lunes, 24 de noviembre de 2025

Cédula para tu perro o gato? Una idea que despierta más preguntas que respuestas



Hay temas que aparecen de repente en redes o en las noticias y uno siente que le tocan fibras que no sabía que tenía. Eso me pasó con la idea de crear una especie de “cédula” o registro oficial para perros y gatos en Colombia. La noticia volvió a circular hace poco —ese tipo de temas que no mueren, solo cambian de forma— y, aunque pareciera algo simple, realmente toca capas más profundas: la forma en que nos relacionamos con los animales, la manera como funcionan nuestras instituciones, y hasta qué tanto estamos preparados para asumir responsabilidades reales como sociedad.

Cuando leí los titulares, mi primera reacción fue cuestionar si esto es una solución o solo una formalidad. No soy radical, no voy por la vida diciendo “sí” o “no” a la primera. Soy más de mirar alrededor, de observar a la gente, de escuchar historias, de mirar lo que veo cuando camino por el barrio o cuando acompaño a alguien a adoptar un animal. Y a veces uno encuentra cosas que no siempre caben en un proyecto de ley.

He aprendido en casa —entre conversaciones largas, reflexiones que empiezan en el comedor y terminan en los blogs que leo desde niño, como Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/) o los textos espirituales de Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/)— que la vida siempre es más compleja de lo que parece. Y que cada decisión trae consecuencias visibles y otras que solo se entienden años después. Con los animales pasa lo mismo: creemos que son “mascotas”, pero en realidad son vínculos, espejos, silencios que acompañan, terapias vivientes que muchos ni buscan, pero reciben sin darse cuenta.

En teoría, una cédula para animales suena lógica. Permitiría identificar al responsable, ayudaría a reducir el abandono, permitiría controlar vacunas, facilitaría denuncias en caso de maltrato, organizaría adopciones, y daría un paso hacia reconocer que un animal no es un objeto. Pero la pregunta que siempre me hago es: ¿estamos listos como sociedad para una medida así? ¿O solo estamos poniendo un parche para la herida sin limpiarla primero?

He visto demasiados casos de abandono para pensar que una cédula lo resolvería todo. He visto familias que adoptan con emoción y meses después no pueden sostenerlo. Personas que aman profundamente a sus animales, pero no tienen los recursos para atenderlos. Otras que los ven como parte de su familia, y otras que los usan como accesorios para una foto y luego los descartan. No es cómodo decirlo, pero es real. Lo vi reflejado incluso en una reflexión que publiqué hace un tiempo sobre los vínculos y el abandono temprano en mi blog personal (https://juanmamoreno03.blogspot.com/), y no era solo sobre personas: aplica también para cómo tratamos a los animales.

Y entonces me pregunto: ¿qué es más urgente, registrar a los animales o educar a los humanos?

La idea de un documento para mascotas toca un tema profundo: la responsabilidad. Y la responsabilidad no se tramita. No te la entregan en ventanilla. No se renueva cada diez años. La responsabilidad nace en un gesto sencillo: escoger a alguien —un animal, una persona, un sueño— y comprometerte de verdad. Eso nadie te lo enseña en la ley. Eso lo aprendes en la vida, en la familia, en los blogs que te siembran preguntas y no respuestas, como en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/), donde cada reflexión va más allá de lo inmediato.

Pero también entiendo la intención. Vivimos en un país donde hay miles de animales abandonados, donde cada día se publican casos de maltrato, donde muchos municipios no tienen refugios suficientes, donde los voluntarios hacen más que las instituciones. En un lugar así, registrar oficialmente a los animales podría ser un paso para crear estadísticas reales, políticas públicas y programas de protección. No se trata solo de tener un número y una foto, sino de empezar a construir datos para transformar la realidad. Y ahí sí veo valor.

Sin embargo, también pienso en quienes no tienen recursos. En los barrios donde la gente rescata animales porque sí, porque el corazón se les ablanda sin pensarlo dos veces. En los abuelos que viven solos con un perro sin raza que encontraron en la calle. En las familias que apenas pueden con lo justo, pero aun así comparten su comida con su gato. ¿Una cédula sería un beneficio o una nueva carga? ¿Ayudaría o excluiría?

Cada vez que reflexiono sobre esto, termino conectado con ideas que he leído en los blogs de mi familia, especialmente en Organización TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/), donde se habla de la responsabilidad desde un enfoque más empresarial, pero que igual aplica: nada cambia de verdad mientras la cultura no cambia. Y la cultura no cambia desde la ley, sino desde la conciencia.

La noticia también generó reacciones fuertes entre animalistas. Algunos creen que es una invasión innecesaria, otros que es una oportunidad para que el Estado se tome en serio la protección animal. Yo siento que ambas posiciones tienen algo de razón. No podemos negar que el país necesita orden y reglas para que las cosas funcionen. Pero tampoco podemos pensar que registrar a los animales es suficiente para transformar nuestra relación con ellos.

La verdad es que amamos a los animales, pero también los usamos, los olvidamos, los romantizamos o los idealizamos. Son compañía, pero no reemplazan a las personas. Son seres vivos, pero a veces los tratamos como adornos. Y creo que todo eso debe entrar en la conversación, aunque incomode.

Hay algo que me quedó sonando de la lectura de Amigo de ese ser supremo (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/): la idea de que la vida te pone frente a seres —humanos o animales— que vienen a enseñarte algo. Yo sé que suena espiritual, pero lo digo desde lo más simple: los animales nos muestran quiénes somos cuando nadie nos ve. ¿Cómo los tratamos? ¿Qué hacemos cuando lloran, cuando ladran, cuando se enferman? ¿Seguimos ahí o buscamos excusas?

Si alguna vez has visto a un perro acompañar a alguien en silencio durante un duelo, o a un gato sentir la energía de una casa cuando la tristeza es pesada, sabes que no estamos hablando de trámites. Estamos hablando de vínculos.

Y tal vez esa sea la conversación que nos falta: hablar menos de cédulas y más de relaciones verdaderas. De educación emocional. De respeto. De empatía. De entender que un animal no es un juguete para diciembre ni una moda. Que son almas pequeñas que sienten, que sufren, que esperan.

Por eso creo que, si este proyecto avanza, debería venir acompañado de campañas serias de adopción responsable, de programas que ayuden a esterilizar, de apoyo económico para quienes no puedan asumir todos los costos, de educación en colegios, de políticas reales contra el maltrato. Sin eso, una cédula es solo un documento más.

A veces pienso que la vida sería más fácil si los humanos tuviéramos el mismo nivel de lealtad, amor sin condiciones y sinceridad que tienen los animales. Ellos no necesitan papeles para saber quiénes somos. Solo nos miran y lo entienden. Tal vez, en ese sentido, somos nosotros quienes necesitamos una cédula emocional que nos recuerde cómo tratar a los seres que dependen de nosotros.

Y mientras escribo esto, vuelvo a mi blog (https://juanmamoreno03.blogspot.com/) y me repito algo que me dijo mi papá hace muchos años: “La verdadera responsabilidad no te la imponen; te la ganas con tus actos”. Si vamos a hablar de registrar animales, hablemos también de registrarnos a nosotros mismos frente a ellos. ¿Quién soy yo para el animal que me acompaña? ¿Soy hogar o soy ruido? ¿Soy refugio o soy ausencia?

El país puede crear leyes, pero solo tú decides el tipo de relación que construyes.

Ser joven en Colombia es aprender a cuestionar todo sin perder la esperanza. Y este tema, aunque parezca menor, es una oportunidad para pensar en el tipo de sociedad que queremos. Una donde los animales sean vistos con dignidad, sí. Pero también una donde el amor responsable no se legisle, sino que se viva.

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Juan Manuel Moreno Ocampo
“A veces no hay que entender la vida… solo vivirla con más verdad.”

domingo, 23 de noviembre de 2025

Cómo es un divorcio en la Generación Z?



(Un ensayo desde la voz de un joven que está aprendiendo a amar en tiempos líquidos)

A veces siento que mi generación vive con el alma en modo “pantalla dividida”. Una parte quiere construir historias profundas, de esas que uno imagina que contarán los hijos o los nietos; y otra parte está cansada, agotada, descreída, preguntándose si todavía vale la pena creer en algo que dure. Entre esas dos fuerzas nos movemos, y por eso hablar de divorcio en la generación Z es casi como hablar del amor mismo: hay que tener valor para mirarlo de frente.

He escuchado a muchos decir que divorciarse a los veintitantos o treintaitantos es “fracasar tempranito”. Pero yo lo veo distinto. Mi generación no se divorcia por moda ni por falta de compromiso —aunque claro, hay quienes de verdad nunca aprendieron lo que significa comprometerse—. Más bien, se divorcia porque crecimos viendo relaciones sostenidas por silencio, miedo, presión social o el deseo de encajar en lo que una familia debía ser. Muchos crecimos preguntándonos si eso era amor… o costumbre.

Y cuando nos tocó a nosotros amar, con todos los contrastes del mundo digital, decidimos que no queríamos repetir patrones que le dolieron a nuestros padres y abuelos.

A veces me siento dividido entre mis ganas de creer en el amor romántico, como lo escribe mi familia en sus blogs —esas reflexiones profundas sobre la vida, la fe y el sentido, como las que encuentro en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/) o en Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/)— y la realidad de mis amigos, que hablan del amor casi como un contrato flexible: “si deja de servir, se termina”.

La verdad es que el divorcio en la generación Z está lleno de paradojas. Podemos conectar con miles de personas con un solo toque, pero desconectarnos emocionalmente de alguien con ese mismo gesto. Podemos construir intimidad profunda por mensajes de voz a las 2:00 a.m. y perderla al día siguiente con un “creo que esto no está funcionando”.

Amamos rápido. Nos ilusionamos rápido. Y a veces nos vamos rápido.

Pero también sentimos profundo, casi brutalmente profundo.

Quienes piensan que el divorcio para un joven es más fácil que para generaciones anteriores no conocen la sensación de terminar una vida que recién estaba empezando a ser vida. No saben lo que es ver cómo un plan conjunto —viajes, mascotas, proyectos, sueños— se convierte en carpetas sueltas de Google Drive que ya no sabemos si borrar o guardar “por si algún día”.

He escuchado historias de parejas que se casaron en pandemia porque pensaron que la vida era frágil, y luego se divorciaron porque descubrieron que ellos mismos también lo eran. Otros se casaron porque querían construir “lo que no tuvieron”, y terminaron dividiéndose porque nunca aprendieron cómo construirlo. Y también están quienes lo intentaron todo, quienes fueron a terapia, quienes leyeron libros, quienes buscaron respuestas en la espiritualidad —como tantos textos hermosos que he leído en Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/)— y aun así no lo lograron.

No por falta de amor, sino porque el amor no fue suficiente.

Mi generación creció con la idea de reinventarse cada cierto tiempo. Cambiar de carrera, de ciudad, de estilo de vida… de pareja. A veces esa flexibilidad es libertad; otras veces, excusa. Pero el divorcio, cuando llega, nos confronta con la parte más humana que tenemos: esa que no se arregla con actualizaciones, ni con parches, ni con “modo oscuro”. Esa que duele, que te deja vacío, que te obliga a mirarte en un espejo que ya no tiene al otro reflejando tus mejores partes.

Y sin embargo, algo curioso pasa: incluso en ese dolor, surge la claridad.

Un amigo que se divorció a los 24 me dijo hace poco: “No sabía quién era hasta que tuve que volver a vivir solo conmigo mismo”. Y yo pensé en cuántas veces evitamos estar con nosotros mismos porque nos da miedo descubrir que aún estamos incompletos. Por eso muchos divorcios en la generación Z no son rupturas… son renacimientos.

Pero renacer también cansa.

Mi generación sabe que amar implica decidirse a sentir, aunque duela. Y divorciarse, aunque suene extraño, también es un acto de amor: amor propio, amor por la verdad, amor por la libertad de ambos. No siempre, claro. A veces es berrinche. A veces es impulsivo. A veces es herida. Pero muchas veces, es valentía.

He leído muchas reflexiones sobre relaciones en El blog Juan Manuel Moreno Ocampo (https://juanmamoreno03.blogspot.com/) y siempre encuentro un hilo común entre generaciones: todos queremos ser vistos, escuchados y elegidos. No solo al principio, también después. También cuando la vida se pone pesada. También cuando el otro cambia —porque siempre cambiamos—.

Tal vez lo que diferencia a la generación Z no es que se divorcie más o menos, sino que lo hace con menos vergüenza y más consciencia. No para evitar comprometerse, sino para dejar de sostener lo insostenible. Para no repetir cadenas emocionantes disfrazadas de destino.

Y aun así, tenemos esperanza.

Sí, somos una generación que se divorcia. Pero también somos una generación que está aprendiendo a pedir perdón, a hablar de emociones, a ir a terapia, a reconocer traumas, a sanar heridas familiares… cosas que generaciones anteriores no siempre tuvieron el espacio de hacer. Somos hijos del caos, pero también de la conciencia.

Yo creo que, en el fondo, el divorcio en mi generación no es el final de una historia. Es el final de una versión de nosotros mismos que ya no puede crecer ahí. Y eso, aunque duela, es profundamente humano.

A veces pienso que tal vez amar hoy requiere más valentía que nunca. Porque debemos construir algo sólido en un mundo líquido. Porque debemos entregarnos sin garantías. Porque debemos aceptar que nada es “para siempre”, pero que aun así vale la pena construir como si lo fuera.

Eso, para mí, es madurar.

Amar con esperanza, aunque sepamos que existe el divorcio.
Amar con presencia, aunque exista la distracción.
Amar con verdad, aunque duela.

Al final, un divorcio no define a mi generación.
Lo que nos define es cómo seguimos creyendo —en nosotros, en el amor, en la vida— después de atravesarlo.

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sábado, 22 de noviembre de 2025

Dormir con tu perro o tu gato: lo que nadie te dice sobre la salud, el alma y la compañía silenciosa



Hay temas que a veces parecen bobos, simples, de esos que la gente despacha con un “ay, es normal” o con “no pasa nada, todo el mundo lo hace”. Pero cuando uno realmente los mira con calma, desde la vida y no desde la teoría, descubre que detrás hay preguntas profundas, conexiones invisibles y decisiones que pueden tocar el cuerpo, las emociones y hasta esa parte nuestra que no sabemos nombrar. Dormir con nuestras mascotas es uno de esos temas.

Y lo digo yo, un joven de 21 años que ha tenido noches completas acompañado por el ronroneo de un gato que parecía más sabio que yo, y otras compartidas con un perro que respiraba como si estuviera tratando de sincronizarse con mi cansancio. No sé si a ti también te ha pasado, pero a veces una mascota entiende silencios que la gente no escucha. En ese sentido, dormir junto a ellas parece tan natural como respirar. Pero también tiene matices que vale la pena mirar sin romantizarlo demasiado.

Leí recientemente que algunos veterinarios, estudios y especialistas en comportamiento animal están alertando que compartir la cama con perros y gatos tiene implicaciones reales para la salud. No solo en términos de higiene, sino también de sueño, de ansiedad, de vínculos y de dinámicas que uno no siempre reconoce. Y aunque esa información no es nueva, sí está más actualizada hoy que nunca porque ahora entendemos cosas que antes se ignoraban: transmisión de parásitos, afectaciones al sueño profundo, señales de dependencia emocional y hasta temas de seguridad en personas con alergias latentes.

Pero más allá de lo científico, quería traer esta conversación a un plano más humano, más cotidiano, más de ese espacio donde uno cuestiona sus hábitos sin juzgarse. Porque la vida no es una lista de reglas médicas; es un tejido raro donde conviven lo que nos gusta, lo que nos sana, lo que nos complica y lo que nos acompaña.

Dormir con tu perro o tu gato puede ser un acto de amor, sí. Pero también un espejo de cosas internas que a veces evitamos ver.

A mí me gusta pensar que los animales tienen un tipo de lenguaje silencioso, uno que se parece al de nuestros pensamientos cuando no queremos decirlos en voz alta. He aprendido eso leyendo textos como los de “Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías” (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com), donde se habla de esa conexión más allá de lo físico, esa intuición que uno siente cuando un animal se te acurruca sin pedir permiso. Y a veces creo que esa conexión emocional es la que nos impulsa a dejarlos dormir con nosotros: buscamos sentirnos acompañados sin explicar nada.

Pero la realidad es que compartir la cama también puede alterar nuestras rutinas más básicas. Los veterinarios lo dicen con claridad: los animales tienen ciclos de sueño distintos a los nuestros. Se levantan, se mueven, reaccionan a ruidos, necesitan espacio, cambian de posición, jadean, ronronean, se estiran encima de ti o te empujan sin querer. Y aunque tu corazón lo agradezca, tu cuerpo no siempre está tan feliz de perder horas de sueño profundo.

Conozco a personas que no duermen bien desde hace años, pero no lo relacionan con el hecho de que su perro de 30 kilos se acomode como si fuera el dueño de la cama. Y ahí es donde entra esa responsabilidad adulta que uno va aprendiendo poco a poco: no todo lo que se siente bonito nos hace bien.

Creo que esa es una de las enseñanzas más duras que he ido entendiendo en el camino, y también una de las que más menciono en mi propio blog “El Blog Juan Manuel Moreno Ocampo” (https://juanmamoreno03.blogspot.com). La vida adulta es un equilibrio extraño entre lo que deseas y lo que necesitas. Entre lo que te llena el alma y lo que te mantiene sano. Entre el afecto y los límites.

Pero volvamos a los animales, porque ellos también sienten, también aprenden y también se acostumbran. Algunas veces, dormir con tu mascota puede fortalecer el vínculo, hacerla sentir segura y reducir su ansiedad. Otras, puede hacer que el animal desarrolle dependencia, territorialidad o comportamientos difíciles de manejar cuando intentas cambiar la rutina. Los veterinarios de hoy insisten en algo que antes no se decía tanto: nuestros hábitos moldean la conducta de la mascota más de lo que creemos.

Y aquí me hago una pregunta que tal vez tú también te has hecho:
¿Qué tanto dormimos con nuestras mascotas por amor, y qué tanto para evitar nuestra propia soledad?

No es una pregunta para juzgarte, es más como una invitación a mirarte desde adentro. Porque la compañía de un perro o un gato puede ser hermosa, pero no debe ser el reemplazo de nuestra relación con nosotros mismos.

Hace poco, leyendo un texto de Bienvenido a mi Blog (https://juliocmd.blogspot.com), encontré una frase que me quedó sonando durante días: “El silencio también te dice quién eres cuando dejas de usar compañía como excusa.” Tal vez por eso el tema de dormir con las mascotas toca fibras tan profundas. Porque uno no solo comparte espacio; también comparte estados emocionales que no siempre identifica.

Hay personas que duermen con su perro o su gato porque les hace sentir protegidos. Otras porque la casa se siente muy grande, o muy fría, o muy sola. Otros lo hacen porque crecieron así y no imaginan la vida de otra manera. Pero también están quienes lo hacen por costumbre, sin detenerse a revisar si sigue siendo lo mejor para ambos.

Y también está la parte espiritual. No religiosa, sino esa conexión que uno siente con los seres vivos. Hay estudios que dicen que los animales pueden percibir nuestras emociones de forma más sensible que algunos humanos. A mí no me sorprende. Hay días en los que un gato se me acerca justo cuando necesito estar acompañado y no digo una sola palabra. Eso no es magia; es sensibilidad pura.

Pero hay un lado delicado en esa conexión: cuando convertimos a nuestras mascotas en el único refugio emocional que tenemos. Cuando dependemos de ellas para dormir, para calmarnos, para sentirnos acompañados. Y aunque eso no está “mal” en sí mismo, sí puede ser un aviso de que hay algo en nosotros que pide atención.

Expertos en salud mental dicen que la dependencia emocional hacia una mascota puede pasar desapercibida porque se disfraza de ternura. Nadie te cuestiona por amar a tu perro. Nadie critica que duermas con tu gato. Pero a veces esa práctica revela vacíos más profundos que quizá llevamos cargando desde hace años.

También está el tema sanitario, del que mucha gente habla sin entenderlo del todo. No se trata de que los animales sean “sucios” —eso sería injusto e ignorante— sino de que su biología es distinta. Acarrean microorganismos propios de su especie que nuestro cuerpo no siempre sabe manejar. Parasitosis, hongos, ácaros, bacterias… nada de esto es nuevo, pero sigue siendo subestimado. Y aunque con un buen cuidado veterinario los riesgos disminuyen muchísimo, nunca desaparecen del todo.

Por eso algunos especialistas recomiendan algo tan simple como mantener una cama separada para la mascota dentro de la misma habitación. Así mantienes compañía sin sacrificar salud. Suena lógico, ¿no? Pero la lógica a veces se estrella contra el amor, y ahí es donde cada uno debe decidir qué necesita realmente.

Hay un artículo en Organización TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com) que habla del equilibrio entre bienestar emocional y decisiones conscientes. Aunque el contexto es empresarial, la idea aplica aquí: no todo lo que nos gusta es sostenible. Y me quedé pensando en eso, en cómo uno puede amar profundamente a su mascota y aun así tomar decisiones que prioricen la salud.

Al final, creo que dormir con tu perro o tu gato no es ni bueno ni malo por sí solo. Es una experiencia que depende de cómo estás tú, cómo está tu mascota, cuáles son tus hábitos y qué buscas en ese acto silencioso de compartir la noche.

Hay quienes lo necesitan para calmar la ansiedad. Hay quienes lo hacen sin pensarlo mucho. Hay quienes sienten que la vida pesa menos cuando escuchan la respiración de su mascota justo al lado. Y también existen quienes prefieren dormir solos porque ese espacio les pertenece.

La pregunta de fondo —la verdadera, la que importa— no es si deberías o no dormir con tu mascota.
Es para qué lo haces.

¿Para sentir compañía?
¿Para llenar un vacío?
¿Para calmar un miedo?
¿O porque realmente ambos descansan mejor así?

Cuando uno responde eso con honestidad, sin máscaras ni excusas, encuentra claridad. Y esa claridad es lo que nos permite elegir sin culpa, sin presión social y sin miedo a admitir lo que necesitamos de verdad.

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viernes, 21 de noviembre de 2025

Por qué tu perro actúa “raro”? Tal vez no es desobediencia… es su microbioma hablándote



Hay días en los que uno mira a su perro y piensa: ¿por qué estás haciendo esto?
¿Por qué de repente gruñe cuando antes no lo hacía?
¿Por qué no quiere comer lo que antes devoraba?
¿Por qué se pone ansioso cuando salgo, o ladra sin razón aparente?

Durante mucho tiempo crecí creyendo —como muchos— que el comportamiento de un perro era solo entrenamiento, carácter o crianza. Y sí, todo eso influye… pero con el tiempo, y con esas cosas que la vida te obliga a observar más despacio, entendí que a veces lo más profundo está escondido en lo más pequeño. Literalmente.

En estos últimos años he leído mucho sobre conexiones entre cuerpo, mente y energía. No solo en humanos, sino también en animales. En una madrugada de esas en las que uno mezcla curiosidad con internet y preguntas existenciales, encontré algo que me cambió la perspectiva: el microbioma.

Y desde entonces, cada vez que un perro actúa “mal”, me pregunto si de verdad está comportándose mal… o si su cuerpo está pidiendo ayuda.

Hay algo que siempre me ha enseñado mi familia: la vida habla, aunque no use palabras.
Esa frase la encontré repetida, de distintas formas, en varios de los blogs con los que crecí, especialmente en Bienvenido a mi blog (https://juliocmd.blogspot.com/) y en Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías (https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com/).
De alguna manera esas lecturas me educaron para escuchar lo invisible, lo que vibra detrás de lo evidente.

Y cuando uno aplica esa misma sensibilidad a los animales, deja de verlos como seres “que deben portarse bien”, y empieza a verlos como vidas completas, con emociones, con procesos internos y con un mundo microscópico dentro de ellos que condiciona casi todo.

El microbioma: ese universo que no vemos, pero lo decide todo

Hace poco revisé un artículo que explicaba cómo la composición del microbioma de un perro —esa comunidad de microorganismos que vive en su intestino, en su piel, en su boca— puede transformar por completo su comportamiento. No es solo digestión. No es solo salud. Es comunicación interna.

Si un perro está irritado, apático, agresivo, asustado o hiperactivo, puede que su microbioma esté pasándola mal. Como los humanos, los perros también sufren desequilibrios internos por:

  • estrés ambiental

  • mala alimentación

  • exceso de carbohidratos

  • dietas ultraprocesadas

  • antibióticos

  • falta de actividad

  • traumas emocionales

  • cambios en el hogar

Y lo expresan como pueden: ladrando de más, rompiendo cosas, gruñendo, aislándose, comiendo pasto, temblando, o incluso durmiendo en exceso.

A veces queremos corregirlos sin entenderlos.

Nos pasa incluso entre personas: juzgamos el comportamiento sin mirar la historia detrás. Lo mismo hacemos con ellos.

Lo que realmente me hizo clic

En una reflexión personal que escribí hace unos meses en mi blog (https://juanmamoreno03.blogspot.com/), dije que uno no puede conectar con otro ser vivo si no se conecta primero con su realidad interna. Escuchar antes de interpretar.

Y este tema del microbioma me reafirmó eso.

Porque cuando entendemos que gran parte del comportamiento de un perro viene de algo biológico, invisible y silencioso, cambia nuestra forma de acompañarlo. De repente ya no se trata de castigar ni de “arreglarlo”, sino de cuidarlo mejor.

Como pasa con nosotros, que a veces no necesitamos que alguien nos diga qué hacer, sino que nos abrace el caos interno mientras se acomoda.

Alimentos que alteran emociones

Este punto me sorprendió mucho.
Siempre pensé que la comida solo alimentaba el cuerpo.
Pero resulta que también alimenta la forma de sentir.

Si un perro come alimentos que desbalancean sus bacterias intestinales, eso altera su serotonina, su dopamina y otros neurotransmisores. Eso significa que su conducta puede cambiar igual que la de un humano con ansiedad, depresión o irritabilidad.

Imagina eso: tu perro no está “portándose mal”. Está emocionalmente desbordado.

Y uno ahí creyendo que es terquedad.

Cuando la ciencia se encuentra con lo espiritual

Yo crecí entre conversaciones técnicas y reflexiones espirituales. Entre sistemas, contabilidad, psicología, cables, libros y preguntas del alma.
Y creo que esa mezcla define mucho mi forma de mirar las cosas.

Por eso, para mí no es extraño ver cómo el microbioma conecta con los mensajes que tantas veces he leído en Mensajes Sabatinos (https://escritossabatinos.blogspot.com/): todo está unido, nada es casual, cada comportamiento tiene un origen.

Los animales son maestros de esa coherencia. No ocultan lo que sienten. No fabrican versiones de sí mismos para encajar.
Lo que ves es lo que pasa.

Y si lo que ves está raro… escucha más.

Señales que he empezado a notar

Con el tiempo identifiqué ciertos comportamientos que antes me parecían simples travesuras, pero ahora los miro distinto:

  • Cuando un perro no quiere comer, puede ser una alerta intestinal.

  • Cuando está agresivo, puede haberse inflado su sistema nervioso por algo que comió.

  • Cuando se lame compulsivamente, puede ser disbiosis de la piel.

  • Cuando se esconde, puede estar inflamado y sensible.

La ciencia ya habla de esto con bastante claridad.
Pero también habla la intuición.

Hay cosas que uno siente… y ya.

El hogar también afecta el microbioma

Este punto me tocó personalmente.

En una entrada de Organización Empresarial TodoEnUno.NET (https://organizaciontodoenuno.blogspot.com/) leí hace tiempo algo sobre cómo los entornos afectan a las personas. Y pensé: si a nosotros nos afecta el ambiente, la energía, el estrés, la forma en que nos hablamos… ¿por qué no pasaría lo mismo con los perros?

Ellos no solo respiran nuestro aire.
Respiran nuestras emociones.

Una casa donde hay gritos, tensión o conflictos constantes puede alterar la estabilidad emocional —y microbiológica— de un perro. Una casa donde hay calma, compañía y coherencia, lo equilibra.

Los seres vivos compartimos más de lo que imaginamos.
Incluso las bacterias.

El autocuidado es colectivo

Hay una frase que encontré escrita por mi familia en alguno de los blogs (tal vez en https://juliocmd.blogspot.com/): Nada que se cuida solo se sostiene; todo lo que se cuida acompañado prospera.

Los perros son un recordatorio perfecto de eso.

Porque para que ellos estén bien, nosotros también tenemos que estar bien. Su comportamiento es un espejo suave de nuestras propias tensiones.

No es culpa.
Es oportunidad.

Cuidarlos mejor también es una manera de cuidarnos a nosotros mismos.

Entonces… ¿qué podemos hacer?

No soy veterinario —soy un joven tratando de entender la vida, igual que tú—, pero sí he aprendido algunas cosas que hacen diferencia:

  • observar antes de asumir

  • cambiar el alimento por uno más natural

  • reducir procesados

  • evitar premios llenos de colorantes

  • revisar intolerancias

  • mejorar el ambiente del hogar

  • consultar al veterinario cuando cambia algo sin razón

  • permitirles más juego, más conexión, más naturaleza

A veces la respuesta está en volver a lo simple.

A veces el perro solo necesita que su mundo interno vuelva a respirar.

Una última reflexión

Yo tengo la sensación de que los perros son mucho más parecidos a nosotros de lo que admitimos.
Ellos también sienten el peso de la energía, también se cargan, también se desorganizan por dentro.

Y cuando veo a uno actuando extraño, no pienso “está malcriado”.
Pienso: ¿qué te está pasando por dentro, amigo?
Porque así como nosotros pasamos por temporadas raras, ellos también.

Nada que esté vivo está siempre equilibrado.
Todo fluctúa.
Todo se mueve.
Todo cambia.

Quizás la clave no es exigirles que se porten bien, sino acompañarlos en su proceso, igual que nos gustaría que alguien hiciera con nosotros.

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jueves, 20 de noviembre de 2025

La bestia dormida: cuando la energía nos mira de vuelta



A veces pienso que el mundo se parece mucho a una planta nuclear: una fuente inmensa de energía, capaz de iluminar ciudades o destruirlas si no sabemos cuidarla. Hoy quiero hablarte de una historia que me dejó inquieto, curioso y, sobre todo, reflexivo: la de la Central Nuclear de Kashiwazaki-Kariwa, en Japón, la más grande del planeta, con siete reactores y una potencia que podría abastecer a todo un país pequeño.

Después del desastre de Fukushima en 2011, esta “bestia dormida” fue desconectada, revisada y silenciada… hasta ahora. Catorce años después, el gobierno japonés y Tokyo Electric Power Company (TEPCO) están listos para reactivarla, tras años de inspecciones y mejoras en seguridad. Pero lo que más me impacta no es el dato técnico, sino el significado humano detrás.

Porque lo que está en juego no es solo una planta, sino la confianza, el miedo y la relación que tenemos con el poder que creamos.
Y eso, inevitablemente, nos mira de vuelta.

Hay algo profundamente simbólico en esa imagen: siete reactores alineados frente al mar, esperando el permiso para despertar. Es el retrato perfecto de nuestra era: poder y fragilidad coexistiendo. Desde 2007, la planta fue golpeada por terremotos y escándalos de seguridad; y tras Fukushima, Japón decidió cerrarla, aprender, y repensar su futuro energético.

Pero hoy la necesidad energética del país la hace volver a escena. Y aquí surge la pregunta que todos deberíamos hacernos, incluso fuera de Japón:
¿Estamos realmente listos para manejar la energía que pedimos?

Yo nací en 2003. Crecí en un mundo donde la energía se da por sentada. Enciendo mi computador, conecto mi celular, veo videos, cargo proyectos, sin pensar en lo que hay detrás de ese clic. Pero cada voltio viene de algún lado, y no siempre es limpio, ni seguro, ni justo. Lo curioso es que, como sociedad, seguimos construyendo “centrales” —no siempre físicas, a veces emocionales o digitales— que también pueden salirse de control si las manejamos sin conciencia.

Esta historia de la planta japonesa me llevó a pensar en eso: en el poder que dormimos dentro y fuera de nosotros.
La central no es solo una infraestructura; es una metáfora. Representa nuestra capacidad de crear, transformar y, al mismo tiempo, autodestruirnos si no sabemos cuándo parar.

Japón ha decidido volver a confiar en la energía nuclear porque el precio de la electricidad se ha disparado y el país no puede sostenerse solo con renovables. Es un recordatorio de que la sostenibilidad no solo es ecológica, también es social y económica. A veces los dilemas son más complejos de lo que parecen: ¿cómo equilibramos seguridad, energía y progreso?

Lo mismo pasa con nosotros, con la vida personal. Cada vez que tomamos una decisión importante, generamos energía. A veces esa energía ilumina; otras veces, quema. Y ahí está la clave: tener un sistema de enfriamiento emocional, espiritual y ético, igual que una planta tiene su reactor controlado.

Cuando leí que los inspectores japoneses realizaron más de 4.000 horas de revisión técnica antes de levantar el veto, entendí que la confianza se reconstruye con tiempo, no con discursos. Que lo humano no se arregla solo con ingeniería.
Y pensé en cuántas veces nosotros también intentamos “reactivar” partes de nuestra vida sin revisar bien los cimientos: una relación, un proyecto, un sueño.
Volvemos a conectar la corriente sin asegurarnos de haber aprendido lo suficiente del último fallo.

Quizá la verdadera “energía limpia” empieza en el alma: cuando decidimos actuar desde la conciencia y no desde el impulso.

Recuerdo un texto que leí hace tiempo en el blog Bienvenido a mi Blog, donde se hablaba del poder del pensamiento como energía creadora. Esa idea se siente viva aquí: todo lo que generamos —desde un reactor hasta una palabra— tiene un impacto.
Por eso también me gusta lo que compartimos en Amigo de ese Ser Supremo: que la tecnología sin espiritualidad es peligrosa, y la espiritualidad sin acción se queda corta.
Japón está intentando combinar ambas: usar la ciencia con responsabilidad, y el miedo con aprendizaje.

Y yo… intento hacer lo mismo en mi propia vida.

Creo que la lección más profunda de Kashiwazaki-Kariwa es esta:
no hay progreso sin autocrítica.
Reactivar una planta así no solo requiere tecnología, sino honestidad colectiva. La misma que necesitamos cuando decimos “quiero cambiar”, “quiero mejorar”, “quiero avanzar”.

A veces, despertar una bestia dormida —sea una central nuclear o una emoción profunda— nos obliga a reconocer nuestros límites y redefinir nuestra fuerza.
No se trata de apagar lo que somos, sino de aprender a usar nuestra energía sin dañar.

Y entonces miro hacia mi generación, hacia los que nacimos conectados, hacia los que cargamos la batería del celular más que la del alma, y pienso:
¿qué energía estamos liberando en el mundo?
¿Estamos construyendo reactores de amor o de ansiedad?
¿Sabemos apagar cuando hace falta?
Porque de poco sirve tener tanta energía si no sabemos canalizarla hacia algo que nos eleve.


Japón está listo para encender su planta más poderosa.
Yo, desde este rincón del mundo, intento encender la mía: esa que transforma la frustración en propósito, el miedo en aprendizaje, y la duda en arte.
Y tú… ¿cuándo vas a revisar tus propios reactores?

Quizás la lección no está en temerle a la energía, sino en recordar que toda potencia necesita consciencia.
Y que la verdadera luz —la que no se apaga con los temblores— sigue naciendo dentro.

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Juan Manuel Moreno Ocampo
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miércoles, 19 de noviembre de 2025

Reflexión desde el corazón



La vida nos regala preguntas constantemente. A mis 21 años, me encuentro en ese espacio intermedio entre el vértigo de la juventud y el sosiego que traen los pequeños aprendizajes diarios. Hoy quiero compartir contigo una de esas preguntas que, aunque nace en el ámbito legal, se cuela en la cotidianidad de nuestras familias, en la intimidad de los afectos y en el pulso de la responsabilidad: ¿hasta cuándo estamos obligados, como padres o hijos, a sostener esa cuota alimentaria que va más allá de lo material?

Según la normativa colombiana, y lo reconfirman entidades como el Ministerio de Justicia y del Derecho, la obligación de los padres de proveer alimentos a sus hijos no se extingue automáticamente al cumplir los 18 años. Se extiende mientras los hijos “estén estudiando y no cuenten con recursos para sostenerse” hasta los 25 años.  Por supuesto, también hay matices por discapacidad u otras condiciones especiales. 

Permíteme abrir el corazón y contar cómo esta verdad legal resuena en lo humano, en la experiencia tangible de familias, sueños, tensiones y esperanzas.

Cuando era adolescente, veía a mis padres trabajar, sacrificar horas, improvisar en presupuestos, todo por asegurarse de que no nos faltara nada a mis hermanos y a mí: comida, techo, atención médica, escuela. Esa imagen se me grabó y me llevó a comprender que “alimentar” no es sólo dar algo material, es anticipar, acompañar, soñar juntos.

Hoy imagina que ese hijo al que se le exigió el bachillerato está en la universidad, con 22 años. ¿Debe dejar de recibir ese apoyo? La jurisprudencia colombiana dice que no necesariamente, siempre que siga estudiando y no pueda mantenerse por sí solo.  Y eso me lleva a pensar: ¿qué significa “no poderse mantener por sí solo”? No sólo el ingreso, también la estabilidad emocional, la orientación, el apoyo que trasciende lo económico.

Esta extensión de la obligación hasta los 25 años no es una sentencia automática. Es una tutela de la autonomía, un puente para que el joven adquiera capacidad de sostén propio, hasta que la vida le exija “sostenerse solo” sin que el apoyo desaparezca de un día para otro. 

Saber esto me hace ver dos caras de la moneda. Una: la de los padres que sienten el peso del deber, que quizá tienen 50 años o más, y siguen siendo “el sostén” pensando que sus hijos “todavía no pueden”. Otra: la de los jóvenes que, con 23 o 24 años, sienten la tensión entre seguir “recibiendo” y empezar a “contribuir”.

Desde una mirada humana, diría que este tema no es sólo legal: es simbólico. Al apoyar a un hijo hasta esa edad, estamos diciéndole: “Confío en ti, quiero que seas independiente, pero no te dejo solo”. Es un mensaje poderoso de amor y responsabilidad compartida.

Pero también hay tensión: los recursos son finitos, las expectativas sociales cambian, la economía se ajusta. Padres que tienen otros hijos, obligaciones propias de jubilación, cargas crecientes. Jóvenes que estudian, sí, pero también trabajan o necesitan hacerlo, o que quizá eligieron otro camino, no el tradicional de universidad. Y amigos, ahí está el choque: ¿y si ya puede mantenerse? ¿Y si decide dejar de estudiar y necesita empezar a laborar?

La ley no ignora esto. El mecanismo de exoneración existe: cuando queda demostrado que ya no existe impedimento para que el hijo se sostenga por sí mismo, se puede solicitar que la obligación termine. Eso es vital: la obligación no es eterna ni absoluta, sigue condicionada a la necesidad y a la dependencia efectiva.

Ahora bien: ¿qué pasa en la práctica en Colombia hoy? Los jóvenes enfrentamos una realidad: empleo informal, salarios bajos, techo lejos, crisis económica, mudarse para estudiar. En ese contexto, este “tope” legal de los 25 años cobra aún más importancia. Es el tiempo para que los padres y los hijos dialoguen, organicen, planifiquen.

Recuerdo una conversación con un amigo que con 24 años estaba terminando su pregrado, viviendo con sus padres, pero trabajando medio tiempo, pagando arriendo pequeño. Su papá le dijo: “Yo ya hice mi parte, y ahora debes prepararte para volar”. Ambos tenían miedo: el joven de no poder, el padre de dejar de ser necesario. En ese espacio incómodo, apareció la norma que lo regula: si estás estudiando y no te sostienes solo, hay obligación hasta los 25.

Y reflexioné: la ley ayuda a marcar ese “tiempo razonable”, pero la responsabilidad emocional va más allá de lo legal. No se trata de llenar formularios, sino de conversación, de acompañar, de entender cuando el hijo ya no depende totalmente o cuando el padre ya no puede asumir completamente.

Como joven conectado con la tecnología, con la transformación digital, con la sociedad que cambia rápido, pienso en otro matiz: hoy los estudios no siempre siguen el patrón “universidad entre 18 y 22”. Muchos posgrados, empleados que estudian a 24, 25, 26 años. ¿Eso implica que la obligación se extienda indefinidamente? La jurisprudencia lo aclara: ese “hasta 25 años” tiene sentido como un límite razonable de formación, más allá del cual la dependencia indefinida se considera injusta para los padres. Y si hay discapacidad, la obligación se alarga sin tope fijo; estamos en otro escenario.

Entonces, en esta era digital, donde los tiempos educativos se diversifican, la norma exige flexibilidad y reflexión: cada caso es único.

Quiero cerrar con una invitación al diálogo real y profundo: Si eres padre/madre, haz esta pregunta hoy: “¿mi hijo aún necesita este apoyo? ¿Estoy acomodando mi vida para sostenerlo o estoy preparándolo para que viva su propia?”. Y si eres hijo mayor de edad que sigue recibiendo apoyo, pregúntate: “¿Estoy avanzando hacia mi autonomía? ¿Estoy obligado a depender o quiero saber cuándo tomar las riendas?”

Cuando conversas con tus padres, no lo hagas como “exigir” o “requerir”, sino como unión familiar. Es parte del camino que tanto ustedes han recorrido juntos. Y si tú eres joven profesional o estudiante, sé honesto contigo mismo: vivir bajo el techo de otros puede ser un apoyo, pero también una invitación a crecer.

Porque al final, la cuota alimentaria no solo se trata de dinero: se trata de cuidado, de acompañamiento, de confianza mutua —de que tanto quien da como quien recibe, den lo que pueden y reciban lo que necesitan para transformarse.


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martes, 18 de noviembre de 2025

Por qué ya no te llena (y está bien admitirlo)



A veces el vacío no llega con un portazo. Llega con una caricia tibia, con la rutina de algo que antes te emocionaba y ahora apenas te mueve. No lo notas de golpe: lo sientes cuando te despiertas y ya no tienes esa chispa, cuando haces algo por compromiso, cuando sonríes sin brillo porque en el fondo quisieras estar en otro lugar.

Y está bien admitirlo. No es falta de amor, es evolución.

Hay una culpa silenciosa que se instala cuando lo que antes te apasionaba ya no te llena. Como si fallaras a una versión anterior de ti. Como si debieras sostener un fuego que ya no arde, solo porque otros esperan que sigas igual. Pero la vida no funciona así. Lo que un día te inspiró, otro puede agotarte. Lo que antes te hacía vibrar, puede ahora pedirte un adiós.

He sentido eso. Esa mezcla de tristeza y alivio cuando te das cuenta de que sigues haciendo cosas por costumbre, no por conexión. Cuando ayudas, acompañas, das lo mejor… pero algo dentro de ti ya no responde igual. No es desamor, es honestidad emocional.

A veces cuidar de algo —o de alguien— deja de ser vocación y se convierte en peso. Lo haces bien, lo haces con ternura, pero lo haces por inercia. Y cuando llega el silencio después de cumplir, aparece la pregunta que más asusta: “¿Y yo, cuándo me cuido a mí?”

Nos enseñaron a decir “sí” por miedo a decepcionar. A callar el cansancio porque “otros lo necesitan más”. A confundir empatía con sacrificio. Pero el amor sin límites termina desgastando hasta lo que era puro. No puedes seguir dando de un vaso vacío.

Y es curioso: el mundo aplaude la entrega, pero no enseña a detenerse. Te llama egoísta si dices “basta”, pero te llama fuerte si soportas en silencio. Sin embargo, hay una fuerza mucho más profunda en saber soltar. En tener el valor de reconocer que algo dejó de encajar.

He visto cómo muchos siguen en rutinas que les apagan solo porque temen el juicio. Personas que cuidan, que ayudan, que sostienen… pero ya no se sostienen a sí mismas. Como quien sigue regando una planta seca porque una vez floreció. Y esa lealtad mal entendida nos quita vida.

A veces decir “ya no quiero” es el acto más espiritual que existe. Porque significa que te elegiste. Que dejaste de mendigar validación en un lugar donde ya diste demasiado. Que entendiste que mereces crecer, no quedarte atrapado en la idea de que amar es aguantar.

Yo también he estado ahí. Haciendo favores sin sentir que eran justos, quedándome por miedo a parecer “malo”, dando más de lo que tenía solo por no romper una imagen. Hasta que entendí que lo bueno no siempre es correcto, y que lo correcto no siempre es cómodo.

Aprender a poner límites es un proceso casi sagrado. No es cerrarte, es proteger tu energía. No es dejar de amar, es amar con inteligencia. Cuando reconoces que algo ya no te llena, te liberas del peso de fingir. Y eso —créeme— te devuelve la vida.

Tal vez no se trate de abandonar lo que haces, sino de hacerlo distinto. De encontrar una forma de que tu entrega también te nutra. De transformar ese amor en algo sostenible, no sacrificado. En ese punto donde cuidar no te desgasta, sino que te expande.

Y si decides soltar, que sea con gratitud, no con culpa. Porque lo que ya no te llena te enseñó mucho mientras lo hizo. Fue necesario. Fue parte de ti. Pero no todo lo que empieza contigo tiene que quedarse para siempre.

Aceptar que cambiaste no es traición: es madurez. Es reconocer que tu alma tiene nuevos llamados, nuevos territorios por explorar. Es permitirte renacer.

A veces el silencio que sigue al “ya no quiero” es el inicio del “ahora sí puedo”.

He aprendido que uno no pierde nada por ser honesto. Pierde más cuando se queda donde ya no pertenece. Y aunque duela, es mejor enfrentar esa verdad que seguir construyendo desde el desgaste.

Así que si hoy algo no te llena, no te juzgues. Agradece lo vivido y permite que la vida te vacíe un poco para poder llenarte de nuevo.

Y si aún te da miedo admitirlo, recuerda esto: no viniste a complacer, viniste a florecer.

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