¿Alguna vez has sentido que tu perro se demora demasiado oliendo el mismo árbol?
Uno va con afán. Mira la hora, piensa en todo lo que tiene pendiente, calcula cuánto falta para volver a casa y, mientras tanto, el perro sigue ahí, con la nariz pegada al piso, completamente concentrado en un rincón que para nosotros no parece tener absolutamente nada de especial.
Y tal vez ahí empieza el problema.
Nosotros creemos que no hay nada.
Él sabe que allí pasó el mundo entero.
Durante mucho tiempo pensé que sacar a pasear a un perro era algo bastante simple. Caminar, permitirle hacer sus necesidades, ayudarlo a gastar energía y regresar a casa. Incluso muchas veces evaluamos un paseo según el cansancio con el que vuelve el animal.
“Hoy sí caminó bastante”.
“Hoy sí quedó rendido”.
“Hoy sí gastó toda esa energía”.
Pero con el tiempo he entendido que un paseo puede significar mucho más que mover las patas.
Para un perro, salir a la calle es también una manera de interpretar la realidad.
Nosotros recorremos una ciudad principalmente con los ojos. Vemos personas, carros, edificios, negocios, árboles, señales y semáforos. Sabemos que alguien pasó por un lugar porque lo vimos o porque nos lo contaron.
Ellos tienen otra herramienta.
La nariz.
Y esa nariz convierte una calle que para nosotros parece completamente normal en una enorme fuente de información.
Un árbol no es solamente un árbol.
Una esquina no es solamente una esquina.
Un poste no es solamente un poste.
Allí quedaron olores, rastros y señales que nosotros somos incapaces de percibir con la misma intensidad.
Quizás pasó otro perro.
Quizás estuvo allí hace pocos minutos.
Quizás pasó un gato.
Quizás alguien dejó caer comida.
Quizás llovió.
Quizás hay un olor nuevo que ayer no estaba.
El perro se acerca, procesa todo aquello y empieza a entender qué ocurrió antes de que él llegara.
Por eso me encanta pensar que un perro no solamente sale a caminar.
Sale a leer el mundo.
Nosotros tenemos periódicos, redes sociales, conversaciones y notificaciones.
Ellos tienen olores.
Y creo que cuando uno entiende eso empieza a mirar los paseos de una manera completamente diferente.
Porque probablemente todos hemos hecho lo mismo alguna vez.
El perro se detiene.
Huele.
Nosotros esperamos cinco segundos.
Sigue oliendo.
Nos desesperamos un poco.
“Vamos”.
Tiramos suavemente de la correa.
Continúa intentando acercarse.
“Ya, vamos”.
Y seguimos caminando.
No porque queramos tratarlo mal.
Muchas veces simplemente tenemos prisa.
El problema es que nuestra vida está tan acostumbrada a la prisa que terminamos imponiéndosela a todos los que viven cerca de nosotros.
Incluso a los animales.
Tenemos prisa para comer.
Prisa para trabajar.
Prisa para contestar.
Prisa para llegar.
Prisa para descansar.
Hasta cuando salimos a caminar queremos terminar rápido.
Entonces aparece un perro que lleva casi un minuto oliendo la misma mata y pensamos que está desperdiciando el paseo.
Tal vez no lo está desperdiciando.
Tal vez está haciendo exactamente aquello que necesitaba hacer.
Olfatear le permite explorar, procesar información y relacionarse con su entorno de una forma profundamente natural.
Y eso me deja pensando mucho en nuestra propia manera de vivir.
Porque mientras nosotros queremos avanzar constantemente, el perro sabe detenerse.
Mientras pensamos en la siguiente esquina, él está viviendo esta.
Mientras revisamos el celular, él está descubriendo qué ocurrió en ese pequeño pedazo de tierra.
Mientras queremos terminar el paseo, él todavía lo está disfrutando.
No quiero romantizar absolutamente todo lo que hace un perro. Evidentemente existen momentos en los que debemos seguir caminando, situaciones peligrosas, objetos que no debe acercarse a o espacios donde debemos mantener mayor control.
Pero dentro de esos límites también existe algo muy importante: permitirle ser perro.
Parece una frase demasiado sencilla.
Sin embargo, convivimos con animales dentro de un mundo completamente diseñado para los humanos.
Deben acostumbrarse a nuestros apartamentos.
A nuestros horarios.
A nuestros ascensores.
A nuestras visitas.
A nuestros carros.
A nuestros ruidos.
A nuestras reglas.
Queremos que se sienten cuando lo pedimos, que esperen, que no ladren, que no tiren de la correa, que se comporten correctamente frente a otros perros, que aprendan dónde pueden entrar y dónde no.
Les pedimos constantemente que entiendan nuestro mundo.
Quizás nosotros también deberíamos hacer un esfuerzo por entender un poco el suyo.
Un buen paseo empieza justamente ahí.
No necesariamente en caminar muchos kilómetros.
Empieza en comprender al perro que tenemos al otro extremo de la correa.
Hay animales que necesitan bastante ejercicio físico.
Otros necesitan recorridos más tranquilos.
Un cachorro no vive un paseo de la misma manera que un perro mayor.
Un animal inseguro puede sentirse abrumado en una avenida llena de ruidos.
Otro puede disfrutar enormemente un parque.
Uno quiere detenerse constantemente.
Otro prefiere caminar.
Incluso perros muy similares físicamente pueden reaccionar de formas completamente diferentes ante un mismo entorno.
Porque cada perro tiene una historia.
Una personalidad.
Unos aprendizajes.
Unos miedos.
Unas preferencias.
Y cuando uno empieza a comprender eso, deja de pensar que existe una única manera correcta de pasearlos.
También empieza a descubrir algo que me parece fundamental: cansar a un perro no siempre significa satisfacerlo.
A veces existe esta idea de que un paseo fue bueno solamente si el animal regresa completamente agotado.
Pero hay una diferencia entre agotamiento y bienestar.
Un perro puede caminar muchísimo y haber pasado todo el recorrido tenso, frustrado o excesivamente estimulado.
También puede hacer una caminata más corta, disponer de tiempo para explorar y regresar mucho más tranquilo.
Por eso no todo puede medirse en distancia.
La calidad también importa.
Y observar esa calidad exige atención.
Un perro habla todo el tiempo.
No con palabras.
Habla con el cuerpo.
Con la forma en la que mueve la cola.
Con sus orejas.
Con la tensión de sus músculos.
Con la manera en que respira.
Con la velocidad a la que camina.
Con la forma en que mira aquello que tiene delante.
Con la distancia que intenta mantener frente a determinados estímulos.
El problema es que muchas veces nosotros no conocemos ese idioma.
Vemos un perro ladrando y pensamos simplemente que se está portando mal.
Vemos uno que se detiene y pensamos que es terco.
Vemos otro que quiere alejarse y lo obligamos a acercarse porque creemos que “tiene que acostumbrarse”.
Pero quizás detrás de esas conductas exista información que todavía no sabemos interpretar.
Por eso pasear a un perro con criterio es mucho más que sujetar una correa.
También significa saber observar.
Saber anticiparse.
Saber cuándo continuar.
Saber cuándo permitir una pausa.
Saber cuándo mantener distancia.
Saber reconocer cuándo un animal está demasiado alterado.
Saber distinguir entre una situación segura y otra que puede convertirse rápidamente en un problema.
Y ahí es donde empiezo a valorar mucho más el concepto de un Paseador Canino Profesional.
Desde afuera puede parecer uno de esos trabajos que cualquiera podría realizar.
“Es solamente caminar con un perro”.
Pero muchas actividades parecen sencillas hasta que descubrimos lo que significa hacerlas realmente bien.
Cuidar a otra vida exige responsabilidad.
Un buen paseador no debería limitarse a recoger al perro, caminar una cantidad determinada de minutos y devolverlo.
Tiene que aprender a leer al animal.
Tiene que conocer el entorno.
Debe saber gestionar encuentros con otros perros.
Tiene que prestar atención al clima.
Al suelo.
A la hidratación.
A posibles alimentos peligrosos abandonados en la calle.
A bicicletas.
Carros.
Personas.
Ruido.
Y también debe aprender cuándo no hacer algo.
No todos los perros tienen que saludarse.
No todos los encuentros deben permitirse.
No todos los parques funcionan para todos los animales.
No todos los perros quieren interactuar con desconocidos.
A veces cuidar bien consiste simplemente en cruzar la calle.
Mantener distancia.
Cambiar la ruta.
Esperar.
Tomar una decisión antes de que el problema aparezca.
Eso es criterio.
Y creo que ahí vive gran parte del profesionalismo en cualquier oficio.
Muchas veces creemos que ser profesional significa hacer algo más complicado.
Pero en realidad puede significar hacer muy bien aquello que parece sencillo.
Prestar atención donde otros se distraen.
Anticiparse donde otros improvisan.
Respetar donde otros fuerzan.
Tener paciencia donde otros sienten prisa.
Además, cuando alguien recibe a un perro para pasearlo, recibe mucho más que un animal.
Recibe la confianza de una familia.
Y esa frase puede parecer exagerada hasta que uno piensa en lo que representan nuestras mascotas.
Para alguien, ese perro es su compañía cada noche.
Para otra persona puede ser quien la recibe cuando vuelve agotada del trabajo.
Para un niño puede ser su mejor amigo.
Para alguien que atravesó una pérdida, puede haber sido una compañía fundamental.
Para una persona mayor puede representar rutina, afecto y presencia.
Nuestros animales terminan entrando en lugares emocionales muy profundos.
Por eso entregar la correa a otra persona requiere confianza.
Queremos saber que estará atento.
Que no caminará todo el recorrido mirando el celular.
Que tendrá paciencia.
Que sabrá qué hacer si aparece una dificultad.
Que entenderá que el objetivo no es solamente completar una ruta.
Es cuidar.
Y quizá esa palabra resume buena parte de todo esto.
Cuidar.
Porque amar a un animal no significa únicamente darle comida, un techo y cariño.
También significa esforzarnos por comprender sus necesidades.
Y cuanto más aprendemos sobre ellas, más descubrimos que compartir la vida con un perro también puede transformarnos.
Ellos nos obligan a salir de nosotros mismos.
A observar.
A prestar atención a otro ritmo.
A vivir pequeñas rutinas todos los días.
A recordar que hay alguien dependiendo de nosotros.
Y, curiosamente, también pueden enseñarnos cosas que necesitamos como seres humanos.
Un perro oliendo una esquina me recuerda que no siempre tengo que correr.
Que no todos los momentos necesitan producir algo.
Que detenerse no necesariamente significa perder tiempo.
Que existen cosas importantes que pasan cuando dejamos de pensar constantemente en lo siguiente.
A veces queremos respuestas enormes para nuestra vida y las enseñanzas aparecen en situaciones ridículamente simples.
Un café con alguien.
Una conversación familiar.
Un silencio.
Una caminata.
Un perro que se niega a avanzar porque todavía no termina de oler el mismo árbol.
Quizás la vida habla así.
No siempre con grandes acontecimientos.
Muchas veces lo hace en los detalles.
Y desde una mirada espiritual también me parece hermoso reconocer que nosotros no somos la única manera posible de experimentar este mundo.
Hay sonidos que no escuchamos.
Olores que no percibimos.
Señales que no reconocemos.
Formas de comunicación que no comprendemos.
Eso debería darnos cierta humildad.
Vivimos creyendo que entendemos muchísimo porque podemos explicar muchas cosas.
Pero basta observar a un animal para descubrir todo aquello que sucede frente a nosotros sin que nuestros sentidos puedan percibirlo.
El perro sabe que alguien pasó por aquella esquina.
Nosotros no tenemos idea.
Y aun así estamos caminando por el mismo lugar.
Dos seres.
Una misma calle.
Dos mundos completamente diferentes ocurriendo al mismo tiempo.
Quizás convivir significa precisamente aprender a respetar esas diferencias.
La próxima vez que salgas con tu perro intenta algo sencillo.
Cuando sea seguro, déjalo detenerse un poco.
Observa qué lugares le interesan.
Mira cómo cambia su cuerpo.
Presta atención a lo que sucede cuando encuentra un olor nuevo.
No mires inmediatamente el reloj.
No intentes convertir todo el paseo en una meta.
Camina con él.
No solamente delante de él.
Tal vez notes cosas que antes ignorabas.
Incluso puede ocurrir algo curioso.
Quizá descubras que tú también necesitabas ese paseo.
Necesitabas salir.
Respirar.
Alejarte unos minutos de la pantalla.
Mirar el barrio.
Sentir el clima.
Caminar sin tener que demostrar nada.
Entonces sucede algo bonito.
Uno deja de pensar:
“Tengo que sacar al perro”.
Y empieza a pensar:
“Vamos a salir”.
Parece un cambio insignificante.
Pero para mí dice mucho.
El primero suena a obligación.
El segundo suena a compañía.
Y creo que nuestros vínculos mejoran cuando dejamos de verlos únicamente como responsabilidades y empezamos a reconocer todo lo que también recibimos de ellos.
Por eso la próxima vez que tu perro se detenga a leer su periódico invisible en una esquina, recuerda que quizás no está haciendo perder el tiempo.
Está siendo perro.
Está descubriendo.
Está comprendiendo.
Está relacionándose con el mundo de la manera que la naturaleza le permitió hacerlo.
Y nosotros, mientras tanto, podemos aprender a acompañarlo mejor.
No siempre tirando de la correa.
A veces simplemente sosteniéndola.
Si quieres seguir leyendo reflexiones sobre la vida cotidiana, nuestros vínculos y esas pequeñas experiencias que terminan enseñándonos cosas grandes, puedes visitar:
https://juanmamoreno03.blogspot.com
👉 “¿Quieres más tips como este? Únete al grupo exclusivo de WhatsApp”.
— Juan Manuel Moreno Ocampo
A veces comprender a quien camina a nuestro lado empieza cuando dejamos de apresurarlo y aprendemos a descubrir por qué decidió detenerse.
