La verdad es que los perros no juzgan… revelan.
Nos muestran quiénes somos en el silencio.
Nos ayudan a ver lo que escondemos detrás del ruido.
Nos sostienen cuando se nos cae la máscara.

Y quizá eso es lo más cercano a ser juzgado, pero también lo más cercano a ser visto de verdad.

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Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

martes, 25 de noviembre de 2025

¿Podremos hablar con los animales gracias a la IA? Una pregunta que revela más de nosotros que de ellos



Siempre me han impresionado esos silencios que existen entre los seres vivos. Ese instante en el que miras a un animal a los ojos y, sin que haya palabras, sabes que algo pasa ahí. Algo se mueve, algo se reconoce. Desde pequeño sentí que los animales saben más de nosotros que nosotros de ellos. Quizá porque no les pesa el ego, ni la ansiedad del futuro, ni la culpa del pasado. Ellos simplemente están.

Pero ahora, en pleno 2025, la ciencia y la tecnología empiezan a tocar un terreno que antes parecía mágico: la posibilidad de hablar con los animales mediante inteligencia artificial. No como un sueño, no como una película… sino como una línea de investigación real que avanza mientras nosotros todavía estamos aprendiendo a hablar entre nosotros mismos.

Hace unos días leí el artículo “¿Podremos hablar con los animales gracias a la IA?” y me quedé pensando en lo que significaría para nuestra generación entrar en esa conversación. No solo por la ciencia, sino por lo que revela de cómo vemos el mundo, la vida y nuestra responsabilidad.

Porque hablar es poder. Y cuando la humanidad empieza a buscar “traducir” lo que otro ser siente, piensa o expresa, sin importar la especie, la pregunta no debería ser solo “¿podremos?”, sino “¿estamos preparados para hacerlo?”

La IA no está inventando el lenguaje animal. Está intentando escucharlo.

Uno de los errores más comunes es creer que la IA va a “crear” formas de comunicación animal-humanos desde cero. Pero, en realidad, lo que está haciendo es otra cosa: interpretar patrones, encontrar significados en vibraciones, gestos, frecuencias, sonidos, tensiones musculares, movimientos de cola, microexpresiones.

Digamos que la IA no está enseñando a los animales a hablar…
Está enseñándonos a escuchar.

Muchos estudios —como los proyectos con delfines, elefantes, abejas o pulpos— apuntan a que cada especie tiene su propio sistema de comunicación muy complejo, lleno de matices, ritmos y códigos que nosotros ni alcanzamos a imaginar.

Lo que me fascina es que esta tecnología no busca imponerles nuestro idioma, sino descifrar el suyo. Y en esa idea hay algo de humildad, algo que como humanidad hemos perdido.

Pensé mucho en eso después de escribir un post sobre silencio interior en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/) donde reflexiono sobre cómo a veces el ruido nos impide entender hasta lo más básico de nuestra propia existencia.
Pues bien… creo que con los animales nos pasa igual.

El ruido humano —nuestro ruido— siempre ha tapado la voz del resto del planeta.

La IA como puente… pero también como espejo

Hace años, en una entrada de “Bienvenido a mi blog” (https://juliocmd.blogspot.com/) encontré una frase que mi papá había escrito:
“La comunicación no es solo transmitir, es ser digno de ser escuchado”.

Esa frase me volvió ahora, con más fuerza.

Porque si la IA realmente nos permite entender las señales animales, también nos va a obligar a responder algo más profundo:
¿Somos dignos de ser parte de esa conversación?

Imagínate que pudiéramos escuchar la angustia de un animal en cautiverio.
O la sensación de un bosque cuando empieza a ser talado.
O el estrés de un perro cuando las luces y los ruidos de la ciudad lo abruman.
O la calma inmensa que siente una tortuga cuando regresa al mar.

La IA sería, entonces, no solo un puente comunicativo, sino un espejo moral.

Y eso —para mí— es lo verdaderamente revolucionario.

Hablar con animales no cambiará a los animales. Cambiará a los humanos.

Cuando era niño, crecí rodeado de historias que mi familia contaba sobre respeto, conciencia y responsabilidad. En el blog “Amigo de ese Ser Supremo en el cual crees y confías” (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/) se habla mucho de esa relación entre la creación y el creador, sin importar cuál sea tu creencia. Algo así como entender el valor sagrado de lo vivo.

Creo profundamente que si un día llegamos a “hablar” con un animal mediante IA, no es ellos quienes más cambiarán: seremos nosotros.

Ellos ya se comunican.
Ellos ya sienten.
Ellos ya entienden su lugar en el mundo.

Los desconectados somos nosotros.

Y por eso me pregunto:
¿Qué pasará cuando la IA nos traduzca su dolor?
¿Qué haremos cuando podamos “escuchar” el sufrimiento que hemos normalizado?
¿Cómo vamos a justificar nuestras decisiones cuando la víctima pueda expresarse, aunque sea mediante un algoritmo que interpreta su comportamiento?

Imagínate que un pez pudiera, a través de datos, “decirnos” que sufre más de lo que creemos.
O que un ave “revelara” que el ruido urbano altera su orientación.
O que una vaca pudiera “comunicar” estrés, miedo o ansiedad antes del sacrificio.
¿Seguiríamos igual?

A veces creo que la ciencia se está acercando demasiado rápido a la sensibilidad, mientras la humanidad se acerca demasiado lento a la empatía.

Pero también está la otra cara: la esperanza

En mi propio blog (https://juanmamoreno03.blogspot.com/) he escrito varias veces sobre la sensación de ser joven en un mundo que cambia a la velocidad de la luz. Ese vértigo entre lo que nos ilusiona y lo que nos asusta.

Con este tema me pasa exactamente eso.

Por un lado, me inquieta la idea de que la tecnología llegue a tener tanta sensibilidad que la humanidad misma no la alcance.
Pero por otro lado, me llena de esperanza pensar que podríamos experimentar una conexión más profunda con la vida.

Imagina que un día la IA nos permita saber cuándo un perro siente alegría sincera.
O cuándo un caballo necesita descanso.
O cuándo un gato quiere afecto, no independencia.
O cuándo una abeja detecta peligro en el ambiente.

La tecnología podría convertirse en una especie de traductor emocional entre especies.
Y eso, para una generación como la nuestra —que vive con el corazón en una mano y el celular en la otra— sería una revolución espiritual.

Una que nos haría mejores.

¿Y si el mensaje de los animales es más simple que todo esto?

Hay algo que me inquieta desde que empecé a pensar en este blog.
Tal vez, cuando por fin podamos “hablar” con los animales, descubramos un mensaje que siempre estuvo ahí, pero no quisimos escuchar.

Algo simple.
Algo obvio.
Algo humano.

Quizá digan cosas como:

“¿Por qué corren tanto?”
“¿Por qué se hacen daño entre ustedes?”
“¿Por qué destruyen lo que necesitan para vivir?”
“¿Por qué olvidaron que son parte de nosotros?”
“¿Por qué ya no miran al cielo?”
“¿Por qué dejaron de escucharse?”

O tal vez nos digan lo contrario:
“Gracias por salvarme.”
“Gracias por jugar conmigo.”
“Gracias por verme.”
“Gracias por estar.”

Y ahí, en cualquiera de esas posibilidades, está la semilla de una verdad:
no estamos buscando hablar con los animales… estamos buscando escucharnos a nosotros mismos.

La IA no viene a descifrar sonidos de ballenas.
Viene a descifrar la parte de nuestra conciencia que hemos perdido.

Lo que siento hoy, como joven, como persona y como habitante de este planeta

A mis 21 años, después de ver tantas cosas buenas y malas en este mundo, y de aprender tanto de mi familia, de la espiritualidad y de los silencios que la vida me ha puesto por delante, creo que la pregunta real no es si podremos hablar con ellos.

La pregunta es:
¿Por fin escucharemos lo que siempre han tratado de decirnos?

Porque la comunicación no empieza cuando entendemos palabras.
Empieza cuando reconocemos vida.

Y tal vez, solo tal vez, esta tecnología sea el inicio de un nuevo capítulo donde dejemos de creernos dueños del planeta y empecemos a ser compañeros de él.

Ojalá la IA nos enseñe a escuchar antes que a hablar.
Y ojalá nosotros sepamos aprender.

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lunes, 24 de noviembre de 2025

Cédula para tu perro o gato? Una idea que despierta más preguntas que respuestas



Hay temas que aparecen de repente en redes o en las noticias y uno siente que le tocan fibras que no sabía que tenía. Eso me pasó con la idea de crear una especie de “cédula” o registro oficial para perros y gatos en Colombia. La noticia volvió a circular hace poco —ese tipo de temas que no mueren, solo cambian de forma— y, aunque pareciera algo simple, realmente toca capas más profundas: la forma en que nos relacionamos con los animales, la manera como funcionan nuestras instituciones, y hasta qué tanto estamos preparados para asumir responsabilidades reales como sociedad.

Cuando leí los titulares, mi primera reacción fue cuestionar si esto es una solución o solo una formalidad. No soy radical, no voy por la vida diciendo “sí” o “no” a la primera. Soy más de mirar alrededor, de observar a la gente, de escuchar historias, de mirar lo que veo cuando camino por el barrio o cuando acompaño a alguien a adoptar un animal. Y a veces uno encuentra cosas que no siempre caben en un proyecto de ley.

He aprendido en casa —entre conversaciones largas, reflexiones que empiezan en el comedor y terminan en los blogs que leo desde niño, como Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/) o los textos espirituales de Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/)— que la vida siempre es más compleja de lo que parece. Y que cada decisión trae consecuencias visibles y otras que solo se entienden años después. Con los animales pasa lo mismo: creemos que son “mascotas”, pero en realidad son vínculos, espejos, silencios que acompañan, terapias vivientes que muchos ni buscan, pero reciben sin darse cuenta.

En teoría, una cédula para animales suena lógica. Permitiría identificar al responsable, ayudaría a reducir el abandono, permitiría controlar vacunas, facilitaría denuncias en caso de maltrato, organizaría adopciones, y daría un paso hacia reconocer que un animal no es un objeto. Pero la pregunta que siempre me hago es: ¿estamos listos como sociedad para una medida así? ¿O solo estamos poniendo un parche para la herida sin limpiarla primero?

He visto demasiados casos de abandono para pensar que una cédula lo resolvería todo. He visto familias que adoptan con emoción y meses después no pueden sostenerlo. Personas que aman profundamente a sus animales, pero no tienen los recursos para atenderlos. Otras que los ven como parte de su familia, y otras que los usan como accesorios para una foto y luego los descartan. No es cómodo decirlo, pero es real. Lo vi reflejado incluso en una reflexión que publiqué hace un tiempo sobre los vínculos y el abandono temprano en mi blog personal (https://juanmamoreno03.blogspot.com/), y no era solo sobre personas: aplica también para cómo tratamos a los animales.

Y entonces me pregunto: ¿qué es más urgente, registrar a los animales o educar a los humanos?

La idea de un documento para mascotas toca un tema profundo: la responsabilidad. Y la responsabilidad no se tramita. No te la entregan en ventanilla. No se renueva cada diez años. La responsabilidad nace en un gesto sencillo: escoger a alguien —un animal, una persona, un sueño— y comprometerte de verdad. Eso nadie te lo enseña en la ley. Eso lo aprendes en la vida, en la familia, en los blogs que te siembran preguntas y no respuestas, como en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/), donde cada reflexión va más allá de lo inmediato.

Pero también entiendo la intención. Vivimos en un país donde hay miles de animales abandonados, donde cada día se publican casos de maltrato, donde muchos municipios no tienen refugios suficientes, donde los voluntarios hacen más que las instituciones. En un lugar así, registrar oficialmente a los animales podría ser un paso para crear estadísticas reales, políticas públicas y programas de protección. No se trata solo de tener un número y una foto, sino de empezar a construir datos para transformar la realidad. Y ahí sí veo valor.

Sin embargo, también pienso en quienes no tienen recursos. En los barrios donde la gente rescata animales porque sí, porque el corazón se les ablanda sin pensarlo dos veces. En los abuelos que viven solos con un perro sin raza que encontraron en la calle. En las familias que apenas pueden con lo justo, pero aun así comparten su comida con su gato. ¿Una cédula sería un beneficio o una nueva carga? ¿Ayudaría o excluiría?

Cada vez que reflexiono sobre esto, termino conectado con ideas que he leído en los blogs de mi familia, especialmente en Organización TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/), donde se habla de la responsabilidad desde un enfoque más empresarial, pero que igual aplica: nada cambia de verdad mientras la cultura no cambia. Y la cultura no cambia desde la ley, sino desde la conciencia.

La noticia también generó reacciones fuertes entre animalistas. Algunos creen que es una invasión innecesaria, otros que es una oportunidad para que el Estado se tome en serio la protección animal. Yo siento que ambas posiciones tienen algo de razón. No podemos negar que el país necesita orden y reglas para que las cosas funcionen. Pero tampoco podemos pensar que registrar a los animales es suficiente para transformar nuestra relación con ellos.

La verdad es que amamos a los animales, pero también los usamos, los olvidamos, los romantizamos o los idealizamos. Son compañía, pero no reemplazan a las personas. Son seres vivos, pero a veces los tratamos como adornos. Y creo que todo eso debe entrar en la conversación, aunque incomode.

Hay algo que me quedó sonando de la lectura de Amigo de ese ser supremo (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/): la idea de que la vida te pone frente a seres —humanos o animales— que vienen a enseñarte algo. Yo sé que suena espiritual, pero lo digo desde lo más simple: los animales nos muestran quiénes somos cuando nadie nos ve. ¿Cómo los tratamos? ¿Qué hacemos cuando lloran, cuando ladran, cuando se enferman? ¿Seguimos ahí o buscamos excusas?

Si alguna vez has visto a un perro acompañar a alguien en silencio durante un duelo, o a un gato sentir la energía de una casa cuando la tristeza es pesada, sabes que no estamos hablando de trámites. Estamos hablando de vínculos.

Y tal vez esa sea la conversación que nos falta: hablar menos de cédulas y más de relaciones verdaderas. De educación emocional. De respeto. De empatía. De entender que un animal no es un juguete para diciembre ni una moda. Que son almas pequeñas que sienten, que sufren, que esperan.

Por eso creo que, si este proyecto avanza, debería venir acompañado de campañas serias de adopción responsable, de programas que ayuden a esterilizar, de apoyo económico para quienes no puedan asumir todos los costos, de educación en colegios, de políticas reales contra el maltrato. Sin eso, una cédula es solo un documento más.

A veces pienso que la vida sería más fácil si los humanos tuviéramos el mismo nivel de lealtad, amor sin condiciones y sinceridad que tienen los animales. Ellos no necesitan papeles para saber quiénes somos. Solo nos miran y lo entienden. Tal vez, en ese sentido, somos nosotros quienes necesitamos una cédula emocional que nos recuerde cómo tratar a los seres que dependen de nosotros.

Y mientras escribo esto, vuelvo a mi blog (https://juanmamoreno03.blogspot.com/) y me repito algo que me dijo mi papá hace muchos años: “La verdadera responsabilidad no te la imponen; te la ganas con tus actos”. Si vamos a hablar de registrar animales, hablemos también de registrarnos a nosotros mismos frente a ellos. ¿Quién soy yo para el animal que me acompaña? ¿Soy hogar o soy ruido? ¿Soy refugio o soy ausencia?

El país puede crear leyes, pero solo tú decides el tipo de relación que construyes.

Ser joven en Colombia es aprender a cuestionar todo sin perder la esperanza. Y este tema, aunque parezca menor, es una oportunidad para pensar en el tipo de sociedad que queremos. Una donde los animales sean vistos con dignidad, sí. Pero también una donde el amor responsable no se legisle, sino que se viva.

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domingo, 23 de noviembre de 2025

Cómo es un divorcio en la Generación Z?



(Un ensayo desde la voz de un joven que está aprendiendo a amar en tiempos líquidos)

A veces siento que mi generación vive con el alma en modo “pantalla dividida”. Una parte quiere construir historias profundas, de esas que uno imagina que contarán los hijos o los nietos; y otra parte está cansada, agotada, descreída, preguntándose si todavía vale la pena creer en algo que dure. Entre esas dos fuerzas nos movemos, y por eso hablar de divorcio en la generación Z es casi como hablar del amor mismo: hay que tener valor para mirarlo de frente.

He escuchado a muchos decir que divorciarse a los veintitantos o treintaitantos es “fracasar tempranito”. Pero yo lo veo distinto. Mi generación no se divorcia por moda ni por falta de compromiso —aunque claro, hay quienes de verdad nunca aprendieron lo que significa comprometerse—. Más bien, se divorcia porque crecimos viendo relaciones sostenidas por silencio, miedo, presión social o el deseo de encajar en lo que una familia debía ser. Muchos crecimos preguntándonos si eso era amor… o costumbre.

Y cuando nos tocó a nosotros amar, con todos los contrastes del mundo digital, decidimos que no queríamos repetir patrones que le dolieron a nuestros padres y abuelos.

A veces me siento dividido entre mis ganas de creer en el amor romántico, como lo escribe mi familia en sus blogs —esas reflexiones profundas sobre la vida, la fe y el sentido, como las que encuentro en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/) o en Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/)— y la realidad de mis amigos, que hablan del amor casi como un contrato flexible: “si deja de servir, se termina”.

La verdad es que el divorcio en la generación Z está lleno de paradojas. Podemos conectar con miles de personas con un solo toque, pero desconectarnos emocionalmente de alguien con ese mismo gesto. Podemos construir intimidad profunda por mensajes de voz a las 2:00 a.m. y perderla al día siguiente con un “creo que esto no está funcionando”.

Amamos rápido. Nos ilusionamos rápido. Y a veces nos vamos rápido.

Pero también sentimos profundo, casi brutalmente profundo.

Quienes piensan que el divorcio para un joven es más fácil que para generaciones anteriores no conocen la sensación de terminar una vida que recién estaba empezando a ser vida. No saben lo que es ver cómo un plan conjunto —viajes, mascotas, proyectos, sueños— se convierte en carpetas sueltas de Google Drive que ya no sabemos si borrar o guardar “por si algún día”.

He escuchado historias de parejas que se casaron en pandemia porque pensaron que la vida era frágil, y luego se divorciaron porque descubrieron que ellos mismos también lo eran. Otros se casaron porque querían construir “lo que no tuvieron”, y terminaron dividiéndose porque nunca aprendieron cómo construirlo. Y también están quienes lo intentaron todo, quienes fueron a terapia, quienes leyeron libros, quienes buscaron respuestas en la espiritualidad —como tantos textos hermosos que he leído en Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/)— y aun así no lo lograron.

No por falta de amor, sino porque el amor no fue suficiente.

Mi generación creció con la idea de reinventarse cada cierto tiempo. Cambiar de carrera, de ciudad, de estilo de vida… de pareja. A veces esa flexibilidad es libertad; otras veces, excusa. Pero el divorcio, cuando llega, nos confronta con la parte más humana que tenemos: esa que no se arregla con actualizaciones, ni con parches, ni con “modo oscuro”. Esa que duele, que te deja vacío, que te obliga a mirarte en un espejo que ya no tiene al otro reflejando tus mejores partes.

Y sin embargo, algo curioso pasa: incluso en ese dolor, surge la claridad.

Un amigo que se divorció a los 24 me dijo hace poco: “No sabía quién era hasta que tuve que volver a vivir solo conmigo mismo”. Y yo pensé en cuántas veces evitamos estar con nosotros mismos porque nos da miedo descubrir que aún estamos incompletos. Por eso muchos divorcios en la generación Z no son rupturas… son renacimientos.

Pero renacer también cansa.

Mi generación sabe que amar implica decidirse a sentir, aunque duela. Y divorciarse, aunque suene extraño, también es un acto de amor: amor propio, amor por la verdad, amor por la libertad de ambos. No siempre, claro. A veces es berrinche. A veces es impulsivo. A veces es herida. Pero muchas veces, es valentía.

He leído muchas reflexiones sobre relaciones en El blog Juan Manuel Moreno Ocampo (https://juanmamoreno03.blogspot.com/) y siempre encuentro un hilo común entre generaciones: todos queremos ser vistos, escuchados y elegidos. No solo al principio, también después. También cuando la vida se pone pesada. También cuando el otro cambia —porque siempre cambiamos—.

Tal vez lo que diferencia a la generación Z no es que se divorcie más o menos, sino que lo hace con menos vergüenza y más consciencia. No para evitar comprometerse, sino para dejar de sostener lo insostenible. Para no repetir cadenas emocionantes disfrazadas de destino.

Y aun así, tenemos esperanza.

Sí, somos una generación que se divorcia. Pero también somos una generación que está aprendiendo a pedir perdón, a hablar de emociones, a ir a terapia, a reconocer traumas, a sanar heridas familiares… cosas que generaciones anteriores no siempre tuvieron el espacio de hacer. Somos hijos del caos, pero también de la conciencia.

Yo creo que, en el fondo, el divorcio en mi generación no es el final de una historia. Es el final de una versión de nosotros mismos que ya no puede crecer ahí. Y eso, aunque duela, es profundamente humano.

A veces pienso que tal vez amar hoy requiere más valentía que nunca. Porque debemos construir algo sólido en un mundo líquido. Porque debemos entregarnos sin garantías. Porque debemos aceptar que nada es “para siempre”, pero que aun así vale la pena construir como si lo fuera.

Eso, para mí, es madurar.

Amar con esperanza, aunque sepamos que existe el divorcio.
Amar con presencia, aunque exista la distracción.
Amar con verdad, aunque duela.

Al final, un divorcio no define a mi generación.
Lo que nos define es cómo seguimos creyendo —en nosotros, en el amor, en la vida— después de atravesarlo.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

sábado, 22 de noviembre de 2025

Dormir con tu perro o tu gato: lo que nadie te dice sobre la salud, el alma y la compañía silenciosa



Hay temas que a veces parecen bobos, simples, de esos que la gente despacha con un “ay, es normal” o con “no pasa nada, todo el mundo lo hace”. Pero cuando uno realmente los mira con calma, desde la vida y no desde la teoría, descubre que detrás hay preguntas profundas, conexiones invisibles y decisiones que pueden tocar el cuerpo, las emociones y hasta esa parte nuestra que no sabemos nombrar. Dormir con nuestras mascotas es uno de esos temas.

Y lo digo yo, un joven de 21 años que ha tenido noches completas acompañado por el ronroneo de un gato que parecía más sabio que yo, y otras compartidas con un perro que respiraba como si estuviera tratando de sincronizarse con mi cansancio. No sé si a ti también te ha pasado, pero a veces una mascota entiende silencios que la gente no escucha. En ese sentido, dormir junto a ellas parece tan natural como respirar. Pero también tiene matices que vale la pena mirar sin romantizarlo demasiado.

Leí recientemente que algunos veterinarios, estudios y especialistas en comportamiento animal están alertando que compartir la cama con perros y gatos tiene implicaciones reales para la salud. No solo en términos de higiene, sino también de sueño, de ansiedad, de vínculos y de dinámicas que uno no siempre reconoce. Y aunque esa información no es nueva, sí está más actualizada hoy que nunca porque ahora entendemos cosas que antes se ignoraban: transmisión de parásitos, afectaciones al sueño profundo, señales de dependencia emocional y hasta temas de seguridad en personas con alergias latentes.

Pero más allá de lo científico, quería traer esta conversación a un plano más humano, más cotidiano, más de ese espacio donde uno cuestiona sus hábitos sin juzgarse. Porque la vida no es una lista de reglas médicas; es un tejido raro donde conviven lo que nos gusta, lo que nos sana, lo que nos complica y lo que nos acompaña.

Dormir con tu perro o tu gato puede ser un acto de amor, sí. Pero también un espejo de cosas internas que a veces evitamos ver.

A mí me gusta pensar que los animales tienen un tipo de lenguaje silencioso, uno que se parece al de nuestros pensamientos cuando no queremos decirlos en voz alta. He aprendido eso leyendo textos como los de “Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías” (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com), donde se habla de esa conexión más allá de lo físico, esa intuición que uno siente cuando un animal se te acurruca sin pedir permiso. Y a veces creo que esa conexión emocional es la que nos impulsa a dejarlos dormir con nosotros: buscamos sentirnos acompañados sin explicar nada.

Pero la realidad es que compartir la cama también puede alterar nuestras rutinas más básicas. Los veterinarios lo dicen con claridad: los animales tienen ciclos de sueño distintos a los nuestros. Se levantan, se mueven, reaccionan a ruidos, necesitan espacio, cambian de posición, jadean, ronronean, se estiran encima de ti o te empujan sin querer. Y aunque tu corazón lo agradezca, tu cuerpo no siempre está tan feliz de perder horas de sueño profundo.

Conozco a personas que no duermen bien desde hace años, pero no lo relacionan con el hecho de que su perro de 30 kilos se acomode como si fuera el dueño de la cama. Y ahí es donde entra esa responsabilidad adulta que uno va aprendiendo poco a poco: no todo lo que se siente bonito nos hace bien.

Creo que esa es una de las enseñanzas más duras que he ido entendiendo en el camino, y también una de las que más menciono en mi propio blog “El Blog Juan Manuel Moreno Ocampo” (https://juanmamoreno03.blogspot.com). La vida adulta es un equilibrio extraño entre lo que deseas y lo que necesitas. Entre lo que te llena el alma y lo que te mantiene sano. Entre el afecto y los límites.

Pero volvamos a los animales, porque ellos también sienten, también aprenden y también se acostumbran. Algunas veces, dormir con tu mascota puede fortalecer el vínculo, hacerla sentir segura y reducir su ansiedad. Otras, puede hacer que el animal desarrolle dependencia, territorialidad o comportamientos difíciles de manejar cuando intentas cambiar la rutina. Los veterinarios de hoy insisten en algo que antes no se decía tanto: nuestros hábitos moldean la conducta de la mascota más de lo que creemos.

Y aquí me hago una pregunta que tal vez tú también te has hecho:
¿Qué tanto dormimos con nuestras mascotas por amor, y qué tanto para evitar nuestra propia soledad?

No es una pregunta para juzgarte, es más como una invitación a mirarte desde adentro. Porque la compañía de un perro o un gato puede ser hermosa, pero no debe ser el reemplazo de nuestra relación con nosotros mismos.

Hace poco, leyendo un texto de Bienvenido a mi Blog (https://juliocmd.blogspot.com), encontré una frase que me quedó sonando durante días: “El silencio también te dice quién eres cuando dejas de usar compañía como excusa.” Tal vez por eso el tema de dormir con las mascotas toca fibras tan profundas. Porque uno no solo comparte espacio; también comparte estados emocionales que no siempre identifica.

Hay personas que duermen con su perro o su gato porque les hace sentir protegidos. Otras porque la casa se siente muy grande, o muy fría, o muy sola. Otros lo hacen porque crecieron así y no imaginan la vida de otra manera. Pero también están quienes lo hacen por costumbre, sin detenerse a revisar si sigue siendo lo mejor para ambos.

Y también está la parte espiritual. No religiosa, sino esa conexión que uno siente con los seres vivos. Hay estudios que dicen que los animales pueden percibir nuestras emociones de forma más sensible que algunos humanos. A mí no me sorprende. Hay días en los que un gato se me acerca justo cuando necesito estar acompañado y no digo una sola palabra. Eso no es magia; es sensibilidad pura.

Pero hay un lado delicado en esa conexión: cuando convertimos a nuestras mascotas en el único refugio emocional que tenemos. Cuando dependemos de ellas para dormir, para calmarnos, para sentirnos acompañados. Y aunque eso no está “mal” en sí mismo, sí puede ser un aviso de que hay algo en nosotros que pide atención.

Expertos en salud mental dicen que la dependencia emocional hacia una mascota puede pasar desapercibida porque se disfraza de ternura. Nadie te cuestiona por amar a tu perro. Nadie critica que duermas con tu gato. Pero a veces esa práctica revela vacíos más profundos que quizá llevamos cargando desde hace años.

También está el tema sanitario, del que mucha gente habla sin entenderlo del todo. No se trata de que los animales sean “sucios” —eso sería injusto e ignorante— sino de que su biología es distinta. Acarrean microorganismos propios de su especie que nuestro cuerpo no siempre sabe manejar. Parasitosis, hongos, ácaros, bacterias… nada de esto es nuevo, pero sigue siendo subestimado. Y aunque con un buen cuidado veterinario los riesgos disminuyen muchísimo, nunca desaparecen del todo.

Por eso algunos especialistas recomiendan algo tan simple como mantener una cama separada para la mascota dentro de la misma habitación. Así mantienes compañía sin sacrificar salud. Suena lógico, ¿no? Pero la lógica a veces se estrella contra el amor, y ahí es donde cada uno debe decidir qué necesita realmente.

Hay un artículo en Organización TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com) que habla del equilibrio entre bienestar emocional y decisiones conscientes. Aunque el contexto es empresarial, la idea aplica aquí: no todo lo que nos gusta es sostenible. Y me quedé pensando en eso, en cómo uno puede amar profundamente a su mascota y aun así tomar decisiones que prioricen la salud.

Al final, creo que dormir con tu perro o tu gato no es ni bueno ni malo por sí solo. Es una experiencia que depende de cómo estás tú, cómo está tu mascota, cuáles son tus hábitos y qué buscas en ese acto silencioso de compartir la noche.

Hay quienes lo necesitan para calmar la ansiedad. Hay quienes lo hacen sin pensarlo mucho. Hay quienes sienten que la vida pesa menos cuando escuchan la respiración de su mascota justo al lado. Y también existen quienes prefieren dormir solos porque ese espacio les pertenece.

La pregunta de fondo —la verdadera, la que importa— no es si deberías o no dormir con tu mascota.
Es para qué lo haces.

¿Para sentir compañía?
¿Para llenar un vacío?
¿Para calmar un miedo?
¿O porque realmente ambos descansan mejor así?

Cuando uno responde eso con honestidad, sin máscaras ni excusas, encuentra claridad. Y esa claridad es lo que nos permite elegir sin culpa, sin presión social y sin miedo a admitir lo que necesitamos de verdad.

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Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”