viernes, 24 de julio de 2026

El día en que Colombia mire sus montañas y ya no encuentre nieve

 


¿Qué se siente perder algo que siempre creímos eterno?

Pienso en esa pregunta cuando veo las fotografías antiguas de los nevados de Colombia. Montañas cubiertas por una cantidad de hielo que hoy parece imposible, casi como si esas imágenes pertenecieran a otro país o a otro planeta. Durante años crecimos escuchando nombres como el Nevado del Ruiz, la Sierra Nevada de Santa Marta, el Nevado del Tolima, el Santa Isabel o la Sierra Nevada del Cocuy. Los aprendimos en el colegio, los vimos dibujados en los mapas y los reconocimos como parte del paisaje nacional. Estaban ahí, elevados, blancos, silenciosos. Parecían invencibles.

Pero no lo eran.

Hoy el hielo que permanece en las montañas colombianas representa menos de una décima parte del que existía a mediados del siglo XIX. El Ideam calcula que el país pasó de aproximadamente 347,9 kilómetros cuadrados de superficie glaciar a solo 30,83 kilómetros cuadrados en 2024. Eso significa que Colombia ha perdido cerca del 91 % de sus glaciares. No es una posibilidad futura ni una amenaza lejana: es algo que ya ocurrió delante de nosotros, aunque muchas veces no lo hayamos visto.

Confieso que estas cifras me producen una mezcla extraña de tristeza, miedo y culpa. Tristeza porque estamos viendo desaparecer una parte de nuestra identidad. Miedo porque uno entiende que el planeta está cambiando más rápido de lo que nos gustaría aceptar. Y culpa porque, aunque no todos tengamos la misma responsabilidad, casi todos participamos de alguna manera en un estilo de vida que exige producir, comprar, transportar, desechar y consumir como si los recursos fueran infinitos.

A veces hablamos del cambio climático como si fuera un capítulo aburrido de un libro de ciencias. Escuchamos palabras como emisiones, calentamiento, variabilidad climática o pérdida de biodiversidad, y terminamos desconectándonos. Tal vez es una forma de protegernos. Las cifras pueden ser tan grandes que dejan de sentirse humanas. Sin embargo, detrás de cada número hay algo real: una corriente de agua que cambia, una especie que pierde su hogar, una comunidad que debe adaptarse, una montaña que deja de ser como la conocieron nuestros abuelos.

Los glaciares no son simples adornos blancos ubicados en la parte más alta del paisaje. Son archivos naturales que guardan información sobre el clima, regulan dinámicas de los ecosistemas de montaña y alimentan corrientes de agua, especialmente durante temporadas secas. Su desaparición altera relaciones construidas durante siglos entre el hielo, el páramo, los humedales, los ríos, los animales y las personas. El área glaciar del país continúa disminuyendo a un ritmo estimado de entre el 3 % y el 5 % anual, aunque la pérdida puede variar según cada montaña y las condiciones climáticas de cada periodo.

Quizás alguien pueda pensar: “Pero yo vivo lejos de un nevado, eso no me afecta”. Yo también he caído en esa forma de pensar. Nos acostumbramos a creer que un problema solo nos pertenece cuando llega hasta nuestra puerta. Si el río no se ha secado en nuestro municipio, si todavía sale agua de la llave o si el calor puede resolverse encendiendo un ventilador, sentimos que aún hay tiempo.

El problema es que la naturaleza no funciona según las divisiones que inventamos los seres humanos. A ella no le importan los límites entre departamentos, los periodos presidenciales, las discusiones en redes sociales ni nuestras excusas. Todo está conectado. Lo que ocurre en una montaña influye en los ecosistemas que la rodean. Lo que pasa en los páramos se refleja en el agua. Lo que sucede con los bosques afecta la temperatura, los suelos y las lluvias. Nosotros hacemos parte de esa red, aunque algunas veces vivamos como si estuviéramos por encima de ella.

Me cuesta aceptar la frase “los glaciares colombianos están condenados a desaparecer”. Suena definitiva. Suena como una sentencia frente a la cual no queda nada por hacer. Y en cierto sentido contiene una verdad dolorosa: una parte del daño acumulado ya no puede revertirse en escalas de tiempo humanas. Incluso si mañana redujéramos drásticamente las emisiones, el hielo no reaparecería de inmediato. Algunas transformaciones seguirían avanzando debido al calor acumulado y a la fragilidad actual de los pequeños cuerpos glaciares.

El Nevado Santa Isabel es uno de los ejemplos más dolorosos. Por su tamaño reducido, su altitud y otras condiciones ambientales, ha sido señalado durante años como el glaciar colombiano más próximo a desaparecer. Parques Nacionales lo describe como una señal contundente del cambio climático y como una oportunidad para crear conciencia sobre la importancia de los ecosistemas de alta montaña.

Sin embargo, que una pérdida sea irreversible no significa que todas las pérdidas futuras también lo sean.

Esa diferencia es fundamental.

No podemos recuperar con una frase motivacional el hielo que ya se derritió. Tampoco podemos fingir que separar residuos en casa resolverá por sí solo un problema global alimentado por sistemas económicos, energéticos y políticos enormes. Sería ingenuo. Pero también sería peligroso convertir la gravedad del problema en una excusa para la indiferencia.

Entre creer que una sola persona puede salvar el planeta y pensar que ninguna acción sirve existe un espacio más honesto: comprender que nuestras decisiones individuales importan, pero deben estar acompañadas por decisiones colectivas, empresariales y gubernamentales mucho más profundas.

Podemos revisar lo que consumimos, reducir el desperdicio, cuidar el agua, utilizar con mayor conciencia la energía y apoyar proyectos ambientales responsables. Pero también necesitamos exigir políticas públicas serias, vigilancia sobre la deforestación, protección real de los páramos, transición energética justa, investigación científica constante y educación ambiental que no se limite a una cartelera escolar realizada una vez al año.

Necesitamos dejar de tratar el medioambiente como un asunto secundario que se menciona durante las campañas y luego se olvida cuando aparecen otros intereses.

También debemos aprender a escuchar a quienes habitan los territorios. Las comunidades campesinas e indígenas no pueden ser vistas como obstáculos ni como elementos decorativos para fotografías institucionales. Muchas de ellas conocen los ciclos de las montañas, las fuentes de agua y las transformaciones del paisaje con una profundidad que no siempre cabe en una tabla estadística. Proteger un ecosistema sin respetar a las personas que históricamente han convivido con él es una contradicción.

Me pregunto cómo les explicaremos esta pérdida a quienes nazcan dentro de treinta o cuarenta años.

Tal vez mirarán las imágenes de nuestros nevados de la misma manera en que hoy observamos fotografías de animales extintos. Preguntarán si de verdad existieron montañas blancas en un país tropical. Nos preguntarán cuándo supimos que estaban desapareciendo.

Y tendremos que admitir que lo sabíamos.

Eso es lo que más pesa.

No podremos decir que ocurrió de repente. Los científicos llevan décadas midiendo el retroceso del hielo. Las fotografías comparativas lo muestran. Las expediciones lo confirman. Los informes lo repiten. En abril de 2025, el Ideam declaró extinto el glaciar Cerros de la Plaza, en la Sierra Nevada del Cocuy. Su desaparición no fue una metáfora: fue la constatación oficial de que una masa de hielo que había sobrevivido durante muchísimo tiempo dejó de cumplir las condiciones para ser considerada glaciar.

Una parte de la memoria natural del país se borró mientras nosotros continuábamos con nuestra rutina.

Tal vez por eso debemos aprender a mirar de nuevo. No únicamente mirar una montaña para tomarle una fotografía, sino entenderla. No visitar un parque natural como quien entra a un escenario construido para entretenernos, sino como quien llega a un territorio vivo que merece respeto. No pensar en el agua solamente cuando escasea, sino cada vez que abrimos la llave.

La conciencia ambiental no debería nacer exclusivamente del miedo. También puede nacer del amor. Uno cuida de verdad aquello con lo que siente una relación. Cuando comprendemos que el agua de un vaso tiene una historia, que un bosque sostiene vidas que ni siquiera conocemos y que una montaña influye en lugares ubicados a muchos kilómetros, dejamos de ver la naturaleza como una bodega de recursos.

Empezamos a verla como hogar.

En el fondo, esta crisis también es espiritual. No necesariamente porque pertenezca a una religión determinada, sino porque nos obliga a preguntarnos cuál creemos que es nuestro lugar en el mundo. ¿Somos dueños de todo lo que existe o somos responsables temporales de algo que también pertenece a quienes vendrán después? ¿La inteligencia humana consiste en producir cada vez más o en aprender cuándo es suficiente? ¿De qué sirve avanzar tecnológicamente si perdemos la capacidad de proteger las condiciones que hacen posible nuestra vida?

A veces confiamos demasiado en que una nueva tecnología aparecerá para resolverlo todo. Yo valoro profundamente la tecnología y creo que puede ayudarnos a monitorear ecosistemas, analizar cambios, mejorar la eficiencia energética y encontrar soluciones que hoy todavía parecen lejanas. Pero ninguna herramienta puede reemplazar la voluntad. Podemos tener satélites capaces de medir cada centímetro de hielo perdido y, aun así, seguir tomando las mismas decisiones que aceleran su desaparición.

Saber no siempre significa actuar.

Quizás el verdadero desafío de nuestra generación sea cerrar esa distancia entre la información y la conciencia. Tenemos datos, fotografías, documentales, sensores, modelos climáticos y acceso inmediato a investigaciones. Lo que nos falta muchas veces es permitir que esa información nos transforme.

No se trata de vivir paralizados ni de sentir vergüenza por cada cosa que hacemos. La culpa permanente tampoco construye. Se trata de vivir con más coherencia, entendiendo que nuestras comodidades tienen consecuencias y que nuestras decisiones también expresan el tipo de sociedad que queremos apoyar.

Podemos votar pensando en el ambiente y no solo en las promesas inmediatas. Podemos preguntar a las empresas de dónde vienen sus productos. Podemos respaldar a quienes protegen los ecosistemas. Podemos evitar compartir desinformación climática. Podemos hablar del tema con nuestras familias sin convertir la conversación en una pelea. Podemos enseñar a los niños que cuidar el agua no es una obligación molesta, sino una forma de agradecer.

Y, sobre todo, podemos dejar de creer que el deterioro ambiental es normal.

No es normal que un glaciar desaparezca durante el transcurso de una generación. No es normal acostumbrarnos a temperaturas cada vez más extremas. No es normal llamar desarrollo a cualquier actividad que produzca dinero, aunque destruya aquello que sostiene la vida. No es normal observar una pérdida del 91 % y continuar actuando como si todavía tuviéramos un margen infinito.

Nuestros nevados probablemente seguirán retrocediendo. Algunos desaparecerán aunque hagamos esfuerzos. Esa verdad duele y no debería maquillarse. Pero todavía podemos decidir qué otras cosas no estamos dispuestos a perder.

Podemos proteger los páramos que permanecen, restaurar bosques, cuidar las cuencas, disminuir emisiones, adaptar las ciudades y fortalecer a las comunidades que enfrentan directamente los efectos del cambio climático. Podemos lograr que la desaparición de los glaciares no sea simplemente otra noticia olvidada, sino un punto de quiebre en nuestra manera de relacionarnos con Colombia.

En https://amigodeesegransersupremo.blogspot.com se ha insistido muchas veces, desde una mirada espiritual, en la importancia de reconocer que la vida no nos pertenece por completo y que cada día es también una oportunidad para actuar con gratitud. Esa idea adquiere un significado muy concreto cuando pensamos en el planeta: agradecer la creación sin protegerla sería una forma vacía de agradecimiento.

Tal vez no alcancemos a salvar todo el hielo de nuestras montañas. Pero aún podemos salvar nuestra capacidad de reaccionar, de cuidar, de exigir y de aprender. Podemos impedir que la indiferencia también se vuelva irreversible.

Los glaciares colombianos se están despidiendo. No lo hacen con palabras ni con grandes explosiones. Se retiran lentamente, metro a metro, año tras año. Su silencio podría hacernos creer que no ocurre nada.

Pero ocurre.

Y algún día, cuando levantemos la mirada y encontremos roca donde antes había hielo, entenderemos que una montaña también puede guardar la historia de nuestras decisiones.

Ojalá no esperemos hasta ese momento para cambiar.

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— Juan Manuel Moreno Ocampo

Hay pérdidas que no podemos deshacer, pero todavía estamos a tiempo de decidir qué clase de huella dejaremos cuando el hielo ya no esté.