lunes, 17 de noviembre de 2025

El gato invisible (y lo que revela de nosotros)



Dime la verdad...

¿Cuántas horas al día duerme tu gato?

No tú, ¿eh? Tu gato.
(Que nos conocemos).

Si tu respuesta es “muchas”, “casi todo el día” o “apenas lo veo despierto”, necesito que sigas leyendo.
No solo porque puede que tu gato esté deprimido, sino porque tal vez —sin darte cuenta— tú también lo estés.

Los gatos duermen entre 12 y 16 horas al día. Suena envidiable, lo sé.
Pero cuando duermen más de 18 o 20 horas, cuando ya no juegan, no exploran, no se acercan a ti ni muestran curiosidad… eso no es calma.
Eso es desconexión.

La veterinaria Andrea Jiménez Borrero lo llama “el gato invisible”: un animal que no está enfermo, pero que ha dejado de vivir.
Y me impactó esa idea porque, mientras leía sobre ellos, no podía dejar de pensar en nosotros.

¿Cuántas veces hacemos lo mismo?
Comemos, dormimos, trabajamos, repetimos.
No gritamos, no rompemos nada, no pedimos atención.
Pero dentro, algo se apaga.
Nos volvemos humanos invisibles.

Un gato invisible no caza ni siquiera por juego.
No tiene desafíos mentales ni rutinas que lo estimulen.
Vive en un entorno cómodo, pero vacío.
Y lo peor es que no se queja.
No hace ruido, no rompe nada.
Solo se rinde.

Y entonces me pregunto:
¿cuántas personas viven rendidas sin saberlo?
¿Cuántos jóvenes —de mi edad o mayores— están dormidos con los ojos abiertos, creyendo que “así es la vida”?

En mi casa, a veces miro a mi gato y pienso que es un espejo.
Cuando está curioso, alerta, cuando salta o juega con una sombra, siento que la vida también me mira así: esperando que me mueva, que me atreva, que explore.
Pero cuando lo veo dormido todo el día, en el mismo rincón, quieto, casi sin alma, algo dentro de mí se reconoce en él.

Y es que nosotros también hemos perdido el juego.
Dejamos de cazar sueños.
Dejamos de explorar nuevas rutinas.
Dejamos de saltar sin saber si caeremos de pie.

Nos decimos: “Estoy tranquilo”, pero en realidad estamos anestesiados.
Nos acostumbramos a la calma del sofá, al piloto automático, a la repetición que parece paz.

Pero la calma no siempre es equilibrio.
A veces es resignación.
A veces es miedo disfrazado de serenidad.

Leí en Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías que “Dios no te observa para juzgarte, sino para recordarte que aún puedes despertar.”
Y esa frase, tan simple, me recordó algo esencial:
no se trata solo de abrir los ojos, sino de abrir el alma.

Tu gato necesita estímulos. Tú también.
Un paseo, una conversación real, un cambio de rutina, un proyecto que te emocione, un silencio que no sea vacío.
Pequeñas cosas que te devuelvan el pulso de estar vivo.

Porque el aburrimiento crónico no es descanso: es desconexión.
Y tanto el gato como el humano necesitan un propósito que los despierte.

A veces pienso que somos una generación que vive rodeada de pantallas, pero con el alma en modo “ahorro de energía”.
Nos movemos rápido, pero sentimos lento.
Y la vida se convierte en eso: un loop predecible, cómodo, pero sin alma.

Mientras tanto, los gatos —esos maestros silenciosos— nos enseñan algo más profundo que cualquier video motivacional:
la importancia de estar presentes, de observar, de jugar, de sentir.

No se trata solo de cuidar al gato.
Se trata de cuidar la conexión.

Porque cuando un gato vuelve a jugar, vuelve a confiar.
Y cuando nosotros volvemos a sentir, también lo hacemos.

Recuerdo haber leído en Mensajes Sabatinos una frase que me marcó:
“Quien deja de buscar, empieza a apagarse.”
Y sí.
Un gato invisible deja de buscar porque cree que ya no hay nada que encontrar.
Un ser humano invisible hace lo mismo.

La buena noticia es que ambos pueden despertar.

El gato puede volver a moverse si alguien lo invita a hacerlo.
Y tú puedes recuperar la energía si decides cambiar un solo hábito:
salir, mirar, hablar, escribir, rezar, jugar, amar.

No necesitas hacer mucho.
Solo dejar de ser un espectador de tu propia vida.

Tu gato no está durmiendo tanto porque esté cómodo, sino porque no tiene nada que hacer.
Y tú no estás cansado porque trabajes demasiado, sino porque ya no te emocionas por casi nada.

El cansancio del alma se parece mucho al sueño del gato invisible: silencioso, prolongado, invisible para los demás.
Pero dentro, ambos esperan algo.
Esperan un llamado.

Y ese llamado puede ser una caricia, una conversación, una nueva ilusión o un recordatorio de que todavía hay algo por descubrir.

En Bienvenido a mi blog, una vez escribí:
“El alma se alimenta de movimiento, pero también de sentido.”
Y cuanto más lo pienso, más claro me queda: lo contrario de la depresión no es la alegría, sino el sentido.
Lo que nos salva no es dormir más, sino despertar mejor.

Hoy, mientras escribo esto, mi gato me mira con esos ojos medio abiertos que no sabes si sueñan o piensan.
Y siento que me está recordando algo:
la vida no está hecha solo para descansar en ella, sino para vivirla.

Así que, si tu gato duerme más de lo normal, no te alarmes, pero obsérvalo.
Juega con él, háblale, préstale tu energía.
Haz lo mismo contigo.

Si te has sentido invisible, aburrido, o simplemente apagado, recuerda:
no naciste para dormirte en la rutina.
Naciste para moverte, explorar y conectar.

Tal vez ese gato que duerme veinte horas solo está esperando a que tú despiertes primero.


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Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

domingo, 16 de noviembre de 2025

El consejo que nadie te dará para tu negocio (y para tu vida)



A veces pensamos que emprender —o simplemente vivir— es como correr una maratón con la lengua afuera. Nos levantamos con el reloj mental apurado, revisamos el celular apenas abrimos los ojos, y sentimos que si no hacemos algo “productivo” en los primeros minutos del día, estamos perdiendo.
Pero te lo digo de frente: no se trata de correr. Se trata de resistir, de sostenerte, de encontrar un ritmo que no te rompa.

Y no lo digo desde el cliché motivacional. Lo digo porque lo he sentido. Porque alguna vez también me creí ese cuento de que para lograr algo grande había que sufrir. Que si uno no estaba agotado al final del día, no estaba trabajando “de verdad”.
Hasta que entendí algo: si tu negocio, tus estudios o tu propósito te enferman, no estás emprendiendo... estás sobreviviendo.

He visto a personas que aman lo que hacen terminar odiándolo, no por falta de pasión, sino por exceso de exigencia.
Y no solo hablo de empresas. Hablo de relaciones, de proyectos, de sueños.

Aprender a ser flexible

Cuando escuché la palabra flexibilidad en el contexto de los negocios, me pareció un chiste. ¿Cómo vas a ser flexible con las metas si todos te dicen que hay que “dar el 200%”?
Pero luego entendí que ser flexible no es rendirse: es recordar que también somos humanos.

Lo aprendí de mi familia, de esas conversaciones en las que mi papá o mi abuelo me decían que la vida no siempre premia al más rápido, sino al que sabe parar, observar y continuar sin romperse.
Y en ese punto, entendí que la verdadera disciplina no es seguir un plan a ciegas… es tener el coraje de ajustarlo sin sentir culpa.

En el emprendimiento —y en la vida—, uno puede tener mil planes, pero la vida tiene su propio algoritmo. No todo se calcula, y está bien.
Si un cliente no responde, si un proyecto no arranca, si un sueño se retrasa… no es el fin del mundo.
Quizás es el universo recordándote que no todo depende de ti.

El equilibrio que nadie te enseña

En la universidad nadie te enseña a cuidar tu salud mental cuando decides crear algo tuyo.
Tampoco te enseñan a dormir bien cuando la cabeza no se apaga o cuando sientes que tu esfuerzo no da frutos inmediatos.
Nos llenan de fórmulas, pero pocas veces de humanidad.

Hace poco leía un artículo de Organización TodoEnUno.NET sobre cómo las empresas modernas están empezando a entender que la sostenibilidad no solo es ambiental, sino emocional (organizaciontodoenuno.blogspot.com).
Y pensé: tal vez el futuro de los negocios no está en hacer más, sino en hacer mejor… con alma.

Porque un negocio, una carrera o un sueño no deberían ser cárceles. Deberían ser extensiones de quienes somos.
Si algo te roba la paz, incluso si te da dinero, pregúntate si realmente vale la pena.

Emprender también es sanar

A veces creemos que emprender es una lucha contra el mundo, pero casi siempre es una reconciliación con uno mismo.
Con tus miedos, con tus expectativas, con lo que crees que deberías ser.

Yo también he tenido días en que quiero mandar todo al carajo.
Días en que la mente se llena de “no puedo”, “no sirvo”, “no avanzo”.
Y justo ahí aparece la prueba más grande: seguir, pero con calma.

Porque seguir no significa ignorar lo que duele, sino avanzar reconociéndolo.
El descanso también es parte del camino.

Hay una entrada en Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías que lo dice mejor de lo que yo podría: “Cuando aprendes a soltar el control, descubres que todo sigue su curso igual, solo que ahora tú respiras distinto.” (amigodeesegransersupremo.blogspot.com)
Y esa frase me acompaña cada vez que siento que el mundo va más rápido de lo que puedo correr.

El verdadero propósito

¿Y si el propósito no fuera ganar, sino sostenerse sin perder el alma?
¿Y si la meta no fuera tener un negocio rentable, sino una vida habitable?

Eso no significa dejar de soñar, ni dejar de exigirse.
Significa entender que tu valor no depende del resultado.
Que no hay éxito que compense perderte en el proceso.

Cuando lees cosas como las que escriben en Bienvenido a mi blog (juliocmd.blogspot.com), entiendes que el conocimiento solo tiene sentido si te transforma.
Y yo creo que eso mismo aplica al emprendimiento: de nada sirve facturar si te quedas vacío.

Así que el consejo que nadie te da —ni en las redes, ni en los cursos, ni en los libros— es este:
💬 Aprende a ser flexible.
No con tus sueños, sino con tus tiempos.
No con tus valores, sino con tus caminos.

Porque de nada sirve tener un negocio que crece si tú te apagas en el intento.

Emprender sin dejar de vivir

Cuando entendí que mi vida no gira alrededor de lo que hago, sino que lo que hago nace de mi vida, todo cambió.
Empecé a disfrutar más, a crear con menos miedo y a entender que los tropiezos también hacen parte del guion.

No todo lo que emprendas debe ser eterno. No todo fracaso es pérdida.
Y no toda pausa es retroceso.

A veces, parar es la única forma de escuchar lo que realmente importa.

Por eso, si estás emprendiendo —o simplemente intentando encontrarte—, te dejo esto:
No olvides comer bien, dormir bien, reírte, salir, abrazar, equivocarte.
La vida no es un tablero de Excel.
Es una experiencia.

Y cuando el equilibrio se convierte en tu prioridad, hasta los negocios florecen.

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"A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad."

sábado, 15 de noviembre de 2025

Los gatos NO son independientes


Hay frases que se repiten tanto que uno termina creyéndolas sin pensarlo demasiado. Una de esas, quizás la más peligrosa para los gatos, es esa que suena lógica y hasta poética:

“Los gatos son animales independientes.”

Cada vez que la escucho, me produce una mezcla de tristeza y reflexión. No solo por lo que implica para ellos, sino por lo que revela de nosotros, los humanos. Es una frase que parece inocente, pero encierra una verdad más profunda: creemos que independencia significa no necesitar a nadie. Y eso, en el fondo, es una mentira que nos está haciendo daño a todos los seres que sentimos.

Un gato no es un mueble elegante con vida. No es una sombra silenciosa que solo se deja ver cuando tiene hambre. No es una criatura que disfruta de la soledad como un acto heroico.
Es, ante todo, un ser emocional, con un lenguaje distinto al nuestro, pero con las mismas necesidades esenciales: afecto, atención, juego, compañía, presencia.

He visto gatos que esperan en la ventana el sonido de las llaves. Gatos que maúllan suave, casi con timidez, solo para verificar que uno sigue ahí. Gatos que se acuestan sobre el pecho de su tutor porque el corazón late al ritmo que ellos reconocen como hogar.
Eso no tiene nada de independencia. Tiene todo de vínculo.

El mito de la autosuficiencia

Decimos que los gatos “no necesitan a nadie” porque no nos ruegan.
Porque no nos buscan de forma escandalosa.
Porque pueden pasar horas en silencio.
Pero eso no significa que estén bien.
El silencio no siempre es paz.
A veces es resignación.

Hay estudios recientes (como los del Journal of Feline Medicine and Surgery, 2023) que demuestran que los gatos sufren ansiedad por separación, cambios de rutina y falta de estímulo. No ladran, no hacen destrozos, pero su estrés se manifiesta en pequeños comportamientos: dormir demasiado, dejar de comer, acicalarse en exceso o esconderse.
Y lo más duro es que muchos tutores lo interpretan como “tranquilidad”.
Una calma que no es calma. Una independencia que no es libertad.

Esto me recuerda algo que escribí hace tiempo en El blog de Juan Manuel Moreno Ocampo: la falsa idea de que crecer es “ya no necesitar a nadie”. Nos enseñaron que ser fuerte es no depender, no pedir, no mostrar. Pero la fuerza verdadera está en reconocer que los vínculos nos sostienen, incluso cuando no queremos admitirlo.
El gato lo entiende mejor que nosotros: puede estar solo, pero necesita saber que hay un lazo, un amor que no desaparece cuando se cierra la puerta.

Lo que los gatos nos enseñan sobre el amor silencioso

Los gatos aman en otro idioma.
No en el de las palabras ni en el de las demostraciones obvias, sino en gestos diminutos: un roce, un parpadeo lento, una cercanía tranquila. Ese lenguaje requiere presencia, observación y humildad.
Si no sabes mirar, nunca lo entenderás.

Algo similar pasa con la espiritualidad. No es una voz que grita, sino una presencia que acompaña en silencio. Y quizás por eso, convivir con un gato puede ser una forma de meditación.
Cuando se acurruca junto a ti sin pedir nada, te enseña a estar, sin expectativa ni exigencia.
Es como si dijera: “No necesito que hagas, solo que seas”.

Hay una publicación en Amigo de ese Ser Supremo en el cual crees y confías que habla sobre eso: cómo lo divino se manifiesta en lo cotidiano, incluso en un animal que nos observa con calma. Y creo que ahí está parte del mensaje. Los gatos no son independientes de nosotros, ni nosotros de la vida. Todo está conectado. La interdependencia es el verdadero equilibrio.

Cuando decimos “independencia”, a veces hablamos de miedo

Si lo pienso bien, esa necesidad de creer que los gatos son autosuficientes no nace del conocimiento… sino del miedo.
El miedo a vincularnos, a fallarles, a sentirnos responsables, a reconocer que algo nos necesita y que nosotros también necesitamos.
Nos da miedo aceptar que el amor crea dependencia. Y preferimos disfrazarlo de libertad.

Pero la libertad real no es aislarse. Es elegir conscientemente conectar, cuidar y dejarse cuidar.
Un gato libre no es el que no necesita a nadie.
Es el que vive en un entorno donde su naturaleza es comprendida, respetada y amada.
Y eso incluye tiempo de juego, rutinas, interacción, atención veterinaria, y sobre todo, presencia emocional.

Así como en nuestras relaciones humanas.
No basta con estar en la misma casa o con mandar un mensaje de vez en cuando.
El vínculo necesita calor, coherencia, mirada.
Lo decía en un texto de Bienvenido a mi blog: “Nos acostumbramos tanto a la ausencia que ya no sabemos reconocer la presencia.”
Y quizá por eso creemos que los gatos son independientes. Porque ya olvidamos cómo se siente depender sin miedo.

La sociedad del “no necesito a nadie”

Vivimos en una cultura que glorifica la independencia como un trofeo.
“Hazlo solo.”
“No dependas de nadie.”
“Sé autosuficiente.”
Y así creamos generaciones enteras de personas que confunden aislamiento con madurez.

Pero el mundo no se sostiene por los que caminan solos, sino por los que saben acompañar.
El gato nos lo recuerda con su sola existencia: el silencio también puede decir “te necesito”.
Solo hay que aprender a escucharlo.

Esa independencia que le atribuimos es, en realidad, una invitación a comprender mejor la sutileza.
A reconocer que no todo amor grita. Que algunos amores solo se sienten en la piel, en la mirada, en la respiración compartida.
Y que, en ese silencio, hay más verdad que en mil palabras.

Cuidar como acto de amor consciente

Tener un gato no es solo alimentarlo.
Es entenderlo.
Crear un ambiente que respete su naturaleza.
Observarlo cuando cambia de comportamiento.
Y sobre todo, ofrecerle compañía sin invadir.
Un gato te enseña que el amor no es control, sino presencia.
Que acompañar no es sujetar, sino sostener con respeto.

A veces pienso que el planeta sería distinto si tratáramos a los demás —humanos, animales o la Tierra misma— con esa misma sensibilidad.
Si reconociéramos que todos necesitamos compañía, aunque algunos lo demuestren de forma distinta.
Y que cuidar no nos hace menos libres.
Nos hace más humanos.

En Mensajes Sabatinos hay textos que hablan de ese tipo de cuidado que no busca recompensa, que simplemente brota del alma. Porque al final, eso somos: seres que solo florecen cuando aman y son amados.
Y los gatos, con su elegancia silenciosa, nos lo recuerdan cada día.

No, tu gato no es independiente. Y tú tampoco.

Tu gato te necesita.
Te necesita para sentirse seguro, para regular su ansiedad, para comprender el mundo a través de tus gestos.
Te necesita aunque no lo diga.
Y tú también lo necesitas, aunque no lo admitas.

Quizás por eso los gatos se parecen tanto a los humanos.
Ambos fingimos independencia, pero en el fondo anhelamos conexión.
Ambos callamos, esperando que el otro entienda sin palabras.
Ambos amamos en silencio, con miedo, con ternura.

No, los gatos no son independientes.
Y ojalá nosotros tampoco lo fuéramos tanto.
Porque en esa aparente independencia, a veces, se nos muere un poco la capacidad de sentir.
Y sentir, después de todo, es lo que nos mantiene vivos.

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“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

viernes, 14 de noviembre de 2025

Tu gato no está vago, le duele el cuerpo



Nunca había pensado que los animales pudieran enseñarnos tanto sobre el silencio… hasta que un día noté que mi gato, ese pequeño compañero que antes saltaba con elegancia por toda la casa, empezó a mirar los muebles como si fueran montañas imposibles. Ya no corría detrás de los hilos que colgaban, ni se escondía debajo del sofá como cuando era un cachorro. Solo lo observaba todo, en quietud.

Al principio creí que era flojera. O que se había vuelto “viejo”. Porque eso es lo que uno escucha: “los gatos mayores duermen más”, “ya no tienen energía”, “se vuelven tranquilos”. Pero detrás de esa aparente calma se escondía algo más profundo. Era dolor.

No el dolor que se grita o se muestra, sino ese que se calla por instinto. Los gatos, como muchas personas, aprenden desde su naturaleza a no mostrar debilidad. En la selva o en la calle, mostrarse vulnerable puede significar no sobrevivir. Y tal vez por eso, incluso en el entorno más seguro, siguen ocultando su malestar.

Con el tiempo me di cuenta de que no era solo mi gato. Muchos animales callan lo que sienten. Pero lo que más me golpeó fue darme cuenta de cuánto se parece eso a nosotros mismos.

Hay personas que, como los gatos, dejan de saltar a sus lugares favoritos de la vida. Ya no se ríen igual, ya no buscan lo que antes los llenaba, ya no comparten con la misma energía. Y el mundo, que está tan lleno de juicios, suele decirles que están “cambiados”, “apagados” o “desmotivados”. Pero tal vez no es eso. Tal vez les duele el cuerpo… o el alma.

Cuando entendí eso, comencé a mirar distinto. No solo a mi gato, sino a la gente que amo. A veces, el silencio no es flojera. Es cansancio. Es un cuerpo que pide pausa. Es un corazón que está intentando sanar en silencio, igual que un animal que busca su rincón para lamer sus heridas sin molestar a nadie.

Mi gato me enseñó algo que no leí en ningún libro: el dolor no siempre se muestra con lágrimas, sino con ausencia. Con pequeñas renuncias cotidianas. Con ese “ya no hago esto” que uno normaliza porque cree que “ya pasó la etapa”.

Los veterinarios dicen que más del 80 % de los gatos mayores de doce años sufre de artrosis. Pero si uno no observa, pasa desapercibido. No cojean, no maúllan, no se quejan. Solo cambian sus hábitos. Dejan de saltar, dejan de acicalarse, dejan de jugar.

Y entonces pensé: ¿cuántas veces nosotros también disfrazamos el dolor de rutina?
¿Cuántas veces decimos “no tengo ganas” cuando en realidad queremos decir “me cuesta intentarlo”?
¿Cuántas veces dejamos de buscar lo que nos hacía felices solo porque duele enfrentarlo?

Cuidar de mi gato se convirtió en un espejo. Lo llevé al veterinario, le recetaron suplementos, cambiamos su rutina. Puse una pequeña rampa para que pudiera subir al sofá, elevé sus platos para que no tuviera que agacharse tanto, recorté el borde de su arenero para que entrara con facilidad.

Y mientras hacía todo eso, sentí que también estaba aprendiendo a cuidarme a mí mismo. Porque cada cambio que hacía para él era una metáfora: poner rampas donde antes había saltos, facilitar el camino, aceptar que hay etapas en las que el cuerpo —y el alma— ya no responden igual.

Cuidar es un acto silencioso. No tiene que ver con grandes gestos, sino con pequeñas atenciones. Con mirar más allá de lo evidente.
Mi gato me enseñó que amar también significa observar sin exigir.

Hoy lo veo dormir más, pero ya no con ese gesto de rigidez que antes me preocupaba. Lo veo acomodarse despacio, ronronear suave, agradecer con la mirada. No necesita palabras para decirme que se siente mejor.

Y cada vez que lo acaricio, recuerdo algo que leí una vez en el blog Amigo de ese Ser Supremo: que toda forma de vida es una expresión del mismo amor universal.
Esa frase cambió mi forma de relacionarme con los animales. Entendí que lo espiritual no siempre se manifiesta en templos o meditaciones, sino también en la forma en que tratamos a quienes dependen de nosotros.

También pienso que este tipo de conciencia debería ser parte de cómo entendemos la vida cotidiana, incluso en otros ámbitos. En el trabajo, por ejemplo, he visto cómo algunos compañeros que solían estar llenos de energía ahora se quedan quietos, callados, ausentes. Y no, no es que se “acomodaron”. Es que están cargando con un tipo de dolor invisible.

Así que cuando alguien deje de hacer algo que antes amaba, no lo juzgues enseguida. Tal vez no es desinterés, sino una herida que todavía no sabe cómo mostrar.

En mi caso, el cuidado de mi gato se volvió una metáfora de cómo acompañar al otro sin invadirlo, cómo ofrecer ayuda sin hacerlo sentir débil, y cómo aceptar que la vejez —en animales y en personas— no es decadencia, sino otra forma de sabiduría.

El dolor, cuando se acepta, deja de ser enemigo. Se vuelve maestro.
Y eso aplica también a los gatos. Ellos no quieren lástima. Solo comprensión.

Por eso, si notas que tu gato ya no salta al sofá, no lo llames “vago”. Si ya no juega, no pienses que perdió el interés. Si duerme más, no digas que “se volvió perezoso”. Observa, acompaña, adapta.

A veces, los seres más sabios de la casa no hablan. Solo esperan que aprendamos a escuchar con el corazón.

No sé cuánto tiempo más estará conmigo, pero sí sé que cada día intento hacerlo un poco más fácil para él. Y en ese proceso, curiosamente, también la vida se ha vuelto más fácil para mí. Porque cuidar de otro ser te recuerda lo esencial: que todos, en algún momento, necesitamos que alguien nos ponga una pequeña rampa en medio del camino.


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jueves, 13 de noviembre de 2025

Tu gato no te está insultando, te está diciendo algo



Hay días en los que la vida parece hablarte con gestos que no entiendes.
Un mensaje que llega tarde, una mirada que no logras descifrar, un silencio que pesa más que mil palabras.
Y entre todo eso, está tu gato. Ese ser que habita contigo, pero que muchos creen que “no dice nada”.

He visto a personas reírse de los gestos de sus gatos, llamarlos indiferentes o creídos. Pero, si te detienes a mirar con calma, descubrirás que ese animal que parece ignorarte, en realidad te está enseñando una forma distinta de amar: una que no grita, no exige, y no busca ser comprendida desde lo humano, sino desde la presencia.

Tu gato no te está insultando cuando te da la espalda.
No te está desafiando cuando te mira en silencio.
No te está rechazando cuando no viene corriendo a tus brazos.
Te está hablando en otro idioma, uno que solo se entiende cuando decides bajar el volumen del mundo.

Los gatos son sabios del silencio. Su lenguaje corporal es poesía sin palabras. Y, de alguna manera, eso los vuelve espejos de nuestra propia incapacidad para escuchar más allá de lo evidente.
Cuando tu gato te pone el trasero en la cara, no es un gesto de desprecio, sino de confianza.
Cuando te muestra la barriga, no te está invitando a tocar, sino a respetar.
Cuando parpadea despacio, no te aburre: te sonríe.
Te dice “aquí estoy”, pero sin decirlo.

Y quizás eso sea lo que más nos cuesta entender de los gatos… y de la vida.
No todo lo que se comunica se hace con palabras.
No todo lo que se ama se demuestra con caricias.
No todo lo que se siente se explica.

Hay personas que aman como los gatos.
Se acercan en silencio, rozan tu hombro como quien no quiere nada, y dejan un rastro invisible de cariño en tu piel.
No son intensos, pero permanecen.
No llenan el espacio con ruido, sino con energía.
Y cuando se van, su ausencia se siente como el eco de un abrazo que no diste cuenta que estaba ahí.

Aprender a convivir con un gato es un entrenamiento para el alma.
Te obliga a escuchar más allá del oído.
A observar sin invadir.
A comprender sin poseer.
A estar presente sin forzar.

Porque los gatos no viven para complacerte.
Viven contigo, no para ti.
Y eso, aunque parezca simple, es una lección profunda sobre el respeto y la libertad.

Hace poco, mientras escribía para mi blog Amigo de ese Ser Supremo en el cual crees y confías, pensaba en lo mucho que el amor humano podría aprender de los gatos.
Ellos no piden que cambies para amarte. Solo te observan.
Y en ese silencio, te invitan a ser tú mismo, sin disfraces.
¿No es eso lo que todos buscamos?
Un espacio donde podamos existir sin tener que explicar cada gesto.

Tu gato te enseña la espiritualidad del ahora.
Te muestra que el amor no es control, sino confianza.
Que el cariño no siempre se demuestra con gestos grandes, sino con pequeñas presencias cotidianas.
Que la verdadera conexión no grita, sino que respira.

A veces me gusta pensar que los gatos fueron creados para recordarnos que no todo tiene que tener un propósito visible.
Su simple existencia —dormir sobre el teclado, observar la nada, moverse con elegancia sin rumbo aparente— es una lección de vida.
No corren detrás del tiempo; lo habitan.
Y en ese habitar lento, nos enseñan algo que olvidamos: que la paz no se persigue, se reconoce.

En uno de los artículos de Bienvenido a mi blog, se habla sobre cómo los seres humanos perdemos el equilibrio emocional cuando intentamos controlar lo incontrolable. Creo que con los gatos pasa igual: queremos que sean predecibles, que nos respondan, que “nos amen a nuestra manera”.
Pero los gatos, como la vida, no están aquí para cumplir nuestras expectativas.
Están para recordarnos que amar también es dejar ser.

Si lo piensas, cuando tu gato se acuesta boca arriba y te muestra su vientre, está haciendo algo que pocos humanos se atreven a hacer: mostrarse vulnerable.
Y aun así, lo hace con calma, sin miedo.
Es su forma de decir “confío en ti”.
¿Cuándo fue la última vez que confiaste así, sin condiciones?

El parpadeo lento del gato es otra forma de oración.
Una pausa consciente.
Una invitación a bajar el ritmo.
En un mundo que corre, su mirada pausada es casi una protesta silenciosa.
“Estoy aquí. No hay prisa. No necesito hablar para estar contigo.”
Y tú, si logras responder con otro parpadeo lento, habrás entendido más de lo que cualquier libro podría enseñarte:
que la conexión real sucede cuando ambos bajan la guardia.

A veces creo que los gatos son maestros encarnados en pelaje suave.
Nos enseñan sin decirlo.
Nos curan sin prometerlo.
Nos acompañan sin exigirlo.
Y nos recuerdan, con cada roce y cada mirada, que el amor verdadero no se mide en demostraciones, sino en presencia.

En Mensajes Sabatinos leí una vez que “el alma siempre encuentra un lenguaje cuando el corazón está dispuesto”.
Esa frase me quedó dando vueltas.
Quizás los gatos entienden eso mejor que nosotros.
Porque su alma habla sin ruido.
Y solo quien está dispuesto a escuchar desde el corazón logra entenderlos.

Entonces, cuando tu gato se suba a tu regazo sin avisar, o cuando te mire desde el otro extremo de la habitación, no te preguntes “¿por qué me ignora?”
Pregúntate más bien:
“¿qué está tratando de decirme en su silencio?”
Tal vez su lenguaje es el recordatorio que necesitas para volver al presente, para conectar sin filtros, para observar sin necesidad de entenderlo todo.

Y si amplías esa mirada, descubrirás que los gatos no son los únicos que nos hablan en silencio.
La vida también lo hace.
A veces en la forma de una persona que se aleja sin explicación, de un proyecto que no sale como esperabas, o de un día que simplemente no resulta como querías.
Pero nada de eso es un insulto.
Es un mensaje.
Una forma distinta de decirte: “confía”.

Tu gato, como la vida, no te está insultando.
Te está diciendo algo.
Y entenderlo no depende de traducirlo, sino de abrirte a sentirlo.

Porque cuando finalmente lo haces, te das cuenta de que no todo en el universo busca aprobación o aplausos.
Algunos seres, algunas almas —como la de tu gato— solo buscan ser comprendidas desde la quietud.
Y en esa quietud, encuentras el reflejo de ti mismo.

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Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

miércoles, 12 de noviembre de 2025

Cuando tu gato te enseña lo que tú también ignoras

 


Hay días en los que mi gato me mira como si supiera más de mí que yo de él.
No lo digo en tono romántico, lo digo porque a veces los animales nos muestran lo que nosotros no queremos ver.
Por ejemplo, cuando deja de comer. O cuando se acerca al plato, lo huele, y se va como si estuviera ofendido.
Entonces, uno se preocupa: “¿ya no le gusta la comida?”, “¿estará enfermo?”. Pero a veces la respuesta no tiene nada que ver con el alimento, sino con algo que, sin saberlo, le está molestando: sus bigotes.

Descubrí hace poco que los gatos pueden rechazar el cuenco de comida porque sus bigotes —esas vibrisas finas que parecen simples pelos decorativos— son extremadamente sensibles. Son sensores que captan el espacio, el aire, la distancia y hasta la presencia de otro ser.
Cuando rozan las paredes de un plato profundo, se saturan. Lo que para nosotros sería un roce leve, para ellos es una sobrecarga. Y lo que nosotros interpretamos como “capricho”, para ellos es incomodidad. Lo llaman fatiga de bigotes.

Y ahí fue cuando entendí algo más grande.

A veces nosotros también dejamos de comer de nuestro propio plato emocional.
Seguimos yendo al mismo trabajo, hablando con las mismas personas, creyendo en los mismos hábitos, pero de repente algo empieza a molestarnos sin razón aparente.
Como si algo invisible nos rozara por dentro una y otra vez hasta que decimos: “ya no quiero”.
Y lo que nos pasa no es hambre, ni desgano, ni pereza. Es fatiga de alma.
Esa incomodidad silenciosa que te dice que el entorno dejó de adaptarse a ti, aunque tú sigas intentando adaptarte a él.

Mi gato no se queda esperando a que el plato cambie. Se aleja. Y busca otra forma de comer.
En cambio nosotros solemos insistir en seguir en el mismo lugar.
Nos cuesta aceptar que el malestar no siempre se arregla cambiando de “comida” —de persona, de ciudad, de proyecto—, sino revisando el cuenco.
Es decir, el espacio donde ponemos lo que somos.

Mientras lo observaba comer directamente del suelo, recordé una frase de mi abuelo que leí hace poco en su blog Bienvenido a mi Blog:

“El alma también necesita espacio para respirar; no puedes llenarla de todo lo que otros quieren darte.”

Y pensé en cuántas veces aceptamos cosas solo por no incomodar.
Por miedo a parecer desagradecidos.
Por no saber decir “esto me está haciendo ruido”.
Nos volvemos expertos en tolerar roces emocionales hasta que el cuerpo, como los bigotes del gato, se satura.

Lo invisible también cansa

Hay una belleza en aprender a escuchar lo invisible.
No solo lo que duele mucho, sino lo que apenas incomoda.
Porque esas pequeñas molestias, si no las reconoces, se convierten en vacíos.
Y cuando el alma tiene hambre, busca lo primero que encuentra: ruido, distracciones, gente que no suma, pantallas sin sentido.

La fatiga de bigotes en los gatos es un recordatorio perfecto de cómo las cosas pequeñas importan.
No es el gran trauma ni la gran pérdida lo que a veces nos desconecta.
Es ese “algo” constante que no vemos, que no se nota desde afuera, pero que sigue tocando el alma como una gota cayendo siempre en el mismo lugar.
Hasta que te desgasta.

Por eso, cuando mi gato se alejó del cuenco, no solo cambió su manera de comer: me enseñó a respetar mis propios límites sensoriales y emocionales.
A cambiar mis espacios cuando algo, sin razón lógica, deja de sentirse bien.
A entender que el cuerpo también habla cuando el alma calla.

Un espejo peludo

Dicen que los animales reflejan la energía de su hogar.
Yo no sé si sea una ley universal o una coincidencia espiritual, pero sí sé que desde que aprendí a observar a mi gato con más conciencia, empecé a entender mis propias rutinas.
A veces su ansiedad era la mía.
Su quietud, mi calma.
Su rechazo al plato, mi rechazo a la rutina.

Y en esos momentos pienso que todos tenemos algo de gato:
un instinto que nos protege de lo que nos lastima,
una sensibilidad que capta lo que otros no notan,
una forma sutil de decir “esto no me gusta” sin usar palabras.

El problema es que, a diferencia de ellos, nosotros aprendemos a ignorar las señales.
A callar.
A convencernos de que “no es para tanto”.
Hasta que el alma, cansada de fingir que todo está bien, deja de tener apetito por la vida.

En ese punto, la solución no es forzarte a “volver a comer”.
Es cambiar el cuenco.
Modificar el entorno.
Revisar qué te está rozando el alma.

Y sí, a veces ese cambio es tan simple como hablar, descansar, o respirar diferente.
O tan profundo como alejarte de lo que amabas, porque ya no te nutre.

Lo que nos enseñan los silencios

Hay algo hermoso en el silencio de los animales.
No juzgan, no explican, solo actúan.
Comen o no comen.
Duermen o se esconden.
Y en ese acto tan puro hay una sabiduría que olvidamos en la adultez:
la de escuchar sin justificar.

Me pregunto cuántas veces habré sentido ese roce interior y lo llamé ansiedad, aburrimiento o cansancio.
Cuántas veces, como mi gato, necesité solo un plato más amplio, más libre, más limpio de expectativas.

En la vida moderna vivimos en platos demasiado pequeños.
Cuencos donde todo está apretado: el tiempo, las emociones, los sueños.
Y cuando algo se sale de ese molde, lo llamamos “problema”.
Pero quizás solo es una señal de que crecimos.
De que necesitamos un espacio nuevo para ser lo que somos ahora.

La enseñanza final

Después de cambiarle el cuenco por un plato llano, mi gato volvió a comer tranquilo.
No hubo drama.
Solo paz.
Y mientras lo miraba, pensé que la vida debería sentirse así: simple, pero en armonía con uno mismo.

A veces no necesitamos cambiar de comida, sino de forma.
De ritmo.
De entorno.
De mirada.

Y esa es quizás una de las lecciones más honestas que he aprendido en este tiempo:
cuando algo deja de sentirse bien, no siempre es porque esté mal…
a veces simplemente ya no es tu medida.

Así como los bigotes del gato necesitan espacio para no tocar los bordes, nuestras emociones necesitan lugar para expandirse sin chocar con las paredes de la costumbre.
Tal vez crecer se trate de eso: de reconocer lo invisible, de dar un paso atrás, y elegir comer desde un plato más amplio llamado libertad.

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