jueves, 16 de abril de 2015

Cinco claves para enfrentar la presión de grupo

Los jóvenes requieren herramientas para decir 'no' y poder reconocer las buenas y malas acciones.

No siempre es fácil para los niños y jóvenes no ceder a la presión de grupo, pues ellos necesitan ser reconocidos y aceptados por su pares.
No siempre es fácil para los niños y jóvenes no ceder a la presión de grupo, pues ellos necesitan ser reconocidos y aceptados por su pares.

Uno de los aspectos que más inquieta a los padres hoy en día es cómo hacer para que sus hijos sean menos vulnerables a las presiones externas y, especialmente, a las de grupo.
Sabemos que esta es una realidad a la que muchos niños y jóvenes se enfrentan durante su vida escolar, e incluso se extiende hasta la universidad.

La presión de grupo va desde la influencia para vestirse de tal forma, visitar ciertos lugares, tratar o no a otras personas, hasta beber alcohol, tener relaciones sexuales, fumar o consumir drogas.
Esta hace referencia al efecto que tienen las opiniones y comportamientos de los otros sobre lo que pensamos o las decisiones que tomamos y en este sentido es una parte normal de las interacciones entre las personas. Para los niños y jóvenes, pertenecer a los grupos es una de las necesidades sociales más importantes, así como lo que piensen los amigos, ser aceptados y reconocidos por sus pares y tener un lugar entre ellos.
Un poco de presión puede ser positivo, motivante y ayudar a tomar decisiones correctas. Los amigos pueden empujar a los niños y jóvenes a que hagan cosas buenas por buenas razones, como mejorar en fútbol, tener notas más altas o a hablar en público sin pena. Pero cuando es negativa, lleva a hacer elecciones inadecuadas y a actuar de manera inconveniente, aunque la persona sepa lo que hay que hacer.
Algunas acciones
Uno de los retos que tenemos como padres es hacer que nuestros hijos desarrollen habilidades para manejar proactivamente la presión de grupo, aprender a decir ‘no’ de manera asertiva, identificar las acciones inadecuadas, y tomar buenas decisiones de acuerdo consigo mismo y sus valores, y no solo por la influencia de los demás.
1. Tener información sobre el tema. Estar actualizados sobre cómo se ejerce la presión en el mundo de hoy y cuáles son las principales fuentes frente a las cuales nuestros hijos pueden estar expuestos. Esto nos permite guiarlos y orientarlos con tranquilidad, inteligencia y respeto, así como ayudarles a diferenciar entre una presión sana y aquella que puede resultar peligrosa o contraria a sus intereses y creencias.
2. Conocer los hijos. Significa observarlos y escucharlos para saber quiénes son, identificar sus rasgos de personalidad y sus necesidades, sentimientos y expectativas. A qué dilemas se enfrentan en su vida diaria, cuál es el manejo que hacen de las diferentes situaciones, por ejemplo, cómo se sienten cuando están con sus amigos, y frente a cuáles influencias del grupo pueden ser sensibles.
3. Reflexionar sobre nuestras acciones. Los padres tenemos toda las posibilidades de desarrollar en los hijos la capacidad para decir ‘no’. Es muy importante revisar los mensajes que les enviamos a través del nuestras propias actuaciones. Resistir la presión de grupo y no ir con la corriente en ciertas situaciones sociales es difícil. Por esta razón, cuestionarse sobre la manera como nosotros manejamos las presiones sociales y también que exigencias hacemos a los niños y jóvenes, son un modelo para ellos y una oportunidad para mostrarles, a través del ejemplo, las ventajas de ser uno mismo sin atropellar a los demás.
4. Generar espacios de confianza. Los niños y los jóvenes necesitan que los comprendan. No siempre pueden hacer lo que queremos y seguir nuestras indicaciones. Entender lo difícil que puede ser negarse, porque muchas veces puede costarles perder un amigo, el reconocimiento o no ser incluidos en las actividades sociales.
Algunas intervenciones son muy efectivas como hacer buenas preguntas, contar historias personales acerca de cómo han experimentado los padres la presión de grupo, cuándo acertaron y en qué se equivocaron, cuáles fueron las consecuencias y cómo se sintieron si en algún momento cedieron.
5. Ayudarles a desarrollar estrategias efectivas. Para hacer frente a situaciones de presión, los niños necesitan que les enseñen, a través de la práctica, destrezas para salir airosos en situaciones difíciles. Por ejemplo, entrenarse en diferentes formas de decir ‘no’, hablar de forma contundente y con voz firme, buscar personas que los respalden, usar el humor para negarse, dar excusas convincentes o proponer algo alternativo.
Razones para ceder
- Ser aceptado y tener reconocimiento.
- Miedo al rechazo.
- Por sentirse apoyado.
- Hacer lo que hacen otros.
- Por sentirse capaz.
- Para no asumir la responsabilidad.
- Porque piensa que si todos lo hacen debe estar bien.
- Miedo a ser excluido, matoneado o humillado.
- Porque no sabe decir no.
- Baja autoestima.
- Es una manera de rebelarse frente a los padres.

miércoles, 15 de abril de 2015

Muchas actividades distraen la atención de los niños

Recientes estudios demuestran que el uso de nuevas tecnologías incide en el aprendizaje.

Para la memoria, estudios sugieren que los niños realicen una labor a la vez y la desarrollen de manera secuencial pues hacer varias cosas al mismo tiempo puede resultar perjudicial.
Para la memoria, estudios sugieren que los niños realicen una labor a la vez y la desarrollen de manera secuencial pues hacer varias cosas al mismo tiempo puede resultar perjudicial.

En este nuevo siglo, los padres están estimulando a los niños desde muy temprana edad. Esto es benéfico pues sabemos que la estimulación que reciba el niño en los dos primeros años de vida va a repercutir en su desarrollo posterior. Sin embargo, con el uso excesivo de las nuevas tecnologías, se nos puede ir la mano en la cantidad de estimulación que recibe el cerebro de los niños.
Según estudios recientes, se sabe que nuestros niños están siendo hiperestimulados con el constante bombardeo tecnológico, y en consecuencia crecen fatigados, cansados y con dificultades de atención.

La neurociencia nos revela que cada individuo tiene una capacidad de concentración limitada y esta se gasta rápido cuando la demanda es excesivamente exigente.
De hecho, los científicos están preocupados porque ven que el mundo se ha vuelto un sitio ruidoso y lleno de estimulación visual.
Existe un estudio reciente con dos grupos de niños en salones de clase totalmente diferentes. El primer grupo se ubicó en un salón lleno de dibujos, colores, palabras y trabajos de los mismos niños en las paredes. El otro salón estaba desprovisto de todo esto y solo tenía paredes blancas y vacías. El aprendizaje en los niños que estuvieron en el salón lleno de estimulación visual fue significativamente menor que el de aquellos niños que estuvieron expuestos al salón sin decoración.
Igualmente, hay estudios científicos y rigurosos que muestran que el multitasking (hacer varias tareas al tiempo) es malo, ya que la persona solo hace una de las dos actividades bien y a profundidad. Hacer tareas al tiempo es positivo solo cuando una de ellas es automática, como lo es manejar un carro y hablar al tiempo. Hoy es normal que las personas chateen con alguien, hablen con otros y tengan otro aparato escuchando música en el oído. Estas personas (principalmente adolescentes), están hiperestimuladas y en realidad no hacen bien las cosas ni recuerdan de manera adecuada todas las actividades simultáneas. Los estudios demuestran, claramente, que es mejor para memorizar hacer una cosa a la vez y seguir con la otra de manera secuencial y no simultánea.
Por otro lado, la capacidad de reflexión también se ve impactada de manera negativa por el exceso de estimulación tecnológica, concluyen los estudios.
Otro experimento famoso nos muestra la implicación que tiene el exceso de estimulación en la memoria. En este caso, se constituyeron cuatro grupos de personas y se les dio un poema para memorizar. Un grupo debía hacerlo mientras caminaba en un bosque; el otro, al caminar por las calles de una ciudad; el siguiente debía hacerlo parado dentro de un salón de clase y el último grupo memorizaría sentado en un pupitre. El resultado de este estudio fue que las personas que caminaban entre la naturaleza fueron las que recordaron mejor el poema y los segundos, los que lo hicieron parados en un salón. A los de la ciudad ruidosa les fue mal, al igual que a los que estaban sentados.
Esto indica, una vez más, que al cerebro le sirve la tranquilidad y la sencillez para aprender y memorizar de manera óptima.
Menos pantallas
La neurociencia está preocupada por el abuso de las pantallas, los sonidos constantes y altos, que afectan negativamente el aprendizaje y la memorización de información esencial. Es claro que hay que regresar a algo más básico para que de nuevo podamos experimentar y grabar información necesaria en nuestra formación como personas.
El cerebro sí necesita nutrición a diario y debe ser estimulado, pero todo dentro de parámetros sanos. Shutterstock.
Con sus hijos en particular, para evitar la excesiva estimulación, tenga en cuenta que debe restringir el uso de la tecnología, incluyendo los dispositivos móviles inteligentes. Es esencial ser firme en esta labor para que sus cerebros logren organizarse y aprender.
Nuestros niños necesitan también espacios para descansar de tantos estímulos simultáneos. Deben abrirse, entonces, espacios para que puedan jugar al aire libre, dejar volar la imaginación, y así poder relajar la mente. Es, de esta manera, como el cerebro es capaz de aprender más y mejor. Con tantos distractores constantes en el colegio y en la casa, es necesario hallar un contrapeso de tranquilidad, sin pantallas, videojuegos ni música estridente.
Descanso, alimento para el cerebro
Las pantallas se deben apagar temprano para asegurar un buen sueño. Este es crucial para consolidar la información de lo aprendido durante el día. Para un aprendizaje óptimo, los niños deben dormir, por lo menos, nueve horas diarias.
El cerebro sí necesita nutrición a diario y debe ser estimulado, pero todo dentro de parámetros sanos. Aquí aplica el refrán popular: ‘todo en exceso es malo’. Resulta importante que los papás tomen conciencia de ello.

martes, 14 de abril de 2015

Siete razones por las que los niños deben ayudar en el hogar

Investigaciones demuestran los beneficios académicos, emocionales y profesionales de dichas tareas.

Empiece por algo pequeño y vaya agregando
Empiece por algo pequeño y vaya agregando "niveles".

Las exigencias actuales para medir el éxito de los niños –desde la escuela primaria hasta la admisión a la universidad– han eliminado las tareas del hogar de las prioridades de muchos padres jóvenes.
Según una encuesta reciente de Braun Research, el 82 por ciento de los padres consultados (sobre una muestra de 1.001 personas) reportó haber realizado esas tareas de chicos, pero solo 28 por ciento de ellos se las reclama a sus propios hijos. (Lea también: Así permea la cultura de la ilegalidad a los más pequeños)

Con la presión de tener que aprender mandarín, presidir el club de ajedrez o conseguir un galardón escolar, las tareas del hogar son desplazadas por los imperativos de la construcción de una hoja de vida.
Sin embargo, no es tan claro que estas actividades constituyan un mejor uso del tiempo de los niños. 

“Los padres de hoy quieren que sus hijos pasen más tiempo haciendo cosas que les sirvan para alcanzar el éxito en su vida adulta, pero, irónicamente, dejaron de pedirles que hagan algo que es un probado indicador de éxito: las tareas del hogar”, dice Richard Rende, un psicólogo de desarrollo de Paradise Valley, Arizona, coautor de Raising Can-Do Kids, de próxima publicación.
Décadas de investigaciones demuestran los beneficios académicos, emocionales y profesionales de dichas tareas. Estas son las mejores maneras de motivar a sus hijos para que colaboren en el hogar:
Cuide su lenguaje. Un estudio publicado por Child Development encontró que agradecer a los niños por “ser una gran ayuda”, en lugar de por simplemente “ayudar”, incrementa significativamente su deseo de colaborar en casa. El estudio determinó que lo que motivaba a los niños era la idea de crear una identidad positiva, el ser reconocidos como alguien que ayuda.
Planifique los horarios. Marque las tareas en el calendario junto con la lección de piano y la práctica de fútbol. Esto indica consistencia de propósitos.
Como jugando. Al igual que los videojuegos, empiece por darle algo pequeño para hacer y vaya agregando “niveles” de responsabilidad, desde ordenar la ropa a ganar el derecho de usar la lavadora.
Separe la mensualidad de las tareas. El pago de dinero a cambio de hacer las tareas del hogar convierte un acto altruista en una transacción comercial y disminuye así la motivación y el desempeño.
Discriminar bien el tipo de tarea. Para desarrollar conductas prosociales como la empatía, las tareas deben ser una rutina y no estar focalizadas en el autocuidado (limpiar el propio cuarto o hacer la cama), sino en el de la familia (barrer la casa o lavar la ropa). Incluir a los niños en la elección de las tareas los incentiva a hacerlas.
Cambie su modo de hablar. Para mejorar la colaboración de los niños, Rende sugiere que en lugar de decirles “haz tus tareas”, les diga “hagamos nuestras tareas”, no como un deber, sino como una manera de cuidar de los demás.
Dele buena publicidad. No relacione las tareas con el castigo. Siempre que se refiera a ellas, hágalo de forma positiva o al menos neutra. Si se queja de tener que lavar los platos, también sus hijos se quejarán.

lunes, 13 de abril de 2015

Por qué Finlandia tiene el mejor sistema educativo?

La escolaridad empieza a los siete años, los alumnos participan más que el profesor y solo el 10 por ciento de las tareas son para la casa.

 
El 90 por ciento de los colegios son públicos y no realizan selección de estudiantes. De hecho, los niños se matriculan en la institución más cercana, donde conocen a compañeros de todas las condiciones sociales y aprenden a convivir sin discriminar.

Leer se enseña desde los siete años, no antes. Algunos expertos afirman que a esa edad, en la que empieza la escolaridad básica en Finlandia, existe madurez suficiente para desarrollar el gusto por estudiar. La socialización es lo único que se estimula en el año obligatorio de preescolar.

También hay una mística en este sistema: los miembros de la comunidad académica tienen un alto sentido de responsabilidad. Profesores, directivos y estudiantes cumplen con lo que se espera que hagan, sin necesidad de ser vigilados constantemente.

Los alumnos participan activamente en las clases, incluso más que el profesor. De esta forma, los niños que necesitan ir más despacio que sus compañeros, reciben atención especial del docente en la misma aula. No son obligados a repetir cursos ni a separarse de sus amigos, lo cual afectaría su autoestima.

Además, pueden tener el cabello y las uñas como mejor les parezca. No es obligatorio vestir uniforme y pueden quitarse los zapatos cuando estén en el salón. Las evaluaciones no consisten en repetir de memoria los conceptos, sino en aplicarlos a la resolución de problemas prácticos.

Realizar actividades extracurriculares es igual de importante que la educación oficial, por lo que pasan pocas horas al día en el colegio. Solo el 10 por ciento de las tareas son destinadas para la casa y el año escolar dura menos que en la mayoría de países del mundo.

Para ser profesor en Finlandia es necesario tener un magíster en educación. Además, acceder a un pregrado en pedagogía está reservado únicamente para quienes tengan los mejores promedios. Lo anterior permite que quienes ejercen la profesión están realmente interesados en la investigación y contribuyen a mejorar la calidad educativa. El docente es una de las figuras más respetadas, valoradas y queridas.

La preocupación no es estar de primeros en un ranking ni ser mejor que los demás. No existe un escalafón docente, así como los alumnos tampoco son comparados ni segregados.

domingo, 12 de abril de 2015

Pare oreja, cuidado con los audífonos

Casi el 40% de jóvenes están expuestos potencialmente a niveles excesivos de ruidos en discotecas, conciertos y eventos deportivos.

Probablemente le ha sucedido que las cosas que escucha a través de sus audífonos pueden ser audibles con facilidad para las personas que van a su lado, en consecuencia la gente piensa que está sordo o está en el camino de serlo. Esta expresión no está lejos de ser verdad, ya que cuando expone sus oídos a altos volúmenes afecta a las células pilosas, los vellos internos responsables de llevar los impulsos eléctricos del oído al cerebro.
La audióloga Clemencia Barón Castañeda asegura que es común que los jóvenes usen auriculares casi como una extensión de su cuerpo, pero tanto la frecuencia como la potencia del sonido durante muchas horas afecta, sin duda, la salud auditiva. Esto luego se traduce en otros trastornos como estrés, insomnio, falta de atención e irritabilidad nerviosa.
"Lo recomendable es que los reproductores de música no superen el 60% de su capacidad de volumen. Su uso debe ser por periodos cortos para dejar descansar el oído, también se debe limitar la exposición a ruidos molestos, ya que a más decibeles (medida del sonido), menor es el tiempo que una persona soporta escuchar", señala.
La especialista agrega que cuando la persona pide que le repitan, que le hablen más duro o que le suban más volumen del acostumbrado al radio o al televisor es un síntoma de pérdida auditiva que debe se motivo de consulta antes que los efectos sean irreversibles. Según un informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS), más de 1.100 millones de jóvenes en el mundo están en riesgo de sufrir pérdidas de la audición a causa de prácticas inseguras de escucha.

Los cuidados
La higiene interna y externa de los oídos debe convertirse en un ritual. La especialista Clemencia Barón indica que el uso de audífonos debe ser de uso personal, ya que por este medio también se propagan infecciones.
"Los auriculares hay que higienizarlos con una gasa impregnada de alcohol o una toallita húmeda, ya que las bacterias se pueden pasar de un oído a otro. Por lo general cuando hay infección también se presenta secreción de materia, acompañada de un fuerte dolor y es indispensable asistir al médico para indicar qué tratamiento seguir".
La audióloga de Med-El , compañía que se encarga de investigar la pérdida auditiva, aconseja no automedicarse y menos con antibióticos, ya que estos son tóxicos parta el oído y pueden generar sordera.

Para escuchar bien
1. El lavado de oído se recomienda para las personas que producen mucha cera, pero solo se pueden hacer dos o tres veces al mes. Elija siempre gotas de glicerina y un algodón para taponar el oído y lograr su efecto.
2. No realice lavados cuando hay dolor de oído. En este caso puede haber una perforación del oído interno.
3. No use copitos, hacen más daño que beneficio, porque llevan la cera a un punto donde no sale por sí sola y se crean tapones de cerumen muy difíciles de extraer.
4. No preste los audífonos, son un objeto tan personal como un cepillo de dientes.
5. No se lleve objetos a los oídos, estos elementos representan grandes focos de infección.
6. Evite grandes exposiciones al ruido.
7. Utilice los manos libres o audífonos por periodos cortos e intermitentes en el día.

Opiniones
¿Usa audífonos con frecuencia y los higieniza antes de ponérselos?
Maité Ortíz
Todos los días los uso y limpio cada ocho días.
María Fernanda Orbes
Me los pongo todos los días y los higienizo cada ocho días con un líquido especial.
Ximena Ramírez
Los uso todos los días y también los limpio diario con pañitos antibacteriales.
Marlon Rincón
Uso muy poquito los audífonos y nunca los limpio.
María Camila Escobar
Los uso cada semana y nunca los higienizo.

sábado, 11 de abril de 2015

Grita a sus hijos?

Cuando a los chicos se les reprocha, pega, critica o grita, se les dice que solo se ve lo malo en ellos. Así se sentirán rechazados.


Un día mientras Ale Velasco, maestra en educación especializada en lenguaje entre padres e hijos, ofrecía una conferencia en Monterrey (México), un señor le preguntó: ¿Qué puedo hacer para que mi hija obedezca?.
Ella lo interpeló: ¿Que obedezca a la primera?. ¡Sí, a la primera!, dijo él. Y Ale, directora del programa Auxilio, tengo hijos, de Discovery Home and Health, le respondió: Si tu hija te obedece a ti a la primera, obedecerá al novio que la invita al hotel, a la amiga que le ofrece droga, al maestro que la lleva a lo oscuro.
Velasco explica que el problema de gritar, pegar o agredir a un hijo y educarlo para que obedezca, es que se le enseña que cualquiera tiene el poder de mandarlo. Si el padre o la madre dan una orden de manera inadecuada, los niños lo verán como un capricho y se sentirán humillados por el abuso de poder. Y se defenderán con el arma del débil: la desobediencia.


1. No tendrá criterio.
Hay que ponerse en los zapatos de los hijos, para lograr empatía y mostrar el respeto que se exige de los demás para con uno mismo. Los padres no deben dar la impresión a los hijos de que son objetos para ellos, o cosas de las que pueden disponer a su antojo. Los hijos deben ser tratados con respeto. Con gritos, insultos o castigos físicos, no podrán ir formando su propio criterio.

Para que aprendan a decir no y a elegir acertadamente, sus padres les deben dar un nivel de confianza en su capacidad de juicio, permitiéndoles conversar sobre cualquier problema. Los padres que someten a sus hijos a la sumisión les hacen daño, porque al llegar a mayores no sabrán qué hacer con tanta libertad y responsabilidades.


2. Perderá iniciativa, respeto.
El maltrato físico y el emocional dejan profundas secuelas en la auto imagen de la persona. El niño acabará por no distinguir cuando de verdad ha cometido una falta grave y les perderá el respeto a sus padres, ya que estará cansado de que lo regañen por cualquier cosa.

El autoritarismo o abuso de la autoridad anula la individualidad y la iniciativa de quien la sufre. Cuando los hijos de padres autoritarios crezcan serán rebeldes y rechazarán cualquier forma de autoridad, serán intolerantes o muy sumisos, incapaces de disentir por temor a las represalias, dispuestos a obedecer sin chistar.


3. Dañará su autoestima.
Descargar con los hijos las frustraciones de la vida cotidiana, hará que esos enojos que usted desborda a diario sean guardados por estos y expresados con furia más adelante. Las palabras cortantes, pronunciadas en momentos de frustración pasajera hieren la autoestima del niño y le generan dudas sobre sus capacidades.



4. Será presa del abuso.
Mediante los gritos, los golpes, las bofetadas, los pellizcos, la burla, el niño aprende a temer a la persona que ejerce violencia y cree, erróneamente, que la única manera de reaccionar frente a los conflictos es la agresión física o verbal. Un padre que castiga a su hijo por haber mentido, está equivocado, los golpes no curan el vicio de mentir, lo potencian. La mentira se cura con la eliminación del temor que la provoca.


5. Cortará la comunicación.
Ale Velasco cuenta que una vez un joven de secundaria le pidió a su mamá: “Por favor, no me veas con ojos de demonio”. Cuando somos asaltados por la ira o la tristeza, nuestros gestos dicen lo que sentimos. Los padres deben llamar la atención de sus hijos sin necesidad de gritarles, para alcanzar un amor firme con límites. De lo contrario sus hijos cortarán toda comunicación con ellos. Hay que hablar de cada problema y encontrar la solución. No dejar acumular nada.

viernes, 10 de abril de 2015

Cómo estimular jugando?

¿Cómo estimular jugando?

Puesto que en el desarrollo de la capacidad intelectual no intervienen sólo factores genéticos, sino también, y entre otros, emocionales, ambientales, o educativos, puede incidirse en alguno de estos últimos para «despertar» aptitudes o capacidades en el niño. Por supuesto, el contacto afectivo es fundamental pero, además, podemos llevar  a cabo algunos ejercicios de estimulación durante, sobre todo, los dos primeros períodos de desarrollo de la inteligencia, e incluso con niños algo más mayores, ya en el período operatorio-concreto. Mediante el juego, y de forma espontánea, los niños experimentan y realizan procesos de asimilación y acomodación intelectual. Aquí es donde podemos intervenir, poniendo a su alcance materiales y estímulos adecuados para favorecer esos procesos. Por ello es importante dar siempre a estos ejercicios un carácter lúdico, que facilite la comunicación entre nosotros y el niño, y no forzarle nunca si no quiere participar en ellos.

A los seis meses

A esta edad, el niño se encuentra en una etapa en la que ya es capaz de conocer el entorno a través de su cuerpo. Los objetos que están presentes en su vida cotidiana (cajas, llaves, papel, pelotas…) cobran aquí importancia porque, poco a poco, no sólo aprenderá a reconocerlos cuando los vea, sino a saber de su existencia aunque no los vea. El ejercicio propuesto para los niños de 6 meses es intentar ayudarles a descubrir el mundo a  través de los sentidos, al tiempo que se introduce, paulatinamente, el concepto presencia-ausencia. Puede utilizarse cualquier objeto,  siempre que sea lo bastante grande para que el niño no se lo trague.
  1. Mostramos al bebé, por ejemplo, una pelota, situándola frente a él varias veces hasta que la reconozca. Dejamos que la toque y que se la lleve a la boca.
  2. Tomamos la pelota y la ponemos debajo de un trozo de tela o un pañuelo, siempre delante del niño, dejando que él lo vea.
  3. Señalamos la tela, con la pelota escondida debajo, y le decimos al bebé, suavemente, que la pelota está ahí.
  4. Después, levantamos el trozo de tela y le mostramos cómo, efectivamente, la pelota se encuentra debajo.
  5. Podemos repetir esta acción varias ocasiones hasta que el niño acabe levantando él mismo la tela. Si no lo hace, volvemos a empezar con el ejercicio desde el principio, evitando siempre cansar al bebé. Podemos esperar unas horas, o unos días, para recomenzar el juego.

De cuatro a cinco años

En esta fase, durante el período intuitivo, el niño se encuentra en el denominado «pensamiento mágico», y mediante la experimentación y la manipulación en juegos espontáneos va descubriendo, entre otras cosas, el concepto de reversibilidad, es decir, que la substancia se conserva aunque cambie de forma. El ejercicio que proponemos aparece pautado, pero lo podemos integrar como una parte de una actividad más general, como la de jugar a tiendas, en la que, por ejemplo, los trozos de plastilina que representan los alimentos tan pronto pueden convertirse en peras, como en tomates, como en costillas de cordero o cualquier otro tipo de producto.
  1. Mostramos al niño un trozo de plastilina sin deformar aún.
  2. Hacemos con ella, ante sus ojos, una bola.
  3. Convertimos la bola en una «salchicha», a la vista del niño.
  4. Mostramos la «salchicha» al niño y le preguntamos: «¿crees que hay ahora la misma cantidad de plastilina que antes, cuando era una bola?». Tanto si contesta afirmativamente como si dice que no, le pedimos que razone su respuesta.
  5. Cogemos la «salchicha» y la convertimos de nuevo en una bola.
  6. Volvemos a preguntar al niño si cree que hay la misma cantidad de plastilina que antes, y tanto si la respuesta es correcta como si no lo es, le pedimos de nuevo que la razone.

De siete a ocho años

Durante el paso del período intuitivo al período operatorio-concreto, el niño aprende a asumir, en los juegos pautados, una serie de reglas o normas que todos deben seguir y que no ha inventado él, a diferencia de lo que sucede en los juegos de dramatización, en los que las reglas las marca él mismo. Aprende a tener en cuenta a los demás, lo que implica un nuevo nivel evolutivo que se aleja de la etapa de pensamiento egocéntrico, en la que el niño se siente único. En este caso y a esta edad, más que un ejercicio concreto se trata de enseñar al niño juegos reglados, como el parchís, el tres en raya, juegos de naipes, etc. Y es importante hacerlo, puesto que, en ellos, el hecho de tener que contar con las jugadas del otro estimula la capacidad de anticipación de situaciones, poniendo en relación las acciones del niño con las de los otros, al tiempo que le obliga a respetar turnos y a asumir los propios errores.

  1. Presentamos el juego al niño y le explicamos las reglas que deben seguir los jugadores. Le mostramos algunos ejemplos del proceso.
  2. Iniciamos el juego adoptando tanto el papel de jugador como el de árbitro. Al tiempo que jugamos con el niño, le podemos explicar estrategias posibles o errores que no deben cometerse.
  3. Debemos intervenir si el niño pretende saltarse los turnos o rectificar una jugada anterior. Es importante que se sigan las reglas establecidas al principio.
  4. Al final del juego, hay que comentar con el niño cómo ha ido, si creemos que hubiese podido variar alguna jugada para hacerlo mejor, o si hay algo que no le haya quedado claro.