Hay enfermedades que desaparecen de nuestras conversaciones mucho antes de desaparecer del mundo.
Quizás por eso hablar de rabia en 2026 puede sonar, para muchos, como hablar de un problema antiguo. Algo que escuchábamos cuando éramos niños, cuando nos advertían que no debíamos acercarnos a un perro desconocido o cuando veíamos las jornadas de vacunación de mascotas en algún parque del barrio.
Pero hay una contradicción difícil de ignorar: mientras para algunas sociedades la rabia parece un recuerdo, en otras continúa siendo una sentencia de muerte.
La Organización Mundial de la Salud sigue estimando unas 59.000 muertes humanas al año por esta enfermedad. La gran mayoría ocurre en África y Asia y aproximadamente el 99 % de los casos humanos están relacionados con perros infectados. Además, la OMS advierte que el número real podría ser incluso mayor debido al subregistro. Organización Mundial de la Salud
Lo inquietante no es solamente la cifra.
Lo inquietante es saber que hablamos de una enfermedad prevenible.
Eso cambia completamente la manera de mirar el problema.
Porque hay tragedias frente a las cuales la humanidad todavía está buscando respuestas. Enfermedades para las que seguimos investigando tratamientos, tecnologías que todavía no existen y preguntas científicas que aún no sabemos responder.
Con la rabia ocurre algo diferente.
Sabemos bastante bien qué hacer.
Vacunar perros, mantener vigilancia epidemiológica, enseñar a las comunidades a prevenir mordeduras y garantizar atención médica rápida después de una exposición son herramientas conocidas desde hace años. La vacunación de al menos el 70 % de los perros en zonas de riesgo es considerada por la OMS una de las formas más efectivas de interrumpir la transmisión. Organización Mundial de la Salud
Entonces aparece una pregunta mucho más incómoda:
¿qué sucede cuando el conocimiento existe, pero no llega a todos?
Tal vez una de las grandes desigualdades de nuestro tiempo no sea únicamente quién tiene acceso a las últimas tecnologías, a inteligencia artificial, a educación de calidad o a mejores oportunidades económicas.
También existe una desigualdad mucho más elemental: la posibilidad de sobrevivir a algo que ya sabemos prevenir.
Mientras escribimos mensajes desde un teléfono capaz de procesar millones de datos en segundos, todavía existen familias para las cuales la mordedura de un animal infectado puede convertirse en una emergencia con consecuencias irreversibles.
No porque la humanidad desconozca la solución.
Sino porque esa solución no siempre está disponible donde hace falta.
Y ahí una vacuna deja de parecer simplemente un producto médico.
Se convierte en tiempo.
Tiempo para que alguien siga creciendo.
Tiempo para que una familia permanezca completa.
Tiempo para que un niño vuelva a su casa después de jugar.
Tiempo que probablemente nunca aparecerá en una estadística.
En 2026, el Programa Afya de MSD Salud Animal cumple tres décadas desde su lanzamiento en 1996. La iniciativa alcanzó anteriormente el hito de más de siete millones de vacunas contra la rabia donadas para apoyar campañas de vacunación canina en comunidades donde la enfermedad continúa siendo una amenaza. MSD Animal Health
Siete millones.
Tenemos una relación extraña con los números grandes.
Los vemos tantas veces que terminan perdiendo significado.
Millones de personas.
Millones de dosis.
Millones de dólares.
Miles de víctimas.
Nuestro cerebro parece defenderse convirtiendo seres humanos en estadísticas. Quizás sea inevitable. Ninguno de nosotros puede sentir individualmente el peso de miles de historias al mismo tiempo.
Pero detrás de cada vacuna aplicada hay algo mucho más sencillo.
Un animal.
Una persona que lo sostiene.
Alguien que organiza la jornada.
Un veterinario o trabajador que aplica la dosis.
Una comunidad que confía.
Una cadena de decisiones aparentemente pequeñas que evita que el virus encuentre el siguiente cuerpo.
Y probablemente allí exista una enseñanza que va mucho más allá de la rabia.
Nos gustan los grandes momentos.
La inauguración.
El anuncio.
El descubrimiento.
La fotografía.
El récord.
La publicación que todos comparten durante unos días.
Pero buena parte de los avances importantes de una sociedad son muchísimo menos emocionantes: consisten en hacer lo mismo correctamente durante años.
Vacunar otra vez.
Vigilar otra vez.
Educar otra vez.
Revisar otra vez.
Volver el próximo año.
Y después volver nuevamente.
México entendió algo de eso.
En 2019 se convirtió en el primer país del mundo en obtener la validación de la OMS por haber eliminado la rabia humana transmitida por perros como problema de salud pública. No fue consecuencia de una campaña espectacular realizada durante unos meses, sino de décadas de vacunación masiva de perros, vigilancia, diagnóstico, educación y disponibilidad de profilaxis después de una exposición. Organización Mundial de la Salud
Sin embargo, incluso los logros necesitan mantenimiento.
Eliminar una forma de transmisión no significa eliminar para siempre cualquier posibilidad de rabia. El virus puede continuar circulando entre animales silvestres, razón por la cual la vigilancia sigue siendo necesaria. Organización Mundial de la Salud
Me parece una idea poderosa incluso fuera de la salud pública.
A veces creemos que solucionar algo significa no tener que ocuparnos nunca más de ello.
Pero muchas cosas importantes funcionan exactamente al contrario.
Una relación no permanece sana porque alguna vez tuvimos una conversación profunda.
Una familia no permanece unida únicamente porque exista cariño.
Nuestra salud no se conserva porque un día decidimos cuidarnos.
Una sociedad tampoco mantiene sus avances simplemente porque alguna generación logró alcanzarlos.
Hay conquistas que solamente existen mientras alguien continúa cuidándolas.
Y eso puede resultar frustrante porque vivimos en una época obsesionada con la novedad.
Queremos la siguiente actualización, el siguiente dispositivo, la siguiente tendencia, la siguiente aplicación, la siguiente solución revolucionaria.
La prevención casi nunca tiene ese atractivo.
Prevenir significa trabajar para que algo no ocurra.
Y demostrar el valor de aquello que no ocurrió es complicado.
¿Cómo mostramos una muerte que nunca sucedió?
¿Cómo fotografiamos una infección evitada?
¿Cómo conocemos el nombre de alguien que pudo continuar su vida precisamente porque una cadena de prevención funcionó?
Tal vez por eso cuidar suele recibir menos reconocimiento que reparar.
Cuando una crisis explota, todos miramos.
Cuando alguien evita silenciosamente que la crisis ocurra, pocas veces nos enteramos.
Sin embargo, buena parte de una sociedad funcional depende exactamente de esas personas y de esos sistemas invisibles.
La rabia permite verlo con especial claridad porque su contraste es brutal: una vez aparecen los síntomas clínicos, la enfermedad es prácticamente siempre mortal; y, al mismo tiempo, las muertes pueden prevenirse mediante herramientas que ya conocemos. Organización Mundial de la Salud
Entre esos dos extremos existe algo profundamente humano: nuestra capacidad de organizarnos antes de que llegue la tragedia.
Eso exige ciencia, por supuesto.
Pero la ciencia sola no camina por las calles vacunando animales.
Necesita instituciones.
Necesita gobiernos.
Necesita veterinarios.
Necesita organizaciones sociales.
Necesita recursos.
Necesita familias responsables.
Necesita personas capaces de explicar por qué una vacuna sigue siendo necesaria incluso cuando hace años nadie cercano parece haber visto un caso.
Y necesita continuidad.
Quizás esa última palabra sea una de las más importantes.
Continuidad.
Treinta años de un programa significan generaciones distintas trabajando alrededor de un mismo objetivo. Significan cambios de gobiernos, tecnologías, prioridades, crisis económicas, pandemias y transformaciones sociales.
Y aun así, continuar.
La meta internacional conocida como “Zero by 30” busca terminar para 2030 con las muertes humanas causadas por rabia transmitida por perros. Es una estrategia que reúne vacunación canina, acceso a atención posterior a la exposición, participación comunitaria y vigilancia bajo el enfoque de Una Salud. Organización Mundial de la Salud
Y hay señales concretas de que avanzar es posible.
En septiembre de 2026, la OMS informó que México, Chile y Bután ya habían sido validados por la eliminación de la rabia humana transmitida por perros como problema de salud pública. Organización Mundial de la Salud
Eso no significa que el problema mundial esté resuelto.
Significa algo quizá más importante: que no estamos hablando de una meta puramente teórica.
Ya existen lugares donde funcionó.
Ahora el desafío es sostener esos resultados y conseguir que el lugar donde una persona nace no determine si tendrá acceso a una prevención que la humanidad conoce desde hace décadas.
Y aquí aparece otra reflexión.
Cuando pensamos en salud solemos separar demasiado nuestras vidas de las de los animales y del ambiente. Como si fueran mundos independientes.
La rabia demuestra exactamente lo contrario.
La salud de un perro puede terminar relacionada con la salud de una familia.
La presencia del virus en fauna silvestre puede cambiar decisiones sanitarias de una ciudad.
La vacunación veterinaria puede convertirse en una estrategia para salvar vidas humanas.
Nuestra salud nunca ha sido completamente individual.
Tal vez tampoco lo sea nuestra responsabilidad.
No significa que cada persona tenga que resolver un problema mundial. Esa idea también puede convertirse en una forma injusta de cargar al individuo con responsabilidades que corresponden a instituciones, gobiernos y sistemas de salud.
Pero sí podemos preguntarnos qué parte nos corresponde.
Para alguien será mantener al día las vacunas de su mascota.
Para otro será enseñar a sus hijos a relacionarse de manera segura con los animales.
Para un profesional será participar en una jornada.
Para una institución será garantizar vacunas.
Para un gobierno será sostener programas incluso cuando los resultados positivos hagan parecer que ya no son necesarios.
Y para quienes simplemente observamos desde afuera, quizá nuestra tarea inicial sea no confundir ausencia visible con inexistencia.
Porque cuando una política preventiva funciona demasiado bien ocurre algo curioso: empezamos a olvidar por qué existe.
Dejamos de ver la enfermedad.
Entonces dejamos de sentir el riesgo.
Después comenzamos a preguntarnos si todavía vale la pena prevenirla.
Y justamente allí puede comenzar el retroceso.
Hay una frase silenciosa detrás de muchos avances humanos: seguimos haciéndolo porque funciona.
No siempre necesitamos una solución nueva.
A veces necesitamos no abandonar la que ya sabemos que salva vidas.
Por eso los siete millones de vacunas pueden entenderse de otra manera.
No únicamente como siete millones de dosis.
Son siete millones de pequeños intentos por romper una cadena de transmisión antes de que llegue a una persona.
No sabemos cuántas historias cambiaron exactamente gracias a ellas. Tampoco podemos mirar cada vida potencialmente protegida y señalarla.
Pero quizás ahí esté precisamente la belleza extraña de la prevención.
Su mayor éxito muchas veces consiste en que no haya historia que contar.
Que el niño mordido reciba atención.
Que el perro esté vacunado.
Que la infección no ocurra.
Que una familia continúe con su rutina.
Que llegue la noche y nadie sepa que ese día, en algún lugar, una tragedia pudo haber sucedido y no sucedió.
Vivimos esperando acontecimientos extraordinarios que nos demuestren que el mundo puede mejorar.
Tal vez algunos ya están ocurriendo, solo que tienen una apariencia mucho menos espectacular.
A veces mejorar el mundo se parece simplemente a una persona sosteniendo con cuidado a un perro mientras alguien prepara una vacuna.
Y al día siguiente, hacerlo otra vez.
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— Juan Manuel Moreno Ocampo
Quizás cuidar también sea eso: seguir haciendo hoy lo necesario para que mañana alguien nunca tenga que conocer la tragedia que logramos evitar.
