¿En qué momento dejamos que un algoritmo decidiera qué merece la atención de un adolescente, incluso antes de que él mismo descubriera quién es?
Hay algo que me inquieta de la época en la que estamos viviendo. Y no es precisamente que los jóvenes pasemos demasiado tiempo con el celular. Es que muchas veces ni siquiera somos conscientes de lo que estamos dejando entrar en nuestra mente mientras deslizamos el dedo por una pantalla.
Uno abre una red social buscando distraerse cinco minutos. Aparece un video gracioso, después alguien mostrando una vida aparentemente perfecta, luego una discusión, una persona llorando, una noticia violenta, un cuerpo que parece imposible de alcanzar y, de repente, algo que nos incomoda profundamente.
Todo ocurre tan rápido que casi no tenemos tiempo de preguntarnos qué sentimos.
Seguimos deslizando.
Y quizás ahí comienza uno de los problemas más silenciosos de nuestra generación: estamos consumiendo emociones a una velocidad que no siempre nos permite comprenderlas.
No creo que las redes sociales sean malas por naturaleza. Sería demasiado fácil decirlo, especialmente cuando también nos han permitido aprender, descubrir personas interesantes, desarrollar habilidades y conocer realidades que antes parecían lejanas.
El problema, para mí, comienza cuando confundimos estar conectados con estar acompañados, recibir información con comprenderla y tener acceso a todo con estar preparados para enfrentarlo.
Porque una cosa es que exista contenido en internet y otra muy diferente es que una persona de trece, catorce o quince años tenga las herramientas emocionales necesarias para interpretar todo lo que aparece frente a sus ojos.
Y tampoco estoy seguro de que los adultos las tengamos siempre.
Una pantalla puede mostrar demasiado sin explicar absolutamente nada
Pensemos en algo cotidiano.
Un adolescente llega del colegio. Quizás tuvo un día difícil, discutió con alguien, recibió una mala calificación o simplemente se siente extraño sin saber exactamente por qué.
Se acuesta, toma su celular y comienza a mirar videos.
No necesariamente está buscando respuestas. Tal vez solo quiere descansar de sus pensamientos.
Pero las plataformas no conocen verdaderamente su historia. Pueden identificar patrones de comportamiento, estimar intereses y registrar qué contenidos capturan su atención. Eso no significa que comprendan sus emociones, sus inseguridades o lo que necesita en ese momento.
Si permanece mirando un video triste, el sistema puede interpretar esa atención como una señal de interés.
Si observa repetidamente contenidos relacionados con cuerpos perfectos, relaciones conflictivas o experiencias dolorosas, esas interacciones pueden influir en las recomendaciones posteriores.
No sucede de manera idéntica en todas las plataformas ni con todas las personas. Sin embargo, la posibilidad de que determinados contenidos se repitan y refuercen merece nuestra atención.
Porque detrás de esa pantalla hay alguien que todavía está construyendo su identidad.
Alguien que puede estar preguntándose si es suficientemente atractivo, inteligente, interesante o valioso.
Y que, sin darse cuenta, comienza a compararse con miles de personas que ni siquiera conoce.
Lo preocupante no es únicamente aquello que aparece en la pantalla.
Es lo que una persona puede comenzar a creer sobre sí misma después de verlo repetidamente.
Una imagen no necesariamente cambia nuestra autoestima. Un video no determina nuestra personalidad. Una publicación no destruye automáticamente nuestra tranquilidad.
Pero cuando las comparaciones se acumulan, cuando ciertos mensajes se repiten y cuando no existe un espacio para conversar sobre ellos, nuestra manera de interpretar la realidad puede empezar a cambiar.
Y lo más difícil es que esos cambios no siempre son evidentes.
A veces se manifiestan como una inseguridad que antes no existía.
Como la necesidad de revisar constantemente si alguien respondió un mensaje.
Como la sensación de estar perdiéndose algo.
O como esa extraña tristeza que aparece después de pasar una hora mirando la vida de otras personas.
¿Y si el verdadero problema no fuera lo que vemos, sino lo solos que estamos cuando lo vemos?
Hay algo que me parece importante reconocer.
Los jóvenes no necesitamos que nos expliquen constantemente que internet tiene riesgos. Muchos sabemos que existen.
Lo que necesitamos, quizás, es tener personas con quienes podamos hablar de lo que encontramos allí sin sentirnos juzgados.
Porque imaginemos que un adolescente ve contenido sexual que no comprende, una escena violenta que lo perturba o una publicación relacionada con autolesiones.
¿Qué hace después?
¿Le pregunta a sus padres?
¿Habla con un profesor?
¿Busca a alguien de confianza?
¿O simplemente continúa deslizando la pantalla, intentando olvidar lo que acaba de ver?
No existe una respuesta universal.
Pero creo que vale la pena preguntarnos cuántas familias han construido realmente un ambiente en el que un hijo pueda decir: «Vi algo que me hizo sentir incómodo y necesito hablarlo».
Sin recibir inmediatamente un regaño.
Sin que le quiten el celular antes de escucharlo.
Sin que conviertan su curiosidad en motivo de vergüenza.
Esto no significa que los padres deban renunciar a establecer límites. Al contrario, acompañar también implica proteger, orientar y tomar decisiones difíciles cuando sea necesario.
Pero proteger no debería confundirse con controlar absolutamente todo.
Un adolescente puede obedecer una prohibición mientras está frente a sus padres y aprender a esconder sus inquietudes cuando está solo.
En cambio, una relación construida sobre la confianza puede darle algo mucho más valioso: la posibilidad de pedir ayuda cuando realmente la necesita.
Y eso me lleva a una contradicción.
Vivimos en una sociedad donde resulta relativamente sencillo encontrar información sobre casi cualquier tema, pero hablar de ciertas emociones continúa siendo complicado.
Podemos buscar miles de explicaciones sobre sexualidad, relaciones, ansiedad o autoestima.
Sin embargo, sentarnos frente a alguien y decirle «no entiendo lo que me está pasando» sigue requiriendo muchísimo valor.
Tal vez estamos confundiendo una generación informada con una generación emocionalmente preparada.
Y no son lo mismo.
También estamos aprendiendo a normalizar lo que debería hacernos pensar
Otra inquietud que tengo es la velocidad con la que nos acostumbramos a las cosas.
Una discusión agresiva puede convertirse en entretenimiento.
La humillación de alguien puede acumular millones de reproducciones.
Una experiencia dolorosa puede transformarse en tendencia.
Y una situación que debería generar preocupación puede terminar reducida a comentarios, burlas o reacciones.
No quiero decir que todos los jóvenes nos hayamos vuelto insensibles. Sería injusto y, además, ignoraría la enorme capacidad de empatía que también encuentro en mi generación.
Pero sí me pregunto qué ocurre cuando vemos tantas situaciones emocionalmente intensas que comenzamos a percibirlas como parte normal del entretenimiento.
Hay una diferencia entre conocer el sufrimiento humano y acostumbrarse a observarlo sin detenerse.
La primera experiencia puede ayudarnos a desarrollar conciencia.
La segunda puede hacer que dejemos de preguntarnos qué significa realmente lo que estamos viendo.
Y tampoco podemos asumir que todas las personas reaccionan igual. Algunas imágenes generan rechazo, otras despiertan empatía y otras pueden producir angustia. Mucho depende de la edad, la historia personal, el contexto y el acompañamiento disponible.
Por eso me parece peligroso hablar de los adolescentes como si fueran un grupo uniforme.
No todos tienen las mismas herramientas.
No todos cuentan con una familia presente.
No todos encuentran apoyo en el colegio.
No todos pueden reconocer fácilmente cuándo algo comienza a afectar su bienestar.
Y precisamente por eso, responsabilizarlos individualmente de todo lo que consumen sería ignorar una parte fundamental del problema.
La responsabilidad no puede recaer solamente en quien sostiene el celular
Hay algo que me cuesta aceptar de muchas conversaciones sobre tecnología.
Cuando aparece un problema relacionado con las redes sociales, rápidamente comenzamos a señalar a los jóvenes.
Que no sabemos desconectarnos.
Que perdimos la capacidad de concentrarnos.
Que vivimos pendientes de la aprobación de los demás.
Que preferimos una pantalla a una conversación.
Puede haber comportamientos reales detrás de algunas de esas críticas, pero reducir el problema a una supuesta falta de disciplina juvenil me parece demasiado cómodo.
Las plataformas digitales no son espacios neutrales.
Muchas funcionan dentro de modelos económicos en los que captar y mantener la atención tiene un valor comercial.
Eso significa que nuestras interacciones no son solamente una forma de comunicarnos. También producen información que puede utilizarse para personalizar contenidos, mejorar sistemas de recomendación y sostener actividades publicitarias.
Y cuando una empresa diseña experiencias para que las personas permanezcan conectadas, no resulta razonable esperar que un adolescente enfrente por sí solo todos esos mecanismos.
Por supuesto, necesitamos aprender a utilizar la tecnología con criterio.
Pero las empresas también tienen responsabilidades relacionadas con la protección de menores, la transparencia de sus sistemas y la reducción de exposiciones perjudiciales.
Las instituciones educativas tienen un papel importante en la formación digital.
Las familias necesitan comprender mejor los espacios que frecuentan sus hijos.
Y nosotros, como jóvenes, también debemos participar en esas conversaciones.
No como simples receptores de órdenes, sino como personas capaces de explicar qué encontramos en internet, por qué nos interesa y cómo nos afecta.
Porque una solución diseñada sin escuchar a quienes viven diariamente el problema corre el riesgo de quedarse incompleta.
A veces el celular no es el problema, sino el lugar donde intentamos escapar de otros problemas
Esta es probablemente la parte que más me hace pensar.
¿Por qué buscamos tanto refugio en una pantalla?
A veces es por entretenimiento.
Otras veces por curiosidad.
Pero también puede ser porque estamos aburridos, cansados, preocupados o porque no queremos enfrentarnos a lo que sentimos.
No creo que eso sea exclusivo de nuestra generación.
Los seres humanos siempre hemos encontrado maneras de distraernos de nuestras preocupaciones.
La diferencia es que ahora llevamos en el bolsillo una fuente prácticamente inagotable de estímulos.
Podemos pasar de una emoción a otra sin movernos de la cama.
Podemos evitar el silencio.
Podemos llenar cualquier momento de espera.
Podemos incluso sentir que estamos acompañados porque escuchamos voces y vemos rostros durante horas.
Pero cuando apagamos la pantalla, nuestras preguntas siguen ahí.
¿Qué estoy haciendo con mi vida?
¿Por qué me comparo tanto?
¿Por qué siento que todos avanzan menos yo?
¿Por qué necesito que alguien valide lo que publico?
¿Por qué me cuesta estar solo con mis pensamientos?
No todas estas preguntas nacen de las redes sociales. Muchas forman parte del crecimiento, de las relaciones humanas y de la búsqueda de identidad.
Sin embargo, las plataformas pueden convertirse en espacios donde esas inquietudes se intensifican o se ocultan temporalmente.
Y entonces aparece otra paradoja.
Tenemos herramientas extraordinarias para comunicarnos, pero eso no garantiza que sepamos expresar lo que sentimos.
Podemos publicar una fotografía sonriendo mientras atravesamos un momento difícil.
Podemos tener cientos de contactos y no saber a quién llamar cuando necesitamos hablar.
Podemos recibir decenas de mensajes y sentir que nadie nos conoce verdaderamente.
No porque las relaciones digitales sean falsas por definición, sino porque la conexión tecnológica no reemplaza automáticamente la confianza, la comprensión ni el afecto.
No quiero una generación que le tenga miedo a internet
A pesar de todas estas preocupaciones, no me gustaría que la respuesta fuera enseñarnos a temerle a la tecnología.
Sería contradictorio.
Internet también es un lugar donde podemos descubrir vocaciones, desarrollar talentos, aprender de otras culturas, encontrar comunidades de apoyo y conocer perspectivas diferentes a las nuestras.
Muchos jóvenes han encontrado allí oportunidades que difícilmente habrían tenido de otra manera.
Y sería un error ignorarlo.
Lo que sí me gustaría es que aprendiéramos a relacionarnos con esos espacios de una manera más consciente.
Que pudiéramos reconocer cuándo un contenido nos informa y cuándo simplemente captura nuestra atención.
Que entendiéramos que una recomendación algorítmica no representa necesariamente lo que necesitamos.
Que pudiéramos mirar una fotografía sin convertirla inmediatamente en una medida de nuestro propio valor.
Que supiéramos cerrar una aplicación cuando sentimos que ya no nos está haciendo bien.
Y, especialmente, que no nos diera vergüenza pedir ayuda.
Porque hay contenidos que no deberían tratarse únicamente como una cuestión de preferencias personales. Cuando aparecen mensajes que promueven daño, violencia o conductas peligrosas, necesitamos mecanismos efectivos de protección y adultos capaces de acompañar sin minimizar lo ocurrido.
No todo se resuelve con fuerza de voluntad.
A veces necesitamos límites.
A veces necesitamos orientación profesional.
Y otras veces necesitamos algo tan sencillo, y al mismo tiempo tan difícil, como una conversación sincera.
Tal vez los adultos también necesitan aprender a escucharnos
Pienso que hay una pregunta que los padres podrían hacerse antes de discutir con sus hijos por el tiempo que pasan conectados.
¿Conozco realmente el mundo digital en el que vive mi hijo?
No solamente las aplicaciones que utiliza.
También las conversaciones que circulan allí, las presiones que enfrenta, los referentes que admira y las inseguridades que pueden surgir de esas experiencias.
Porque no basta con preguntar cuánto tiempo estuvo conectado.
También importa saber cómo se sintió durante ese tiempo.
¿Qué le hizo reír?
¿Qué le preocupó?
¿Qué no entendió?
¿Qué le dio miedo?
¿Qué encontró que quisiera compartir?
Quizás esas preguntas permitan construir puentes donde hoy existen discusiones.
Y los jóvenes también tenemos una responsabilidad.
Podemos reconocer que nuestros padres no siempre comprenden las plataformas que utilizamos sin asumir que sus preocupaciones carecen de sentido.
Podemos explicarles nuestro mundo sin convertir cada pregunta en una invasión.
Podemos aceptar que tener más habilidad tecnológica no significa necesariamente tener más experiencia emocional.
Es posible que un adolescente sepa utilizar una aplicación mucho mejor que sus padres.
Pero eso no significa que siempre sepa interpretar las consecuencias de lo que encuentra allí.
Y también puede ocurrir lo contrario: que un adulto tenga mucha experiencia de vida, pero necesite escuchar con humildad para comprender las dinámicas digitales actuales.
Tal vez la respuesta no esté en decidir quién tiene razón.
Tal vez esté en reconocer que ambas generaciones tienen algo que aprender.
Hay una parte de nuestra humanidad que ningún algoritmo debería reemplazar
A veces pienso en lo extraño que resulta crecer en una época donde casi todo parece medirse.
Las visualizaciones.
Los seguidores.
Las reacciones.
El tiempo de reproducción.
Las interacciones.
Hasta nuestras preferencias pueden convertirse en patrones estadísticos.
Y aunque esas mediciones tengan utilidad, ninguna puede describir completamente quiénes somos.
Una persona no vale más porque recibe más atención.
Una relación no es necesariamente mejor porque se ve perfecta en fotografías.
Una vida no es menos interesante porque no produce contenido constantemente.
Y una emoción no pierde importancia porque no se publique.
Parece evidente cuando lo escribimos.
Pero vivir de acuerdo con esas ideas puede ser mucho más difícil.
Especialmente durante la adolescencia, cuando todavía estamos descubriendo qué pensamos, qué queremos y cómo deseamos relacionarnos con los demás.
Por eso creo que necesitamos recuperar algo que la velocidad digital muchas veces nos dificulta: el espacio para construir una opinión propia.
No reaccionar inmediatamente a todo.
No convertir cada diferencia en una pelea.
No asumir que lo más visto es necesariamente lo más verdadero.
No creer que aquello que aparece repetidamente en nuestra pantalla representa toda la realidad.
Y permitirnos cambiar de opinión.
Porque crecer también significa reconocer que algunas cosas que antes admirábamos ya no nos representan.
Que ciertas comparaciones dejaron de tener sentido.
Que podemos alejarnos de contenidos que nos afectan.
Y que no necesitamos participar en todas las conversaciones para demostrar que existimos.
Lo que me preocupa del futuro no es que los jóvenes tengamos demasiada tecnología
Me preocupa que podamos terminar acostumbrándonos a vivir sin preguntarnos qué nos está haciendo sentir.
Que confundamos nuestra identidad con la imagen que mostramos.
Que dejemos de escuchar a los demás porque siempre existe otro video esperando.
Que normalicemos el sufrimiento ajeno.
O que nos cueste reconocer cuándo alguien cercano necesita ayuda porque todos aparentamos estar bien.
Pero tampoco creo que ese futuro sea inevitable.
La tecnología no decide por completo nuestra manera de vivir.
Las familias pueden construir relaciones más abiertas.
Las instituciones pueden enseñar pensamiento crítico y bienestar digital.
Las plataformas pueden asumir mayores responsabilidades.
Y nosotros podemos desarrollar una relación diferente con aquello que consumimos.
No será sencillo.
Y seguramente cometeremos errores.
Seguiremos perdiendo tiempo viendo cosas que no necesitábamos ver.
Seguiremos comparándonos de vez en cuando.
Seguiremos sintiendo curiosidad por contenidos que quizás no nos aportan demasiado.
Somos humanos.
Lo importante, creo, no es alcanzar una relación perfecta con internet.
Es aprender a reconocer cuándo algo está ocupando demasiado espacio en nuestra vida.
Y tener la libertad de decidir qué queremos hacer con eso.
Porque al final, detrás de cada cuenta, cada fotografía y cada reproducción, hay una persona.
Alguien con dudas, miedos, ilusiones, contradicciones y una historia que no cabe en una pantalla.
Quizás deberíamos recordarlo más seguido.
Especialmente cuando hablamos de adolescentes.
No estamos hablando únicamente de usuarios, estadísticas o consumidores digitales.
Estamos hablando de seres humanos que todavía están descubriendo cómo habitar el mundo.
Y merecen hacerlo sin que su bienestar dependa exclusivamente de lo que un sistema decida mostrarles.
Hay una pregunta con la que quisiera quedarme.
Si durante tantos años hemos enseñado a los jóvenes a tener cuidado con los desconocidos que encuentran en la calle, ¿por qué todavía nos cuesta tanto enseñarles a comprender lo que encuentran dentro de una pantalla?
No tengo una respuesta definitiva.
Pero cada vez estoy más convencido de que la educación digital no debería comenzar con una prohibición, sino con una conversación.
Una en la que los adultos escuchen sin asumir que ya lo saben todo.
Y en la que los jóvenes podamos hablar sin sentir que debemos esconder lo que nos preocupa.
Tal vez así logremos algo mucho más importante que reducir unas cuantas horas de pantalla.
Tal vez consigamos que, cuando alguien encuentre algo que lo lastime, lo confunda o lo asuste, no tenga que enfrentarlo completamente solo.
Y eso, para mí, ya sería un cambio enorme.
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— Juan Manuel Moreno Ocampo
Una pantalla puede mostrarnos miles de vidas en pocos minutos, pero aprender a comprender la nuestra requiere algo que ningún algoritmo puede hacer por nosotros: detenernos, sentir y pensar.
