Hay comportamientos que repetimos sin saber exactamente de dónde vienen. Y, curiosamente, los perros también.
Tal vez lo hayas visto cientos de veces.
Tu perro llega hasta su cama. La mira. La huele. Da una vuelta. Después otra. Quizás una tercera. En algunos casos rasca la superficie con las patas delanteras, acomoda algo que aparentemente ya estaba perfectamente acomodado y, finalmente, se deja caer.
Y uno podría pensar: ¿para qué hace todo eso?
La cama está limpia. Es blanda. Está dentro de una casa. No hay nada que preparar.
Pero él parece tener otro concepto de lo que significa irse a dormir.
Lo curioso es que puede repetir exactamente el mismo comportamiento sobre una cobija, un sofá, una alfombra o incluso sobre un piso completamente liso.
Como si estuviera preparando algo que nosotros no podemos ver.
Y creo que precisamente ahí está lo interesante.
Porque esas pequeñas vueltas no hablan solamente del perro que tenemos delante. Hablan de una historia muchísimo más antigua que él.
Mucho antes de que existieran camas acolchadas para mascotas, juguetes, casas, cobijas y personas preguntándose cuál alimento comprarles, los antepasados de nuestros perros tenían que encontrar lugares donde descansar en condiciones completamente diferentes.
No había un rincón previamente preparado.
Había tierra.
Hierba.
Vegetación.
Frío.
Viento.
Insectos.
Otros animales.
Y dormir significaba quedar vulnerable durante varias horas.
Dar vueltas sobre un lugar podía ayudar a aplastar la vegetación, revisar el terreno y acondicionar mínimamente el espacio antes de acostarse. Escarbar o pisotear también podía modificar esa superficie y convertir un pedazo cualquiera de terreno en algo parecido a un pequeño refugio.
Hoy nuestro perro puede estar haciendo ese mismo movimiento encima de una cama que nosotros escogimos cuidadosamente en una tienda.
Y ahí aparece una contradicción que me parece hermosa:
el mundo cambió, pero algunos gestos permanecieron.
Su cuerpo conserva comportamientos que fueron útiles mucho antes de que él naciera.
Eso me hace pensar en nosotros.
Porque quizás tampoco somos tan diferentes.
¿Cuántas cosas hacemos automáticamente sin detenernos a preguntarnos de dónde vienen?
Hay personas que revisan dos veces si cerraron una puerta.
Otras necesitan tener todo organizado antes de poder concentrarse.
Algunas guardan comida incluso cuando saben que mañana podrán comprar más.
Hay quienes necesitan sentarse siempre en el mismo lugar de la mesa.
Personas que llaman a alguien cuando llegan a casa simplemente para decir: “Ya llegué”.
Familias que siguen preparando una receta aunque ya nadie recuerde exactamente quién comenzó a hacerla.
Costumbres pequeñas.
Rituales aparentemente insignificantes.
Formas de comportarnos que probablemente aprendimos mucho antes de comprenderlas.
Y quizás por eso observar a un perro dando vueltas antes de acostarse puede terminar convirtiéndose en algo mucho más interesante que una simple curiosidad animal.
Porque nos recuerda que no todo lo que somos comenzó con nosotros.
Hay comportamientos que vienen de nuestra historia.
Otros vienen de nuestra familia.
Otros nacieron de experiencias que nos enseñaron a protegernos.
Algunos surgieron porque alguna vez fueron necesarios y después simplemente permanecieron.
El problema es que muchas veces juzgamos un comportamiento únicamente desde el presente.
Vemos lo que alguien hace, pero desconocemos lo que hizo necesario que aprendiera a hacerlo.
Una persona puede parecer excesivamente precavida porque alguna vez vivió una situación en la que confiar demasiado tuvo consecuencias.
Otra puede guardar cada documento porque creció escuchando que todo debía conservarse.
Alguien puede necesitar planearlo absolutamente todo porque durante una etapa de su vida tuvo demasiado poco control sobre lo que ocurría.
No significa que cada comportamiento tenga necesariamente una explicación profunda.
Pero sí significa que las personas —y también los animales— somos mucho más historia de lo que imaginamos.
Quizás por eso me gusta tanto esa escena del perro girando sobre su cama.
Porque él no sabe que está haciendo algo antiguo.
No piensa:
“Voy a repetir un comportamiento heredado de mis antepasados”.
Simplemente lo hace.
Su cuerpo sabe algo que él no necesita comprender.
Y nosotros lo observamos desde afuera creyendo que únicamente está buscando la posición más cómoda.
Hay otra cosa que me parece especialmente bonita.
Cuando finalmente termina de girar y se acuesta, muchas veces lo hace completamente tranquilo.
Puede cerrar los ojos porque sabe que está seguro.
Aquello que durante miles de años pudo estar relacionado con encontrar protección ocurre ahora dentro de una casa donde alguien lo cuida.
El ritual permanece.
El peligro ya no.
Y quizás esa sea una de las cosas más hermosas de nuestra relación con los animales.
No podemos borrar la historia que llevan dentro, pero sí podemos cambiar el lugar donde esa historia continúa.
Un perro conserva sus instintos, pero ya no necesariamente necesita utilizarlos para sobrevivir.
Puede dar vueltas sobre su cama sin tener que preocuparse por lo que existe entre la hierba.
Puede escarbar una manta aunque debajo solo haya un colchón.
Puede acomodarse buscando refugio cuando, probablemente, el verdadero refugio somos nosotros.
Y eso también me hace pensar en las relaciones humanas.
A veces queremos que las personas que llegan a nuestra vida abandonen inmediatamente todas las defensas que aprendieron antes de conocernos.
Queremos confianza inmediata.
Tranquilidad inmediata.
Apertura inmediata.
Como si sentirse seguro fuera simplemente una decisión.
Pero quizás la seguridad funciona de otra manera.
Primero repetimos nuestros viejos rituales.
Comprobamos.
Observamos.
Damos algunas vueltas.
Y solamente después nos acostamos tranquilos.
Tal vez por eso comprender el origen de una conducta cambia la manera en que la miramos.
Lo que antes parecía extraño empieza a tener sentido.
Lo que parecía innecesario puede haber sido alguna vez indispensable.
Y lo que considerábamos una simple manía puede ser la huella de una historia muchísimo más larga.
También se ha investigado algo todavía más curioso sobre los perros: su posible sensibilidad al campo magnético terrestre. Algunos estudios han observado patrones de orientación corporal en determinadas circunstancias, aunque es un campo que continúa siendo estudiado y sobre el que todavía queda bastante por comprender.
Y eso también me gusta.
Que todavía no sepamos todo.
Vivimos en una época en la que parece que necesitamos una explicación inmediata para cada cosa.
Preguntamos algo y en segundos encontramos respuestas.
Tenemos buscadores, inteligencia artificial, videos, artículos, estudios y millones de personas opinando.
Y, aun así, seguimos compartiendo la vida con seres que hacen cosas cuyo significado completo todavía estamos intentando comprender.
Quizás no saberlo todo también tiene algo de bonito.
Nos obliga a observar.
A prestar atención.
A conservar la curiosidad.
Porque convivir con un animal debería ser también aprender su lenguaje.
No solamente esperar que él aprenda el nuestro.
Nosotros enseñamos al perro dónde hacer sus necesidades, cuándo comer, dónde dormir, qué puede morder y qué no.
Pero él también nos enseña cosas sin proponérselo.
Nos enseña que dormir cuando uno tiene sueño puede ser suficiente.
Que una caminata puede ser emocionante aunque recorramos exactamente la misma calle de ayer.
Que alguien llegando a casa puede seguir siendo motivo de celebración después de miles de veces.
Que estar al lado de una persona sin hablar también puede ser compañía.
Y quizás esas vueltas antes de dormir nos enseñen otra cosa:
que todos cargamos una historia que sigue apareciendo en nuestros pequeños gestos.
Algunos los heredamos.
Otros los aprendimos.
Otros los construimos nosotros mismos.
Y no necesariamente tenemos que eliminarlos todos.
A veces basta con entenderlos.
La próxima vez que veas a un perro acercarse a su cama y comenzar ese pequeño ritual, probablemente seguirá pareciendo la misma escena de siempre.
Una vuelta.
Dos.
Tal vez tres.
Un pequeño arañazo sobre la manta.
Después, finalmente, el cuerpo cayendo sobre la cama.
Pero si lo observas con un poco más de atención, quizá puedas imaginar todo lo que hay detrás de ese gesto.
Un animal viviendo en pleno siglo XXI realizando un movimiento que probablemente tiene raíces muchísimo más antiguas que la casa donde duerme.
Preparando un refugio que ya estaba preparado.
Buscando seguridad en un lugar donde ya está seguro.
Repitiendo una conducta que alguna vez pudo tener una función fundamental y que hoy permanece convertida en ritual.
Y nosotros ahí, mirándolo.
Tal vez pensando que simplemente está dando vueltas.
Cuando en realidad estamos contemplando algo extraordinario:
la manera en que el pasado consigue seguir viviendo dentro del presente.
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— Juan Manuel Moreno Ocampo
A veces creemos que estamos mirando una costumbre extraña, cuando en realidad estamos viendo una historia que todavía no ha terminado de contarse.
