Es curioso cómo uno empieza a hacerse preguntas profundas por cosas aparentemente pequeñas. A mí me pasó leyendo una noticia sobre gatos que viven en interiores y una sustancia llamada bisfenol A, o BPA. Al principio suena técnico, lejano, casi como algo que solo le importa a científicos o veterinarios. Pero cuando lo miras con calma —como suelo hacerlo, con la experiencia diaria, las conversaciones familiares, el contacto con la tecnología y esa espiritualidad silenciosa que acompaña mis días— te das cuenta de que el tema no es solo químico: es profundamente humano.
Vivo en una generación que creció rodeada de plástico. Botellas, empaques, juguetes, cables, pantallas. Todo. El plástico no era el villano; era la solución. Barato, práctico, duradero. Nadie nos advirtió que esa durabilidad también significaba permanencia en el cuerpo, en el ambiente y, ahora lo sabemos mejor, en los seres que amamos, incluidos los animales con los que compartimos casa. El bisfenol A es una de esas sustancias que estuvo “ahí” durante años sin que le prestáramos atención. Se usa para fabricar plásticos duros y resinas epóxicas, y está presente en envases, latas, pisos, recibos térmicos y hasta en algunos objetos que creemos inofensivos.
Lo que más me inquietó del artículo que leí no fue solo el nombre raro del BPA, sino la forma en que llega a los gatos que viven en interiores. Los gatos no solo comen o beben; se lamen. Se limpian con una disciplina que ya quisiéramos muchos humanos. Y ahí está el detalle: el BPA se deposita en el polvo doméstico. Ese polvo que parece invisible pero que está en el suelo, en los muebles, en los juguetes, en los rascadores. El gato pisa, se acuesta, se impregna… y luego se lame. Día tras día. Sin elección.
Cuando entendí eso, no pude evitar pensar en algo más grande. Los gatos que viven en interiores dependen completamente de nuestras decisiones. De lo que compramos, de cómo limpiamos, de los materiales que elegimos para la casa. Y eso, llevado a otro nivel, es exactamente lo que pasa con nosotros mismos. Vivimos rodeados de decisiones que otros toman, de sistemas que parecen normales, de hábitos heredados que no siempre cuestionamos. En el fondo, el BPA no es solo un químico: es un símbolo de una vida acelerada que rara vez se detiene a pensar en las consecuencias.
Los estudios recientes han reforzado la preocupación. El bisfenol A es un disruptor endocrino. Eso significa que puede interferir con el sistema hormonal, tanto en humanos como en animales. En gatos se ha asociado a alteraciones metabólicas, problemas reproductivos y posibles efectos en el sistema inmune. No es que un día despierten enfermos por tocar plástico, pero sí hay una exposición constante, silenciosa, acumulativa. Y esa palabra —acumulativa— me golpea fuerte. Porque así funcionan muchas cosas en la vida: no nos dañan de golpe, nos desgastan poco a poco.
Esta reflexión me llevó inevitablemente a pensar en cómo hemos normalizado vivir rodeados de riesgos invisibles. No solo químicos. También emocionales, digitales, sociales. Lo he escrito antes en mi propio espacio, en El blog Juan Manuel Moreno Ocampo, cuando hablo de cómo la conciencia no llega de repente, sino que se construye a partir de pequeñas incomodidades que decidimos no ignorar. El BPA es una de esas incomodidades modernas.
Algunos podrían decir: “Bueno, ¿y qué hacemos? No podemos vivir en una burbuja”. Y es cierto. No se trata de vivir con miedo, sino con criterio. Cambiar envases plásticos por vidrio o acero, ventilar mejor los espacios, limpiar con métodos menos agresivos, reducir el uso de productos innecesarios. Son decisiones pequeñas, pero conscientes. Me recuerda mucho a esas reflexiones que aparecen en Mensajes Sabatinos, donde una y otra vez se insiste en que la espiritualidad no está separada de lo cotidiano, sino que se vive en cómo cuidas, cómo eliges, cómo te haces responsable de lo que te rodea.
También hay algo profundamente espiritual en la relación con los animales. No desde una espiritualidad religiosa rígida, sino desde esa conexión silenciosa con la vida. En Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías se habla mucho de la responsabilidad que implica amar: amar no es solo sentir, es proteger. Y proteger hoy implica informarse, cuestionar y ajustar hábitos. Nadie nos pide perfección, pero sí presencia.
Me parece importante decir algo más: este tema no es una moda. En los últimos años, varios países han restringido el uso del BPA, especialmente en productos infantiles. Sin embargo, muchos objetos domésticos aún lo contienen o contienen sustitutos similares que tampoco son completamente inocuos. Vivimos en una época en la que la información está disponible, pero la conciencia sigue siendo una elección personal. Y ahí es donde entra nuestra generación, la mía. Los que nacimos con internet, pero también con una sensación rara de que algo no cuadra del todo en la forma en que vivimos.
A veces siento que nuestra misión no es “arreglar el mundo”, sino hacerlo un poco más honesto. Más coherente. Si sabemos que algo puede dañar, aunque no lo veamos de inmediato, ¿por qué seguir igual? Esa pregunta no solo aplica al BPA y los gatos. Aplica al consumo, a las relaciones, a la forma en que trabajamos y nos tratamos. De hecho, en Bienvenido a mi blog he leído reflexiones que vienen desde otra generación, la de mis mayores, y que coinciden sorprendentemente con lo que muchos jóvenes sentimos hoy: el cansancio de vivir sin preguntarnos por qué.
Los gatos que viven en interiores son, en cierto modo, un espejo. Son sensibles, silenciosos, observadores. No se quejan, pero sienten. Como muchas personas. Como muchos jóvenes. Como muchas familias que viven rodeadas de sistemas que prometieron bienestar y entregaron comodidad a costa de salud, tiempo y conexión. El BPA es solo una letra más en una lista larga de cosas que nos invitan a despertar.
No escribo esto para alarmar, sino para acompañar. Para decir: está bien no saberlo todo, pero no está bien no querer saber nada. Está bien empezar de a poco. Cambiar un envase. Leer una etiqueta. Preguntarle al veterinario. Ventilar la casa. Cuidar al gato. Cuidarte a ti. Todo suma. Todo cuenta.
Tal vez dentro de unos años miremos atrás y nos sorprenda que alguna vez normalizamos tantas cosas dañinas. Tal vez no. Pero hoy, ahora, tenemos la oportunidad de vivir con un poco más de verdad. Y eso, al menos para mí, ya es un acto de amor.
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