Hay una frase que puede resultar incómoda para quienes amamos a los animales: querer mucho a un perro no significa necesariamente saber cuidarlo bien.
Podemos darle comida, permitirle dormir en nuestra cama, comprarle juguetes, hablarle como a otro miembro de la familia y preocuparnos cuando se enferma. Todo eso puede ser una expresión genuina de cariño. Sin embargo, cuando convivimos con un animal que por su fuerza, comportamiento, antecedentes o características requiere un manejo especial, aparece una responsabilidad que va mucho más allá del afecto.
Porque un accidente puede durar segundos.
Las consecuencias, en cambio, pueden quedarse durante años.
Hace poco volvió a ponerse sobre la mesa en Bogotá la conversación sobre los perros considerados de manejo especial, sus registros, las condiciones para conducirlos en espacios públicos y las responsabilidades de sus propietarios. La regulación colombiana contempla obligaciones específicas para estos animales y busca reducir riesgos tanto para las personas como para otros animales.
Pero detrás de las normas hay una conversación que me parece todavía más importante: ¿por qué muchas veces esperamos a que ocurra algo grave para comenzar a prevenir?
Es una pregunta que no sirve solamente para hablar de perros.
Nos pasa con muchas cosas.
Esperamos una enfermedad para cambiar hábitos, una discusión fuerte para aprender a comunicarnos, una pérdida para valorar una relación, un accidente para respetar una norma.
Quizás porque mientras nada malo ocurre sentimos que tenemos todo bajo control.
Con los animales puede aparecer exactamente esa misma sensación.
“Mi perro nunca ha mordido a nadie”.
“Él es muy noble”.
“Conmigo se porta perfecto”.
“Solo quiere jugar”.
“Yo lo conozco”.
Probablemente todas esas frases sean ciertas.
El problema es que ninguna garantiza lo que puede ocurrir mañana.
Un perro sigue siendo un ser vivo. Puede sentir miedo, dolor, ansiedad, estrés, territorialidad, sobreestimulación o incomodidad. Puede reaccionar ante otro perro, un niño corriendo, una bicicleta, un ruido inesperado, una persona que intenta tocarlo o una situación que nosotros ni siquiera alcanzamos a identificar.
Eso no significa convertir a los animales en una amenaza.
Significa dejar de convertir nuestra confianza en ellos en una excusa para ignorar los riesgos.
Hay una diferencia enorme entre pensar “mi perro es peligroso” y entender “mi perro necesita que yo sea responsable”.
La segunda idea me parece mucho más justa.
También mucho más útil.
Porque cuando etiquetamos rápidamente a un animal como peligroso podemos terminar creyendo que el problema está exclusivamente en él. Entonces aparecen el miedo, el rechazo y hasta el estigma hacia determinadas razas.
Pero cuando hablamos de manejo responsable, inevitablemente tenemos que mirar hacia el otro extremo de la correa.
Hacia nosotros.
Un perro fuerte caminando sin control por un parque no tomó la decisión de salir de esa manera.
Un perro que necesitaba entrenamiento y nunca lo recibió tampoco tuvo la posibilidad de contratar un entrenador.
Un animal llevado por alguien que físicamente no puede controlarlo tampoco escogió quién sostenía su correa.
Un perro sometido constantemente a situaciones que le generan estrés no puede sentarse con su familia y explicarles que está llegando a su límite.
Nos corresponde aprender a leer esas señales.
Y quizá eso sea parte de lo que significa realmente cuidar.
Durante mucho tiempo hemos confundido amor con permisividad.
Nos pasa incluso entre personas.
Creemos que querer significa permitirlo todo, evitar límites o pensar que cualquier corrección es una forma de rechazo.
Pero algunos límites también protegen.
Una correa adecuada no necesariamente representa menos libertad. En determinados espacios puede representar seguridad.
Un bozal apropiado, utilizado correctamente cuando corresponde, no debería entenderse automáticamente como un castigo. Puede convertirse en una herramienta preventiva que permita al animal compartir espacios sin exponer a otros ni exponerse él mismo a consecuencias mucho más graves.
El entrenamiento tampoco debería aparecer únicamente después de un problema.
Ese es uno de los cambios de mentalidad que podríamos hacer.
Educar antes de necesitar corregir.
Socializar antes de enfrentar una situación difícil.
Observar antes de reaccionar.
Prevenir antes de lamentar.
No porque tengamos que vivir esperando una tragedia, sino porque precisamente queremos evitarla.
Además, existe algo que a veces olvidamos: proteger a las demás personas también es proteger a nuestro propio animal.
Imaginemos por un momento una escena bastante cotidiana.
Salimos a caminar.
El perro está tranquilo.
Nos encontramos con alguien conocido.
Conversamos unos minutos.
Aflojamos la atención.
A unos metros aparece otro perro.
Quizá ambos se miran.
Uno se tensiona.
El otro ladra.
Todo sucede demasiado rápido.
Una situación que segundos antes parecía completamente normal puede transformarse en un momento de miedo, gritos, tirones, lesiones o conflictos entre propietarios.
Después vienen las explicaciones.
“Nunca había hecho eso”.
“Fue el otro perro”.
“Solo reaccionó”.
“Yo no pensé que pudiera pasar”.
Y probablemente nadie quería que ocurriera.
Ese es precisamente el sentido de la prevención: prepararnos para aquello que no queremos que suceda.
No podemos controlar completamente el comportamiento de todos los animales, todas las personas o todas las circunstancias de la calle.
Sí podemos aumentar nuestro margen de seguridad.
Una persona responsable aprende cómo responde su perro frente a otros animales. Reconoce si se altera con motocicletas, niños, multitudes o ruidos. Observa cuándo empieza a sentirse incómodo. Evita acercamientos innecesarios. No obliga al animal a interactuar solamente porque otra persona dice “tranquilo, a mí me gustan los perros”.
También aprende algo que cuesta bastante en una sociedad donde muchas veces creemos que tenemos derecho a tocar cualquier mascota que vemos: respetar el espacio del animal.
No todos los perros quieren que los acaricien.
No todos disfrutan que un desconocido acerque su cara.
No todos quieren jugar con otros perros.
Y está bien.
A veces pareciera que esperamos que todos los animales sean permanentemente sociables, pacientes y tolerantes, incluso frente a situaciones que nosotros mismos encontraríamos incómodas.
Nos molesta que un extraño invada nuestro espacio personal.
Pero esperamos que el perro tolere abrazos inesperados.
Nos incomoda que alguien nos toque sin preguntar.
Pero extendemos la mano hacia cualquier mascota automáticamente.
Nos ponemos nerviosos cuando sentimos peligro.
Pero creemos que un perro nunca debería reaccionar ante el miedo.
Comprender esto también ayuda a prevenir.
Especialmente cuando hay niños.
Los niños suelen sentir curiosidad por los animales y muchas veces se acercan desde la emoción, sin dimensionar límites o señales de incomodidad. Por eso la responsabilidad nunca debería recaer únicamente sobre ellos.
El adulto que acompaña al niño debe enseñar respeto.
Y quien tiene el perro debe administrar la interacción.
No basta con decir “él no hace nada”.
Tal vez sería mejor preguntarnos: ¿necesitamos realmente comprobarlo?
En Bogotá, además, las autoridades han reiterado que los menores de edad no deben conducir perros clasificados como de manejo especial en vías públicas o zonas comunes.
Tiene sentido cuando pensamos en algo elemental: no se trata únicamente de saber sostener una correa, sino de tener capacidad para responder si surge una situación inesperada.
Un perro puede pesar menos que una persona y aun así desarrollar una fuerza considerable en cuestión de segundos.
Aquí vuelve a aparecer esa palabra que algunas veces sentimos demasiado seria cuando hablamos de mascotas: responsabilidad.
Pero responsabilidad no significa vivir asustados.
Significa conocer.
Conocer el temperamento del animal.
Conocer sus detonantes.
Conocer nuestras propias limitaciones.
Conocer las reglas del lugar donde vivimos.
Conocer las herramientas adecuadas.
Y reconocer también cuándo necesitamos ayuda profesional.
Hay comportamientos que no deberían enfrentarse únicamente viendo videos en internet.
Vivimos en una época extraña en ese sentido.
Tenemos acceso a una cantidad impresionante de información y, al mismo tiempo, esa abundancia puede hacernos creer que somos expertos después de mirar cinco publicaciones.
Un video puede enseñarnos una idea.
No puede evaluar completamente al perro que vive con nosotros.
Un animal con antecedentes de agresividad, miedo intenso, ansiedad o reactividad puede necesitar acompañamiento veterinario, etológico o de un profesional competente en comportamiento.
Buscar ayuda no significa fracasar como propietario.
A veces significa exactamente lo contrario.
Significa aceptar que no sabemos todo.
Y esa capacidad de reconocer nuestros límites también forma parte del cuidado.
Hay otra dimensión que me parece importante: la convivencia.
Cuando vivimos en una ciudad no vivimos solos.
Compartimos ascensores, conjuntos residenciales, parques, calles, senderos y zonas comunes.
Allí coinciden personas que aman profundamente a los perros y personas que les tienen miedo.
Ambas existen.
Ambas merecen respeto.
A veces quienes tenemos cariño por los animales podemos caer, sin notarlo, en invalidar el temor de otros.
“Pero si no hace nada”.
“Solo quiere olerte”.
“No tengas miedo”.
Quizá para nosotros sea evidente que el perro está tranquilo.
Para otra persona no.
Tal vez tuvo una mala experiencia.
Tal vez fue mordida cuando era niña.
Tal vez simplemente no se siente cómoda.
Respetar esa distancia también es convivencia.
No tenemos que obligar a los demás a amar lo que nosotros amamos.
De la misma forma, tener miedo a ciertos perros tampoco debería justificar maltratarlos, discriminarlos automáticamente o asumir que todos reaccionarán de manera agresiva.
Podemos construir una convivencia donde ninguna de esas dos posiciones necesite imponerse.
Quizá ahí está el verdadero reto.
No convertir el debate en una pelea entre “defensores de los animales” y “personas que les tienen miedo”.
La seguridad no debería estar en contra del bienestar animal.
En realidad, deberían caminar juntas.
Un animal correctamente manejado tiene menos probabilidades de verse involucrado en situaciones que terminen con lesiones, denuncias, sanciones, abandono o decisiones dolorosas para su propia vida.
Por eso cumplir medidas de seguridad no es traicionar al perro.
Puede ser una manera profunda de protegerlo.
Hay algo especialmente humano en todo esto.
Nos cuesta aceptar que aquello que amamos también puede generar riesgos.
Sucede con personas, decisiones, tecnologías e incluso ideas.
Cuando algo ocupa un lugar afectivo importante en nuestra vida desarrollamos puntos ciegos.
Dejamos de evaluarlo con la misma distancia.
Quizás por eso alguien puede ver señales preocupantes en un animal ajeno mientras justifica exactamente las mismas en el suyo.
El cariño puede acercarnos.
Pero también puede distorsionar nuestra percepción.
Madurar como cuidador implica conservar el amor sin perder la capacidad de observar.
Preguntarnos de vez en cuando cómo está realmente nuestro perro.
Si disfruta los lugares a los que lo llevamos.
Si existen comportamientos que hemos normalizado.
Si podemos controlarlo físicamente.
Si sabemos reconocer sus señales de estrés.
Si los elementos que utilizamos son adecuados.
Si quienes viven con nosotros conocen las mismas reglas.
Si estamos enseñando a los niños cómo relacionarse con él.
Si estamos tomando precauciones por conciencia o solamente cuando sabemos que alguien puede multarnos.
Porque también existe una diferencia grande entre cumplir por miedo y comprender por qué algo importa.
Las leyes establecen mínimos.
La convivencia requiere algo más.
Requiere criterio.
Podemos tener todos los documentos al día y seguir siendo irresponsables.
También podemos comprar la mejor correa y utilizarla mal.
Podemos tener un bozal y colocarlo únicamente cuando vemos autoridades.
Podemos decir que nuestro perro está entrenado mientras ignoramos cada señal que muestra.
Ninguna norma puede reemplazar completamente la conciencia de quien cuida.
Tal vez por eso esta conversación no debería comenzar cuando ocurre una mordida.
Debería comenzar el día en que decidimos llevar un animal a nuestra casa.
Porque ese momento no solamente implica preguntarnos si tenemos dinero para alimentarlo o espacio para que duerma.
También deberíamos preguntarnos si tenemos tiempo para educarlo, disposición para conocerlo, paciencia para acompañarlo y humildad para buscar ayuda si algún día la necesitamos.
Tener una mascota implica recibir cariño, compañía y momentos que pueden cambiar la dinámica de una familia.
Pero también significa aceptar responsabilidades que continúan incluso cuando resultan incómodas.
Salir con correa cuando preferiríamos dejarlo correr.
Cambiar de ruta porque sabemos que determinado lugar lo altera.
Decirle a alguien que no lo acaricie aunque nos parezca antipático hacerlo.
Dedicar tiempo al entrenamiento cuando estamos cansados.
Aceptar que tal vez nuestro perro no puede acompañarnos a todos los espacios.
Entender que protegerlo algunas veces consiste precisamente en ponerle límites.
Y ahí creo que aparece una reflexión mucho más amplia.
Cuidar no siempre se parece a consentir.
A veces cuidar se parece a anticiparse.
A prestar atención.
A decir no.
A aprender algo que creíamos saber.
A reconocer que podemos equivocarnos.
A asumir consecuencias antes de que existan.
Quizás las mejores relaciones, también entre humanos y animales, no son aquellas donde nunca ocurre un problema.
Son aquellas donde existe suficiente atención para detectar muchas dificultades antes de que se conviertan en una tragedia.
Al final, cuando sostenemos una correa, no llevamos únicamente un perro al otro lado.
Llevamos una responsabilidad.
Con él.
Con nosotros.
Con el niño que puede aparecer corriendo en la esquina.
Con la persona que comparte el ascensor.
Con el perro que viene caminando por la acera contraria.
Con una comunidad entera que también tiene derecho a sentirse segura.
Y curiosamente, asumir todo eso no hace más pequeña nuestra relación con una mascota.
Puede hacerla mucho más consciente.
Tal vez el amor hacia los animales se demuestra menos diciendo que “jamás harían nada” y mucho más estando preparados para que nunca tengan que demostrarlo.
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— Juan Manuel Moreno Ocampo
Prevenir no significa desconfiar de quien amamos; algunas veces significa quererlo lo suficiente como para hacernos responsables también de lo inesperado.
