Hay un cansancio que no desaparece después de dormir ocho horas.
Es extraño, porque uno puede pasar el día haciendo algo que realmente le gusta, algo que eligió por voluntad propia, y aun así terminar sintiendo que no tiene fuerzas para continuar. No necesariamente porque haya trabajado demasiado, sino porque durante todo ese tiempo tuvo que responder preguntas, resolver problemas, comprender emociones ajenas y aparentar una seguridad que, por dentro, quizá no tenía.
Y entonces aparece una pregunta incómoda: ¿cómo puede agotarme tanto algo que me importa?
Creo que esa contradicción merece más atención de la que normalmente le damos.
Vivimos en una sociedad que suele relacionar el cansancio con la cantidad de trabajo. Si alguien trabaja doce horas, entendemos que termine agotado. Si una persona realiza esfuerzos físicos durante toda una jornada, nadie cuestiona que necesite descansar.
Pero cuando el esfuerzo consiste en escuchar, comprender, acompañar o tomar decisiones que afectan a otras personas, parece que el cansancio tuviera menos derecho a existir.
Como si aquello que no se puede medir en horas, kilómetros o resultados tampoco pudiera desgastarnos.
Y ahí es donde comenzamos a confundir muchas cosas.
Pienso, por ejemplo, en las personas que trabajan con animales. Desde afuera, dedicarse al bienestar de los perros puede parecer una profesión maravillosa. Estar rodeado de animales, comprender su comportamiento, ayudar a mejorar la convivencia con sus familias y presenciar pequeños avances que para otros podrían parecer insignificantes.
Sin embargo, detrás de ese trabajo hay algo que no siempre se ve.
Quien acompaña a un perro con dificultades de comportamiento no está trabajando únicamente con el animal. También se encuentra con las expectativas de una familia, sus preocupaciones, sus frustraciones y, algunas veces, sus propias contradicciones.
Un perro puede necesitar tiempo para modificar una conducta, mientras su familia espera resultados inmediatos. Una persona puede querer mucho a su mascota, pero no comprender todavía lo que necesita. Otra puede sentirse culpable porque las cosas no están funcionando como imaginaba.
Y el profesional termina en medio de todo eso.
Debe comprender al animal, orientar a las personas y encontrar una manera de comunicar situaciones difíciles sin destruir la confianza de quienes buscan ayuda.
Es mucho más que enseñar una técnica.
Es sostener una relación humana mientras se intenta mejorar otra relación, la que existe entre las personas y sus animales.
Lo interesante es que esta realidad no pertenece exclusivamente al mundo canino.
También sucede con quienes enseñan, cuidan enfermos, acompañan adultos mayores, atienden clientes, dirigen equipos de trabajo o intentan mantener unida una familia.
En muchas actividades, la parte más difícil no es necesariamente el problema que debemos resolver, sino todo lo que ocurre emocionalmente alrededor de ese problema.
Y creo que muchas veces no nos preparan para eso.
Desde pequeños nos enseñan que estudiar, esforzarnos y adquirir conocimientos nos permitirá enfrentar los desafíos de la vida. Y es verdad, al menos parcialmente.
Pero hay situaciones en las que saber mucho no es suficiente.
Podemos conocer perfectamente un procedimiento y aun así no saber cómo reaccionar cuando alguien está desesperado. Podemos tener argumentos sólidos y no encontrar la manera de expresarlos sin herir. Podemos estar convencidos de una decisión y sentir miedo de las consecuencias que tendrá sobre otras personas.
Porque el conocimiento nos ayuda a comprender lo que ocurre, pero no siempre nos enseña a convivir con lo que sentimos mientras ocurre.
Y esa diferencia puede ser enorme.
Hay una idea que me parece especialmente peligrosa: creer que, cuando algo nos apasiona, deberíamos ser capaces de soportarlo todo.
Como si amar lo que hacemos nos obligara a permanecer disponibles, pacientes y emocionalmente fuertes en cualquier circunstancia.
A veces incluso convertimos esa exigencia en una especie de orgullo.
Decimos que somos personas comprometidas, que no abandonamos a nadie, que siempre buscamos una solución y que estamos dispuestos a hacer lo necesario.
Suena admirable.
Pero ¿qué sucede cuando ese compromiso comienza a consumir nuestra tranquilidad?
¿En qué momento la responsabilidad se transforma en una obligación de resolver incluso aquello que no depende de nosotros?
Me parece que ahí existe una frontera que muchas personas atraviesan sin darse cuenta.
Porque ayudar a alguien no significa poder controlar todo lo que le sucede.
Y comprender el sufrimiento de otra persona tampoco significa que debamos cargarlo como si fuera nuestro.
Sin embargo, poner esa frontera en práctica es bastante más difícil que escribirla.
Especialmente cuando somos jóvenes y estamos comenzando a construir una identidad profesional o personal.
Uno quiere demostrar que es capaz.
Quiere responder bien, cumplir con las expectativas, evitar errores y sentir que merece la confianza que otros han depositado en él.
En ese proceso, equivocarse puede sentirse como una amenaza mucho más grande de lo que realmente es.
Una crítica deja de ser una observación sobre algo que hicimos y comienza a parecer un juicio sobre lo que somos.
Una pregunta que no sabemos responder puede hacernos sentir insuficientes.
Un resultado que tarda más de lo esperado puede llevarnos a cuestionar si realmente tenemos las capacidades necesarias.
Y entonces comenzamos a exigirnos una seguridad que nadie posee todo el tiempo.
Creo que una de las dificultades de crecer consiste precisamente en comprender que la capacidad y la incertidumbre pueden existir juntas.
Podemos estar preparados y tener dudas.
Podemos ser responsables y necesitar ayuda.
Podemos sentir una vocación profunda y experimentar agotamiento.
Nada de eso constituye necesariamente una contradicción.
Lo contradictorio sería pretender que somos seres humanos cuando hablamos de nuestras necesidades, pero máquinas cuando se trata de cumplir con nuestras responsabilidades.
Hay algo más que me llama la atención.
Cuando observamos a una persona que está atravesando una dificultad, normalmente somos capaces de comprender que necesita apoyo. Si alguien está aprendiendo, aceptamos que cometerá errores. Si enfrenta una situación compleja, entendemos que no siempre tendrá todas las respuestas.
Pero cuando somos nosotros quienes atravesamos esas circunstancias, muchas veces aplicamos criterios completamente diferentes.
Nos exigimos resolver lo que a otros les permitiríamos aprender.
Nos reprochamos emociones que comprenderíamos perfectamente en alguien cercano.
Y llegamos a interpretar el cansancio como una prueba de incapacidad.
¿De dónde viene esa dureza?
Tal vez de una educación que ha valorado demasiado la autosuficiencia.
Tal vez de las redes sociales, donde vemos constantemente personas que parecen dominar su profesión, administrar perfectamente su tiempo y superar cualquier dificultad con una actitud admirable.
O quizá de esa necesidad tan humana de sentir que tenemos algún control sobre nuestra vida.
Porque reconocer que necesitamos apoyo también implica aceptar que no podemos hacerlo todo.
Y eso puede resultar incómodo.
En un mundo donde se celebra tanto la independencia, pedir ayuda todavía puede sentirse como una derrota.
Pero si lo pensamos detenidamente, ninguna capacidad humana importante se desarrolla completamente en soledad.
Aprendemos a hablar escuchando a otros. Aprendemos a convivir relacionándonos con personas diferentes. Aprendemos a trabajar observando, preguntando, equivocándonos y recibiendo orientación.
¿Por qué entonces esperamos que la capacidad de manejar emociones complejas aparezca espontáneamente?
Escuchar a alguien que está frustrado requiere habilidades.
Comunicar límites requiere habilidades.
Acompañar una situación difícil sin absorber toda su carga emocional también requiere habilidades.
Y esas habilidades pueden desarrollarse.
No necesariamente para convertirnos en especialistas en psicología, sino para relacionarnos de una manera más consciente con las personas y con nosotros mismos.
Me parece importante aclarar algo: aprender herramientas emocionales no significa que podamos reemplazar a los profesionales de la salud mental.
Hay situaciones que necesitan acompañamiento especializado, y reconocerlas también forma parte de actuar responsablemente.
Pero entre pretender resolver todos los problemas emocionales de los demás y desentendernos completamente de ellos existe un espacio enorme.
Es el espacio de la escucha, la comunicación, el respeto, los límites y la capacidad de reconocer cuándo una situación supera nuestros conocimientos.
Y ese espacio debería tener mucha más importancia en nuestra educación.
Porque podemos pasar años aprendiendo cómo funciona una empresa, un computador, una organización o incluso el comportamiento de un animal, sin dedicar el mismo tiempo a comprender cómo funcionan nuestras relaciones con los demás.
Eso me parece curioso.
Hemos desarrollado herramientas tecnológicas capaces de procesar cantidades extraordinarias de información. Podemos comunicarnos con personas al otro lado del planeta, automatizar procesos y acceder a conocimientos que antes estaban reservados para unos pocos.
Pero seguimos teniendo dificultades para decir algo tan sencillo como: «Esto me está sobrepasando».
Nos cuesta reconocer que estamos cansados.
Nos cuesta establecer límites sin sentir culpa.
Nos cuesta escuchar una crítica sin convertirla en una sentencia sobre nuestro valor.
Y quizá uno de los mayores desafíos de nuestra época sea aprender a utilizar todos nuestros conocimientos sin perder de vista nuestra condición humana.
También pienso que esto tiene mucho que ver con la manera en que entendemos el éxito.
Nos acostumbramos a observar resultados.
Cuántos clientes atendimos, cuántos problemas solucionamos, cuántas personas ayudamos, cuánto dinero ganamos o cuántos objetivos cumplimos.
Son indicadores importantes, pero no cuentan toda la historia.
Rara vez preguntamos cuánto desgaste produjo alcanzar esos resultados.
O si la persona que los consiguió todavía encuentra tranquilidad en aquello que hace.
Porque es posible construir algo valioso mientras se deteriora silenciosamente la relación que tenemos con nosotros mismos.
Y entonces aparece una paradoja: dedicamos nuestra energía a mejorar la vida de otros mientras descuidamos las condiciones que necesitamos para seguir haciéndolo.
No creo que la respuesta sea dejar de comprometernos.
Tampoco pienso que debamos evitar las situaciones difíciles o convertir cualquier incomodidad en una razón para abandonar.
La vida implica esfuerzo, responsabilidad y momentos que nos exigen más de lo que esperábamos.
Pero existe una diferencia entre afrontar dificultades y acostumbrarnos a vivir permanentemente desbordados.
La primera experiencia puede ayudarnos a crecer.
La segunda puede terminar afectando aquello que más valoramos.
Por eso considero importante cambiar la pregunta que hacemos cuando alguien comienza a sentirse agotado.
En lugar de preguntarle inmediatamente si todavía le gusta su trabajo, podríamos preguntarle con qué apoyo cuenta para realizarlo.
En lugar de asumir que necesita esforzarse más, podríamos intentar comprender qué situaciones está enfrentando sin las herramientas adecuadas.
Y en lugar de interpretar su cansancio como una falta de compromiso, podríamos reconocer que incluso las personas más comprometidas tienen límites.
Esto también debería hacernos reflexionar sobre nuestras relaciones familiares.
Muchas veces esperamos que nuestros padres sepan cómo resolver cualquier problema, que nuestros profesores tengan respuestas para todo o que las personas que nos cuidan permanezcan emocionalmente disponibles sin importar lo que estén viviendo.
Cuando somos niños, esa expectativa puede resultar comprensible.
Pero crecer también significa descubrir que quienes nos acompañan son personas con preocupaciones, inseguridades y cansancios que no siempre conocemos.
A veces la madurez comienza cuando dejamos de mirar a los demás únicamente desde lo que necesitamos de ellos y comenzamos a preguntarnos qué necesitan ellos también.
No para invertir los papeles ni asumir responsabilidades que no nos corresponden, sino para reconocer que las relaciones saludables necesitan reciprocidad.
Que cuidar también implica permitir que nos cuiden.
Y que escuchar a alguien no debería significar desaparecer nosotros de la conversación.
Hay una pregunta que me parece especialmente útil: ¿estoy cansado de lo que hago o de la manera en que estoy intentando hacerlo?
No siempre podremos responderla fácilmente.
En algunas ocasiones, el problema sí estará relacionado con la cantidad de trabajo, las condiciones laborales o responsabilidades excesivas. Sería injusto pensar que todo se soluciona aprendiendo a gestionar mejor nuestras emociones.
Hay entornos que necesitan cambiar.
Hay cargas que deben distribuirse.
Hay exigencias que sencillamente no son razonables.
Y ninguna herramienta individual puede sustituir la responsabilidad de una organización de ofrecer condiciones de trabajo dignas.
Pero también existen situaciones en las que nuestro desgaste aumenta porque sentimos que debemos demostrar constantemente nuestro valor, evitar cualquier conflicto o solucionar problemas que no están completamente bajo nuestro control.
En esos casos, aprender a reconocer nuestros límites puede cambiar profundamente la experiencia.
No porque las dificultades desaparezcan, sino porque dejamos de enfrentarlas desde la idea de que debemos poder con todo.
Quizá esa sea una de las lecciones que más vale la pena aprender mientras somos jóvenes.
No necesitamos esperar a estar completamente agotados para comenzar a comprendernos.
No necesitamos demostrar que somos indispensables para sentir que nuestro trabajo tiene valor.
Y tampoco necesitamos convertir cada dificultad en una batalla personal.
A veces podemos hacer las cosas bien y no obtener el resultado que esperábamos.
Podemos acompañar a alguien con toda nuestra disposición y no conseguir que cambie.
Podemos estudiar, prepararnos y actuar responsablemente, y aun así encontrarnos con circunstancias que superan nuestras posibilidades.
Aceptar eso no significa renunciar al esfuerzo.
Significa reconocer que la vida no funciona como una ecuación en la que todo resultado depende exclusivamente de nuestra voluntad.
Me gusta pensar que la verdadera fortaleza no consiste en resistir indefinidamente, sino en desarrollar la capacidad de reconocer cuándo necesitamos cambiar la forma de enfrentar una situación.
A veces será necesario aprender algo nuevo.
Otras veces, pedir orientación.
En ocasiones, descansar.
Y algunas veces, aceptar que una responsabilidad debe compartirse o que una expectativa necesita revisarse.
Ninguna de esas decisiones nos convierte automáticamente en personas menos capaces.
De hecho, quizá requieran más valentía que continuar aparentando que todo está bien.
Al final, creo que existe una diferencia importante entre perder el interés por algo y perder la energía necesaria para sostenerlo.
Desde afuera pueden parecer lo mismo.
Una persona deja de disfrutar su trabajo, se muestra menos paciente, comienza a dudar de sus capacidades y se pregunta si eligió el camino correcto.
Pero antes de concluir que ya no ama lo que hace, quizá debería preguntarse si ha tenido el apoyo, el descanso y las herramientas necesarias para hacerlo sin destruirse en el intento.
Porque hay sueños que no desaparecen.
Simplemente quedan sepultados debajo de demasiadas exigencias.
Y tal vez recuperar la ilusión no siempre consista en encontrar una nueva pasión, sino en construir una manera más humana de vivir la que ya tenemos.
Me quedo pensando en cuántas personas estarán cuestionando hoy sus capacidades cuando, en realidad, necesitan condiciones diferentes para desarrollarlas.
Cuántos profesionales estarán confundiendo su agotamiento con un fracaso.
Cuántos jóvenes estarán convencidos de que no sirven para algo porque todavía no saben manejar todas las emociones que acompañan el aprendizaje.
Y cuántas personas estarán ofreciendo comprensión a todo el mundo mientras se niegan esa misma comprensión a sí mismas.
No tengo una respuesta definitiva para todo eso.
Pero sí creo que deberíamos hablar más de estas cosas.
Porque detrás de cualquier profesión, de cualquier responsabilidad y de cualquier vocación hay una persona.
Y ninguna vocación, por hermosa que sea, debería exigirnos olvidar que también necesitamos ser cuidados.
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— Juan Manuel Moreno Ocampo
Hay cansancios que no nos están pidiendo abandonar nuestros sueños, sino aprender a vivirlos sin abandonarnos a nosotros mismos.
